Muchísimas gracias por sus reviews, como la nueva modalidad de Fan Fiction permite responder sus comentarios, de ahora en adelante lo haré personalmente a través de ese medio. Una vez más muchísimas gracias, son la energía que me permite seguir escribiendo, y por favor, si en verdad les está gustando mi Fic y tienen la oportunidad de recomendarlo, se los agradeceré muchísimo más. GRACIAS!

Les recuerdo que estoy escribiendo una nueva historia totalmente paralela al libro séis, se llama ARCANUS (del latín, en español Arcano, oculto) de la época estudiantil de nuestro querido trío de oro, por allá del sexto año, ¡les tan fiel al libro que creerán que en realidad sucedió! Agradecería mucho si se dan una vueltesita por allá, es un Dramione nada cursi, espero les guste.

También quisiera hacer saber de su conocimiento que tengo un blog (link en mi perfil) donde escribo una que otra sandez, por si están interesadas/os =D. Gracias por su atención, disfruten!


NUNQUAM

Memorias de las serpientes


Capítulo VI: De descubrimientos e incredulidades


Las vacaciones se acercaban con rapidez, el aire frío abrazaba agresivamente a quien se le enfrentara y las nubes amenazaban con nevar sin previo aviso.

Era de noche, y el señor Malfoy bufaba con expresión aburrida sobre una pila de libros en la biblioteca de Hogwarts. Evidentemente había sido idea de Valezka adentrarse en el umbral para buscar información que pudiera serles de utilidad, para ser profesora de Defensa Contra las Artes Oscuras no confiaba demasiado en emitir un juicio acerca de las posibilidades que circundaban al problema del señor Malfoy, prefería estar segura recopilando algo de información.

El señor Malfoy insistió en que tenía acceso a bibliotecas mucho más importantes y gigantescas y que le parecía una ridiculez quedarse encerrado hasta pasada la media noche buscando Merlín sabrá qué. Pero Valezka sabía que la mayoría de los conocimientos del señor Tenebroso los había adquirido mientras era estudiante y que, por lo tanto, la respuesta debería encontrarse ahí, en uno o varios de los miles de libros guardados en la biblioteca.

Sin embargo, lo que más exasperaba al señor Malfoy no era revisar uno por uno los libros candidatos a tener las respuestas. Lo que más lo estaba sacando de quicio era ver a Valezka plantada sobre un escritorio con un aparato muggle de lo más inusual.

— ¿Serías tan amable de decirme qué demonios es eso? —preguntó de manera informal, casi sin darse cuenta de que la había tuteado.

Valezka ni siquiera se inmutó, la semana anterior, que había ido el señor Malfoy con el mismo propósito que el de ese día, no se había mostrado más entusiasta. Era como si después de tantos años se hubiera resignado y no terminara de acostumbrarse a que alguien lo quería ayudar, es más, como que no se adaptaba. El señor Malfoy se sentía como en un mundo paralelo, encontrarse con Valezka había sido solamente cuestión de suerte y aún no terminaba por creerse que tal vez su problema tendría solución.

Cansado de estar pasando página por página, y de su horrendo aroma a libro viejo, se levantó y se acercó a lo que la profesora Valezka estaba haciendo, ésta lo miró de reojo pero no se movió.

El señor Malfoy se había comportado de manera mucho más relajada desde que le había pedido ayuda, como si se hubiera quitado un gran peso de los hombros, Valezka no era lo suficientemente distraída como para no darse cuenta de ello y lo cierto era que, estar con el señor Malfoy sin su típica máscara de aristócrata le agradaba sobremanera. Se dio una patada mentalmente, porque le avergonzaba admitir que desde que el señor Malfoy venía a visitarla su vida había tomado un giro bastante interesante, era como el cambio que necesitaba, sin hacer esfuerzo alguno, de la rutinaria vida de dar clases.

El blondo se asomó por encima de su hombro y alcanzó a ver algo parecido a la página de un libro apaisada que expulsaba luz y que cambiaba de contenido cuando la profesora Valezka hacía algún movimiento en la tabla inferior atascada de letras y números. Aún más escéptico que maravillado, le sorprendía que un aparato muggle pudiera funcionar dentro de Hogwarts.

— ¿No piensas responderme? —Valezka entornó los ojos y se giró para encontrase de frente con el señor Malfoy.

— Esto —empezó pausadamente, señalando al aparato—, es una computadora.

El señor Malfoy se había quedado en las mismas, pero aunque sabía que a Valezka le encantaba tomarle el pelo, esta vez no pensaba quedarse con la duda. Levantó una de sus cejas para expresar contrariedad.

— La he adaptado para que se alimente de magia en vez de electricidad —al oír la última palabra el señor Malfoy expresó asco—. No sé qué problema tienen los magos con la electricidad, es bastante útil —recalcó, defendiendo la tecnología muggle—. En fin, estoy... tratando de programar una aplicación para meter la información de los libros y así, buscar de manera más eficiente lo que queremos.

El hombre no terminaba de entender por qué a Valezka le gustaba blasfemar contra la casa Slytherin. ¿Coexistir con aparatos muggles? ¡Sacrilegio! Para empezar, ¿cómo era posible que conociera de eso? ¡Qué horror! ¿Significaba esto acaso que se codeaba con muggles? El señor Malfoy sintió repulsión y se alejó de ella un par de pasos, luego se volvió a sentar donde estaba y echó medio cuerpo sobre el escritorio, parecía un adolescente haciendo berrinche.

— ¿Por qué no se va a casa si tan harto está? —preguntó la muchacha mientras continuaba en su labor de programar su utopía mágico-tecnológica.

— Es mejor estar aquí que volver a casa —respondió casi automáticamente y totalmente inconciente de sus palabras. La profesora Valezka optó por ignorar su respuesta para no ahondar en detalles que no le incumbían, pero no pudo evitar ese dejo de curiosidad que le decía que había algo que pronto ataría cabos.

Si bien la profesora Valezka era bastante distraída, tenía pesquisas que alcanzaba a recordar tiempo después y una de ellas fue que Scorpius le había comentado que la señora Malfoy planeaba realizar un viaje. Ella, y seguramente cualquiera, había supuesto que sería un viaje por las vacaciones. Imaginaba a la familia Malfoy, caucásica como toda ella, en una playa de Cancún, por allá en la lejana América. Lejos de ser ridículo, era algo inconcebible, esta familia era lo más cercano a vampiros que había conocido, sin llegar a serlo.

El señor Malfoy bostezó desde donde se encontraba, ahora con la cabeza de lado, aún sobre la mesa, en dirección a la profesora. La miraba de manera ausente, pero la miraba. Valezka era completamente ajena a lo que pasaba por la mente del viejo rabo verde en ese momento, pero sin querer, a pesar de que el rostro de la profesora Valezka mostraba una expresión angelical que lo invitaba a brincarle como lobo feroz, había un algo en aquellos ojos marrones que le impedían entrar en acción.

Era difícil de admitir, pero el señor Malfoy sentía un dejo de terror cuando la observaba con detenimiento. Como si un fantasma de su pasado se asomase para recordarle algo... algo que... después de mucho esforzarse, no podía recordar.

Pero al final de cuentas, Valezka era una mujer hermosa, y él... todo un Don Juan. No perdía nada intentándolo. Se levantó cadenciosamente de su lugar y se volvió a acercar a la profesora, quien más concentrada en lo que hacía que en lo que el señor Malfoy pretendía, no se dio cuenta cuando se encontraba a escasos centímetros de ella.

— ¡¡Ah!! ¡¡Malfoy!! —gritó asustada al mismo tiempo que se levantaba de su asiento precipitadamente cuando lo detectó.

Aunque las intenciones del señor Malfoy se vieron frustradas, no pudo hacer otra cosa que echarse a reír a carcajadas. La profesora Valezka lo miró indignada, aún recuperándose del escalofrío que experimentó.

— ¡Ah! ¡Vablatsky! ¡Ja, ja, ja, ja! —se burló imitándola. La profesora sintió mucho coraje pero igual sentía ganas de reír, ¡el señor Malfoy se estaba riendo! ¿Quién creería que este frívolo energúmeno sería capaz de reír? Aunque aún quedaba en duda que esta risa fuera de verdad. Valezka se preguntaba hacía cuánto no reía de verdad y, a pesar de conocer la razón, pensó que el señor Malfoy debería ser más optimista. De cualquier manera ella no podía elegir por él su forma de ser, aunado a que ya tenía años de arraigo a su personalidad retrógrada y egocéntrica. Al final optó por sonreírle y propinarle un golpe en el hombro. Si el señor Malfoy estaba a punto de cumplir 40 años, por ningún lado se le asomaban en ese momento.

Pero el señor Malfoy sabía cuando una mujer coqueteaba, y el contacto físico era el primer paso. Sin perder tiempo alguno, tomó a Valezka por la muñeca y la miró de cerca, directamente y con seriedad a través de sus gafas. La profesora no era tan estúpida como para no intuir lo que estaba por suceder y frunció el cejo, haciendo cara de puchero. El señor Malfoy no se movió y con la voz más ronca, grave y romántica que fue capaz de emitir le dijo:

— Valezka, permíteme quedarme esta noche aquí —decir que la profesora Valezka estaba sorprendida sería una mentira. Pero por unos momentos dudó de cómo reaccionar, el señor Malfoy le aprisionaba tan fuertemente la muñeca que comenzaba a doler, trató de arrancarla de un jalón pero le fue imposible, después lo miró con desprecio.

El hombre estaba reprimiendo mucho sus ganas de aprovecharse de ella, posiblemente lo único que lo detenía era ese ínfimo grado de respeto (y temor) que le generaba. Después de todo, esta mujer era bastante aguda y por ningún motivo iba a permitir que la agredieran.

Valezka terminó por optar dedicarle una mirada de suficiencia y una sonrisa sarcástica. Con un último forcejeo consiguió liberar su brazo y con un movimiento de su varita hizo traer su computadora hasta su otro brazo.

— Por supuesto, señor Malfoy —le respondió—. Puede quedarse en la biblioteca todo el tiempo que le plazca —el blondo sintió como si un balde de agua fría le cayera encima de la cabeza—, y mientras está en eso, ¿por qué no le dedica un par de horas a revisar el estante de allá? Quizá encuentre algo útil...

Y como quien no tiene ningún asunto pendiente que resolver, dio media vuelta y salió por la biblioteca, sin voltear siquiera una sola vez. El señor Malfoy la observó alejarse y después le dedicó una mirada irritada al estante que le había indicado, por lo menos unos cien libros habría, esto le recordaba a su viejos tiempos de estudiante. Todas las noches casi sin excepción, justo antes de ser cerrada la biblioteca, se encontraba con una chica, inundada de libros, con la que pasaría la noche por lo menos tres veces a la semana.

A la mañana siguiente, Valezka se levantó sin mucho ánimo recordando la noche anterior. No es que en realidad le molestara, el señor Malfoy brillaba por su fama al conquistar jóvenes ilusas (y no tan ilusas) desde que estaba en Hogwarts como estudiante. Se sobó las sienes decepcionada, sí, desde que era estudiante de Slytherin la leyenda del cazador de brujas sonaba a partir de por ahí del cuarto curso. Algunos jóvenes competían por decir que ellos eran los herederos legítimos del legado Malfoy y que venían a llenar el hueco que él dejó. En realidad no eran más que habladores que no serían capaces de cazar a una mosca, pero igual y disfrutaban al darse sus aires. Gracias a Merlín esta información no había llegado a oídos de Scorpius.

La seguridad en Hogwarts había aumentado de manera irremediable porque, aunque el sexo era algo completamente natural, finalmente Hogwarts seguía siendo una institución honorable que se dedicaba a la educación, no un hotel gratuito. Sólo aquellos que conocían los secretos y escondrijos del castillo que no estaban vigilados, tenían ese privilegio, si es que deseaban aprovecharlo.

Incluso el sexto piso se había convertido en el más controlado de todos (incluso más que el tercero, donde alguna vez estuvo Fluffy, un perro de tres cabezas). Ahí se encontraba el salón de los Menesteres, que había sido el punto débil de Hogwarts en una guerra por allá de 1996, decía la leyenda que en alguna de las habitaciones ocultas del salón, había un armario que había logrado ser conectado con otro, a través del cual los mortífagos habían logrado invadir el castillo. El armario había sido destruido, pero sin duda habían muchas otras cosas que no se podían predecir de tan caprichoso lugar.

Se levantó de su cama y se dio un baño rápido. Sólo había dormido 3 horas y el sol estaba ya por salir. No importaba, al cabo que esa era la última semana de clases antes de que las vacaciones llegaran, por fin, visitaría a su madre y dormiría hasta las once de la mañana de lunes a viernes, los fines de semana hasta las tres de la tarde ¡sí!. Se vistió con un pantalón negro de fibras plásticas muggle, tan eficiente para el frío, una playera azul de manga larga, se puso sus gafas y le dio una simple alisada a su cabello, lo bueno de tener un rostro pulcro, a pesar de las ojeras, era que no tenía que entrar en muchos detalles con maquillaje.

Bajó las escaleras de su habitación, la más alta dentro de las mazmorras y atravesó la solitaria sala común para encaminarse nuevamente a la biblioteca. Había dejado todos los libros en el escritorio y sería mejor recogerlos antes de que la señora Pince los encontrara regados por las mesas, esa era una mujer escalofriante, mientras más vieja, más histérica se ponía, y vaya que era vieja.

Recorrió el pasillo que daba hasta la biblioteca y con sorpresa distinguió una capa negra desparramada sobre las mesas, que cubría el cuerpo pero no la cara babeada del señor Malfoy. Valezka rió por lo bajo y se acercó con sigilo, con cuidado de no despertarlo, hizo el mismo hechizo que había empleado con su hijo para levitarlo hasta la enfermería, pero a éste tendría que llevarlo a su habitación. Una vez ahí, lo depositó sobre su cama, era tan temprano que no se habría topado con nadie ni por accidente, le dejó una nota y volvió a la biblioteca a arreglar el desastre. Descubrió con sorpresa que el señor Malfoy había revisado todos los libros del estante que le había indicado y tan sólo la mitad yacían fuera de su lugar, bendita fuera la magia que, con un movimiento de varita, era capaz de devolver lo que quedara a su lugar.

Algo más tarde, los alumnos ya deambulaban por los pasillos y, tras un gruñido insistente e incontento de su interior, se dirigió al Gran Comedor para engullir un par de tostadas y un vaso de leche. Ese día tenía clases desde temprano así que se dirigió al aula de Defensa Contra las Artes Oscuras y esperó a que llegaran los estudiantes. La profesora McGonagall había vetado sus prácticas en el exterior por lo que, aún cuando no era aburrida su clase, extrañaba el delicioso aroma de la nieve y la tierra húmeda por la mañana.

A media mañana, el señor Malfoy recobró la conciencia y se levantó de sopetón aún creyendo que se encontraba en la biblioteca. Se sorprendió al encontrarse en una pequeña habitación con baño propio que tenía una decoración simple y nada ostentosa. Había uno que otro detalle, pero nada que ver con la habitación de la profesora Umbridge, que en sus épocas había tapizado no sólo su habitación, sino todo el despacho de Defensa Contra las Artes Oscuras con un color rosa chillante y atascado de platos estampados de gatos obesos.

Intuyó que se trataba de la habitación de Valezka, pero se preguntaba por qué dormía ahí en lugar de ocupar el cuarto que se encontraba en el despacho de Defensa Contra las Artes Oscuras. Más tarde se enteraría que tenía esa habitación llena de libros, instrumentos y objetos para las prácticas que llevaba a cabo, aunado a que prefería estar en la sala común por si algún pormenor se suscitaba.

Examinó el buró, donde posaban dos portarretratos, uno más grande que el otro. El grande tenía una foto donde aparecía una mujer y un hombre detrás de dos jóvenes y Valezka a la izquierda de éstos dos últimos, era más joven en aquel entonces, pero sus facciones básicas no habían cambiado en nada. Para el señor Malfoy, ver esto fue un descubrimiento muchísimo muy grande. Podía intuir que se trataba de sus padres y que los otros eran sus hermanos mayores.

Sin embargo, esta foto, tan común de encontrar en las familias, no le intrigó tanto como la fotografía pequeña, donde se mostraba a una Valezka con sonrisa radiante abrazando de lado a un muchacho, al parecer de su misma edad, quien hacía caras a la cámara. De pronto fue conciente de que la foto familiar era estática, lo que lo llevaba a pensar que era una fotografía muggle, pero en la otra, Valezka y el muchacho forcejeaban a carcajadas en frente del lago de Hogwarts. Como era de esperarse, esto no era lo más desconcertante, lo que más sacó los ojos del señor Malfoy de sus cuencas, fue ver que la capa del chico tenía el escudo de Ravenclaw. Experimentó una sensación de desdén y decidió hacer la fotografía a un lado, del otro lado del portarretratos yacía la cifra "2013", imaginó que se refería al año en que la había sido tomada, Valezka habría tenido unos 16.

Al lado de los portarretratos detectó la nota que le había dejado. La cual, carecía de escritura alguna. Más bien había un dibujo muy caricaturizado del esqueleto de dragón que colgaba del aula de Defensa Contra las Artes Oscuras, imaginó que quería decir que se encontraría en dicho lugar. No pudo evitar sonreír, ¿quién en su sano juicio dejaría una nota que, en vez de palabras, contenía un dibujo? No era muy bueno, para ser honestos, pero al señor Malfoy le pareció algo curioso y decidió guardárselo en un bolsillo de su pantalón.

Examinó la habitación, había un ropero, un librero angosto pero alto, una mesa de trabajo y dos cuadros en las paredes, ambos extrañamente estáticos, muggles otra vez. A decir de la fotografía familiar, a estas alturas ya se podía sospechar que su familia era muggle, ahora entendía por qué tanta obsesión con esas bazofias involucionadas. Uno de los cuadros mostraba una especie de muelle y al fondo como un torbellino de llamas, estaba extraño porque todo se veía muy difuso, lo mismo con el otro cuadro que aparentemente representaba las vías de un tren con una neblina muy espesa, ambos tenían la leyenda "William Turner" y "1835" y "1844" respectivamente. Se mantuvo absorto en descifrar lo que se hallaba en los cuadros durante un rato, hasta que se dio cuenta de que ni siquiera eran cuadros, más bien eran como fotografías de cuadros, porque no tenían texturas. En su vida sería capaz de tener la réplica de una pintura en su casa, y menos en su habitación, eso era demasiado bajo.

Entrañado por la extraña procedencia de Valezka, recorrió toda la habitación e incluso entró al baño, pero no encontró nada más que llamara su atención. Lo que más lo intrigaba era que, ¿cómo era posible que siendo sangre impura, es decir, proviniendo de familia muggle, se encontrara en la casa de Slytherin? Sólo conocía un caso así, y era el del señor Tenebroso, sintió repulsión al recordarlo, pero es que en verdad era imperdonable que Valezka fuera una Slytherin, no había nada en ella que lo representara y sin embargo, él le había agarrado cierto afecto, por lo que le era imposible detestarla.

Meditabundo, bajó las escaleras por el lado de los chicos, curiosamente esta habitación tenía escaleras a ambos lados, como si estuviera diseñada para reunirse con una chica a media noche sin ser descubiertos y adentrarse en una de esas habitaciones, él lo sabía, porque no era la única, había otras dos habitaciones junto a la de la profesora, se preguntaba si aún se mantendrían vacías como en sus épocas. ¡Ah! ¡Qué tiempos aquellos! Hasta parecía que habían sido construidas con ese propósito.

Ignorando las miradas incrédulas de los alumnos atravesó la sala común y se dirigió al aula de Defensa Contra las Artes Oscuras. La profesora se encontraba ocupada, porque a la clase aún le faltaba media hora para terminar, pero aceptó que el señor Malfoy se quedara como oyente en lo que terminaba. Pero los chicos, en ese momento de sexto curso, no podían evitar las miradas curiosas y se distraían con facilidad.

— Señor Malfoy, ¿sería tan amable de esperar en el despacho? —le pidió, el señor Malfoy entornó los ojos y subió las escaleras con desgana y entró al despacho cerrando la puerta tras de sí.

La clase dio por terminada y la profesora subió al despacho para encontrarse de nuevo con el señor Malfoy, quien la miró ufano.

— Espero que haya dormido bien —le dijo con tono de sinceridad fingida.

— Mejor que nunca.

— Es una suerte ser el jefe, ¿no? Nadie le reprochará por llegar tarde al trabajo —el blondo torció la boca en señal de respuesta—. Hay algo que quiero que vea, antes de que se vaya.

Ambos caminaron a través de los pasillos, hasta unos ventanales del primer piso que daban al patio de Transformaciones, la profesora se inclinó sobre la ventana y miró hacia fuera.

— ¿Qué se supone que vea? —preguntó el señor Malfoy, como si tuviera prisa por irse, opuesto a sus acciones de ese día y del anterior.

— La próxima clase de Scorpius es Transformaciones con los de Gryffindor, siempre atraviesa este patio y se sienta en una banca con sus amigos antes de que empiece —el señor Malfoy la miró con el ceño fruncido.

— ¿Es usted una espía, una acosadora? ¿Y para qué quiere que vea a mi propio hijo, con el que he convivido desde que nació?

— No soy acosadora, yo tenía el mismo horario que él en tercero y también me quedaba en el patio esperando a que empezara la clase, por eso lo sé. Y es su hijo, en vez de replicar debería darle placer verlo. Deje de quejarse y observe con atención —aún ceñudo y contrariado, había algo que no cuadraba, así que decidió hacerle caso y miró hacia el patio.

Estuvieron unos largos y perezosos minutos en espera, hasta que llegó. Tal como había predicho Valezka, ahí estaba Scorpius, que caminaba de espaldas al ventanal con aire serio al lado de otro muchacho de cabello negro, atrás de ellos una pelirroja que parecía seguirlos. Los tres se dirigieron a la última banca del patio, donde daba el sol, era comprensible porque hacía mucho frío. Primero se sentó la pelirroja, en une extremo de la banca mientras que Scorpius se sentaba del lado opuesto, el de cabello negro hizo lo propio sentándose entre los dos y recargándose con las manos tras la cabeza sobre la pared.

El señor Malfoy estaba helado. Ninguna expresión se atrevió a posarse en su rostro, estaba atónito pero en su cara apenas había rastros de cambio. Era indiscutible, inconfundible, con su vista de águila, característica de un buscador de quidditch, alcanzó a distinguir que el rostro de ese chico era el del mismísimo Harry Potter, hasta tenía los mismos ojos verdes impresionantemente llamativos que tenía el original, que de no ser por las gafas le habrían brillado igual en aquel entonces. En su capa residía el escudo de la honorable Slytherin, no había duda. Y por si fuera poco, la pelirroja con cara de angustia que se encontraba a su lado tenía el escudo de Gryffindor y su cabello era rojo intenso, idéntico al de su padre, pero el resto de ella era la viva imagen de Granger, no, Weasley, Hermione Weasley... Hermione... Weasley...

Se quedó sin habla. Una fugaz imagen de esa chica, pero con el cabello rubio, atravesó su cabeza. La desechó de inmediato.

— Me atrevería a suponer que... la preocupación de su esposa era ésta, precisamente —explicó la profesora Valezka—. Las "malas compañías" de su Scorpius —no podía articular palabra por lo que hubo una pausa muy larga, antes de que la profesora volviera a hablar—. Pero puedo asegurarle que ese chico, más contento con sus amistades no podría estar.

El señor Malfoy dio media vuelta sin abrir la boca. Valezka lo observó alejarse solemnemente y tras esbozar una sonrisa de satisfacción, regresó a su aula. Ya habría tiempo de hablar con él después de las vacaciones.