— Supongo que matarte.

Debía asegurarme de que no se lo dijera a nadie, sino a quién matarían sería a mí. Pero llegar al extremo de matar a alguien tampoco sería capaz.

Retrocedió unos pasos.

— Ni se te ocurra acercarte a mí— dijo el castaño.

— No lo voy a hacer.

— ¿Matarme o acercarte?

— ¿Tú qué crees? —suspiré—. No te voy a matar, no digas tonterías.

No hizo falta rogarle para que volviera a mi lado. Tenía que pensar en lo qué haría a continuación. Estaba claro que a él no se lo podía escapar nada, no podía decírselo a nadie y yo, por mi parte, tenía que continuar con la misión. Quizá con su ayuda podría conseguir realizar mi tarea con más facilidad pero con eso me arriesgaba a que el jefe supiera lo que estaba ocurriendo de verdad.

No nos hablamos hasta haber llegado a su casa. Su madre salió de la cocina al oírnos entrar. Se acababa de levantar. Tenía el pelo rizado todo revuelto y llevaba un bata de satín azul marino encima del camisón. En sus manos sostenía una taza de café humeante.

— ¿Se puede saber de dónde venís?— la pregunta iba dirigida a los dos pero era Skandar el que se suponía que tenía que contestar.

— Hemos ido a…—intercambiamos una mirada—a…

— ¿A dónde?—preguntó su madre un poco irritada por los rodeos que daba su hijo al tema.

— A dar una vuelta, Skandar quería enseñarme un poco el barrio, para que me fuese situando—concluí al ver que al castaño no se lo ocurría nada.

— Ah, bien—pronunció su madre nada convencida—. Ya que estáis vestidos ¿me podéis hacer un favor?

Fuimos en autobús hasta el centro. Su madre había recibido un paquete desde el extranjero y aún no lo había ido a recoger, así que nosotros dos fuimos a por él. Al entrar en el rojo autobús nos sentamos en los dos únicos asientos libres que había al final. Yo al lado de la ventana, él en el del pasillo.

— ¿Vas a seguir con tu— hizo el gesto de las comillas con las manos— misión?

— Por supuesto. No puedo dejarlo todo a medias porque un palurdo se ha enterado de quién soy.

— No seré muy palurdo si he conseguido averiguarlo.

— Fue por pura casualidad.

— Fue porque no guardas bien las cosas.

Le miré con mala cara.

— Cállate o te callo.

—Vale, vale. Pero si quieres… te puedo ayudar.

— No necesito tu ayuda. Bueno, la verdad es que no me vendría mal, pero me arriesgo a que los de la agencia se enteren de tú lo sabes todo.

— Juro que seré lo más discreto posible.

— Está bien. Cuando lleguemos a tu casa te cuento lo que tengo que hacer.

— Bien, pero no lo voy a hacer gratis.

— ¿Qué?—vale, me había perdido algo, porque no entendía nada—.

— Quiero decir, si te ayudo quiero que me ayudes tú también con algo.

— No me metas en tus líos. Si no quieres ayudarme no lo hagas, pero yo no quiero tener nada que ver con tus problemas.

— Por favor—me miró suplicante—. Necesito tu ayuda.

Recapacité un momento. Está bien. Ayudaría a Skandar en el problema que tuviera y luego él a mí. Regresaba a casa y adiós a los problemas.

— De acuerdo. ¿En qué te tengo que ayudar?

Se frotó las manos y carraspeó para aclararse la voz.

— No es nada complicado. Solo tienes que acompañarme a un sitio.

Vaya, pues al parecer no tendría que hacer nada especial para él.

— ¿Y qué sitio es?

— Una fiesta.

— ¿Una… fiesta?— acababa de descolocarme.

— Sí, una fiesta. Una fiesta en casa de un amigo.

— ¿Y por qué tengo que ir yo contigo?

— Porque estará Liberty también.

— No, no, no.

— ¿Qué pasa?

— Que quieres que vaya contigo para darle celos a tu novia.

— Ex—me corrigió.

— Ex, novia, da igual. No pienso ir.

Acabé de maquillarme y guardé el teléfono móvil en el bolso de mano y salí de mi habitación. No me había arreglado mucho ni tampoco iba con ropa casual. Me vestí con una camisa de tirantes larga, de un tejido parecido a la seda, pero obviamente no era, de color rojo y unos leggins PVC negros, combinados con unos zapatos rojos de tacón alto.

Skandar me esperaba abajo, en el recibidor para ir a la fiesta de uno de sus amigos. Al final me había convencido. Estuvo toda la mañana y toda la tarde, incluso por la noche repitiéndome una y otra vez que fuera con él. Acepté pero solo para conseguir que se callara.

Al verme bajar no se reprimió y silbó dando a entender que le gustaba como iba.

— A Skandar le gusta Marta—canturreó la hermana mayor mientras Skandar le hacía burlas.

— No me gusta, me gusta su ropa—se explicó.

— Gracias, pero me parece que vamos a llegar tarde—dije una vez bajadas las escaleras.