Capítulo
VII
—
Perdón por preguntar, pero me siento un poco excluida de la
conversación. ¿Quién es Liberty?— pregunté al ver que nadie me
explicaba nada.
—
Es la novia de Skandar — me contestó Harry, el del pelo
anaranjado.
—
Bueno… eso de novia ya no lo tengo tan claro — dijo en un susurro
el castaño mientras miraba el bol de patatas fritas que tenía
delante.
—
Ha pasado algo y no nos lo quiere contar. Es muy suyo — intentó
aclarar Chris, el del pelo rizado.
—
Son asuntos míos. Dejarme a mí que intente solucionar las
cosas.
Miré
a los tres amigos y me acomodé en el sofá. No comentó nada sobre
aquella misteriosa chica hasta que se hubieran ido a sus casas.
Recogí los platos y los cartones de pizza vacíos y los llevé a la
cocina. Él había ido a acompañarlos hasta la entrada y cuando salí
me lo encontré sentado en el porche. Me quedé de pie detrás de él
mirando hacia la calle. Vi que me miraba y me señalaba el lado de
escalera que había a su lado. Me senté.
—
Pensaba que te irías a estudiar — me dijo con una sonrisa en los
labios.
—
Iba a hacerlo.
—
Pero…
—
Pero como te has quedado aquí sentado pensaba que te pasaba algo.
—
Es por lo de antes.
¿No
podría ser un poco más preciso?
—
¿Lo de antes? — pregunté indecisa.
—
Ya sabes, Liberty.
Silencio.
Nadie dijo nada. Seguiamos mirando la calle que teníamos enfrente.
Ya había oscurecido y lo único que veíamos con claridad era el
trozo de acera de la entrada a la casa. Noté que se movía y le
miré. Estaba buscando algo en el bolsillo de sus vaqueros. Tardó un
rato hasta que consiguió sacar lo que se hallaba ahí dentro. Era un
trozo de papel rectangular. Lo giró. No. Era una foto. Me la colocó
en la mano y se levantó del escalón en el que estaba sentado, pero
seguía con la mirada fija hacia delante.
—
¿Qué es esto?
—
¿No lo ves? — dijo mosqueado.
—
Lo siento.
—
¿Sientes qué?
—
Siento que la pagues con cualquiera. Yo no tengo la culpa de que tu
novia se vea con otro mientras está contigo.
Tiré
la foto al suelo y entré en la casa en dirección a la habitación
de invitados. Estaba irritada y aún peor, nerviosa. Faltaban menos
de veinticuatro horas para que todo empezara. No quería, pero era mi
última misión. Una más, y volvería a casa.
