Capítulo XIV
Dulce Amor
Las clases de todos habían empezado hace más de dos meses. Todo ese tiempo estuve "sola" a ojos de todos. Solamente tenía como parner a mi nueva compañera, amiga y cuñada, Alice y Eileen. Las tres andábamos juntas para todos lados. Las pocas veces que me encontré con Grace o Phillip, o cualquiera del grupo, con suerte me saludaban… y sólo algunos. De vez en cuando nos encontrábamos en el casino o en las horas libres… Si no fuera por este par de amigas estaría muy sola. Eileen, por supuesto, no solidarizó con el resto y siguió juntándose conmigo. Y en cuanto a Ethan, bueno nos habíamos encontrado un par de veces en el parque. La primera vez no supo como reaccionar, estaba muy nervioso y yo también. Finalmente se acercó a mí, todavía con esa ternura tan particular en él, sus bellos ojos calipsos se iluminaron cuando me vieron, pero prontamente se apagaron. Me miró, se detuvo un momento y luego cruzó los pocos pasos que nos separaban.
- Hola
Isabella –su mirada era tremendamente dulce al igual que su voz.
-
Ethan ¿Cómo estás? –fui cortés, no sabía de qué manera
reaccionar.
- Bien gracias –sonrió –casi muero, pero ya me
estoy recuperando –sonrió, pero la alegría no le llegó a los
ojos.
Quedé muda, hasta que él nuevamente me habló.
-
No te preocupes ¡sobreviví! –sonrió nuevamente, esta vez con más
ganas.
- Ethan… -no fui capaz de completar la frase.
- De
verdad no te compliques Isa… sólo me acerqué para saber cómo
estabas –era honesto.
- Bien, gracias…
No terminamos de hablar cuando su grupito de amigos lo llamó, haciéndole algunas burlas entremedio, y como era evidente, lideradas por Phillip. Sonrió nuevamente y dio media vuelta para irse.
Su reacción había sido muy civilizada ¿quizás Phillip no le habría contado? Bueno no lo sabría…, no tenía a quién preguntárselo, porque Eileen que era la única que tenía algún nexo con ellos, no sabía nada de mi relación con Edward por lo que no tenía excusa para preguntarle, y además por su parte, la tenían vetada por ser mi amiga, aunque ella nunca lo había reconocido así, pero era evidente.
La segunda vez que me encontré con Ethan también fue en el parque de la universidad, un día tarde, casi se había ido el sol, pero esta vez no vino hacia mí, sino que levantó la mano en gesto de saludo y sonrió. Su reacción la encontré demasiado fría, como si fuésemos unos completos desconocidos. Él por su lado y yo por el mío. Sentí que una oleada gigante pasaba por todo mi cuerpo y se clavaba en el corazón. Después al analizar la situación me dio mucha rabia, porque si no sabía que yo tenía a otro, y que así suponía que había sido todo este tiempo, su saludo había sido muy displicente, me había ignorado por completo… quizás, hubiese sido mejor opción no saludarme, era casi más cortés…
Yo por mi lado seguía viéndome clandestinamente con Edward, es decir, aún pensaba que no era tiempo de hacerlo público, ni siquiera estar juntos conversando, porque sería muy evidente. Edward era tremendamente comprensivo, y notaba cada cambio en mí, aunque fuese casi imperceptible. Uno de esos días, como era habitual, llegó a visitarme cerca de las nueve y media de la noche. Su rostro hermoso, de ángel del pecado, me envolvía en un hipnotismo único y difícil de explicar, era una reacción que lograba sólo él y de la que no podía escapar ¡Era imposible! Su mirada y su aroma me envolvían en un éxtasis único e irrepetible… Sólo Edward me transportaba de la tierra al cielo.
El fin de semana que se aproximaba sería largo… había un jueves feriado y el viernes lo habían dado libre para todos los estudiantes.
- Bella… te tengo una
propuesta… -me dijo sonriente y con los dorados líquidos lleno de
energía.
- ¿Cuál? –sonreí y enarqué una ceja, parecía muy
interesante.
- ¡Un viaje! –sonrió, dejando al descubierto esos
bellos dientes marmóreos.
- ¿Dónde? –me parecía muy
interesante su propuesta.
- A Venecia, Italia… la próxima
semana –parecía muy entusiasta
- ¿En serio?
- Sí,
aprovechemos que es largo… -me miró torciendo sus exquisitos
labios rubí.
- ¡Me encanta la idea Edward!
Cuando vio mi reacción sonrió y me tomó por la cintura hacia él. Inclinó su rostro dulce como la miel y me besó tan profundamente y de manera tan especial como sólo lo hacía él… Esa noche se quedó junto a mí y no nos cansamos de besarnos hasta que me dormí…
Llegó finalmente ese miércoles en la noche y Alice me llevó al aeropuerto, para que no me vieran salir del dormitorio con Edward. Llegamos allá y en la puerta para abordar me esperaba él, radiante y muy feliz. Su piel pálida y tersa parecía sonrojarse al verme, obviamente era imposible, pero algo en él lo hacía similar a esa reacción tan intrínsicamente humana. Cuando llegué a su lado me abrazó con fuerzas y me besó en la frente.
- ¡Qué bueno
que viniste Bella! –me miraba hipnotizado
- ¿Y por qué no
vendría? –pregunté extrañada
- No lo sé, es que todo esto es
demasiado perfecto para ser verdad… -sonrió algo tímido.
Tomó mi mano con fuerza y recorrió todo el camino de la manga hacia el avión aferrándome hacia él como si me fuera a escapar. Tomamos lugar en nuestros asientos y partimos. Cuando aterrizamos pude ver las luces que iluminaban esa hermosa ciudad y entremedio pasadizos oscuros indicaban los canales tan particulares de Venecia. Llegamos al hotel y era un edificio antiguo maravilloso, lujoso y de muy buen gusto…, pero cuando entramos a la habitación matrimonial ¡Era aún más fabuloso! Había una ventana con vista a toda la ciudad, rodeada por cortinajes finísimos y una enorme cama de época. Arriba de ésta había una rosa roja y en una mesita al costado tenía una botella de champaña helada y más flores… ¡Toda la habitación olía a flores frescas! Y rodeaban toda la habitación, eran blancas y rojas. Una luz tenue daba un aspecto aún más acogedor. Mi cara debe haber sido fenomenal, porque cuando me vio reaccionar se acercó a mí, cogiéndome por la cintura hacía él.
- ¿Te gusta? –sonrió
con algo de picardía.
- ¡Es espectacular Edward! –no podía
ocultar mi impresión.
Respiró hondo y me miró.
- Me alegro tanto… -sus ojos parecían aliviados.
Abrió la champaña y llenó dos copas, lo que me pareció muy extraño.
- ¿Y tú también…? –pregunté extrañada
Asintió.
-
Por supuesto, tenemos que celebrar los dos por estar juntos.
- ¿Y
no te pasará nada? –estaba asustada. Me moría si le pasaba
algo.
- No te preocupes mi Bella, si me hiciera mal no lo haría,
porque por nada del mundo me perdería de estar contigo.
Tomó una copa y me la pasó.
- Por ti Bella –dijo sonriendo.
-
Por nosotros –sonreí.
Bebí un poco y él también. No pude dejar de observarlo mientras tomaba champaña, temía enormemente que le pasara algo. Sin embargo, bebió un poco y se acercó más a mí. Con una rapidez imperceptible apagó la luz, y en su lugar la luminosidad de la luna daban un aspecto único e iluminaba el hermoso dormitorio, teniendo como paisaje de fondo las luces de Venecia ¡Era simplemente perfecto! Poco a poco y con sus manos suaves y gélidas acarició mi rostro, mi cabello y luego besó mi cuello, haciéndome estremecer de pies a cabeza. Su aroma me embargaba y enredé mis dedos en su bello pelo broncíneo, suave y delicioso. Muy lentamente se deshizo de mi ropa, acariciando cada parte de mi cuerpo y aferrándome a su cuerpo de nieve, perfecto y tonificado. Acercó sus labios en cada rincón más sensible de mi cuerpo, provocando estertores de emoción y varios escalofríos.
- He esperado
tanto, tanto este momento –me dijo muy tranquilo con su suave voz
de terciopelo, pero con lujuria en sus ojos tostados.
- Yo también
Edward –lo tomé por su espalda para sentirlo conmigo.
Esa noche fue de ensueño, nos amamos hasta el amanecer y yo no podía tener dudas ¡Él era para mí! ¡Éramos el uno para el otro! No habían seres en la vida que congeniaran mejor en todo y despertar junto a él ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaah! Era lo mejor que podía pasar en la vida.
- Buenos días mi princesa –me besó la frente y
me acurrucó a su hombro desnudo.
- Hola –sonreí y así empezó
el maravilloso día.
Desayuné en la habitación. Edward estaba feliz y yo aún más. En cuanto terminé partimos a recorrer Venecia ¡Era magnífico! Plagado de románticos balcones y un mundo pasado perfecto. Esa tarde, cuando ya caía el sol, y a él se aseguró de que no le diera directamente a la piel, las luces de Venecia comenzaba a asomarse tímidamente, entonces Edward me llevó a una góndola ¡No podía haber nada mejor! Me apreté los dedos para cerciorarme de que todo era verdad. Edward estaba a mi lado y me tenía abrazada. Su pelo broncíneo estaba aún más desordenado por la tibia brisa y sus labios cereza eran exquisitos. Paseamos por esas pasivas aguas, mientras el amor nos brotaba por la piel. Sólo quería estar con él en cualquier momento y creo que si no fuera porque había una persona que nos acarreaba en la góndola, hubiese hecho el amor con Edward en ese mismo instante ¡Lo amaba! Y lo quería gritar a los cuatro vientos. Quería quedarme con el para siempre, inserta en esa burbuja de romanticismo, sin que nada ni nadie me hiciera volver a la realidad.
- Te amo Edward Cullen –le dije muy
instintivamente, pero desde el alma.
- Tú eres mi vida… - tomó
la base de mi cabeza por el cuello y acercó mi rostro al suyo,
besándome lentamente, pero cargado de emoción y sensualidad.
El día había sido perfecto y no podía evitar mirarlo embobada… ¡El amor pasaba por mis venas como la sangre! Y cada caricia suya me sumergía en una especie de encantamiento. Sus bellos ojos ámbar me miraban con paciencia, orgullo y demasiado amor…Cada vez que su mano cogía la mía, me sentía en el paraíso… Todo era como si fuera el amor de toda una vida… y más…, era tan intenso que en ocasiones pensaba que perdería la razón, pero en ese mismo instante, Edward continuaba con todo su amor y me hacía caminar entre nubes y me atraía a él de una manera indescriptible.
Los cuatro días fueron los más espectaculares de mi vida, era perfecto… me sentía como una princesa rescatada por su príncipe encantado, viviendo en el más maravilloso mundo de cuentos. Nuestro amor era un castillo blindado que nadie nunca podría penetrar ni destruir… creo, o al menos yo lo sentía así… a menos que… fuera una especie de elefante blanco o un castillo de arena…
