Cuentos de la Casa de La Luna

Por

Resmiranda

Capítulo tres

"Nada es más responsable de los buenos viejos tiempos que una mala memoria." –Franklin P. Adams

...o...

Kagome miraba fijamente su taza de té y reflexionó. Se estaba volviendo bastante buena para reflexionar estos días. Sentía como si hubiese estado corriendo por largo tiempo pero aun si tropezaba y su aliento quemaba en sus pulmones, el pasado la estaba alcanzando con alarmante velocidad. Salidas, fiestas, películas, libros, trabajos escolares – repentinamente todo eso solo parecía una distracción para todo lo que ella había dejado atrás. En este tiempo, ella estaba viva, pero todos sus amigos, las cadenas que había forjado en el temporalmente distante pero emocionalmente reciente pasado, parecían rondar sobre sus hombros, lanzando sus ojos en ella mientras se las arreglaba por la vida.

Ella sabía que todos estaban muertos, todos hasta el ultimo de ellos...bueno, tal vez no Shippou, pero no habría tratado ya de contactarla? Pero sabiéndolo intelectualmente y comprendiéndolo en su corazón eran dos cosas distintas. Aun ahora había la persistente esperanza que si saltaba sobre el borde del pozo ella podría caer a través del tiempo, y ellos estarían esperando en el otro lado.

Miroku reiría y Sango gritaría su nombre y Shippou saltaría hacia ella. Kaede aun estaría en su cabaña cubriendo incendios y protegiendo su aldea. E Inuyasha, humano ahora, abriría sus brazos y le daría la bienvenida como amigo. Y Kikyou con su nueva alma podría sonreírle amablemente y sostendría sus manos. Y Kagome estaría feliz por ellos.

Tal vez.

Kagome mordió su labio y observó dentro de las café-oscuras profundidades de su té donde su silueta era bosquejada en la superficie. Era una persona horrible. Ella debería estar feliz de que Inuyasha y Kikyou estuvieran juntos de nuevo – era la manera en que debió haber sido desde un principio. Inclusive su lado romántico sintió una punzada de satisfacción al pensarlo; era como si algo atrofiado hubiese sido completado otra vez, como si una Julieta asustada hubiera llamado a los paramédicos y estos hubieran llegado al último momento y hubieran bombeado el estómago de Romeo y la predestinada pareja hubiera podido continuar su historia de amor. Toda esa horrorosa tragedia había sido re-escrita, y la felicidad que esos dos excluidos merecían fue finalmente entregada.

Incluso así, no paraba el todavía-presente dolor del rechazo.

Probablemente ya debería haber superado esto¿cierto? Kagome se preguntó mientras tomaba un sorbo de té. No es muy maduro el estar aferrada a lo que se debe a un enamoramiento de colegio.

Sin embargo, no se sentía como un enamoramiento. Se sentía como si le hubieran negado algo profundo y fundamental, y había una picazón en su corazón que le susurraba, diciéndole que ella podría no ser la única reencarnación; si tan solo pudiese encontrarlo de nuevo, ella podría ser feliz. Luego, de nuevo, Kaede siempre le había dicho que debería ser feliz con lo que se le daba, no esperar que la vida de repente le diera la felicidad. Era difícil consejo para que un adolescente lo entendiera, y Kagome encontró que aun era difícil de soportar.

Suspiró y dejo caer su cabeza hacia delante haciendo que su cabello le cubriera los ojos. Se sintió un poco perdida en su propia piel; era un sentimiento extraño, como si ella fuera demasiado pequeña para la persona en la que se había convertido. Kagome lentamente bajó su cabeza a la fría mesa en frente de ella y respiró profundo, tratando de recordar. Todo parecía tan lejano.

Kikyou, resucitada, llena de una alma nueva que la Shikon no Tama le había dado, e Inuyasha, finalmente humano, construían su propio hogar a las afueras de la aldea. Incluso desde la cabaña de Kaede, Kagome podía oírlos construir, discutiendo dulce y suavemente entre ellos, y ella solo quería empujar su cabeza en un hoyo y nunca más salir a la superficie de nuevo.

"No te lamentes, niña" Kaede dijo silenciosamente mientras llenaba el tazón de Kagome con espeso estofado "No era tu destino."

Era imposible hablar. Kagome solamente sacudió su cabeza, con miedo de que si abría la boca empezaría a llorar. Y no tenía a nadie mas que culpar que a si misma. Había sido su puro deseo en la joya, arrebatada del cadáver de Naraku, que había puesto esto en movimiento, y aunque la batalla hubo terminado hace una semana ella aun permanecía en el Senjoku Jidai, incapaz de seguir adelante. Ella sorbió su estofado silenciosamente.

El silencio se extendió, largo y casi tangible, Kaede por fin habló suavemente

"¿Kagome?"

Era demasiado. Kagome alzó la mirada, alimento olvidado. "Entonces porque tuve que conocerlo en primer lugar?" ella susurró "Cuál es mi destino, cuál fue mi propósito aquí, si tuve que conocerlo y después dejarlo ir otra vez?"

Los ojos de Kaede se suavizaron, y suspiró mientras se acomodaba. "Kagome, tu propósito aquí era derrotar a un ser malvado. Era para salvar a tus amigos. Y quizá, en menores términos, era redimir el salvaje corazón de Inuyasha"

Su nariz le picaba por calientes, no derramadas lágrimas y ella bajó su cabeza. "Si yo redimí su corazón, por qué no me amaba? Por qué mi destino no pudo haber sido estar con él?"

Una arrugada anciana mano agarró la suya y la envolvió en cálida, piel de papel. "Mírame, niña."

Lentamente, Kagome levantó su cabeza, y mientras lo hacía una lágrima resbaló por su mejilla.

Kaede hacía gestos hacía si misma con su mano desocupada. "Pequeña, yo estoy vieja. Yo nunca he conocido el amor. Si mi onee-san hubiera vivido, yo hubiera sido capaz de tener la familia que quería. Pero no pasó así. Onee-san falleció, y yo tuve que tomar su lugar. Han sido más de cincuenta años desde que pasó, pero no puedo amargarme por eso. He vivido mi vida como la miko de esta aldea; claramente era mi destino serlo. Lo que queremos y lo que esta predestinado para nosotros son dos cosas diferentes. A menos que aceptes tu destino, no serás feliz."

En los ojos de Kaede, Kagome pudo ver su propia tristeza reflejada. Ella nunca había pensado como la anciana miko debió haberse sentido, pero de repente le pareció cruel el hablarle a Kaede sobre sus insignificantes pensamientos. Ella aun era joven, aun recientemente viva, y toda su tristeza no podía ocultar el hecho que su vida se estaba desenvolviendo frente a ella, un país dormido esperando sus pasos. Para Kaede, mañana era el pasado, pero para Kagome, era el futuro.

Kagome bajo la mirada y asintió.

"Bien, pequeña. Ahora come antes de que se enfríe!"

"Nee-chan!"

Moviendo su cabeza de la mesa, Kagome se sentó bruscamente con el corazón en la garganta. "Dios, Souta, me asustaste!"

Su hermano menor, ahora no tan pequeño, resopló. "Solo me preguntaba que hay para cenar," dijo petulante. "Mama no ha llegado a casa todavía, así que pensé que estarías cocinado."

Kagome fregó sus ojos y miró su reloj. No era terriblemente tarde todavía, así que probablemente aun tenía tiempo para hacer algo relativamente nutritivo.

"Bueno…que tal pollo?" Ella preguntó

"Suena bien!" Souta dijo. "Podemos comerlo con rábanos?"

"No veo porque no. Pero tienes que ayudar!"

Souta encogió los hombros. "Esta bien. Pero no picaré nada. Casi me corto el dedo la última vez."

Kagome solo viró los ojos y se levantó. Ella comenzó a recolectar los ingredientes de la cocina, pero aunque su hermano estaba ahí distrayéndola, ella aún sentía el tirón del pasado en su corazón, y el temor del pasado en su mente. Ella tendría dificultad en dormir esta noche.

...o...

El realmente nunca había sentido temor antes, pero cuando alcanzó la cumbre que conducía a la ladera de su hogar y vio el humo Sesshoumaru supo como debió haber sido para su hermano muerto la mayoría de su vida, siempre sabiendo que algo horrible estaba allá afuera y que podría no haber una forma para enfrentarlo. Ahora estaba parado en donde sus puertas frontales habían estado alguna vez, y el temor había sido reemplazado con algo frió y desdeñoso.

Solo me fui por tres días, Sesshoumaru pensó distantemente. Solo tres días. Como…?

Ante sus ojos, la Casa de La Luna se desmoronaba en ardientes escombros. El solo estaba abstractamente conciente del chasquido y caída de maderas curadas y la lejana risa de youkai mientras destruían su hogar. El bramar de las llamas fue silenciado por el rugir de la sangre en sus orejas.

¿Como puede mi sangre aun estar fluyendo, pensó, cuando mi corazón se ha detenido?

Sangre. Su sangre estaba fluyendo, e igual la sangre de todos los que habían vivido en la Casa de La Luna. La única diferencia era que sus venas estaban cerradas, mientras que las de sus fieles sirvientes estaban derramadas todas alrededor suyo. El casi podía sentirla en su lengua. El estomago del Señor demonio dio un violento tirón ante toda la amplificación del hedor de la sangre y cenizas que gateaban a través de su nariz; sus pulmones estaban obstruidos con el y no podía respirar, excepto que él respiraba, porque la pestilencia se intensificaba con cada horrible inhalación. Cada desliz de aire se rizaba dentro de él, asfixiante e insidioso. Estaba en su cabello y ropas, infiltrándose en su piel como veneno.

El aire era tan espeso que era casi adhesivo. Se asentó en él, elevaba su cabello pesadamente en ondas rancias, y lo cubría en su corrupción, pesado y maloliente.

El se movía hacia adelante ahora. Tras él, escuchó el triste lamento de A-un y el dragón se apartó del terrible olor que fluía de la casa en llamas. Bajo sus pies la tierra era dura pero resbaladiza; charcos de espesa, roja sangre mezclada con la tierra, dándole el fuerte olor metálico del hierro. Le repugnaba de formas confusas – el nunca se había acobardado con el olor de la sangre antes – pero él siguió caminando resueltamente, inclusive se el olor del hierro y sal serpenteaba alrededor de sus zapatos, se ensortijaba alrededor de su forma.

Había tanta sangre por todas partes que casi parecía irreal. Pero era real. El observó mientras el techo de la casa se derrumbaba solo un poco más, esperando a que algo despertara en él pero en cambio se sentía aturdido. El debería sentirse furioso, pero en cambio el quería hundirse en la tierra y dormir. Todo por lo que había luchado para construir y mantener estaba cayendo a su alrededor, y todo porque se había marchado en un simple viaje.

Su pie chocó contra algo. Sesshoumaru miró hacia abajo.

Era una mano cortada.

En la cadavérica luz del fuego, el pudo ver que era pálida e incruenta, y en ella había un perfume que conocía muy bien…

Su olor estaba alrededor de toda esta área. A su derecha el podía detectar el amargo olor de semen, derramado en el suelo, y la fetidez de orina y excremento que cubría el pequeño parche de tierra. El olor era de ella.

El conocimiento se deslizó en su cerebro, asentándose en torno a su pecho con fríos rollos de temor y negación, pero no había negación. Ella se había recostado aquí mientras la violaban – demasiados para contar, el acre olor de sudor se encontraba bajo los otros olores – y después ella había sido destripada. No, no destripada…

Volteando en al menos diez direcciones diferentes estaba el casi indetectable rastro de Rin, arrastrando sangre y lágrimas y el hedor de órganos internos tras ella, y Sesshoumaru sabía.

Ella había sido despedazada. Ellos la habían cortado en pedazos, y la habían llevado donde el no podría alcanzarla, donde Tenseiga no podría encontrarla. Ella se había ido.

No a cinco metros lejos estaba una mancha gris-verdosa en el suelo. Jaken. Debió haber tratado de protegerla, y ahora solo era una mancha de sangre y entrañas contra el césped.

Otra madera ardiente calló, pero Sesshoumaru la ignoró. Al lado de los horribles restos de su criado había un pedazo de tela. Moviéndose como si estuviese en un sueño – un horrible sueño, del cual el podía despertar, del cual el podría nunca despertar – Sesshoumaru caminó hacia él y se arrodilló, ignorando la horrorosa oscuridad del ensangrentado suelo que traspasaría sus blancas ropas. Sus dedos se sentían huecos, como los huesos de los pájaros, mientras tocaba la tela y la llevaba hacia su rostro.

Era un intenso índigo azul, con un trazo de rosa en un borde roto. Olía a Rin; empapado con su sangre y sus lágrimas, el pedazo de tela hacía cosquillas a su nariz, pero se sentía como nada en sus débiles palmas.

Ella amaba ese kimono de verdad. El pensó tontamente. Creo que era su favorito. No sabiendo el porque, lo plegó dentro de su obi y se enderezó.

No había nada más excepto el hedor de sufrimiento, y por largo tiempo Sesshoumaru se mantuvo de pie en la moribunda luz del día, en la moribunda luz de su vida, y respiraba muerte.

"Ah, Sesshoumaru. Nos preguntábamos cuando volverías a casa," una voz detrás de él dijo finalmente.

Sesshoumaru se negó a voltearse. El no iba a reconocer la voz, por lo que era la voz de uno de los vasallos más leales de su padre. Naketsu, pensó, y en el viento, sobre el hedor de muerte, había otros...Jurekaru, Hatore, Suikoshin...Señores que había conocido desde su nacimiento, todos ellos traidores, inconstantes, sucumbiendo a los caprichos de sus egoístas deseos...El debería estar tan furioso.

Pero en cambio solo había un vacío bostezando dentro de él, y él sabía instintivamente que nunca podría ser llenado. Toda la cólera en el mundo solo desaparecería dentro de sus resonantes profundidades; todo su herido orgullo y preciada venganza y deseo negado sería tragado, para nunca reaparecer. Había adrenalina corriendo, murmurando bajo su piel, pero él estaba hueco, una concha cubierta en una sombra de rabia. El sentía nada.

El infierno de su hogar ancestral rugía y arrojaba un moribundo respiro hacia el cielo.

"Ella debió haber huido." Era la voz de Jurekaru, un caballo youkai quien había enseñado a Sesshoumaru como luchar contra ataques energéticos y como correr velozmente y evitar obstáculos.

A su lado, sus garras venenosas temblaron en reflejo a su propia volición.

Detrás de él, alguien rió con disimulo. Había niebla roja cubriendo su visión, y Sesshoumaru parpadeó para aclararla. El había pensado que su corazón había dejado de latir, pero ese no era el caso, por lo que podía sentirlo retumbando en su pecho. Desde algún extraño, indiferente rincón de su mente, él se vio a sí mismo con leve desinterés. La roja niebla no se iba.

"Al menos ella fue un poco de diversión," dijeron los pedregosos tonos de Suikoshin, quien había sido el mejor amigo de su padre cuando Sesshoumaru era aún un cachorro, y los ásperos tonos de su voz sonaban como madera astillada.

"Traidores," Sesshoumaru dijo, y el se escuchaba a sí mismo como si estuviese muy, muy lejos.

"Tu padre cayó porque él protegía a una mujer humana y estas tierras fueron un caos por muchos años hasta que tú te encargaste de ellas. Te vimos siguiendo sus pasos. ¿Que teníamos que hacer?"

No esto, Sesshoumaru pensó. El rojo en su visión estaba siendo reemplazado por oscuridad.

"Sesshoumaru! Atrápalo."

Lentamente, se volteó, su mano ya erguida con extendidos dedos, y algo espeso y sedoso enredado en sus garras.

Era su cabello. Espeso, brillante, tan bien cuidado que era un milagro que ella encontrara tiempo para aún vestirse, y ahora estaba atrapado y retorcido alrededor de sus dedos, cortados de su cabeza. Colgaba hacia su piel y su armadura, opresivos zarcillos envolviéndose en torno a él, y se sentía tan pesado que pensó que se caería de rodillas.

El ni siquiera se movió cuando las cadenas se aproximaron, aparentemente de la nada, y se enredaron alrededor de sus extremidades, enroscándose y girando hasta que él quedó inmóvil y de rodillas. El mantuvo su rostro en blanco.

Los pies de Suikoshin estaban frente a sus ojos. "No te mataremos por respeto a tu padre. Pero esas cadenas fueron forjadas por una miko oscura - buena suerte en escapar de ellas."

Sesshoumaru dijo nada mientras lo levantaban y cargaban. El hizo ningún sonido mientras viajaban hacia la costa, estaba en silencio mientras Suikoshin se burlaba de él, permaneció mudo cuando Hatore expresó pesar.

El no hizo algún sonido hasta que lo lanzaron desde el borde del despeñadero y dentro del mar, y ahí él rugió tan fuerte que su garganta se desgarró y sangró mientras el mar se elevaba para tomarlo.

...o...

En la oscuridad de la noche, los ojos de Kagome se abrieron de repente y un grito escapó su garganta mientras se sentó derecha en su cama.

"Oh, Dios," respiró presionando una mano en su pecho, sintiendo el estruendo de su corazón contra su caja torácica. Había estado cayendo de un peñasco, mirando como las rocas sobre ella se retiraban en contra del cielo, sintió como las hambrientas olas se habían cerrado sobre su cabeza. Era casi como si hubiese estado en esa maldita historia, atada con cadenas. Ella no se podía mover, y después no podía respirar, y ella solo quería morir.

Kagome pasó una mano por su frente, y ahí sus dedos sintieron sudor frío.

"No creo que pueda soportar mas de esto," susurró en voz alta antes de llegar a una determinación.

Ella trataría una vez más. Estaba segura que la historia no hubiese sido revelada a ella si no la podía cambiar; Ayumi podía haber dicho que era imposible volver a pasar a través del tiempo por un viejo pozo en un templo, pero eso no significaba que no había sucedido.

Pero primero, una ducha. Agarrando su bata de casa de detrás de su puerta, Kagome caminó apresuradamente por el pasillo y al baño. Rápida y eficientemente se desvistió y limpió el sudor frío de su sueño. También lavó su cabello solo por añadidura, solo en caso de que funcione y ella tenga que estar en el pasado por un rato. Odiaba el cabello mugriento.

Saliendo de la bañera, Kagome se seco con una toalla rápidamente. ¿Que sigue? Se preguntó. Obviamente ella tendría que empacar. Con velocidad tomó el viejo botiquín de primeros-auxilios de debajo del lavabo antes de tomar unos cuantos artículos de tocador y su cepillo de dientes. Ella salió del baño y entró nuevamente a su habitación. Examinando su ropero, agarró algunas cómodas mudadas antes de sacar su mochila amarilla bajo su cama. Rápidamente comenzó a guardar sus cosas mientras mordía su labio. Ella no quería alimentar sus esperanzas, pero esto se sentía tan familiar, ella no pudo evitar sentirse como si estuviera de regreso a la escuela secundaria, empacando cosas para volver en el tiempo. Se sentía feliz otra vez.

"Nee-chan, que estás haciendo?"

Kagome miró desde su tarea; ella ni siquiera había notado a su hermano en su entrada.

"Souta, vuelve a la cama. Tienes escuela mañana."

Souta frunció. Se veía un poco ridículo en sus muy pequeñas pijamas, pero él definitivamente estaba creciendo. El cruzó sus brazos. "También tú," contestó. "Pero en vez de dormir, tu cabello está mojado y parece que saldrás de la cuidad. Que pasa?"

Kagome se mordió el labio. "Voy a regresar, Souta."

Una mirada de lástima pasó por el rostro de su hermano. "Kagome..." dijo.

"No quiero oírlo!" dijo apresuradamente. "Solo tengo que intentarlo una vez más, esta bien?"

"Nee-chan, ya lo has hecho," él dijo silenciosamente. Había dejado de cruzar sus brazos, y la mirada que le estaba dando la despedazó. El pensaba que ella vivía en el pasado, y Kagome no sabía que decirle para explicarle por que necesitaba intentarlo, una última vez. Ella aún podía recordar el olor a sangre en su sueño, la sensación de caída, todas esas cosas horribles que pasarían si ella no regresaba y lo cambiaba. Ella podría salvar a Rin. Ella podría salvarla y alguien tendría un final feliz, aún si no fuese ella misma.

Era difícil hablar con el grumo en su garganta. "Por favor, Souta. Una vez más."

"Kagome..."

"Por favor."

Ella pudo ver su resolución desmoronarse mientras sus hombros se desplomaban en derrota. "Bien," dijo antes de enderezarse. "Pero voy contigo para estar seguro de que no te romperás tu estúpida pierna de nuevo."

Kagome ni siquiera tenía la paciencia para sonreírle pero regresó a empacar. Dentro de unos minutos ella se sentía lista para irse.

"Bien," dijo poniéndose de pie. "Vamos a darle a esto otra oportunidad."

Encontraron una forma de salir de casa y entrar a la durmiente noche. Era casi la una de la mañana cuando Kagome finalmente abrió la puerta a la casa del pozo y bajó caminando por esas familiares escaleras nuevamente. Al fondo el pozo bostezaba ampliamente, invitándola a pasar.

Su estómago daba vueltas como un pez fuera del agua, pero Kagome lo dejó aparte. Ahora no era tiempo de estar dudando! Tomando un profundo respiro, ella balanceó su pierna sobre el borde.

"Espera!"

Kagome se volvió para mirar a su hermano "Que pasa, Souta?"

Souta se veía lastimado, como si estuviese tan nervioso como ella. El tragó saliva. "Solo..." el empezó. "Solo..."

Kagome esperó. "Que?" dijo finalmente.

"Solo ten cuidado cuando llegues a allá," espetó Souta.

Como un peso levantándose de su corazón, Kagome pudo de repente respirar otra vez. Le dio a su hermano una suave sonrisa. "Lo haré, Souta. Arigatou."

Juntando todo su coraje, Kagome se volvió hacia la oscuridad bajo ella. Bajo sus pies, su futuro se desenrollaba, largo y acogedor, prometiendo algo nuevo.

Kagome saltó.