Capítulo XXXIV
La mitad de mi corazón
El sueño había sido claro, era con Edward con quién me debía quedar ¡Oh por Dios! Y ¿Cómo se lo diría a mi Ethan! Mi niño hermoso de ojos turquesa y rostro angelical, pero era el momento de tomar una decisión, ya era demasiado, mis dos amores sufrían muchísimo y yo también. Tenía que ponerme las pilas y hablar con los dos, comunicarles mi decisión.
Tenía que empezar por lo más doloroso ¡Oh cuánto me costaba hacer esto! Y, lo peor, no podía dar pie atrás. Tomé mi móvil y llamé a Ethan.
Tuuut, tuuut, tuuuut. No contestaba y en el fondo de mí, era justamente lo que esperaba, no quería que atendiera jamás esta llamada ¡Era tan difícil!
—Isa, hola —parecía muy contento y yo ahora le iba a quitar toda su alegría ¡Qué crueldad!
Me demoré en hablar.
—Sí.
—¿Pasa algo? —notó mi tono de voz deprimido.
—Necesito que conversemos —seguí sin muchas ganas.
—Dime cuándo y dónde y voy —parecía ansioso.
—¿Puede ser hoy, frente al minimarket a las cuatro?
—Ahí estaré —su voz parecía triste, él era demasiado inteligente y sensible ¡Claro que se había dado cuenta!
—Nos vemos Ethan —corté, sin darle tiempo para que se despidiera.
Llegué puntualmente a las cuatro y él ya estaba esperándome, tan bello como siempre, llevaba una parka negra, con un capuchón rojo que sobresalía de ésta, jeans y zapatillas ¡Era tan hermoso mi niño dulce! Su mirada denotaba ansiedad y su pelo miel de infante le hacía perfecto juego con las pecas y esos maravillosos ojos calipsos. El día estaba nublado y de fondo se oían las campanas de alguna iglesia cercana.
—Hola Isa —me miró dulcemente y besó mi mejilla. Él era tan respetuoso.
—Hola Ethan —le sonreí con pena.
Él me miraba con ternura, con esa ternura que me traspasaba los huesos y el alma.
—Mi linda niña… —sonreía y me acariciaba las mejillas con sutileza, pero tenía los ojos vidriosos, ya lo había entendido todo.
—Ethan yo… —él me besó la frente.
—No necesitas decirlo… ya lo sé… —sus ojos estaban enrojecidos y unas lágrimas escaparían prontamente, y yo, sentía que un puñal me rasgaba el pecho.
—Cóm…
—Mi hermosa mujer te conozco tanto, además, que tu rostro lo dice todo —un puchero involuntario se hizo en su pera, pero lo trató de controlar.
Cariñosamente besó mi frente.
—Te amo Isabella Swan…
Una lágrima ya se le escapaba de uno de esos angelicales ojos calipsos. Dio media vuelta y se fue y yo ¡Oh, por Dios! Sentía que el corazón se me hacía añicos, sentía como si me lo estaban sacando a tirones del pecho ¡Qué mala soy! ¡Perdóname mi amor! Era lo único que sentía. Un nudo en la garganta me estaba triturando y miles de lágrimas rodaban por mis mejillas, podía sentir la cara roja, casi me ardía de tanto llorar. Me fui y estuve caminando por el parque de la universidad por horas, y no dejé de llorar ni un solo segundo, pero no me importaba, estaba perdida en el tiempo y el espacio, no podía dejar de pensar en Ethan, y cada vez que imaginaba sus ojos, sentía que me daban una nueva puñalada en el corazón, después de todo, un pedazo de mi alma se había ido con él y jamás la recuperaría, de ahora en adelante no sería nunca la misma persona.
Cuando por fin llegué a mi habitación, ya eran casi las doce de la noche. No era capaz de llamar a Edward aún, tenía que digerir este duelo interno que me estaba carcomiendo por dentro, sentía que moriría de pena. Me quedé recostada sobre la cama y me dolía el pecho, el estómago, todavía no lograba expulsar esa pena profunda.
Desperté al otro día, antes que sonara el despertador, pero no quise levantarme, no tenía ganas de ir a estudiar, así que me tomé un relajante muscular e intenté seguir durmiendo por un par de horas más al menos, para olvidar la tristeza que sentía. Menos mal el medicamento hizo efecto luego.
A lo lejos oí unos golpecitos en la puerta, intentaba abrir los ojos, pero no podía —en el fondo no quería—, pero fueron tan insistentes en tocar, que finalmente los abrí y a tientas me paré, era mi hermoso Edward.
—Bella ¿Te pasó algo? —se notaba muy preocupado.
—Nada, sólo tengo sueño —respondí aún media somnolienta y me volví a la cama.
—¿Bella estás bien? Estás extraña —su tono era de preocupación, pero no fui capaz de tranquilizarlo.
Noté que rápidamente echó un vistazo a mi habitación y debió haber visto la caja de los remedios.
—¡Ey! Bella, Bella ¿Quién te dio esto? —me tomaba por los brazos con fuerza.
—No sé, tengo sueño Edward —insistí.
Entre mi somnolencia intenté recordarlo, creo que alguna vez me lo había dado Eileen, cuando andaba con tortícolis, pero no fui capaz de responderle.
—Bella ¡Bella! —parecía alarmado.
Nuevamente me dormí, sentía el cuerpo muy pesado.
Desperté media mareada y no reconocí el lugar, era de paredes blancas ¡Era un hospital! Con mucho esfuerzo miré hacia un lado y me di cuenta que tenía puesto un catéter, por donde me pasaban suero. A los pocos minutos apareció el doctor Cullen.
—Bella ¿Cómo estás? —sonrió, iluminando su rostro de actor de cine.
—Bien —respondí con pocas fuerzas— ¿Qué pasó?
—Tomaste un medicamento que te provocó una especie de alergia.
—¿El relajante muscular? —dije incrédula.
—Sí ¿Lo habías tomado antes? —insistió el doctor.
—No.
—Y ¿Quién te lo dio? Estos medicamentos los venden con receta retenida y los tiene que prescribir un médico.
—Una amiga —luego corregí— una ex amiga, cuando estuve con dolor en el cuello, pero no lo alcancé a tomar, porque sé pasó solo.
—Es muy peligroso que te automediques Bella, menos mal llegó Edward, porque sino, la historia hubiese sido distinta.
—¿Dónde está él? —insistí.
—Afuera ¿Quieres que lo llame? —parecía indeciso.
—Por favor.
Edward entró y cuando me vio se le iluminaron los ojos. Tiernamente me acarició la frente con su piel fría y perfecta.
—Bella ¿Por qué te tomaste ese relajante? —me dijo alarmado, pero ya más pausado— ¿Te dolía algo? ¿Quién te lo dio?
No le podía decir que lo que me dolía era el corazón, entonces sólo respondí a la segunda pregunta.
—Eileen.
—¿Tu amiga? —parecía incrédulo.
—Sí —eso de que me dijera que era mi amiga me irritaba sobremanera.
—Pero ¡Qué irresponsable! Y ¿Por qué te lo dio?
—Por un dolor de cuello…
—¡Qué tonta mujer! Y tú, mi amor ¿Cómo te lo tomaste sin preguntar antes? —cuando me dijo mi amor se me revolvieron las tripas.
—Me sentía mal… —no quería ahondar en el tema.
—Edward, no es el mejor momento, pero quería hablar contigo…
—Dime —parecía ansioso, pero él se calmaba prontamente.
—Me quedaré contigo —me esforcé en una sonrisa.
—¿De verdad? —se le iluminaron los ojos, casi al punto de sacar chispas.
—Sí —ahora sonreí de verdad.
—Mi adorado amor —posó sus labios fríos sobre los míos, delicadamente.
Ya se lo había dicho, pero la felicidad no me llegaba al corazón, por más que lo intentara, aún tenía el corazón destrozado, pero a él también lo amaba con locura.
—¿Cuándo me podré ir?
—Mañana temprano te darán el alta —parecía muy contento.
—¡Qué bueno! Esto de los hospitales no me gusta nada.
Edward sonrió y se vio maravilloso. Se quedó toda la noche conmigo, con permiso especial de Carlisle. De cuando en cuando me dormía, pero cuando despertaba él estaba ahí, reluciente, perfecto, como modelo de catálogo.
La mañana siguiente me dieron el alta y Edward me llevó a mi habitación. Llegamos y estaba impecable, perfectamente ordenada y había unas flores esperándome.
—¡Qué maravilla! Gracias, son preciosas.
Edward sonrió.
—Y ¿Gracias por limpiar todo esto! —reí con ganas, pero igual sentía un vacío en mi corazón.
—Gracias a ti por iluminar mi vida —me besó con ternura.
Nos besamos tanto, tanto, que sentía que mi boca se partiría. Él se acomodó a mi lado en la cama, a petición mía, mientras yo dormía. En medio de la noche desperté, y lo recordé a él ¡Mi dulce ángel abandonado! Y el dolor volvió tan intenso como antes, pero esta vez no podía llorar con libertad, porque no podría explicárselo a Edward. Tuve que ahogar mi llanto en la almohada.
