Muchísimas gracias por sus reviews, CAAAR:), Giselle Lestrange efectivamente veremos más sobre la inquebrantable amistad Slytherin más adelante, LunaRoja no sé si habrá algo entre la profesora Valezka y el señor Malfoy, habrá que seguir leyendo y dejando comentarios para saber jaja, y sobre James casi no escribiré porque los personajes principales son otros, pero tal vez sepas un poco de él cuando sea Navidad =]. Insisto, muchas gracias por los comentarios, mientrás más comentarios, más ganas de escribir, ¡créanme!
EDIT [29·dic·08]: Corregidos algunos errores ortográficos y la ridícula palabra "Psicosis" que estaba hasta abajo y que no tenía nada que ver, perdón!
NUNQUAM
Memorias de las serpientes
Capítulo III: De secretos y demencia
La puerta de la enfermería se azotó sobre la pared con fuerza, al ser empujada por un alteradísimo señor Malfoy. Se precipitó hecha una fiera hacia la cama donde reposaba su hijo Scorpius, quien leía un libro con toda la tranquilidad del mundo. Y ¿cómo no iba a enojarse? Su precioso y único hijo había sido víctima del algún accidente institucional que debería ser pagado caro, por lo menos saldría un animal decapitado.
Madame Pomfrey salió detrás de él tratando de tranquilizarlo, pero nada más que su recuerdo por aquel incidente con el insulso hipogrifo, lo habían alterado más. Malditas fueran las criaturas del idiota grandullón ignorante que jugaba ser profesor, seguro que era culpa suya.
— ¡Scorpius! —vociferó intranquilo— ¿Qué ha sucedido? ¿Quién es el responsable de esta ignominiosa tragedia?
El pequeño lo miró entre desconcertado y asustado, ni siquiera estaba seguro de saber el significado de la palabra "ignominiosa", y su padre estaba hecho un rábano desde el cuello hasta la frente, hasta las manos fuertemente apretadas las tenía enrojecidas, JAMÁS, y que quede claro, JAMÁS lo había vista más enfadado. Y sin embargo, no comprendía por qué su padre se encontraba en tal estado. No supo qué responder, se sentía bien, pero no pensaba que esa fuera la respuesta que su padre estaba buscando.
Y es que, tiempo atrás, cuando el retrasado de Punkbeak, o Buckpack, o como fuera, le había atacado a él dejándolo con el brazo lastimado, su padre había armado un escándalo por ello, al grado de llegar a los tribunales y declarar al infeliz animal sin razonamiento culpable y por tanto, condenado a ser decapitado. Pero la falacia del idiota de Hagrid, de alguna manera había conseguido verle la cara al ministro de magia y hacer que el animal huyera quedando en libertad, que se jodiera. Así pues, el señor Malfoy se sentía comprometido con su propio hijo a reaccionar de esta manera, porque siendo honestos, no había sido para tanto en sus épocas, así que, fuera lo que fuere él se encargaría de armar un problemón nada más oír a su hijo llorar.
Pero Scorpius permaneció impasible. Mirándolo con los ojos muy abiertos, sin saber cómo reaccionar. El señor Malfoy se le quedó viendo expectante hasta que se dio cuenta de que su hijo no sabía qué responder, así que optó por buscar una pregunta más adecuada y concreta. Respiró hondo y lo miró fijamente a los ojos, su enrojecimiento fue decreciendo lentamente hasta que por fin logró articular:
— ¿Cómo te sientes? —preguntó tan calmado como JAMÁS había estado después de hacer semejante coraje. Aunque claro, el señor Malfoy esperaba un "mal", "pésimo", "siento que muero", "¡aaaay!", pero todo lo que obtuvo fue un simple "bien".
El señor Malfoy se quedó sin habla, se quedó en blanco, su CPU se trabó y terminó por apagarse. Logró reiniciar el funcionamiento de su cerebro, cuando escuchó a la puerta de la enfermería abrirse una vez más dando paso a la profesora Valezka. ¡Ajá! ¡Ella debía saber qué había pasado! ¡Descargaría toda su furia sobre esta altanera mujer! Iba a saber de lo que un padre de familia rico, poderoso, con influencias y descontento era capaz.
— Señor Malfoy, lo esperaba en mi oficina —la mujer hablaba indiferente, como si ningún niño con apellido Malfoy residiera sobre la cama de enfrente.
— ¿Sería tan amable de explicarme por qué está mi hijo aquí? —su voz sonó dura y atacante, la profesora lo miró recelosa, como aquella vez que le había soltado la perorata de su vida, eso no podía ser un buen preludio.
— Buenas tardes —saludó con sorna, haciéndole saber que su comportamiento era descortés—. Me alegra que haya venido, por un momento creí que su ocupadísima agenda le impediría volver.
— He hecho una pregunta —insistió. La profesora Valezka lo miró casi con odio, definitivamente este hombre era intratable, ojalá que algún día acabara bañado con aguas negras.
— Padre —comenzó Scorpius, pero su padre levanto una mano hacia él indicando que guardara silencio, mientras mantenía la mirada clavada en los ojos de la profesora.
— Creo que su hijo puede responderle con mayor claridad, después de todo él estuvo en el incidente, qué casualidad, ¿no? —el señor Malfoy no dejó de notar el sarcasmo en su pregunta, y la despreció aún más.
Finalmente, decidió darse por vencido en la batalla de miradas. La profesora Valezka tenía una mirada fría y dura, seguro que no la haría virar la vista hacia ningún otro lado y él, quería una respuesta. Por tanto, volteó sigiloso hacia su hijo e hizo una mueca que le dio a entender a Scorpius que podía hablar.
— Hola, padre —saludó animado—. ¿Cómo estás? —siguiendo el ejemplo de la profesora, Scorpius optó por saludarlo antes de decirle nada. Había pasado demasiado tiempo con la profesora, eso seguro, por lo que el señor Malfoy no tuvo de otra más que responder exasperado.
— Perfectamente —más por dar una respuesta que por decir la verdad, porque en realidad se sentía que le hervía la sangre por dentro.
— Me alegro —respondió, no totalmente sincero, porque sabía que su padre mentía—. Bien pues, en una práctica de Defensa Contra las Artes Oscuras...
— ¡Ah! ¡Su materia! —acribilló el señor Malfoy dirigiéndose a la profesora, quien ni siquiera se inmutó ni le dirigió la mirada, mantenía la vista posada en Scorpius esperando que continuara.
— Pues, nos enfrentamos a un boggart y yo me asusté demasiado, al grado de que resultó que si me pongo muy tenso sufro de hiperventilación — ¿un boggart? ¿un boggart? ¿era un chiste? De menos esperaba a un poltergeist alterando los sentidos nerviosos de su hijo, pero... ¿un boggart? Era una broma de espanto, pésima, él no lo podría tolerar por demasiado tiempo y aún así, sabía que algo tenía que hacer.
— Bien, pues demandaré un procedimiento de investigación sobre sus capacidades como profesora, señorita Valezka —apuntó con fingida calma el señor Malfoy—. Porque es evidente que no es capaz de proteger a un indefenso niño, ni siquiera de un boggart.
— Pero, padre... estoy bien —debatió el pequeño rubio—. Y la profesora Valezka, es la mejor profesora que he tenido JAMÁS.
Esto le cayó como balde de agua fría al señor Malfoy, él esperaba un berrinche, una agonía insufrible, o de menos un enojo dirigido hacia el responsable de la situación. Pero Scorpius era 10 veces más fuerte y 10 veces menos berrinchudo de lo que él había sido a su edad. Estaba decepcionado, hastiado, sorprendido... pero no de su hijo, sino de sí mismo; aquel hipogrifo sólo lo había rasguñado y había chillado más que en todo lo que llevaba de vida por aquel entonces. Por alguna extraña razón, que no podría terminar de comprender, su hijo no era nada caprichoso a pesar de haber crecido y haber sido educado de la misma manera que él.
Con toda la paciencia de la que fue capaz de recuperar, se dio por vencido y terminó por despedirse de su hijo con un simple golpecito en la espalda. El niño seguía leyendo sin siquiera mirar a su padre alejarse hacia la salida. Pronto se vio caminando por los pasillos con gesto ceñudo al lado de la profesora Valezka, quien en todo el camino, no hizo un solo comentario.
Llegaron hasta la oficina de Defensa Contra las Artes Oscuras y tomaron asiento en sus respectivos lugares. La profesora Valezka se quedó mirando pensativa hacia un punto en el infinito mientras el señor Malfoy sacaba las cartas que le había dado su esposa.
— Aquí están las cartas que mi hijo envió a casa —declaró esperando que la profesora reaccionara de su ensimismamiento.
Lo logró, ella dirigió su mirada con tranquilidad hacia el hombre, mientras observaba cómo tendía las cartas, todas amarradas con un listón verde, sobre el escritorio.
— ¿Debería imaginarme que... se ha tomado la molestia de leerlas ya? —preguntó osada, una vez más, sabiendo la respuesta. Pero algo tenía que hacer para hacer reaccionar al señor Malfoy, definitivamente había ahí un problema, y no era precisamente por parte de Scorpius.
El señor Malfoy la miró dubitativo. Su expresión flemática le daba un aire de tiranería y hastío, como si la responsable de leer las cartas fuera la profesora Valezka y no él. Después de todo, la profesora había dicho que revisarían las cartas "juntos", ¿por qué razón tendría que haberse adelantado?
La respuesta mas directa y simple que la profesora le hubiera dado a esa última pregunta, hubiera sido "porque es sobre su hijo", de lo más temerario y verdadero que hubiera sido capaz de decir, pero la pregunta JAMÁS fue formulada al aire porque tanto pregunta como respuesta estaban dadas por entendidas.
— No —respondió simplemente con frialdad—. Soy un hombre ocupado, apenas tengo tiempo de venir aquí y me encuentro con que mi hijo está en la enfermería —aguijoneó excusándose por su conducta y cambiando el tema de manera evidente.
— Sinceramente, no sé qué habrá vivido en su infancia para que un simple boggart pueda representar una figura que le invoque un terror tan magnánimo —esta vez fue el turno de la profesora para responsabilizar a los sucesores del niño de las cosas que le permitían ver, escuchar o vivir.
El señor Malfoy, más confundido que molesto, hizo un esfuerzo por recordar toda la infancia de su pequeño hijo. A decir verdad, Scorpius había crecido en un ambiente bastante tranquilo, Astoria, era una madre encantadora y cariñosa que lo llenaba de besos en cada oportunidad, era muy consentidora y aduladora, muchas veces hasta alcahueta, siempre viendo primero por el bienestar de su hijo. No le permitían jugar con niños que no fueran de su clase social y no le permitían leer libros que no fuera para su edad. Hasta su esposa y él eran discretos, aún cuando su habitación estaba del otro lado de la casa, a la hora de hacer el amor.
¿Qué podría haber traumatizado de esa manera a su hijo? ¿La muerte de su abuelo, quizá? Ni siquiera eran tan cercanos, a diferencia de su abuela, Narcissa, que siempre le hacía segunda a Astoria e incluso tenían una sutil y sobreentendida contienda para ver quién podía amarlo más, otorgándole así una vida repleta de lujos, si cabía más aún.
Así pues, habiendo hecho un rápido análisis de la vida de su hijo, no le parecía que hubiera algo que lo pudiera haber impactado de tal manera. Seguro que había sido en la escuela, quizá por eso Astoria estaba preocupada, porque había algo que tenía intranquilo a su hijo y que se había manifestado el día que tuvo su práctica de Defensa Contra las Artes Oscuras, aunque claro, el señor Malfoy no tenía idea de que había sido llevada a cabo en el bosque prohibido porque, de saberlo, ni la profesora McGonagall se la iba a acabar. No es que tuviera miedo, no, pero el bosque prohibido se llamaba "prohibido" no solo por una, sino por mil razones que fácilmente podría enumerar:
Uno: era gigantesco, hasta un centauro, quienes tienen una excelente orientación, podía perderse en él; dos: estaba repleto de criaturas de la oscuridad, incluso se murmuraba que habían hombres lobo ahí dentro y
mil: él había vivido sus peores experiencias dentro de él, y no esperaba tener que repetirlas o ver a su hijo envuelto en algo semejante.
Sin más resoluciones en su cabeza, que hallar el problema que venía a resolver desde la semana pasada, se decidió a ignorar la sugerencia de la profesora Valezka y la invitó a leer las cartas. La profesora Valezka le propuso que conforme leyera una carta, se la pasara a ella, si es que consideraba adecuado que ella lo hiciera. Por lo tanto, la profesora tenía intenciones de ordenar las cartas con fechas, pero resultó que la señora Malfoy era muy meticulosa y tenía todas las cartas acomodadas en un estricto orden.
Y así sucedió, el señor Malfoy leía una carta y si consideraba que no había nada comprometedor en ella, se la alcanzaba a la profesora Valezka y leía la siguiente, así sucesivamente, hasta terminar. Sorpresivamente, ninguna carta mencionaba cosas indiscretas así que la profesora Valezka tuvo la oportunidad de leerlas todas, llegando así a su conclusión sobre el asunto. Afortunadamente este proceso no había tomado demasiado tiempo porque, por lo visto, Scorpius escribía aproximadamente cada semana, y llevaban apenas tres meses de clases, por lo tanto, habrían no más de una docena de cartas.
— Bien —comenzó como quien está seguro de sus especulaciones—, ¿qué problema detectó, señor Malfoy? —y el señor Malfoy, como si ya estuviera acostumbrado a que le hiciera preguntas retóricas, se limitó a observarla, esperando a que continuara con su perorata.
Evidentemente la profesora ya había hallado algo en las cartas y estaba reprimiendo sus ansias por decírselo y entonces poder humillarlo al restregarle su escasa capacidad de abstracción. Pero el señor Malfoy no reaccionó, y la profesora supo que su cerebro estaba totalmente en blanco.
— En algunas cartas, sobre todo las de un par de meses para acá —hizo una pequeña pausa en la que se reacomodó en su asiento de manera floja y observó hacia el techo—, su hijo, Scorpius, menciona a algunos amigos nuevos que ha formado...
— Ah, sí —la interrumpió—. Un tal Sev y Al, ¿no? —la profesora sonrió con lástima, expresión que el señor Malfoy no pasó por alto.
— Sev y Al son la misma persona —aclaró, el señor Malfoy abrió mucho los ojos, pero no habló—. Y menciona a una segunda persona, una tal Rose, ¿la recuerda? —el señor Malfoy se limitó a asentir con lentitud—, ahí decía que era muy molesta, que apenas podía soportarla, y todo gracias a Al.
Sí, él recordaba eso, en alguna de las cartas, Scorpius decía que la tal Rose había obtenido una mejor calificación en transformaciones y que estaba sumamente molesto por eso, pero lo que no había notado, hasta que lo recapacitó, fue que la mencionaba lo suficiente como para dar a entender que convivía con ella muy a menudo.
— ¿Tiene idea de quiénes son estos tales Al y Rose? —continuó la profesora.
Rose le parecía como a quien no tuvo imaginación al nombrar a su hija, pero aún así no le sonaba para nada, y Al... ¿Alphonse? ¿Albert? Habían muchas posibilidades, y ninguna le parecía familiar.
El señor Malfoy terminaría por ahorcar a la profesora, ¿cómo se suponía que lo supiera? Él no vivía con su hijo, no mandaba fotos y evidentemente era un mundo completamente distinto al suyo, después de todo era la vida de su hijo, no la suya, y lo que sucedía en Hogwarts, se quedaba en Hogwarts. Ni siquiera él contaba a detalle todas las hazañas que había realizado en su adolescencia, entonces, era normal que él, como padre de familia, no estuviera al tanto de todas las cosas que le sucedían a su hijo, ¿o no?
— No, ¿por qué habría de saberlo? —fue su única respuesta, la profesora no soltó su usual sonrisa y se reacomodó sobre su asiento.
— Es bueno saber con quién se juntan los hijos, para saber que no están siendo mal influenciados —le espetó como si fuera la psicóloga escolar y tratara de hacerle ver algo que era obvio—. Pero eso no es lo más importante, pronto, más de lo que se imagina, ya sabrá quiénes son —con voz intrigante y los ojos entrecerrados le dijo sus últimas palabras—. Pero le puedo asegurar que con respecto al tema, su hijo se encuentra con buenas compañías, no tiene por qué preocuparse.
— ¿Entonces... cuál es el verdadero problema? —inquirió anonadado, tanto drama para que le dijera que lo de los amigos no tenía nada que ver.
La profesora respiró hondo y se sentó recta sobre su sillón. Lo miró directamente a los ojos y poco a poco fue borrando su sonrisa del rostro, casi hasta ensombrecérsele.
— Todas las cartas, sin excepción, están dirigidas a su mamá —hizo una pausa, como para que al señor Malfoy le entraran bien todas las palabras, optando así por hablar lento y claro—, en ninguna dice "mamá y papá". Me atrevería a decir que a usted, rara vez lo menciona y eso, porque es evidente que en alguna carta enviada por su esposa, ella lo mencionó a usted; de no ser por eso, es posible que Scorpius no se acordase de mencionarlo, o de preguntar un simple "¿cómo está papá?" —"tun tun, tun tun", el corazón del señor Malfoy comenzaba a palpitar con fuerza—. Además, he podido notar que su hijo no lo llama "papá", o "papi", o "pa" de perdida, sino que se dirige a usted como "padre", con toda la frialdad que esa palabra confiere al que va dirigida cuando la dice un hijo, hoy en día, "padre" ya no es una expresión de respeto, es una expresión de ausencia.
"— Creo, señor Malfoy, con todo el respeto que se merece, que usted ha dejado de lado a su hijo y que él apenas lo ha notado, como si creyera que el hecho de que su padre es distante, fuera normal. Lo tiene a usted en un lugar inalcanzable, y al mencionarlo a usted, refleja cómo es que usted lo ha tratado desde hace tantos años: con frialdad y lejanía, como si fuera un extraño que simplemente vive con él y con su madre.
"— Sin embargo, no sé si es muy osado de mi parte contemplar que usted ha sido conciente de ello todo este tiempo. Y que lo ha hecho con el propósito de mantener una frágil relación con su hijo, evitando que éste se encariñe de usted, de esta manera, él no sufriría demasiado si usted se apartara de él —la profesora Valezka hizo una pausa que se sintió sepulcral—. Señor Malfoy, ¿teme morir?
La cara del señor Malfoy se heló, ¿quién demonios era esta mujer? ¿por qué se atrevía a hacer suposiciones de ese tipo? ¿con qué derecho podía deducir situaciones a través de las acciones de las personas? Y entonces, la mirada fría y expectante de la profesora le recordó esa sensación de familiaridad, un horrible estremecimiento de no querer recordar a nadie, de mantener la esperanza de no haber conocido a esta persona antes JAMÁS.
Pero inevitablemente su mente trabajaba a mil por hora tratando de recordar, ¿sería una espía? ¿y si sí era una de sus amantes, y había regresado para vengarse de él? ¿qué se suponía que hiciera? A todas se lo había dejado claro: no eran más que eso, amantes, zorras, trapos usables y deshechables.
Pero su cerebro no reaccionó, no, no la había visto, estaba seguro, su rostro fino y perspicaz era característico de muchas mujeres con las que había estado, sí, debía ser eso, la profesora Valezka era una joven atractiva, y no había mujer con la que se hubiera acostado que no fuera atractiva, seguro que varias por ahí tenían el mismo perfil que ella. No podía conocerla, no podía, no podía.
Sus ojos abiertos de par en par permanecieron así por varios minutos, sudando frío, la respiración entrecortada y sus manos tiesas, no sabía cómo reaccionar, apenas conocía a esta persona, ¿por qué habría de confiar en ella? Pero quizá esta reacción le estaba dando a entender todo lo que podía darse a entender y así era.
La profesora Valezka no dejó de mirarlo todo el rato, ¡vaya que Scorpius era idéntico a este hombre! De verdad que el parecido era impresionante, y muchas veces las actitudes también, pero le parecía que Scorpius era así más por imitación que por autenticidad, seguro que terminaría por desarrollar su propia personalidad. Pero el señor Malfoy se había quedado estupefacto, no había duda, por alguna razón el señor Malfoy creía que se iba a morir, pero hasta que éste no decidiera hablar, ella no podría saber por qué ni podría ayudarlo, estuviera a su alcance o no.
— Yo-o... —comenzó temeroso, el joven Malfoy dentro de él comenzó a resurgir, con todas las inseguridades, preocupaciones y tristezas que habían sido características de dicha época.
Bajó la mirada, no podía, ni siquiera se lo había dicho a su esposa, decirle a esta niñata lo que había guardado muy dentro de sí por tanto tiempo, sería como serle infiel a su esposa, pues se suponía que ella era la persona en la que más debía confiar.
Momento, ¿infiel?, ¡ja!
¡Pero que falta de respeto recordar serle fiel a su esposa en un momento como éste!
No era más que un maldito infeliz.
Ni siquiera podía concebir que su mente pensara en algo tan ridículo como eso después de haber sido infiel tantísimas veces, y tantísimas era decir poco.
Y como si de un enfermo mental se tratase, comenzó a reír. Porque su propio chiste de paradoja mental lo había hecho reírse de su propia irónica y falible vida.
Su cabeza gacha, riéndose a carcajadas como quien ha perdido la razón, recargó su rostro en una de sus manos que reposaba en la codera, sin dejar de reírse, los ojos cerrados, el sudor de su cabeza empapándole la cien, llevó su mano hasta su frente introduciendo un poco sus dedos entre su cabello, despeinándose. Sin parar de reír.
Eso era.
Lo que sea que fuera a sucederle, lo tenía bien merecido.
Fue como si de pronto lo hubiera comprendido, era un auténtico cabrón, y la muerte era lo menos que podía merecer.
Pero el señor Malfoy le temía a la muerte, y mucho. Irse al otro mundo era lo más horrible que podía esperar.
Y entonces, la respiración y la voz de la profesora Valezka al lado de su oído lo hizo sobresaltarse y, hasta cierto punto, recobrar la cordura.
— Así que... he dado en el clavo —habló despacio, con voz ronca y como lamiendo las palabras.
Poco a poco, habiendo dejado de reírse de golpe, el señor Malfoy fue guardando la calma. Las pupilas se le contrajeron y abrió mucho los ojos, quitó lentamente la mano de su rostro y viró la cabeza para encontrarse con el rostro de la profesora Valezka.
Vio sus ojos de un intenso marrón clavados en él, sus labios húmedos curvados en un curioso gesto de preocupación, su cabello lacio caído dramáticamente por un costado de su hombro. Y el señor Malfoy comprendió por qué salía con tantas mujeres, porque en ellas liberaba el estrés que conservaba durante el día, y en ese momento sintió esa necesidad, y la profesora no era más que otra de esas rameras dispuestas a esclavizarse.
Con expresión demacrada y desesperada, observó a la profesora por largos minutos mientras debatía internamente si arrancarle un furioso y desesperado beso y obligarla a permitirle descargar toda su ira y consternación contenidas sobre ella.
De pronto, sin previo aviso, la profesora Valezka se mordió el labio inferior nerviosa, sabiendo que el señor Malfoy había entrado en un estado de catarsis mental.
Y esta acción, ese simple acto, fue lo que hizo al señor Malfoy volver en sí. Un extraño sentimiento de nostalgia y memoria lo invadió, se dilataron sus pupilas y vagos recuerdos del pasado volvieron a su cabeza. Bajó la mirada, incapaz de sostenérsela a la profesora por más tiempo, recargó sus brazos sobre el escritorio y terminó por posar su cabeza sobre sus manos, tapando su rostro.
La profesora lo miró por unos instantes y optó por regresar a su asiento, ¿por qué se había parado en primera instancia? Este señor no merecía su cercanía, ni su apoyo. Y no pensaba dárselo a menos que se dignara a pedirlo.
Como toda respuesta, el señor Malfoy se levantó sin previo aviso y se quitó la capa de encima, prosiguió a arrancarse la camisa verde Slytherin de mangas largas que traía puesta.
A estas alturas, la profesora Valezka ya se había sobresaltado, ¿qué le pasaba a este payaso? ¿después de reírse a carcajadas de la nada, ahora le daba por desnudarse sin pudor alguno? Pero lo que vio a continuación, la hizo caer en la cuenta de sus intenciones.
Con el torso desnudo, ¿pues qué acaso este hombre no usaba ropa interior?, caminó hasta ella y extendió su brazo izquierdo, y ahí, en el antebrazo, como debió preverlo, se encontraba la tan afamada marca tenebrosa. Y ésa, era la primera vez que la veía en persona, era mucho más apantallante que en cualquier libro ilustrado. La serpiente que sobresalía a manera de lengua se movía como si fuera real y la calavera subía y bajaba en un lento vaivén. Se veía bien cicatrizada, como si tuviera mucho sin sangrar, cosa que resultaba natural, después de todo, lord Voldemort tenía más de veinte años muerto.
Algunas venas del señor Malfoy sobresalían, lo que le daba un aire más dramático al tatuaje. Y decir que la profesora Valezka no había quedado fascinada sería una mentira. De una manera casi hipnótica le dedicó los cinco minutos más largos de toda su existencia, minutos que fueron cortados cuando por fin el señor Malfoy tomó la palabra.
— Todos los portadores de esta marca han estado muriendo, sin razón aparente —explicó, hizo una pausa mortuoria y continuó—, es como si... hubieran sido atacados por la maldición Avada Kedavra.
Al oír las últimas palabras, la profesora por fin lo volteó a ver. Así que eso era, tenía una sentencia de muerte, pero la condena estaba pendiente.
— ¿Alguien más lo sabe? —preguntó curiosa, quizá había alguien que ya estaba intentando hacer algo.
— Sí, toda la comunidad mortífaga, aunque pocos quedaron libres —meditó por unos momentos—. La mayoría están en Azkaban, y francamente dudo que a estas alturas les importe, después de todo, tienen cadena perpetua.
— ¿Conoce a alguien que esté buscando una solución? —aún esperanzada, como si realmente le tuviera que preocupar este señor.
— No —fue su única respuesta, posteriormente regresó a su lugar original y volvió a vestirse, arreglando las roturas de su camisa con un simple "reparo". La profesora estaba decidida, si el hombre no lo pedía ella no ofrecería su ayuda—. No sé qué hacer —habló por fin después de unos minutos—, tengo todo en orden, mi testamento, los valores familiares, no dejaría a mi familia en la calle pero... aún así...
Vaya, y ¿quién lo diría?, después de todo el frívolo Draco Malfoy sí tenía un lado humano. El susodicho se levantó con pesadez y acomodó un poco su capa, mientras se dirigía a la salida.
— Hasta luego —fue lo único que se le ocurrió decir, y bajó con una oleada de su capa por las escaleras.
La profesora Valezka esperaba más, pensaba que el señor Malfoy sería capaz de pedir ayuda, pero al final seguía siendo el mismo inescrutable ególatra. ¡En fin! ¡Como si le importara! Ella sólo se tenía que preocupar de su propia madre y por sus alumnos, entre ellos Scorpius, pero de nadie más, ni siquiera tenía novio, así que, ¡al demonio con el señor Malfoy!
Pero... ¿debería decírselo a alguien? Se levantó como pluma de su lugar y caminó lentamente por el despacho un rato, pensando, hasta que concluyó que aquello era asunto del señor Malfoy, y si quería divulgarlo estaba en todo su derecho, pero ella no, así que optó por guardar silencio y esperar a ver qué sucedía, y dependiendo de ello, sería su turno de actuar.
Habiendo tomado una decisión, agarró su capa y salió del despacho bajando los escalones despacio, meditando, pero de pronto un sueño muy profundo se apoderó de su ser y recordó que era tarde, así que se encaminó a la salida del salón de Defensa Contra las Artes Oscuras.
Había oscurecido ya, por lo que invocó un "lumos" que le iluminó el camino. La noche había enfriado demasiado a comparación de los otros días, estaba claro que se acercaba el invierno. Una oleada de viento hizo que su capa ondeara.
— Lo cierto es —la asustó una voz ronca y grave al doblar una esquina—... que necesito ayuda —con el corazón latiente, después de haber caído en la cuenta de que se trataba del señor Malfoy, se encaminó al cabizbajo espectro que hacía de Draco Malfoy.
No podía creerlo, lo había dicho, ¡había pedido ayuda! ¡que alguien llamase a los record Wizzness!, ¿acaso nadie había filmado eso?, ¡maldición!. ¡Ah! Pero al menos podría usar el pensadero de la profesora McGonagall para verlo cuantas veces quisiera en su memoria, y vaya que lo haría. Que se humillara, jodido aristócrata, se lo merecía por egocéntrico y cabrón.
Casi automáticamente, el señor Malfoy se aferró a la profesora Valezka y la abrazó fuertemente contra él.
¿Cómo era posible que esta chiquilla lograra ver a través de todas sus máscaras? ¿cómo era posible que lo doblegara hasta obligarlo a decirle la verdad? Y por ahora, era la persona que sabía su más profundo secreto, su temor oculto. Teóricamente era la única persona con la que podía contar, porque no había nadie más que lo hubiera comprendido, y era demasiado cobarde y ególatra para ir y pedir ayuda a nadie más, porque eso implicaría revelar sus miedos una vez más, y estaba claro que no podría soportar otro minuto más de humillación.
Y a la vez se sintió aliviado, porque si la profesora Valezka accedía a ayudarlo, entonces tendría a alguien con quien podría ser auténtico, como realmente era, ese escape que muchas veces terminaba por desahogar en sus amantes, sería como su templo de la tranquilidad, donde no necesita fingir porque de cualquier manera ella lo descubriría.
Por primera vez alguien había descifrado su laberíntica forma de ser.
Por primera vez... en muchos años...
La profesora Valezka se sintió aplastada por los brazos del señor Malfoy, en tamaño le ganaba al menos por una cabeza, quedando su cara estrellada entre su cuello y su pecho. No sabía qué hacer. ¡Pero qué ser tan extremadamente bipolar! Concluido, Draco Malfoy era un inexorable psicópata. Mientras más lejos mejor.
Pero muy dentro de sí, sintió un dejo de lástima y compasión. Pobre misántropo e infeliz ser. Después de todo, lo había dicho, ¿no?, había pedido ayuda, y ella se había prometido a sí misma que lo ayudaría si se atrevía a pedirlo. Porque pensaba que no lo haría, pero lo había hecho, y ahora se enfrentaba ante un dilema más: o cumplía su promesa consigo misma, o lo mandaba al carajo, así de sencillo.
Pero a pesar de ser Slytherin, la profesora Valezka tenía un corazón muy, muy grande. De hecho le resultaba difícil comprender por qué había quedado en Slytherin en primera instancia, tenía más características de una Ravenclaw, ¿pero una Slytherin? Sin embargo, esa era la menor de sus preocupaciones, a pesar de todo le gustaba su casa, los slytherins eran muy apáticos, pero cuando formaban una buena amistad, esa amistad duraba para siempre. Y eso era precisamente lo que la hacía amar a su casa tanto, porque sus años de estudiante le dieron todo lo que una joven Slytherin podía desear.
Está bien, lo ayudaría, entonces así tendría más oportunidades de humillarlo, ¡ja!.
— De acuerdo —pronunció apenas audible.
Entonces el señor Malfoy cayó en la cuenta de que la estaba estrujando, ¡pero qué mujer tan resistente! Cualquier otra bruja se habría asfixiado, ¡ah!, pero la profesora Valezka no era cualquier bruja, era la bruja que le iba a ayudar, y no precisamente como otras tantas lo habían hecho. La soltó, por fin.
Y al hacerlo, una ráfaga de aire frío se apoderó de sus cuerpos, era tarde, muy, muy tarde. La señora Malfoy se iba a enojar. Se despidieron con un apretón de manos y cada quien se dirigió a su destino.
