DIARIO DE PHICHIT CHULANONT
Diciembre 24
Un beso, eso fue lo que bastó. Un beso.
Todo mundo dice que el beso que cambia todo en la vida de una persona siempre es el primero, que ese beso es el que abre las puertas de un mundo nuevo, de un mundo que no puedes conocer solo.
Justo ahora, estoy tentado a escribir una disertación entera acerca de por qué esa afirmación falla, de por qué no es completamente cierta y por qué lo mejor sería decir que lo que importa no es el número de orden de un beso, sino lo que éste te hizo sentir.
Si alguien, si algún pintor hubiera podido capturar la escena, aquella escena que sigue dando vueltas en mi cabeza después de unas horas de haber ocurrido, estoy seguro de que habría elegido como título de la obra: "El beso. Pero no sólo el beso. El beso que me hizo sentir amor."
Ok, quizá un título así de largo no sea practico para ningún pintor decente, pero es lo que yo hubiera elegido. Y es que me sigo preguntando, mientras miro a las estrellas y ellas me devuelven con su brillo el calor de las manos de Seung Gil Lee en mi rostro y la humedad de sus labios sobre los míos, si sería posible captar toda la emoción de ese momento… ¿De qué color podríamos pintar la duda en mis ojos y la determinación en los suyos? ¿Cuántos tonos de carmesí tendríamos que mezclar para poder colorear mis mejillas, y mis labios moviéndose al compás de los de Seung Gil?
¿Hay algún tono para el latido de un corazón? ¿Cómo poder pintar la música de dos corazones latiendo al compás, sabiendo que quién sabe por qué designio ahora están juntos? Y nuestros ojos, nuestros ojos centelleando a la luz de las estrellas, los dos solos en aquella colina… ¿Hay un color lo suficientemente brillante para eso? No lo sé. No lo creo.
Quizá algunas pinturas estén hechas para que sólo el silencio pueda mirarlas, para que queden inmortalizadas en un trozo de tiempo eterno, de esa eternidad que sólo son capaces de crear los humanos en contra de la fugacidad de su vida. Quizá mi cuadro sólo sea un recuerdo que atesoraré toda la vida y lo llamaré con el nombre que le he dado, sin importarme que nadie más sea capaz de entenderlo.
Sonrío, sonrío porque me gusta haber llegado a esta conclusión. Es liberador saber que nadie tiene que entenderlo, que sólo he de limitarme a vivirlo, a disfrutarlo. La verdad es que a veces soy un chico que hace demasiadas preguntas, siempre tratando de saber si merezco que pase algo o no. Seung Gil Lee me dijo que soy un cuestionador profesional y aunque yo me reí de aquel nombre, él tiene razón. A veces pierdo la cabeza tratando de entenderlo todo, de saber cómo llegué a determinado lugar. Pero los ojos oscuros de Seung Gil Lee me han hecho ver que a veces no hay razones, que a veces no hay motivos. Que en un viaje como este, un recorrido que no podría haber hecho de la mano de otra persona que no fuera este chico coreano intrépido y divertido, tiene que hacerse simplemente porque quiero hacerlo. No hay más motivo, no hay otra razón… yo quiero hacer este viaje.
Vuelvo a sonreír ¿cómo no hacerlo? La vida es tan corta, a veces, tan alarmantemente insignificante, un suspiro del universo nada más, que me pregunto ahora por qué no sonreí más antes. Porque supongo que vivir vale la pena cuando puedes sonreír de este modo idiota en el que lo hago, supongo que vivir vale la pena cuando tus labios entienden que antes de irte del mundo deben de sonreír todo lo que puedan.
¿Que si estoy feliz y por eso estoy desvariando en lugar de ir al grano con los hechos? Sí, debe ser por eso. Porque me siento feliz como desde hace mucho tiempo no me sentía, porque siento que este mundo tiene algo para mí, a alguien para mí.
No niego que los besos de Yuri me hicieron sentir muchas cosas, pero lo que sentí en los labios de Seung Gil Lee es algo totalmente nuevo, tan nuevo y maravilloso que me dan ganas de reír a carcajadas. Quiero llamarle a Yuri y decirle que los dos somos un par de estúpidos porque seguramente él tampoco sintió amor sino hasta que besó a Victor Nikiforov y todo me parece ahora tan divertido, tan sin sentido… aunque quizá lo dos debíamos equivocarnos primero porque ¿De qué otro modo podríamos valorar lo que ahora nos rodea? ¿De qué modo podríamos haber diferenciado un beso de amor de un beso común si antes no hubiéramos pretendido que los dos podíamos sentir todo lo que jamás sentimos?
Hace semanas ya desde la primera vez que Seung Gil habló conmigo, desde aquella tarde en la que me dijo que teníamos una cita. Desde aquel día, los dos hemos pasado bastante tiempo juntos, riendo, charlando, conociéndonos el uno al otro y creo que también conociéndonos mejor a nosotros mismos. Es fácil reír con Seung Gil, la gente que dice que es un tonto de remate suele juzgarlo de ese modo porque el señor Lee no tiene ningún inconveniente en decir lo primero que cruza por su cabeza. Eso que al principio me gustó de él, aquella franqueza, aquel modo de ser que no pretendía ser quien no era, poco a poco me fue causando una ternura inaudita.
De hecho, Seung Gil Lee me causa demasiadas cosas, tantas y tan nuevas que mi corazón parece incapaz de contenerlas todas. Hoy, por ejemplo, él me había propuesto salir a una cita especial. Yo me reí de aquel modo de llamarle a una cita porque para mí —y no estoy mintiendo— todas las citas que habíamos tenido habían sido especiales, vamos, él me hacía reír, me hacía olvidarme del mundo con cada palabra, con cada trozo de Corea del Sur que él dibujaba para mí en el aire, usando los colores de sus recuerdos, usando mis propios conocimientos de aquel país hasta que me parecía que estaba contemplando las calles antiguas y llenas de historia de aquel país con mis propios ojos.
Si hablo ahora tanto de pintura, es porque a Seung Gil le encanta pintar. Él ha venido a Rusia porque una de las escuelas de artes plásticas más importantes del país le ha ofrecido una beca. Aquella noticia, algo que él dijo de pasada, como si no importara tanto pero que llenaba sus ojos negros de orgullo y felicidad, me hizo sentir alegre. Porque él no tendría que irse… ¿Entienden? Me sentí feliz porque no tendría que decirle adiós a ese chico que me había llevado de la mano recorriendo los senderos bien dibujados del pequeño bosque que está a las afueras de San Petersburgo.
Él me había dicho ya que quería pintarme alguna vez y yo me había reído con las mejillas color escarlata porque ¿quién querría pintarme? Seung Gil Lee puso los ojos en blanco y me dijo con su mejor tono enojado— lo que me pareció adorable, porque él parece incapaz de enojarse con alguien por más de dos segundos— que era un cabezota por pensar que su afirmación no era cierta, es decir, por negarme a aceptar que yo era tan hermoso como el atardecer que los dos contemplamos la primera vez que hablamos.
— ¿Vamos a llegar pronto? — le dije yo, comenzando a cansarme y viendo que el terreno plano que habíamos estado recorriendo poco a poco iba tomando una empinada subida.
—No comas ansias— dijo él sonriendo alegremente—. Llegaremos a tiempo, necesito pintarte bajo la luz de la tarde, lograr que te confundas con el atardecer; una belleza fundiéndose con otra, ¿entiendes?
—No…—dije yo y él rio con más ganas, pero el mundo en el que Seung Gil, el pintor, parecía sumergirse cuando tomaba el pincel y las acuarelas, parecía ser algo a lo que sólo él tenía acceso y parecía ser también la única cosa que él se tomaba con seriedad.
—Lo entenderás cuando lo mires, Phichit— dijo él apretando más su mano entre la mía, haciendo que mi corazón latiera un poco más rápido—. Es que… quiero que mires algo…
— ¿Qué cosa? — dije yo, empezando a perder el aliento por el esfuerzo que requería subir aquella pendiente y también porque desde aquella altura, la vista de la ciudad era simplemente hermosa.
—Quiero que sepas qué sentí cuando te vi por primera vez…
Me quedé callado mientras contemplaba la sonrisa luminosa de aquellos labios. Que él recordara aquellos detalles, todo lo que él había sentido al mirarme por primera vez me hacía preguntarme, como siempre, por qué aquel chico tan perfecto pensaba que yo podía hacerlo feliz. Me guardé mis preguntas porque sé que a él no le gustan y simplemente asentí, seguro de que él podría mostrarme cualquier cosa con la ayuda de sus pinceles.
Finalmente, los dos llegamos a la cima de la pequeña colina que habíamos subido y sin soltarnos de la mano, contemplamos maravillados aquel espectáculo: la ciudad parecía tan pequeña y lejana, pero a la vez tan viva con sus edificios antiguos, sus ríos y sus puentes; los pinos oscuros brillaban llenos de escarcha y eran mecidos por uno de los vientos gélidos de la temporada y allá, en el horizonte, el sol se preparaba para irse perdiendo en el poniente hasta dejar solamente un aura de color en el cielo antes de que a éste lo invadiera la oscuridad y la luz de las estrellas.
Sin dejar de sonreír, Seung Gil me pidió que me sentara sobre la superficie fría y dura del suelo de la colina y él comenzó a sacar de su pequeña bolsa de piel café un cuaderno de dibujo y varios trozos de pintura pastel. En mi cara se dibujaba el desconcierto, hasta ese momento la constancia de que de verdad él iba a pintarme no me había parecido tan real.
—Deja de poner esa cara— dijo Seung Gil sentándose frente a mí—. Quiero dibujarte lo más precisamente que pueda.
—Perdona— dije yo con las mejillas encendidas—. Es que… no soy un buen modelo.
—Claro que lo eres—dijo él comenzando a hacer trazos en su cuaderno—. Solamente tienes que relajarte, eres hermoso ¿recuerdas?
—Seung Gil…— dije yo sintiendo calor en el rostro—. Deja de decir eso.
— ¿Por qué voy a dejar de decir la verdad? —dijo él con calma—. Eres el chico más hermoso que haya visto jamás. Además, ese sonrojo en tus mejillas… dios, Phichit ¿Cómo lo haces?
— ¿Hacer qué? — dije yo contemplando cómo él podía concentrarse de ese modo, hablaba conmigo, pero sus manos dibujando parecían tener vida propia.
—Hacerme pensar que mientras te mire a ti, todo lo demás no importa— dijo él con la misma naturalidad de siempre—. Creo que estoy un poco enamorado de ti…
Mi corazón bombeó sangre sin ton ni son por todo mi cuerpo. Ahí estaba, la primera declaración de amor que recibía en la vida, la más sincera de todas. Sabía que las palabras de Seung Gil eran ciertas porque sus ojos brillaron al decirlo y sus mejillas se sonrojaron un poco. Él sonrió después de decirme aquello, estoy seguro de que él pensaba que yo no le contestaría y estaba tentado a hacerlo pero mi corazón puso las palabras en mi boca antes que mi cerebro me impulsara a cuestionarlo todo.
—Lo mismo me pregunto yo— le dije con calma, deteniendo por un rato el ir y venir de sus manos sobre el papel—. Me pregunto por qué cuando estoy contigo todo parece estar en el lugar que debe, por qué mi corazón late cada vez que sé que voy a verte… Seung Gil… quizá… quizá esté un poco enamorado de ti también.
Había pensado que uno de los espectáculos más bellos que este mundo podía ofrecer era el atardecer que nos rodeaba a los dos, pero en aquel momento, supe que la sonrisa brillante de Seung Gil Lee podría batir a cualquier cielo pintado de colores. Sus ojos negros se clavaron en los míos, parecía que contemplaban mi alma, se adentraban en ella y me hacían pensar que mientras aquellos ojos pudieran sostenerme, yo podría lograr cualquier cosa. Seung Gil volvió a sonreírme y con las mejillas rojas y los ojos brillando, siguió dibujándome mientras a sus labios acudía una melodía suave, una canción que yo conocía bien y que parecía ser una de sus canciones favoritas en todo el mundo.
Mis labios también sonrieron al contemplarlo de aquel modo y de pronto me sentí feliz, afortunado, estaba en el lugar que me correspondía, frente a un chico que estaba enamorado de mí, un chico del que yo mismo estaba empezando a enamorarme. Y entonces la canción me pareció preciosa y perfecta para aquel momento y me dije, que cuando pudiera ver el dibujo de Seung Gil Lee, descubriría aquellas palabras en algún rincón del dibujo.
No tener arrepentimientos es todo lo que él quiere.
Nos estamos volviendo mayores, cariño y he estado pensando en ello últimamente.
¿No te vuelve loco lo rápido que la noche cambia?
Todo aquello con lo que has soñado, desaparece cuando despiertas.
Pero no tengas miedo, incluso si la noche cambia, no habrá nada que pueda cambiarnos a ti y a mí.
La voz de Seung Gil sonaba en mi interior, la promesa de la canción sonando dentro de mí. Aquella idea, la idea de que el tiempo pasaba siempre demasiado rápido me había asustado antes. Pero ahí, en ese lugar, mirándolo dibujarme parecía ser que él podía detener el mundo, que él podía parar el tiempo sólo para mí. Era hermosa la forma en la que sus palabras vueltas canción y sus manos convirtiéndome en arte, me hacían pensar en que efectivamente, todo en el mundo podía cambiar menos él y yo, menos lo que los dos estábamos destinados a sentir. En ese momento supe que no podía dejarlo ir, que quizá era tiempo de dar un paso más, un paso que nos acercara para no volver a alejarnos, al menos no por un largo trecho. Así que sin importarme nada, sin pensar en consecuencias ni preguntas imposibles, me acerqué a él y tomé sus manos entre las mías, su cuaderno cayendo al suelo sin sufrir daño alguno.
Sus ojos oscuros se perdieron en el negro de los míos, él sonreía, Seung Gil no tenía miedo y de pronto comprendí que yo tampoco debía tenerlo. Aquello estaba bien, estaba bien ser joven e intrépido y sentir amor. Estaba bien lanzarme a la aventura sin soltar aquellas manos, estaba bien si quería enamorarme de Seung Gil Lee y era aún mejor que Seung Gil Lee quisiera enamorarse de mí. Así que le sonreí sabiendo que algo hermoso estaba a punto de comenzar entre los dos si yo seguía siendo valiente.
Mis ojos se quedaron fijos en los suyos y yo dejé que nuestras respiraciones contenidas se perdiesen en el silencio mientras él me atraía hacia sus brazos y yo caía en ellos convocado por una fuerza más grande que la gravedad. Sus ojos oscuros empezaban a tener el tono profundo y luminoso del cielo cuajado de estrellas que se dejaba ver en el horizonte. Nuestros corazones latían alegres despreocupados, felices de estar juntos. Miré sus labios sólo por un segundo, después de los cuales, me encontré besándolos con suavidad, conociéndolos y entregándome a ellos como quien se entrega a vivir por fin un destino que se ha intentado evitar.
Él susurró mi nombre antes de dejarse atrapar por mi beso, me apretó entre sus brazos fuertes y sus dedos acariciaron mi espalda. Yo me aferré a su cuello, dejé que mi boca se abriera para él, quería que entre los dos no hubiera reservas. Me estaba volviendo loco, quería volverme loco porque sabía que Seung Gil me acompañaría en esa locura, yo estaba seguro de que él se quedaría conmigo y que yo me quedaría con él.
Nos besamos un largo rato, perdimos el aire, el aliento y también todas las dudas que todavía quedaban dentro de nosotros. Él acarició mis mejillas cuando nuestros labios se separaron y yo enredé mis dedos en su cabello oscuro, algo que siempre había querido hacer. Me regalé de sus ojos, él sonreía y yo besaba aquella sonrisa porque sabía que era mía, que detrás de ella no existía otra persona, ningún recuerdo que me la pudiera arrebatar.
—Así que…— dije yo tranquilamente—, esto es estar enamorado "sólo un poco".
—Imagínate cuando te ame de verdad— dijo él haciéndome reír— ¡Alguien tendrá que llamar a los bomberos!
—Será divertido…—dije yo sin dejar de tocarlo y recordando de pronto el dibujo que él estaba haciendo— ¡Oh no, Seung Gil! ¡Tu dibujo!
—No importa…—dijo él besándome con suavidad—. Creo que ahora ya sabes exactamente lo que sentí al verte por primera vez.
Sonreí sin poder evitarlo y él se acostó en el suelo, atrayéndome a sus brazos una vez más. Me acosté al lado suyo, mirando sus ojos y volviendo a besarlo simplemente porque podía hacerlo. Y es que después de todo lo que ha pasado, claro que sé lo que él sintió al verme por primera vez, creo que eso se parece a lo que sentí yo al besarlo, lo que sentí en mi pecho después de la primera cita, lo que jamás pude sentir al lado de Yuri: Seung Gil Lee me hacer creer en la posibilidad de amar y ser amado de verdad…
CANCIÓN: Night changes- One Direction
