ORGULLO
La amazona de Ofiuco sabía perfectamente que su presencia no era grata en ninguna de las Doce Casas. Pero la situación que atravesaba el Santuario en estos momentos, era más que una justificación para solicitar ayuda a los santos de oro. Como le había comentado algunos guardias, el Patriarca había enviado a Milo de Escorpión y Aphrodite de Piscis para castigar a los rebeldes de la Isla Andrómeda, lo que indicaba que ya la guerra sagrada ya no era un "juego de niños", como habían dicho Phaeton antes.
-Estoy segura, él aceptará – dijo Shaina cuando se dirigía a una casa en especial; la segunda casa de Tauro.
Finalmente, llegó hasta el umbral y pudo avistar a Aldebaran, el señor de la casa, sentado en su rústico asiento, un bloque de mármol, que consideraba el mejor sitio para descansar o meditar después de su entrenamiento. Pero él ya había sentido la presencia de la amazona de plata incluso antes que llegara a su recinto.
-¿A qué has venido, Shaina? – preguntó con recelo – Si estás aquí, es porque debe ser algo muy grave.
-Aldebarán de Tauro – la amazona entró a la casa, con paso seguro y luego prosiguió – He venido con el único propósito de solicitar su ayuda en esta guerra contra los santos de bronce, que han traicionado a Atenea, al rebelarse contra la autoridad suprema del Santuario.
-¿Cómo es eso? – preguntó el santo dorado sin moverse de su sitio.
- El Gran Patriarca ha enviado a varios de mis compañeros a castigar a esos guerreros, por su deslealtad e insolencia, más al reconocer a una chiquilla millonaria como la reencarnación de Atenea; como habrás oído, increíblemente han sido derrotados.
Luego, Shaina se levantó y apretó los puños con firmeza.
-¡Por eso, le pido a usted que me acompañe a Japón, para acabar con esos santos miserables y así, restablecer de una buena vez, la paz en el Santuario!
Aldebaran no respondió; después, soltó una carcajada que retumbó por toda la casa.
-Shaina… No me digas que ya te rendiste en tu propósito de vengarte del tal Seiya. Y no puedo creer que los santos de plata sean tan ineptos, que no pudieron vencer a unos niños con armaduras endebles.
-¿Qué ha dicho usted? – preguntó la amazona de plata, sorprendida por la respuesta.
-Lo que oíste, Amazona de Ofiuco; no iré a realizar una labor tan risible, como derrotar a unos mocosos, que sólo han tenido suerte en sus batallas. No me involucraré en luchas que no valen la pena. – luego se puso de pie y caminó hasta pasar de largo de donde estaba Shaina – Además, si no me equivoco, el Patriarca ya envió a Aioria de Leo para que cumpla esa misión. De todos, fue el único que aceptó, porque está dispuesto a hacer lo que sea, para lograr el perdón del Santuario para él y su hermano traidor.
Aldebaran suspiró burlonamente mientras Shaina trataba de contener su ira.
-¡Pero señor! – le repuso la amazona - ¡La situación se está saliendo de control y Phaeton ha caído en la desesperación, temiendo un castigo terrible! ¡En cualquier momento…!
-¿Por qué no vas mejor y alcanzas a Aioria, en vez de quejarte tanto? – le interrumpió el santo de Tauro – Sería bastante humillante que él hiciera todo lo que tú no has podido, con el hombre que más odias en este mundo. ¿O me equivoco?
Esas palabras fueron la que le dieron punto final a la conversación, pues Shaina no tuvo más remedio, que marcharse inmediatamente de la casa. Su intento de convencer a Aldebaran había sido infructuoso y derrotada, no le quedaba más que irse a Oriente y cumplir su propósito.
Odiaba pensar que el santo dorado de Tauro tuviera la razón.
