Capítulo XXVI
Ceremonia de Iniciación
Ya se había entrado el sol y pronto comenzaría a oscurecer, ya eran pasado las siete y media. Esta noche sería la primera vez que participaría en una ceremonia de los Eximius y no era ni más ni menos que mi ceremonia de iniciación, paso que yo no estaba tan seguro de dar, era todo tremendamente complicado, no quería renunciar a mi adorada Isa, a pesar de que ella tenía novio, era muy única opción de intentar reconquistarla, pero una vez iniciado no podía volver atrás ¡Realmente no podía hacerlo!
Mis padres, junto a Grace, me fueron a buscar a mi dormitorio.
–¿Estás listo Ethan? –preguntó mi madre. Ella en el fondo sabía que no.
No le respondí. Todos iban vestidos como para fiesta de monarquía, de etiqueta los hombres y las mujeres, con trajes largos y brillos, incluso Grace ¡Mi hermana parecía otra! Se veía cinco años mayor, pero muy linda, sus ojos pardos almendrados y expresivos resaltaban aún más que sus pecas. Mi madre tan sofisticada como siempre, vestía un traje largo azul y mi padre, parecía el monarca. Yo estaba indeciso, no hablaba nada, lo que obviamente mi mamá detectó de inmediato.
–¿Ocurre algo Ethan?
Nuevamente callé.
Llegamos a un castillo que estaba a más de una hora de nuestra casa. En la entrada habían dos hombres, tipo gorilas, también de etiqueta que verificaban que no se filtrara nadie que no "correspondiera". Pasamos por un bosque inmenso, y un camino rodeado de pinos perfectamente mantenidos. Y antes de bajarnos me di cuenta que efectivamente estaban "todos" ¡Uf! Era inimaginable la cantidad de millones que habían tan solo en autos de lujos, era la mejor exposición de automóviles caros que había asistido en mi vida. Al entrar un par de mujeres hermosas, una rubia y una morena, muy cautelosas, nos acompañaron hasta un gran salón, pero antes, le entregaron unas capas negras con capuchón a mis padres, y a mi hermana y a mi, unas blancas. Era un salón enorme y magnífico, iluminado tan sólo con antorchas en las murallas y en el centro, había perfectamente delineada una estrella de David, que parecía esculpida en oro. En el centro de gran estrella, había una especie de altar con una rosa roja en el centro, embutida en un jarro de cristal. Todos, llevaban su piocha, incluso yo, y ahí recién me di cuenta que el altar central era a imagen y semejanza de nuestro símbolo.
Había mucha gente, algunos conocidos y otros que en mi vida había visto. De repente miré hacia mi lado, porque estábamos separados blancos de negros, tal como un tablero de ajedrez, y era mi amigo Phillip, también de blanco. Lo noté muy ansioso, realmente estaba disfrutando tan particular ceremonia. Dentro de quienes me sorprendí ver fue al doctor del hospital más prestigioso de Londres, el doctor Cullen, que además creo, era el papá de mi archirival, que esperaba no ver esta noche, menos mal nunca lo divisé, hubiese sido el colmo de la extrañeza.
Cuando el gran maestro llegó, todos hicieron una reverencia, a él si que no lo había visto en mi vida. Habló en latín. Su capa era plateada con rojo y usaba una especie de bastón de platino. Todo era algo tétrico. Miré de reojo a mi amigo fiel, pero estaba consternado con la escena. Más allá estaba Josh y Robert, incluso estaba Eileen, quien tenía una actitud desafiante.
El maestro hizo sonar el bastón tres veces e invitó a pasar a una muchacha que me parecía haber visto en la universidad, pero no estaba seguro. Ella llegó rodeada de su capa blanca y este le echó el capuchón hacia atrás dejando al descubierto su perfecto rostro y pelo cobrizo. Besó su frente y luego sus labios, tomó una especie de gilette y cortó parte de su mano, de manera horizontal, dejando que la sangre escurriera en una especie de posillo de cristal. No hizo ninguna muestra de dolor y yo estaba espantado, lo encontraba escabroso. Finalmente, una especie de muchacha asistente, se acercaba con una capa negra, que sería ahora el atuendo de la nueva iniciada Luego continuó Josh, luego Robert, mi hermana ¡Qué horror! Y cerca de diez jóvenes más, incluso Phillip, todos parecían obnubilados ante la sangrienta ceremonia. Yo estaba absorto, ante lo que veía… Luego, continuó Eileen, pero cuando llegó al lado de esa especie de sacerdote, le habló al oído y se hizo a un lado. Luego me llamaron a mí… Cerré los ojos y recordé a Isabella, si continuaba con esto la perdería para siempre. Llegué al frente del altar y dije.
–Aún no estoy preparado –sentía que todos me observaban con horror.
–¿Cuál es el motivo para rechazar a tu hermandad? –parecía molesto este señor de barbas del tiempo medieval.
–Estoy enamorado y ella no es una Eximius… –fui sincero.
Escuché cuchicheos generalizados y miré a mi amigo, quien hizo un gesto de desaprobación, sin embargo, el gran maestro me dijo:
–Tú sabes que puedes ser llamado sólo tres veces… la cuarta, si reniegas de tus raíces, lo pagarás con tu sangre –fue desafiante.
Tragué saliva, sin embargo, me hice a un lado, junto a Eileen. Una mujer muy bella, creo que su nombre era Margaret, porque así la llamó el maestro, llegó al altar, besó al maestro y bebió toda la sangre recolectada en la en el posillo. Prontamente nos vinieron a buscar las mismas dos mujeres de la entrada, que ahora vestían una capa dorada. Amablemente nos invitaron a salir del salón. Se cerraron las puertas tras nosotros y oímos como todos gritaban unas consignas en latín, cada vez con la voz más alzada.
Miré hacia un lado y me di cuenta que Eileen ya no estaba ¡Esto parecía una verdadera pesadilla! La mujer en frente de mí, la rubia, me tomó la mano y me invitó a pasar a una habitación, donde había una especie de sofá de la época del medioevo. Se puso en frente de mí y se sacó la capa que llevaba, quedando completamente desnuda ¡Era bellísima! Sin embargo, no me atraía, no podía sacarme la imagen de Isabella de mi mente. Intentó besarme, pero me hice a un lado. Ella no insistió, tomó su capa, se tapó y luego me acompañó a la entrada del castillo. Una vez fuera de toda esa sordidez, respiré hondo hasta que el aire de la fría noche entrara en mis pulmones y me fui a nuestro auto. Fuera de éste me esperaba Eileen muy ansiosa.
–¿Sabías qué esta cosa era tan extraña? –me dijo mientras le tiritaba la pera y su voz era quebradiza.
–No, no tenía idea… –fui honesto y tuve que preguntarle, la curiosidad me embargaba– ¿Y qué le dijiste al maestro?
–¿La verdad? –su mirada transmitía algo distinto.
–Qué dependía de ti… –sus ojos castaños me increpaban.
–¿De mí? ¿Por qué? –insistí.
–Porque bueno tú sabes, un Eximius debe estar siempre con otro Eximius… –acercó sus labios y los posó sobre los míos.
