Capítulo IV
Al entrar alguien pasó por mi lado y me dio un empujón en el hombro.
— Disculpa— dijo una voz antes de girarme.
Esa voz… la había oído en algún lugar, pero no sabía exactamente donde. Cuando giré la vista, la chica que me había golpeado sin querer se encontraba de espaldas hablando animadamente con un grupo de chicos de su misma edad. Me la quedé mirando hasta que sentí otro golpe en el hombro.
— Tierra llamando a…— Skandar se calló— ¿cómo te llamabas?
Le miré a la cara.
— Me llamo Marta.
— Eh, sí eso. ¿Te piensas quedar ahí todo el día?
Aún no me había movido de la entrada. Negué con la cabeza y le seguí entre los pasillos llenos de estanterías repletas de discos de música, videojuegos y demás. Me paré al llegar a la sección de películas.
— Buscabas un CD, ¿no? Aquí no están— dijo tajante y después me fue empujando mientras yo hacia resistencia.
— Eh, eh, eh — le paré con las manos—. ¿Por qué no quieres que mire que películas hay?
— ¿Cómo? — se rascó la cabeza intentando disimular—.
Alcé una ceja.
— Es que las películas que hay no son muy buenas.
— ¿En serio? ¿Las has visto todas?— sabía que me ocultaba algo.
— Todas.
— Entonces… —me inventé el título de una película— ¿de qué trata La maldición de los calcetines?
— Ah, sí. Esa… la vi el mes pasado.
—Y… ¿de qué es? ¿Es de ovnis? ¿Vampiros? ¿Personas normales? ¿Dibujos animados?
— Eh… ovnis. Sí, eso. Ovnis grandes y brillantes que llegan al planeta Tierra para secuestrar a todos los calcetines que están maldecidos por el demonio.
— ¿De verdad?
— De verdad de la buena.
— Te he mentido. Esa película no existe.
— Eh… me has pillado— se rió— bueno, vamos a ver que música hay por ahí— señaló una estantería al azar y empezó a caminar.
Corrí para poder alcanzarle.
— Skandar.
— Que —dijo serio.
Me quedé sin saber que decir, detrás de él, mirando todas las cajas de CD que había. Dejó ir un suspiro y se giró hacia mí.
— Es que… me da vergüenza.
— No entiendo. ¿Te da vergüenza que mire películas?— volteé los ojos— hay que ver que raros son los ingleses—.
— Oye guapa— me dijo con sarcasmo—. No, no es eso. Es que, no quiero que veas… bueno, es igual.
Me reí.
— No quieres que vea la película de Narnia. ¿Es eso?
— Exacto. Así que si no te importa deja ya el tema y ponte a buscar lo que quieres comprar.
— La verdad es que no quiero nada. Era solo una excusa para que pudieras deshacerte de tu hermana.
— Sí, claro. Tú lo que querías es estar a solas conmigo— me guiñó el ojo.
— Ya te gustaría a ti. Anda que no te lo tienes creído ni nada.
Al girarme me quedé congelada. Sin darme cuenta de un paso hacia atrás y pisé a Skandar.
— ¡Eh! — se quejó—. ¿A dónde vas?
Ni siquiera le oía. Corrí hacia la entrada esperando que esa persona no me hubiera visto. Cuando las puertas automáticas se abrieron salí afuera y miré hacia atrás para asegurarme de que no había sido vista. Skandar me había seguido y me miró extrañado esperando que le contara lo que me acababa de ocurrir.