Seguimos andando por el pasillo hasta llegar a las puertas del ascensor. Presioné el botón y miré a mi acompañante.

— ¿Qué?— me dijo al verse observado.

— ¿Vas a seguirme toda la mañana?

— Puede. ¿A dónde se dirige ahora la señora?

— Tengo clase de inglés en veinte minutos. Recuerda que he venido a Londres por una beca, no por amor al país.

Las puertas metálicas se abrieron y entré adentro.

— Vale, pues te acompaño hasta la academia y luego me voy — explicó su plan a la vez que entraba en el interior.

Refunfuñé en susurros. Este chico era imposible. Recuerdo el primer día en que lo vi. Hacia tan solo dos días desde aquel momento. Era un borde y parecía que le caía mal. Ahora resultaba ser un plasta, pero a la vez simpático.

Anduvimos juntos hasta un edificio situado dos calles más abajo. No tenía nada de especial. Era un bloque de pisos, en el bajo del cual había un local que usaban como academia de inglés.

Skandar miró el edificio que tenía enfrente.

— ¿Es una broma, no?

— ¿Es una broma el qué?

— No empieces con las preguntitas tontas. Ya me has entendido.

— ¿Te refieres al local? ¿Qué tiene de malo?

— Oh, sí, cierto. Vienes desde yo que sé dónde...—le corté—.

— España.

— Pues eso, vienes desde España para que te den clases en una academia cutre.

Razón tenía. La Agencia me podría haber buscado algún sitio mejor. Pero teniendo en cuenta que nadie me debería haber seguido, pues todo era perfecto. Pero como no era así, como tenía un pesado que me seguía a dónde fuera… ¿Y ahora qué? La verdad no se la podría decir, pero si me podría inventar algo. Y bueno… no se me daba mal improvisar…

— Vale, te voy a contar la verdad.

— ¿Me vas a decir que todo esto es una tapadera porque tú realmente eres una espía de la Agencia multinacional Spyjms y has venido a Londres para recuperar algo que es posesión vuestra, pero que los hermanos multimillonarios Fox están ocultando desde hace mucho tiempo?

— ¡¿Qué?!— no pude contener el grito.

¿Resultaba que lo sabía todo? ¿Pero desde cuándo? Oh my beautiful god. Lo había descubierto y yo disimulando como una tonta.

Estaba saturada, en blanco, no podía pensar en nada. Miré a Skandar. El tonto se estaba riendo a carcajada limpia.

— ¡¿Pero cómo lo sabes?!

— Seré cualquier cosa...— empezó a reírse de nuevo— pero no soy tonto.

— ¿Y puedo saber porqué te estás riendo?

— Deberías haber visto tu cara — se rió aún más fuerte.

Esperé a que parara de reír. Dios mío, esto no podía estar pasando. Solo hacía dos días desde mi estancia en Londres y ya se había enterado alguien de quién era. Caminé en dirección por dónde habíamos venido. Caminaba deprisa, pero no me había dado cuenta. Estaba en estado de shock. Nunca me había pasado, la verdad es que tampoco llevaba mucho tiempo en esto. Pero lo suficiente como para desmoralizarme. Skandar me seguía por detrás pero no decía nada. Quizá se lo estaba guardando para cuando llegáramos a casa.

— ¡¿Oye, vas a bajar el ritmo o vas a estar así hasta que lleguemos?! — gritó desde detrás.

Paré en seco y esperé a que me alcanzara. Respiré hondo y me decidí a preguntarle lo que más temía saber.

— ¿Cómo lo has adivinado?

— Bueno, es fácil.

— Sí, vamos. Super-mega-fácil— solté con sarcasmo.

— Vamos por partes.

Le escuché sin decir nada hasta que terminó su explicación.

— El día que llegaste, cuando subí tu equipaje al cuarto de invitados, dejé la maleta encima de la cama. Cuando me iba a ir oí un ruido y me giré para ver qué era lo que se había caído. Me encontré con una agenda pequeña, esa que has mirado antes de entrar a ver a tu falso tío —se volvió a reír—- bien, el caso es que no pude contenerme de leer lo que había escrito. Está mal, sí, vale. Pero estaba mosqueado porque no quería que nadie se viniera a vivir con nosotros y menos una chica. Resumiendo, leí que hoy a las siete irías al edificio Red Bull's, por eso me has visto, pero yo he sido más listo y he cogido un bus— se río de nuevo antes de continuar con la explicación —. Vi tu tarjeta de identificación y leí lo de Spyjms. Por la noche, después de ver esa película de terror busqué el nombre de esa agencia en Internet y así es como me enteré de todo.

— Guau— dije al darme cuenta de lo simple que había sido que me descubriera.

— Soy un tío listo.

— No, eres un tío con suerte. Si la agenda no hubiera caído del interior de la maleta no lo habrías descubierto.

— ¿Y ahora que lo sé, que vas a hacer?