LUJURIA

Aioria acostumbraba visitar a Marin en las noches, para conversar sobre el progreso de Seiya en su entrenamiento. En realidad, no confiaba mucho en el chico enviado por aquella fundación japonesa, debido a su comportamiento rebelde y perezoso. Pero según la amazona de plata, confiaba en él, pues era un diamante en bruto. Una ventaja es que ya venía preparado, según pudo notar al principio.

Observó que la cabaña estaba a oscuras. Extrañado, decidió acercarse y al ver por la ventana, sólo pudo encontrar al pequeño aprendiz durmiendo profundamente, después de una dura sesión de ejercicios. Pero Marin brillaba por su ausencia. ¿A dónde iría a estas horas? Decidió ir a buscarla, pensado que quizás estaba practicando o meditando en alguna parte, cerca de la playa, como hacía en su tiempo libre.

Su búsqueda no duró mucho; llegó cerca a un estanque de agua rodeado de columnas, que fue parte de un pequeño templo en honor a Hestia; las amazonas y sus aprendices lo habían tomado para sus reuniones personales con el consentimiento del Patriarca, pues doscientos años atrás había muerto la última de las sacerdotisas del templo, dejándolo al Santuario de Atenea como un pequeño legado, a cambio de no dejarlo convertido en ruinas. Un canal proveía al estanque de agua pura.

Y ahí, bajo la luz de la luna llena, encontró a la amazona de plata tomando un baño.

- ¿Marin?

Por primera vez, Aioria vio con sus propios ojos la verdadera figura de la amazona más misteriosa de todas. Su piel era blanca, tersa, pese a que tenía algunas cicatrices; su cuerpo era admirablemente moldeado, resultado del entrenamiento que realizó para llegar a ser lo que era ahora. Pero lo que lo dejó realmente pasmado era la finura de su rostro, junto con sus bellos ojos azules, del tono del mar mediterráneo. Su belleza, oculta bajo una máscara de metal, era incomparable.

La caída de una roca delató su presencia; Marin volteó y sintió el terror apoderarse de ella al ver al santo dorado. Fue en un corto lapso de tiempo que sus miradas se cruzaron, mientras una vorágine de sentimientos encontrados, el amor y el miedo, los envolvía completamente. Sin embargo, la vergüenza de la amazona, manifestada en un grito, los hizo reaccionar.

- ¡Marin, espera! ¡Fue un accidente! – exclamó Aioria mientras ella salía apresuradamente del estanque y se cubría con un lino blanco.

- ¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste? ¡No tienes perdón, Aioria! ¡Recuerda la ley de las Amazonas!

- ¡Por favor! Te aseguro que esto tiene una explicación – el dorado intentaba acercarse para tratar de convencerla – Estoy tan sorprendido como tú…

- ¡Aléjate de Mí! – Marin sollozaba retrocediendo, cubriendo su rostro con una mano y totalmente dominada por el dolor y la vergüenza - ¡Estoy perdida! ¡Debería matarte, pero no puedo! ¡No contra un santo de Oro!

Pero Aioria logró asirla de un brazo con suavidad y atrayéndola hacia él, la abrazó con dulzura. Marin se quedó impávida, con las palabras trabadas en su garganta y derramando lágrimas.

- Lo comprendo – dijo él – La ley, el juramento, el castigo. No te preocupes, no tendrás por qué hacerlo, porque será nuestro secreto. Nadie se enterará y trataré de fingir que esto nunca pasó…

- El problema es – respondió Marin con la voz quebrada – Es que este tipo de cosas no se pueden hacer. La ley es clara… O te mato o te amo…

La amazona vio a Aioria directo a sus ojos.

- Y no tengo el poder suficiente para matarte.

Era inevitable. Ambos lo sabían y por eso, Aioria dejó que ella fundiera sus labios con los suyos; no pudieron contener sus impulsos por más tiempo, pese a que trataban de controlarse. Pero no había vuelta atrás…


Marin despertó. Tanto ella como su amado se habían quedado dormidos, aunque aún no amanecía. Sabiendo lo que implicaba si alguna de sus compañeras se acercaba, se vistió rápidamente y se colocó su máscara de metal. Luego, desapareció del lugar. Cuando Aioria despertó después, se percató de su soledad. Después de colocarse sus vestiduras, caminó de vuelta hasta los alrededores de la cabaña y vio a la amazona controlando los ejercicios que hacía Seiya. Parecía como si nada hubiera sucedido.

El santo de oro simplemente suspiró y se marchó hacia el Santuario. No pudo percatarse que Marin se había quedado mirándolo a través de su máscara. Luego bajó la cabeza y reaccionando, siguió a su joven aprendiz mientras se ejercitaba.