Cuentos de la Casa de la Luna

Por

Resmiranda

Capítulo Seis

"Lo más cercano a mi corazón es un rey sin un reino y un mendigo que no sabe como mendigar." Khalil Gibran

...o...

Realmente metí la pata esta vez, pensó Kagome mientras miraba fijamente la tranquila, escultural figura de Sesshoumaru. No sé que hacer, yo no sé como manejar esto, no sé que decirle, y él va a matarme. A pesar de la frescura de la noche, Kagome sintió un delgado hilo de sudor correr por su espina.

La mayoría de su mente estaba gritando con medias-formadas nociones mientras algunas partes distantes aún estaban haciendo un listado, calmada y racionalmente, Qué Hacer en Caso de Youkai. Kagome la ignoró, aterrorizadas figuraciones rebotando por ahí dentro de su cráneo.

No soy una actriz, ella pensó, pero no solo estoy en escena, he olvidado mis líneas por completo. No, ni siquiera sé en cual obra estoy, y he subido al escenario desnuda. Estoy desnuda, estaba preparada para una parodia, y ahora se supone que debo interpretar kabuki y tengo bronquitis. Estoy desnuda, tengo bronquitis, se supone que debo cantar ópera y los yakuza están amenazando en darle a toda mi familia zapatos de concreto si no atraigo al público y les doy el dinero.

El había aparecido a no más de veinte pies de ella, su youki mucho más desencadenado que como ella lo había sentido antes, excepto en dos instancias. O él estaba perdiendo el control, o estaba a punto de convertirse en un perro gigante y tragársela como las sobras de pollo del día anterior. Atolondradamente, Kagome se preguntaba si la gente realmente sabía a pollo, o si sabían a cerdo como lo había leído en libros siempre. Ella jugó con el capricho de preguntarle.

Sesshoumaru estaba aún de pie, medio en la luz, medio en la oscuridad, y a su lado Kagome apenas podía distinguir la aterrorizada respiración de Amaya, a quien parecía que le estaba dando un ataque cardiaco. El príncipe demonio no se había movido ni un milímetro, pero conociendo que tan rápido él se podía mover, Kagome no encontró este hecho reconfortante.

Kagome no creía que podría arreglárselas con el suspenso mucho más tiempo. Estoy muerta. Realmente muerta. No es solo una expresión, él va a matarme. No soy una miko. El ha luchado conmigo antes. Peleamos juntos contra Naraku. El vino por una miko que lo podría ayudar, pero él me conoce; él sabe que soy la acompañante de su hermano. El sabe que solo soy una chica exaltada que alguna vez agitó la Tetsusaiga en su cara. No puedo creer que le haya gritado tantas veces.

Ojala Inuyasha estuviera aquí.

El aún seguía parado ahí, y Kagome no podía decidir si esto era un buen o mal desarrollo. Seguramente la reconocía. Seguramente él estaría enfadado, enfurecido de no encontrar a la miko que él quería. Talvez la historia estaba equivocada – parecía que había grabado todo lo demás incorrectamente – talvez el Señor youkai mató a la miko y comió su corazón. No había forma de decir. Ella podía sentir el miedo distorsionando su percepción porque ella pensaba que se veía furioso bajo su inmóvil fachada. Kagome imaginaba que él estaba tratando de calcular para donde disponer de su cuerpo. Hacia su derecha hubo un ruido en el piso, y no pudo evitar voltearse – no apartes la mirada de tu enemigo, su mente suministró prudentemente – para ver que Amaya se había sentado pesadamente en la tierra, ojos abiertos y petrificada de terror.

Incluso ella puede sentir su youki. Estoy muerta. Casi con desesperación, Kagome se volteó hacia él aún inmóvil Señor demonio.

Kagome probablemente se habría sentido mejor si supiera que Sesshoumaru por el momento no había tenido algún pensamiento que implicara ensartar a la muchacha frente a él en sus garras. En cambio, él trataba de superar su asombro de no solo haber encontrado a la acompañante de su hermano viva, sino también virtualmente inalterada. Ella olía un poco diferente – ella se había convertido en una madura fémina en el tiempo mediante – pero aparte de eso ella permanecía casi la misma que cuando la ultima vez que la vio, hace más de cuarenta años.

Todo sobre su olor, desde la extraña empolvada cualidad hacia el rastro de crecimiento tambaleándose en el borde de la decadencia, la marcaba como un completo común y corriente ser humano. Y aún no había envejecido como un humano debería. Sesshoumaru podía sentir su pulso clavarse con el pensamiento de alguna forma de preservar el cuerpo humano antes de recordar que él ya no necesitaba de tal extravagante magia. Volviendo sus pensamientos forzadamente del inútil rayo de esperanza, Sesshoumaru se dio cuenta que el olor del miedo le picaba la nariz también.

No era posible. El estaba loco. Tantos días sentado bajo un árbol en el caliente sol lo habían finalmente afectado, y él estaba alucinando. Eso tenía que ser.

Ella solo estaba quieta parada ahí. Sesshoumaru sintió una puñalada de fastidio que su cerebro eran tan poco imaginativo; si iba a hacer aparecer un rostro del pasado, lo menos que podía hacer era hacerla verse más interesante. Talvez vestirla un poco más elegante. Si, eso sería agradable.

Sesshoumaru se dejó parpadear, esperando que ella fuera más intrigante cuando él abriera sus ojos de nuevo, pero cuando miró nuevamente ella permanecía igual de inmóvil, arco aún agarrado en su pequeña blanca mano. Bueno está bien, él pensó agriamente, quédate así.

El obviamente estaba cansado. Un buen descanso haría bien en deshacerse de tales ridículas apariciones, y si su alucinación de ella iba a continuar de pie como una vagamente sensitiva, extremadamente aterrorizada roca él probablemente no se perdería de algo importante si simplemente se fuere.

Ella se iba a desmayar. Estaba respirando pesadamente, al borde de la hiperventilación. No solo estaba asustada, sino que se encontró a sí misma deplorablemente no preparada para confrontar lo que parecía ser el único sobreviviente de su larga búsqueda de la perla de Shikon. Bajo conflictivos sentimientos de alivio y aversión, ella estaba preparada para gritar y gatear hacia un agujero, así que cuando el demonio se movió de repente Kagome pensó que su corazón rompería su pecho. Este es, ella pensó. El momento de la verdad.

Pero en vez de precipitarse hacia delante y rasgar su garganta, Sesshoumaru simplemente se volteó y empezó a retirarse dentro de la oscuridad del bosque.

Fue un acontecimiento inesperado, para decir al menos. Piernas temblando, Kagome calladamente miró hacia su espalda que se retiraba, observando como su plateado cabello daba vueltas en el viento. Ella estaba impresionada con el inconfundible sentimiento de que ella se había perdido de algo importante.

¡Bien! Kagome pensó. ¿Que acaba de suceder?

Ella parpadeó varias veces, tratando de entender el repentino cambio de corriente; ella estaba siendo arrasada por eventos que ella no podía controlar o entender, y en su mente luchaba contra ella misma mientras lo observaba. El estaba alejándose lentamente, la moteada luz de luna cayendo sobre él, y dentro de momentos él sería tragado por la pesada noche que los rodeaba.

Kagome podía sentir el peso de su responsabilidad, la aplastante carga de leyenda ejerciendo presión mientras su brillante figura se movía aún más lejos de ella. Si realmente ella fuere la miko en la historia y si el realmente fuere el príncipe demonio, entonces ella debería llamarlo, darle buenos concejos, y enviarlo en su camino. Si ella fuere verdaderamente la buena y amable sacerdotisa de un futuro distante, ella no estaría asustada. Ella sabría que decir para ayudarlo. Si ella fuere realmente la muchacha que desinteresadamente había sacrificado sus propios sueños y felicidad por el que ella amaba, ella debería ser lo suficientemente sabia para resolver los pequeños problemas de un Señor quien había perdido una niña.

Pero todas sus racionalizaciones y todas sus responsabilidades significaban poco. Mientras abría su boca y tomaba aliento, todo sobre lo que Kagome podía pensar era el sentimiento de estar a la deriva en un extraño tiempo y en un extraño lugar, con nadie que la conociera, y nadie que la llorara si ella muriese. Todo sobre lo que podía pensar era el hoyo de la soledad bostezando en su pecho.

"¡Sesshoumaru!"

El youkai se detuvo. Por un largo momento, en el cual Kagome tuvo amplio tiempo para reconsiderar sus acciones, ninguno de los dos se movió. Luego se volteó hacia ella, y caminó, mesurado y ecuánime, por los árboles salpicados de luz de luna y dentro de círculo de tibia, danzante luz.

Ella se estaba calmando, y cuando se detuvo Kagome finalmente tuvo la oportunidad de verlo realmente.

Faltante en su hombro derecho estaba la enorme, esponjosa prenda de piel; la perdida de la prenda de piel lo hacía verse mas pequeño, incluso un poco desnudo. La armadura que siempre le había visto usar también fue reemplazada con un más ajustado metal, y con armadura para los dos brazos en vez de solo para uno. Se asentaban cerca de sus hombros, pesados y sin adornos, y alrededor de su cintura el decorado obi permanecía, aunque sus espadas faltaban. Casi como una ocurrencia tardía, ella se dio cuenta de que tenía ambos brazos de nuevo. Se preguntaba cuanto tiempo le había tomado en sanar.

Considerándolo todo, él no se veía tan diferente excepto por una cosa, pero esa sola cosa impresionó a Kagome en una forma que le hizo recordar todo lo que le había sucedido a él, y a ella, en los años que se interponían. Era como un golpe en el estómago – solo algo pequeño – y ella no hubiera sabido su significatividad si ella no hubiese sido tan estudiosa.

Era su kimono. El aún usaba vestimentas blancas, pero el decorado de flores que siempre había agraciado sus hombros y mangas ya no estaba. En su lugar estaba un simple salpicón de índigo; el color de la realeza sin un blasón.

Sesshoumaru era un rey sin un reino.

Dolía el pensarlo de esa manera. Un príncipe en el exilio, su familia y criados muertos, y los años se extendían frente a él, sin fin, en donde el no envejecía. Todo lo que él pudiese vivir nunca le traería el pasado de vuelta, y todas sus pequeñas palabras que había planeado decirle repentinamente parecían míseras y vacías en el rostro de tal pérdida.

Kagome no sabía que decir. Su visión se hacía un poco borrosa con lágrimas no derramadas del stress y el agotamiento, y ante ella el Señor youkai estaba de pie como una estatua mientras su kimono, desolado de toda insignia, ondeaba en la brisa. Ella no podía quitar sus ojos de sus mangas mientras estas se alzaban e hinchaban con cada ráfaga de viento, gemelos estandartes de soledad en la mudez de la noche, el silencio ejercía presión nuevamente.

"¿Si?" Sesshoumaru dijo finalmente.

Sobresaltada fuera de su ensueño, Kagome dejó caer su arco, repentinamente en el presente otra vez mientras la tarea en mano se reafirmaba. El arco rebotó en su dedo del pie. Eso estuvo bien, ella pensó malhumoradamente mientras lo empujaba detrás de ella con su pie. ¿Y ahora qué? Ella no tenía experiencia en el campo de ofrecer consejos a cabezas derrocadas de un rango, pero afortunadamente sus instintos se encargarían de ello; su madre siempre le enseñó a ser hospitalaria con las visitas, a ofrecerles algo de beber o de comer. Bueno, no había probablemente otro momento para ser formal.

"¿Té?" Ella preguntó alegremente. Su voz sonaba despreocupada y absurda en el silencio de la fogata.

Sesshoumaru no mostró un cambio de expresión y dijo nada, así que después de un momento Kagome lo tomó como un signo de que no se objetaba a la oferta. "Amaya," ella dijo. A su lado, ella escuchó a Amaya sobresaltarse con el sonido de su nombre, y ella podía sentir los inquisitivos ojos en ella. "¿Podrías traernos agua?"

Hubo un silencio perplejo, y luego Amaya se levantó y fue hacia Kagome. Inclinándose hacia ella, susurró tan bajo como pudo, "¿Estará bien por su cuenta?" Kagome gimió interiormente. No había manera de que Sesshoumaru no hubiese oído tal cosa; su oído era el doble de bueno que el que Inuyasha tenía, y él hanyou podía detectar subrepticios murmullos a veinte pasos. Pudo haber sido un truco de la luz, pero ella pensó que sus ojos – dorados, como los de su hermano – se habían reducido en algo parecido a irritación.

"No estaré sola, Amaya," ella dijo en voz alta, esperando que Amaya solo hiciera lo que ella pidió. De repente ella tuvo una idea vaga de lo que Inuyasha debió haber sentido todas esas veces que le decía que no se meta y se quedara callada. "Por favor, encuentra un poco de agua para nosotros."

Con clemencia, Amaya dijo nada más, solo se inclinó y rebuscó en la mochila de Kagome por un segundo antes sacar la tetera y después moverse entre los árboles en una dirección general del arroyo que habían cruzado más temprano esa noche. Unos cuantos crujidos y se había ido, y Kagome estaba sola dentro de su leyenda.

Sesshoumaru aún no se movía y Kagome estaba tomando el inconfundible sentimiento de que ella iba a tener que hacer la mayor parte del trabajo en esta conversación. Su mente estaba repasando sobre los aspectos importantes de la historia que había memorizado, pero desafortunadamente parecía estar mal contada. Primero, Sesshoumaru no había cortado su cabello ni se había puesto las ropas de un campesino; Segundo, ella no tenía idea de que decirle. En la historia original, la miko le dio al príncipe vestimentas negras y le dijo que las empapara con sus lágrimas, que, en retrospectiva, era tan solo la clase de maldita estupidez que sucedía todo el tiempo en los cuentos de hadas. Kagome se mordió el labio.

"Por favor, toma asiento," Ella dijo finalmente, haciendo una pequeña reverencia en deferencia. Frente a ella, Sesshoumaru se mantuvo quieto como una piedra. Se sentía como si estuviese golpeando su cabeza en una pared de ladrillos.

"Entonces si no te molesta, me gustaría sentarme," ella dijo. "He estado viajando todo el día."

Silencio.

Suprimiendo el impulso de suspirar de frustración, Kagome se agachó primero, sentándose estilo seiza y doblando sus manos en su regazo. En su mente, ella debatía sobre demostrarle algo de conocimiento sobre la situación del youkai o fingir ignorancia; ¿estaría ofendido o asombrado si se dirigía a su problema sin ningún preámbulo? Mirándolo desde abajo, ella decidió que la prudencia probablemente sería lo mejor. El aún la observaba con ojos reducidos y haciéndola pensar incómodamente de cuan rompibles sus huesos eran. No, quizás el acercamiento circunspecto era lo mejor.

"¿Qué puedo hacer por ti?" Ella preguntó tan refinadamente como pudo. ¡Nadie a quien matar aquí! Ella pensó. Continúa, continúa.

Para su sorpresa, en vez de contestar, Sesshoumaru se paró a su izquierda y elegantemente se dejó caer sobre sus rodillas, imitando su postura y metiendo sus manos en sus voluminosas mangas. Kagome había dejado caer sus manos al piso y se había movido hacia el lado para así mirarlo de frente, el fuego ahora a su derecha.

"Té estaría bien," dijo el demonio.

Kagome no sabía que decirle a eso. "Amaya regresará en un momento," ella respondió finalmente. Sesshoumaru dijo nada más.

Los minutos se extendieron, el rey sin un reino y la doncella sin un templo mirándose el uno al otro en la luz de las llamas.

Oh, Dios, esto es tan incómodo, Kagome pensó, la tensa quietud desecha solo por las crujientes llamas. La única forma en que pudiera ser mas incomodo fuera si Sesshoumaru de repente comenzara a cogerse la nariz.

Por favor, por favor, no hagas eso, ella rezaba.

En los árboles detrás de ella, Kagome escuchó el ahora-familiar paso de Amaya, resurgiendo con una tetera llena de agua. Sesshoumaru ni siquiera la miró cuando la otra muchacha se arrodilló y puso la olla sobre el fuego, y nadie habló hasta que el agua empezó a hervir. Tardó una eternidad.

Cuando el té estuvo finalmente listo, Amaya, en elegante modo que sorprendió a Kagome, vertió el té en tazas y las colocó al lado de las figuras sentadas. Kagome esperó hasta que Sesshoumaru lentamente desplegó un brazo y tomó su taza, llevándola hacia sus labios y sorbiendo, aún mirándola fijamente. Ella hizo lo mismo. El té caliente se sentía bien en su garganta y calmaba sus pensamientos de alguna manera, lo cual era un agradable efecto-secundario para lo que era solamente un gesto educado. Ella retiró la taza de sus labios y miró de vuelta a Sesshoumaru.

Sus ojos centellearon, brevemente, en dirección de Amaya.

Kagome inmediatamente entendió. "Amaya," ella dijo, esta vez volteándose para mirar a la muchacha, quien aún parecía asustada pero con mucho más control que antes. "Disculpa, pero ¿podrías dejarnos, por favor?"

Lentamente ella asintió y se levantó. "Yo – yo creo que iré a lavarme la cara," ella dijo. Mientras se retiraba del lugar de campo, ella tomó su cuchillo y volvió hacia la dirección del arroyo.

Kagome decidió que era tiempo de intentarlo de nuevo.

"¿Como puedo servirte?" ella preguntó, aspirando un acercamiento más formal; quizás no estaba mostrando suficientes deferencias para su gusto, aunque una pequeña, pero fea y dura parte de su mente despreciativamente señalaba que el no estaba en la posición de exigir alguna clase de deferencia en absoluto. Kagome le dijo a es pequeña parte de ella que se callara, reuniendo sus pensamientos.

Sesshoumaru por su parte, estaba llegando a una conclusión. El pensaba que no tenía orgullo sobrante. El de hecho había recorrido todo ese camino para pedir ayuda de un humano – aunque se dijo a sí mismo que era para calmar a Myouga – así que él estaba claramente al fondo del hoyo de la desesperación, y su viejo, testarudo orgullo seguramente se había ido. Seguramente.

Desafortunadamente él estaba siendo inmediata y brutalmente liberado de tal capricho mientras se sentaba y estudiaba a la miko quien era más que indudablemente real y quien era indudablemente la miko que había viajado con su hermano.

El había venido para pedir su ayuda, y ahora él estaba repentinamente avergonzado de haber mostrado su rostro. El había estado al borde de romper y correr cuando ella lo había llamado por su nombre, y esa voz dragaba tan extraña mezcla de memorias que se había detenido de repente, sintiéndose cincuenta años más joven, otra vez aprisionado en ese tiempo que él había tratado tan seriamente de olvidar.

Había sido la primera vez en años que alguien había dicho su nombre sin añadir el honorífico –sama, como si ella fuera una igual, o una vieja amiga de la familia. Lo cual, de una manera, ella era, él suponía. Pero ella nunca lo había llamado Sesshoumaru-sama, incluso cuando ellos habían estado al inicio de su conocimiento. Ella traía una prisa de recolección; el aire debió haber olido más dulce en ese entonces, y él se había sentido más vivo, cazando a sus enemigos, reflexionando sobre el enigma de Rin, rodeando a su hermano por el país, y llegando a acuerdos con el legado de su padre. Extraño...el recuerda esos tiempos como más alegres, aunque él no podía recordar estar de hecho contento. Quizá eran solo felices en retrospectiva; quizá esos años eran solo felices porque él no había sido miserable.

Su voz lo alcanzó a través de la pesada niebla que lo atestaba y sacaba los lugares que el nunca pensó ver de nuevo...

Y a pesar de la abrumadora apatía que había vaciado sus años de color, Sesshoumaru encontró, observando a esta imposible sacerdotisa cuyo nombre él no podía recordar realmente, que aún había una pequeña medida de esperanza que había estado durmiendo, inadvertida y nunca llamada, en algún lugar en su alma. El estaba aquí por su vieja vida; este viejo rostro podría ser una señal.

El tenía que pedir su ayuda. El nunca había pedido ayuda en su entera vida madura.

Kagome observó como una sombra atravesó los ojos de Sesshoumaru, su primer movimiento en casi un minuto. Ella lo miraba fijamente en fascinación, preguntándose que estaba pensando, curiosa de qué iba a hacer. Ella observaba con expectación. Lentamente, casi dolorosamente, como si sus huesos fueran hierro y sus articulaciones manchadas de óxido, Sesshoumaru colocó una mano en el suelo frente a él. Luego puso la otra al lado, sus pulgares y dedos formando un triángulo. La comprensión la encontró.

El iba a hacer una reverencia.

La idea la llenó de humillado horror. Era suficientemente malo que la gente que ella ni siquiera conocía le hiciera reverencias a ella; ella de alguna manera no podía soportar la idea de que su único enlace hacia el pasado este humillándose, incluso si ella era la única testigo. "No," ella dijo rápidamente.

Inmediatamente él se detuvo, pero no volvió a su posición inicial.

"Por favor," ella añadió.

Lentamente él se sentó.

Kagome podía sentir sus dedos toquetear sus mangas, un gesto que la hacía parecer más nerviosa de lo que estaba. Forzándose a si misma a parar, ella tomo un gran respiro.

"Por favor," ella dijo de nuevo. "Dime que necesitas."

"Necesito mi tierra," el respondió, las palabras cayendo de sus labios como pesadas cargas, pesadas e inesperadas.

Inmediatamente, Kagome respondió. "¿Qué le sucedió?"

Él parecía estar desacostumbrado a hablar. "Los vasallos de mi padre..." El se detuvo, como si estuviese buscando las palabras correctas. "Sus vasallos... decidieron que ellos serían más aptos para gobernar."

Esto es difícil. Kagome pensó. "¿Cómo?" ella le preguntó.

Una larga pausa. Kagome contó hasta diez. "Ellos quemaron la casa y asesinaron a mis criados."

"¿Mataron a todos?"

Por primera vez en esa noche, la expresión de Sesshoumaru de hecho cambio. Le lanzó una mirada de fastidio. "Estaba fuera en el Norte. No estuve ahí cuando sucedió," él dijo, como si ella lo hubiese acusado de impotencia.

Kagome levantó sus manos en gesto conciliador. "No dije que fue tu culpa," ella dijo, un poco exageradamente. Esos brillantes, dorados ojos eran bastante perturbadores.

Sus ojos se redujeron aún más, y Kagome se movió incómoda. "Pude oírte no decirlo," el dijo, su tono de voz ecuánime y mesurado.

Kagome parpadeó, luego frunció, momentáneamente distraída. Ella repetía lo que él había acabado de decir en su mente. Luego lo repaso. "Espera un momento," ella se preguntaba, "¿cómo puedes oír a alguien no decir algo?"

Sesshoumaru se sentó un poco más derecho. En realidad nunca lo había pensado, así que él hizo un sonido con su nariz para esconder su confusión. Ahora que estaba confrontado con la situación, el silenciosamente se preguntaba por qué él estaba siendo tan tosco. Ella no había sido más que deferente y educada; era solo su punzante orgullo el que ponía la risa en los ojos de ella.

Eso era probablemente. Aún si iba en contra de toda razón, él había sido humillado mucho más cuando ella lo detuvo de hacer los gestos adecuados, como uno que necesita la ayuda del otro. El necesitaba ayuda; él no sabía por qué le picaba tanto el que ella la ofreciera gratuitamente, y lo estaba poniendo nervioso.

Ella aún se veía confundida. "A veces es lo que uno no dice lo que importa," él le dijo finalmente. Mentalmente él felicitaba a su cerebro por el rescate. Sonó bastante listo, si lo decía él mismo.

Kagome frunció aún más. "Pero no fue que yo no lo dije," ella le dijo.

Sesshoumaru permaneció estoico.

Kagome sacudió su cabeza rápidamente, tratando de poner a la conversación de nuevo en marcha antes de que se volviera aún más surrealista. "Pierde cuidado, eso no es importante. La pregunta es, ¿qué quieres que te diga?"

Sesshoumaru se encogió de hombros elegantemente. "Tú eres la miko. dime a mi que es lo que necesito hacer."

Torciendo su boca en frustración, Kagome volvió a pensar en el cuento que la había enviado a esta rara búsqueda. "Yo creo que debes encontrar nuevos aliados."

Sesshoumaru arqueó una ceja.

"Ya sabes," Kagome continuó, "unos que no te apuñalen por la espalda."

Esa reducción de ojos de nuevo. "Es una opción para seguir," el respondió. "Pero," él hecho un vistazo sobre su hombro izquierdo, mirando fijamente hacia la distancia, "esa no es la razón por la que estoy aquí."

Ahí estaba. Kagome dejó de mirarlo y miró sus propias manos. "Lo sé."

El viento crujía en los árboles, y las temblorosas hojas la hacían pensar sobre el otoño, y el entrante invierno.

Sus dedos toqueteaban los dobladillos de la manga de su haori otra vez. La tela se sentía gruesa y áspera, pero reconfortante, bajo la punta de sus dedos, y las pesadas suturas eran fuertes y estables. El haori no se dañaría en años. Kagome corrió un dedo sobre él, buscando las palabras correctas.

"Estás...triste," ella dijo. "Por Rin."

Sesshoumaru dijo nada, y Kagome recordó a Inuyasha, a quien había amado, y a Kikyou, a quien nunca había conocido pero era parte de ella aún. Ella deseaba, con el conocimiento de que no era posible, verlos de nuevo; ella deseaba conocerlos.

"Deseas haberla apreciado más mientras estaba viva."

Por un largo momento el demonio estuvo quieto.

"Si," él dijo finalmente.

Ella lamió sus labios. "Todos se sienten así, cuando alguien muere."

Sesshoumaru apartó la mirada – realmente apartó la mirada esta vez, volteando su rostro hacia la oscuridad afuera.

"Ya lo sé," él le informó. Su voz era baja y apagada.

Kagome suspiró, pero no era por frustración. Ella se sentía resignada y cansada. "Sabes," ella dijo en tono conversacional, "mi madre solía decirme que mientras recuerdes a alguien, no se ido realmente. Pero no pienso que eso sea cierto. Mi padre murió cuando yo tenía diez años, y aún lo recuerdo. Pero..." Su corazón se sentía pesado, como frío hierro en su pecho. "En verdad no recuerdo nada sobre él. Recuerdo como se veía, y a veces recuerdo su voz y la forma en que sonreía. Pero ese no es él realmente. El estaba hecho de un ciento de otras cosas más que he olvidado, que en verdad lo hacían lo que era. Así que él en verdad se ha ido."

La brisa levantando su largo, plateado cabello capturó sus ojos, y Kagome levantó la mirada y lo vio hincharse y caer.

"¿Y que haces entonces?" el preguntó, sonando muy lejos.

Kagome se encogió de hombros con cansancio. "Creo que haces lo que tienes que hacer. Sigues viviendo hasta que no te persiguen más. Hasta que ambos olviden y recuerden y ya no duele tanto."

Un silencio elocuente. "¿Cuánto tiempo toma eso?"

Ella quería llorar. "Se siente como una eternidad. Pero probablemente no lo es."

"¿Probablemente?"

"Talvez probablemente. No lo sé."

Sesshoumaru no respondió a eso. El se volteó hacia ella. "Tú eres una reencarnación," él dijo con sencillez. "La reencarnación de la primera compañera de Inuyasha."

"Si." Kagome se preguntaba si Kikyou habría sabido que decir.

"Hay...reencarnaciones...en este mundo."

"Si."

El la miraba otra vez con esa mirada penetrante. "Pero," él dijo lentamente, como si estuviese reconociendo una dura verdad, "No son las mismas."

Kagome sacudió su cabeza. "No. No lo son."

El asintió una vez.

La memoria de esa pequeña niña corrió, riendo, a través de la cabeza de Kagome.

"Ella debió haber estado muy asustada," ella susurró, sabiendo que Seshoumaru la escucharía. Su dedo índice hurgaba una de las suturas en su manga, aflojándola solo un poco. El demonio miró fijamente las manos de ella.

"Ella quiere venganza," él dijo silenciosamente.

Kagome cerró sus ojos. "Talvez."

"¿Talvez?"

"Talvez eres solo tú el que necesita venganza."

El dejó ir un respiro que parecía que había estado conteniendo. "Si," respondió. "Talvez."

"Solo recuerda que eso no la regresará," Kagome dijo. Sonó trillado y cliché, incluso para su propio oído.

El resopló suavemente. "Ya lo sé."

Ella sacudió su cabeza. "Me refiero...a que cuando mates a sus asesinos..." Aquí ella miró hacia el cielo, hacia las centelleantes estrellas, como si estuviese buscando lo que realmente quería decir en ellas. "Cuando los mates, y no te sientas mejor, no te sorprendas."

El estuvo en silencio por un largo momento. Kagome continuó aflojando hilos de su manga. Las suturas se estaban humedeciendo por el leve brillo de sudor que cubría sus palmas, y sus uñas se volvían débiles. Ella esperaba que él diga algo.

"¿Por qué?" el preguntó finalmente, y Kagome no necesitó escuchar el resto de la pregunta para saber que inquiría.

"Porque... ya sabes, dicen que te hace más fuerte el perder a alguien. Pero no lo sé. Parece doler igual cada vez."

"Entonces ¿por qué?"

Ella no respondió por un minuto. Ella temía que su voz se rompiera. Finalmente solo se encogió de hombros.

"Porque," ella le dijo. Ella lo miró y sonrió lánguidamente. No había otra respuesta mejor; era la mejor y peor razón que le podía dar a algo tan estúpido y tan sabio. "Solo por que sí."

El no respondió. En cambio lenta y elegantemente se meció hacia atrás en sus talones y se desdobló en un líquido movimiento en toda su altura. Kagome se levantó también, de alguna manera más torpe, sus manos aún agarradas de su haori, los dobladillos pareciendo deshilachados y gastados.

"Y luego ¿qué?" él le preguntó.

Ella casi rió. "No lo sé," ella le dijo. "Supongo que depende de ti."

El rió ahí, ese pequeño, fino sonido era como una audible sonrisa maligna.

Sesshoumaru la miró; él podía oler saladas lágrimas casi a punto de ser derramadas, y le impresionó saber que ella también estaba apenada, sin embargo por alguien que él no conocía. No importaba realmente; el dolor de ella no era su dolor. Su tristeza no era como la suya. Era personal, privada. Era algo que ella sacaría muy tarde en la noche y que le daría vueltas y vueltas en sus manos, disfrutando su peso y su miseria antes de guardarlo nuevamente. El se preguntaba si era difícil.

Era tan extraño el sentir algo de nuevo que él casi no supo lo que ella quiso decir cuando le había preguntado si estaba triste. Pero él estaba triste. Era terrible y doloroso y ambos mejores y peores que estar tan entumecido que él era nada dentro del velo de su propio cuerpo.

Por primera vez en años, él se sintió dolorosamente vivo.

Miró hacia abajo. Las manos de ella, siempre en movimiento, estaban lenta y metódicamente rasgando su haori en retazos en rápidos, nerviosos movimientos. Y él recordó, velozmente, lentamente, que Rin solía hacer eso cuando estaba ansiosa o asustada.

El lo había olvidado. El quería reír alto, largo y fuerte.

El no rió. En cambio extendió una mano – con ambas manos esta vez, él nunca había tenido ambas manos cuando Rin estaba viva, y había sido más complicado hacer esto – y gentilmente quitó sus dedos de la ropa, suavemente calmándolos hasta que estuvieron blandos en los suyos, y dejó ir.

"Arruinarás tu kimono," él le dijo. Ella asintió, mirándolo con ojos grandes.

Sesshoumaru se dio la vuelta, y caminó dentro del bosque, la luz de la luna cayendo a su alrededor, y sintiéndose tan triste y tan liviano que pensó que se él se disiparía en el plateado aire y desaparecería en la brisa de la noche.

Pero no lo hizo, así que siguió caminando.

Kagome lo observó marcharse.

...o...

NA: Una nota de la vestimenta de Sesshoumaru: la forma en que yo tomo el significado de la nueva vestimenta de Sesshoumaru no es completamente exacta; en canon, el utiliza un conjunto semi-formal con un decorado de flores (el cual yo asumo que tiene algún significado debido a su ataque dokkasou). El también utiliza rojo en el anime y morado a morado azulado en el manga, que son todos colores que representan a la realeza, así que esa parte es cierta. Sin embargo, por lo que yo entiendo es solo ropa extremadamente formal la que tendrá solo unas cuantas insignias en ella denotando rango y familia, pero estoy eludiendo lo que he leído para mis propios egoístas propósitos y diciendo que el decorado de flores, o la falta de él, tiene significado. Es bueno recordar esto: si algo suena dudoso, asuman que lo invente.