Capítulo XX

Devuelta de mano

No pasaron más de cinco minutos y sonó la puerta. Ya casi se había cumplido una semana desde que nos veíamos. Mi corazón se desbordaba de emoción ¡No podía evitar sentir eso por él! En el fondo de mí lo que más anhelaba era que llegara pronto y cuando lo oí llegar, tuve que respirar profundamente para envalentonarme y abrir la puerta.

Finalmente me decidí a doblar la manilla de la puerta para dejarlo entrar ¡Era irresistiblemente bello! Su cabello broncíneo parecía un poco más largo de lo habitual y ahora estaba un poco para el lado, pero igualmente desordenado perfecto. Los ojos tostados destellaban chispazos de oro puro, y su mirada era penetrante y cautivadora, pero muy tierna a la vez. Su rostro lo tenía algo inclinado y me miraba tímidamente, de hecho no entró, hasta que lo invité a pasar cordialmente.

–Hola Bella –sonrió algo cautivo.

–Edward –lo miré fijamente– pasa por favor –fui cortés.

Cuando estuvo dentro se sentó en la silla del escritorio y yo me acomodé en la orilla de la cama. No me decía nada, estaba esperando que le preguntara.

–Edward… anoche tuve un sueño que me dejó bastante inquieta.

–Cuéntamelo –parecía ansioso.

–Fue contigo obviamente.

–Y ¿Qué fue lo te inquietó tanto en ese sueño Bella? –sus ojos parecían iluminarse de curiosidad.

–Nos vi… en verdad por eso te llamé, no tengo claro si fue un sueño realmente, o bien, puede haber sido un "recuerdo".

–¿Un recuerdo? –se hizo el desentendido.

–Sí, un recuerdo, un flash back.

Su mandíbula se tensó y parecía muy complicado. No contestó de inmediato. Tomó aire, parecía un acto reflejo a pesar de que no lo necesitaba, puso sus labios en una línea y luego me dijo.

–¿Tú crees que recordaste algo de otra vida? –parecía incrédulo.

Asentí. Él continuó.

–Entonces ¿Qué fue lo que "soñaste"?

–Contigo, con nosotros…

–Y ¿Qué pasó?

–Estábamos de novios. Era todo perfecto… nos amábamos más que nada en el mundo ¡Tú eras mi vida! Vivía pendiente de ti y de que pronto nos casaríamos… incluso habíamos hecho el amor, y yo sabía que por la época en que vivíamos estaba absolutamente prohibido, pero no me importaba, sólo quería estar contigo y era capaz de entregarte mi vida si fuese necesario… –sentí que involuntariamente comencé a emocionarme mientras le relataba mi particular sueño.

Edward me miraba absorto, totalmente atónito ante todo lo que yo te decía. No existía sonrisa en su rostro, más bien, reflejaba una indiscutible preocupación y quizás… culpa, sí, sus ojos reflejaban culpa.

–Pero todo eso era bueno ¿o no?

–Claro, hasta ahí…

–¿Qué pasó después?

–Me abandonaste, tal como dijo Margaret, la vampira –enarqué una ceja.

Tragó saliva y sus ojos parecieron humedecerse.

–Y ¿Qué más pasaba?

–¡Fue terrible! Era el día de nuestro matrimonio y tú te habías ido ¡Pensé que moría de pena! Me dolía el corazón y aún se me contrae el estómago cuando me acuerdo de esa parte del sueño…

Edward inspiró y expiró fuerte, como preparándose para una gran disculpa. Y continué.

–Ahora quiero saber ¿Fue sólo un sueño Edward? –lo miré fustigante.

Él estaba inmóvil y unas lágrimas corrieron por sus mejillas marmóreas.

–Así fue –su respuesta fue corta, pero certera.

Quedé absorta, no sabía que decirle… millones de sentimientos se contrapusieron en ese momento y sentí que me faltaba el aire. Me apoyé contra la pared que estaba junto a la cama y empecé a ver puntitos.

–Bella ¡Estás pálida! Bella ¿Qué te pasa? –se levantó estrepitosamente de la silla y ahora estaba junto a mí.

No podía hablar, tenía un nudo apretado en la garganta y el estómago, me sentía tal como en el sueño, cuando él me había dejado ¡Era la misma sensación! Algo muy similar a un ataque de pánico.

–Mi amor ¡Intenta respirar por favor! –afirmaba mi espalda con sus brazos pétreos.

Suavemente me recostó sobre la cama y comenzó a acariciar mi frente y mi cabello, con tal ternura que no sabía si estaba viviendo un sueño o era realidad. Su rostro dejaba entrever dolor y sus bellos ojos estaban húmedos por las lágrimas que caían en su piel de porcelana fría.

–Bella, mi vida ¡Perdóname! ¡Perdóname! No sabes cuánto lo siento… cuánto lo he sentido por casi dos siglos que llevo esperándote… Mi amor ¡Perdóname! –apoyo su rostro a mi frente y lloraba con desenfreno, casi con sollozos, era muy impresionante.

No podía reaccionar. Sólo cerré mis ojos y caí en un sueño cálido y profundo. Cuando desperté, él estaba a mi lado, contemplándome y notó cuando abrí los ojos.

–¿Te sientes mejor? –parecía muy preocupado, pero ya estaba más tranquilo.

–Sí, gracias.

–Bella hierves en fiebre, voy a ir a comprarte unos remedios para bajarla. No me demoraré más de cinco minutos.

Efectivamente estaba completamente sudada y la garganta me ardía, al igual que todo el cuerpo. Además, sentía mis ovarios a punto de estallar ¡No me podía sentir peor! Más encima, divagaba, creo que a raíz de la fiebre.

Cuando cerré los ojos nuevamente y los volví a abrir, él ya estaba ahí, traía un vaso de agua y un par de pastillas blancas. Asimismo, me había puesto una especie de almohaditas de gel en la frente y un paño húmedo en mi estómago.

–Mi amor es mejor que te duermas para que recuperes energías –estaba muy preocupado.

De repente sentí la intensa necesidad de que estuviera junto a mí.

–Edward…

–¿Qué necesita? –me dijo dulcemente.

–Recuéstate a mi lado –le supliqué.

Entre sueños alcancé a darme cuenta que me sonrió y su rostro se iluminó de inmediato. Se puso a un costado mío, quedando yo hacia la pared y me cobijó en su pecho. Me sentí reconfortada y por fin pude conciliar un sueño profundo, mientras él acariciaba mi cabello y aliviaba mi exceso de calor con besos en mi frente.

Cuando desperté nuevamente sentía que la cabeza me explotaría. Edward se dio cuenta y sutilmente posó sus labios sobre los míos, que los sentía inflamados.

–Mi vida… sigues muy afiebrada. Te voy a llevar al hospital.

Me tomó en sus brazos y yo me entregué a él completamente. Era la mayor prueba de confianza que le podía entregar. Yo estaba sola en Londres y él, era el único encargado de protegerme en ese minuto...