Capítulo XIX
Sueño dulce y pesadilla amarga
Una de esas tantas noches que pasé sola, me dormí plácidamente y soñé con él…, soñé con Edward. Fue todo demasiado intenso, fuerte, las emociones se sentían a flor de piel y yo me entregué a él en cuerpo y alma.
Era un día de primavera, rodeado de prados inmensos y un sol intenso resguardaba el hermoso paisaje, entonces apareció él, bello, perfecto, con su piel blanca y labios carmesí, con una sonrisa resplandeciente y un perfecto cabello broncíneo que enmarcaba su rostro de príncipe azul…
Me sentía muy feliz, estaba con él, estaba con el amor de mi vida y quedaba muy poco para nuestra anhelada unión ¡Era la mujer más feliz del mundo! Cada día imaginaba como sería nuestra vida juntos, embargados de amor en nuestra hermosa y pequeña casa, pero perfecta para nosotros, nuestro nido de amor, que habíamos alhajado poco a poco, fruto de todo nuestro esfuerzo… no éramos ricos materialmente, pero yo me sentía una verdadera princesa en mi castillo. A diario visitábamos nuestro futuro hogar, estaba todo listo para el gran día y yo lo amaba más que nada en este mundo.
Uno de esos días en que íbamos a supervisar nuestra casa, Edward me cogió por la cintura y con un movimiento juguetón e inocente me tiró sobre el verde prado. El sol iluminaba de maravilla y algunos pajaritos parecían celebrar nuestro amor. Una brisa tenue y tibia cruzaba por nuestros cuerpos y yo, no podía parar de sonreír, todo era perfecto, parecía un sueño dulce y extraterrenal.
Estábamos los dos sobre la hierba que olía fresca y suave. No podía parar de observarlo, su belleza no tenía límites y su corazón tampoco. Después de tanto jugar y reírnos, acercó su rostro divinamente definido y posó sus labios de rubí sobre los míos. Me besó lentamente… sentí la humedad de su boca y la suavidad de su lengua, que sabía a miel. Acaricié su piel de terciopelo, que era suficiente para hacer que me estremeciera. Sus manos hábiles tocaban mi cuerpo como nunca antes lo habían hecho, era algo completamente nuevo para mí, pero era irresistible y yo lo amaba. Nos seguimos besando y sus labios bajaron hacía mi cuello, lo que me provocó un exquisito escalofrío. Lentamente nuestros cuerpos se fueron fundiendo en uno ¡Era la experiencia más maravillosa que había tenido en la vida! Ahora lo amaba mucho más, yo era completamente de él y él era completamente mío ¿Era posible amar de esta manera? El sol nos entibiaba y el amor nos hacía chispear de alegría, no podía creer que estaría con ese maravilloso hombre por siempre.
Hicimos el amor toda la tarde…, sabía que no había sido lo correcto, pero no importaba… yo daría mi vida por él y si esto significaba romper algunas reglas, las quebraría por él sin pensarlo dos veces. Además, ahora me sentía completamente su mujer ¡Cuánto adoraba a mi príncipe encantado!
–Bella eres mi vida… sin ti moriría –me decía siempre y luego me besaba con toda la pasión que pueda existir en la tierra.
–Tú eres lo mejor del mundo mi amado –respondía a sus besos con toda la entrega que una mujer puede entregar al amor de su vida.
Nos amábamos tanto, tanto, que a veces pensaba que me podía faltar el aire, mi corazón se comprimía y unas mariposas energéticas revoleteaban por mi estómago y me dejaban a punto de desfallecer.
Mi amor adorado, quiero ser tuya por la eternidad, era lo que siempre pensaba cada vez que venía su imagen a mi mente. Nuestro amor era tan fuerte, que era imposible de explicar, eran lazos invisibles, pero intensos e indestructibles como el acero… Edward, mi vida…
La ceremonia sería mañana temprano. Esa noche era especialmente estrellada y yo no pude dormir de tanta dicha. A partir de mañana estaríamos unidos por siempre jamás ¡No lo podía creer! ¡Era mi cuento de hadas personal!
Desperté al alba, ya estaba todo listo. Cuando el sol comenzó a salir llegó el hermano menor de mi Edward, debía tener unos once años, venía muy afligido y asustado.
–Bella ¿Has visto a Edward? –me preguntó muy ansioso.
–No –respondí muy preocupada– ¿Pasó algo? –casi no podía respirar.
–E…es que desapareció –dijo tremendamente descolocado.
–¿Cómo es eso? –sonreí de nervios, incrédula.
–Ayer no llegó a dormir y cuando vimos sus cosas hoy, ya no había nada…
–¿Es una broma? –dije tratando de alivianar la tensión.
–No Isabella, es cierto… por eso mis padres me mandaron a buscarlo, pensaron que estaba acá.
No lo podía creer, pensé que moría. Poco a poco comencé a ver todo más lejano y sólo observaba los labios de Edmund, pero ya no lo escuchaba. Mis piernas se empezaron a debilitar y no supe más de mí. Desperté en la tarde y a mi lado estaba mi madre, con su rostro desfigurado de preocupación.
–¿Volvió? –mis esperanzas seguían intactas.
Mi madre no contestó de inmediato y sus celestes ojos estaban húmedos.
–Él se ha ido mi querida Bella… Lo siento mucho hija –acarició mi cabello con sus manos tibias.
Mi garganta se apretó y sentí como si me enterrasen un puñal directo al corazón y creí que moriría. Comencé a respirar agitadamente y las lágrimas invadían mi rostro y mi alma ¡Era imposible! ¿Cómo me había abandonado? ¡No podía ser, tenía que haber un error garrafal!
–Mamá ¡Eso es imposible! –le dije con la voz ya quebrada y a punto de caer en un ataque de histeria.
–Hija tranquila… -me suplicaba con sus ojos y con palabras dulces.
Me levanté estrepitosamente y fui a nuestra casa ¡Quizás me esperaba ahí! Corrí y corrí, pero cuando llegué no había nada. Me senté a esperarlo hasta que cayó la noche, no me di por vencida y continué esperando, hasta que finalmente opté por ir a buscarlo a los alrededores, sin embargo, no encontré nada.
–¡Edward! ¡Edward! –gritaba desesperada, pero nadie contestó.
La lluvia comenzó a caer fuertemente, pero no la sentí, sólo tomé conciencia de ella cuando un grupo de personas, entre ellos mis padres y los padres de Edward, se acercaron a mí, iluminados por antorchas que llevaban ellos mismo para sortear la fría noche. Mi padre me cogió en brazos y yo no supe más de mí, el dolor era tan intenso que me quemaba las entrañas y el aire ya no me llegaba a los pulmones. Poco a poco los latidos de mi corazón fueron debilitándose y con él, mis ganas de vivir.
Cinco meses habían pasado desde que Edward me había abandonado y cada día se tornaba más terrible que el otro… Mis padres intentaban consolarme, pero era imposible, se había llevado mi corazón…
Un día cualquiera de frío otoño, mi padre trajo a Bruno, un italiano buen mozo, de ojos verdes traviesos y piel canela. No cesaba de sonreír y era extremadamente atento y cariñoso. Era un hombre alegre y bonachón.
–Bella tu futuro marido –me advirtió mi padre.
No me opuse, era lo mejor… en realidad ya no importaba nada, lo único que sentía era arruinarle la vida a Bruno, parecía una bella persona y yo no tenía nada que ofrecerle. Sin mayor oposición, acepté.
Fue una boda sencilla y triste. Mi corazón lo tenía otro, ahora sólo estaba mi cuerpo y mi alma hecha añicos…
Al poco tiempo me embaracé y fue entonces cuando volví a revivir, pero la última parte de mi embarazo fue terrible, una fiebre altísima me consumía y casi no sentía a mi bebé… hasta que una fría noche nació y con ella se fue mi vida.
Unos sollozos profundos me despertaron. Me dolía el corazón e inmediatamente supe qué había sido mi sueño. Tomé el móvil y lo llame.
–Edward necesito que hablemos ¿Puedes venir ahora?
–Mi amor, mi vida… he estado esperando impaciente tu llamado… –su voz de terciopelo me hizo sentir viva nuevamente.
