CastillosdeArena…

Capítulo XXXV

Morir en un segundo

Estaba saliendo de la ducha, me sentía feliz ¡Cuánto amaba a Isabella! Era definitivamente el amor de mi vida, esa noche había sido fabulosa, cada vez que me acordaba de ella mi pecho se comprimía y quería estar con Isa siempre, sentía que la necesidad de tenerla entre mis brazos se acrecentaba a cada minuto ¡Me sentía el hombre más afortunado de la vida!

Esa mañana había encargado una docena de rosas rojas para llevárselas esa misma mañana ¡Cuánto la adoraba! Las flores esperaban impacientes, al igual que yo, de entregarlas, mientras, las tenía en una mesita que estaba dentro de mi dormitorio, eran grandes y el rojo era intenso como el amor que yo sentía por esa mujer.

Estaba con los jeans y las zapatillas puestas cuando escuché el móvil, lo tenía en mi mesita de noche.

—Isa, hola —era mi dulce amor.

Ella no contestó de inmediato, por supuesto y por su tono de voz, noté que algo extraño pasaba.

—Sí —dijo algo cortante.

—¿Pasa algo? —le pregunté inquieto.

—Necesito que conversemos —algo venía mal.

—Dime cuándo y dónde y voy —necesitaba que me dijera pronto fuera lo que fuera.

—¿Puede ser hoy, frente al minimarket a las cuatro?

—Ahí estaré —quedé muy ansioso, no sabía si podría esperar tantas horas.

—Nos vemos Ethan…

El tono de su voz era lúgubre, por supuesto, nada bueno venía. Terminé de vestirme y llamé a la mama —mi querida nana—.

–Mama.

–Mi niño ¿Qué pasa?

Ella me conocía casi mejor que mi mamá de verdad. No le contesté, sólo le dije.

—¿Le gustan las rosas rojas? —tomé el ramo y se lo pasé.

—Mi niño, pero ¿Esto no era para Isa?

—Era… —sentía que mi pecho se comprimía.

Ella me comprendía, no necesitaba más palabras. Tomó el ramo en sus pequeñas y suaves manos maternales y se las llevó, pero antes me dio un beso en la mejilla. Luego se fue. Obviamente, llevar las flores en este momento no era lo más adecuado. Intenté ver fútbol, pero no podía concentrarme. No quise almorzar y ya a las tres y media partí a su encuentro. Diez para las cuatro ya estaba en el lugar.

El día estaba nublado y al parecer hacía mucho frío, pero yo no lo sentía, quería que mi amor llegara luego. Cuando finalmente apareció, la vi, venía triste, sus ojos marrones estaban apagados, no era difícil de adivinar lo que venía.

—Hola Isa —besé su mejilla, aunque moría por hacerlo en los labios.

—Hola Ethan —tenía la misma expresión en sus ojos, cuando me había pateado la vez anterior, pero aunque no era exactamente lo que estaba haciendo, porque formalmente no teníamos nada, sin embargo, se veía muchísimo más afectada.

—Mi linda niña… —fue lo único que atiné a decir, ya estaba completamente seguro de lo que venía a decirme.

—Ethan yo… —me quería morir, sólo atiné a besar su frente.

—No necesitas decirlo… ya lo sé…

—Cóm… —no la dejé terminar la frase, no era necesario.

—Mi hermosa mujer te conozco tanto, además, que tu rostro lo dice todo… —besé su frente una vez más— te amo Isabella Swan…

Sentía que lloraría, por más que intentara no hacerlo y menos delante de ella, no quería darle pena, eso no valía en este juego del amor, si Isa había preferido a otro, sus razones tendría, quizás estaba enamorada y no se dio cuenta antes. Mi gran error fue hacer el amor con ella nuevamente, eso había sido mortal para mí, yo sabía que esto pasaría y lo hice igual, pero, es que la amo tanto.

Llegué al auto y me fui como a dos horas de la ciudad, necesitaba llorar y tenía que estar tranquilo, porque la verdad las lágrimas explotaban como si fuera un niño y no era nada digno que me viera medio mundo. Cuando ya me calmé, decidí volver. Llegué a mi casa y entré silenciosamente, no quería preguntas de nadie, pero antes de entrar a mi pieza apareció Grace.

—¡Ethan! —me llamó alegre.

Lo dudé, pero finalmente me tuve que voltear.

—¿Qué pasó Grace? —no tenía ganas de hablar con nadie.

Me miró y vi como su rostro se desfiguró.

—Es ella nuevamente ¿cierto?

No le contesté su pregunta.

—¿Qué pasa Grace?

—¡Por Dios Ethan! Deja a esa mujercita de una vez por todas —veía la ira en su rostro.

—No te preocupes, ella ya lo hizo —di media vuelta y cerré la puerta prácticamente en sus narices.

Una vez más, en la soledad de mi cuarto, intenté dormir, pero las imágenes de mi vida se venían a cada momento y sobre todo, de la última vez que habíamos estado juntos, sentía como si tuviera una herida abierta en medio del pecho. Intenté leer, ver fútbol, pero era imposible sacármela de la mente ¡Cuánto amaba a esa mujer! Era mi vida, mi razón de existir, ella tenía mi corazón en sus manos.

Inspiré profundo, tenía ganas de ir donde Isa y rogarle que volviera conmigo, explicarle que sin ella no podía vivir, que tenía el alma hecha pedazos y que me faltaba el aire, pero no podía, yo la amaba y tenía que respetar su decisión.

El lunes siguiente no la vi en la universidad, lo verifiqué con Eileen. Lamentablemente, con quién sin me encontré, fue con él, que menos mal estaba solo, y lo noté, porque cuando estaba en el casino y caminaba hacia mis amigos, me di cuenta que Edward me observaba, aunque desvió la vista cuando yo le devolví la mirada. Era extraño, a pesar que me había quitado al amor de mi vida, no lo podía odiar, quería pedirle sobre todas las cosas que la cuidara y la protegiera, porque moriría si a ella le ocurría algo.

No tenía muchas ganas de hablar con nadie, sin embargo, Eileen insistía en conversarme, se sentó a mi lado y sonreía, me acariciaba el pelo, y no sabía cómo pedirle que no lo hiciera, no la quería herir. Cuando finalmente terminó ese día negro y eterno, llegué a mi cuarto y me encerré, pero detrás de mí venía mi hermanita.

—Ethan, ella no vale la pena, ya escogió a otro —insistía.

—No quiero hablar sobre eso Grace —fui cortante.

—Lo sé, porque quería hablar algo importante contigo —sus ojos pardos me miraban voluntariosamente y con mucho cariño maternal.

—Dime…

—Es sobre Eileen —siguió.

—¿Qué pasa con ella?

—¿No has pensado en darle una oportunidad?

—¿Qué? No, gracias —fui muy pesado.

—¿Por qué no Ethan? Ella te quiere mucho —su voz era suave.

—Y a varios más —le corregí.

—Ethan, no seas injusto, lo tuyo es de verdad —su mirada era honesta.

—N… no lo sé Grace, no es el momento.

—Bueno, tan solo piénsalo, esta bien —se acercó a mí y me besó la mejilla— que duermas bien querido hermanito.

—Buenas noches… —le contesté sin muchas ganas.

Me quedé pensando en esa posibilidad, "un clavo saca otro clavo", me dije a mí mismo, pero de verdad, no convencía en absoluto la idea. Eileen por muy atractiva que fuera, no la podía ver como otra cosa que no fuera una amiga.

Los días pasaron sin penas ni glorias, y mi corazón continuaba herido, no podía dejar ni un segundo de pensar en ella, en cuanto abría los ojos estaba en mí y la última persona en quién pensaba, era justamente en Isa.

Luego, se cumplirían dos meses desde que ella me había pateado definitivamente y no nos habíamos vuelto a encontrar, menos mal, porque moriría si la viera con él. Ese jueves, lo tenía libre, como todas las semanas, así que me disponía a volver a mi casa y Eileen me acompañaba como lo hacía todos los días —ya ni siquiera tenía fuerzas para decirle algo por su insistencia—, caminamos hacia el estacionamiento, y la acompañé hasta su auto, cuando repentinamente, tomó mi rostro entre sus manos y me besó aceleradamente, no tuve tiempo de decir nada. Pero, cuando ella decidió subir a su auto, y yo le abría la puerta todavía medio en shock, me di cuenta que en frente de nosotros estaba ella, más hermosa que nunca y sorprendida de lo que acababa de ver. Dio media vuelta y se fue.

—Eileen ¿Por qué hiciste eso?

—Fue un impulso —sonrió.

—Pero, no, eso esta mal… —le dije molesto.

—¿Todavía te importa? —me preguntó sorprendida.

—Sí —fui honesto.

La dejé en su auto y me fui. En el camino no pude dejar de pensar en ella, aún la amaba tanto o más que antes ¡Esto no sería fácil!

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