Capítulo XVI

Sorpresas

Mientras me besaba, lo observaba, estaba muy concentrado, con los ojos cerrados y las pestañas largas y algo rubias adornaban su bello rostro de principito, todo decorado con unas minúsculas pecas que le daba un aspecto infantil e ingenuo. Con sus tibias manos acariciaba mi cabello con tanta sutileza como si fuese un cristal que se fuera a quebrar. Sus besos eran tibios y ahogados, era como si se estuviese despidiendo, pero no quisiera…

No sabía si detenerlo o no, sus besos eran inocentes y cargados de emoción. De manera instintiva, y después de un rato, subí mis manos hacia su pelo ondulado, él pareció suspirar profundamente, desde el corazón, y me aferró más hacia él. Realmente, no sabía qué hacía, pero había algo en mí que no podía manejar y me ligaba a Ethan… a pesar de que estaba enamorada de Edward, y Ethan a su vez, parecía reconocer esa puerta ínfima que me unía con él… lo estaba aprovechando, no sabía si de manera consciente o no…

Repentinamente se me vino a la mente Edward, no le podía hacer esto, así que me detuve y Ethan lo notó. Sus bellos ojos turquesa me miraron con ternura y sus labios estaban más rojos de tanto besarme, al igual que sus mejillas ¡Se veía tremendamente hermoso! Subió la mano derecha y me acarició el rostro.

- Lo siento Isabella… -sus ojos me pedían perdón –pero no pude contenerme –suspiró profundamente.

No contesté, sólo lo observaba.

- Él me quitó lo que yo más amaba en el mundo… -sus ojos se humedecieron –creo que merecía una despedida…

Su mirada transparente y serena me comprimió el corazón y contrajo mi estómago. Sus manos suaves y tibias me acariciaron con ternura, sin una pizca de rencor, al revés de lo que pensaba.

- Aún te amo corazón mío –besó mi frente, dio media vuelta y se fue.

Quedé paralizada ante todo lo que había pasado. Sentí que mis sentimientos se confundieron y quise salir corriendo detrás de él y pedirle que me perdonara, que todo había sido un error… Pero desperté del embobamiento y me di cuenta que amaba a Edward –al menos eso creía- y Ethan había sido una confusión del momento, pero mi corazón me decía algo distinto.

Salí de la solitaria oficina, absolutamente consternada, tanto así que mi mochila se quedó dentro y me tuve que devolver. Caminé por el parque oscuro y frío y las imágenes de estos dos maravillosos hombres me rondaban en la mente ¡¿Qué haría?! ¿No podía estar con los dos? No, era una estupidez que pensé por un minuto, claro que no ¡Era imposible! Debía escoger, más bien ya lo había hecho y debía continuar con mi decisión, ninguno de los dos se merecía que yo jugara con ellos.

El cielo estaba encapotado totalmente, y la lluvia vendría en pocos minutos. Hacía frío y parecía no llegar nunca a mi habitación. Sentí escalofríos ¡Algo malo pasaría! Había algo extraño, el parque estaba completamente solo y las luces de todos lados apagadas. Aceleré el paso, pero de repente se me cruzó una ráfaga blanca, porque no alcancé a distinguir más, ni siquiera era una silueta. Me cogieron por el brazo con fuerza y una mujer esbelta, de pelo negro, con una túnica negra hasta los tobillos y extremadamente pálida y bella, apareció a mi lado con una antorcha que le iluminaba el rostro.

- Tantos siglos sin volver a verte Bella –su voz era burlesca.

Obviamente eran lo que estaba pensando ¡Vampiros! Y había dicho ¿Siglos? ¿Otra vez con esto? ¡Qué me escondían! En vez de darme susto me dio mucha rabia.

- Que yo sepa no te conozco…-fui dura, pero suspicaz.

- ¡Ah! Tienes toda la razón… ¡Qué torpe de mi parte! –sonrió –verdad que la mente humana es demasiado frágil –y miró a su acompañante que me tenía forzosamente tomada de las manos por la espalda.

- Te dije que no recuerda nada –la voz me era muy familiar.

Volteé el rostro y era ¡August! ¡Qué horror! Y ahora si que no había nadie que me ayudara.

- ¿Qué quieren? –fui desafiante.

- A ti… -sonrió la mujer.

- ¿A mí? ¿Por qué? –ya me estaba empezando a desesperar.

- Sí, tienes una deuda con nosotros, aunque no te acuerdes… -dijo ella sonriendo y dejando al descubierto sus perfectos dientes blancos.

- ¿Deuda? No lo creo…, que sepa no le debo nada a nadie –mi corazón se estaba empezando a acelerar a mil y una transpiración fría me recorría la espalda.

- Te voy a ayudar a recordar… o al menos te lo voy a decir... ¿Qué acaso tu amorcito no te lo ha contado? –me miró inquisidora.

Negué con la cabeza y prosiguió.

- Bueno tu "amorcito" que no sé si se pueda llamar tan así después de que te abandonara a tu suerte –sonrió –disculpa, pero tengo algo de solidaridad femenina –era muy irónica.

- Realmente no sé de qué me hablas…

- ¿En serio? –enarcó una ceja incrédula.

Asentí.

- Entonces te lo diré, para que veas que además, tu Edward –remarcó su nombre- no es una blanca paloma como piensas.

Estaba atónita, pero muy atenta a lo que me decían.

- Verás… tú eres una reencarnación.

- ¿Qué?

- Así es… las almas son cíclicas y se reencarnan en sus mismo descendientes y tú eres la séptima generación, es decir, la primera.

- ¿Y?

- Eres la misma Isabella que no cumplió con su parte del trato.

- Por favor, no sé ni de qué hablan ¿Y qué tiene que ver eso con Edward?

- Pregúntaselo a él… y dile que si no cumples, cobraremos nuestra palabra.

Las fuertes manos que me tenían prisionera me soltaron y la mujer desapareció como arte de magia. Miré para todos lados, pero no había nada. La bruma era espesa y temblando, caminé hacia mi habitación. Cuando estuve a salvo –o al menos yo así lo sentía- me tiré sobre mi cama y traté de descifrar lo que me habían dicho ¿Qué sería habrá pasado antes? ¿Sería efectivamente una reencarnación? Y ¡Edward lo sabía! Por eso a veces hablaba como si nos conociéramos de siempre ¡Qué rabia que no me contara! Tomé el móvil y lo llamé.

- Estoy llegando…

- Qué bueno, necesito hablar muy enserio contigo –corté ofuscada.