Hola de nuevo y una disculpa por la tardanza :).

Nuevamente, jaja, diráS que cómo friego [si es que lees esto] pero te recuerdo que estoy escribiendo una nueva historia totalmente paralela al libro séis, es posible que incluso conincida con la película, se llama ARCANUS (del latín, en español Arcano, oculto) de la época estudiantil de nuestro querido trío de oro, por allá del sexto año, ¡les tan fiel al libro que creerán que en realidad sucedió! Agradecería mucho si se dan una vueltesita por allá, es un Dramione nada cursi, espero les guste.

Y nuevamente también te reitero que tengo un blog donde escribo uno que otro debraye si estás interesada/o. El link en mi perfil, ¡¡gracias!!

En este capítulo se descubrirá un poco sobre la vida de nuestra querida ingenua Valezka, pero el próximo capítulo ¡es la hecatombe! Espérenlo con ansias y ¡DISFRUTEN!


NUNQUAM

Memorias de las serpientes


Capítulo VII: De timidez e inferioridad


La abuela Weasley corría de un lado a otro en la cocina, ayudada por su hijo Ron y su nuera Hermione a trasladar los platos a unas enormes mesas que habían acomodado en el jardín. Desde que las posibilidades económicas habían mejorado, la madriguera había adquirido, además de su sentido hogareño, uno de espacio. No es que la casa hubiera sido agrandada, sino que ya todos los niños habían dejado de vivir ahí y los abuelos tenían ahora mucho espacio para acomodar otras cosas. Sin embargo, la familia había aumentado en número considerablemente por lo que parecía poco prudente acomodarse en la mesa de la cocina o siquiera pretender tomar asiento en la sala. ¡Hasta con un hechizo amplificador sería imposible!

Por eso, ahora le dedicaba más tiempo la abuela Weasley al jardín, porque era mucho más amplio y por lo tanto más adecuado para la enorme familia que ahora tenía, y si pretendía reunirla toda, no tendría otra opción que mantener un jardín hermoso y lo cierto es que lo estaba. Había colocado un hechizo de bloqueo para que no hiciera tanto frío en el exterior y los protegiera si nevaba esa noche. Ese año sería especial, porque absolutamente toda la familia iba a reunirse. Literalmente hablando, incluso los padres de Fleur estaban de visita.

Así que la abuela no tenía motivos para tranquilizarse, corría de un lado a otro porque esa noche era Noche Buena y la cena tenía que estar lista para las 6.

— ¡Mamá! ¡Aún faltan cuatro horas para la cena! —le reprochó Ron, quien obligado por su esposa a llegar tan temprano como les fuera posible, comenzaba a fastidiarse de tanto ajetreo.

Afortunadamente sus hijos se encontraban con Harry y Ginny que llegarían más tarde. Pero aunque faltaran cuatro horas, ya tenían casa llena. La familia de Bill, que comprendía a su esposa, sus tres hijos, sus dos suegros y su cuñada (que incluía marido y una barriga de 7 meses) habían llegado hacía unos minutos y ahora yacían acomodados en algunas bancas del jardín. Lo mismo con Percy y Audrey, George y Angelina, ambas parejas con dos hijos cada una y Charlie, que había logrado llegar la semana anterior. Estaba por llegar Neville con su familia, quien además había invitado a la familia de Luna, la cual comprendía marido, dos hijos y un padre.

Sólo una ocasión se había llenado la Madriguera así, y había sido en la boda de Bill. Pero tenía que admitirlo, muy a su pesar, Ron estaba entusiasmado por ver a todos reunidos otra vez antes de que sus padres murieran. "Jajaja", pensó para sus adentros, "soy un maldito insensible", pero en realidad estaba muy contento y no pensaba que sus padres fueran a morir muy pronto. Una ventaja de ser magos es que se vivían más que un muggle, algunos llegando a vivir hasta los 150 años, y como veía muy saludables a sus padres, pensó que ese momento estaba lejos de llegar.

Una hora después ya habían llegado Neville y Hannah con sus hijos, quienes no tardaron en correr hacia el riachuelo acompañados de los gemelos de Luna y Rolf. Estos eran los más pequeños de la familia, que si bien no eran Weasleys eran muy bien recibidos. La mayoría de los jóvenes ya habían entrado a Hogwarts, e incluso salido de ella, los más jóvenes eran Hugo y Lily que se encontraban en primero, los demás ya eran adolescentes y se juntaban según generaciones, cada quien por su lado, armando su propio barullo.

En la medida de lo posible, los Weasleys del medio ayudaban a su madre y la obligaban a sentarse para calmarla. Si tan sólo el abuelo Arthur estuviera ahí, podría apaciguarse un poco, pero seguro llegaba hasta la hora de la cena, como era su vieja costumbre. Al final la abuela Weasley se rindió y optó por sentarse en una de las sillas del jardín al lado de los padres de Fleur que le hicieron la plática amablemente.

Una hora después, en el Valle de Godric, donde actualmente residía Harry con Ginny y sus hijos (herencia familiar), lugar que habían reconstruido y adecuado para una agradable estancia, atravesaba las calles un automóvil de color negro, de estructura impenetrable, vidrios esfumados y con un diseño clásico tan impecablemente limpio y bien mantenido que parecía de aparador. El auto se estacionó enfrente de una casa cuyo buzón lucía el apellido "Potter".

Un suspiro sonoro salió de la boca de la persona que yacía sentada y con mirada ausente en el asiento de atrás.

— Señor, ¿está seguro de que esto es lo que quiere hacer? —preguntó el anciano chofer, volteando para mirar atrás.

— Deja de llamarme "señor", Alfred, es irritante —le respondió el aludido.

— Lamento su molestia, pero su madre me ha indicado que a partir del momento que iniciase el uso de la magia debía dejar de considerarlo mi igual y hablarle con respeto —esbozó una sonrisa de comprensión.

— Eso es una ridiculez, y tampoco me hables de "usted" —frunció el ceño indignado.

— De acuerdo —respondió el chofer condescendiente—, tu padre me ha encargado tu seguridad, y puesto que este es un valle de magos no tengo problemas con dejarte aquí, si insistes en hacerlo.

— Sí, insisto —respondió cortante, y procedió a tomar la manija de la puerta.

— Espera, Scorpius —le pidió Alfred—. ¿Qué pasará con tu abuela? —el niño, no pudo evitar angustiarse.

— Ni siquiera me dejan pasar a verla —respondió cabizbajo—. Te enviaré cartas para que se las des y crea que sigo dentro de la mansión.

— Oye —le pidió el chofer y guardó silencio, Scorpius levantó la mirada—. No hay nada que temer, estas personas son tus amigos, ¿no? Si a tu madre no le molesta que me trates bien a mí, que soy un squib, tampoco le importará esto.

— Eso es diferente —respondió escéptico—. A ti te ha conocido de toda la vida, pero a ellos... no sé... está loca... —inquirió y miró nuevamente hacia abajo con enojo.

— Es un asunto que no le concierne, hasta donde sé no has hecho nada malo —Scorpius volvió a levantar la mirada para encontrarla con su viejo mayordomo—. Anda, que si te vas a quedar será mejor que te des prisa o ya no los encontrarás, además tengo que regresar para pagar el aguinaldo de los elfos domésticos, la nueva ley lo dictamina —sonrió.

Scorpius le devolvió la sonrisa, después de todo, Alfred se estaba arriesgando para dejarlo quedarse ahí. Siempre había sido su cómplice en situaciones como ésta. Salió del auto, atravesó el pequeño jardín, arrastrando su baúl de Hogwarts que dejaba surcos sobre la nieve, hasta la puerta de la casa, desde ahí se volvió y se despidió del chofer que mantenía la ventana abierta, el hombre le devolvió la despedida y arrancó el auto, mientras avanzaba se desvaneció en el aire. El blondo suspiró una vez más y se volteó a la puerta, tocó el timbre una sola vez y esperó.

Escuchó pasos apresurados desde adentro, como de alguien que trotaba hasta la puerta, se abrió de sopetón y apareció ante él un muchacho alto de pelo verde azulado.

— ¡Bienvenidos! —gritó entusiasmado, pero en seguida se encogió y se comenzó a reír—. ¡Oh! ¡Lo lamento! Creí que eras... ¡bueno! Ja ja... perdón, en serio... ¿buscabas a alguien?

El joven lo miró especulativo pero sonriente, Scorpius estaba tieso como un palo, era la primera vez que experimentaba timidez, pero sabía que su posición ahí era la recesiva.

— Esto... uhm... —balbuceó—. ¿Ésta es la casa de Severus Potter? —preguntó dubitativo.

— ¿Al? ¡Claro! ¿Eres amigo suyo? ¡Pasa, pasa! Déjame ayudarte con eso —el rubio le dio las gracias pero no aceptó que cargara su baúl, lo dirigió hasta una sala que se conectaba directamente con una barra como de bar, lleno de copas de cristal y algunas botellas. Después de unos minutos, el joven de cabello verde le ofreció un vaso lleno con un líquido anaranjado y burbujeante—. Toma, te refrescará, te ves acalorado, y eso que está haciendo frío —Scorpius lo observó con recelo—. Anda, sólo es una naranjada, ya verás que te gustará.

Scorpius bebió un sorbo y experimentó una sensación agradable, tras lo cual le dio las gracias, aún acomplejado por llegar sin previo aviso con una familia desconocida.

— Mi nombre es Ted Lupin, puedes decirme Ted —le extendió la mano—. ¿Cuál es tu nombre?

— Scorpius —respondió inseguro, no sabía qué tanto sabían en esa familia de él, el joven Ted hizo una mueca de extrañeza.

— ¿Tienes otro nombre? —Scorpius se quedó pensativo un momento y procedió a responder.

— Hyperion... —Ted abrió los ojos como platos y sonrió.

— ¡Bien! ¡Creo que te llamaré Scorp! ¿Está bien? —el chico se encogió de hombros, de vez en cuando Severus lo llamaba así. Estaba conciente de que sus nombres eran espantosos, y ya no le ofendía que la gente se extrañara con ellos—. La familia salió de compras, no tardarán en llegar, puedes ver televisión mientras.

Dicho esto, se adentró a otra habitación. Scorpius miró la caja negra que tenía enfrente de sí, por un momento se figuró que aquello sería la televisión, pero sin atreverse a hacer algo de lo que se arrepentiría prefirió permanecer sentado, bebiendo la naranjada que le había ofrecido Ted. Sintió una extraña sensación de angustia acompañada de paz, la casa de los Potter no tenía colores lúgubres y entraba mucha luz, tenían tantas cosas que le pareció una casa mediana o incluso pequeña. La mansión en que vivía era tan gigantesca que la impresión de vacío abundaba ahí donde quiera que uno estuviere, con tapizados churriguerescos y oscuros que topaban con un techo altísimo del que colgaban candelabros que en la noche hacían sombras espeluznantes.

Aún se preguntaba por qué había llegado ahí. Sev le había dicho que podría visitarlo si así lo deseaba, pero no habían quedado en nada, así que, no estuvo seguro de que la invitación siguiera en pie, de cualquier manera no creía que le hicieran el desaire pero él tendría que pasar por la vergüenza de comportarse como un niño agradecido, lo cual en su vida había hecho. Un escalofrío recorrió su cuerpo, posó el vaso sobre la mesita que se hallaba en el centro de la sala y se acurrucó en su abrigo.

No mucho tiempo después la puerta volvió a abrirse con gran escándalo, escuchándose voces de niños que discutían y otro que gritaba "¡¡Teddy!! ¡Teddy!". Se paró de inmediato, escuchó que el tal Ted les decía que tenían visitas y en cuanto Severus supo que era para él, corrió a la sala a encontrarse con su amigo. Lo primero que vislumbró en su rostro fue una amplia sonrisa, pero al detectar la acongojada expresión del rubio, cambió su cara a una de preocupación. Rose caminó hacia la sala detrás de él, y luego toda la familia.

— ¿Estás bien, Scorpius? —tratando de no hacerse el sufrido, puso la cara más digna que pudo y sonrió levemente.

— Sí —respondió simplemente, hubo una pausa en la que Scorpius estuvo a punto de cruzar la mirada con Rose pero cambió de rumbo—. Dijiste que... podía visitarte... —comenzó inseguro— ¿soy inoportuno?

Rose estaba impresionada, lo último que esperaba ver esas vacaciones era la cara del rubio engreído, pero era aún más sorprendente no poder encontrar ni un ápice de altanería en su rostro. ¡Claro que era inoportuno! Esa noche era Noche Buena, ¿no debería estar con su familia? El tío Harry la hizo a un lado para acercarse un poco, Al se volvió y le dedicó una mirada suplicante, algo no andaba bien.

— No lo eres —le dijo el padre de Severus—. Puedes quedarte el tiempo que quieras, eres bienvenido —él estaba conciente que lo que fuera que tuviera en contra de Draco Malfoy, no tenía por qué pagarlo su hijo. La madre de Severus entró también a la habitación después de haber forcejeado con los pequeños y mandádolos a un cuarto, el más grande había sido quien había gritado "Teddy", por lo que seguramente estaría con él. La joven mujer le dedicó una sonrisa de comprensión.

— Cualquier amigo de nuestros hijos, es bienvenido en esta casa —dijo solemnemente—. ¿Por qué no lo llevas a tu habitación, Al? —el niño asintió y procedió a ayudar a Scorpius con su baúl, subieron las escaleras y detrás de ellos, algo dubitativa, iba Rose.

Entraron a la habitación de Al, que tenía posters de equipos de quidditch y varias quaffles de felpa en su cama. Dejaron el baúl frente a la cama y el morocho invitó al blondo a sentarse sobre la cama, Rose los observaba desde el marco de la puerta, aún no sabía cómo reaccionar. Al se acercó a ella y la obligó a entrar para poder cerrar la puerta, después regresó con Scorpius y se sentó frente a él, en una silla que tenía junto a la ventana. La pelirroja permaneció recargada en la puerta, Scorpius le daba la espalda en ese momento, así que un ligero alivio la inundó.

— ¿Se puede saber... —quedó a medias su pregunta. Scorpius lo miró por unos momentos y luego, cadenciosamente, se acostó sobre la cama y se tapó los ojos con el brazo.

Rose y Al se intercambiaron miradas y encogieron los hombros al mismo tiempo. Al se acomodó en su silla y la muchacha se sentó sobre el baúl del invitado. Esperando. Minutos después el muchacho abrió la boca, y con un hilo de voz dijo:

— Mi mamá... —hizo una pausa—, se fue de la casa —los otros se quedaron inmóviles, temiendo incluso hacer ruido al respirar—. Para siempre.

— ¿Qué sucedió? —preguntó Rose inesperadamente, su rostro se ruborizó cuando Al le dirigió una mirada de soslayo.

— Hace una semana mis padres discutieron... —reprimió un sollozo para que no lo escucharan— Creo que tenía que ver conmigo... al principio... mi mamá estaba muy molesta porque mi padre no había resuelto no sé qué cosa en la escuela conmigo, y que sólo había estado yendo a perder el tiempo... ¡Yo ni siquiera sabía que mi padre había estado yendo a Hogwarts! Mi padre la contradijo, y le dijo que tenía asuntos más importantes que resolver que meterse con mi vida, porque a su parecer todo era normal, entonces mi mamá le gritoneó que cómo era posible que aceptara que me juntara con esa gentuza —los aludidos sabían exactamente a qué se refería—. Pero entonces mi mamá se puso a llorar y le dijo que estaba harta... de que de siete días de la semana ocho llegaba tardísimo y que la última semana antes de vacaciones había sido el colmo porque ni siquiera había llegado a la casa en toda una noche... —hizo una breve pausa en la que ahogó un quejido— Entonces dijo que no podía soportarlo más, caminó dando zancadas hacia la sala de estar en la que yo me encontraba, se agachó sobre sus rodillas frente a mí y besó mis manos y mis mejillas pidiendo perdón... ¡yo no tenía idea! —entonces Scorpius se levantó como tabla y miró al frente fijamente, como si de pronto una iluminación le hubiera llegado.

"— Sí tenía idea —susurró—. Ella me lo había dicho... —se levantó precipitadamente hacia su baúl, Rose tuvo que levantarse porque sin previo aviso el blondo intentó abrirlo y comenzó a rebuscar entre sus cosas hasta que halló un fajo de cartas mal dobladas que había enviado su madre, agarró una y la releyó tantas veces que no notó cuando Al se acercó a él para observarla también—. Dijo que haría un viaje largo, del que quizá no volvería... que estaba cansada de ser el hazmerreír de la Sociedad de Brujas de la Alta Aristocracia... por... las... infidelidades de mi padre...

Rose fue de pronto conciente de algo que había escuchado alguna vez en la escuela, aquel rumor del cazador de brujas que se había suscitado años antes durante la generación de sus padres, aparentemente se trataba del señor Malfoy, el padre de Scorpius, y por lo que suponía, no había modificado su forma de actuar. No conocía muchos detalles, pero le parecía lógico que la señora Malfoy reaccionara de esa manera, aún así consideraba exagerado que huyera de casa dejando a su único hijo atrás.

Scorpius rió por lo bajo y con carácter triste.

— Yo ya sabía cómo era mi padre... pero no tenía idea de que mi mamá... fuera capaz de tomar estas medidas... sabiendo que siempre ha sido así.

— Tal vez llegó a su límite —sugirió Rose—. Y el hecho de que tu padre se quedara toda una noche fuera... pudo ser la gota que derramó el vaso.

La mirada del rubio apenas alcanzó a vislumbrar los ojos azules de la pelirroja.

— ¿Qué pasó después? —preguntó Albus.

— Bueno... mi padre salió detrás de ella, dejándole instrucciones al mayordomo de encargarse de mí. Y a media semana envió una carta diciendo que aún la estaba siguiendo y que la había rastreado hasta Islandia, pero que no la podía encontrar —hizo una pausa nostálgica—. Mi abuela está en cama por una enfermedad altamente contagiosa, así que, no podía verla y la casa estaba sola... mi padre no regresaba y yo...

No fue necesario que continuara, Rose y Al sabían exactamente la razón por la que había decidido venir. La soledad podía ser un trago amargo en circunstancias como aquella, además de que eran fechas festivas y por ninguna razón debería pasarla así. Antes de que pudieran decir algo, el señor Potter gritó que estaban a punto de irse y que se prepararan para partir. Scorpius los miró extrañado, por lo que Al le explicó que tenían una reunión familiar en la Madriguera, a lo que el blondo respondió con un suspiro de amargura por convertirse en una carga.

— No te preocupes, todos te van a recibir bien —eso no ayudaba mucho para levantar su ánimo.

Bajaron las escaleras hasta el comedor, donde reposaba una chimenea en la pared con el llameante fuego listo para recibir polvos flu. Toda la familia se encontraba lista y expectante. Al encontrarse con ellos, la señora Potter tomó la palabra.

— Scorpius —le dirigió la palabra, el joven adolescente levantó la cabeza apenado—, antes que nada, desearía que conocieras a esta familia, ya que pronto entrarás en un mundo de gente y te podrías perder —rió alegremente—. Yo soy la madre de estos engendros y puedes decirme señora mamá de Albus —la familia se rió al mismo tiempo, por lo que Scorpius se vio obligado a sonreír, aunque no había entendido muy bien el por qué de la risa—, es mentira, puedes llamarme señora Ginevra, aunque es muy frívolo, si prefieres Ginny está bien, lo mismo con mi marido aquí —el padre de Al le sonrió y agitó la mano—, señor Harry o Potter, a mi derecha Ted Lupin, creo que ya lo conocías y por allá el más alto es James y estos pequeños son Hugo, el hermano de Rose, y Lily, espero que te sientas como en casa.

Scorpius sólo atinó a hacer una mueca, odiaba estar en una posición de necesitado pero lo cierto es que lo estaban tratando cordialmente así que, inferior no se sentía. Uno a uno, los miembros de la familia se introdujeron en la chimenea para dirigirse al lugar de la reunión, "la Madriguera", se llamaba el lugar, y creía recordar que Severus se lo había comentado en algún momento.

Al llegar a la locación, estaba tan abarrotado de gente que Scorpius se sintió abrumado, había tal conmoción y escándalo que apenas podía escuchar la música navideña que habían puesto de fondo. Pero aquí venía la peor parte, saludar a todos y cada uno de los miembros de la familia, y con esta familia, hacerlo les iba a tomar una eternidad. Así comenzó el letargo, sin separarse de sus amigos, fue presentado a cada persona que se les topaba por enfrente, abundaban tantas cabezas rojas que le pareció un insulto a la córnea, pero estas personas eran tan cálidas y vivarachas que apenas se notaba su sorpresa al conocerlo.

Se acercaban las 6 de la tarde y ya toda la familia iba tomando lugar en una de las enormes mesas de jardín que habían colocado. Las risas y griteríos se oían por doquier, permitiendo a Scorpius adentrarse a un mundo en el que no había estado jamás. No hacía tanto frío como hubiera imaginado, por lo que se desprendió de su abrigo y lució su atuendo pulido y de niño rico sin premeditación alguna... nadie lo notó. A las 6 en punto, se oyó el golpeteo de una copa, un hombre alto y delgado, también pelirrojo con la cara llena de pecas, se levantó de su asiento listo para dirigir unas palabras. No estaba a más de cuatro personas de él, y Scorpius no dejó de notar que tenía los mismos ojos que Rose.

— Esta noche —comenzó, y el resto de la familia guardó silencio para poner atención—. Esta noche es muy importante porque... ¡todos los Weasley estamos aquí! —se escucharon gritos de emoción y aplausos, tras los cuales prosiguió—. La única pena es nuestra querida Ginny —señaló a la familia de la susodicha—, ¡porque se convirtió en Potter! ¡Por más que intentamos, no pudimos convertirlo en Weasley a él! —las risas inundaron el jardín, había tanta calidez, energía y felicidad que el blondo no tuvo otra opción que contagiarse, volvió a golpetear el vaso que llevaba— Quisiera hacer una remembranza, de mi hermano Fred, que esta noche no nos acompaña, vivirás por siempre en nuestros corazones, ¡maldito infeliz! —sonrió y elevó su vaso al cielo, los demás hicieron lo propio.

"— También es importante porque valiosos miembros de la batalla que libramos hace ya más de veinte años, están aquí, la familia de Luna y Neville, gracias por acompañarnos —ambos asintieron en correspondencia—. ¡Además contamos con la presencia de la hermosísima Fleur Delacour! —a la vista de todos, el señor Ron Weasley recibió una patada por debajo de la mesa, hizo una mueca de dolor y terminó completando:— y toda su familia claro está... —exclamó un pequeño "¡auch!" pos-dolor y se encogió levemente, la familia seguía riendo y cotorreando, el padre de Rose volvió a golpear el vaso, pero esta vez le dio en un punto que lo partió en pedazos y le cayó todo encima de la camisa, la familia estalló en carcajadas y alcanzó a escuchar un "¡Ay, Ron! ¡Nunca acabo contigo, nunca acabo!", acompañado de un "reparo" y otras cosas que no detectó... apenado, pero decidido a continuar su discurso, se volvió a levantar.

"— Bueno... —se aclaró la garganta y sonrió— pero eso no es todo... —inquirió, entonces sucedió lo que menos quería que pasara, el señor Weasley le dirigió la mirada a él, a Scorpius—. Esta noche, también nos acompañan dos slytherins, ¡quién lo diría! ¡Y uno de ellos es un Malfoy, para variar! —aunque el señor Weasley no hablaba en serio, se denotaba algo de sarcasmo en su voz, se oyeron reproches y comenzaron a aventarle servilletas hechas bolita, la mujer que se encontraba a su lado, una enmarañada castaña, se levantó y le propinó un zape a lo que él sólo respondió con una sonrisa y se sobó la cabeza, después volvió a voltear hacia él— ¡Ya, ya! ¡Está bien! ¡Bienvenido seas, hijo! ¡Pero que no se te ocurra convertir en Malfoy a alguna de estas preciosas pelirrojas! —la familia rió, esa broma no estaba tan cargada de sarcasmo, y es que habían bastantes pelirrojas, pensó el blondo, pero una vez más la señora Weasley, madre de Rose, lo jaló por el cuello del suéter.

— ¡Ya siéntate Ronald! —se levantó en su lugar y esta vez tomó ella la palabra— ¡Cualquier cosa que te diga este individuo que atente contra tu integridad, házmelo saber, yo se lo haré arrepentir, no lo dudes! —se sentó, contenta con su breve discurso.

Pero ahora, Scorpius era el centro de atención, todos le dedicaban miradas y hacían comentarios que no alcanzaba a escuchar. Prefirió ignorarlos, o pensar que no eran malos. Un último hombre, algo más viejo pero igual de pelirrojo y con algo de calva, se levantó y alzó la voz para ser escuchado.

— ¡Bendita sea la cena de hoy! ¡Porque casi descubro cómo vuelan los aviones muggles! ¡A cenar! —se sentó alegre y la familia comenzó a engullir lo que había, era tantísima comida que Scorpius dudó que pudiera acabarse, obviamente se daría cuenta de su error dos horas después.

— ¡Ay! ¡Qué pena con mi papá! ¡Por favor perdónalo! —le suplicó Rose, quien había cambiado su actitud hacia él tan radicalmente, que era imposible no darse cuenta. Scorpius sólo atinó a mirarla de reojo y asentir, acompañado de una sonrisa apenada.

— ¡Señor Weasley! —gritó el profesor Longbottom, para llamar la atención del viejo que había hablado— Yo sé quién le puede explicar cómo funcionan los aviones —exclamó.

Al aludido le brillaron los ojos y prestó atención a lo que tenía que decir el, para él, joven Neville.

— En Hogwarts, tenemos una maestra que es de procedencia muggle, igual que Hermione. Pero a ésta le gusta... lo que los muggles llaman "tecnología", el otro día la vi con un aparato que parecía un cuaderno muy duro.

— ¿Cuál es su nombre? Quizá la conozca —preguntó interesado.

— Se llama Valezka Vablatsky, ¿le suena?

— No, qué pena... —respondió decepcionado el hombre viejo— ¿tiene alguna relación con Cassandra Vablatsky?

— Nunca se lo he preguntado... no creo... le digo que aparentemente sus padres son muggles.

— ¿Valezka Vablatsky? —preguntó la madre de Rose, Hermione Weasley— ¿es ella la profesora de Defensa Contra las Artes Oscuras?

— ¡Y también es la jefa de la casa Slytherin! —gritó Ted desde su lugar, junto a Victoire Weasley.

— ¿Fue tu maestra? —preguntó nuevamente la señora Hermione.

— ¡No! ¡Qué va! ¡Ella fue mi compañera de grado! —varios ojos, aquellos que conocían a la profesora Vablatsky, se abrieron como platos al girar la vista hacia él.

— ¡Ah, sí! La profesora Vablatsky no lleva más de 4 años dando clases —agregó el profesor Longbottom.

— ¿O sea que tiene tu edad? —preguntó incrédulo el señor Ron.

— Me gana por unos meses, nació a finales del '97. Pero es de mi generación, probablemente por nacer después de septiembre —respondió sonriente.

— Cuando la conocí —comenzó a hablar la doctora Scamander, aquella extraña mujer que había conocido en la práctica del lago—, me sorprendió que una mujer tan joven fuera jefa de Slytherin.

— Bueno sí —empezó el profesor Longbottom—. Lo cierto es que hay otro par de maestros que aparentan ser más competentes para el puesto.

— ¡Vaya! ¡Entonces la profesora McGonagall por fin se terminó de deschabetar! —argumentó el señor Ron.

— No, no —inquirió de nuevo el profesor Longbottom—. Ella tuvo sus razones para elegirla —hizo una breve pausa, en la que intentaba recordar algunos detalles—, si no me equivoco, la profesora Vablatsky no es la más hábil, ni la más sobresaliente, bueno, se ha esforzado mucho por enseñar su materia, y lo ha conseguido, ha dado muy buenos resultados, pero la razón principal por la que la directora McGonagall la escogió, fue por su forma de pensar...

— ¡Ah, sí! ¡Esa Slytherin era bien rara! —intervino Ted, una vez más, las miradas se dirigieron a él—. Como la mayoría de los slytherins la hacían a un lado, entabló amistad con un chico de Ravenclaw, que murió en un accidente poco antes de graduarse.

Los adultos hicieron expresiones de angustia y preguntaron a Ted si sabía lo que había pasado, pero él no conocía los detalles.

— Bueno sí, sí es rara —aceptó el profesor Longbottom—. En primera es una hija de muggles que el sombrero eligió para estar en Slytherin, en segunda, la he pillado por ahí tratando de fusionar aparatos muggles con el mundo mágico, y en tercera, es una persona muy abierta, no discrimina a nadie y adora a sus alumnos. Además es temeraria, y le ha explotado varias venas de la frente a la directora con sus prácticas de campo.

— ¡Es verdad! ¡Jamás creí que alguien se atrevería a llevar a unos niños al lago! —exclamó emocionada la doctora Scamander—. Por eso fue incluido en el torneo de los tres magos del '94, tiene su nivel de peligrosidad, y es bastante alto.

— Yo conocía a ese chico con el que se juntaba, su nombre era Derrick, era mi compañero de banca en Encantamientos y me llegó a comentar que no era hija de muggles, que su madre era una squib —volvió a participar Ted.

— Ese tal Derrick, ¿no era su novio? —preguntó el profesor Longbottom, apenado por hacer una pregunta tan absurda.

— No que yo sepa —respondió Ted dubitativo.

— Pues honestamente, es la mejor maestra que hemos tenido —participó Rose. Personalmente Rose era más bien fanática de las Runas Antiguas como su madre, pero la profesora Valezka tenía lo suyo.

— Estoy de acuerdo —apuntó James, desde otro punto de la enorme mesa—. Si ella no existiera, ir en quinto, con T. I. M. O. S. incluidos, sería una pesadilla —se rió sonoramente antes de contar el chiste—. Además es sumamente divertido ver a la profesora McGonagall con la mandíbula desencajada tras los accidentes de las prácticas.

— ¿Cómo puede hacerte feliz algo así, James Sirius? —preguntó su madre indignada.

— ¡Oh! ¡Mamá! ¡Nada ha pasado a mayores! ¡Por eso la profesora McGonagall sigue sucumbiendo! —afirmó, y esbozó una radiante sonrisa de satisfacción.

Gradualmente, la conversación se fue inclinando hacia otros temas. Y Scorpius comenzaba a tener mucho sueño, pero la fiesta iba para largo, terminaron regresando al Valle de Godric a eso de las 4 de la mañana, tras un brindis de Navidad y muchos abrazos por el año nuevo que venía, puesto que no todos se iban a volver a ver para esas fechas.

Al llegar a casa toda la familia se desplomó cada quien en su cama, colocaron otra cama en la habitación de Albus y ahí se quedó a dormir Scorpius. Se quedaron hasta que el sol penetraba fuertemente por la ventana y se decidieron a levantar.

Al bajar, Scorpius y Albus encontraron a toda la familia ya reunida junto al árbol de navidad, abriendo regalos como si fueran niños de hospicio. El blondo recordó aquellas navidades en que al bajar al gigantesco árbol instalado en la sala de estar, que tenía la chimenea prendida, encontraba una montaña de regalos que su madre y abuela estaban deseosas por ver abiertos, para ver la carita de felicidad que Scorpius pondría. Poco a poco la expresión de Scorpius se volvía cada vez más fingida, porque comenzaba a dejarle de emocionar la navidad. Pero esta familia reía y se aventaba la basura mientras abrían las cosas nuevas.

— Es una lástima que estés aquí, porque yo ya te había enviado tu regalo a tu casa —le dijo Al.

Scorpius se sonrojó. Él ni siquiera había pensado en dar algo a sus amigos, maldito desconsiderado. Después se encargaría de recompensarlo, pensó. Al cabo de un rato, los tres hermanos se peleaban por una u otra cosa y los padres se encargaban de controlarlos, más que ser parte de esta parafernalia, Scorpius fue testigo de lo que tener una familia integrada significaba, experimentó un dejo de nostalgia. Su padre rara vez presenciaba las navidades, y cuando lo hacía, no mostraba interés alguno.

Los días dentro de la casa de los Potter transcurrieron con una tranquilidad incomparable. De vez en cuando recibían visitas de sus amigos, y en año nuevo se reunieron con la familia de Rose. Los Weasley eran las visitas en casa de los Potter, aparentemente porque el año anterior lo habían pasado en la casa de los otros. Scorpius no dejó de notar que el señor Ron lo evitaba a toda costa, posiblemente para evitar un comentario que le valiera una mirada de odio por parte de su esposa, de cualquier manera, al llegar la media noche habían salido al jardín a tronar cuetes (patrocinados por el tío George), y Scorpius había tenido la oportunidad de reír un poco al lado de sus amigos, sobre todo cuando Rose se mostró asustada de agarrar una luz de bengala y prenderla, después se mostró maravillada con las chispas que salían.

La señora Weasley se acercó sigilosamente hasta donde Scorpius se hallaba y lo observó detenidamente, mientras éste no perdía de vista, apacible, la mirada encantada que Rose le dirigía a los fuegos artificiales. La mujer sonrió.

— ¿Cómo está tu familia, Scorp? —le preguntó. Ésta lo tomó por sorpresa.

— Bien... —respondió algo tímido.

— Me alegra que accedieran a permitirte pasar las vacaciones con nosotros —Scorpius le dedicó una sonrisa de tristeza, pero optó por no entrar en explicaciones innecesarias y asintió—. ¿Y tu padre? —preguntó, como si fuera cosa de todos los días. El blondo se encogió de hombros y evitó su mirada—. Eres idéntico a él —no es como si nadie se lo hubiera dicho antes, pero había algo en el tono de voz de esta mujer que lo sacó de su órbita. La mujer suspiró—. Bueno, espero que estés disfrutando —terminó de decir, y se alejó de él.

Pasaron la velada riendo y bebiendo ponche, por lo que a nadie, excepto a la señora Weasley, se le hubiera ocurrido siquiera imaginar en levantarse temprano. Pero el timbre sonó a eso de las 9 de la mañana. Como es de esperarse, fue ella quien abrió.

De frente al visitante, sintió como si se le parara el corazón. Sosteniendo el picaporte con fuerza, hizo exactamente lo mismo que el hombre que yacía enfrente: nada. Se miraron momentáneamente sin saber qué decir. El hombre estaba echo un fiasco, húmedo hasta el último vestigio de ropa, con el cabello y la cara sucios y rastros de haber atravesado una helada nevada, temblando levemente de frío.

Al parecer, fue el cerebro de la señora Weasley el que logró reaccionar antes.

— ¿Buscas a Scorpius? —preguntó, fingiendo extrema tranquilidad, como si esperara este día por años.

— Así es —le contestó, con su voz grave, acompasada por un intento de mantener la calma. La señora Weasley le hizo una señal para permitirle pasar.

En lo que entraba, la señora Weasley le apunto con la varita por la espalda y tras un rápido hechizo, consiguió que el señor Malfoy quedara seco y limpio. Éste sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal y estuvo a punto de girar sobre su eje y dedicarle unas palabras de reproche. Pero una vez más recordó comportarse como un adulto y se limitó a continuar su camino hasta la sala de estar. Tomó asiento, y la señora Weasley le ofreció una taza de ponche caliente que, de no ser observado, el señor Malfoy hubiera bebido con avidez.

— Está dormido, todos nos desvelamos —le explicó, tras lo cual tomó asiento en un sillón perpendicular al de él.

— ¿Qué haces aquí? —preguntó, sin poder evitar su tono de desdén, después de todo, esa no era la casa de esta mujer. Ella lo miró contrariada, al final de cuentas eso qué le incumbía a él. Le pareció evidente estar ahí, pues era la casa de sus mejores amigos.

— ¿Qué haces tú aquí? —le devolvió la pregunta.

— Vine por mi hijo —respondió como si aquella respuesta fuera obvia. De inmediato, la agudeza de la señora Weasley le permitió intuir que algo no andaba bien, y que Scorpius había llegado ahí sin el previo permiso de sus predecesores.

— Él se encuentra bien —aseveró duramente—. Está pasando un rato seguro y agradable con nosotros, sería ideal permitirle pasar el resto de las vacaciones aquí. Sin tu inoportuna intervención.

El señor Malfoy la miró con todo el odio que le tenía guardado, Scorpius era su hijo, él podía decidir o hacer lo que pensara que era más conveniente con respecto a él.

— Malfoy sé razonable —trató de tomar un tono más apacible—. No sé qué habrá sucedido, pero por esa razón está aquí —hizo una breve pausa en la que rellenó la taza del señor Malfoy con su varita—. Dale la oportunidad de conocer otros espacios, ya está aquí, permite que se quede. Quizá sea lo mejor para los dos.

El señor Malfoy dejó la taza sobre la mesa que tenía enfrente y procedió a cubrirse la cara con las manos, apesadumbrado. Meditó por largos minutos y terminó por levantarse, agarró la taza de la mesa y se tomó el resto del ponche de un sorbo. Le dio la espalda a la señora Weasley y giró la cabeza, para alcanzar apenas a vislumbrar la figura de la mujer con su vista periférica.

— No le digas que estuve aquí —le pidió, dicho esto, desapareció.