Capítulo III
Lo único que oía eran mis pasos. El sonido de mis botas al pisar el duro hormigón. Me sentía extraña: triste y emocionada a la vez. Pero nada pasaba por mi mente en ese momento, tenía claro a dónde me dirigía y qué era lo próximo que iba a hacer. Me encontraba andando aceleradamente por la avenida 9 de julio, justamente en la Plaza de la República, en la cuidad de Buenos Aires. Me detuve en el paso de peatones y esperé a que la lucecita verde del semáforo se encendiera. De repente, me encontraba con la cabeza alzada, mirando el enorme obelisco que se alzaba ante mí. Sabía que quedaba poco, mi reloj marcaba las doce. Mientras seguía observando el monumento que se encontraba frente a mí sentí un dolor punzante en mi brazo derecho que cada vez se hacía más intenso. Me llevé la mano del brazo contrario instintivamente hacia el punto de dolor. Me ardía y no sabía porque. Mi mano, la separé un instante, estaba húmeda. Sangre. Dios, el dolor me iba a matar. Caí de rodillas al suelo y sin poder ni querer evitarlo solté un grito desgarrado.
La imagen que veían mis ojos había cambiado completamente, me encontraba sentada en algún lugar blando. Aún con el corazón bombeando sangre a cien por hora y con la mano sujetándome el brazo, miré a mi alrededor.
— ¿Estás bien? — me preguntó alguien a mi lado.
Me giré para encontrarme con Skandar mirándome con los ojos abiertos y con una expresión asustada en el rostro.
— Sí—contesté con la voz y la respiración agitadas.
Se rió y se recostó de nuevo en el sofá.
— No deberías seguir mirando esta película. Después no podrás dormir.
No se había enterado de que me había dormido mientras la miraba, mejor, me ahorraba tener que dar explicaciones sobre lo que había pasado en realidad. Pero tenía razón, esta noche no iba a dormir, y no precisamente por la película sino por esas horribles imágenes que veía una y otra vez cada noche al quedarme dormida.
Me senté en la cama, en la penumbra, esperando la llamada. Tenía el teléfono móvil entre mis manos pero no ocurrió nada. Bueno, sí. Que me quedé dormida y la pesadilla empezó otra vez.
Me levanté agitada. El sueño había terminado de la misma forma que la vez más reciente. Me miré el brazo derecho. La cicatriz se hacia visible aunque era pequeña seguía marcada en mi piel. Me incorporé sentándome en el borde de la cama. Me froté los ojos con las manos. Eran las siete de la mañana y como supuse nadie estaba en pie aún. Entré en el baño cerrando la puerta y me desvestí para entrar en la ducha. La mañana era fría aún estando en verano. Después de haberme vestido y secado el pelo el móvil sonó desde la habitación. Salí del baño y cogí el teléfono que se encontraba encima de la cama aún sin deshacer. Pulsé la tecla verde.
— ¿Noventa y tres? —dijo la voz antes de que yo pudiera contestar.
— Dígame— respondí cuando nombró mi número de identificación.
— Quiero que me informes, a partir de este momento, de todo lo que ocurre en la casa. Quiero estar informado, con todo tipo de detalles. No quiero que ocurra lo mismo que la vez pasada. ¿Comprendes?
— He entendido. ¿Debo empezar hoy con lo acordado?
— No. Espera unos cuantos días. Hasta que te sitúes en la cuidad. No hay prisa, sólo quiero que todo transcurra sobre ruedas. Ni un solo problema ¿queda claro?
— Clarísimo.
— Bien. La dejo.
— Adiós.
Guardé el teléfono móvil en el bolsillo del pantalón tejano. Ya no tenía nada más por hacer allí dentro, en el dormitorio, así que bajé a la cocina con tal de desayunar algo. Me encontré con la madre sentada en la mesa con una taza de café hirviendo entre las manos.
— Buenos días—dije educadamente.
— Vaya, no esperaba ver a nadie hasta las once. ¿Qué tal has dormido esta noche?

— Muy bien, gracias. Parece que en esta casa la gente no es de madrugar mucho.
— Pienso lo mismo. Siéntate, voy a prepararte algo para comer. Te va a hacer falta. Soumaya me dijo anoche que iríais los tres a algún sitio por la mañana.
— Efectivamente— oí la voz grave del joven detrás de mí.
Su madre se giró y sonrió al verle de pie junto al marco de la puerta, aún vestido con el pijama y con el pelo todo desordenado.
— ¿Te encuentras mal, hijo?
— ¿Por qué? ¿Es que no me puedo levantar a las ocho de la mañana estando en vacaciones de verano?
— No, si no digo nada. Solo que es extraño, sobretodo viniendo de ti. Siéntate tu también, que ahora os hago el desayuno.
Skandar se sentó delante de mí dejándose caer en la silla. Apoyó los codos en la mesa y se frotó los ojos a la vez que soltaba un bostezo. Me lo quedé mirando y nuestras miradas se cruzaron. Me sonrió.
— No tengo ni idea donde nos va a llevar Sou, pero no esperes pasar una mañana relajante. Es capaz de llevarnos a hacer montañismo.
— No será para tanto— le contesté.
— Vuelve a decir eso dentro de dos horas.
Soumaya fue la última en levantarse esa mañana, pero a las diez y media nos encontrábamos los tres delante de los grandes almacenes de Oxford street. Entramos con la mayor delante de nosotros.
— Voy a morir— dijo Skandar mientras miraba las tiendas que se encontraban a nuestros lados.
Me reí.
— No te rías. En serio que voy a morir. Tú no sabes lo que es venir a algún sitio así.

— Oye, que yo también voy de shopping.
— Rectifico. Tú no sabes lo que es venir a algún sitio así con ella.
Soumaya se giró a metros delante de nosotros.
— Daros prisa, que hay que aprovechar el día.
— Pero Sou, déjame entrar al menos en esa tienda de discos—le suplicó.
— Que no. Ya te lo he dicho en casa, que te vienes todo el rato con nosotras.
— Quiero comprarme un CD, ¿te importa que me acompañe? Luego te llamamos y nos volvemos a reunir—dije para que su hermana le dejara ir.
Me miró y luego miró a su hermano. Hizo una cara de no estar muy convencida.
— Está bien. Pero me llamáis, no os escapéis—lo último lo dijo por su hermano.
— Te lo prometo—dijo él—. Venga vamos—dijo mientras me arrastraba hacia la tienda.