Cuentos de la Casa de la Luna

Por

Resmiranda

Capitulo uno

"Existe una hora en la que un hombre podría ser feliz para toda su vida, si por lo menos consiguiese encontrarla" – George Herbert

...o...

Sesshoumaru, el Príncipe de las Tierras del Oeste, Rey del País Iluminado por la Luna, y Señor de la Casa de la Luna, silenciosamente se preguntaba porque estaba de pie en el aire frío y mirando fijamente la pared occidental de su casa tan temprano en la mañana, que hubiese podido ser ayer.

A su lado, Rin se veía ligeramente decepciona. "¿Acaso no ve algo, Sesshoumaru-sama?" ella le preguntó, seriamente. Tiritaba un poco aunque su kimono era grueso y de varias capas, pero parecía alerta y decidida en mostrarle...lo que fuese. Giró su cabeza a un lado, como si tratase de fijar su visión en algo diferente, pero solo consiguió torcer sus ojos.

Escucho a Rin suspirar de impaciencia cuando se rindió ante un enorme bostezo. No por primera vez, Sesshoumaru se sintió ligeramente arrepentido de haber escogido salvar a quien parecía ser el único ser humano en el mundo que se levantaba tan temprano, que ir a la cama era solamente una excusa para cambiar su peinado.

Tal vez, Sesshoumaru pensó mientras dejó que su mente se extraviara un poco más lejos, ella necesita toda la noche para arreglar su cabello. Eso debe ser. Le pareció como si a ella le tomara una hora o dos para que su pelo sea coaccionado en sus diarias confecciones, así que esta hipótesis tenía un extraño atractivo. Esta particular mañana Rin lucía su cabellera en un extrañamente elaborado peinado, lleno de complicados bucles y brillantes nudos y sostenidos por enormes horquillas que probablemente le sacarían un ojo a alguien tarde o temprano – tal vez hasta los de ella, si llegaba a voltear su cabeza muy rápido. Hubo un tiempo en el que ella nunca pensaba en tales cosas, en absoluto; ella vestía su pequeña yukata y su cabello era recogido hacia un lado en un simple estilo, y era feliz caminando con él a través de los bosques de sus tierras mientras el ubicaba a sus enemigos y hacía poco trabajo de ellos. Y luego ella creció ante sus ojos, tan rápido que un día mientras se agachaba para inspeccionar un particularmente interesante tipo de oruga su yukata casi revienta en las costuras, y solo pensamientos rápidos de su parte habían salvado su modestia, aunque le costo a él su haori y una medida de su dignidad.

Y ahora ella tenía un exceso de pesados kimonos para el invierno y ligeras yukatas para el verano y parecía que los quería cambiar cada semana, un hábito que lo dejaba ligeramente perplejo. El había llegado a casa una noche para encontrar toda las prendas de Rin amontonadas fuera de su ventana y una cantidad de aterrorizados sirvientes corriendo por la casa, recogiendo obis y kimonos sin dueño y regresándolos a su habitación donde ella inmediatamente los arrojaría por la ventana nuevamente en un ciclo interminable. Sesshoumaru temía que ella se hubiera enfermado – la pequeña muestra podía ser solo el resultado de una fiebre – hasta que le presento el problema a Myouga cuando se encontraron, y la pulga le había asegurado que era perfectamente natural para las jovencitas que se obsesionaran con lo que debían vestir y arrojar prendas en perfecto estado fuera de la ventana en descontento porque los colores se había desvanecido ligeramente.

"Uno puede llamarlo fiebre," Myouga había dicho tan sabiamente como pudo, "excepto que dura varios años después del primer sangrado."

Sesshoumaru había arqueado una ceja. En su experiencia, cuando una mujer alcanzaba la madurez, simplemente significaba que encontraría una pareja, no que se volvería loca.

"Les sucede a aquellos de descendencia humana que no han encontrado una pareja," Myouga dijo. "Mi Señor, su hermano era bastante susceptible a esto también"

"Dices que Inuyasha es una fémina?" Sesshoumaru había preguntado. La información de Myouga le sonaba bastante superficial.

Myoga negó vigorosamente con la cabeza. "El es mitad humano. Después de haber alcanzado la madurez se volvió salvaje y rebelde, ne?"

Sesshoumaru había bufado. "El siempre fue salvaje y rebelde. Y falto de sensatez."

"Bueno, recuerdas a Kagome-sama?"

Hubo una pausa. Sesshoumaru había conocido mucha gente a través de los años, muchos de los cuales se unieron a las tropas de los muertos pronto, pero no pudo recordar a alguien con el nombre Kagome. "¿Quién?" finalmente había preguntado.

"La sacerdotisa con la cual Inuyasha solía viajar."

Sesshoumaru digirió esta información. "¿Ese era su nombre?" Verdaderamente, el mundo estaba lleno de sorpresas.

"Hai. Si te acuerdas, ella también era muy rebelde, y tenía muy poco sentido común. Recuerdo que interfirió en algunas batallas sin pensarlo antes."

"Eso no es del todo igual que arrojar ropa fuera de una ventana," Sesshoumaru había respondido.

"Ah," Myouga dijo, "pero fue imprudente y falto de sensatez, no obstante. Aún más que decidida en arrojar por la ventana su propio guardarropas."

Sesshoumaru había sido forzado a admitir que esto era verdad, y con reticencia aceptó el hecho de que Rin ya no era la pequeña niña que el conocía, pero que se estaba volviendo una joven mujer. La idea le retorció el corazón, solo un poco. Determinadamente, ignoró el sentimiento y pidió mas prendas para ella y aplastó a Jaken para sentirse mejor.

Desafortunadamente ella no había detenido sus extraños cambios. Ella ahora, era inestable, pero parecía que aun lo amaba tanto como cuando era una niña; cuando él hubo sugerido que ya era tiempo de que encontrara un esposo, ella había llorado y gemido y aferrado sus manos a su kimono, rogándole que reconsidere. El reconsideró – ¿quién querría tal mujer inconsecuente como la madre de sus hijos? Pero también, ella sería infeliz si se fuese. Insistió en que prefería quedarse ahí con él, que con un joven, advenedizo Señor quien se ofrecía para tomar su mano, y él había escuchado. Sus deseos podrían ser inconsecuentes, pero no lo eran, y le permitió quedarse en su casa y atender sus jardines y gastar horas peinando su larga y brillante cabellera en vez de seguir adelante con su vida y encontrar un esposo y empezar una familia. En las partes mas distantes de su mente la cual Sesshoumaru intentaba ignorar, el se preguntaba si, deteniendo el progreso natural de su vida, él había detenido el progreso natural de su envejecimiento también, pero él podía oler el constante crecimiento en ella, y sabía que no era así. Ella era una joven mujer ahora. A veces era una extraña con el rostro de Rin, pero cuando reía todavía era esa pequeña niña humana quien le había traído pescados descompuestos y hongos sospechosos y quien le había sonreído con dientes rotos.

No sonreía ahora. En cambio se veía un tanto malhumorada, como si hubiese comido una fruta en mal estado y estuviese sintiendo los malestares en consecuencia.

Aun así, ese maldito mohín lo hacía observar y virar sus ojos con mas esfuerzo, como si el pudiese adivinar sus deseos por voluntad solamente.

Se sintió torpe. El debería ser capaz de ver lo que ella quería que vea- era imposible que su vista de demonio fuese menos que la visión de una humana – pero la pared de su casa permaneció tan gris como siempre. Tal ves este era algún tipo de ejercicio Zen que ella había aprendido de uno de los monjes vagabundos que periódicamente él secuestraba para sus propósitos educativos? La idea le hizo acobardarse un poco; Rin ya se consideraba a sí misma algo superior en varios campos (Myouga le había asegurado que esto también era un desarrollo completamente normal) y la ultima cosa que él necesitaba era un desperdicio de joven que había encontrado la Verdad. La Verdad era usualmente irritante y siempre inoportuna, y rara vez parecía coincidir con la verdad en todo caso. La Verdad podría decir que mirar fijamente una pared era importante en el tiempo pasado buscando lo que era legítimo, mientras que la verdad era que mirar fijamente una pared era aburrido e importante solamente en que él tenía una debilidad por las cosas que a ella le preocupaban.

El la debería echar. Ella significaba problemas. Ella era debilidad. Al menos, esto era lo que sus asesores le decían, pero Sesshoumaru los ignoraba; su vida le pertenecía y sería suya hasta el momento en el cual el decidiese liberarla. Además, ella debía superar esta peculiar fase en la cual se balanceaba entre estados de ánimo como un mono demente. El nunca encontraría algún otro Señor a quien encargársela si es que continuaba con eso. Por otro lado, tal vez este era su plan...Sesshoumaru frunció. Encontró que no le agradó esta idea en absoluto. El era, después de todo, un inu-youkai. El mostraba una forma humana, pero sus instintos básicos eran firmes y al punto de no enredarse con sutilezas. La intriga no venía fácilmente a él, pero Rin era humana. Ella podía ser bastante astuta cuando se trataba de intrigarlo; tal vez debería casarla con alguien tan pronto como le fuese posible y regresar a su normal vida, libre de monos ebrios.

"¿Lo ve ahora?" ella preguntó, interrumpiendo su meditación. El podía oír un acento petulante invadiendo su tono de voz.

Sesshoumaru no dijo nada, y Rin suspiró profundamente en impaciencia y tomó su manga medio vacía. En unos cinco años ella sería capaz de tomar su mano de nuevo cuando su brazo haya crecido por completo, pero por ahora estaba contento de que ella no tomara tales libertades con su persona. Estaba contento de dejarla dirigirlo con tirones de su kimono, siempre y cuando nadie los viese.

Ella se detuvo directamente en frente de la pared. "Aquí," dijo, y señalo con el dedo.

Sesshoumaru se agachó un poco más cerca, su nariz casi tocando la madera. Se mantuvo silencioso por un largo tiempo, y Rin contuvo el aliento.

"¿Si?" finalmente dijo, sabiendo de antemano que le molestaría.

"Sesshoumaru-sama," chilló. "¿Acaso no ve?"

El volvió su mirada hacia ella; de todo, era más placentero verla a ella que a la pared. "¿Si?" dijo nuevamente.

Rin resopló, se molestó. "Justo aquí," dijo, y corrió sus dedos a lo largo de un delgado brote verde que Sesshoumaru no había tomado en cuenta antes. Retrocedió sorprendido.

Honestamente él no lo había visto; ¿por qué tendría que ponerle atención a verdes tallos que zigzagueaban sobre la madera y piedras cuando iban a morir en un año y la madera y piedra durarían mucho más? El había reconstruido la Casa de La Luna y supervisado donde debían descansar cada una de estas piedras y maderas, y ahora se propagaban sobre ellas un suave encaje de primavera donde cientos y cientos de tallos, creciendo profundamente dentro de las grietas se extendían insidiosamente a través de la superficie. No tuvo que preguntar para saber que Rin había plantado las semillas. El había puesto en pie la pared, pero de alguna manera ella había dejado su marca en ella. Que extraño que deba suceder de esta manera, pensó para sí mismo.

"Ya veo," el dijo

"Mira," ella susurro ferozmente. El cielo tras su hogar aun estaba entintado y negro, pero pudo sentir el mundo cambiar; el alba no estaba tan lejos. Sesshoumaru había mantenido sus ojos en los delicados nudos verdes que habían invadido su hogar sin que nadie se diera cuenta.

Sesshoumaru no era conocido por su paciencia, pero mantuvo sus ojos en la pared, de vez en cuando permitiendo que su vista se mueva deliberadamente de un área a otra. Ocasionalmente el observaría durante un tiempo un área, y después otra; cuando regresaba a la primera área, algo sería diferente. Diminutas motas blancas estaban apareciendo arriba y abajo del encaje bajo la luz de la luna y estrellas, y cada vez que miraba y regresaba a ver, se hacían cada vez más grandes.

Muy despacio, pero también muy rápido, la pared floreció silenciosamente. Bajo sus vigilantes ojos, Sesshoumaru vio cientos y cientos de luminosas flores blancas abrirse y bañarse en la luz del cielo de la noche.

Mientras el horizonte detrás de La Casa de La Luna se volvió gris, Rin dejo ir un silbido de aire, como si hubiese estado conteniendo su aliento. "¿No es precioso?" ella le preguntó. Sesshoumaru no le respondió, pero Rin parecía bastante contenta de que él hubiese observado la pared volverse de muerto, frío material a cálida, floreciente vida.

Extendió una mano y agarró una flor entre sus dedos. Los pétalos se sentían como seda en polvo al tocarlos, y la sostuvo por largo rato. La forma en que las flores habían abierto había sido extraordinaria. Era como si el universo se hubiese acelerado y las hubiese abierto solo para él. El había observado el crecimiento de las flores en menos de una hora; ellas habían florecido ante sus ojos, igual que Rin.

"Son hermosas," el dijo. La muchacha humana en su codo, sonrió anchamente de oreja a oreja.

"Las planté yo sola," ella dijo gratuitamente. ¿Quién más las plantaría? El solo asintió, y Rin tomó su aprobación.

"Son llamadas flores de luna, y pensé que eran particularmente apropiadas, ya que vivimos en La Casa de La Luna. Por supuesto," ella platicó, "no viven mucho; no pasado el amanecer, de hecho, y son muy susceptibles al frío, pero pienso que solamente es por el poco tiempo que viven que vale la pena. Parecen brillar como la luna, ne?"

"¿Mueren rápido?" preguntó

Rin asintió, pero suspiró alegre. "Es lindo verlas crecer, pero no quiero estar cerca cuando se marchiten. Es mucho más placentero de esa manera. ¿No esta de acuerdo, Sesshoumaru-sama?"

El viento estaba frío y el amanecer venía, y las flores brillaban, luminosas y hermosas, solo por un momento en el tiempo.

Sesshoumaru no dijo nada. El simplemente miro la pared de flores condenadas a morir, y trató de no pensar en metáforas.

...o...

Kagome estaba de pie en el templo mirando fijamente dentro del vacío, inútil pozo. Todo y lo único alrededor suyo, era el suave susurro del viento mientras murmullaba a través de los pequeños agujeros de entre las maderas del templo, y el aire de la primavera olía a flores y leche dulce. El sol rojo-sangre, poniéndose en el cielo, calentaba su espalda y teñía su cabello negro de un brillante dorado. En las esquinas, las sombras cambiaban se movían con el girar del mundo, y bajo ella la oscuridad del pozo suspiró sin aliento.

Kagome miró dentro de él, esperando.

Después de un momento gruñó y tiró una piedra en él.

"Estúpido pozo," farfulló "¿Por qué tienes que ser tan difícil?"

El pozo no dijo nada, sentado ahí con su boca abierta se burlaba silenciosamente de ella.

Kagome pasó una mano a través de su arrugada frente, en silencio, deseando que el latido en sus sienes se fuera. No podía contar cuantas veces ella se había lanzado dentro de esas profundidades durante los años, pero ella probablemente no tenía suficientes dedos. Las memorias eran tan vívidas, también: la sensación de caída con el aire precipitándose por su cabello, el cosquilleo en su estómago, hasta el ocasional aterrizaje fallido eran tan familiares y hasta invitados a ella que hasta ahora, años lejos de su ultimo viaje al pasado, ella aún podía convocar el sentimiento de anticipación que la acompañaba cada vez en los torrentes del tiempo. Desesperadamente, ella quería sentir esas cosas de nuevo, pero ella sabía. Sus intentos secretos después de que todo acabó, nunca fallaban en terminar en moretones y lágrimas.

La última vez que ella había tratado de regresar, se rompió el tobillo y estuvo sentada en la tierra del pozo mientras el dolor pasaba y había empapado el piso con sus lágrimas hasta que su abuelo la encontró. Souta, creciendo como mala hierba en ese punto, había sido obligado a cargarla por la escalera él solo mientras ella sollozaba en sus hombros como una niña. Fue ahí cuando ella supo que el pasado se había ido para bien, y nada de lo que ella pudiera hacer lo traería de vuelta. Pero aun así, en su corazón, estaba esa pequeña, molesta esperanza, irracional y seductiva, siempre diciéndole que talvez ésta vez, funcionaría. Esta vez...talvez...

Kagome lanzó otra piedra dentro de las sombras bajo ella y suspiro fuertemente mientras negaba con la cabeza. "Esto es estúpido," se dijo a sí misma "Estúpida. Solo porque leíste una historia piensas que vas a ser capaz de volver en el tiempo otra vez. Estúpida" Tras ella, un pájaro pió como si estuviese de acuerdo con esta conclusión. Kagome consideró lanzarle una piedra también, pero después de una corta lucha decidió que probablemente merecía el castigo.

Era estúpido, y ella lo sabía. Ella no podía regresar nunca más, y podría también dejar de soñar despierta, porque todo lo que estaba haciendo era perder tiempo.

Y aún... había algo sobre esa horrible historia que la hacía querer intentar. Todo el día ella apenas tenía que cerrar los ojos y era visitada con visiones de una pequeña niña, deshecha y destrozada y recostada en el polvo lejos del que ella amaba, y eso hacía que sus dedos picaran y su corazón palpitara con una sorprendente y atemorizante intensidad en su pecho. Ella podía oler la sangre en la tierra, y escuchar el crepitar del fuego, y resonando en su mente estaban las crueles burlas de aquellos que desalmadamente traicionaron a su Señor y su territorio. Distraía de una forma tan horrible que Kagome había casi había deambulado directamente en el camino de un bus acercándose en su reflexión.

Había un dolor en su mandíbula, y Kagome se dio cuenta que había estado apretando sus dientes. Sin embargo, el dolor no parecía importarle. Te lo mereces, No pudiste regresar por Inuyasha. No pudiste regresar por amor. ¿Que te hace pensar que esta ves será diferente?

Debajo, las sombras parecían temblar y moverse. En su pecho, pudo sentir su corazón saltar involuntariamente aún si el frío conocimiento de que tan solo era su imaginación, se hundía a su alrededor.

Dios, pero esto era frustrante. Kagome pasó una mano por su cabello y le dio al pozo una patada, lo cual le hizo ganarse un dedo latiente. "¡Déjame entrar!" dijo enojada. "¡No me importa, déjame entrar!"

El pozo solo se mantuvo sentado y protegía sus secretos. De repente Kagome golpeó su puño contra el filo. "¡Demonios!" Nada había cambiado, y saltar dentro solo significaba dolor y posibles moretones, y no podría regresar. Una historia no abriría el pozo, y todo el deseo del mundo solo la dejaría fría y sola.

Nada es diferente, pensó. Nada en absoluto. Kagome se volteó y subió las escaleras del templo al mundo exterior. Era hora de la cena de nuevo, y después hora de dormir, y no habría nunca un momento para reclamar lo que se había perdido. No había tiempo en absoluto.

A/N: Bueno, creo que decidí continuar esta historia. ¡Déjenme saber si les gustó!