Cuentos de la Casa de la Luna

Por

Resmiranda

Capítulo Siete

"La aflicción, como el herrero, da forma mientras golpea." – Christian Nestell Bovee

...o...

Kagome esperó hasta que Sesshoumaru se haya fundido entre la noche antes de agacharse en temblorosas piernas hacia el suelo. Estaba sorprendida de que había hablado tanto sobre ella misma, pero estaba aún más sorprendida de que Sesshoumaru había respondido. Sus manos – las manos que él había tocado y masajeado amablemente en las suyas – estaban blandas e inútiles mientras intentaba evitar rizarse en la tierra. Sus brazos estaban temblando, también, sus huesos como perfectas almohadas, manteniendo su forma pero ofreciendo ningún soporte. Ella finalmente se acomodó para doblar sus piernas e inclinarse hacia delante, dejando que sus codos cortaran en pliegue de su cuerpo.

El la había recordado. Ella era la reencarnación. Kagome se sintió fría. Era un extraño alivio y silenciosamente devastador el darse cuenta que alguien más recordara a Kikyou y ella misma, las recordó a ambas en su triste, ignorante baile alrededor de sí y la interminable caída hacia la reconciliación. El la recordaba como la copia. Ella era la siguiente versión, mostrando la decadencia de la reproducción, sin las memorias ni la sabiduría de la original. El había hablado y ella hasta lo siguiente que había dicho la había parado en seco, como un paracaídas flotando sobre ella, salvándola de la caída sin fin.

"Pero no son las mismas."

No, no son las mismas. Ella podía oír los grandes, vacíos pensamientos sonando dentro de su cabeza cuando él había hecho la pregunta; ella sabía que él había estado pensando en encontrar el siguiente cuerpo de Rin, buscándola de nuevo y tomándola, pero dentro de unos segundos sin aliento él se había dado cuenta que ella no sería la muchacha que él había conocido.

Kagome se preguntaba cuantas veces Inuyasha la había visto y había sentido en mismo pesar, y después había sentido irracionalmente molesto, como si su memoria había sido de alguna manera manchada.

"¿Kagome-sama?"

La voz de Amaya fue inesperada, y su irritación inmediatamente disminuyó en cuanto Kagome se volteó rápidamente para ver a la otra muchacha aparecer de los arbustos. Pareció como ella se hubiese ido por una vida entera. "Amaya," ella dijo silenciosamente. Extrañamente, Kagome estaba cansada y fatigada, como si hubiese estado caminando con dificultad por muchas millas con una pesada carga en su espalda. Ella quería irse a dormir y no despertar hasta que fuera feliz nuevamente, hasta que todas las palpitantes memorias se detuvieran.

Amaya caminaba hacia ella cautelosamente, extendiendo una mano como si quisiere simultáneamente reconfortar a la miko y vigilar su paso. "¿Que fue lo que le hizo ese?" ella dijo. Su tono sonando acusador.

Kagome parpadeó lentamente, no comprendiendo lo que Amaya le estaba preguntando. "... ¿Qué?"

Ahora que ella estaba más cerca, Amaya se veía molesta y asustada, como toda persona que había estado en contacto con Inuyasha sin entender lo que era, y Kagome otra vez estaba sorprendida con exhausta ansia y esa curiosa desgarradora nostalgia que siempre se deslizaba en su mente siempre que se lo recordaban.

"¡El tomó sus manos!" Amaya dijo, fuertemente. Su voz sonó aguda y fracturada contra el silencio de la noche, Kagome hizo una leve mueca.

"¿Estuviste mirando?"

Amaya inmediatamente se calló la boca, viéndose avergonzada.

"¿Escuchaste lo que dijimos?" Kagome le preguntó. La idea la hizo sentirse aún más cansada y triste. Lo que ella había dicho...no podía recordar la mayoría de ello ahora, y solo habían pasado unos minutos. Todo había parecido tan trascendente, pero ahora se preguntaba si ella había dicho algo en absoluto; su recuerdo de la conversación era claro y nubloso, tan lleno de controladas emociones y pensamientos sin expresar para ser fácilmente recordada.

Lentamente Amaya sacudió su cabeza. "No pude oír nada. Fueron muy silenciosos los dos," ella murmuró hoscamente.

Kagome se sentó más derecha y pasó una mano por su frente, tratando de ser su propia consoladora, tratando de calmar la ola de fatiga que amenazaba con ponerla a dormir donde estaba sentada. Eso probablemente sería algo malo; ella podría caerse encima del fuego. "Sesshoumaru probablemente sabía que estabas ahí, sabes."

Ella prácticamente podía oír la sangre bajar del rostro de Amaya. "¿Qué? ¿Cómo eso podría hacerlo? ¡Volví sobre mis pasos dos veces y me escondí muy bien!"

"El es un demonio perro. Tiene un excelente sentido del olfato. El probablemente sabía que no lo podías oír; de otra manera él pudo haberte lastimado." O peor.

Amaya estuvo en silencio por un momento. "Solo quería estar segura de que usted estaría bien," ella finalmente confesó. Kagome dejó su mano caer mirando hacia arriba, y sonrió en lo esperaba fuera una manera alentadora.

"Gracias, pero estaba bien."

Amaya se veía dudosa en la luz del fuego. Había un algo en su postura, una cierta inclinación de la pierna y una encorvada preocupación en sus hombros que le recordaban a Kagome tan exacta a Sango que ella siseó involuntariamente.

En la noche, la completada Shikon no Tama agarrada en su puño, Kagome miró a su amiga.

"Kagome-chan, ¿seguro que estarás bien?" La voz de Sango era silenciosa y preocupada y llena de un protectivo borde que hacía a Kagome sentirse más segura. Lo que sea que ocurriera, Sango estaría ahí.

"Estoy segura," ella había respondido. Ella había tomado su decisión, pero estaba bien. Bien, nada de que preocuparse. Si ella podría haber sacada su corazón fuera en el ocaso, hubiera brillado con pedazos de vidrio roto. Bien.

Sango la había visto con instruidos ojos mientras Kagome se volteaba para la última noche en la cuál ella sería capaz aún de imaginar que Inuyasha podría amarla.

Ella no durmió.

"¿Kagome-sama?"

"No lo llames eso," Kagome dijo con cansancio. "El tiene un nombre,"

Para su sorpresa, Amaya se veía desilusionada. "Lo siento, yo solo nunca se como llamar a un youkai. No conozco muchos de ellos, sabe. No como usted."

Kagome pensó sobre todos viles youkai que ella había deshecho con sus flechas, nunca sabiendo si tenían nombres o siquiera género.

"Está bien."

Amaya dio otro paso hacia ella y se agachó, para así estar al mismo nivel.

"¿Cómo lo conoce?" ella preguntó silenciosamente.

Kagome estuvo callada por un momento. "Nosotros...peleamos juntos. Hace mucho," ella dijo finalmente, aunque sus palabras no podían empezar a describir las veces que él había amenazado las vidas de sus compatriotas o había hecho sus vidas miserables o mejores de acuerdo a sus caprichos, Era como decir que ella e Inuyasha habían 'viajado juntos' o eran 'compañeros' – era desesperadamente fútil el tratar de definir los sentimientos entre las personas quienes habían enfrentado la oscuridad juntos.

"¿Qué necesitaba?" Amaya preguntó.

Kagome miró hacia el suelo a corrió un dedo por la tierra. "Consejos. Perdió su tierra," ella le dijo. "Y una niña."

Amaya se sentó en sus talones. "Ah," ella dijo a sabiendas, y Kagome la vio asentir sabiamente. Kagome frunció, inquisitiva.

"Mi madre perdió a mi hermano," Amaya suministró y Kagome fue una vez más recordada de Sango, quien también había perdido a su hermano pero después lo había encontrado de nuevo. "El fue reclutado en el ejército cuando yo era muy pequeña, y fue asesinado en la pelea. Mi madre nunca se recuperó." Sus ojos resbalaron de lo de Kagome hacia el fuego, su rostro una triste máscara. "Yo no lo conocía, pero mi madre si. Ella lo amaba más que a su propia vida. Así que cuando él murió..." ella extendió sus manos, como decir que no había nada para ello. "Cuando él murió ella se rompió en pedazos. Es por eso que sé como pescar y cazar y rastrear. Tuve que tomar su lugar para ella."

Amaya se volvió hacia ella y se encogió de hombros. "Supongo que puso demasiada esperanza en una sola persona," ella dijo. "Lo hizo más difícil para ella. Talvez él esta pasando por lo mismo, también."

"Demasiada esperanza," Kagome repitió, y como un fino cristal que suena puro cuando se lo topa, las palabras sonaron a verdad – no para Sesshoumaru, sino para ella misma. En el silencioso vacío entre una respiración y otra Kagome sintió el peso de esas palabras mientras ella caía, una y otra vez, dentro del vacío espacio dejado atrás por su amor imposible –

Y luego Amaya se movió y el momento se fue. Kagome le sonrió – esta pobre muchacha a quien siempre comparaba con Sango pero quien no era realmente como ella – y dijo, "Tal vez."

Amaya le sonrió de vuelta en la luz del fuego.

...o...

El mundo estaba teñido de un pálido dorado por la temprana luz del amanecer cuando Sesshoumaru finalmente despertó de su largo y peligroso sueño para recibir a la mañana. El aire estaba fresco y claro y brillante, pero había algo llenándolo a él que era tan oscuro y hosco que le tomó unos pocos largos momentos para que Sesshoumaru lo reconociera como furia.

Era como hirviente magma cayendo dentro de su espina, formando un charco en su vientre y prendiéndole fuego. Todo a su alrededor le parecía mal, como si estuviese tendido sesgadamente a través de las líneas paralelas del universo; él se sentía apretado e inútil, como una deshecha y muy mal reparada pieza de rompecabezas atascado en un lugar en el cual ya no quedaba bien. El estaba atrapado en su propio cuerpo, muy lejos de donde él se suponía debería estar, lejos de sus memorias fracturadas y las tierras de sus ancestros, en este lugar que significaba nada para él, y la única razón por la que él estaba ahí era debido a la traición, y al engaño.

Insectos estaban gateando bajo su piel; su cabeza le dolía de una forma que no tenía que ver con alguna dolencia física, y él podía sentir sus dedos rizarse en sus zapatos. Su alma estaba tratando de liberarse de su propia piel.

Inconscientemente, el chasqueó sus nudillos, el sonido fuerte y brusco en el aire de la mañana.

Sesshoumaru estaba enfurecido.

Cuando Myouga pasó por ahí en solo un cuarto de hora más tarde él encontró al Señor de Oeste metódicamente derribando árboles con una expresión tan helada y determinada que la vieja pulga casi se daba la vuelta y viajaba de vuelta de donde había venido. El se posó encima de una pequeña roca y observó como el taiyoukai esculpía su pequeña esquina del bosque como si estuviese haciendo nada más agotador que recoger flores.

Era un tanto hipnotizante, de hecho. Myouga observaba como Sesshoumaru azotaba a su alrededor, su cuerpo encorvado en extraños arcos de ballet, y cortaba otro tronco de árbol con sus garras, dejando solo una humeante y ligeramente derretido tocón – añadiendo a su ya impresionante colección de otros ligeramente derretidos tocones – y un montón de desperdiciada leña. Luego se volteaba y apuntaba hacia otro tronco, cortando este desde la base antes de cortar el resto en cintas mientras tocaba el suelo, sus movimientos fuertes y controlados y llenos de una energía mortal que Myouga no había visto en décadas. Era tan extraño verlo de nuevo que parecía casi nuevo, y en sus huesos la vieja pulga podía sentir un cambio en el viento. El tomó una decisión.

"¡Sesshoumaru-sama!" él gritó mientras saltaba a través del suelo hacia el hijo de su antiguo amo. Sesshoumaru se detuvo a medio-giro y pareció calmarse forzadamente. Myouga tomó la oportunidad de subir por su ropa y asentarse en su hombro. "¡Se ve mucho mejor hoy, Sesshoumaru-sama! ¿Fue a ver a la miko?"No podía haber otra explicación para este repentino cambio de comportamiento. La mismísima forma en la que el demonio se guardaba por encargo una resolución y una silenciosa cólera que debió haber estado tendida con letargo por años, y nada antes lo había devuelto a la vida. Myouga se preguntaba que encantamientos la miko le había puesto a su amo, pero decidió que no importaba realmente, ya que parecía ser un paso en la dirección correcta.

Sesshoumaru no le respondió en seguida. En cambio él caminó hacia un árbol que había dejado en pie y se sentó bajo él, no mirando a Myouga. Pacientemente el viejo sirviente esperó.

"Myouga," Sesshoumaru dijo finalmente, "¿recuerdas a la miko de Inuyasha?"

Myouga no se esperó esto. "¿Cuál de las dos?" él le preguntó.

Volteando su cabeza un poco, Sesshoumaru le dio lo que podría ser posiblemente una mirada de aversión. "La real," él dijo.

"¿Kikyou-sama?"

"No."

"Se refiere a... ¿Kagome-sama?"

Sesshoumaru asintió.

"Bueno... si, la recuerdo muy bien. Era una muchacha adorable, muy deliciosa."

Sesshoumaru no pareció tener algo para decir a eso.

Myouga esperó.

Después de unos minutos el abrió su boca nuevamente. "Ella era... ¿humana?" Sesshoumaru preguntó, muy despacio, sus ojos aún mirando fijamente hacia algún lugar a media distancia.

Myouga pensó de esto una cosa extraña de decir, pero sabiamente se abstuvo de mencionar esto. "Si lo era, mi señor."

"Así que ¿no hay manera de que ella aún pudiese estar viva?"

"Bueno," Myouga, quien siempre encontraba este tema difícil, dijo lentamente, "ella podría. Algunos humanos viven un largo tiempo, después de todo..." Sus palabras se arrastraron.

Sesshoumaru se volteó y lo miró, y en sus ojos Myouga vio algo oscuro e hirviente y furioso. "¿Qué es lo que sabes?" él dijo. El tomo era liviano, pero bajo él había un hilo de acero.

"Bueno..."

El demonio esperó, y la pulga sintió un trasfondo de cólera, rizándose bajo su calmada superficie.

"Ella... viajaba a través del tiempo. Ella era del futuro," Myouga dijo rápidamente. En realidad los viajes por el tiempo de Kagome siempre lo confundían cuando pensaba sobre ellos – y así generalmente evitaba pensar sobre eso en absoluto – pero algo le picaba en su mente con la extraña pregunta.

El rostro de Sesshoumaru no se movió.

"Ya veo," fue todo lo que dijo.

Myouga frunció. "¿Por que lo pregunta, mi señor?"

Sesshoumaru dijo nada, solo se levantó y corrió una mano por su largo plateado cabello. "Ven, Myouga," él ordenó.

"¡Espere!" Myouga sintió como si se hubiese perdido de algo importante. "Mi señor, ¿por qué lo pregunta? ¿La ha visto?"

El demonio se detuvo por un momento antes de encogerse de hombros elegantemente. "Eso es insignificante," el respondió. "Nos vamos."

"Mi señor, ¿ella esta viva?"

Finalmente Sesshoumaru miró a la pulga. "Si," él le dijo. "Pero eso no es importante."

Myouga no estuvo de acuerdo con esta valoración. "Sesshoumaru-sama, ¿por qué no me dijo esta información en seguida?" él gritaba mientras saltaba de arriba abajo, agitadamente moviendo sus brazos como si estuviese tratando de volar. "¡Debo ir a verla!"

Un gruñido lo interrumpió. "No. Tú debes venir conmigo," Sesshoumaru le informó mientras empezaba a caminar hacia el noroeste.

"Pero mi señor, ¿adonde vamos?"

"Iremos a encontrar aliados," fue la respuesta.

Myouga se mantuvo muy quieto, preguntándose si había escuchado correctamente.

"¿Aliados, mi señor?"

"Si," Sesshoumaru le dijo, su voz teñida oscuramente mientras salía del bosque hacia un claro, y para los ojos de Myouga le pareció como si estuviese montando una brillante sombra mientras pasaba por el la tierra alumbrada por el sol, quemando fríamente en la dorada luz. "Estaremos en guerra."

...o...

Dos días después Kagome despertó con un dolor de cabeza y una pulga en su rostro. El dolor de cabeza era por mucho terrible sake de aldea – su recompesa por exterminar un youkai de extremadamente bajo nivel que había invadido los graneros – así que Kagome no entendió inmediatamente que tan extraordinario era tener a Myouga pegado a su nariz y desayunando.

Suponiendo que moverse era una mala idea, Kagome aplastó a la pulga varias veces en vano antes de que su cerebro se diera cuenta y se sentó derecha en la alfombra para dormir que los aldeanos atentamente le habían proporcionado. A su lado, Amaya roncó.

"Myouga-jii-chan!" ella exclamó, pero silenciosamente debido a la presión en su cráneo. Ella juntó sus manos y dejó que la pulga saltara hacia abajo. "¡No sabía que todavía estuvieras vivo!" ella dijo, sintiendo una extraña punzada en el pecho.

"Kagome-sama, ¡que bueno verla!" Myouga exclamó. "¡Y no se ve tan mayor! ¿Cómo es eso posible?"

Kagome se encogió de hombros. "No lo sé realmente," ella dijo. "Salté por el pozo, y terminé... bueno, ahora. Pero ¿cómo estás? ¿Cómo supiste donde encontrarme?"

"Oí de Sesshoumaru que usted aún estaba viva, ¡así que vine a verla!"

Inclinando su cabeza hacia un lado e ignorando como el mundo daba vueltas, Kagome digirió esta información. "¿Viste a Sesshoumaru?" ella dijo.

"¡Ah si! ¡El es el único hijo de mi señor! Estoy a su servicio," Myouga respondió, "aunque que usualmente no necesita algo de mi."

"¿Cómo se veía?" Kagome preguntó. "Nos encontramos por casualidad hace un par de días."

"Um... se veía enérgico. Pero es curioso como se encontraron el uno al otro. ¿Qué hace usted tan lejos en el norte?" Myouga exigió. El pensaba que la miko se veía un poco pálida y demacrada, pero ella olía un poquito a alcohol, así que eso talvez estaba causando su agotada condición. Observó mientras ella suspiraba.

"He estado recorriendo el lugar por algunas semanas," ella respondió, "tratando de averiguar como regresar a casa. El pozo dejó de funcionar una vez que lo atravesé."

Myouga cruzó sus brazos. El sintió algo hacerle cosquillas a su cerebro nuevamente; en una vida tan larga él había aprendido a confiar en tales instintos. "¿Por qué intento regresar?" el preguntó. "Usted es claramente mayor que cuando se fue, y no puedo creer que usted no lo haya intentado antes que ahora."

Kagome volteó su mirada sintiéndose culpable. Ella no le había dicho a alguien de su propósito original; parecía tonto e irracional en retrospectiva. "Bueno – para ver a mis amigos, por supuesto," ella le dijo. "Solo tenía esta urgencia, supongo."

Myouga se abstuvo de virar sus ojos. El era un anciano y había visto muchas cosas, y él estaba orgulloso de sí mismo por saber cuando alguien estaba evitando una verdad. El lo había hecho suficientes veces para saber como era, de todas maneras. El esperó.

Mirando con atención hacia la pulga, Kagome pensó que él se veía ligeramente molesto con ella, lo cual en parte la molestaba a ella porque hacer que la gente se enfadara con ella aún la hacía sentir mal, y en parte por que el entrecerrar sus ojos hacia que su dolor de cabeza empeorara.

Ella estaba demasiado cansada como para enfadarse.

"¿No crees eso, verdad?" ella le preguntó.

Myouga sacudió su cabeza. En su experiencia la gente usualmente llenaba ese silencio con cosas que apuntaban hacia la verdad, pero como siempre, Kagome era diferente. Ella iba directo al punto. Era extrañamente reconfortante a su edad.

Pasando una mano por su rostro, Kagome sonrió con cansancio, y tan metódicamente como pudo le contó a Myouga toda la historia, desde el regreso al presente hasta entrar en la universidad para encontrar la fábula y hasta el encuentro con Sesshoumaru, demasiado tarde para salvar a la doncella pero no tan tarde para salvar al mismo Señor.

"Así que ahora estamos buscando otra sacerdotisa – una real, no yo – que pueda abrir el pozo de nuevo," ella terminó. Se sintió un poco mejor después de repasar toda la historia, como si volver a considerarla la hiciera menos real.

Durante las últimas noches desde que Sesshoumaru vino a verla ella había tenido sueños en donde todos sus amigos muertos regresaban para hablarle. Eran pequeños apacibles sueños, en donde ella sabía que estaba soñando y que sus amigos no eran reales, pero se sentían reales. Uno por uno se sentaría en su círculo de luz de fogata y beberían té y la apuñalarían en el corazón con añoranza. Shippou había pedido caramelos y Sango quería saber como estaba y Miroku se sentó tras de ella y masajeó sus hombros y se preguntaba en voz alta acerca de su vida amorosa. E Inuyasha solo se sentaba ahí y la miraba, un hanyou nuevamente, áspero cabello blanco volviéndose amarillento en la luz del fuego, y en su sueño, el rostro de ella se derrumbaba y lloraba.

Pero solo eran sueños, y ella esperaba y temía que una vez que regrese por el pozo ellos desaparecieran.

Myouga estaba sacudiendo su cabeza de nuevo. "Kagome-sama, debe volver a Edo," él le dijo.

"¿Qué?" Kagome preguntó, confundida. "¡Pero el pozo no se abrirá otra vez!"

"Si, lo hará," él dijo. "Claramente ya ha cumplido su destino aquí."

Kagome parpadeó. "¿Mi destino? Pero no hice lo que vine a hacer..."

La pulga suspiró; Kagome podía ser algo torpe a veces. "Ese no es el punto. Ya cumplió su parte de la historia. Puede ir a casa ahora."

"¿Cómo lo sabes?" se preguntaba Kagome.

"Bueno es evidente, ¿no?" dijo Myouga. "El pozo la dejó entrar para que sea la miko de la historia, y ahora que ya no está más en la historia es probablemente libre para regresar."

Un escalofrío de esperanza y un triste tipo de miedo le corrió a Kagome por la espalda. "Supongo que eso tiene sentido," ella dijo lentamente. "¿Viajarás conmigo?"

En su voz, la vieja pulga pudo escuchar una nota de desesperación. El la había escuchado tantas veces antes, en tantas voces diferentes, pero de alguna manera viniendo de Kagome tenía el poder de romper su corazón, como si ella hubiese tomado y golpeado con un martillo pequeñito en una falla mal reparada. El saltó de sus manos hacia su hombro y puso una mano en su cuello; él pudo sentir la tensión ahí, tan tenso, como Inuyasha. "No puedo," él dijo. "Debo estar al alcance para Sesshoumaru-sama en caso de que me necesite."

Kagome asintió, y estaba complacida de que Myouga no podía ver su rostro. Ella no tenía ganas de ocultar su soledad. "¿Para qué te necesitaría?"

"El irá a una guerra, y él no es muy bueno negociando con nuevos aliados," Myouga respondió. "El ahora está viajando al Este para encontrarse con algunos Señores y Damas allá para solicitar su amistad mientras él reclama su tierra. El estará mas que complacido cuando le diga que él definitivamente tendrá éxito."

Hábilmente Kagome arrancó a Myouga de su hombro. "¡No puedes hacer eso!" ella dijo ansiosamente mientras lo sostenía frente a su rostro. "¡Eso puede cambiarlo todo!"

La vieja pulga estaba confundida. El se movía con dificultad. "¿Qué? ¿Cómo es eso? ¡Es mejor que una profecía!"

"Solo...no lo hagas, de acuerdo? Es demasiado complicado de explicar, pero él no puede saber que ganará, ¿bien?" Kagome le dio una mirada de súplica, y el podía ver los oscuros círculos bajo sus ojos. Ella podría aún ser joven, pero parecía ser mucho, mucho más madura. "Por favor, Myouga-jii-chan. Es muy importante."

Myouja dejo de moverse. "Esta bien, Kagome-sama. Por usted."

Kagome suspiró aliviada. "Gracias, jii-chan," ella dijo, soltándolo. Myouga saltó hacia el suelo y ajustó su paquete de viaje.

"Lamento que no pueda quedarme más tiempo, Kagome-sama, pero dejé a Sesshoumaru sin su permiso," le informó. "Necesito regresar rápido."

"¡Espera!" Kagome casi gritó. Myouga se detuvo a media vuelta y la miró.

"¿Si, Kagome-sama?"

"Sabes – sabes donde están Miroku-sama y Sango-chan?" ella preguntó, y él escuchó duda en su voz, como si estuviese temerosa de preguntar.

El odiaba decepcionarla, pero tenía que. "No, no lo se, Kagome-sama. Ellos desaparecieron después que Inuyasha y Kikyou..."

Kagome lo interrumpió asintiendo bruscamente. "Gracias de todas maneras, jii-chan. Por favor ten cuidado."

Myouga se volteó y le hizo una reverencia. "Lo lamento, Kagome-sama. Fue bueno verla de nuevo. Le deseo suerte en su vida."

Kagome sonrió tristemente. "Te deseo suerte, también." Ella respondió, y luego Myouga saltó por el piso y por la puerta antes de que pudiese cambiar de opinión.

...o...

Las negociaciones no iban bien, y Sesshoumaru aún estaba ansioso, la cólera cuajándose en su sangre. No ayudaba en los asuntos. Hubiese sido mejor si él estuviese aún en un vacío, suspendido en la vacuidad del desinterés, pero entonces él no estuviera aquí en primer lugar. El deseaba aún poder sentir nada; hubiera hecho las cosas más fáciles.

Su corazón sonaba monótonamente bajo su armadura, un continuo latido de furia. Sesshoumaru jamás se había considerado a si mismo un diplomático natural ya que, en general, un veloz corte en el cuello resolvía la mayoría de los problemas, y el quería nada más que empezar a matar cosas en este momento. De todas formas, él no estaba en posición de estar cortando cuellos, ya que los aliados necesitaban estar vivos para poder pelear, y él no estaba lo completamente seguro de si quería llevar consigo a un segundo grupo de menos poderosos pero aún aliados youkai para someterlos a sus deseos. Sus requerimientos eran escandalosos.

"Tierras, Sesshoumaru-sama, o no hay ayuda," dijo Hoshiko. Ella era un poderoso demonio de fuego que había sido amiga de su padre, aunque él nunca hubiese adivinado por la forma en la que se comportaba. Ella se había convertido en la portavoz no oficial para la pequeña colección de Señores del Este únicamente basada en su anterior conocimiento con su familia, pero ella le estaba ocasionando un pequeño problema.

Las negociaciones habían continuado por casi tres horas ahora, y todo lo que él quería hacer, era salir y cortar más árboles, o encontrar algo con qué pelear, o talvez luchar consigo mismo, ya que probablemente él era el único oponente que valía la pena en toda las tierras orientales. Le fastidiaba tener que buscar nuevos aliados. El quería arrasar a través de las tierras del Oeste como una sombra, y matar a sus vasallos inconstantes, quienes lo traicionaron y lo arrojaron al mar. Lo soñaba por las noches, y hacía rechinar sus dientes durante el día siempre que pensaba en ello, que era todo el tiempo.

Sin embargo, Hoshiko, envejecida reina de las tierras fracturadas del Este, estaba comprometiendo sus metas. En lo más mínimo lo estaba enfureciendo, y él quería nada más que asesinarla, si no pusiera aún más dudosos amigos en su contra. Si tuviera a Tenseiga, la podría matar, y luego revivirla, él pensó, intentando desaparecer el asesinato con tranquilizadores pensamientos. Eso le enseñaría.

"¡Sesshoumaru-sama!"

El se fijó nuevamente en su rostro. Ella se veía molesta.

"Si éstas negociaciones son una perdida de tiempo para usted, Sesshoumaru-sama, entonces ciertamente déjenos ir," ella dijo.

Sesshoumaru redujo sus ojos y bufó con desdén. Pensó que ella estaba siendo muy engreída para una mujer que alguna vez había bebido demasiado sake en una de las reuniones de corte de su padre y había acosado su prenda de piel, vomitado en el jardín, y había sido recostada en la cama de la habitación de su madre, en ese orden. Para ser precisos, Sesshoumaru, a pesar de ser mucho más joven en ese tiempo, recordaba algunas otras payasadas de esa reunión en particular. Aún. Era algo molesto el ser desaprobado por alguien que alguna vez arruinó las azaleas de su madre.

"¿Cuánta?" él preguntó

A través de los años, Hoshiko, más joven pero aun mayor que él, se inclinaba delicadamente y corría una mano por sus cabellos. "¡Que chico tan encantador!" ella exclamó en voz muy alta antes de inclinarse cuidadosamente hacia delante y él había sido forzado a atraparla antes de que tocara el piso. Tras él su padre había reído y dicho que sea gentil con ella.

Sesshoumaru no había entendido lo que él quiso decir, lo que hizo reír a todos aún más fuerte, y en sus brazos la mujer había sonreído y susurrado en su oído. Le dijo que se reían de ella, y que no se preocupara. El había sido el que la cargara fuera hacia el aire fresco, donde le había dado nauseas, pero fue su madre la que había masajeado su espalda en suaves círculos mientras ella gemía en la cama.

Sesshoumaru miró a la mujer, una vieja amiga de la familia que embriagadamente le había asegurado que no debía sentir vergüenza, que era culpa de ella; ahora lo miraba fríamente, y él la odiaba. El los odiaba a todos ellos.

"La mitad," ella respondió.

El la odiaba aún más. "Demasiado."

El quería gritar. Quería destrozar esta inmaculada casa que le recordaba a la suya. Las maderas se burlaban de él, los sirvientes reían a sus espaldas, y la luz del Este era caliente y opresiva. Quería cortar su propia piel y salir.

Sesshoumaru rechinó sus dientes y respiró profundo – y algo llamó su atención. El respiró nuevamente y casi no escuchó su respuesta.

"Entonces no hay trato."

Sesshoumaru dijo nada. Algo estaba tirando de él, le gritaba, diciéndole que preste atención.

Sesshoumaru olfateó. Al otro lado, Hoshiko se inmovilizó. Uno de los cuatro youkai tosió. Sus ojos se redujeron aún más.

Ahí estaba. Torciéndose por sus fosas nasales estaba el brusco, cobrizo olor de nervios. Alguien estaba nervioso. Estaban escondiendo algo. ¿Pero qué podría ser? ¿Le tenían miedo? Posiblemente. ¿Le temían a Hoshiko? Dudoso. ¿Qué podría ser?

El miró a Hoshiko. Sus ojos palpitaron por un breve momento, y él comprendió.

"Tienes problemas con Hatore y los youkai del Este," él adivinó, y por la repentina espina de poco fastidio y consternación en la habitación, él había adivinado correctamente. Sesshoumaru se permitió una pequeña sonrisa.

"Entonces paz," él dijo. "Y nada más."

"Tierras," Hoshiko insistió, como si estuviese en alguna posición de negociar ahora. Ellos no se hubiesen sentado con él si no tuvieran problemas. El rechinó sus dientes de nuevo. Ella estaba siendo demasiado terca con alguien para quien la mesa había girado.

"Negociar, pero después," él le dijo, y ahora su voz era afilada y fuerte. Su paciencia estaba al límite.

La youkai de fuego bufó. "De acuerdo," ella dijo, y en sus ojos había un pequeño rastro de respeto.

Sesshoumaru se dio cuenta de que no le importó. Eso ya no era lo que él quería.

...o...

Una semana después Amaya se volvió hacia Kagome y la abrazó fuertemente. Kagome devolvió el abrazo con torpeza. "Gracias por guiarme por el bosque," ella le dijo a la otra muchacha. Amaya solo asintió contra el hombro de Kagome y la apretó fuerte. Kagome le dio algunas palmadas pequeñas y se separó para luego encontrar para su horror, que Amaya tenía lágrimas en sus ojos.

"Gracias por dejarme ir con usted, Kagome-sama!" ella dijo fervorosamente. Kagome solo sonrió y asintió, tratando de no dejar que su confusión se viese. Tras ella, Sinayo rió solo un poco. Kagome estaba parada en la entrada de la cabaña de Sinayo, preparándose para cambiarse a sus ropas de siglo 21 en privado.

Amaya miró hacia el suelo, de repente tímida de nuevo. "Quiero decir...fue un honor el haber ido con usted," ella dijo.

"Y fue un honor que tu me hayas guiado," Kagome respondió.

Amaya lanzó una pequeña sonrisa, hizo una reverencia otra vez, y se apartó. Kagome entró a la cabaña de Sinayo. "¿Qué fue eso?" ella se preguntaba bajo su aliento.

La miko mayor la escuchó y encogió sus hombros. "Esa será probablemente la única vez que ella deje Edo," ella dijo muy segura. "Ahora, aquí está su ropa, Kagome-sama. Yo tengo que ir a recoger agua – la necesito de todas maneras – y se puede cambiar." Sinayo sonrió suavemente y le pasó la vestimenta a Kagome y salió de la cabaña.

Kagome se mantuvo de pie en la débil luz de la cabaña y corrió una mano por el material en sus brazos. Se sentía extraño y fuera de lugar, y de repente Kagome quería ir a casa más que nada. Lentamente ella extendió su mano y dejó libre su cabello de sus lazos.

...o...

Muchas leguas lejos, Sesshoumaru sintió algo murmurar en sus venas. Era diferente a la rabia que rebotaba dentro de su piel, buscando liberación, y el lo recordaba desde mucho tiempo atrás. Era la anticipación. El iba a la guerra.

Myouga estaba en su hombro, a pesar de que Sesshoumaru no esperaba que él se quedara ahí. Ambos habían sido invitados de la casa de Joben-sama, un antiguo pero poderoso youkai gato quien había alguna vez enseñado a su padre como pescar, y ahora Sesshoumaru se encontraba sentado en su habitación prestada mirando fijamente su armadura y la espada prestada apoyada contra la esquina.

El no pertenecía a este lugar, al Este. Aquí no se suponía que él debería estar. Pero esta noche él iba a casa. Esta noche él vería su tierra nuevamente. Esta noche él haría llover la furia fundida que burbujeaba en su cuerpo.

"Ellos no querrán entregar la tierra," Myouga dijo, como si estuviese hablando con el aire.

Sesshoumaru no respondió. El ya sintió el llamado de su hogar; tiraba de su corazón, una cadena amarrada por su pecho, jalándolo de vuelta. Ya era tiempo. El había estado lejos por demasiado tiempo.

"Ellos están cómodos en la región ahora," dijo la vieja pulga.

"Eso es una pena," dijo el príncipe demonio. En la oscuridad de la habitación él inspeccionaba sus garras. Eran buenas garras; buenas para lo que tendría que hacer.

"Piensan que la tierra es de ellos."

Sesshoumaru soltó una astuta risa, pequeña y conocedora en la oscuridad. "Pueden pensar lo que quieran," él dijo. "Pero no es suya."

El bajó su mano y alcanzó su armadura.

"Es mía."

...o...

Lentamente, Kagome se quitó las vestimentas de haori de la ajustada hakama que colgaba de su cintura. Despacio ella deslizó la tela sobre sus hombros y la dejó caer por sus brazos hacia la tierra en el suelo. El largo cabello rozando su espalda la hizo temblar.

Ella bajó sus manos hacia el nudo en su cintura y lentamente lo deshizo, disfrutando al sentir la áspera tela rozar. Dejó caer la hakama hacia el piso también, formando un charco alrededor de sus tobillos, y caminó fuera de él.

Se quitó los zapatos. Se quitó el tabi.

Recogió su camiseta que se encontraba en el limpio montón. Ella la sacudió antes de arrugarla y colocarla sobre su cabeza. Inclinándose, Kagome alcanzó su pantalón. Entró en ellos, pierna derecha primero, luego la izquierda, y los jaló hacia arriba sobre sus caderas y los ajustó. Se sentían extraño y restrictivos, y como si se estuviesen cayendo. Solo alcanzaban hasta bajo su ombligo, y era extraño el estar simultáneamente menos vestida y más limitada.

Se sentó y se puso sus medias, y luego deslizó sus zapatillas y las ató.

Kagome se levantó, lanzó su mochila sobre su hombro, y dejó la cabaña.

...o...

La armadura de huesos se sentía bien y áspera bajo sus manos; atrapaba sus manos bruscamente, y sus reconfortante peso se acomodaba bien en su cuerpo mientras ataba las correas de cuero que la sostenían en su lugar. La pesadez asentada en sus caderas, jalándolo hacia la tierra. Se sentía bien.

Cuidadosamente, Sesshoumaru colocó su sode en su hombro derecho y lo ató ajustadamente, moviendo su brazo para dejarlo acomodarse un poco alrededor del músculo y piel y tela bajo el. Luego ató la izquierda.

Se arrodilló y recogió su obi, y luego con cuidado, disfrutando al sentir la suave seda resbalar sobre ella, la ató en su elaborado nudo.

Finalmente recogió la espada que el viejo amigo de su padre le había prestado. La retiró de su funda y la examinó. Claramente había visto muchas batallas – habían cortes y rasguños por toda la hoja – y la tela alrededor del mango estaba deshilachada y deshaciéndose.

Era una buena espada sin embargo, y le serviría mucho. Dio algunos movimientos de práctica antes de enfundarla de nuevo. Reverentemente, la deslizó en su lugar en su cadera.

Era hora de irse. Girando sobre su talón, Sesshoumaru abandonó la habitación.

...o...

Kagome estuvo de pie junto al pozo por largo tiempo, mirando fijamente dentro de él, preguntándose si la dejaría regresar de nuevo. Ella deseaba que Myouga se hubiese quedado con ella. Ella deseaba haber podido encontrar a Miroku y a Sango. Ella deseaba que Rin no hubiese muerto, y que ella hubiese sido capaz de salvarla. Deseaba que Shippou aún hubiese permanecido aquí. Ella deseaba haber visto a Kirara otra vez, abrazar el pequeño gato contra su mejilla y llorar desconsolada. Ella deseaba que Sesshoumaru no se hubiera marchado tan pronto.

Deseaba que Inuyasha no hubiese muerto.

Como si estuviese moviéndose por pegamento, ella colocó sus manos en la astillosa madera del pozo antes de colocar su rodilla en el borde. Ella columpió una pierna y luego la otra.

Mirando fijamente hacia las profundidades del pozo, ella cerró sus ojos y deseó...

Kagome saltó.

...o...

Sesshoumaru cruzó el límite hacia El País iluminado por La Luna y volteó su rostro, implacable y firme, hacia la Casa de La Luna. Casi sin importarle si sus aliados lo seguían, Sesshoumaru aceleró sobre el plateado césped y por los árboles, y en sus venas su sangre zumbaba con anticipación. El iba a casa.

Muy alto sobre él, la luna colgaba del cielo. Hace menos de medio ciclo él se había encontrado con la miko bajo la oscura luz de luna nueva, y ahora estaba creciente, brillando intensamente contra el dosel de estrellas. Su hogar se elevaba.

El Príncipe de las Tierras del Oeste, su pequeño huésped se extendió tras él, alcanzó una colina y vio bajo las ruinas de la Casa de la Luna, y la nueva casa, en donde sus enemigos vivían.

El quería gritar. Quería desgarrar y romper y rugir. Dentro de su cabeza los fantasmas de su antigua vida se elevaron, y los quería de vuelta. El quería justicia y venganza y sangre en sus garras.

El quería a Rin, pero ella no estaba ahí.

Mirando fijamente hacia las ruinas de su mundo, él desnudo sus dientes y quería...

Sesshoumaru saltó.