Capítulo III

Bajando de la Nube

Ethan era perfecto, sin embargo, sus amistades a pesar de ser bastantes condescendientes conmigo, eran diferentes…, no sé, tenían algo especial que me es complicado de explicar, era algo misterioso, oculto. Antes de que Ethan se fuera de viaje a sus Islas Griegas, tomé desde su mesita de noche la piocha metálica que usaba él y todos sus amigos, era bastante diminuta, pero estaba cargada de una energía especial y lo que no había alcanzado a notar desde lejos, porque cada vez que estaba conmigo se las arreglaba para sacársela, en los bordes de los pétalos de las rosas, y apenas imperceptible decía eximius, no tenía idea que significaba esa palabra, pero ya que estuviese en latín la condicionaba a algo distinto.

Cuando salió de la ducha y me vio con la famosa piocha en la mano, abrió los ojos como platos.

- ¡Isa! –me dijo espantado como si estuviese tomando algo sagrado y yo no fuera digna de tocarlo.
- ¿Qué pasa? –le dije sorprendida con su actitud.
- Es que… -y entrecerró los ojos y tartamudeo unos minutos.
- ¿Qué es esto Ethan? ¿Por qué siempre lo llevan puesto tú, tus amigos, incluso Grace? –exigí una explicación.
- Verás… es algo complicado… y realmente no te lo puedo decir… -estaba muy nervioso.
- Pero ¿qué es? –le dije ya molesta.
- Perdona Bella…, pero no puedo…

Rápidamente quitó la piocha de mi mano y la guardó en el cajón de su velador. Yo lo miraba inquieta, me molestaba su actitud egoísta y secreta ¿qué significaría esa rosa con la estrella? ¿sería algún tipo de sociedad secreta? ¿quién sería Ethan realmente? De un momento a otro, mi novio de todos estos meses me pareció un verdadero desconocido y quise alejarme de él al instante.

- Creo que es mejor que me vaya –le dije seca.
- Isa…, no, no te vayas por favor –sus ojitos calipsos se entristecieron.
- Lo siento mucho…

Me di media vuelta y me dispuse a salir sin pensar nada más… Cuando llegué a la puerta del dormitorio –que era inmensa, de colores café, pero muy linda, con largas cortinas y con vista al bosque que era su patio. Incluso dentro del mismo lugar tenía como un mini living ¡era espectacular!- y el me tomó por la espalda aprisionándome hacia él.

- Por favor no te vayas –me dijo suplicante.
- Ethan…-fue lo que alcancé a decir.

Sin más me dio un cálido beso, suave, pero desenfrenado. Poco a poco y sin darme cuenta, me fue encaminando hacia su cama. Me daba unos besos exquisitos, húmedos y tibios, que me hacían estremecer de pasión, porque después de todo, hacer el amor era su mejor cualidad. Sus labios se entreabrieron y me besaron por el cuello hasta los hombros, otorgándome un cosquilleo leve, pero muy sensual. Poco a poco comenzó a desabotonar mi blusa y acarició, con esas hábiles manos, cada parte de mi cuerpo, quedándose por supuesto mayor tiempo en los lugares que le causaban mayor atracción y eran más sensibles para mí. Cuando llegó a mi botón del pantalón, lo miré aún furiosa, pero el sonrió.

- No me vas a dar mi regalo de despedida –volvió a torcer sus labios en una gran sonrisa y sonrojado ya por el calor de nuestros cuerpos, me volvió a besar.
- No te lo mereces –le respondí entre besos.
- Yo creo que sí…

Como arte de magia sacó mis pantalones y me miró con picardía.

- Isabella eres muy especial para mí –me decía entre besos y con la respiración ya muy agitada.
- No necesitas decirme eso para… -le sonreí algo avergonzada, pero ad hoc con la ocasión.

De un instante a otro ya estaba con él ¡era irresistible! Mi cuerpo hervía y él de Ethan también. La lujuria nos embargaba y ya nada más importaba…

Cuando llegó la hora de despedirme, de verdad, estaba aún enojada…, que hiciéramos el amor no arreglaba las cosas, siempre encontré absurdo que la gente se arreglara de esa manera, sin conversar, era como saciar los instintos básicos y por eso perdonar todo. Lo miré fijamente cuando me llevó de vuelta a la facultad y me disponía a bajarme del auto.

- Bueno, que lo disfrutes –le dije picadísima.
- Isa…, por favor… tú sabes que no hay nadie más que tú y tampoco lo habrá –me dijo listo para besarme.
- ¿Cómo se llama tu compañera? –le dije irritada de celos.
- Mmmm, no estoy seguro… creo que Rosalie –me respondió como pidiendo disculpas y algo confundido.
- Bueno que te vaya regio con Rosalie entonces.

Sin darle tiempo, me bajé rápidamente del auto. Ya estaba oscureciendo. Caminé por el sendero de la universidad, rodeada de árboles y pasto, rigurosamente mantenido. Hacía bastante frío, así que yo misma, apreté el abrigo para apegarlo más al cuerpo y me diera más calor. Tenía las manos frías y se habían quedado los guantes en el auto Ethan, y obviamente, mi dignidad no me permitía devolverme a su carro a buscarlo. Llegué a mi habitación y me tendí en la cama un rato, quedándome completamente dormida, casi inconsciente. Cuando ya no sabía ni que soñaba, sentí unos golpecitos en la puerta. Era Eileen, mi compañera de carrera y amiga. Venía envuelta en una mini corta y unas medias negras y botas hasta la rodilla. Sus ojos miel estaban bastante pintados, y el pelo rubio medio, lo llevaba tomado con unos pinches ¡se veía muy linda! Bueno, en realidad ella lo era, de contextura y estatura promedios y muy bien dotada, al menos media universidad estaban babosos por ella.

- ¿Dónde vas tan arreglada? –la invité a pasar.
- Dónde vamos querrás decir… -me dijo sonriendo de oreja a oreja y con cara de maldad.
- No, yo no… vengo llegando de donde Ethan y discutimos. No tengo ánimos…
- ¡Con mayor razón entonces! –insistió.

Junto a ella traía una bolsa de compras y dentro, había un atuendo similar al de ella, pero ¡para mí!

- Oh, no, gracias, pero no uso esas cosas –le dije
- Póntelo primero y luego me dices… -me obligó.

Con su atenta mirada inquisidora, tuve que cambiarme de ropa. Era también una mini de jeans, medios gastados, muy de moda, con unas calzas negras y unos zapatos de tacones alto en punta. Para arriba traía una polera bastante escotada, que favorecía mi busto, también negra. Con mucha habilidad me tomó el pelo y me hizo un peinado muy casual, levantado adelante y con una cola. Luego, pasamos al maquillaje.

- Creo que me estás disfrazando –murmullé entre risas.
- No te has visto aún… ¡Estás quedando fabulosa! –me dijo muy entusiasmada.

En efecto, me puse de pie y me miré en el espejo ¡Y era otra! Una muchacha tremendamente sexy y guapa.

- Creo que haces milagros amiga… -sonreí feliz.
- Entonces ¿nos vamos ya?

Asentí. Después de todo ¿Qué me iba quedar haciendo encerrada sola mientras Ethan lo pasaba de maravilla? Tomé mi bolso y nos fuimos. Afuera nos esperaba un taxi. El hombre nos miraba a cada rato por la ventanilla, eso me tenía algo nerviosa.

- Eileen, mira –hablé bajito para que él no escuchara.
- No te preocupes es de confianza –sonrió.
- Rob, no mire tanto para atrás, porque mi amiga se pone nerviosa –le dijo sin asco. Casi morí de vergüenza y le pegué con mi pierna, pero ella se limitó a reir.

Llegamos al lugar y era un galpón enorme. Había mucha gente. Eileen me tomó del brazo, y saltándose toda la fila, pasó por delante de los guardias.

- Hola –los saludo sin reparos.
- Adelante –el guardia abrió el cordel que nos separaba de la entrada.

El lugar estaba atestado de individuos, de todos tipos.

- Te vas a divertir –me advirtió.

En eso se acerca un hombre muy guapo a buscarla. La toma de la mano y ella a mí.

- ¡Ven! –me decía mientras este hombre la arrastraba a bailar.

Intenté de hacerle gesto de qué haría yo ahí entremedio.

- No ven… te voy a presentar a un amigo… -me gritó entre el bullicio infernal.

Su pequeña mano me tenía aferrada a ella. La seguí. Cuando llegamos a la pista, apareció otro joven, muy apuesto, alto, de tez blanca y pálida, parece que era el patrón del lugar; el pelo era rojizo y vestía con un abrigo largo, color azabache.

- Que gusto conocerte –me sonrió medio maquiavélico, pero muy, muy guapo.
- Igual –le respondí algo cortada.
- Así que eres amiga de Eileen –comenzamos a bailar.
- Sí, somos compañeras de universidad.
- Mira que bueno ¿entonces estudias sociología?

Asentí.

- Interesante carrera.

Seguimos conversando durante toda la noche. Él era muy atractivo, pero había algo raro en él. Sin embargo, cuando me tuve que ir, considerando que mi amiga no estaba en buenas condiciones etílicas, acepté que me llevara de vuelta a la universidad.

- Vamos –me dijo cordialmente.
- Ok

Salimos y estaba más oscuro que nunca. Cuando íbamos camino al auto, me encontré con ese joven guapo de ojos dorados ¡Era Edward! En persona. Me miró y me hizo una seña que no entendí.

- Disculpa un momento August –me dirigí hacia mi amigo.

Él se acercó y se notaba muy intranquilo.

- Bella ¿te puedes venir conmigo? –me dijo casi sin poder negarme.
- Disculpa, pero me esperan…
- Por favor… -sus ojos eran suplicantes.
- Está bien, espera…

Di media vuelta y me dirigí camino a August.

- August gracias por tu ofrecimiento de llevarme, pero tengo un amigo que está en problemas y me necesita –mentí.

Él sonrió, pero no me creyó, obvio. Algo afligida volví donde Edward.

- ¿Me puedes explicar qué te pasa?
- Te lo digo en el camino –me invitó a subir a su auto plateado.

Una vez partiendo y ya en camino le exigí unas respuesta.

- ¿Y Edward? –enarqué una ceja.
- Verás, es que él no te conviene… -me dijo apretando la mandíbula.
- ¿Perdón? ¿Y quién te dijo que yo haría algo con él? –le dije ya molesta.
- No es eso, no entiendes…
- No entenderé jamás sino me explicas…-fui pesada.

Él estaba nervioso, no sabía cómo explicarme.

- Verás, Bella –cuando me llamaba así mi cuerpo se estremecía.
- Soy toda oídos…, espero una buena explicación y espero que sea buena… -lo miré increpándolo.
- Él es un Set –me dijo preocupado.
- ¿Qué es eso? –le dije extrañada.
- Mmmm es como una hermandad…
- ¿Hermandad? ¡Qué cantidad de esas cosas raras hay aquí!
- ¿Y qué tiene de malo esa hermandad? –continué.
- Es complicado… -inclinó la cabeza hacia un lado mientras conducía.
- Ya, estoy esperando…
- ¡Llegamos Bella! –me dijo distrayendo la conversación
- Edward ¡Estoy esperando!
- Bella, otro día…
- Está bien…, pero me lo dirás –lo amenacé con la mirada.
- Te lo prometo –ahora por fin sonrió –te acompaño hasta tu dormitorio –fue una afirmación.

Asentí. Caminamos juntos cruzando el parque. Finalmente llegamos a mi habitación y seguíamos hablando de la vida.

- ¿Quieres pasar?
- N…no creo que sea conveniente… -me contestó dubitativo.
- Por favor, la primera vez que nos vimos estuvimos mucho más cerca que esto… y bastante más incómodos también –lo invité así, tan suelta de cuerpo, creo que era a raíz de par de rones que había bebido en el galpón.
- ¿No te arrepentirás después? –me volvió a preguntar, intentando confirmar mi invitación.
- No –lo miré fijamente.
- Está bien.

La habitación estaba bastante desordenada, así que le tuve que pedir las disculpas correspondientes. Encendí la luz de la lámpara, y quedó todo a medio iluminar, pero que hacía el lugar más confortable. Antes de que me sentara, Edward me tomó por la cintura y me aferró hacia él.

- Eres muy especial I-s-a-b-e-l-l-a –y remarcó mi nombre.

De manera instintiva subí mis brazos y los crucé por su cuello. Se acercó aún más y con un gesto sutil entreabrió mis labios con los suyos, dejando pasar su lengua suave y dulce. Cuando respondí a su beso él reaccionó apretándome más hacia a él. En sólo segundos estábamos besándonos en la cama muy apasionadamente, como si esto siempre hubiese sucedido. Ni siquiera noté la frialdad de su piel, ese fue un detalle que me di cuenta más tarde.

Entre besos nos fuimos sacando lentamente cada uno de nuestras prendas de vestir, pero antes de que tuviéramos contacto pleno, él me arrastró hacia la ducha, sin darme cuenta, encendió el agua y en un abrir y cerrar de ojos, estábamos bajo la regadera, aprovechando la tibieza del agua, que nos entraba por los poros, después supe que nos habíamos metido a la ducha para que yo no sintiera tan fuertemente el contraste de las pieles. Ya completamente desnudos, Edward me hizo suya, sutil y suavemente. Ahí recién caí en la gelidez de su piel, pero en ese momento no me importó.

Cuando desperté de la catarsis en que me había sumido con él, ahora mi amante, me sentí muy culpable… No debí hacerle eso a Ethan, aunque estuviera picada con él. El móvil sonó y recibí un mensaje de mi novio.

Te amo y te extraño mi querida Isa. No tengas dudas eres la única mujer para mí.

Me sentí podrida y odié a Edward, pensé por un minuto que lo había planificado todo. Aún a medio vestir le hablé.

- Edward, lo siento, pero te debes ir, esto jamás debió ocurrir… -le dije con rabia, pena y con un grave sentimiento de culpa.
- Siento que pienses así Bella… -me miró desconcertado, pero noté la tristeza en sus ojos. Tristeza que se había ocasionado por mis palabras duras y frías.
- Siento decirte esto Edward, pero no hay opción: hasta nunca –cerré la puerta y unas lágrimas tontas comenzaron a caer por mis mejillas.

Me acerqué a la ventana y lo vi alejarse. Caminaba con los hombros y el rostro hacía bajo… Estaba visiblemente triste, le había partido el corazón, pero el mío también había quedado hecho añicos.