Cuentos de la Casa de la Luna
Por
Resmiranda
Capítulo Cuatro
"La única cura para el pesar es la acción." – George Henry Lewes
...o...
Sesshoumaru se mantuvo en el atolondrado espacio entre la negación y el pesar y observaba su cabello dar vueltas en la salada agua que lo acunaba. Era casi hipnotizante, y lo distraía del hecho que su vestimenta sería arruinada tan pronto como se lavara en la orilla. También lo distraía del hecho que Rin estaba muerta, pero Sesshoumaru decidió que eso no le molestaba realmente. De alguna manera sus pensamientos se mantenían alejándose del conocimiento, no permitiéndole recogerlo y estudiarlo, de darle vueltas y digerirlo.
Bueno, eso estaba bien para él. Si lo vivía, tan solo terminaría hundiéndose hasta el fondo del agua, y después nadie sentiría su ira. Eso simplemente no serviría. Así que, Sesshoumaru pensó para si, el sentimiento de indiferencia aún envuelto alrededor de su mente¿cuál es el primer paso para escapar del océano?
En su trance, él ya había vagado más lejos del mar de lo que pensaba ser posible – la tierra ni siquiera era visible, y solo su fuerza lo mantenía sobre las olas. Todo conspiró para hundirlo: su armadura, su cabello, su gruesa vestimenta, las cadenas...Si él hubiese sido un ser humano, o inclusive un youkai menos poderoso, él hubiera sido carne para los peces hace horas.
...como Rin es comida para los gusanos...
El traicionero pensamiento se deslizó por su mente, escabulléndose por oscuras sombras dentro de las cuales el no quería fijamente mirar. Como si estuviese parado en la punta de una alta torre, Sesshoumaru sintió su feliz desinterés estremecerse bajo un soplido de horrorosa emoción que él no quería soportar.
Cállate. Se dijo a si mismo. El no tenía el tiempo para pensar en eso. El tenía que pensar en escapar de estas malditas cadenas con las cuales sus antiguos aliados lo habían atado. Ellos dijeron que las cadenas fueron forjadas por una miko oscura, pero Sesshoumaru tuvo mucha duda en creerlo. La pureza en ellas no era nada parecida a la pureza que lo había rodeado en el Monte Hakurei, y si él se pudo mover en esa horrible atmósfera estas cadenas, a pesar de que quemaban su piel, no eran rival para él. Si intentaba lo suficiente, probablemente se romperían.
El segundo paso sería deshacerse de su prenda de piel. Estaba tan pesada y llena de agua que se preguntaba como él se había mantenido a flote hasta ahora, y hubo una punzada en su pecho cuando pensó en dejarla una vez que las cadenas se hallan roto, pero Sesshoumaru dejó eso aparte. No había tiempo para ser sentimental respecto a eso, inclusive si era el único recuerdo de su padre que le había dejado a él.
Se habían llevado sus espadas. Toukijin y Tenseiga estaban ahora en manos de Hatore, quien aparentemente había sido lo suficientemente poderoso, a pesar de su aversión hacia la violencia innecesaria, para a duras penas arrebatar el reino del liderazgo de todas las otras escorias traidoras con las cuales aparentemente él se había rodeado.
Sesshoumaru no sabía que era lo peor - que él había sido traicionado tan fácilmente, o que había sido tan ciego como para permitir tal viles y corruptos seres entrar en su confidencia. No es que tenía mucha opción al respecto; su padre había sido aliado con ellos, y así que solo pareció sabio continuar alianzas que eran para su beneficio. Era casi inconcebible para él que alguien lo considerara débil, pero aparentemente lo era. Si no fuese débil él no hubiese permitido que a él y a su gente los traten de esta manera Si él fuera fuerte, el hubiera luchado. Si él fuera fuerte, la muerte de Rin no le hubiera molestado. Si el fuera fuerte, ella hubiera permanecido muerta, jamás habría pensado de una niña humana otra cosa que no fuere otro obstáculo, jamás se habría acostumbrado a ella, jamás habría sido tan estúpido, habría, podría haber, debería haber...
En la distante torre de su mente, Sesshoumaru se estremeció.
Si fuera fuerte, él la hubiese matado.
Una fibra de cólera y odio se enrolló y alrededor suyo, y de repente él estuvo más cerca que nunca, emoción amenazando en estrangularlo en el agua.
El debió haber sido fuerte. En cambio, el fue débil. Más débil que Inuyasha. Más débil que cualquier otro humano. El era nada, nada en absoluto, todo su poder perdido, como sangre arrastrada en un río, como mucho humo en el viento, como el perfume que desvanece de una joven muerta –
Sin aviso, una particularmente grande ola interrumpió su línea de pensamiento y Sesshoumaru se sintió inclinándose arriba y abajo. Por un corto momento, todo lo que podía ver era la fría oscuridad bajo él, y las largas, opresivas hebras de su luminoso cabello plateado brillar contra las entintadas profundidades. La oscuridad frente a él se veían tan acogedoras, tan serenas y calmadas que casi se hundió más, pero una irreflexiva inhalación rápidamente reafirmó sus instintos y se enderezó de nuevo. No, pensó. El no podía permitirse pensar de esta manera, y de repente él estaba lejos nuevamente, dentro de su torre, lejos del latido de su corazón.
Ahora era tiempo del pensamiento racional, no indulgentes tropezones de autocompasión. Tosiendo agua salada, Sesshoumaru determinó que una reexaminación de la situación era pertinente.
Espadas: ninguna, pensó. Nada más que sus garras. Eso probablemente estaba muy bien; hubo un tiempo en el que él no tenía espadas en absoluto y parecía que le iba bastante bien. Aliados: ninguno. También sin ningún problema. Con aliados como los antiguos, no necesitaba enemigos. Poder: ninguno. Eso tendría que ser rectificado. Inclusive que ahora él estaba aparentemente en el exilio en la mitad de un mar abierto, eventualmente el llegaría a tierra de nuevo donde era aún una fuerza para ser enfrentada. Sirvientes: ninguno. Bien. El había estado muy bien sin sirvientes por años. El hecho de que no tenga ninguno para hacer requerimientos o que lo fastidien debería ser una ventaja, pero desafortunadamente no se sentía como una. Solo otra cosa que tendría que evitar en pensar, él supuso.
Rins: ninguna.
Otro latigazo de horror azotó alrededor de él, pero Sesshoumaru lo apartó. Apartar parecía ser más fácil con práctica, el reflexionó. Pronto él no tendría que pensar en ella por completo. Ahora¿que más?
Molestas cadenas: una. La salada agua realmente empezaba a picar donde el frío, puro metal quemaba en su piel, y Sesshoumaru se dio cuenta de que le gustaba el dolor físico. Distraía a su mente de otras cosas que parecían muy insistentes o muy pesadas para considerarlas, tales como su situación.
No había otro tiempo como el presente para liberarse, así que Sesshoumaru cerró sus ojos y concentró su considerable poder en sus extremidades. Bajo su piel y sobre sus huesos el podía sentir sus músculos deslizarse y tensarse, moviéndose sobre unos y otros con sedosa fluidez mientras se preparaba para la explosión de fuerza que – con suerte – rompería las ataduras que lo quemaban y lo hundían.
Tensar, y después, con rapidez – pensó medio coherentemente. Un corto, repentino grito – suyo – alcanzó sus oídos mientras dejó liberar su poder en un veloz movimiento, y luego las cadenas, rotas, se hundían hacia el piso del silencioso mar y él se podía mover libremente otra vez.
Sesshoumaru se admiraba con una fría indiferencia que había sido bastante fácil el soltarse, pero si se concentraba él aún podía detectar su cuerpo fluir con casi un inagotable suministro de adrenalina. Ni encantadas ataduras pudieron sujetarlo. Sin embargo la adrenalina era un buen toque; él todavía no se cansaría por un momento, a pesar de que había estado flotando por medio día y el sol ya se estaba poniendo. Gracioso, pero él no puede recordarlo brillar.
La siguiente cosa en hacer vagar hacia las profundidades era la prenda de piel. Era solo una carga. Lo siguiente era su armadura. El siempre podría obtener más de esas. Su vestimenta estaba pesada y mojada pero el podría soportarla ahora que el pesado metal estaba hundiéndose lentamente bajo las hambrientas olas.
Con cuidado, Sesshoumaru se volvió en el agua, dejando que sus infalibles instintos lo guíen. El había estado vagando rumbo suroeste por un rato ahora, pero probablemente no estaba tan lejos del sur como para que no tocara tierra si fuere al este. El no paró a pensar que le esperaba en tierra. Oprobio y derrota eran cosas abstractas, mientras que el miedo de que cayera por siempre dentro del mar sin fondo era muy real. Lo que sea que había en tierra podía esperar.
Despacio pero deliberadamente, el exiliado demonio príncipe del País Iluminado Por La Luna se dirigió en el mar y comenzó a nadar hacia tierra.
...o...
El había nadado por horas por las negras aguas del mar, y aún cuando la tierra estaba a la vista se dio cuenta de que él era incapaz de sentir algo más que no sea agotamiento. Incluso cuando se arrastró hacia la playa bajo la burlona luz de la luna, el sintió nada pero un vació dolor dentro. Se sentía tan ligero bajo su pesada piel que fue una maravilla que el tuviera trabajo en mantenerse a flote, pero esa idea era solo una pasajera nube de contemplación; cualquier pensamiento simplemente era cosa para pasar el tiempo mientras el gateaba por la playa – una mano, un muñón por muñeca, una y otra vez – y dentro del bosque, ignorando sus adoloridos músculos y ardientes pulmones.
Había una aldea cerca, pero era un asunto trivial a la abrumante necesidad de dormir. Cada nervio de su cuerpo clamaba un respiro, pero Sesshoumaru se negó a darse por vencido hasta que él esté muy adentrado en el bosque y el aroma que cosquillea de fuegos cocinando –
- fuego, quemando, maderas cayendo, sangre, sangre, sangre -
- estuvieran tan escondidos por el exuberante olor del bosque como iba a ser por el momento.
Cuidadosamente, sin molestarse en quitarse su inundada vestimenta, él apoyó su maltratado cuerpo contra un árbol y dejó que sus ojos se cerraran, y el sueño vino para reclamarlo.
Pareció solo momentos después que él despertó con un susto, pero el sol estaba alto en el cielo indicando que había estado durmiendo por doce horas o más. Parte de su vestimenta estaba seca pero áspera, aunque donde estas tocaban el tronco del árbol o el suelo aún estaba húmeda. Desconcertado, el demonio buscó que lo había despertado de tan gravemente necesitado sueño cuando lo escuchó.
En los arbustos hubo un crujido. En la brisa, su aguda nariz captó el olor de un ser humano. Uno pequeño.
Débilmente, se preguntó que había hecho para merecer esta cruel, irónica vuelta del destino mientras un pequeño, afeminado rostro lentamente se asomaba sobre las hojas del arbusto en el que se escondía.
No me mires, él pensó. No me mires.
No se detuvo hasta que sus ojos se asomaron por el borde. Era casi demasiado para soportar. En el infinito momento en cuanto sus amplios ojos se bloquearon con los dorados suyos, Sesshoumaru sintió una extraña sensación que no había conocido desde que era muy pequeño.
El quería llorar.
El estaba cayendo en un largo túnel y no había final a la vista. Ella caminaría hacia él, trataría de salvarlo, necesitaría su protección, y jamás sería libre de nuevo, ella ya estaba muerta, inclusive cuando la veía, ella era pequeña y humana y débil y ella iba a morir –
Y luego ella gritó, un sonido de puro temor, y luego el sonido de martilleantes pies se encontraron con sus oídos cuando la pequeña niña corrió tan rápido como pudo hacia su aldea.
Aparentemente el túnel era un profundo pozo, y Sesshoumaru de repente sintió como si hubiese aterrizado, muy fuerte, al final de él. Curiosamente, aunque el aliento se le fue arrebatado, se sintió perdonado y desfavorecido al mismo tiempo. Amenazadoramente empujó esos sentimientos a un lado y lentamente se levantó. El no estaba completamente descansado todavía, pero tenía que irse. La niña traería problemas en forma de más humanos y por primera vez el no quería matarlos. O quizá el deseaba mucho matarlos. De una u otra manera, él no tenía la energía para encargarse de eso.
Y de todas maneras, no importaba donde fuese. No importaba si los mataba o no. No importaba en absoluto.
Resueltamente, el demonio volteó y tomo su camino al norte y hacia el este, lejos de sus tierras ancestrales y todas las abarrotadas memorias y toda la nada que lo esperaba allá.
...o...
Cuando Kagome sintió la magia funcionar, ella rió con miedo y alegría con la familiar sensación. Se sentía como si una mano la hubiese agarrado por el estómago y la hubiese jalado hacia abajo, dentro de las brillantes profundidades de los torrentes del tiempo que se expandían todos alrededor suyo. Era estimulante y parecía seguir para siempre, aunque en realidad tomó solo un breve momento hasta que sintió el familiar golpe mientras aterrizaba en el fondo del pozo.
El olor de la ciudad se había ido – de los cuales ella nunca estaba conciente de que existían después del repentino y abrupto cambio de lugar a otro tiempo – y el aire dentro del pozo era nuevo de alguna manera. Era frío y húmedo y lleno del aroma de lo oscuro y humedad, pero estaba vivo, y arriba de ella la gasa de estrellas que se extendían sobre el dosel de la noche brillaba serenamente como nunca lo hacían en su tiempo.
Por casi un minuto, Kagome, aspirante a arqueóloga, estudiante de universidad, y una vez aventurera, se arrodilló, estupefacta, en el fondo de un viejo fétido pozo en el Sengoku Jidai hasta que se abrió paso por el miedo que se había repentinamente asentado en su estómago. Ella iba a ver a sus amigos de nuevo, y eso era suficiente¿cierto? Sus queridos amigos, quienes habían viajado con ella por fuego e incienso, y su primer amor, Inuyasha – bueno, Inuyasha y Kikyou estarían casados, pero ellos talvez tengan hijos, y ella sería... sería... tía Kagome...
Kagome casi estuvo apunto de vomitar antes de contenerse. No! Se dijo a sí misma ferozmente en el temeroso silencio de su mente, Kaede me dijo que tengo que aceptar mi destino, o nunca seré feliz. Si el pozo me ha recibido de vuelta, debo tener un propósito aquí. Resuelta, se puso de pie y comenzó la irritante subida por las enredaderas hacia el mundo exterior.
Estaba oscuro, pero no parecía ser tarde. Ese fue el primer pensamiento que le cruzó por la mente mientras se estabilizaba en sus pies. El segundo fue que ella podía oler fuegos de cocina en la suave brisa de Edo, como si fuese solo una hora pasada la puesta de sol.
Bueno, eso no era realmente muy diferente de la manera en que las cosas parecían trabajar cuando entraba y salía del pozo por meses cuando aún estaba en el colegio. No parecía terriblemente fuera de lugar que las estaciones serían un poco diferentes en el Sengoku Jidai que en su propio tiempo. Kagome lentamente empezó la corta caminata hacia Edo bajo las estrellas.
La caminata fue más corta de lo que recordaba, en parte porque la aldea había crecido mucho. A las afueras había casas bien construidas y dentro de cada una, en la parpadeante luz amarilla de los fuegos de cocina, había conversaciones y risas. Tan diferente de cuando ella había estado ahí por última vez, cuando el hambre amenazaba constantemente y cuando los ataques de demonios mantenían a la aldea silenciosa.
¿Pude haberme ido tan solo por pocos años? Se preguntaba cariñosamente.
La cabaña de Kaede ya no estaba al filo de la aldea. Parecía estar muy adentrada en ella ahora, pero Kagome podría haberla reconocido en cualquier lugar; las maderas llenas de agujeros y la puerta de paja eran las mismas. Tenía un nuevo techo, pero eso no era algo especial. Con cuidado, Kagome caminó hacia la entrada y pausó, no muy segura de cómo seguir.
¿Que diría Kaede¿Estaría feliz o sorprendida? Tal vez estaría molesta con ella por regresar a un tiempo que evidentemente no era suyo...
No, Kaede nunca estaría molesta conmigo por eso. Kagome se estiró y golpeó el marco de la puerta de madera.
Dentro hubo un crujido, y una voz que ella no conocía gritó, "Entra!"
Kagome vaciló por un solo momento antes de empujar a un lado la puerta de paja y caminar dentro, pero lo que vio la hizo detenerse en confusión.
Frente a ella estaba una mujer de mediana edad, usando una tradicional vestimenta de miko, pero definitivamente no era Kaede. Había una olla de estofado burbujeando sobre el fuego, y la mujer la estaba mirando con recelo mientras habría su boca para hablar.
"Soy Sinayo, la sacerdotisa de este pueblo," dijo lentamente. "¿Quien eres?
Kagome la miró fijamente. Ella probablemente estaba en sus cuarentas o talvez en sus tempranos cincuentas, cabello surcado con gris, y a su lado estaba un arco y una aljaba descartada. Sus manos descansaban en su regazo pero Kagome tenía la definida impresión de que podría levantar ese arco y alistarlo antes de que Kagome pudiese voltear y correr. De alguna manera, Kagome ni siquiera podía lograr que su boca dijera quien era ella.
Las manos en el regazo de Sinayo se tensaron. "Te preguntaré de nuevo, desconocida¿quién eres tú?"
La confusión reinaba. Kagome lamió sus labios. "¿Donde está Kaede?" preguntó calladamente.
La miko frente a ella redujo sus ojos y agarró el arco junto a ella, usándolo como una muleta para levantarse. "¿Cómo sabes ese nombre?" ella exigió "¿Quién te envió?"
"¡Nadie!" Donde – ¿qué le pasó a Kaede?" Por favor no dejes que esté muerta! Solo me fui por seis años!
La miko le dio una mirada valorativa. "Estás vestida de una forma extraña, pero no detecto ningún youki a tu alrededor. ¿No eres un demonio?"
Calladamente, Kagome negó con la cabeza.
"Entonces cómo sabes el nombre de Kaede?"
Alivio la inundó y Kagome se apoyó contra el marco de la puerta, su mirada cayendo al suelo mientras su aliento vino más fácilmente. "Entonces tu si conoces a Kaede?" Kagome le preguntó ansiosamente entre purificantes tragos de aire. "Fuimos amigas hace pocos años atrás, y si podrías tan solo decirme donde está me iré de aquí y te dejaré -"
El sonido de rasguño hizo que alzara sus ojos a la mira de una flecha.
"No puedes haberla conocido," Sinayo dijo tranquilamente, su rostro firme y determinado. "Eres muy joven."
Pequeñas campanas de alarma de repente sonaban en la cabeza de Kagome, haciendo eco en su mente. "¿Qué – qué quiere decir?" preguntó indecisamente.
"Kaede murió hace años. No pudiste haberla conocido si no eres un demonio."
¿Años...?
No había fuerza en sus piernas. La madera del marco de la puerta atrapó su manga mientras se deslizaba hacia las uniformes enarenadas tablas del suelo. "No..." ella respiró. "No, eso no es posible."
"Te aseguro que lo es," dijo la miko bajando su arco, obviamente determinando que una joven mujer que desmayaba probablemente no era alguna amenaza. Dio varios pasos antes de detenerse unos pocos centímetros lejos.
El estómago de Kagome se rizaba por todas partes en nudos, deslizándose por resbalosas, acidas olas, y su visión se ponía borrosa de una extraña manera.
"¿Qué hay – que hay de Inuyasha?" finalmente preguntó. "¿Dónde está él?"
La vertiginosa, bailarina visión de la miko antes de que se viera aún más molesta, si es que era posible. "Quién eres?" Ella exigió por tercera vez.
La boca de Kagome estaba seca. Corrió su lengua por todos lados adentro, sobre el paladar y los dientes, saboreando solo algodón y bilis. "Kagome," ella finalmente susurró. "Soy Kagome."
El arco se soltó de los dedos de Sinayo. Cuando golpeó el suelo, este hizo un fuerte ruido en el silencio de la cabaña. "¿La miko?" dijo vagamente.
Kagome asintió.
"Kagome-sama¿es realmente usted?"
Su visión se estaba volviendo loca – todo se hacía borroso y ondeaba frente a ella. Sinayo de repente se vio preocupada e impresionada mientras cerraba el espacio entre ellas y se arrodillaba frente a ella. Extendió una mano, como si fuera a tocarla, pero Kagome respingó y trató de asentir, aunque el movimiento solo le causaba nauseas. En los fríos y distantes filos de su mente hubo un frío conocimiento, pero ella no quería tocarlo. "Por favor," ella dijo nuevamente. "¿Dónde está Inuyasha?"
Sinayo se vio afligida. "Kagome-sama..." dijo otra vez, y, ridículamente, Kagome recordó a su pequeño hermano. A ciegas extendió una mano y agarró la manga de la mujer mayor, toda línea de su cuerpo suplicando, pidiendo.
"¿Dónde está?"
La miko no la miraría a los ojos. "Lo lamento, Kagome-sama. Te has ido por más de cuarenta años. Inuyasha... el murió. El y Kikyou. Dos años después de que te fuiste. Lo siento."
Lo siento... Lo siento... Lo siento... muerto, murió, por años, muerto lo lamento se ha ido lo lamento...
El mundo salpicó a su alrededor, y Kagome se levantó en aturdimiento y corrió, sin detenerse cuando escuchó su nombre, sin detenerse hasta que estuvo en el borde del bosque – el bosque de Inuyasha, muerto, lo siento, muerto bosque de Inuyasha – donde se lanzó sobre sus manos y rodillas, ojos fluyendo con lagrimas, y vomitó.
Incluso mientras vomitaba en los arbustos, ella podía escuchar voces atrás de ella. Su mochila se sentía tan pesada y ella estaba caliente y fría por todas partes-
No me puedo quedar aquí. No puedo estar más aquí. Esto no puede ser posible. Regresaré a mi propio tiempo y cuando regrese aquí, todo estará bien.
Secándose la boca, tambaleó poniéndose de pie y corrió hacia el pozo, árboles desgarrando su ropa y las lagrimas aún cegándola. Sus pulmones y su garganta ardían, pero el dolor era nada comparado con lo que había en su corazón, y ella corrió y corrió y corrió.
Cuando la encontraron, ella sollozaba en el fondo del pozo, tratando de cavar su camino hacia el futuro, hacia el pasado donde nada de esto había sucedido, hacia el tiempo cuando ella había sido feliz.
Pero el pozo estaba silencioso e indiferente, y se negaba a dejarla regresar.
