DIARIO DE YURI KATSUKI
Noviembre 2
La lluvia sigue cayendo y mi corazón sigue sintiéndose extraño. Es como si añorara algo que siempre había añorado y ahora yo también supiera de esa ausencia. Mis brazos siguen hormigueando por el abrazo que dieron, mis ojos no saben si todo fue una ilusión o de verdad ocurrió. No sé nada. Simplemente sigo mirando la fría y gris mañana que se deja ver más allá de este balcón solitario al que suelo venir cuando necesito alejarme de todos.
Dios... ¿Me estoy alejando de todos porque me da tanto miedo sentirme tan cerca de él?
Tengo ganas de cerrar los ojos y perderme en el sonido de la lluvia, pero también necesito seguir escribiendo. Hay tantas cosas dentro de mí, tantas cosas que no puedo decirle a nadie. Me siento confuso, triste, enojado y con ganas de volver a buscarlo y con miedo de encontrarlo y todo es tan extraño ahora... no creí que fuera posible sentir tantas cosas al mismo tiempo pero sobre todo este torbellino de emociones, siento tanta alegría.
Porque abracé a Victor Nikiforov y de algún modo misterioso eso hace que el mundo tenga sentido y no lo tenga, pero en medio de tanta tristeza mi corazón late feliz y tranquilo también.
Ni si quiera sé por qué Victor me dejó abrazarlo. No sé por qué no se puso a gritarme las cosas que siempre le grita a todo mundo. No entiendo por qué no me dijo que lo dejara en paz y sobre todo eso, tampoco entiendo por qué mi primer impulso al ver sus ojos azules muriendo de dolor, fue lanzarme a protegerlo a pesar de mí y a pesar de él ... ¿Qué me está pasando? ¿Es que apenas noto lo que él me causa o he pasado todo este tiempo negándolo? Todo lo que él puede hacerme sentir sin palabras, con él solo latido de su corazón latiendo al compás del mío... ¿Qué es esto? ¿Por qué me siento tan cercano a él si todo lo que ha existido siempre entre nosotros no son más que peleas y discusiones?
Incluso hoy cuando volví a mirarlo en nuestra primera clase, sus ojos no parecieron mirarme de forma distinta. Él seguía siendo él, el mismo chico seguro, encantador, el mismo chico al que no le importa nada y nada le importará jamás. Es como si él lo hubiera olvidado, como si para él nada de lo que pasó anoche importara de verdad. Y yo tampoco sé por qué estoy dándole tanta importancia. En términos generales no pasó nada, nada extraordinario, nada que pueda traerme problemas con Phichit, nada que pueda empezar algo con Victor. Vamos, no puede haber nada con él.
Por eso fue que decidí saltarme el resto de las clases de la mañana, mi corazón se sentía tan pesado y era tan triste mirar a Victor... No sé qué es lo que estaba esperando pero de seguro esperaba algo porque ahora siento decepción. Es como si hubiera estado imaginando que todo con Victor cambiaria, como si de verdad mi corazón deseara que todo fuera diferente. Pero no lo será, jamás lo será. Soy un tonto por estar sintiéndome de esta forma, soy un estúpido que debe entender que Victor no tiene corazón y que jamás me querrá en su vida porque él se basta y se sobra a sí mismo.
Y ahora no sé por qué estoy llorando, no lo entiendo, no me entiendo.
Dejo que las lágrimas caigan y se mezclen con la tinta de estas páginas. No sé de dónde viene la tristeza, no sé de dónde viene el dolor, pero duele. Es como despertarte de un sueño y darte cuenta de que aquello que soñabas tiene muy poco que ver con la realidad. Es como volver a saber que persigo un sueño que jamás podrá ser real. Me duele Victor Nikiforov...
Un relámpago cruza el cielo oscuro y mis cabellos oscuros se mecen con el viento que moja mis mejillas con lluvia fría. Sé que debería ir a clases pero no me siento con ánimos. Es que todo hubiera sido más fácil si yo no hubiera ido a buscarlo pero estaba tan preocupado, tan completamente preocupado. Eran más de las dos de la mañana y él no había llegado a nuestra habitación, así que sin importarme los problemas que podría traerme el hecho de que alguien me encontrara vagando por los pasillos de la Academia a esas horas, me puse un suéter encima del pijama azul que uso todos los días y salí a buscarlo.
Mis pies jamás tropezaron en la oscuridad, paseé por la Academia en completo silencio, escuchando la lluvia caer al suelo y mojar los jardines que esta mañana lucen opacos por la niebla y la lluvia que sigue cayendo. Era extraño, pero creo que desde el principio supe el lugar al que debía ir. Era como si mi corazón me guiara, como si supiera que él me necesitaba sólo a mí aunque él ni siquiera fuera consciente de eso.
A medida que la figura del invernadero aparecía en la distancia, mis pies apuraron el paso porque las luces estaban encendidas y la puerta estaba abierta. Y corrí debajo de la lluvia sin importarme que las gotas de agua fría chocaran con mi piel e hicieran de mi cabello oscuro un desastre, o que mis lentes de montura azul se empañaran debido al agua que caía sobre los cristales. No me importaba porque sabía que él estaba ahí y efectivamente, cuando entré al invernadero, cuando con la respiración entrecortada y la ropa escurriendo agua me paré en la puerta de aquel lugar y lo vi a él, sentado al lado de las rosas, sus ojos perdidos en el vacío, supe que había hecho bien en ir a buscarlo.
Él no estaba llorando. Su corazón parecía estar doliendo en aquellos ojos, pero éstos no derramaban lágrima alguna. Parecía como si él no supiera llorar, como si alguien lo hubiera obligado a endurecer su corazón de aquel modo, pero aquello debía resultar más doloroso que dejar salir las lágrimas porque Victor parecía estar a punto de romperse en mil pedazos.
—Victor...— dijeron mis labios sin pensarlo, su nombre saliendo de mi boca de forma entrecortada por el frío y por el miedo que sentí cuando sus ojos azules me miraron.
Mi voz atrajo sus ojos hacia mí y en ese momento sentí miedo, no el miedo de no poder ayudarlo, no el miedo de no saber qué hacer con el dolor de sus ojos, sino el miedo horrible de que él no me dejara quedarme a su lado, terror de que me dijera que me largara y que lo dejara en paz. Tenía miedo de alejarme de él porque quería protegerlo y decirle que todo estaría bien porque yo estaba ahí con él, que ese no era el mejor consuelo del mundo pero que yo sólo quería sostenerlo.
Él no sonrió, no hizo nada que me indicara que quería que me largara así que, reuniendo todo el coraje que pude, me acerqué a él y sin pensarlo si quiera, me senté a su lado. Sus ojos me miraron todo el camino, era como si él también estuviera preguntándose si aquello no era más que uno de sus sueños. Dejé que mi brazo chocara con el suyo y por varios minutos, por un momento que me pareció eterno nos miramos a los ojos sin decir nada. Y yo sentía, de verdad pude sentirlo, que mi mirada estaba abrazándolo, que mi mirada lo salvaba de caer en un abismo sin final. Él no decía nada y yo tampoco sentí la necesidad de hacerlo. Me quedé perdido en sus ojos azules, me quedé prendado en ellos y cuando el brillo de unas lágrimas jamás derramadas brilló en ellos, no me importó más el mundo, ni el miedo, y tomé el cuerpo de Victor entre mis brazos.
Lo abracé. Lo acerqué a mí colocando su cabeza en mi pecho y no lo solté. Yo sabía que él hubiera odiado que yo lo viera llorar así que simplemente seguí sosteniéndolo. No me hizo falta preguntar la razón de aquel dolor, porque el dolor es dolor y a veces sólo tienes que abrazarlo para poder calmarlo, para poder recordarle a la otra persona que el dolor no lo es todo. No sé cuánto tiempo me quedé así con él. No hubo preguntas, no me hicieron falta más respuestas. Él estaba triste y yo estaba sosteniéndolo, su corazón dolía pero yo estaba ahí con él.
La lluvia seguía cayendo y mi corazón latía de forma acompasada. Él no hacia ningún sonido, pero sus brazos se habían aferrado también a mi cintura. Lágrimas y silencio, dolor y un abrazo, eso era todo lo que teníamos en aquel lugar y a mí me pareció totalmente perfecto.
—Vamos a la habitación— le dije lo que me pareció miles de minutos después, cuando intuí que la tormenta en su interior se había calmado un poco—. Vas a resfriarte y pronto comenzarán las clases. Debes descansar al menos un rato, eres Victor Nikiforov ¿recuerdas? Nadie debe ver ojeras en el rostro de Victor Nikiforov...
Sus labios esbozaron una sonrisa tímida y yo no pude evitar pensar que era encantadora a su manera y pronto descubrí que era porque aquella sonrisa era sincera. Mis ojos se iluminaron al verla. Él no se disculpó por sus lágrimas y yo no dije nada más, no pregunté nada acerca de ellas. Los dos nos levantamos del piso y caminamos muy cerca el uno del otro hasta la habitación. Caminábamos sin intercambiar palabras, aquel silencio era muy cómodo porque en él sentía que los dos compartíamos una conexión más profunda, algo especial. Sus ojos no dejaban de mirarme y aunque aún estaban tristes, tenían ahora un poco más de brillo y dentro de mi corazón sentía cierta felicidad alocada al pensar que yo era el responsable de eso.
Y es que Victor tiene la cualidad de ser hermoso incluso cuando está triste, como si el dolor afinara su rostro, como si el dolor profundizara su mirada. Era hermoso, es hermoso... cuando llegamos a la habitación, lo miré cambiarse el uniforme arrugado por su eterno pijama de seda oscura y él se acostó en su cama, volviendo a dirigir sus ojos hacia mí. Mis labios sonrieron al sentir sus ojos en mi piel mientras me deshacía del suéter empapado, así que me senté sobre mi cama y le devolví la mirada.
—Duérmete— le dije con suavidad—. Todo estará bien por la mañana, te lo prometo.
Él sonrió, no de la forma sincera en la que lo había hecho antes sino de esa forma irónica y burlona en la que siempre lo hace, pero a mí no me molestó. Sabía que había sonado como un imbécil al hacer promesas que quizá no se cumplirían con la llegada de la luz del día pero ¿qué más podía decirle? Quizá era la noche, la lluvia o la sensación de haberlo sentido entre mis brazos, pero todo eso me daba fuerzas para hacer promesas idiotas, el corazón me alcanzaba para eso y más. Victor no dijo nada más después de aquello. Simplemente se acostó y yo lo cubrí con la manta de su cama. Sus ojos se cerraron varios minutos después de eso y poco a poco, bajo la mirada de mis ojos, su respiración se hizo acompasada hasta volverse regular. El rostro de Victor se relajó y una suave sonrisa se quedó prendida en sus labios.
Y de pronto me sentí dueño de esa sonrisa porque nadie más que yo la vería jamás. De pronto me sentí dueño también del mundo porque yo cuidaba a Victor y le había prometido que todo estaría bien y me sentía con la fuerza suficiente para obligar a la vida a ayudarme a cumplir esa promesa. Lo miré dormir por mucho rato, sentía de nuevo que estaba protegiéndolo y la sonrisa en sus labios me hacía sentir que todo estaba bien al menos por ese momento.
Y bueno, quizá la vida escuchó mis suplicas porque ahora todo parece estar bien, tan bien, que Victor no parece recordar nada de lo ocurrido, pero yo sé que no podré olvidarlo jamás. Yo sé que estaré preguntándome por muchos días qué demonios significó todo eso y no obtendré respuesta porque Victor Nikiforov es mi misterio particular, mi mayor problema, la persona que con algo así puede causarme un montón de quebraderos de cabeza y este estúpido dolor o ansiedad en el corazón que nadie más puede provocarme. He leído las paginas anteriores de este diario y siempre parezco tan seguro de odiarlo... quisiera odiarlo, quizá si lo odiara de verdad todo sería mil veces más sencillo.
—Yuri...
Mi cuerpo tiembla al escuchar esa voz. Sigo escribiendo porque no quiero enfrentarlo, pero es su voz. Mi corazón se agita violentamente, no sé qué es lo que él quiere, pero escucho sus pasos acercándose más y más a mí. No quiero voltear, no lo haré hasta que sea inevitable. Ya no quiero esperar nada, no sé por qué él está aquí y no sé si quiera saberlo. Debo protegerme de él porque nunca sé qué es lo que va a suceder y en este instante sólo puedo pensar que él me seguirá doliendo, que me dolerá por todo lo que no puede ser, y por todo lo que ya fue pero que a él no le importa.
Ahora está al lado mío. Es mejor que deje de escribir porque sus ojos azules me miran. Debo enfrentarlo, debo hacerlo, pero justo ahora, quisiera estar en cualquier lugar, quisiera no estar a su lado...
