Bueno, hace como medio mes que iba actualizar pero FanFiction estaba atravesando por una etapa de mantenimiento y no pude, hasta ahora se me había olvidado, lo lamento mucho!
En fin, muchas gracias por leer y espero que te siga gustando!
Por cierto estoy haciendo unos dibujos medio piters de mi historia Nunquam [algo así como la secuela de estas], por si quieren verlos y conocer a Valezka XD, el link está en mi perfil, gracias!
Otra cosita importante: Quisiera aclarar que yo no odio a Ron, de hecho es uno de mis personajes favoritos, eso no le quita lo idiota y cegatón, pero todo el odio que le tiene Hermione es sin duda un reflejo de sus frustración y dolor, ¡no de la mía! Después de todo sigue amándolo al grado de casarse con él y darle hijos ¿no? Como sea, quería dejar eso claro porque seguiré atacando a Ron desde el punto de vista de Hermione, pero en realidad lo adoro, ¡me cae muy bien!
Este capítulo se va poniendo bueno, ¡aguas chicas(os) menores de 17! Nadie los castigará pero son responsables por leer las blasfemias que esta hereje predica XD.
ARCANUS
Memorias de los condenados
Capítulo III: Lágrimas de Venganza
Al día siguiente, Hermione creyó que nada podía ser peor, pero se equivocaba.
Se encontraban en clase de Transformaciones y en un intento por olvidar lo que había sucedido la noche anterior, rió abierta y cruelmente ante la ridícula transformación que Ron había hecho sobre su cara, que, en vez de lograr cambiar el color de sus cejas, había aparecido un espectacular bigote con forma de manillar en su desastroso primer intento.
Hermione estaba destornillada, pero Ron tomó la revancha realizando una maliciosa, pero acertada imitación de los brincos que ella daba en la silla cada vez que la profesora McGonagall formulaba una pregunta. Lavender y Parvati lo encontraron divertidísimo, pero Hermione acabó al borde de las lágrimas y, apenas sonó el timbre, salió corriendo del aula, dejándose la mitad de las cosas en el pupitre.
Cada momento era peor, cada vez le daba Ron más razones para odiarlo, cada momento se sentía más culpable por lo que había sucedido la noche anterior. No pudo evitar sollozar fuertemente hasta que alguien entró al baño de chicas.
— ¿Hermione? ¿Estás bien? —preguntó la conocida voz de Luna Lovegood—. Creí que eras Myrtle la llorona...
— Estoy bien... —contestó con voz queda, levantándose lentamente mientras se enjugaba las lágrimas—. Ron Weasley es un auténtico cabrón, ¡es un cabrón!
Luna fingió no escuchar su altisonante vocabulario y se acercó a ella para calmarla, le dio algunas palmaditas y posteriormente la acompañó afuera.
— ¡Hola, Harry! —saludó Luna—. ¿Sabías que tienes una ceja amarilla?
— Hola, Luna. Hermione, te has dejado esto en... —Hermione tomó sus cosas algo desconcertada.
— ¡Ah, sí! —balbuceó la castaña, y se dio rápidamente la vuelta para disimular que se estaba secando las lágrimas—. Gracias, Harry. Bueno, tengo que irme...
Y se marchó tan deprisa que Harry no tuvo tiempo de decirle nada más. Caminó triste y lánguidamente sobre el pasillo, pensando, ¿qué podría hacer? Sentía tanto resentimiento que no podía pensar en ninguna otra cosa más que en venganza.
Divisó a Cormac McLaggen a lo lejos del pasillo y una brillante, o eso creyó, idea se cruzó por su camino.
Después de un rato, tras algunas clases, se encaminó al gran comedor para atender a la cena. Se sentó lo más lejos que pudo del pelirrojo en cuanto lo vio, se sirvió algo de estofado, pero su estómago sólo sentía una sensación vomitiva y terminó por remover su plato de un lado a otro sin tocarlo.
Lavender, que llegó con Parvati, se apretujó entre Ron y Harry y, sin peder un segundo, le echó los brazos al cuello a Ron. Hermione sintió una ira y unas ganas de desquitarse muy intensas, era su oportunidad. Se levantó de su asiento y caminó hacia donde se encontraba el grupo de gryffindors.
— ... más accidentes... ¡Ah, hola, Hermione! —saludó Parvati mientras sonreía alegremente, ¡zorra! Sólo quería quedar bien con ella después de burlarse, seguro se arrepentía. Hermione le devolvió la sonrisa aún más radiante.
— ¡Hola, Parvati! —le dijo, ignorando a Ron y a Lavender—. ¿Vas a la fiesta de Slughorn esta noche?
— No me han invitado —respondió Parvati con tristeza—. Pero me encantaría ir. Por lo visto va a estar muy bien... Tú iras, ¿verdad, Hermione?
— Sí —respondió Hermione, lista para lanzar la puñalada—, he quedado con Cormac a las ocho y... —escuchó como si de una ventosa despegándose se tratara, pero sabía perfectamente que era Ron quien se había despegado de Lavender para levantar la cabeza y escuchar mejor. Hermione prosiguió como si nada—. Iremos juntos a la fiesta.
— ¿Con Cormac? —preguntó Parvati extrañada—. ¿Cormac McLaggen?
— Exacto —confirmó Hermione con voz dulzona—. El que casi —enfatizó— consiguió la plaza de guardián de Gryffindor.
— ¿Sales con él? —pregunto una Parvati asombradísima.
— Sí. ¿No lo sabías? —y soltó una risita que más falsa imposible.
— ¡Caramba! —exclamó la muchacha, impresionadísima por conocer aquel chisme—. Ya veo que tienes debilidad por los jugadores de quidditch, ¿no? Primero Krum y ahora McLaggen... —Hermione sonrió leve, aunque maquiavélicamente.
— Me gustan los jugadores de quidditch buenos de verdad —puntualizó sin dejar de sonreír—. Bueno, hasta luego. Tengo que ir a arreglarme para la fiesta.
Se levantó del banco y se marchó. ¡Já! ¡A ver cómo le venía esa a Ronald Weasley! ¡Cabrón!
Pero su plan fue todo un asco, Cormac McLaggen resultó ser un maldito egocéntrico de los peores, pensó que era casi peor que Draco Malfoy. No paraba de hablar de sí mismo y de lo maravilloso que era, su tema favorito eran "Las cien mejores paradas de Cormac McLaggen", que claro, tenía que ver con el quidditch. El muy entusiasta, resultó tener las hormonas de un mandril en celo y en la primera oportunidad que había tenido le había plantado un beso de lo más lingüístico, literalmente.
Malfoy era agresivo, pero McLaggen era asqueroso, le dejó la cara y el cuello embarrados de saliva mientras intentaba meter sus sucias manos por debajo de su vestido, lo empujó fuertemente sobre un costado y se coló entre la multitud. Intentó limpiarse la saliva con un paño que traía encima y se topó con Harry y Luna, con quienes estuvo tan sólo un momento antes de tener que volver a escapar de McLaggen.
Draco caminaba por el pasillo del sexto piso cuando el señor Filch lo atrapó en la movida, aunque en realidad no estaba haciendo nada, a esas horas de la noche estaba prohibido pasearse por los pasillos del castillo.
— ¡Le digo que me dirigía a la fiesta de Slughorn! —chilló como pretexto.
— Eso ya lo veremos —respondió Filch mientras lo arrastraba hasta el despacho de Slughorn en las mazmorras, varios pisos más abajo.
Al llegar a la fiesta, Filch jaló a Draco hasta donde el profesor Slughorn y el profesor Snape se encontraban.
— Profesor Slughorn —dijo Filch, con su jadeante voz—, he descubierto a este chico merodeando por un pasillo de los pisos superiores. Dice que venía a su fiesta pero que se ha extraviado. ¿Es verdad que está invitado? —Draco se soltó con un tirón.
— ¡Está bien, no me han invitado! —reconoció a regañadientes—. Quería colarme. ¿Satisfecho?
— ¡No, no estoy nada satisfecho! —exclamó Filch, aunque en realidad su cara mostraba una expresión de triunfo.
Para suerte y desventaja de Draco el profesor Slughorn no mostró ningún problema y accedió a que se quedara, Filch se fue de la fiesta muy fastidiado y seguro no era el único. Porque ahora Draco tendría que quedarse y a él ya le urgía por volver a la Sala de los Menesteres para terminar de idear el plan de introducir veneno a la escuela como si fuese filtro de amor.
Pero nada salió como lo esperaba, al cabo de unos minutos, el profesor Snape lo abordó y le pidió que lo acompañara, aunque casi como obligación, fuera de la fiesta. Una vez librados del escándalo de la fiesta se dirigieron a un salón que se encontraba vacío y sostuvieron una fuerte disputa en la que el profesor Snape insistía a Draco que le permitiera ayudarlo, Draco sintió una ira muy intensa, otro maldito entrometido, sabía que estaba sufriendo por las órdenes del lord Tenebroso, pero si de alguna manera lo conseguía, no quería que por ningún motivo Snape se llevara la gloria.
Después de una acalorada disputa con el cabeza de grasa, Draco salió dando zancadas y azotando la puerta del salón con fuerza, creyó oír un ruido y por un momento le pareció que alguien se había quitado del camino... ¿qué importaba? ¡De todas formas todos se iban a pudrir! Pasó frente a la oficina de Slughorn y siguió de largo, después de todo, su intención nunca había sido prestarle menor atención a la dichosa fiesta.
Le hervía la sangre como nunca antes le había hervido, sentía una furia intensa recorrer toda su espina dorsal y un dolor en la boca del estómago incomparable. Necesitaba hacer algo, romper un vidrio, tirar una estatua, golpear a un hufflepuff, ¡lo que fuera! ¡lo necesitaba ya!
Caminó con paso presuroso hacia los pisos superiores donde esperaba encasillarse en la Sala de los Menesteres, pedir que apareciera un cuarto lleno de cosas que romper, estrellar o ser dignas de un "reducto", estaba harto de esta bazofia.
Snape tenía castigados a Crabbe y Goyle, por lo que andaba solo para todos lados desde hacía un par de semanas, la escuela era una bufonada, además, ¿qué necesidad había de que ese par de brutos aprobaran sus E. X. T. A. S. I. S.? ¡Igual iban a terminar siendo un par de buenos para nada!
Llegando a las escaleras que daban al séptimo piso, escuchó pasos y las quejas de una chica. ¡Lo que le faltaba! Intrusos en el pasillo que necesitaba desierto en ese momento... llegó hasta lo alto de las escaleras y dobló sobre la esquina que daba al pasillo de donde provenían las quejas, se asomó primero para ver qué sucedía para ver si podía ignorarlos y sólo pasar de largo hasta la Sala de los Menesteres.
Pasó silencioso y lo más alejado posible, lo único que alcanzó a ver fue a un mastodonte de Gryffindor casi embarrado contra la pared, aparentemente entre él y la pared había una muchacha, ¿cuál era el nombre de este cretino? Draco lo conocía... ¿McLaga? ¿Mc... mc... McLaggen? Se siguió con la intención de ignorarlo, pero no pudo evitar echar un último vistazo sólo para vislumbrar que la chica que tenía apretujada contra la pared no era nada menos que Hermione Granger.
¡Puta! Pensó de momento, pero entonces notó que la castaña forcejeaba con el animal aquel, ¡ésta era una maravillosa oportunidad para descargar su furia! Y sin pensarlo ni un momento, vociferó:
— ¡Rictusempra! —McLaggen salió volando por los aires hasta chocar fuertemente con la pared contraria del pasillo, el golpe fue seco y tan fuerte que al caer sobre el suelo quedó inconsciente sin siquiera enterarse de quién había sido su agresor.
No era suficiente, tenía que hacer algo más... ¿quizá un "levicorpus" que lanzara por los aires a McLaggen contra alguna estatua o escaleras abajo?
Dirigió la mirada, casi macabramente sin girar la cabeza, hasta donde se hallaba la enajenada Gryffindor y la miró por unos segundos que parecieron eternos a la chica que permanecía paralizada, sorprendida y rezagada contra una columna de la pared. Estaba realmente guapa, seguro se había esforzado por lucir bien esa noche. Portaba un vestido azul que le quedaba ligeramente arriba de la rodilla, una gargantilla y aretes semejando perlas a juego y aunque estaba totalmente despeinada y tenía un tirante caído, se veía realmente sensual.
Hermione no sabía qué cara poner, estaba agradecida y asustada al mismo tiempo. Entonces, Draco rompió el hielo con su sarcasmo.
— Eso te pasa por andar de ramera, sangre-sucia estúpida —le recriminó mientras sujetaba la muñeca de ésta con fuerza y la arrastraba hacia él, Hermione tenía el cerebro en blanco por lo que no supo cómo reaccionar— si tan desesperada estabas, haberlo dicho antes.
Y dicho esto, la empujó contra la recién aparecida puerta de la Sala de los Menesteres y la obligó a entrar, comenzó Hermione a resistir y quiso aferrarse a la puerta para salir, pero el rubio la aventó hacia adentro provocando que cayera al suelo. La puerta desapareció, convirtiéndose en un sólido muro de piedra.
Hermione se levantó asustada y corrió en dirección contraria a Malfoy, en su intento por escapar se le rompió un tacón y decidió dejar ambos zapatos atrás. Topándose con que la Sala de los Menesteres había tomado la forma de una especie de sala común. Se acercó a la chimenea y sacó su varita apuntándola al blondo, esta vez no la desarmaría tan fácilmente. Malfoy tenía la cabeza ligeramente agachada, mirándola con intensidad mientras caminaba lenta y amenazadoramente hacia ella, preparó la varita también y se enfrentó a ella.
— ¡Petrificus totalus! —gritó la castaña.
— Protego —respondió con tranquilidad Malfoy, haciendo una elegante floritura de su varita, el hechizo creó una barrera instantánea que reflejó el ataque contra otra dirección.
— ¡Expelliarmus! —el rubio, en vez de repetir el hechizo, sólo volvió a hacer la floritura y volvió a ser protegido por el campo invisible, caminaba hacia ella y ella apenas conseguía moverse entre los muebles para alejarse— ¡oppugno! —haciendo uso del encantamiento que dejó a Ron lleno de picotadas utilizó esta vez los muebles y los lanzó en dirección al joven acosador.
Lo cierto era que Hermione no estaba en sus cinco sentidos y sus reflejos no estaban del todo agudos, se encontraba muy acabada tanto mental como emocionalmente, a Draco le era sencillo evitar sus ataques, ni siquiera era necesario correr.
— Tarantallegra —dijo Draco al fin en un momento en que la impura le daba ligeramente la espalda para pasar entre un sillón y otro, Hermione no alcanzó a rechazar el hechizo. El efecto del hechizo provocó que le bailaran las piernas como gelatina— expelliarmus —con toda la tranquilidad del mundo, salió la varita de la castaña volando por los aires y se acercó a ella peligrosamente—. Finite... incantatem.
El bailoteo de Hermione terminó y se derrumbó sobre el suelo, Draco tomó una de sus manos y la arrastró hasta el sillón más cercano que tenía, Hermione sabía lo que venía y sintió mucho terror.
Entonces, Draco perdió toda cordura, en un intento desesperado por liberar su estrés y frustración, aunado a querer satisfacer su hambre por el sufrimiento ajeno, agarró con brutalidad el vestido que llevaba y le arrancó un pedazo a la altura de las piernas, Hermione gritó con horror, el Slytherin se iba a divertir. Las torneadas piernas de Hermione quedaron al descubierto ante la debilidad de la tela y el rubio sonrió con maldad. Hermione comenzó a llorar.
— No, por favor —musitaba—. Por favor, Malfoy. Por favor... no...
Pero Malfoy no necesitaba correr, la Sala de los Menesteres estaba bajo sus órdenes y a menos que él lo decidiera, la puerta no volvería a aparecer. En su intento por escapar, Hermione quedó esquinada entre una pared y un ventanal que daba al lago, el cual reflejaba la suave luz de la Luna que apenas conseguía penetrar las gruesas y grises nubes que colmaban el firmamento. Hermione se hizo un ovillo en el suelo, llorando desconsoladamente mientras suplicaba por piedad.
— Puedes llamarme Ron, si así lo deseas —siseó con burla. Hermione respingó fuertemente, metiendo su rostro entre las rodillas, mientras las abrazaba con fuerza.
Draco se acuclilló frente a ella y la obligó a abrir las piernas para acomodarse frente a su rostro. Hermione no tenía nada de fuerza y sólo ladeó la cabeza tapándose el rostro con las manos mientras él acomodaba sus rodillas por debajo de sus muslos. Brincó de repente cuando una mano helada de Draco acarició suavemente la cara interna de una de sus piernas. El vestido desgarrado medio cubría la ropa interior de la chica, dejando a la vista la curvatura de su pelvis y las formas de su entrepierna apenas cubierta con un pedazo blanco de tela. Hermione no dejaba de sollozar. Cómo estaba gozando ese momento.
— Si cooperas —habló con voz grave y provocadora—, puede que incluso lo disfrutes.
Hermione no podía oír una voz más mordaz y cínica. Draco arrastraba las palabras dándose un aire sensual que Hermione apenas alcanzaba a distinguir, pero no estaba dispuesta a hacerlo, no quería, no con él... pero el hombre con quien lo haría, seguro ya lo estaría haciendo con otra. Sintió una inmensa desdicha, un dolor intenso en la boca del estómago, sufría... hacía cuánto que deseaba sus besos, sus caricias, y él... simplemente se las daba a otra, como si fuera cosa de todos los días. Para Hermione era importante, ella había querido guardarse para él, pero de la manera en que la relación entre Ron y la estúpida de Lav-Lav iba, una triste sospecha se asomaba entre las conclusiones que alcanzaba a sacar, lo más posible era que ellos ya hubieran sucumbido ante los queveres del hedonismo.
Sin previo aviso, Draco la agarró por el trasero y la levantó cargándola hasta quedar él de pie y ella aplastada contra la pared con las piernas en el aire, lanzó un grito de sorpresa y antes de que se diera cuenta, Draco ya besaba sus labios con ansiedad y apremio. Sentía que se caía por lo que afianzó sus piernas alrededor de la cintura del rubio y enganchó las manos a sus hombros. Draco sonrió, sabía que su intención no era poner de su parte, pero las circunstancias la ponían entre la espada y la pared, y eso sólo colaboraba a excitarlo.
Sin embargo, aunque Draco sufría por dentro, eso no lo eximía de ser un cruel y frívolo ser, para entonces ya conocía la debilidad de la muchacha y no dudó ni un segundo en aprovecharse de ello, puesto que eso ayudaba aumentar el placer. Separando ligeramente sus labios de la apretujada boca de Hermione, la miró con un reflejo de impetuosa perversidad en los ojos y le dijo:
— ¿O preferirías llamarme... Won-Won? —sonrió de lado mientras fruncía el ceño con guasa.
Hermione, que hasta ese momento intentaba empujar los hombros de Malfoy para alejarlo de ella y lo miraba de reojo con la cabeza de lado, se volvió de pronto como de trapo. El rubio la embistió mientras besaba su cuello y se reía al mismo tiempo por lo bajo, disfrutando el momento, disfrutando de su dolor. La chica se dejó hacer por un rato, ensimismada, con los brazos colgados sobre los hombros de Malfoy. El rubio lamía y mordía, a veces suave, a veces agresivamente, desde su cuello hasta el inicio de sus pechos aún protegidos por el vestido y el sostén carente de tirantes. ¡Pero qué delicia probar esta carne! Tenía una piel tan suave, que a la menor succión hacía florecer una mancha roja sobre ella, era como marcar su territorio.
Rió para sí mismo, su territorio, claro...
