Capítulo
VIII
Bien,
empezaba lo que realmente importaba. No importaba si hacía frío o
por el contrario calor, tampoco si tenía alergia a algo o si en tal
caso no quería seguir adelante, tenía que hacerlo y punto. Me lo
habían dejado muy claro la última vez. Con un poco de suerte, si
todo salía bien y no había ningún inconveniente, la misión
estaría resuelta en unos tres o cuatro días. Era sencillo y rápido.
Entraba en el edificio, cogía lo que era nuestro y me aseguraba de
que nadie armara revuelo ni le contara nada a la policía. Después
solo tenía que coger un avión rumbo a España y todo quedaría
resuelto. Yo viviría de nuevo con mis padres y nunca más tendría
que arriesgar mi vida por otros.
—
No puedo hacerlo— me repetí una y otra vez mientras daba vueltas
por la habitación sin ningún sentido. — ¿Por qué? ¿Por qué
tenía yo que entrar en esa web de las narices y ofrecerme en hacer
algo así? ¡Ah ya sé, porque soy tonta el bote! Con lo bien que
podría estar yo ahora en la piscina de mi casa, tomándome una copa
de piña colada. Pero no, Marta la lista tiene que meterse siempre en
algún follón. ¡Arg!
Di
una patada en una de las patas de la cama. Algo que no debería haber
hecho. Automáticamente solté un grito de dolor.
—
¿Ha pasado algo?
Ahí
estaba él, al lado de la puerta de mi habitación mirando todo a su
alrededor.
—
Que susto me has dado— le contesté.
—
Perdona, pero es que iba hacia al baño y te he oído gritar.
—
Nada, nada. Que me he dado con las pata de la cama en el pie.
—
A ver si vigilamos — me sermoneó— y también a ver si recogemos
esto un poco, que acabas de llegar y mira como lo has puesto todo—.
—
Sí, ahora mismo. Y por si no te acuerdas estoy enfadada contigo—
le empujé al pasillo y le cerré la puerta en las narices.
Cerré
la puerta con pestillo antes de que volviera a entrar y eché una
mirada al cuarto. Bueno, tampoco era para tanto. La cama estaba
deshecha, tenía ropa amontonada en la butaca situada al lado de la
ventana y dos pares de zapatos esparcidos por el suelo. Estuve un
buen rato parada sin hacer nada hasta que recordé qué era lo que
tenía que hacer. Hice la cama rápidamente y retiré los zapatos a
un lado. Cogí la bolsa con todo lo necesario y salí del cuarto
cerrando la puerta con llave, por si a caso. Bajé las escaleras de
dos en dos y fui directamente hacia la puerta de entrada.
—
¿A dónde vas? — oí que decía el mismo pesado de antes desde el
piso de arriba, mirándome desde lo alto de las escaleras.
— It's
none of your business —
le contesté mientras abría la puerta y salía por ella.
Ahora
esperaba que todo fuera bien. Si no había complicaciones en dos días
todo habría acabado. Anduve por toda la cuidad creo que más de
cuarenta minutos. ¿Que podría haber cogido un taxi o un bus? Sí,
pero se me había olvidado la cartera en casa así que no tenía más
remedio.
Eran
las once y siete minutos cuando llegué a mi destino. Era un gran
edificio de más de diez plantas, con las paredes acristaladas. Había
un gran letrero en la entrada: Red
Bull's Me
aseguré de que ese era el sitio mirando en la pequeña agenda que
llevaba en la bolsa. Sí, efectivamente era ese el lugar.
Oí
un crujido a un lado, justo detrás de un cartel anunciando el nuevo
perfume de Carolina Herrera. Rodeé el poste y sonreí al ver a quién
se escondía detrás.
—
¿Qué haces aquí?— le pregunté.
—
No me has contestado esta mañana a mi pregunta así que no he tenido
más remedio que seguirte.
—
¿Tú no entiendes cuando una persona dice : a
ti que te importa?
—
No, lo siento. Así que ya me dirás a qué has venido.
Shit.
Mi perfecto plan acababa de ser aniquilado.
