Pequeño el cap, no se aburrirán, tal vez incluso los haga reír D.
NUNQUAM
Memorias de las serpientes
Capítulo II: De menosprecio y estupefacción
El señor Malfoy caminó por los conocidos pasillos de Hogwarts hasta llegar a las mazmorras que llevaban a los salones de pociones, las oficinas y sala común de Slytherin. Era aproximadamente el medio día y el movimiento estudiantil aún era abundante.
La figura del señor Malfoy era bastante imponente, era alto y acostumbraba vestir túnicas oscuras y tétricas, pero elegantes. Su lugar en la sociedad lo demostraba con toda su imagen: tenía un porte inalterable, siempre caminando derecho y con el rostro erguido; al mirar a las personas más bajas de estatura, no se forzaba a bajar la barbilla, sino que dirigía miradas de superioridad; su vestimenta impecable, y de una indudable calidad demostraban su riqueza; su cabello rubio peinado totalmente hacia atrás con un mínimo mechón que había escapado de su posición que se le colaba sobre la frente y le daba un aire juvenil. Todo él, con su voz, su mirada y su porte, dejaba una sensación de sorpresa y de incomodidad; si lo que quería era hacerte sentir inferior, entonces lograba su cometido.
Pronto se topó con algunos chiquillos de slytherin y les preguntó por el jefe de la casa, al principio se mostraron un poco temerosos, terminaron por responder que se encontraba en el aula de Defensa Contra las Artes Oscuras. Sin dudar ni un momento, que podrían haber modificado la ubicación del aula, se dirigió al sitio que siempre conoció como tal. Al entrar, algunos alumnos seguían dentro platicando y recogiendo sus cosas, al fondo, borrando el pizarrón de manera muggle, se encontraba una mujer de no más de 25 años. Una extraña sensación recorrió la espina dorsal del señor Malfoy, ¿cómo podía esta escuincla ser jefa de la gran y honorable casa de Slytherin? ¡Y con eso no tenía! Porque además, la muy libertina llevaba puesto un pantalón verde militar aguadísimo y una playera negra que dejaba sobresalir un poco su abdomen, traía puestas unas botas negras de uso rudo y tenía el cabello castaño totalmente recogido con lo que parecía... ¿un pincel? (a manera de palillo chino).
— ¿Es usted la jefa de Slytherin? —preguntó poco o nada cordialmente.
La muchacha lo ignoró y siguió borrando el pizarrón. ¡Pero qué falta de respeto!
Una vez que hubo terminado se sacudió las manos y volteó hacia él, entonces el señor Malfoy notó que la muchacha usaba gafas que carecían de armazón y que tenía los ojos marrón oscuro, su piel no era totalmente blanca y lucía muy tersa, además tenía un rostro bastante hermoso. Por algún recóndito lugar de su cerebro, una señal de alarma le indicó que su rostro le era familiar, quizá se la había topado en Gringotts siendo ella una clienta. ¿O tal vez...? No, no podía ser alguna de sus amantes, ¿o sí? ¿Tan infame era que además de nombres también olvidaba rostros?
Ella lo miró detenidamente, y después de unos segundos de examinarlo descaradamente de arriba abajo, decidió responder.
— ¿Qué desea? —preguntó con cierto dejo de fastidio en la voz, y ésto sacó al señor Malfoy de sus pensamientos.
— Tengo un problema y deseo que se me resuelva cuanto antes —aseveró el aludido.
La muchacha no hizo ningún ademán, y posteriormente le indicó que subiera las escaleras hacia la oficina. El señor Malfoy la siguió y en cuanto estuvo dentro se sentó en una de las sillas que residían frente al escritorio, aunque esto no le sirvió de nada puesto que la muchacha no se sentó, al entrar comenzó a caminar de un lado a otro con lentitud, como quien espera a que le expliquen sus problemas. Al señor Malfoy, esto le pareció una falta de respeto, porque la muchacha ni siquiera le dirigía la mirada.
— ¿Acaso cree que pago la educación de mi hijo para que le enseñen modales como éstos? —arrastrando las últimas palabras y otorgándole una mirada de desprecio la señaló como todo un juzgador.
La chica paró en seco, volteó a verlo y le dirigió la mirada desdeñosamente.
— ¿Modales? —preguntó con sarcasmo—. ¿Y qué me dice de usted? —el señor Malfoy levantó el rostro y una ceja sin saber a qué se refería—. Llega a esta escuela, sin el permiso ni la cita previa de la directora; se pasea por los pasillos como si tuviera ese derecho; se dirige a mí como si fuera un ser inferior; y por si fuera poco, sus maneras no son las adecuadas —hizo una pausa, pero antes de que el señor Malfoy pudiera alegar continuó—. Cuando se conoce a una persona nueva, lo adecuado es presentarse uno mismo y posteriormente preguntar por el nombre del otro, o dígame ¿A caso sabe usted quién soy yo? ¿Cómo me llamo? ¿Si quiera está seguro de que soy yo la jefa de Slytherin? Porque podría ser una alumna cualquiera y haberlo traído aquí sin ninguna razón tomándole el pelo —el señor Malfoy quedó estupefacto, quería desbordar una serie de palabreríos para contrarrestar el ataque, pero las palabras simplemente no saldrían de su boca—. Para empezar, estoy casi segura de que usted ni siquiera conoce el nombre del Jefe o Jefa de la casa Slytherin. Ahora bien, señor, no me interesa quién es usted hasta que realice el protocolo de manera adecuada: si tiene algún problema, debe pedir una cita con la directora, una vez con la directora ella le indicará lo que procede, pero JAMÁS, y escúchelo bien, JAMÁS debe pasar por encima de ella e ir directamente con un profesor. Ahora, si me disculpa, tengo cosas más importantes que hacer que atender a un padre de familia impertinente —y así, sin más, salió de la oficina hecha un rayo.
El señor Malfoy entró en un estado catatónico, estaba furioso e inmóvil. Lo único que pudo hacer fue tragarse su coraje y hacer como la chica le había indicado, ir con la directora McGonagall.
Caminó con paso firme y decidido, casi presuroso, hasta la conocida estatua que residía ante la entrada de la oficina del director. Su mente era un revoltijo de ideas, estaba enojado, sí, pero la verdad es que quizá se lo merecía, porque era un maldito miserable que rara vez pensaba en los demás, y ¡oh, qué razón tenía aquella mocosa! Debió haberlo supuesto, seguro no era más que una alumna obligada a borrar el jodido pizarrón sin magia, después de todo, él era Draco Malfoy, jefe del departamento de Administración de Gringotts, ¿quién sino un ignorante se atrevería a hablarle de esa manera? Porque encima de todo, algunos profesores del colegio le conocían ya desde sus épocas de estudiante, ¡pero claro! Algunos deberían ser de su generación y el resto eran vejestorios podridos andantes, ¿acaso era un idiota? ¿cómo pudo siquiera pensar que esa chiquilla podría ser no sólo profesora, sino la jefa de una casa, y no de cualquier casa, de la honorable y bien ponderada Slytherin? Había que ser un verdadero imbécil.
Al llegar, un problema se presentaba en su cometido, no sabía la contraseña de entrada. Fue casi una suerte que a los 5 minutos de estar meditando frente a la estatua, llegó el profesor Longbottom, en otros ayeres, este ser hubiera ameritado una burla catastrófica embarrada de sarcasmo tipo "¿si acaso algo permanece en tu cerebro, cabrá la posibilidad de que recuerdes esta mugrienta contraseña?", pero el señor Malfoy se calló sus palabras y optó por una actitud más civilizada y madura, que a su edad era la más adecuada. Sin embargo, no hizo falta que pidiera ningún favor, porque el profesor Longbottom tuvo la iniciativa.
— Buenos días, Malfoy. ¿Vienes a hablar con la profesora McGonagall? No hay problema, yo sé la contraseña —el profesor Longbottom sonrió ampliamente como quien no guarda rencores a su pasado castigador, el señor Malfoy se limitó a hacer una mueca que aparentaba ser de agradecimiento y posteriormente el profesor se encargó del resto—. Strudel de manzana.
Al señor Malfoy siempre le había parecido ridículo todo lo referente a contraseñas de Hogwarts, sobre todo las de la entrada a la dirección, ¿quién decidía qué poner como contraseña? Sea quien fuere, debía ser un auténtico payaso.
El profesor Longbottom subió pronto por las escaleras giratorias, y lo siguió el señor Malfoy. Al llegar arriba, el profesor sólo recogió unos documentos que residían en un escritorio afuera de la oficina del director y se dirigió de nuevo a la salida.
— Creo que tendrás que esperar —espetó con calma y señaló una especie de lámpara que estaba posada del lado derecho de las puertas, había otra idéntica del otro lado, pero las caracterizaba el hecho de que su fuego era de color amarillo canario—, cuando se pongan verdes podrás entrar —¡Pero qué estupidez! Ahora se sentía como en la carnicería, teniendo que esperar a su turno, cada vez habían más cosas que le ponían los pelos más de punta—. Cuando está en rojo significa que tardará bastante, tienes suerte de que no lo está —con estas últimas palabras bajó de nuevo por las escaleras giratorias y desapareció.
Quizá unos 10 minutos después fue que por fin se pusieron las lámparas de color verde, y al mismo tiempo se abrían las puertas dando paso a la joven que el señor Malfoy habían conocido previamente. ¡Ah, pero qué desdicha toparse con ella otra vez! Se dedicaron una mutua y rápida mirada de desprecio y suficiencia, mientras caminaban en sentidos contrarios. El señor Malfoy recordó aquella incómoda sensación que sufría cada vez que pasaba junto al trío de oro en los pasillos de la escuela.
Se adentró a la oficina y observó a la profesora McGonagall que se encontraba parada examinando algún artefacto de la habitación, no tardó demasiado en notar su presencia y le dedicó una sonrisa de bienvenida.
— Señor Malfoy, bienvenido sea usted, no estábamos preparados para la visita de un egresado y padre de familia, debió avisar antes de su llegada —el señor Malfoy torció los labios—. Imagínese, si llegaran los padres de familia así de la nada cuando estamos en las épocas más ocupadas del año, nos sería imposible atenderlos, es por eso que pedimos que nos avisen con tiempo —al señor Malfoy, más que una sugerencia, eso le pareció un reproche, pero no estaba dispuesto a discutir de ello en ese momento, tenía asuntos más importantes que atender.
— Gracias por la bienvenida, profesora McGonagall, no cometeré la misma falta otra vez —la profesora McGonagall intentó aclarar algo que el señor Malfoy impidió porque siguió hablando—. Sin embargo, vengo aquí para resolver un asunto de carácter urgente.
— Oh, ya veo. Tome asiento señor Malfoy.
— No hará falta —ante su gran fastidio, descubrió y analizó que de cualquier manera lo mandaría con el jefe de Slytherin, no cabía duda, así que sería mejor hacerlo de la manera más rápida—. Vengo con el motivo de averiguar algo que a mi esposa le tiene preocupada, sobre nuestro hijo —la profesora McGonagall meditó por unos momentos y en seguida atestó:
— Muy bien, para resolver su disyuntiva, debo pedirle que acuda a pedir la ayuda de la Jefa de la casa de su hijo, que indiscutiblemente es Slytherin —el señor Malfoy se limitó a seguir mirándola sin intenciones de responder, ¡por Merlín que eso ya lo sabía! Lo tenía previsto tan inconscientemente que había intentado contactar con el Jefe de Slytherin sin tener que molestarse en ir hasta la dirección y toparse con la molesta vieja chocha—. Bien pues, la señorita Valeska Vablatsky es la Jefa de la casa de Slytherin, y es la profesora de Defensa Contra las Artes Oscuras, ya debe saber dónde se halla su oficina, ¿o me equivoco? —la profesora McGonagall no pudo evitar mostrar sus intenciones de alejarse del señor Malfoy lo antes posible, él lo sabía, esta mujer JAMÁS había sido de su encanto y evidentemente ella le guardaba reciprocidad, hasta la fecha.
— De casualidad —comenzó el señor Malfoy, con algo de desgana y fastidio previendo la respuesta—, esta mujer de la que habla, ¿no es la que acababa de salir de su oficina? —entrecerró los ojos y observó con cuidado los labios de la profesora, que en ese momento pronunciaron un simple:
— Precisamente —¡Imposible! ¡Esa malcriada escuincla andrajosa no podía ser Jefa de la casa de Slytherin! ¡Pero qué deshonra! ¡Slytherin no podía caer más bajo! ¡Decidido! ¡Cambiaría a su hijo de inmediato a Durmstrang, que seguro era mucho más conveniente que esta pinchurrienta escuela! El señor Malfoy salió hecho una bala, apenas logró pronunciar un "Gracias" que la profesora McGonagall con trabajos alcanzó a escuchar.
— ¡Ya estuvo! —gritó con exasperación al entrar por la puerta de la oficina de Defensa Contra las Artes Oscuras— ¡Se ha burlado de mí! ¡¿O es que acaso no tiene idea de quién soy?! —observó con detenimiento a la joven que estaba postrada en el sillón con los pies recargados sobre el escritorio, ¡pero qué desaliñado y desgarbado ser! La joven bajó los pies con lentitud y se colocó con la espalda totalmente recta, apoyó los codos sobre el escritorio y unió las manos, sobre sus manos apoyó el mentón y lo observó con diversión, sonriendo de manera sublime aclaró:
— Claro que sé quién es —hizo una pausa que al señor Malfoy le pareció eterna, ¡pero qué atrevimiento! Dirigirse a él de esta manera, casi burlándose de él—. Usted es rubio platino, blanco como la nieve, viste como un rico y tiene la actitud de un aristócrata demasiado atendido, seguro es un Malfoy —el señor Malfoy abrió la boca varias veces para objetar, pero la joven le ganó—, y no cualquier Malfoy, usted debe ser el padre de mi Scorpius —y pronunció más su sonrisa, aunque esta vez parecía una sonrisa sincera de verdad. ¿"Mi Scorpius"? ¿Acaso estaban en una guardería?—. Es un niño bastante atento, muy inteligente diría yo, debió heredarlo de usted, sin duda —la mente del señor Malfoy estaba en blanco, ¿qué rayos pretendía esta jovenzuela insulsa? —. También se exaspera con facilidad, aunque cabe aclarar que eso sólo puede conseguirlo una persona de esta institución. De ahí en fuera es bastante frívolo y cruel, pero estoy segura que dentro de sí guarda un buen corazón —muy bien, ahora sí estaba estupefacto, ¿acaso pretendía insinuarle que sabía cosas que ni él sabía de su propio hijo? —. Él está viviendo bastante tranquilo y feliz, me pregunto... ¿qué problema podría tener para que amerite una visita sorpresa de su importantísimo y ocupadísimo padre?
Después de varios minutos, el señor Malfoy recobró la compostura, así que después de todo no era una completa idiota. Se pasó los dedos por el cabello y su mechón escapó de nuevo entre ellos hasta quedar en la posición en la que siempre estaba, respiró hondo e hizo un ademán hacia la silla de enfrente del escritorio, como preguntando si podía sentarse. La joven hizo lo propio indicándole que no había ningún problema y lo miró fijamente.
— Gusto en conocerla, profesora Valezka —intentando ser cortés y empezar de cero, hizo uso de su galantería, tan útil al conocer alguna mujer, aunque su aire de superioridad era insuprimible, estiró la mano para estrecharla con la de la de ella y ella accedió al saludo—. ¿Le importa si la llamo por su nombre?
— En absoluto —aseveró con calma sin dejar de mirarlo con recelo.
La profesora Valezka lucía como toda una mujer de armas tomar, de eso no cabía duda, por lo que el señor Malfoy optó por fingir algo de decencia para que no volviera a sermonearlo como si fuera un adolescente de 15 años.
— Bien pues, mi esposa, Astoria, me ha comentado que está preocupada por algo que ha estado sucediendo aquí, en la escuela, de un tiempo para acá en este curso.
— ¿Y... por casualidad tiene idea de qué es? —aunque la profesora Valezka conocía la respuesta a esa pregunta, prefería no parecer descortés, después de todo, el señor Malfoy se estaba esforzando por fingir ser una persona educada y civilizada. El rostro impávido del señor Malfoy reflejó algo de desconcierto, es verdad, no tenía ni la más mínima ni remota idea de cuál era el problema, su esposa simplemente le había dicho que había algo y él inmediatamente vino para resolverlo, ya fuera con dinero o imponiéndose contra algún buscapleitos, no para averiguar qué era, ahora tendría que hacer ambas.
— Esperaba que usted pudiera orientarme —la profesora Valezka se quedó inmóvil, aparentemente ella no sabía que hubiera algún problema evidente, además, era tan joven que se sentía incómoda de que un cuarentón le hablara de "usted"—. Verá, mi hijo nos contacta vía lechuza a menudo y algo que mencionó en sus cartas alteró a mi esposa, pero... —hizo una pausa donde denotó que estaba perdido con respecto al tema.
— No sabe qué hay en esas cartas —completó la profesora Valezka, el señor Malfoy no tuvo de otra más que poner cara de idiota, incluso se le coloreó mínimamente el rostro, ¿qué otra cara podía poner? No podía expresar frialdad porque parecería que no le importaba su hijo—. Bien, qué le parece si trae las cartas, y las analizamos aquí, los dos juntos —resolvió por fin la profesora, no era del todo de su agrado el hecho de tener que convivir con el señor Malfoy, pero ella sí tenía un lado humano bastante amplio y si había algún problema con sus alumnos, entonces haría lo posible por ayudarlos.
Así pues, con la cara cayéndosele de vergüenza, el señor Malfoy constató una cita para la siguiente semana, asegurándole que traería las cartas del joven Scorpius, para buscar qué era lo que había alterado a su esposa. Sin más, la semana transcurrió bastante tranquila, las clases seguían su curso normal en las cosas y la profesora podía llevar a cabo la petición que le había hecho a la directora McGonagall el día que conoció al señor Malfoy: llevar a los alumnos de tercero a una práctica de campo, en el bosque prohibido.
