Cuentos de la Casa de la Luna

Por

Resmiranda

Capítulo Cinco

"Razors pain you, rivers are damp,
Acid stains you, and drugs cause cramps.
Guns aren't lawful, nooses give,
Gas smells awful – you might as well live."
--Dorothy Parker, Résumé

...o...

Buen viejo techo, Kagome pensó. Siempre sé donde estoy parada contigo.

Era una buena cubierta. Las pesadas, vigas de madera curada que sostenían el techo cubierto de paja estaban solidamente en su lugar y parecían estar tan estables y confiables como la primera noche en la que ella durmió bajo este techo, esa noche hace tantos años atrás después de que había liberado al monstruo Inuyasha del árbol y él había tratado de matarla. Había tomado tanto y tan poco el liberarlo de su esclavitud – solo un rápido tirón y una repentina vaporización sagrada y el monstruo estaba suelto, bruto y temerario, destruyendo su vida, su paz mental, el tranquilo idealismo juvenil de su corazón.

Dios, como lo extrañaba.

Después del primer choque inicial, Kagome se dio cuenta de que ella había estado refugiando el terrible, debilitante deseo de verlo de nuevo en su pecho. Ese deseo la había mantenido saltando por el descompuesto pozo una y otra vez; había arruinado su pequeña relación recuperada con Hojou, la había hecho somnolienta por la tristeza, la había llevado por su escogido campo de estudio. Todo lo que había hecho en su vida había girado alrededor de la idea de que si ella era lo suficientemente inteligente, o lo suficientemente fuerte, o ah, tan buena ella lo vería nuevamente. Ahora su deseo fue concedido; ahora ella estaba en el pasado otra vez, excepto que era un pasado diferente. Sus enemigos se habían ido, pero también sus amigos. Y ahora el pozo no la admitiría de vuelta hacia su propio tiempo.

Kagome reflexionó que era amargamente irónico que ella hubiera vivido en el pasado, y ahora que quería regresar a donde ella pertenecía no se lo permitían. Quizá es mi destino ser decepcionada en cada turno, pensó miserablemente mientras miraba con furia hacia la penumbra en la punta de la cabaña y reflexionaba sobre los eventos que la habían guiado hacia allá.

El fondo de ese agujero era fétido, y Kagome necesitaba muy poco convencimiento para que se levantara, secara sus ojos, y se determinara a llorar después donde nadie pudiese ver. Probablemente ella había hecho el ridículo; las antorchas brillaban temblando luz bajo el pozo para revelar su forma en el fondo, llorando por lo que parecía no tener razón; combinado con el vómito y el lodo, indudablemente ella no ganaría ningún concurso de belleza tampoco. Reuniendo lo que quedaba de su dignidad, ella habría escalado fuera del pozo ella sola y se habría hecho cargo de las cosas ella sola pero Sinayo había insistido en que sea llevada al arroyo por varios hombres jóvenes de la aldea para que se limpiara y luego de vuelta a su cabaña.

Kagome lo había hecho en obediente aturdimiento, al menos hasta que descubrió que uno de sus acompañantes, un robusto muchacho recién entrado en edad viril, tenía manos errantes. Le había recordado tanto a cierto monje que ella solía conocer que Kagome explotó en lágrimas nuevamente. Avergonzado, el joven hombre trató de disculparse, pero ella solo lloró más hasta que Sinayo apareció, evaluó la situación, y fuertemente golpeó al delincuente con su arco. Probablemente las cosas hubieran ido peor para él en ese momento si Kagome no hubiese adquirido el control sobre sus cuerdas vocales justo a tiempo para asegurarle a la miko mayor que ella no estaba ofendida.

Era deprimente. ¿Realmente se había vuelto tan insensible que el acoso sexual la volvía nostálgica? Ella sabía que estaban muertos, en su tiempo; ¿por qué aún era tan miserable? Suspirando, su aliento vibrando en su pecho solo un poco por lágrimas recordadas, Kagome haló su sábana sobre su rostro y trató de cerrar los pequeños, apenados pensamientos que tiraban de su mente. El fútil ademán y el reconocimiento de su génesis casi la hizo reír.

Como si algo de lo que pudiere hacer hiciera una diferencia.

Esa actitud parecía ser la que la metía en problemas todo el tiempo cuando ella viajaba en el Sengoku Jidai; ella podía ayudar, ella podía hacer algo bien, ella podía manejar las crisis mientras que nadie la tomara en cuenta, indefensa, en los márgenes. Huyendo, eso era para lo que ella estaba. Huir y detectar fragmentos y asegurarse de no morir, porque encontrar fragmentos sería más difícil. Ella ni siquiera había sido de tanta ayuda cuando Naraku fue finalmente derrotado; la única cosa para la que ella había sido útil fue pedir un deseo puro – un deseo para hacer a otras personas felices con su propio sacrificio. Ella amaba a Inuyasha, pero para hacerlo feliz ella hubiera hecho lo que sea, aún si significaba su propia tristeza, y así ella pagó en sacrificio y compró redención y el hanyou fue humano y la mujer que él amó, quien había muerto tan trágicamente, le fue devuelta. Valió la pena.

Excepto que ahora ella tenía que aprender que la felicidad que ella compró con sus propias lágrimas se había ido, enterrada en la tierra, afligida en la flor de la vida, Sinayo dijo, por enfermedad.

Al final, el segundo hijo del Señor demonio del Oeste y su amable novia, la antigua protectora de la Shikon no Tama, habían ambos muerto por lo que se debe a un mal caso de influenza, y Kagome, la miko renacida, trataba de no pensar en cuantas inyecciones para la gripe ella había recibido.

Fue el destino, Sinayo le había dicho, suavemente, tristemente.

"El destino es cruel," Kagome había contestado. Sinayo solo asintió.

Tantas preguntas, y ninguna de ellas con respuestas satisfactorias.

¿Dónde está Shippou?

El kitsune se fue después de que Inuyasha y Kikyou murieron, fue la respuesta.

¿Dónde estaban Sango y Miroku?

Se fueron, Sinayo respondió, nadie ha escuchado de ellos desde antes de que Inuyasha muriera.

¿Cómo sabes mi nombre?

Te recuerdo, de cuando yo era una niña.

"¿Me recuerdas?" Kagome había preguntado.

"Tú e Inuyasha eran los defensores de nuestra aldea," Sinayo había indicado. "Yo quería ser una miko, como tú. Tu eras buena y amable y noble y valiente, y yo pensé... y esperé... Lo que quiero decir es que, yo no tengo mucho poder, pero..." ella arrastró sus palabras. "Hago lo que puedo. I espero me encuentres digna de tomar tu lugar."

Luego, para el asombro de Kagome, la mujer – Sinayo, lo suficientemente mayor para ser su madre, sus ojos llenos de sabiduría, pero su voz haciendo ecos con infantil idolatría – había hecho una reverencia profunda y baja. "¿Mi reemplazo?" Kagome había dicho, calladamente. Su mente, aún tambaleándose del frío, resbaladizo pesar, parecía vacilar ante el impacto de tal noción.

"Hai, Kagome-sama," Sinayo respondió, y escuchando las palabras, dichas tan reverentemente, Kagome sintió algo dentro de ella retorcerse, dolorosamente.

Ella inclinó la cabeza. "Nunca fui una buena miko para empezar," dijo suavemente, y entre ellas un silencio creció, quebrantado solo por el crujir del fuego y los vacíos años que las separaban.

Esto debe ser lo que significa ser un demonio: esto debe ser lo que significa ser alguien que vive para siempre, ella había pensado mientras el fuego echaba chispas y la vacuidad del mundo calladamente aullaba fuera de la puerta. No soy buena ni noble. No soy valiente. Solo estoy asustada. Siempre estuve solo asustada, solo tratando de hacer lo correcto. A veces yo no pensaría, o haría algo estúpido, pero aún estaba asustada.

Ahora mirando hacia el techo, Kagome quería llorar otra vez mientras repasaba la conversación en su mente. No fui una buena miko en absoluto. Solo era una niña. La verdad rondaba fuera de su mente.

Aún me siento como una niña.

La miko renacida miró dentro de la oscuridad. La oscuridad la miró de vuelta. Ella aún estaba asustada, y Kagome deseaba que Inuyasha, que sus amigos golpeen la puerta, estar rodeada por ellos. Segura y conocida. Conocida.

Esto es lo que significa ser inmortal. El pensamiento destelló y echó chispas por su mente, blanca con la incandescencia de la comprensión. Siempre recordado, pero nadie sabe. Nadie más que yo sabrá alguna vez como fue. Ellos podrán recordar las escrituras y las historias, el mito del hanyou príncipe y su acompañante sacerdotisa. Ellos podrán recordar a la cazadora y al monje y al zorro. Pero ninguno de ellos recuerda como fue. Nadie sabe quienes fueron estos héroes realmente. Ellos no saben que el hanyou tenía una debilidad por los fideos, o que la cazadora amaba el color verde, o que el monje solía chasquear sus dedos cuando estaba nervioso. Ellos no saben nada de la gente, solo la historia. En el grueso, pesado silencio de la noche, envuelta en sábanas prestadas, Kagome podía oír el cristalino sonido de su corazón rompiéndose. Yo soy la única que los recuerda...

Yo siempre estaré sola.

...o...

Cuando Kagome despertó la siguiente mañana por la suave mano de Sinayo en su hombro, ella estaba abatida, afligida por un dolor de cabeza, y sus ojos estaban gomosos y cubiertos con lágrimas secas. Ella debió haber estado llorando mientras dormía.

"Ungh," fue su primera palabra mientras fregaba los repugnantes desechos de su desesperación de sus ojos cuando se sentó.

Sinayo, arrodillada a su lado, cruzó sus brazos en ligera sorpresa.

Por alguna razón la acción la irritó. ¿Nunca antes habías visto a una leyenda viviente despertar? Kagome pensó malhumoradamente y luego inmediatamente se sintió culpable. Sinayo no había sido más que solícita y afectuosa.

"¿Te gustaría algo para desayunar?" la miko mayor preguntó, inconscientemente añadiendo otra punzada de culpabilidad en el ya agujereado estómago de Kagome. Ella asintió lentamente y frotó sus sienes mientras Sinayo se levantaba y empezaba a llenar dos tazones con arroz frío y un poco de pescado.

"Muchas gracias," Kagome murmuró aceptando el tazón y se acomodó frente – tan extraño como pudiera ser – su sucesora, y comenzó el arduo proceso de masticar y comer.

Kagome jamás había estado borracha antes, pero esto, ella imaginaba, era como una resaca se sentía. Sus pensamientos estaban desordenados y furiosos dentro de su cráneo, y sus recuerdos de la noche anterior eran nublados y dolorosos. Dolía el explorar mucho. Pero nada podía ocultar el hecho de que ella estaba sola en el pasado nuevamente, su camino a casa parecía obstruido, y todos sus amigos se habían ido.

Ella tenía que encontrar una manera de ir a casa; ese viejo pánico que había sentido tantas veces mientras buscaba los fragmentos – que ella nunca encontraría alguno, y ella se quedaría atrapada en el pasado para siempre – empezaba a instalarse. Antes de que ella pudiese llorar o gritar o solo rizarse en una pequeña bola, ella tenía que encontrar una forma de abrir el pozo de nuevo. Después de todo, los exámenes de primer semestre eran unas pocas semanas.

Kagome miró a Sinayo, preguntándose si ella podría saber como abrir el pozo nuevamente, y pescó a la miko mayor casi quedándose dormida en su arroz.

"¿Se siente bien?" Kagome preguntó, su innata preocupación por otros reafirmándose de repente, sin embargo lo que realmente quería era que alguien le preguntara como estaba ella para variar.

Empezando, Sinayo se sentó derecha y parpadeó varias veces. "Discúlpeme, Kagome-sama, pero me levanté muy temprano esta mañana. Hachiro-kun se aisló a si mismo en un árbol y no bajaría hasta que yo le asegurase que la miko del futuro no lo iba a lastimar."

Kagome torció una ceja.

"Su, ah, pretendiente de anoche," Sinayo suministró.

"Ah," Kagome dijo.

Hubo un silencio elocuente. Kagome podía oír la siguiente pregunta antes de que la hiciera.

"Usted...no lo lastimaría, ¿o si?" Sinayo preguntó tan delicadamente como pudo.

Kagome negó con la cabeza. "Claro que no," ella respondió, pero pescó el notable descanso de la tensión en los hombros de Sinayo.

Ella me teme, Kagome pensó, y no sabía si sentirse lastimada o como una autoridad.

"Espero que esté bien," Ella ofrecía trivialidades en vez de sus verdaderos pensamientos, pero sus verdaderos pensamientos eran tan duros y abarrotados que sería cruel el tratar de decirlos. Kagome miró hacia su tazón.

"El estará bien," Sinayó dijo desdeñosa. "Nunca fue el mas brillante."

"Hm," Kagome dijo sin comprometerse, y lentamente terminó su desayuno. Se sentía un poquito mejor después de que su estómago tuvo el tiempo de asentar el arroz. Sinayo extendió una mano para recoger su tazón.

"¿Sabes como abrir el pozo?" Kagome preguntó, sorprendiéndose con las palabras que cayeron de su boca sin previo aviso. Ahí voy otra vez, saltando hacia la situación.

Por su parte, Sinayo se veía sorprendida. ¿Alguien había estado pensando en sus problemas? Eso era un buen giro, inclusive si la hacia sentirse como si de repente estuviese imponiéndose sobre la miko mayor, quien continuaba sin parecer notar la expresión de ligero susto que Kagome llevaba.

"Hacia el norte hay una miko que es muy, muy poderosa. Su nombre es Hotaru-sama, y ella entiende mucho sobre magia y cosas así. Yo misma nunca fui buena con la clase de concentración requerida para convocar el poder espiritual que se necesitaba, pero creo que Hotaru-sama podría ser capaz de ayudarte."

"¿El Norte?" Kagome dijo, sintiendo como si solo hubiese digerido un tercio de las palabras en la proposición de Sinayo.

"Hai. Ella vive en la costa."

"Y piensas que ella será capaz de ayudarme?"

Sinayo bajó su cabeza con una pequeña sonrisa. "Ella sería la primera persona para preguntar, estoy segura que ella podría saber de alguien más que te podría ayudar."

Kagome estaba ligeramente pasmada; contra toda expectativa, las cosas parecían estar mejorando. "Pero... ¿como llegaré allá? ¿Viajarás conmigo?"

Por primera vez desde que había conocido a la miko mayor, Kagome la vio reír. "¿Yo?" Sinayo rió entre dientes, la incredulidad coloreando su voz. "Yo nunca podría hacer esa clase de viajes. No, mandaré a alguien contigo."

Confundida, Kagome torció una ceja. "No a Hachiro, ¿verdad?"

Sinayo rió de nuevo. "No. No te preocupes, Kagome-sama. Yo veré que seas bien cuidada."

La pesada repisa de impotencia de repente parecía estar levantándose de sus hombros y era un sentimiento embriagador. Kagome sabía que era tarde para salvar a sus amigos, o incluso Rin quien estaba muerta y casi olvidada bajo la cortina de otras penas, pero ahora un sentido de propósito comenzaba a desplazarse poco a poco dentro de su recientemente vacío corazón.

"¿Harías eso por mi?" ella preguntó. Parecía más que bueno para ser cierto, el escapar de este pasado que no era el pasado, y parte de ella no quería ser decepcionada.

"Por supuesto, Kagome-sama. Usted es la defensora de nuestra aldea." La otra miko se estiró y moldeó su mano. "No se preocupe por alguna cosa."

Kagome sonrió aliviada. "Arigatou, Sinayo-san."

Sinayo sonrió de vuelta, y a través de las rajaduras en su puerta, el amanecer comenzó a derramarse.

...o...

Rin lo despertó, como lo hacia cada mañana. El podía olerla antes de que sus ojos se abrieran, avanzando dentro de su habitación para rascar sus orejas y reír la afeminada risa que no era totalmente la alegría de una niña ni el regocijo de una mujer.

El siempre recordaba, mientras hacia el arduo, incómodo viaje hacia la conciencia, de que no estaba en una habitación. El usualmente estaba apoyado contra el tronco de un árbol o en una cueva, pero aún cuando las texturas a su alrededor se volvían agudas y reconocibles, Rin estaba ahí, riendo esa horrible risa que no había cambiado en más de treinta años. Ella nunca cambiaría porque estaba muerta, y se preguntaba si su memoria alguna vez dejaría de hacerle cosquillas a su alma como el miembro de un fantasma.

Parecía irónico que sus propios miembros estaban nuevamente completos, pero su espíritu parecía tallado en algo que ya no era él. Era irónico que él probablemente fuera lo suficientemente fuerte para luchar contra sus enemigos, pero parecía que ya no tenía el interés de hacerlo. Era irónico que la pequeña niña quien él quería que nunca cambie no pudiera cambiar ahora; ella permanecía estática en su memoria, siempre en la cúspide de ser una mujer, siempre egoísta y despreocupada, siempre marcada en su memoria con una vida media-vivida. No, ni siquiera media-vivida. Apenas vivida.

"¿Despierto hoy, mi señor?"

Sesshoumaru dejó resbalar sus ojos hacia la manga de su haori y encontró el origen de su molestia. Era solo Myouga-jii, quien más seguido que nunca vendría para atormentarlo. Distantemente, Sesshoumaru se preguntaba cuando moriría la pulga, pero decidió que no importaba. Por lo menos él permanecía constante.

"Siempre estoy despierto cuando estas aquí," Sesshoumaru respondió.

Myouga solo rió entre dientes. "La mayoría del tiempo usted esta muerto para el mundo," él dijo. "Aún cuando salto arriba y abajo al lado de su oreja y grito su nombre usted a veces no se mueve."

"Solo por que no me mueva, eso no significa que no te escuche," Sesshoumaru respondió. En verdad él no podía recordar que sucediera tal cosa – ¿estaba él gastando más y más tiempo en sueño? – pero nunca hacia bien el anunciar tal descuido.

"¡Sesshoumaru-sama! Me ha herido, mi señor," La pulga dijo, aunque él no sonaba particularmente lastimado. Sesshoumaru no reconoció esta expresión. Parecía no requerir alguna respuesta en cualquier caso, y Myouga empezó a parlotear acerca de asuntos en el Oeste, alegremente cortando el corazón de su señor en cintas. Sesshoumaru nunca quería escuchar sobre el Oeste, sus inconstantes aliados, su hogar arruinado jamás. Por casi diez años él había buscado una nueva espada, una nueva armadura, había luchado con sus enemigos en los límites de lo que alguna vez fue su tierra, pero sin aliados era casi imposible el derrotar esa tan larga colección de youkai, incluso cuando la mayoría de ellos eran más débiles que él. La verdad permanecía que eran mucho más fuertes cuando estaban juntos. Después de un tiempo, parecía sin sentido. ¿De todos modos, para que estaba luchando? ¿Las quemadas ruinas de la Casa de la Luna? ¿Las perdidas reliquias de su padre que él ya no era apto para ejercer? ¿Honor? ¿Venganza? ¿Qué de bueno tenían tales cosas cuando él despertaba cada mañana con una brillante sonrisa de media-luna en su mente y se iba a dormir cada noche extrañando a los muertos?

Así el se preguntaba, buscando alguna inspiración que lo devolviera a su antiguo ser. El no tenía honor – sus enemigos ni siquiera habían sentido que él era digno para matarlo, y si él fuere en absoluto un hombre él se hubiese suicidado honorablemente hace tiempo. No, el honor significaba poco ahora. Su orgullo había sido triturado en partes hace mucho. Tal cosa egoísta parecía mísera comparada con la muerte que había atestiguado en La Casa de La Luna. No había orgullo, ni honor, ni venganza. La venganza no podía revivir a los muertos.

Lentamente, Sesshoumaru se dejó hundir donde se sentaba. El estaba apoyado en un árbol hoy – ¿qué era hoy? – y el rocío se había asentado en él. Su hakama, de alguna manera peor por el uso, estaban empapadas y pegadas a su forma, pero su haori, relativamente nuevo cubierto con una nueva armadura, estaba bastante seco. El césped cubriendo sus hombros mantenía la humedad lejos de sus mangas lo suficiente, pero las largas, blancas sendas de sus dobladillos estaban mojadas con rocío. La mañana estaba fría, pero no parecía haber algún sentido en levantarse y arreglarse para estar presentable. El no entretenía a nadie más que a insectos y criaturas insensatas que se aventuraban dentro de su claro y a ninguno de ellos les interesaba como él se veía.

Sesshoumaru sintió sus ojos perder enfoque, y el parloteo de Myouga se desvaneció en el fondo sordo del rugido de su mente. El descanso le hacia señas. El estaba tancansado. ¿Por qué estoy tan fatigado? Él se preguntaba, pero no importaba; deslizándose para reclamarlo era un sentimiento de agradable adormecimiento, y Sesshoumaru le daba la bienvenida.

El estaba en peligro de resbalar hacia la nada que ansiaba cuando sintió un agudo pinchazo en su mejilla que de repente lo trajo de vuelta a la realidad.

Extendiendo su mano, él arrancó la pulga de su rostro y lo sostuvo frente a sus ojos.

"Te dije que no hicieras eso," él dijo mecánicamente, apretado entre su dedo índice y su pulgar, Myouga comenzó a moverse con dificultad.

"¡Esta perdiendo los estribos, Sesshoumaru-sama! ¡Se sienta ahí por horas mirando fijamente hacia nada, y no responde a algún tipo de ruido o contacto! ¿Por qué? ¿Por qué no ha restaurado el honor de su padre? ¿Por qué aún divaga?" El gritó, múltiples miembros luchando para liberarse de las garras de Sesshoumaru.

Por un largo momento parecía que el príncipe youkai no respondería, hasta que lentamente él abrió su boca.

"¿Por qué...?" Sesshoumaru repitió. El no sabía por qué. El honor de su padre estaba tan removido de su posición que ahí parecía una enorme grieta, negra y aullando con peligro, entre él y la memoria de su progenitor.

Los brazos y piernas de Myouga se dejaron caer. "Usted parece apenado por una aflicción, mi señor," el dijo silenciosamente.

Sesshoumaru dijo nada, y esperó.

Myouga parecía inseguro en continuar, pero finalmente hablo de nuevo. "Hay...He oído de una miko cuyo poder es capaz de ser sentido a casi una milla de distancia, y ha estado viajando estas ultimas semanas hacia el norte. Ella ha estado...ayudando a la gente – humanos y demonios por igual – mientras viaja."

El anciano criado calló, y Sesshoumaru lo puso en su manga.

"¿Y?" él preguntó

Encogiéndose de hombros, la pulga miró hacia el rostro de su señor. "Y ella podría ayudarle."

"¿Ayudarme?"

"Hai."

Sesshoumaru dijo nada, solo levantó su cabeza e inhaló profundamente. En los árboles, la fresca, dulce brisa crujía.

El podía oler moradas flores en el viento. Iba a ser un hermoso día.

...o...

Sentada frente al fuego, Kagome miraba malhumorada hacia las llamas.

Su guía resultó ser una flexible joven mujer de nombre Amaya cuyos gestos eran tan agonizantemente evocadores a Sango que Kagome no podía decidir si distanciarse completamente o intentar ser amigas rápidamente. Después de la introducción inicial, Kagome luchó hasta que su innato sentido de camaradería ganó, pero resultó que ella no debió ni siquiera molestarse; Amaya estaba asustada con la miko del futuro, así que después de una semana o algo de amigables propuestas Kagome se rindió. Ser una leyenda en su propia vida tenía serias desventajas.

Ellas habían estado caminando por semanas. A veces, Amaya accidentalmente tomaría un camino incorrecto a pesar de su insistencia de que ella tenía una dirección intachable. Otras veces ellas pasarían por una aldea, y Kagome, vestida como estaba en vestimenta de miko prestada, sería a menudo llamada y su asistencia requerida. Ella empezaba a arrepentirse de haber tomado la ropa de una sacerdotisa, pero el bagaje que venía con él parecía tan insignificante ahora. Nadie recordaba como se veía Kikyou; nadie las compararía. Por otro lado, las noches eran frías, y la gruesa hakama, mientras más restrictivo que su propia vestimenta, era menos indecente para los tiempos.

Lo que realmente la sorprendió era la falta de youkai con la que tropezaban. El arco prestado tirado a través de su espalda le daba una medida de paz, pero lo que realmente ponía su mente a gusto era la aparente escasez de demonios atacándola. Quizá era porque ella ya no traía fragmentos de Shikon en su cuello, o talvez los youkai se habían alejado de los asentamientos humanos; De cualquier modo, había menos de ellos. De hecho, ella solo había tropezado con solo dos de ellos en el camino, y ambos habían sido inofensivos y heridos. El segundo fue un youkai caballo con una cortada superficial en uno de sus lados, y Kagome lo había remendado en un campo lleno de flores y preguntándose como le iba a Jinenji, o incluso si estaba vivo. Eso había tirado de su corazón un poco, pero no tanto como lo había hecho el primer youkai.

El primero había sido una pequeña cría de zorro a un lado del camino, más joven que como recordaba a Shippou. La pequeña niña-zorro se había torcido un tobillo, y Kagome, incapaz de resistir las grandes, silenciosas lágrimas que caían de los anchos verdes ojos de la pequeña kitsune, vendó su pie, ignorando las advertencias de Amaya.

"¡Kagome-sama! ¡Los kitsunes son bromistas! ¡Ella solo trata de engañarla!" la guía gritaba desde el otro lado del camino.

"¡Bueno, realmente esta haciendo un buen trabajo!" Kagome le respondió gritando mientras sus instruidos dedos sondeaban la piel hinchada alrededor del peludo tobillo. La pequeña cría lloró más fuerte.

"¡Es peligroso, Kagome-sama!"

Kagome ignoró las advertencias de Amaya y buscó dentro de su mochila. Después de unos momentos encontró su botiquín de primeros auxilios, lo sacó, y lo abrió. Mientras rebuscaba en él, ella aprovechó la oportunidad de hablarle a la kitsune.

"No tienes porque tener miedo," Ella dijo amablemente. "Yo te voy a ayudar."

La pequeña cría solo resolló.

Sonriendo, Kagome le mostró el rollo de vendas. "Voy a envolver tu pie para que puedas caminar." La pequeña no respondió. Tratando de ponerla a gusto, Kagome comenzó a hablar suavemente mientras vendaba el pie con cuidado, preguntando su nombre y donde vivía. Al final de la parcial conversación, la pequeña había dejado de llorar y la miraba fijamente con ojos grandes.

"¡Todo listo!" Kagome declaró, aplaudiendo. "Si llega a hincharse aún más, ve y pon tu pie en un arroyo de montaña. Estará frío, pero ayudará."

La pequeña cría asintió, y Kagome se levantó, recogiendo su gran mochila amarilla y moviéndose hacia el centro del camino nuevamente. Después de unos diez pasos, Amaya se le unió.

"¡Kagome-sama, nunca había visto algo así!"

Kagome estaba confundida. "¿Como qué?"

Amaya agitó su mano en el aire, como si hubiese perdido. "Nunca había visto a un sacerdotisa cuidar de un youkai."

Y ese era quid de ello, realmente. Ella, quien había pasado tanto tiempo en la reconfortante presencia de un hanyou y un kitsune, quien había sido la doncella predilecta de un príncipe lobo, era de repente extraña y fuera de lugar. Los youkai eran para ser temidos o ignorados, como siempre, pero nadie familiar con ellos habría pensado que la pequeña niña-zorro sería alguna amenaza en absoluto.

No había youki alrededor de ella, y Kagome lo encontró extraño. ¿Dónde estaban todos los youkai?

"La mayoría muerta," Amaya había respondido cuando preguntó. "El Este ya no es tan amable con los youkai."

"Oh," Kagome había dicho, porque no parecía haber mucho que decir a eso.

Ahora Amaya y Kagome se sentaban alrededor de una pequeña fogata, y arriba de ellas las asombrosas estrellas centelleaban y danzaban. Si las estrellas tuvieran voces, estarían riéndose de mi, Kagome pensó.

"¿Cuanto mas hasta que encontremos a Hotaru-sama?" ella se preguntaba mientras golpeaba al fuego con una larga rama.

Amaya se encogió de hombros. "Unos cuantos días más, probablemente," ella dijo despreocupadamente.

Los exámenes de primer semestre ya terminaron, Kagome pensó. Todos eso exámenes que ella hubiese pasado ahora se habían ido para siempre en la larga caminata desde el próspero Edo hacia el desconocido Norte. Talvez no debí haber pasado tanto tiempo cuidando de otra gente. Talvez debí haber cuidado de mis propios asuntos.

Sin embargo, era un pensamiento inútil, y Kagome encontró que ella no se arrepentía de haber gastado tiempo vendando a aldeanos y a youkai. Suspirando, alcanzó su mochila y sacó los libros que había guardado para estudiar, como estuviese de vuelta en la escuela secundaria y tratando de pasar algebra.

Bajo las estrellas y la luna, Kagome se desplazaba por sus textos. Arte del Antiguo Japón, La Vida en el Periodo Kamakura, y Trajes Feudales eran barajados en sus manos hasta que encontró lo que quería: su cuaderno detallando los mitos y leyendas de Japón. Amaya ignoró sus movimientos nerviosos y alimentaba al fuego. Kagome estaba agradecida por la reticencia de la otra muchacha; ella podría atormentarse en paz.

Kagome miró hacia el cuaderno en sus manos; ella siempre lo sacaba por la noche y se torturaba con él. Como su propia memoria, le servía como un doloroso recordatorio de las cosas que había sido incapaz de hacer y de su propia misión, miserablemente fallida. Con débiles dedos, volteó hacia la leyenda de Sesshoumaru y Rin y empezó a releer sus notas.

Por cincuenta años el Señor demonio recorrió el Este. Estaba ahí frente a sus ojos, esta historia de traición y pesar, y aunque ella nunca habría de admitirlo a alguien en este periodo de tiempo, le fastidiaba que ella no se las hubiera arreglado para aterrizar cincuenta años después de la primera parte de la leyenda cuando Sesshoumaru reclamaba su tierra. No había nada que ella pudiera hacer para ayudar. La miko sin nombre, posiblemente la misma Hotaru-sama, estaría ahí en las décadas que esperaban, pero Kagome nunca y ni siquiera fue parte de ello, igual que la leyenda de Inuyasha que se había perdido con los años.

Ella también se había perdido con los años; ella había salvado el mundo y era ahora atrapada en la oscuridad, desconocida e incognoscible, incluso para las personas que pensaban que la conocían.

En la luz de las llamas, las lunas decrecientes que ella había garabateado en las páginas parecían bailar y hundirse, y Kagome sintió lágrimas frustradas picar alto en su nariz. Inútil otra vez.

Hacia su derecha, Amaya de repente se movió y Kagome miró hacia arriba.

"Que sucede, Amay-" ella empezó.

"¡Shh!" la otra muchacha siseó con urgencia. Kagome se calló la boca. Amaya no estaba holgazaneando contra su propia mochila ahora; ella estaba agachada, con un cuchillo en mano, y cada línea de su cuerpo, desde la cueva de su pecho hasta el arco de su espalda le hablaba en volúmenes a Kagome, quien había visto a Inuyasha adoptar esta posición tantas veces antes.

Algo estaba por ahí.

"¿Puede sentir eso?" Amaya susurró.

Kagome se concentró, y fue de repente desconcertada, sus manos apretando la tierra bajo ella.

En algún lugar, fuera del círculo de la luz de las llamas, había un demonio.

La presencia de este era poderosa, casi abrumadora, y su aliento se atascaba en su pecho. Ella no había sentido tal energía en tanto tiempo que era casi inhabilitante en su intensidad y su centro.

"Oh," Ella susurró, de repente sintiéndose muy pequeña y sola. El fuego era ahora un obstáculo, cegándola hacia la hostil noche, e incluso la presencia de Amaya no era alentadora; era poderosa. Si el demonio decidía atacar, ninguna de ellas sobreviviría. Cuidadosamente, mientras Amaya empezaba a moverse en un círculo oblicuo, aún agachada, Kagome alcanzó detrás de ella y puso su mano en su arco, tomando un pequeño consuelo en su solidez. Lentamente, se levantó y tomó una flecha, colocándola en la cuerda y jalándola hacia atrás, esperando.

Una brisa movió su cabello.

Debo verme ridícula, ella pensó. La demoníaca energía enroscándose en ella, llenando su corazón con hielo y causando que lo cabellos de su nuca se elevaran, y ella temblaba tanto que sus rodillas se combaban y el arco se estremecía en sus manos.

Ella solo tendría una oportunidad.Ella se iba a desmayar. El youki la rodeaba, disparándole dolorosos rayos a su corazón, y aunque era inútil el instinto de correr casi la abrumaba. Nunca corras de un youkai, ella pensó. Su mente estaba temblando pero distante, nombrando las cosas que ella necesitaría hacer, calmada y racionalmente mientras el resto de ella se tensaba una y otra vez preparándose para huir.

Amaya era una estatua. "Nos esta observando," ella susurró con ferocidad.

Pero Kagome ya sabía. A través de la niebla del temor que rodeaba su cerebro, ella sintió algo vago y extraño. Esta energía... era casi familiar. Como si la hubiese sentido antes.

Yo conozco a este demonio.

La insuperable fuerza del youkai acercándose revolvía memorias que ella había tratado tanto de evitar, memorias que ella estaba determinada a no reconsiderar hasta que estuviera sola, pero ahora eso era imposible.

Kagome sintió querer reír y llorar al mismo tiempo, porque ella entendió por qué ella estaba aquí. Era la razón por la que ella se había sentido obligada a regresar, La historia la había atrapado en sus zarcillos, y ella nunca ni siquiera lo había imaginado.

El estaba acercándose más, y ella lo conocía. Ella conocía este poder. Se sentía como trueno haciendo sonar sus huesos; se sentía como la noche bajo la luna oculta. Y ella sabía.

...y sucedió que una miko se volvió prominente en el Norte, y era de tal gran poder y gran compasión que inclusive demonios que buscaban un final a sus penas iban hacia ella y solicitaban ayuda. Cuando el Señor oyó sobre ella, inmediatamente viajo hacia el Norte...

"Oh, no..." Kagome respiró, y bajó su arco.

Amaya le lanzó una mirada de alarma. "¿Que está haciendo?" ella siseó "¡Aún sigue ahí!"

Kagome no le respondió.

"¿Kagome-sama? ¡Kagome-sama!"

Kagome no le prestó atención a los frenéticos susurros de Amaya, "Oh no, no, no," ella murmuraba una y otra vez, como un mantra, y el youki que se pegaba a ella, agudamente familiar, se volvía más y más fuerte.

Y luego, ahí, mirándola fijamente desde el borde de la luz de las llamas, viéndose tan igual como ella recordaba que era que casi dolía ver su intocable rostro, estaba Sesshoumaru. El era una figura del pasado, tan exacta en su memoria y tan borrosa en la luz del fuego, y él movía algo tan poderosamente anhelante, tan horriblemente nostálgico que el mundo, excepto por lo dos, se deshacía en desvanecida insignificancia. Todos se habían ido, pero él permanecía, y él había vagado por más de un cuarto de siglo, suspendido en un cuento de hadas, solo para encontrarla.

"Miko," él dijo, su voz resonando en el silencio de los años.

Miko. Era demasiado.

"Ah, mierda," Kagome respondió piadosamente.