Capítulo XXVII

Dudas existenciales

Desperté y vi la nota de Ethan.

Gracias por tu cariño mi hermosa princesa de ensueño.

Ethan era realmente hermoso, lamentablemente quedarme con él me estaba costando mi noviazgo. Entré a la ducha y cuando salí, Edward estaba parado en frente de mí. Sus bellos ojos dorados líquidos me penetraban con su mirada. Su mandíbula estaba tensa y ese perfecto pelo broncíneo que lo caracterizaba lo hacía ver aún más bello. Oí como la lluvia comenzó a caer sin pausa y el cielo se cerró totalmente.

Sin decirme nada me tomó por la cintura fuertemente y me besó desesperadamente, al borde de la locura. Tomó la toalla que me rodeaba el cuerpo y la dejó acomodada sobre la cama. Su respiración era agitada, y bajó con sus labios hasta mi cuello, lo humedecía y sentía que la piel me ardía al contacto con su saliva, o quizás era porque era ponzoña, pero era muy pero muy agradable. Con su lengua hábil y perfecta besó mis hombros y luego mis pechos, hasta que sentí que mi piel se erizó, al contacto con esta parte tan sensible de mí con su boca húmeda y fría. Sus manos, suavemente, también acariciaban mis pechos que cabían perfectamente entre sus dedos de porcelana fría. Me besó el cuerpo entero, por la espalda, las piernas, todo. Yo lo quería conmigo, mi cuerpo lo sentía palpitar de emoción, quería fundirme con él, deseaba más que nada en este mundo tenerlo entre mis piernas. Él volvió a mi boca y ahora sus besos eran más intensos, su lengua insistía con la mía y yo quería succionar esa suave porción de él. Besé su cuello, oyendo como explotaría de placer al contacto con mis tibios labios. Luego, continué con el borde de su oreja perfecta. Mientras nos continuábamos besando, yo aproveché de besar su pecho gélido, fibroso y pálido, paralelamente insistí desabrochando su cinturón y luego con el botón de su jeans, para deshacernos, de la ahora tan molesta prenda. Él me continuaba acariciando insistentemente entre mis pechos y el borde interno de mis piernas, hasta el centro. Su camisa estaba desabrochada de par en par. Crucé mis piernas por detrás de sus caderas firmes y ejercí presión bajando lo última prenda que nos separaba, porque él estaba listo y yo también. Finalmente lo sentí dentro de mí, era una sensación muy especial, porque mi cuerpo hervía y al contactarme con esa parte de él, sentía un equilibrio perfecto de temperatura, era una sensación intensa, me sentía en un estado de frenesí cuando él estaba dentro de mí, éramos uno, pero esa vez sentí algo distinto…, sentí como si dejara algo dentro de mí de la que nunca me podría librar.

La agitación cedió y me sentí absolutamente exhausta, pero seguía intrigada ante lo que había sucedido. Tenía la sensación como si una parte de él estaba dentro de mí. Lo miré dudosa. Edward lo notó.

–¿Qué pasa? –me preguntó algo distante.

–Nada, tengo una sensación extraña –no podía dejar de mirarlo y me surgió una pregunta– ¿Qué pasó con la mujer que embarazaste? –no podía dejar de pensar que eso era justamente lo que me había pasado ahora.

–¿Por qué te interesa eso?

–¿Cuál es el problema? –respondí a su pregunta.

–Bueno el niño nació…

–Fue niño entonces… Y ¿Cómo se llamó?

–Artur

–Lindo nombre… Y ¿Qué pasó con ella?

–No la vi más…

–¿Cómo se llamaba?

Enmudeció, pero finalmente me miró a los ojos y me dijo.

–Margaret.

–¿Margaret? –dije con horror– como la vampiro… –luego caí en la cuenta– ¡Oh, no Edward! ¿Es ella?

–Sí –su rostro era de dolor.

–Y ¡¿Qué quiere de mí?! –dije casi histérica.

–Convertirte… quiere castigarte por la eternidad.

–¡Castigarme! No esto es una locura, pero yo no hice nada.

–Ella no me perdona que jamás la haya amado como te amé a ti –sus ojos eran transparentes.

–Edward te das cuenta que todo esto ha superado todo los límites… –le dije furiosa.

–Lo siento mucho Bella…

–Yo no quiero ser vampiro, ni siquiera por ti… –noté que su rostro se descompuso ante mis aclaraciones.

–Es tu decisión…

–¡No! Lo siento Edward –fui seca.

Recién me había dado cuenta de todo este lío. Yo envejecería y él sería siempre joven, era imposible que sostuviéramos una relación en el tiempo, era absurdo. Sentí que mi corazón se contrajo fuertemente y me costaba trabajo respirar bien.

–Nunca podremos estar juntos… –le increpé.

–Eso depende de ti, pero debes decidirlo pronto… –besó mi frente.

–No me imagino vampiro… además, a decir verdad, tengo ciertas dudas Edward, lo siente.

Vi su rostro desconcertado, ahora sus ojos no eran como la miel derretida, se habían solidificado, sin embargo, se seguía viendo hermoso, aún más bello así, como Dios lo había mandado al mundo. Su mandíbula se tensó totalmente y cualquier vestigio de sonrisa se esfumó de su cara.

–¿Por qué lo dices? –parecía consternado.

–No lo sé –quité mi mirada de la suya.

–Bella ¡Mírame por favor! –tomó mi rostro entre sus exquisitas manos.

Lo miré y sentí que su mirada me penetraba, exigía una explicación.

–Edward todo esto ha sido muy extraño… ¿Tú lo sabes cierto? Además, no me había proyectado, sólo sentía la necesidad de estar contigo…

–¿Sentías? –pareció desmoronarse.

–No, no lo tomes a mal por favor, quiero decir que no pensé en qué sería de nosotros en el tiempo, recién estoy en segundo año de universidad… O sea, nunca tuve ningún problema con que fueses vampiro, pero no pensé, erróneamente, que yo debería convertirme, aunque ciertamente es una realidad –suavicé mi voz –y además…

–Además qué Bella ¡Dime por favor! Dime la verdad aunque me duela… –sus ojos me suplicaban.

–Está Ethan…

Tomó aire y se apoyó contra la pared.

–Lo sabía… –torció mordiéndose levemente uno de sus labios cereza.

–¿Qué sabías?

–Siempre temí que quisieras volver con tu ex –su voz era tan suave como el terciopelo –por supuesto, no hay comparación… él te puede ofrecer mucho más futuro que yo ¿Cierto? –rió tristemente.

–No por favor, jamás he dicho que quiero volver con él, pero debo reconocer que aún me pasan cosas con él… Siento decirte esto Edward, pero estoy tratando de ser honesta.

–No sé qué decirte Bella, sólo puedo insistir en qué te amo, llevó más de un siglo esperando por ti, pero sólo tú y nadie más que tú puede decidir qué es lo que quiere… Lamentablemente –dijo con los labios apretados.

Me arrodillé a su lado, encima de la cama, tomé su rostro con mis manos y me acerqué a él para besarlo. Inmediatamente y como una acto reflejo me senté sobre sus piernas. Él me tomó por la cintura y me aferró contra su pecho gélido. Subí mis manos y acaricié ese pelo suave como las plumillas de los pajaritos recién nacidos. Besé su frente y su boca nuevamente. Su rostro estaba dolorido, tenía el ceño fruncido, sin embargo, respondía a mis caricias.

–Bella mi amor te amo –me dijo mientras me besaba.

No respondí.