Capítulo II
Nace una Ilusión
Su sonrisa era perfecta y entre la penumbra alcancé a ver que era estupendo y de gestos extremadamente caballerescos, como si fuese de otra época…
- ¿Y qué dice la pista? –sonrió
nuevamente.
- Bueno…, no alcanzo a leer… hay muy poca luz –le
dije algo confusa.
- ¿Lo puedo ver? –me volvió a sonreír
tímidamente.
Estiré la mano y le pasé el cofre, que contenía el papel adentro.
- Veamos… ir a la quinta torre,
piso cinco, quinta puerta a la izquierda –torció nuevamente sus
labios.
- ¡¡¡Uf!!! Pero eso queda al otro lado del
castillo–dije con voz de derrota.
Asintió.
- ¿Quieres ganar el premio? –me miró con dulzura, esperando expectante mi respuesta.
Instintivamente respondí.
- Sí, quien no lo querría –sonreí y sentí que mi rostro se ruborizaba, menos mal había poca luz, que no era suficiente para que me hubiese visto.
Con un gesto instintivo, de quienes se conocen hace años, él me tomó la mano, que era muy suave y tremendamente fría. Giré el rostro para que me diera alguna explicación al respecto, pero me ignoró. Él era bastante ágil y rápido, subía en tres tiempos las escaleras, en cambio yo, a duras penas y a punta de jadeos llegué al primer piso. Él notó mi cansancio.
- ¿Quieres descansar un rato? –me dijo algo
extrañado por mi excesivo cansancio.
- No gracias –con gran
dificultad alcancé a articular estas dos palabras.
- Si quieres…
te puedo llevar… -me ofreció algo complicado.
A mí me dio vergüenza, pero de otro modo no ganaríamos jamás. Edward inclinó un poco sus rodillas y yo salté –o lo intenté al menos- pero no pude llegar a su espalda, así que él me acomodó con sutileza. Giró su rostro de medio lado y me habló.
- ¿Estás lista?
-
Sí –no pude evitar sonreírle.
En este patio no había nadie. Grandes árboles rodeaban el lugar y el frío era aún más intenso, tanto, que ni siquiera llegué entibiarme al contacto con mi especial compañero. Había neblina y costaba ver el camino, sin embargo, el corría como si lo supiera de memoria. Llegamos a la torre y subimos al quinto piso, y cuando llegamos frente a la quinta puerta me bajo.
- ¿Estás bien? –ahora podía ver que sus
ojos eran hermosamente dorados y era tan blanco como la nieve.
-
Estoy muy bien gracias –sonreí y proseguí -¿Y tú? Estás muy
frío, quizás te vas a resfriar.
Él sonrió ante mis palabras.
- No creo…, generalmente mi temperatura corporal
es baja –sonrió como avergonzado.
- Quizás deberías ir donde
un doctor –dije asustada, después de todo tenía la temperatura de
un no vivo.
Edward volvió a sonreír.
- Estoy bien, te lo aseguro…
Comenzamos a registrar la habitación y no encontramos nada. Hasta que él divisó una bolsa negra debajo de un banco.
- ¡Mira! –me dijo sonriendo como quien encuentra un tesoro.
Tomé la bolsa y la abrí torpemente. Dentro habían un par de disfraces de obelisca y de aladino ¡Eran aún más ridículos de lo que llevábamos puestos! El mío era azul, listo para la danza del vientre y el de Edward, era del mismo color, con una chaqueta corta y un turbante. Ambos nos largamos a reír cuando los vimos.
- Son aún más ridículos de cómo andamos
–exclamé.
- Bueno, el mío, porque tú te verás maravillosa
–me dijo sin pensar.
No respondí a su piropo, porque me puse algo nerviosa. Me giré para ver dónde me podía cambiar de ropa y era un solo cuarto sin divisiones. Lo miré inquieta e hice un gesto de ¿qué hacemos?
- Espero afuera –me dijo decidido.
Dude en responder. Algo en mí me hizo sentir que no quería que se fuera de mi lado, me daba miedo.
- Mmmm, no te vayas por favor –recién caí en la cuenta de lo que le pedía.
A él se le iluminaron los ojos y sonrió.
- Entonces… ¿cómo
lo vamos a hacer? –me miró confuso.
- Cada uno mirando a su
respectiva pared –sonreí por mi ridiculez.
- Está bien, si tú
lo quieres…
Rápidamente se puso para su lado y noté que con movimientos rápidos se cambio de ropa, en cambio yo ¡Uf! No podía sacarme el complicado vestido, por más que lo intentaba no podía llegar a los botones de la espalda y después me quedaba el corsé ¡Que horror! No saldría de aquí hasta mañana ¡Uy! Le pedía o no le pedía ayuda… ¡Uf! ¿qué hago? De lo contrario jamás saldremos a tiempo.
- Edward…
- ¿Sí…? -se
escucharon unas risitas por lo bajo.
- ¿Me ayudas?
- Por
supuesto – sentí que giró hacia mí.
Mientras, yo estaba atrapada en mi vestido y no veía nada. Con gran habilidad, desabotonó mi vestido y me liberó de él. Cuando estuve con mi vista descubierta, lo vi, él me miraba ensimismado y recién me acordé de que estaba en paños menores… con un corsé y portaligas ¡quería que la tierra me tragara! Instintivamente puse mis manos por delante para taparme, pero era absurdo, ya me había visto. Sus ojos dorados estaban clavados en mí y yo no sabía que hacer.
-
Gracias… creo que puedo seguir sola… -continué media
tartamuda.
- Está bien… perdona –y se giró rápidamente a su
lado.
Cuando llegué al corsé nuevamente tuve que pedirle
ayuda.
- Disculpa, pero…no puedo sola…-sentía la cara fucsia de vergüenza.
Poco a poco me soltó mi triturador corsé, hasta que me lo pude sacar sola. Ahora quedé sólo con corpiño, que también me tuve que sacar, y me puse la parte del arriba del traje árabe. Luego proseguí con los pantalones y los zapatos.
- ¡Estoy lista! –le avisé.
Por tercera vez se giró hacia mí y nos aprontamos a salir. Cuando ya estábamos afuera de la habitación, me acordé del velo en la cara, así que me devolví, pasando a llevar la puerta del cuarto y quedando completamente encerrada. El pánico me comenzó a invadir y de la manilla intenté tironear la puerta, pero nada.
- ¡Por favor
ayúdame! –le dije a punto de perder el control.
- Tranquila…-me
respondió con su voz de terciopelo.
De dos fuertes tirones abrió la puerta y cuando lo vi, yo estaba respirando agitada y con el corazón saltando del pánico.
- ¿Estás bien Isabella?
–me dijo preocupado.
- Parece…
- Parece que no… -abrió
bien la puerta y me sentó en el banquito.
- ¿Quieres seguir con
esto? –me dijo dulcemente.
Asentí. Tomó mi mano y me llevó hacia el pasillo para continuar el retorno al gran salón para ver si teníamos alguna posibilidad, después de todo me había demorado más de lo recomendable en cambiarme el vestido. Al salir de la torre me di cuenta que hacía aún más frío que cuando entramos, la piel se me erizó y él me miró preocupado.
- ¿Tienes mucho frío Bella?
Quedé de una pieza de cómo me había dicho… ¿Bella? Nadie me decía así desde que llegué aquí, lo miré sorprendida y le dije.
- Perdón ¿cómo me llamaste?
Creo que recién cayó en la cuenta.
- B-e-l-l-a –me dijo
sonriendo tímidamente y levantando apenas la vista.
- Así es…
tú… cómo, cómo sabías que me decían así –le pregunté
confusa.
- Mmmm lo supuse –me respondió seco.
Me pareció extraña su respuesta,, pero podía ser verdad… ¿o lo conocería de algún lugar y no me acordaba? No, jamás, por supuesto que me acordaría de un hombre como él, no es para nada corriente…
-
Bueno disculpa que haya sido tan seca en preguntarte, pero me
extraño… nadie me decía de ese modo desde Phoenix.
- ¿Enserio?
–me dijo extrañado no sé si por mi afirmación o por la
casualidad.
- Verdad, verás… mi nombre ha pasado de generación
en generación por parte de mi padre… creo que mi tatara tatara
tatara abuela se llamaba de ese modo y desde entonces ha pasado el
nombre de generación en generación y a todas además, siempre le
han dicho Bella –le conté entusiasmada.
No me respondió. Lo miré y me miraba hipnotizado como si hubiese encontrado algo en mí.
- ¿Edward? –le hablé fuerte para volverlo tierra.
-
Disculpa… es que me pareces muy interesante… -sonrió algo
complicado.
- No te preocupes… a mí me pasa con
regularidad.
Me pareció extraña su actitud, pero no tenía nada más qué hacer.
- ¿Me llevas? Sino llegaremos mañana
–le dije ahora con un poco más de confianza.
- Por supuesto…
-me puso su espalda y ahora sí me pude encaramar en él.
Partió rápidamente y cuando llegamos ya estaba lleno el salón, creo que habían llegado todos menos nosotros. Instintivamente busqué a Ethan entre la multitud y no lo encontré. Cerca andaba Phillip. Lo tomé del brazo para detenerlo, porque no me había visto.
- Phillip
¿dónde está Ethan? –le pregunté rápidamente.
- Ganó al
concurso… se va a las Islas Griegas.
Quedé de una pieza, aún no procesaba las palabras de Phillip. De repente llegan nuevamente los reyes del año pasado y ella anuncia que ya hay ganadores para el viaje de ensueño. En eso veo que por un costado aparece Ethan con una hermosa niña rubia y con la piel pálida como la cal. Él miraba para todos lados, al parecer buscándome, pero era tanta la gente que no logré que me viera.
- ¡Nuestra pareja ganadora! -anunció la reina de la facultad.
Ethan, casi consternado, miraba de muro a muro entre la gente. Ella parecía muy feliz. Sentí que la sangre me hervía de rabia ¡se iría unos días con esa mujer de catálogo y solos! ¡ahora si que estaba perdida! Estaba absolutamente ofuscada. En eso sentí que una fría mano toco el borde la mía… Era Edward que me miraba con sus hermosos ojos de miel.
- ¿Te sientes bien? –me dijo preocupado.
- No
mucho…
Me di media vuelta y me largué de ese lugar, habían sido muchas emociones en tan poco. Salí al gran jardín palaciego y caminé unos instantes, sin darme cuenta siquiera que estaba medio desnuda. Unas lágrimas de impotencia comenzaron a correr por mis mejillas. Estuve pensando y craneando de qué manera podría evitar que Ethan se fuera con esa mujer… y no se me ocurría nada sensato, quizás debía ser directa y decirle que me molestaba sobre manera que se mandara a cambiar con otra…, pero luego recapacité. El lugar era de un verde oscuro intenso y la noche era oscura y más densa la visibilidad aún, con la neblina. Por un minuto giré para devolverme al castillo y así evitar cualquier drama, y en eso me encuentro, nuevamente con ese hombre maravilloso que acababa de conocer y que me había removido el piso.
- ¿Edward? –le
pregunté para confirmar, porque no reconocía su figura por
completo, sólo distinguía su silueta.
- Sí –respondió con
voz de terciopelo y dio un paso hacía mi entre el espesor del
ambiente.
Ya no llevaba el traje de aladino azul, sino que ahora estaba nuevamente con ese traje medieval blanco con dorado, que lo hacía parecer un ser de la corte de edad media.
- ¿Me
seguiste? –le pregunté intrigada.
- No precisamente –sonrió,
acercándose aún más a mí.
En eso me tomó por la espalda y poco a poco comenzó a acercar su rostro al mío. Yo me perdí en su mirada… era como si nos conociéramos de otra época.
- ¡Isabella! ¡Isa! ¡Isa! –escuché mi nombre.
En pocos instantes Phillip estaba al lado mío y mirando con cara de pocos amigos a Edward.
- Ethan te está buscando como loco Isa –murmulló algo molesto.
Me tomó firme por el brazo y me arrastró a su lado. Yo lo acompañé, a la fuerza, sin antes girarme disimuladamente para ver dónde se había ido.
