CastillosdeArena…
Capítulo XL
La fuerza de las almas
Esos bellos ojos calipsos me habían removido completamente, me suplicaba que me quedara con él, pero yo no podía, no podía aprovecharme de su bondad. Era el amor de mi vida, ahora lo tenía claro, sin embargo, era tanto el sufrimiento que lo había hecho padecer, que no se merecía una persona como yo. Era una especie de ángel terrenal y necesitaba un alma buena y transparente, que lo amara incondicionalmente.
Cuando lo vi aparecer frente a mi habitación, mi corazón parecía que estallaría de emoción, quise correr a sus brazos y pedirle que me perdonara, pero hubiese sido egoísta de mi parte, él se merecía una mujer mejor. Por eso, aunque moría por lanzarme a esos brazos fuertes y fibrosos, tenía que ignorar sus súplicas ¡Era demasiado bueno! Un alma noble y bondadosa, demasiado para alguien como yo.
En cuanto me subí al tranfer, cerré los ojos y por primera vez sentí que mi vientre se movió con fiereza y se tensó por completo. No pude evitar llorar, tenía una especie de obstáculo en el pecho que me impedía respirar bien. Toqué mi abultado estómago y estaba duro, era increíble como ese ser se había aferrado a mis entrañas con fuerza ¡La bendición de una vida! Soportó mi intoxicación con las pastillas, sin problemas, a pesar de que recién se estaba formando, él me amaba y yo lo adoraba a él, éramos el uno para el otro y lo que había quedado de mi amor con Ethan.
Subí al avión con el pecho comprimido por la angustia, no tenía claro qué estaba haciendo realmente, ahora, todo lo que era mi vida, quedaba atrás, en una tierra lejana, separados por un océano inmenso y poderoso, que alejaba nuestras vidas para siempre. Inspiré hondo y me acomodé en mi asiento, que era algo incómodo, porque era clase económica y como mi cuerpo estaba algo más ancho de lo habitual, me costaba trabajo acomodarme bien. Cerré los ojos y las imágenes de Ethan y Edward se me vinieron a la mente: ¿Era posible que hubiese conocido a un vampiro y que nuestras almas fueran cíclicas? Resultaba demasiado surreal, era como un cuento de brujas, pero con un príncipe encantado que era Edward.
Por otra parte, haber conocido a Ethan era lo mejor que me podría haber pasado en toda mi existencia, en algún momento habíamos sido el uno para el otro, pero todo se fue por la borda cuando comencé a engañarlo con Edward, me confundí profundamente, a tal punto, que pensé en algún momento amar a Edward más que a Ethan, claro lo amaba también, pero de otro modo, quizás cariño de otra vivencia de nuestras almas, en esta vida, mi amor era Ethan ¡Quién lo diría! Tanto que lo hice sufrir y lo castigue por haberse ido a un tonto viaje, que lo único que hizo fue separarnos.
¡Cuánto amaba a ese hombre! Y no me había dado cuenta… y él, tanto que me siguió, me rogó, hizo todo por mí y yo la imbécil más grande del mundo lo desperdicié y lo abandoné dos veces, y ambas veces, vi la tristeza infinita en sus ojos, sobre todo la segunda, cuando había nacido una esperanza en su corazón, que yo bloqueé y lo abandoné de tonta e indecisa por un ridículo sueño.
El avión aterrizó en Seattle, porque habíamos quedado con mi madre, que me iría un tiempo con Charlie, porque era un pueblo más tranquilo y podría tener a mi bebé en paz, sin las habladurías de la gente, porque después de todo en Fork me conocían poco o nada. Bajé del avión e intenté hundir mi estómago para que no fuera tan impactante verme para mi padre, pero no pude hacerlo, por más que lo intenté, es más, mi vientre parecía haber crecido aún más durante el viaje, era casi absurdo, pero lo sentía así.
Charlie me esperaba y en cuanto me vio, sus ojos marrones, como los míos, se iluminaron y sonrió, corriendo prácticamente a mi lado. Me dio un gran abrazo y chocó con mi vientre. Me puse muy nerviosa, no sabía qué decirle, todo era insuficiente en ese minuto, así que opté por callar.
—Te ves muy linda Bella —besó mi frente.
—¿Sí? —pregunté indecisa.
–Dicen que las mamás se ponen más lindas y parece que es cierto, y no porque seas mi hija —sonrió.
—¿No estás enojado conmigo? —exclamé incrédula.
—Mmmm, ya no, creo que he tenido tiempo suficiente para digerir la noticia, ahora nos debemos preocupar de tu futuro y el de esa criaturita que viene en camino —apuntó mi panza.
—¿Tendré que trabajar? —pregunté asumida.
—Obvio, todos tenemos que trabajar algún día, pero tú debes terminar de estudiar, ya no será en Londres, pero aquí hay muy buenas universidades también y te pueden convalidar los ramos.
—¿En serio?
—Por supuesto ¿Qué pensabas? ¿Qué te dejaríamos a la deriva con tu hijo? Bella, eres nuestra niña aún —dijo clavando su mirada con ternura en mí y eso me alivió por completo.
Me ayudó con las maletas y partimos a mi nuevo hogar. Era todo tan distinto a Londres, pero al menos tendría más compañía, eso era lo mejor, no estaría sola criando a mi pequeño.
Acomodé todas mis pertenencias y Charlie me cedió su habitación que era más grande, para poder instalar la cunita. Todo estaba pintado en colores pasteles y habían adornos de bebé ya en la pieza.
—¿Tú decoraste todo esto? —dije entusiasmada.
—Sí, con ayuda de una amiga.
—¿Amiga? No me habías contado de eso —sonreí pícaramente.
—Bueno, bueno ya la conocerás, es una gran persona.
—¡Me alegro tanto papá que tengas compañía!
—Y además, ahora llegaste tú, todo será mucho mejor.
—Espero no molestarte papá.
—En absoluto, eres muy bienvenida pequeña —guiño un ojo y se fue.
Todos los días estaban demasiado encapotados, no paraba de llover ni un segundo. Comía cosas ricas todos los días, a este paso me volvería una bolita en cuanto terminara el embarazo, pero mi papá se estaba haciendo cargo de mí con mucho cariño, quizás, era porque estaba enamorado y eso lo hacía ver las cosas de manera más positiva. Había pasado más de una semana desde que había llegado a Forks, y toda mi vida en Londres, me parecía muy, pero muy lejana, casi un sueño.
Aún no conocía a la amiga de papá, pero siempre me mandaba dulces y pasteles ¡Moría por saber de ella!
Mis pasatiempos eran leer, ver películas, entrar a google, donde ponía de vez en cuando Ethan Campbell, haber si aparecía alguna noticia, y también lo intenté con Edward Cullen, pero curiosamente no aparecía nada, era como si cualquier cosa que me uniera a ellos, hubiese desaparecido de la noche a la mañana, sin previo aviso. Por una parte era una ayuda, pero por otra, me angustiaba pensar que todo había sido producto de mi imaginación, exceptuando porque ya a estas alturas, mi vientre estaba bastante abultado, de otra manera, no quedarían rastros de mi pasado.
Por la noches lloraba sin parar, acordarme de Ethan me hacía mucho daño, pero inevitablemente pensaba ¿Qué sería de él? ¿Se quedaría al final con la insistente de Eileen? ¿Se acordaría de mí todavía? ¡Uf! Cuando todas esas interrogantes se me venían a la mente, lloraba hasta quedarme dormida entre sollozos y pesadillas.
Esa tarde de sábado, me recosté bajo el plumón y me puse a leer un libro de Gabriel García Márquez, un periodista colombiano que había ganado el Premio Nobel de Literatura y jugaba mucho con el realismo mágico, tan típico en Latinoamérica. La novela se llamaba Amor en los tiempos del cólera y era una preciosa historia de amor, donde el protagonista, eterno enamorado, había esperado a su amor, una vida entera… Obvio, lloré casi todo el libro, pero no pude parar de leerlo hasta que lo terminé. Me quedé dormida, llovía a cántaros y estaba medio oscureciendo ya.
Sentí que mi padre me tocó por el hombro.
—¡Bella! ¡Bella! Hija despierta —decía algo ansioso.
—¿Qué pasa? —pregunté media somnolienta, últimamente dormía mucho.
—Tienes visita.
—¿Visita? ¿Quién? —pregunté extrañada, pero mi corazón comenzó a latir desmedidamente.
—Ya verás, te espero abajo —me guiñó un ojo y salió de la habitación.
Me puse unas zapatillas de levantarse, pasé al baño y me arreglé un poquito, aunque no tenía mucho que hacer, últimamente tenía la cara redondita, lo único bueno, era que mi color era más rosado. Me tomé el pelo en una cola y bajé. Cuando llegué al living no encontré a nadie, hasta que me di cuenta que estaban en la cocina, me acerqué y por fin lo vi ¡Mi Ethan! Cuando me vio sus ojos calipsos estallaron en lágrimas y yo sentí que me desvanecía ¡No lo podía creer! ¡Él aquí! ¡Él había venido por mí! Dio dos rápidos pasos hacia mí y sentí como traspasó toda su energía a mi cuerpo, a pesar de que venía completamente mojado y su cuerpo temblaba de pies a cabeza.
—¡Ethan! —no podía contener las lágrimas ¡No lo podía creer!
—Isa, mi vida —me decía entre sollozos— ¡Te amo mi amor! —acariciaba mi cabello con fuerza, pasión y ternura.
Lo miré fijamente, aún no daba crédito a verlo aquí.
—¿Qué haces aquí? —dije emocionada.
—Te vine a buscar mi amor —dijo con los ojos enrojecidos por las lágrimas.
Lo abracé con fuerzas, él me miró e inclinó su rostro, bello, con esas pecas preciosas y me besó, suave, lenta y profundamente, mientras acariciaba mi cuello. Yo me lancé al suyo y acaricié su cabello mojado por la lluvia ¡Cuánto lo amaba!
—Ethan ¡Te amo! —le dije desde lo más profundo de mi corazón.
Él me miró y acarició mi rostro con ternura.
—No sabes cuánto soñé con oír esas palabras salir de tus labios —me besó con más intensidad.
Charlie había desaparecido de la casa, ni siquiera nos habíamos dado cuenta de cuando salió, era nuestro mundo, éramos nosotros dos, sólo nuestro amor importaba en este minuto. Él me miró con ternura y devoción, tomó mi mano, con la suya tibia y suave, pasando sus dedos por los míos, y dejó algo metálico en mi palma derecha, luego, me hizo cerrar la mano en un puño.
—Te amo mi vida, mi Isa, escúchame bien ¡Jamás amaré a otra mujer como te amo a ti! Sin ti no soy nada —sus bellos ojos calipsos estaban emocionados.
Tomó mi mano y sutilmente la desenrolló, dejando al descubierto un hermoso anillo de oro blanco y diminutos diamantes.
—Isa de mi vida ¿Te quieres casar conmigo?
Mi corazón iba a estallar en cualquier instante, quedé sin aire y me comencé a sentir algo mareada.
—¿Estás seguro? —temía que me dijera que no.
—Por supuesto… —acarició mi rostro con ternura.
—¡Claro que sí! —dije sin pensarlo más y con el alma rebosante de felicidad.
—Mi amor, mi ángel ¡Te amo con toda el alma! —sonrió y su rostro de infante, con celestiales ojos calipsos, pestañas doradas, al igual que sus pecas y esa exquisita y perfecta boca rosada, se iluminó por completo.
Me tomó en brazos con mucho cariño y me dijo.
—¡Soy el hombre más feliz del mundo! —casi gritó de alegría.
Yo también estaba feliz ¡Él era el amor de mi vida y yo que pensaba que lo había perdido para siempre! Inclinó su rostro de ángel y me besó, tomándome por la quijada y aferrándome hacía él. Ahora estábamos solos. Cogí su mano y lo arrastré hacia el dormitorio, donde nos amamos con toda la pasión que se pueden amar un hombre y una mujer.
Esa noche recordé bien el sueño, Edward me recibía en la playa, eso era cierto, sonreía y Ethan también, sentía su gélida mano y me ayudaba a pasar esa barrera invisible, sin embargo, tomaba mi mano y la ponía sobre la cálida mano de Ethan, quien me recibía con un gran beso de amor que nos uniría por la eternidad...
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