Enamorada del profesor

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El misterio más bello es aquél que te incita a resolverlo

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...

Desde luego que detestaba la limpieza en la hora de tutoría.

Pasé con rabia el húmedo trapo por el suelo intentando inútilmente quitar el estúpido chicle que algún desgraciado había pisoteado tras tirarlo en el suelo. Y también para librar toda la rabia que había acumulado cuando mi tía Luka y Sakine sensei se largaron a dirección olvidándose totalmente de mí. ¡Cómo si yo en un abrir y cerrar de ojos hubiera desaparecido! Los dos comenzaron a contar cosas sobre vete-tu-a-saber antes de que mi tía se enrrollara en su brazo y se largaran, dejándome a mí de lado. ¡Parecían como dos malditos enamorados en una puta burbuja!

Lo peor es que me daba rabia cuando no debería.

Len y Luka se conocían desde antes y ambos, suponía instintivamente, que fueron grandes amigos; dos grandes amigos que se encontraron después de un tiempo. ¡Era normal! Se suponía que no debería importarme, que tuve que haberme reído interiomente sobre el comportamiento de mi tía e irme feliz. ¡Pero no! Y esa parte no la entendía del todo. Quizás fuera porque me dejaron de lado, ni se despidieron de mí ni Sakine sensei me saludó. Sí, quizás fuera eso.

— ¡Argh, maldito chicle! —Chillé, volviendo a frotar con rabia el maldito caramelo pegajoso. Miki, Miku, Iroha y Yukari se rieron al verme en mi situación: a cuatro patas en el suelo frente al estúpido chicle, con una coleta mal echa en mi cabeza que recogía mi flequillo incluso.

— Tonta, con un trapo no vas a hacer nada. —Comentó Miku con burla, volviendo a las mesas que estaba limpiando.

Suspiré frustada, sentándome sobre mis rodillas.

— ¿Y qué puñetas hago? ¡Es que es imposible!

— Tienes que hacerte con una pala para rascar. —Dijo Yukari, apoyándose en el palo de la escoba con una sonrisa.

— Puede que en el armario del conserje Sato haya alguna. —Iroha limpiaba la pizarra, dando pequeños saltos para llegar a las zonas más altas.

No era mala idea.

— ¡Oh, yo te acompaño! —Propuso Miki, bajando de un salto de la silla donde estuvo de pie mientras limpiaba las ventanas.

— ¿Qué? ¿Y las ventanas quién las limpia? ¡Solo has hecho dos de seis! —Preguntó Miku alzando sus ojos de la mesa para mirar a Miki con una mueca. Mi pelirroja sonrió divertida antes de abrir la boca para contestar, pero no pronunció palabra porque entonces corrió hacia donde estaba, me alzó tomándome del brazo y me arrastró hacia fuera tras mi grito de sorpresa—. ¡Te vas a enterar cuando regreses, Furukawa! —Fue lo último que oí de Miku antes de saltar, aún siendo conducida por Miki, un cubo de agua que habían dejado en el pasillo.

— ¡A por la pala!

— ¡Te mato!

Y entre sus risas bajamos las escaleras hacia la última planta. Esquivando a algunos profesores, nos acercarmos al armario del conserje. El señor Sato era un hombre mayor con un corazón enorme y puro. Nos daba permiso para entrar a su armario y coger las herramientas que nos hicieran falta con urgencia, hacía la vista gorda cuando nos veía llegar tarde o ir al baño sin permiso e incluso en San Valentín nos repartía piruletas de chocolate.

Miki y yo nos sonreímos antes de abrir la puerta, dejando ver el pequeño espacio ocupado por escobas rotas, varias cajas de herramientas y trastos ordenados en las dos estanterías que cubrían las dos paredes paralelas entre sí. Mi pelirroja entró y yo me quedé fuera para vigilar.

— La pala pequeña debe de estar en una de las cajas. Mira a ver si tienen escrito algo. —Le hablé, comprobando el pasillo.

— En todas pone herramientas, no sé dónde narices puede... ¡ah, mira! Hay uno donde pone: herramientas pequeñas. —Me preguntó y escuché como sacaba la caja y la dejaba sobre el suelo—. Pesa bastante.

— Ten cuidado de no cortarte ni nada. —Asomé mi cabeza. Miki estaba arrodillada en el suelo, con la caja delante de ella y con ambas manos rebuscando entre las herramientas.

— Por favor, ¿te crees que soy tú? —Bromeó, dibujando una divertida sonrisa en su rostro. Sin pensármelo dos veces, le lancé una pelota de tennis que había encontrado en una de las estanterías. Agradecí haber heredado la puntería de mi madre, porque le di en la cabeza. Sonreí victoriosa—. ¡Au! —Se quejó, sobándose la cabeza—. Encima que encuentro la maldita pa... —Pero no terminó de hablar porque le cerré la puerta justo cuando escuché unos pasos acercarse.

Me volteé y fruncí levemente el ceño cuando quién se acercó fue ni más ni menos que Len.

— Kagamine —me nombró con aquella simpática y jodida sonrisa suya—, ¿qué hace aquí?

Yo tragué duro, preparando alguna excusa, pero con aquella mirada suya poco podía hacer.

— Eh... nada. —Escondí mis manos tras mi espalda para evitar rascar mi brazo. Lo último que quería es que notara que mentía—. ¿No estaba con mi tía Luka? —Le pregunté, aunque me di una cachetada interna por haber sacado el tema y haber hablado de aquella forma a un superior. Pero él solo alargó su sonrisa antes de esconder sus manos en sus bolsillos.

— Su tía se encuentra en una pequeña reunión con Kasane sensei. —Me respondió con tranquilidad, analizándome con la mirada—. Será mejor que regresen a su salón. Si algún otro profesor las ve por aquí, les podría caer un buen castigo. —Habló y yo abrí mis ojos de la sorpresa al percatarme de que estaba hablando en plural.

— ¿Por qué está hablando en...?

Él me interrumpió con una pequeña risa antes de hablar.

— Sé que hay alguien más en el armario. —Me aclaró, dejándome sin palabras y sin alguna excusa rápida—. Puede salir, Furukawa. —Mi mejor amiga abrió con lentitud la puerta a los pocos segundos, apareciendo con las manos tras su espalda.

— Hola, Sakine sensei. Qué sorpresa. —Rió nerviosa, aclarándose la garganta.

Len sonrió, a mi parecer, divertido antes de volver a su ruta.

— Tengan cuidado con la pala. Pueden dañarse. —Nos avisó antes de que Miki y yo le viéramos perderse por el pasillo.

Mi mejor amiga y yo suspiramos a la vez de puro alivio, creyendo por un momento que tendríamos que hacer una pequeña visita a la directora.

— ¿Cómo narices lo supo? —Me preguntó Miki, alucinando tanto como yo. Me encogí de hombros aunque no tardé en sonreír levemente antes de encaminarnos de vuelta al aula.

Sakine sensei, vaya que si es extraño.

— Por cierto, Rinny, ¿qué tal ayer con Mikuo?

— Oh, eh... —carraspeé, casi olvidando ese tema. Mierda, ¿le tengo que mentir a Miki también?—, bien, fue bien. Ahora somos, eh... novios. —Reí nerviosa, reteniendo de nuevo el impulso.

— ¿Y te lo pidió en los vestuarios masculinos?

El corazón se me detuvo en ese momento al igual que mis piernas. Miki dibujó una sonrisa torcida en su rostro, como si me leyera.

— ¿¡C-cómo...? —Balbuceé con los ojos abiertos como platos y los colores subiéndome a la cara.

— Si te cuento quién fue el pajarito rosa que me lo chivó nos ibas a matar... —Dijo burlona, con el dedo de su mano libre en su mentón.

Yuma.

Esa bola de chicle bocazas.

Agité mi cabeza de un lado a otro antes de tomar el brazo de Miki y arrastrarla hacia el laboratorio que, afortunadamente, estaba vacío. Me apoyé en la puerta y solté un suspiro.

— Todo tiene una explicación lógica. —Fue lo primero que dije, ganándome una mirada de curiosidad por su parte. Respiré profundamente pero cuando abrí la boca no supe qué decir exactamente, o más bien cómo empezar así que me dejé llevar—. Mikuo se confesó, yo salí huyendo pero cuando llegue a casa me sentí como la mierda y quería arreglar las cosas porque él es muy importante para mí y no quiero perderlo. Pero me tocó sacar a Momo a pasear, me encontré a Sakine sensei en el parque y ahora su perra y Momo son amigas. Cuando me di cuenta eran casi las ocho así que salí como alma lleva el diablo hacia el polideportivo. Entré a los vestuarios porque así no se escaparía si me viese pero justo le encontré recién salido de la ducha con una toalla, mi cara parecía un horno pero le pedí hablar y él como si fuera un rey de hielo me dijo que le esperara fuera y lo hice pero con miedo de que no quisiera hablarme nunca. Esperé y salió y hablamos seriamente sobre el tema y lo arreglamos, me di cuenta de que él merecía una oportunidad así que acepté salir con él y ahora somos pareja. —Cuando terminé, jadeaba y la cabeza me palpitaba débilmente. Había soltado todo del tirón, sin detenerme a respirar. Miki me observaba atónita, pestañeando varias veces seguidas, con la boca abierta.

— ¿Cómo, qué de qué? —Sacudió ligeramente su cabeza, procesando toda la información que le había dado en tiempo récord—. ¿Sakine sensei tiene una perra?

Puse una mueca.

— ¿Enserio de todo lo que te he dicho te has quedado solo con eso?

— Sí, bueno, me entró curiosidad. —Se encogió de hombros, aunque pronto su rostro se vio pintado de preocupación y seriedad—. Entonces, ¿de verdad estás saliendo con él? ¿Te gusta? —Me preguntó, extrañándome.

— Le estoy... dando una oportunidad. Puede que así me llegue a gustar.

Juro que es la última mentira.

— Es extraño, no eres de quien sale con chicos si no te gustan. —Insistió, confundiéndome más.

— ¿Por qué persistes tanto? —Ella desvió su mirada, mordiéndose el labio inferior.

Algo me ocultaba.

— Solo me preocupo. Después de todo, eh... dicen que si sales con tu amigo y luego rompéis, es raro que se vuelva a mantener esa relación de amistad.

— ¿Qué...? —Parpadeé varias veces seguidas—. ¿Desde cuándo lees esas mierdas? Miki, tú siempre has defendido lo contrario.

— ¡Argh, esto es demasiado complicado! —Exclamó algo furiosa, cerrando los ojos con fuerza antes de despeinarse con ambas manos.

— No entiendo nada. —Lloriqueé, juntando mis cejas.

Mi mejor amiga suspiró, alzando su rostro y observándome con sus claros ojos durante eternos segundos.

— Escúchame, Rin, esto es una suposición mía, ¿de acuerdo? Necesito que quede entre nosotras dos, que no se lo cuentes a nadie y menos, a Miku.

Ø

Masticaba un bocado de arroz tras otro automáticamente, encerrándome en una burbuja donde el sonido de la bulliciosa cafetería se desvanecía hasta ser murmuros lejanos. Las palabras de Miki diambulaban por mi mente y deseaba que dejaran de ser hipótesis para convertirse en una realidad. Si Miku de verdad comenzaba a sentir cosas por Mikuo, una vela de esperanza podía encenderse. Mi pelirroja amiga había estado observando durante una temporada a nuestra Einstein, memorizando cada gesto, actitud y expresiones que ésta hacía día a día frente a diferentes situaciones, notando un claro cambio en ella. Miku parecía más ausente y callada que de normal, tomando una actitud diferente cuando estaba frente a su primo. Se sonrojaba, se quedaba embobada mirándole y parecía más animada cuando él la acariciaba o se mantenía cerca de ella.

Cuando Miki me lo contó, recordé la expresión suya de ayer, cuando Mikuo y yo nos fuimos. Esa mirada brillante, su leve sonrojo y su pequeña sonrisa. Quizás sí fuera posible, quizás ambos sí se correspondían y aquél amor podía dar su primer paso. Sin embargo, nada podía hacerse si Miku no nos contaba nada. Primeramente porque si ella no quería hablar de un tema, no lo haría, sería casi imposible sonsacárselo y después, no era algo del cual preguntar con tanta facilidad.

— ¡…n!

Sería demasiado extraño soltar un: ¡Hola, Miku! Miki y yo tenemos dudas sobre que estás enamorada de Mikuo, ya sabes, tu primo, el sobrino de tu papá con el que yo salgo de coña.

— ¡…in!

Aún así no queríamos quedarnos sin hacer nada y ver cómo algo que podía estar funcionando se quedaba atascado; debíamos pensar en algo para lograrlo.

— ¡Rin!

Mi burbuja explotó en el segundo en que una patada me devolvió a la realidad. Solté un sonoro ¡au!, llevando mi mano a la zona herida y alzando mi cabeza de golpe con una mueca de dolor hacia Miki, sentada frente a mí.

— Estabas en las nubes. —Se excusó, arqueando una ceja. Inflé una de mis mejillas, fulminándola con la mirada.

— ¿Y era necesaria la patada?

Ella sonrió con inocencia, asintiendo con la cabeza. Rodé los ojos, suspirando.

— ¿En qué estabas pensando tanto? —Preguntó con suavidad Miku antes de darle un sorbo a su limonada. Si tú supieras, querida mía…

— Oh, no es nada. —Sonreí algo nerviosa—. Solo estaba haciéndome a la idea de que mi tía estará rondando por aquí durante una buena temporada.

— Va a ser muy gracioso ver a Kasane sensei y a tu tía Luka la una junto a la otra. —Comentó con burla Mikuo, masticando un trozo de su porción de pizza.

— Uy, sí, graciosísimo. —Dibujé en mi rostro una sonrisa sarcástica.

— ¿Te imaginas que se te dirige en clase llamándote naranjita? —Rió Miki, contagiando a Miku y haciéndome abrir los ojos como platos ante esa posible escena.

— ¡Calla, no me desgracies!

— ¿Naranjita? —Preguntó con curiosidad Mikuo, ahogando una carcajada.

— Llamábamos a Rinny de esa manera cuando éramos pequeñas. —Comentó en alto su prima, a quién enseguida fulminé con la mirada aunque ella siguió hablando, ignorándome—. Tuviste que ver cómo hacía con las naranjas en casa. Su madre las pelaba y ella… —Pero la corté con una patada antes de que continuara. Ella ahogó un grito, dejando caer su cabeza contra la mesa y acariciándose la zona dolida.

— ¿No íbamos a comer? —Pregunté en alto con una santa sonrisa.

— Pero yo quería saber…

— ¡A comer! —Casi grité, tomando un poco de lo que quedaba de mi arroz entre mis palillos y metiéndoselo a Mikuo en la boca para callarle.

— ¡Qué tiernos, Miku, mira! Rinkuo, la pareja goals. —Miki arqueó ambas cejas a la vez con una traviesa sonrisa. La fulminé con la mirada, con un sutil sonrojo en mis mejillas—. Se comienza con darle comida al otro y se termina comiéndose la boca. —Canturreó, echándole un rápido vistazo.

— ¿Eh? —Preguntó confundida Miku, alzando su cabeza de golpe.

— Tú sí que te vas a comer otra buena patada. —Sonreí con malicia mas ella rió y entonces, puso morritos, sacudiendo su cabeza ligeramente de un lado a otro, simulando besos. La sangre se me subió al rostro y solo se me cruzó la palabra venganza por la mente—. ¡Trae mis palillos! —Tiré de Mikuo por un brazo, sin perder de vista a mi pelirroja, y le arranqué los palillos de la boca antes de coger pudin de chocolate de mi postre y lanzárselo, usando los palillos como catapulta.

Pero por desgracia lo esquivó y el maldito y delicioso pudin impactó contra la espalda de Miku Zatsune, quién enseguida irguió la cabeza.

Todo en ese preciso instante quedó en un silencio sepulcral. El pudin resbalaba por la camisa blanca del uniforme de la azabache, dejando tras el un rastro de color marrón nada bonito. El corazón se me detuvo, había abierto la boca de par en par, palideciendo al igual que mis tres compañeros. Su cabeza giró lentamente hacia mí, clavando el par de ojos rojos como la sangre en mí, fríos, letales. Bajé rápidamente los palillos que me acusaban, tragando saliva. Zatsune era una alumna problemática que ni olvidaba ni perdonaba lo que alguien le hiciera y tenía un carácter semejante al de una chica de resaca en su primer día de periodo.

Soy rubia muerta.

— Kagamine. —Pronunció con una voz escalofriante, alzándose de su asiento—. ¿Acaso has sido tú quién me ha lanzado ese puto pudin? —Sonrió de la forma más maligna posible.

— Eh… —Balbuceé, incapaz de decir nada más. Mi cabeza se había colapsado.

— No tengo una camisa de recambio, ¿sabes? —Un aura oscura empezó a rodearla mientras hacía crujir sus puños. Adiós, la hemos cagado pero bien—. ¡Y la has ensuciado intentando hacer una puta pelea de comid…!

— ¿¡Alguien dijo pelea de comida?! —La voz anónima de una persona (seguramente de algún crio de secundaria) a la que debía mi vida interrumpió su grito y antes de que esa oscura Miku volviera a retornar sus amenazas, el bullicio y las risas inundaron el recinto y la comida comenzó a volar de un lado a otro.

— ¡A cubierto! —Gritó Mikuo y los cuatro nos despertamos de nuestro shock para escondernos bajo la mesa.

— Dios, le debo mi maldita vida a esa persona. —Expiré todo el aire que había retenido desde que di diana sin querer en la camiseta de Zatsune.

— Pues antes de tentar más a la suerte tenemos que largarnos. —Avisó y las tres asentimos.

Pero cuando habíamos comenzado a gatear hacia fuera, nos dimos cuenta de que Miki seguía bajo la mesa, lanzando con gran puntería la comida que cogía del suelo.

— ¡Miki! —Gritamos a la vez.

— ¡Voy, voy!

Salimos mas cuando por fin logramos llegar a la puerta de la cafetería, un chico, con speguettis resbalándose por su cabello y el rostro cubierto de tomate, se interpuso.

— ¡Agacharos!

Y como impulso, los cinco lo hicimos a la vez justo. Dos grandes bolas de carne picada impactaron contra la puerta de cristal. Al voltearnos, Zatsune estaba a unos cuantos pasos de nosotros, con una cuchara sopera y un plato de albóndigas sobre la mesa junto a ella. Sonreía perversamente y sin perdernos de vista, tomó otra bola y la colocó en su catapulta.

Ni falta hacía mencionar a quién apuntaba.

— ¿¡Últimas palabras, Kagamine?!

— ¡Sálvese quién pueda!

Nos dispersamos justo cuando la bola salió disparada hacia nosotros. Miku y yo corrimos hacia una mesa cargada de munición y, dedicándonos una sonrisa, cogimos los tenedores listas para lanzar macarrones y arroz, participando entre gritos en la pelea. Zatsune intentaba dar a Miki y Mikuo pero ambos tenían buenos reflejos.

Durante unos instantes reviví mi infancia, jugando sin normas, con la única preocupación de cómo explicar la comida en mi cabello a mamá y papá.

Sin embargo, lo bueno siempre acaba y a veces, de la peor forma posible.

— ¿¡Qué está sucediendo?! —La voz fría y autoritaria de la directora Minamoto retumbó por todo el recinto, deteniendo hasta la cafetera y haciendo callar a todo el mundo. Todos contuvimos la respiración, observando hacia la puerta donde nuestra directora estaba roja de rabia, con una vena a punto de estallar—. ¿¡Quién a sido el responsable de semejante batalla campal?!

Menuda metedura de pata.

— ¡Zatsune comenzó! —Se escuchó de fondo haciendo que la nombrada volteara bruscamente la cabeza.

— ¿¡Qué dices?! ¡Fueron Kagamine y sus amigos! —Nos señaló, observándonos con desprecio.

— ¿¡Perdón?! —Chillé con una aguda voz, arqueando ambas cejas, alucinando. ¡Ella nos había lanzado dos albóndigas del tamaño de una pelota de tenis!

— ¡Me diste con el pudin!

— ¡Casi me arrancas la cabeza con las albóndigas!

— ¡Basta, silencio! ¡Zatsune, Kagamine, Furukawa y ambos Hatsune, a mi despacho inmediatamente! —Ordenó severamente, señalando el exterior con su brazo.

Yo miré a mis tres mejores amigos, quienes tenían la mirada baja. Zatsune parecía acostumbrada a ello, por lo que sólo miraba hacia otro lado con el mentón alzado, fastidida por no haber podido vengarse de mí.

Me mordí el labio antes de bajar la mirada también y encabezar la fila hacia el despacho de la directora, manchada, como el resto, de comida.

Ø

—... y me parece una conducta indecente sobre todo para ustedes. Ya tienen o van a cumplir 18 años de edad. Están en el último curso antes de poder optar a una buena universidad, ¿qué clase de ejemplo creen que están ofreciendo al resto? —Nos señaló con dureza, claramente decepcionada y molesta. Ninguno nos atrevíamos a mantener la mirada contra la señora Minamoto, avergonzados—. Sobre todo ustedes dos, Hatsune. Son los primeros en sus respectivas aulas, pensé que serían lo suficientemente maduros como para detener semejante gallinero o no haber participado en ella. Me han decepcionado muchísimo. —Sacudió su cabeza ligeramente de un lado a otro, queriendo negar la realidad. Después de todo, ella siempre puso a Miku y Mikuo como ejemplos a seguir—. Furukawa, Kagamine, de ustedes dos solo esperaba que me dieran un año tranquilo sin volver a ver sus caras de nuevo en mi despacho para llamarles la atención. —Suspiró con pesadez, acostándose en su sillón de cuero antes de pellizcar el puente de su nariz, cerrando los ojos durante unos segundos—. Suerte tengo, Kagamine, de que su tía haga sus prácticas aquí y la tenga vigilada durante un tiempo. —No evité rodar los ojos ante la mención de tía Luka, notando las tímidas y fugaces miradas de mis amigos—. No puedo expulsarles, realmente son buenos alumnos y no hay ninguna prueba que os señale directamente como autores de la batalla. —Inhaló aire y dejó caer su mano a la par que nosotros gritábamos de alivio en nuestro interior al saber que no nos expulsarían—. Pero, eso sí, van a recibir un castigo severo y sus padres serán informados del suceso.

— ¿Cuál... cuál castigo? —Me atreví a preguntar casi en un murmullo.

— En las próximas dos semanas se quedarán una hora más tras finalizar el horario lectivo para limpiar todo el receso bajo la supervisón de un profesor. —Oh, fantástico, maravilloso, apoteósicos. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no golpear mi frente con la palma de mi mano. La señora Minamoto abrió un cajón de su escritorio bajo nuestra atenta mirada y extrajo varios papeles rectangulares que colocó sobre la mesa. Se inclinó, cogió una pluma y comenzó a hacer garabatos en ellos antes de extenderlos hacia Miku, quién lo tomó para luego repartirlos. Lo miré con curiosidad—. Eso es un justificante que entregarán a sus profesores para que os den la clase libre. —Arqueé una ceja con curiosidad hacia la directora—. Van a empezar su castigo hoy mismo, limpiando el estropicio en la cafetería que ustedes han causado. Y, por favor, cuando salgan, avisen a Zatsune de que ya puede entrar.

Habíamos empezado el día limpiando y lo terminaríamos de igual manera. Esto era terminar un viernes de la mejor manera y lo demás tonterías.