GULA

- ¿Qué rayos? ¡Por Atenea!

Shion no daba crédito a lo que veía. Un niño de cabello castaño alborotado, ojos traviesos, cuyas vestiduras delataban su origen extranjero, más bien chino, comía tranquilamente una de los duraznos consagrados a la diosa, que traían las doncellas para venerar a la diosa de la sabiduría. Indignado, se arrojó contra aquel insolente, arrojándolo al suelo, sosteniéndole con dureza la cabeza y haciéndole botar la fruta.

- ¡¿Cómo te atreves, extranjero?! ¡Aunque tus creencias son distintas a las de aquí, este recinto es sagrado y no tienes ningún derecho a ser sacrílego!

- Pero si yo sólo tenía hambre – masculló el joven en chino, idioma que entendía Shion, ya que su maestro lo llevaba a menudo a lugares remotos, entre ellos, varias aldeas de aquel país oriental.

- ¿Hambre? ¡Eso no justifica tu falta de modales! ¡Eres un grosero! ¡Mereces la muerte! – le increpó el joven lemuriano.

- ¡YA BASTA! – una voz resonó en todo el templo, mientras Shion liberó rápidamente a su prisionero y se puso de rodillas.

Era nada menos que el Patriarca, quien venía acompañado de quien fuera su maestro, un hombre de cabello rojizo, ojos verdosos y dos manchas en formas de puntos en la frente, de apariencia adusta pese a su juventud, portando en su cuerpo, la armadura dorada de Libra con su capa de lino ondeándole a las espaldas.

- Espero, joven Shion, que tengas una buena explicación para este comportamiento tan bochornoso en este lugar.

- Gran Patriarca, yo… yo… - titubeó el aludido mientras se inclinaba de rodillas en señal de respeto. Mientras, el joven chino se encontraba tan confundido que se había quedado ahí, impávido.

- …Quería decirle – comenzó Shion, mirando con nerviosismo a sus superiores – que yo encontré a este extranjero cometiendo sacrilegio en el altar, tomando los frutos de la cosecha que habían sido consagrados a la diosa Atenea. Yo, en mi condición como aspirante, me di cuenta que debía detenerlo enseguida, antes que continuara con su falta.

- ¿Y por qué no llamaste a mí o a Azun? – preguntó el patriarca – Bien sabes que los actos de violencia dentro de este lugar están totalmente prohibidos, así no conlleve un derramamientos de sangre. Lo lamento por una persona que ha sido un brillante alumno en el Santuario, pero no tengo más remedio que castigarte.

Y luego la mirada oculta del patriarca se dirigió al joven chino.

- Tu nombre, muchacho.

- Dohko, señor – susurró el aludido, tembloroso.

- Me imagino que viniste con Shen Feng, el minero que siempre nos trae materiales para la reparación de las armaduras. ¿Verdad?

- Soy su asistente, señor.

- Pues bien, viendo que en tu total ignorancia, has quebrantando una ley sagrada en este lugar, tienes dos caminos para ti: Quedarte a expiar tu falta, quedándote en el Santuario y convirtiéndote en un guerrero santo al servicio de Atenea o simple y llanamente, la muerte.

Semejante dilema tomó por sorpresa a ambos muchachos. El uno, el lemuriano, porque no sentía precisamente en ese joven chino, aptitudes para siquiera convertirse en un guardia del Santuario y el otro, porque por un durazno se encontraba en un callejón sin salida.

- ¿Y entonces? – preguntó el patriarca, rompiendo el silencio.

- Yo… Acepto quedarme aquí, señor – dijo Dohko con resignación.

- Bien, siendo esta la decisión… Azun de Libra.

- Si señor, - el santo dorado se inclinó delante del Patriarca.

- Escúchame con atención: De ahora en adelante, serás tú quien eduque a este jovencito, para que se convierta en aspirante a santo de oro.

- Si, señor.

- Y en cuanto a tu castigo, Shion, por traer la violencia en un lugar sagrado, es que ayudarás a Dohko en su entrenamiento, como compañero. Si Azun le da las bases a su nuevo alumno para ser un santo, tú se las reforzarás. Eres uno de los aspirantes más aventajados y en ti, reside la sabiduría de los lemurianos, los sobrevivientes de la Atlántida.

Shion reprimió su ira, bajando la cabeza.

- Lo que usted ordene, patriarca.

El representante de Atenea se retiró, mientras el santo de Libra permaneció ahí, silencioso, mientras Dohko permaneció sentado, sin decir una palabra. Sin embargo, Shion se levantó, dirigiéndose a su maestro, hecho una furia.

- ¡¿Maestro, cómo pudo dejar que esto pasara?! ¡Es sólo un chicuelo, no siento ninguna estrella protectora en él! ¡No ha sido bendecido por las estrellas! ¡No sirve para ser un san…!

- Aunque tú no lo creas, Shion, yo era como él. Pensaba que mi vida no iba a ser más allá de ser un pobre campesino en una aldea entre los límites de China e India, hasta que mi maestro, quien es ahora el gran Patriarca, encontró en mí algo que yo ignoraba tener completamente. De ese día han pasado veintitrés años… Y ahora, se ha vuelto a repetir la historia, aunque quien sabe cuántas veces ha sucedido así.

Azun se dirigió hasta la salida.

- Los espero a ambos en Star Hill.

Cuando el santo dorado se fue, Shion se sintió muy mal. ¿Realmente su visión del mundo y de las personas era tan egoísta, que no veía más allá? Había sido una lección un poco… inusual. Pero demostraba que aún tenía mucho que aprender, demasiado…

Miró a Dohko; se acercó, extendiéndole una mano.

- Levántate, tenemos que irnos.

- ¿Entonces somos amigos? – preguntó el joven chino inocentemente.

- Veremos después – dijo el lemuriano con una sonrisa – Aunque no te hagas muchas ilusiones.

Y los dos abandonaron el lugar.