Capítulo IX

— Mira por dónde que no te lo voy a decir.

¿Por qué tenía que ser tan plasta? Ni que fuera mi guardaespaldas o algo por el estilo…

— Pues mira tú también por dónde que no te voy a dejar ir hasta que me lo digas.

— ¿Alguna razón por la que hacerlo?

— Primera: soy mayor que tú y segunda: te alojas en mi casa, y, por lo tanto yo soy el responsable de que no te pase nada mientras estás aquí.

— Gracias por preocuparte por mí, pero no creo que me pase nada.

Giré en redondo y caminé hacia la puerta de entrada del enorme edificio acristalado. Sabía que me seguiría por lo que me tendría que inventar alguna escusa al entrar. Al cruzar la puerta automática me giré y le vi subir las escaleras de mármol blanco de la entrada.

— ¿No me vas a dejar en paz, verdad?

— Correcto.

— Está bien… He venido porqué un tío mío trabaja aquí y le quiero hacer una visita.

— ¿Y tanto te cuesta decir eso? De verdad que no te entiendo. ¿Y, bien?

— ¿Y bien, qué?

— ¿Qué dónde está tu tío?

— Pues en su despacho.

— Pues vamos.

— No.

— ¿No? ¿Por qué no? Si has dicho que le querías ver.

— Exacto, que yo —remarcando la palabra— le quería ver. Tú no pintas nada aquí.

— Pero soy sociable y me gusta conocer gente.

Este chico era demasiado pesado. Así que me tendría que inventar algo, tendría que hacer pasar a alguien de los trabajadores como mi tío. Pero eso no era nada fácil. [i]Dios mío que tortura.[/i]

— Vale, vamos.

Caminé hasta la chica de recepción.

— ¿El despacho de Henry Cortez?

La secretaria me miró unos segundos antes de teclear el nombre en el ordenador. Por suerte conocía a alguien allí. No era la única que sabía lo que se tramaba en ese sitio por lo que la agencia ya se había encargado de colocar algunos infiltrados como trabajadores de la empresa.

— Segunda planta a la derecha — contestó una voz aguda detrás del escritorio.

— Gracias. Buenos días— me despedí a la vez que agarraba a Skandar por la camisa— venga tira.

— Qué carácter — protestó a la vez que se soltaba de mí.

El ascensor estaba a punto de cerrarse y me adelanté para poder entrar, pero Skandar me detuvo cogiéndome por el brazo.

— Esta lleno, no cabemos — se explicó.

— Sí, claro. Lo que pasa es que quieres estar a solas conmigo— le guiñé un ojo.

Por supuesto estaba bromeando, pero él no lo entendió y se ruborizó.

— ¡Era broma! — me puse a reír a la vez que veía como el dejaba ir un suspiro de alivio.

— Me habías asustado. Me estaba imaginando los dos en el ascensor, solos, y tú…—le dio un escalofrío— uh, quita, quita— me apartó con la mano—.

— Ni que fuera tan fea — le contesté con mala cara.

— Únicamente, que no eres mi tipo.

— Gracias.

Apreté el botón para que el ascensor volviera a bajar. En menos de dos minutos nos encontrábamos los dos, solos, en el interior. Skandar se encargó de presionar el número dos y luego nos quedamos en silencio hasta que las puertas se volvieron a abrir. Salí y miré a mi alrededor. Había tres pasillos; uno al frente, otro a la derecha y otro a la izquierda. Las paredes eran también de cristal y se podía ver el interior de los despachos. Aquello era un caos de gente yendo de un lado para el otro sin ni siquiera mirar a la gente que estaba a su lado. Giré a la derecha donde me había dicho la recepcionista pero luego me di cuenta de que no me había dicho en qué puerta era.

— Skandar— me giré hacia atrás— vete abajo y pregúntale a la recepcionista que puerta es.

— ¿Qué? No pienso ir. Además tu lo que quieres es que me vaya.

— No. ¿En serio crees eso?— dije con sarcasmo.

Me sacó la lengua.

— No sé para qué bajar y preguntarle, se lo preguntas a alguien de por aquí y listo.

[i]No había forma de deshacerse de él. [/i]

— Bueno, al menos lo he intentado— dije en un susurro— ¡Ah! Creo que es él—dije mirando a través de los cristales del despacho que teníamos delante—.

Golpeé suavemente dos veces la puerta antes de entrar con Skandar detrás de mí.

El hombre que se encontraba sentado en una butaca negra detrás del escritorio se levantó el vernos entrar. Actué antes de que fuera demasiado tarde y dijera algo que Skandar no pudiera saber.

— Hola tío— le saludé y fui a abrazarle.

— ¿Cómo está mi sobria favorita? — me dijo al abrazarme.

— Muy bien— me deshice de su abrazo y me giré para presentarle al chico que iba conmigo—. Este es Skandar, su familia me aloja en su casa durante el tiempo que estaré aquí.

— Encantado— le saludó el castaño estrechándole la mano.

Henry Cortez era de nacionalidad Mexicana. Tenía la piel morena y el pelo negro y corto. Lo único que destacaba de él eran sus enormes ojos azules. Por lo demás era un hombre de cuarenta y cinco años corriente. Había echado algo de tripa durante los últimos años, no había cambiado mucho desde la última vez que lo vi.

— ¿Y qué te trae por aquí? —me preguntó sin dejar de mirar a mi acompañante.

— Quería hacerte una visita, a ver qué tal estabas

— Muy bien, como siempre — consultó su reloj—.Bueno, ahora no te puedo atender, estoy en medio de mucho trabajo. Llámame cuando quieras.

— Lo haré. Adiós.

— Adiós, adiós.

Skandar se despidió con un gesto de la mano. Al fin y al cabo, todo había salido bien. Ahora solo había que buscar otra oportunidad para visitar aquel lugar sin que Skandar me siguiera.