Advertencia: Este capítulo retrata escenas de violencia gráfica.

Cuentos de la Casa de La Luna

Por

Resmiranda

Capítulo Ocho

"Ninguna batalla vale la pena pelearla excepto la última." – Enoch Powell

...o...

Su susceptible oído captó el distante sonido de la alarma mientras bajaba por la montaña, sus dedos del pie apenas rozando el frío césped que ondeaba tras él. Se alzaba desde más allá de las ruinas de su hogar ancestral, en el irregular, recién hecho complejo abajo de la ladera – un llamado a armas, oscuro y frenético contra la pesada noche. Su mano ya estaba en la empuñadura de su espada, esperando al primer cadáver venir corriendo desde la casa.

"En guerra, es mejor pensar que ellos son cadáveres," su padre había dicho, su voz intensa y oscura y la sangre aún fresca en su espada. Frente a Sesshoumaru, aún pequeño y joven, el cuerpo sin cabeza en la mitad del camino temblaba y apestaba a entrañas. Su padre había sido tomado por sorpresa, y no había hecho un corte limpio la primera vez. Luego, Sesshoumaru aprendería a hacer un limpio asesinato, rápido y eficientemente, para que el trauma no vacíe la vejiga y las entrañas. Pero en ese momento, él solo quiso vomitar de la pestilencia.

"Puede que se muevan, puede que aún estén viviendo," la voz musical había continuado, y el pequeño youkai de cabello plateado y la carga del destino sintió su estómago retorcerse violentamente, "pero son cadáveres a pesar de todo. Solo cadáveres que respiran y caminan, quienes trataran de hacer de ti un cadáver también. Pero tú eres mi hijo. Tú eres el conquistador, y ellos no. Ellos solo son cadáveres en tu camino."

...Ellos están muertos, pero no lo saben...

Aún.

Como resultó, él primer cadáver que vino a pagar su deuda fue Suikoshin, tambaleándose afuera. Debió haber estado visitando a Hatore, el nuevo Señor. Suikoshin, un inuyoukai como él, el amigo de su padre desde mucho tiempo antes de que Sesshoumaru haya nacido: Suikoshin, quien había dicho el único elogio a Rin.

"Al menos ella fue un poco de diversión," el había dicho, apestando a la muerte de ella.

Ahora él se veía ridículamente pequeño en la oscuridad de la ladera, y su espada ya estaba fuera. Sesshoumaru se preguntaba por qué este hombre había amenazado tanto en su mente – el era patético, envejecido – y observó al viejo youkai caminar con dificultad. Hubo una nefasta satisfacción en eso, y Sesshoumaru ardía en fuego helado mientras el viento silbaba por sus orejas y caía en picada por la ladera, la espada aun envainada.

Rápido ahora, no puedes dudar, su padre había dicho, y le había mostrado como arrancar un corazón con sus garras sin pasar por el esternón. El lo había practicado con un mono, quien había gritado lastimosamente, y con el ruido raspando dentro de su cráneo, la piel de Sesshoumaru se erizó sobre sus huesos.

Sin titubear, dijo su padre, sangre extendiéndose por su brazo mientras hacía el rápido trabajo con el corazón.

Sin titubear, hijo mío. Sin placer, sin miedo. Sin piedad.

Suikoshin estaba peligrosamente cerca, elevando su espada alto sobre el, preparándose para dar un golpe rápido a la cabeza de Sesshoumaru para partirla en dos, y su boca estaba abierta en un grito de guerrero. Sesshoumaru ni siquiera lo pudo oír sobre la sangre martilleando en sus orejas.

Sin piedad, él pensó.

Cerca, más cerca, él casi estaba ahí, y luego Suikoshin estaba justo frente a él y Sesshoumaru ladeó bruscamente hacia la derecha desenfundando su espada mientras lo hacía, y él sintió el hierro – reforzado con el peso de su cuerpo – atrapar la ropa de Suikoshin y bulboso estómago, cortándolo limpiamente por las capas de grasa y músculo, arrastrando al otro inuyoukai para mirar su espalda. Inmediatamente Sesshoumaru giró y sacó su espada, bloqueando el desesperado golpe hacia abajo – herido, sangrando, tropezado golpe desesperado – y Suikoshin tropezó, se inclinó, esforzándose para respirar. Su largo negro cabello, sujetado en su cola, cayó a un lado, exponiendo su cuello.

Sin titubear. La empuñadura de su espada ya giraba pesadamente en sus manos mientras movía la espada en posición de un apretado arco, y Sesshoumaru hizo caer su espada en el cuello de su oponente. El afilado hierro picó en la piel, y luego a través de huesos de rejilla y curtido cartílago, y la cabeza de Suikoshin rodó por la montaña mientras el resto de él tembló y colapsó. El no apestó a excremento; Sesshoumaru se sintió distantemente orgulloso de su limpio asesinato incluso mientras se volteaba y continuaba su vuelo, corriendo hacia su próximo cadáver, y ahora todos los de la casa estaban armados.

Era una youkai con una afilada hacha y Sesshoumaru finteó con su espada, bloqueando mientras ella lanzaba su peso tras un rápido tajante movimiento hacia abajo y hacia su derecha. El enganchó el hacha con su propia espada mientras se agachaba y entre el reacio abrazo de ella, rompiendo su control de la empuñadura del hacha, su brazo izquierdo se disparó hacia arriba, por la parte inferior de su barbilla. El no tenía que ir mas lejos hacia su cabeza – el cerebro hace tanto desorden, su padre había dicho – pero él liberó veneno directo a su sangre y su boca.

Ella probablemente estaba a punto de vomitar y borboteaba mientras sus pulmones se derretían, pero Sesshoumaru ya estaba saltando y arqueándose hacia atrás para ver, al revés, una espada empuñada por un joven, fallando por poco, y alrededor suyo sus aliados estaban peleando y el sonido del metal sobre metal y el silbido de las flechas y fuego y relámpagos se elevaban contra la noche.

El mundo se enderezó cuando aterrizó sobre sus pies. El sintió los músculos en sus piernas resbalar contra otros bajo su piel cuando el joven hombre se volteó, desequilibrado y en cámara lenta, para enfrentarlo, sus ojos vidriándose con miedo. El joven youkai podía ver su propia muerte mientras Sesshoumaru se dejo caer en cuclillas, enrollando su poder, antes de impulsarse hacia delante, su espada ya apuntando directa y cierta, a través del cuello del muchacho. En reversa esta vez, Sesshoumaru pensó mientras apuñalaba por el esófago primero y luego por la espina, cortando los nervios.

No hay tiempo para sacarla, él pensó con remordimiento mientras colocaba su mano izquierda sobre el hombro del joven youkai, una triste parodia de una palmada fraternal, y, mientras el muchacho caía sobre sus rodillas, utilizó el apalancamiento para cortar a través de la mitad izquierda del cuello del youkai, liberando la espada.

El no tuvo que voltearse para saber que alguien más estaba respirando en sus espaldas, y él desplazó su peso, llevando su espada a su derecha en un apretado semi-circulo mientras deslizaba sus pies en su torno. La hoja encontró y rompió a través de hueso, cortando la muñeca derecha de su nuevo atacante y rebanándola contra el césped de la montaña, sintiendo su espada resbalar contra la garganta de Jurekaru el caballo- Sesshoumaru torció sus muñecas, cavando con la espada mientras miraba fijamente en los ojos del hombre quien había ayudado a enseñarle a pelear, quien le había hablado primero esa noche.

"Ella debió haber huido.", Jurekaru había dicho, y las lágrimas de Rin se habían colgado de él en la luz de la ardiente vida de Sesshoumaru.

Debió haber huido, debió haber huido, debió haber huido, huido, huido – las palabras hacían eco en su cabeza mientras se retiraba, torciendo la espada nuevamente.

Hace mucho, él hubiera devuelto sus palabras. Se hubiera burlado de él, hubiera torcido más que solo la espada.

"'Yo quiero ser igual que tú, nichan!" Inuyasha le dijo, tan pequeño, tan frágil y tan humano cuando ellos jugaban a pelear en el patio del hogar de su madrastra. Sesshoumaru se burlaba de Inuyasha, e Inuyasha se burlaba de él, pero Sesshoumaru siempre ganaba, incluso cuando su hermano más pequeño reía con deleite y flexionaba sus pequeñas garras. Sin placer.

Ella debió haber huido, hemos estado esperando, debió haber huido.

La espada saltó libre del cuello de Jurekaru, pequeñas gotas de sangre volando de la hoja y en el sorprendido rostro del youkai. Más sangre se derramó, manchando su cuello.

Debió haber huido.

Sin placer, su padre dijo.

Sesshoumaru observó la luz irse de los ojos de Jurekaru, y saltó hacia otro lugar.

Y luego el mundo se destiñó un poco, y él corría en automático, corriendo por su arruinado hogar, corriendo por sus enemigos con una vieja espada prestada que no era la suya.

El quería sus espadas de nuevo, quería el poder de la vida y la muerte en sus manos para poder detener el sufrimiento, quería el reconfortante peso de Toukijin acomodada en su cadera. Pero no tenía nada de eso todavía, así que continuó peleando, peleando para poder tenerlas.

El cortaba y golpeaba y veneno se escapa por sus dedos, y todos a su alrededor caían, piel colgando de huesos, sangre empapando la tierra, a veces rociándose; su blanco haori estaba teñido con manchas que no eran suyas. Cada garganta o suave estómago que se desprendía en su mano estaba hinchado con la esencia, llena de cobre y hierro, y con cada asesinato había más sangre, obstruyendo sus fosas nasales. Cierra tus ojos cuando realices el corte o serás cegado...

Había demasiada. Demasiada sangre, demasiada carne caliente pegada bajo sus garras, demasiado ruido fuera de su cabeza, y dentro de su mente su padre zumbaba sin parar, enumerando la correcta forma de realizar un corte descendente, que hacer con dos oponentes en lados contrarios, como rasgar la laringe con los dientes solamente, que hacer, como hacerlo, hacerlo, hacerlo, hacerlo bien la primera vez y cubriendo todo eso estaba el silencioso sonido de lagrimas cayendo, de obligaciones fallidas y honor perdido. Tanto se había ido, no había lo suficiente por que pelear, excepto por él, excepto por el recuerdo de sus espadas en su cadera, el recuerdo de sus sirvientes caminando temprano en la mañana y preparando el día, el recuerdo de Jaken, leal hasta el final, y el recuerdo de Rin, quien lanzaba ropa por las ventanas y plantaba jardines imposibles y le cantaba canciones y trenzaba flores en su cabello cuando nadie los observaba.

Marchitos recuerdos presionaban inclusive cuando él introducía una mano en el suave hueco de una garganta, incluso cuando él casi se ahogaba con el olor de la sangre, incluso cuando él volaba alto sobre los restos de La Casa de la Luna, quemada y desintegrada. Su cerebro estaba ardiendo, lleno de rabia.

Estas triste,Kagome había dicho, y era verdad. Enhebrado entre la furia estaba la pena, azul cobalto contra el carmesí de su cólera, contrastando con ella, intensificándola, quemándola dentro de su corazón, y cada enemigo muerto solo hacía su rabia arder más, solo lo hacía más frío de desesperación.

En algún lugar enterrado bajo todo aquello – la pena y la rabia, los gritos, las conferencias y el sonido sordo de lágrimas – Sesshoumaru rugía, y saltaba hacia delante.

...o...

La magia funcionó, y Kagome no sabía si reír o llorar, así que hizo las dos, solo un poco. No fue una fuerte risa y solo fue una lágrima, pero abarcaban sus sentimientos con suficiente exactitud. Ella se estaba sintiendo solo una pizca sobrexcitada de nuevo.

Suavemente la magia la colocó al fondo del pozo. La repentina, verdadera oscuridad sobre ella le decía que estaba dentro de la casa del pozo nuevamente, y los rancios olores de la ciudad vinieron chocándose sobre su cabeza, diciéndole que ella estaba en su propio tiempo, a donde ella claramente pertenecía.

Mmm, exhausta, ella pensó, el sucio aroma gateando por sus cabellos los cuales la última vez había lavado en un claro – aunque frío – arrollo feudal. El olor la hacía marearse un poco. Kagome tosió mientras trepaba para ponerse de pie y agarró el primer peldaño de la escalera.

Un agudo dolor corrió por su mano, y ella aspiró un rápido flujo de aire por sus dientes mientras la retiraba. "¡Ay!" ella siseó, llevando su mano más cerca de su rostro para inspeccionarla.

"Una maldita astilla," ella dijo en voz alta mientras la sacaba y hacía una mueca. "Esto es perfecto." Kagome resopló molesta mirando arriba de la escalera hacia la cima del pozo. No era como si no hubiese contraído un ridículo número de astillas cuando estaba en la escuela secundaria – el viejo pozo nunca fue un modelo perfecto de buenas reparaciones – pero por alguna razón, en este momento, parecía una particularmente insignificante bofetada en la cara. Ella apretó sus labios y acomodó su mochila, y luego, usando solo los curvados dedos de su mano lastimada y el puño entero de la otra, hizo su camino lentamente hacia la cima.

Cuando finalmente caminó hacia el patio del templo, pareció como si recién se hubiese ido. Nada había cambiado; Goshinboku aún estaba en pie, grande y silencioso, y las estrellas – de sonido sordo y grises ahora que estaba de vuelta en su tiempo – destellaban desde el cielo mientras los árboles alrededor del patio crujían calladamente en el respiro de una suave brisa. La pausa de neumáticos en el pavimento alcanzó sus oídos, y en algún lugar en la oscuridad un pájaro trinaba ligeramente.

Era tan... anormal. Kagome hace poco había pasado algunas semanas recorriendo tierras vírgenes y ahora el contraste de hormigón y plantas era algo para conmocionarse. Goshinboku se levantaba en un círculo de piedras. Parecía mal, de alguna manera. Todo parecía mal. Pero todo, había estado mal en el pasado también – no había Inuyasha y no Sango, o Miroku, o Shippou – y ahora estaba todo mal aquí. Sin compañeros, sin acompañantes... sin un dulce primer amor.

Ambos allá y ahora, el mundo parecía destrozado y mediocremente pegado de nuevo, casi como si fuese un accidente y alguien estuviese tratando de ocultarlo. Nadie supuestamente debía notar que todo estaba de repente fuera de lugar, pero ella si. Nadie supuestamente debía señalar los puntos débiles de repente ocurriendo por su vida, los bordes fracturados donde todo se había despedazado.

Pero Kagome podía verlos.

No. Eso era entonces y esto era ahora. Nada había cambiado en el presente, excepto que faltó a sus exámenes. Ella aún era la misma, excepto que su corazón estaba roto. Pero eso no significaba que el mundo era diferente. Sacudiéndose a sí misma un poco, Kagome caminó a través del patio a su casa, antes de correr la puerta y sacarse los zapatos en el corredor de entrada. Sin saber que hora era, ella no quiso avisar, pero pareció que alguien la había escuchado.

Su madre había asomado la cabeza fuera de la cocina mientras ella retiraba sus zapatos. "¡Kagome!" ella dijo alegremente. "¡Bienvenida a casa!" Como si hubiese llagado de la biblioteca. Intensa y alegre, igual que cuando solía viajar entre los mundos. Igual, pero aún diferente.

La carga en su corazón se sentía aun más pesada y Kagome de repente se dio cuenta que no podía hablar. Finalmente se acomodó con una aguada sonrisa. "Gracias, Mama," ella dijo silenciosa.

"¿La pasaste bien?" su madre preguntó, aunque Kagome pudo ver que su expresión cambió, en algo indefinible, mezclada con partes iguales de preocupación y protección.

"Tuve... momentos interesantes," Kagome respondió caminando hacia la cocina. En la mesa había una olla de té y una sola taza. Su madre ya estaba buscando otra de la alacena. Ella hizo un ademán para que se sentara.

"Por qué no te sientas y me cuentas," ella dijo con una voz suave, y Kagome ya se estaba moviendo para sentarse antes de siquiera pensarlo.

Rebajándose hacia la mesa, Kagome ya podía sentir la tensión escurriéndose por sus hombros. Ella estaba en casa; las luces eran alegremente amarillas y el piso olía ligeramente a esmalte, y en el aire el olor de arroz y pescado de la cena aún permanecía. Mientras que ella estuviese aquí, ella podía ignorar las fracturas que corrían a través de ella.

Su madre se movió apresurada y se sentó frente a ella, sirviendo una taza de té. Se la pasó a su hija y apoyó sus codos en la mesa, aparentando la imagen de la preocupada e interesada madre. "Ahora," ella dijo, "por qué no empiezas desde el principio," ella dijo, y Kagome recordó.

¿Cómo puedo servirte?

No había fuego, pero había té, y el rostro preocupado, y ella pensó en Sesshoumaru, y sin aviso la soledad la golpeó tan fuerte que ella no pudo respirar. Ella había cambiado de lugar, excepto que no lo había hecho, y de repente Kagome, la gentil miko quien recorría y cuidaba de todos los demás con inocente afecto, sintió como si ella era la que lo había perdido todo, quien había sido descartada, la que había recorrido la tierra y era ahora una extraña donde quiera que ella fuere.

Y eso era lo peor de todo. La peor parte fue de repente darse cuenta que esta horrible, asfixiante alienación no era única – era exactamente igual que todos los que ella había conocido. Igual que Shippou, y Sango, y Miroku. Igual que Inuyasha. Igual que Kikyou, una extraña en su propio cuerpo. Igual que Sesshoumaru, un extraño en sus propias tierras.

De repente ella quería reír y llorar por todo de nuevo, pero sobre todo ella quería esconderse, avergonzada. Ella se había atrevido a tocarlos a todos y darles concejos y aparentado que ella sabía que estaban sintiendo cuando ella sabía nada; seguramente ellos habían visto a través de ella. Ellos habían sabido. Dulce, ingenua y pequeña miko con sus puras, lindas flechas – dulce, ingenua y pequeña Kagome que pensaba que el amor podía conquistarlo todo. Y ahora era su turno.

Kagome miró los ojos de su madre y rompió a llorar.

...o...

Mucho después, luego de una horrible cantidad de llanto que devanaba su cuerpo con sollozos, y un baño caliente que la hizo llorar por todo nuevamente, Kagome observó el techo de su habitación mientras estaba recostada en su cama, y se sintió tan fuera de lugar que ella solo quiso saltar al pozo. Ni siquiera le importaría si el pozo la dejaba pasar o no – solo estar en algún lugar ni aquí ni allá. Era casi doloroso el enrollarse bajo las frías sábanas y enterrar su cara en la esponjosa almohada bajo su cabeza. Era demasiado para ella el manejarlo, recostada en la habitación de su infancia.

Ella se preguntaba si alguna vez se sentiría en casa en algún lugar de nuevo.

Kagome resopló en su almohada. Solo asumamos que yo no, ella pensó para sí, sintiendo una astilla de cinismo deslizarse dentro de su mente. Y mientras estemos en esto, solo asumamos que yo nunca encontraré el amor o tendré una familia y que mi carrera ira a ningún lado. De esa forma no estaré tan decepcionada cuando suceda. Esperemos la muerte de todos para no ser sorprendidos. Solo olvidémonos de los sueños, porque la realidad nunca, te da lo que quieres.

Parecía particularmente pesimista, pero en ese momento, a Kagome no le importaba. Dentro de ella estaba un grande, doloroso vacío, y si esperar lo peor parecía disminuirlo la próxima vez que algo ocurra – y habrá una próxima vez, ella pensó agriamente – entonces por supuesto que ella iba a ser una pesimista. Definitivamente.

Excepto por esa maldita esperanza que brotaba dentro de ella, burlándose, diciéndole que ella aún podría ser capaz de encontrar a Shippou, o Sango y Miroku, o Kouga, y ¿por qué ella no probaba el pozo de nuevo? ¿Por qué, por qué, por qué...?

CallaTE, ella se dijo a sí misma, girando en la cama otra vez y empujando su cabeza bajo la almohada. Como si eso alguna vez hubo detenido las voces en su cabeza – las susurrantes, prometedoras voces que decían que tal vez ella podría continuar cruzando por el pozo, y talvez Inuyasha la amaría, y quizás ella sería feliz en el pasado o él en el futuro. Talvez, talvez, talvez.

Mal, mal, mal. Ella pensó enfurecida. Nada de eso sucedió. Esas fueron todas mentiras, ¿recuerdas?

Excepto...que no fueron mentiras. Siempre estaba la linda palabra talvez colgando al final. Y esa era el truco de la esperanza. Ella realmente no podía decepcionarte, porque ella nunca había prometido algo en verdad.

Sin embargo eso no la detuvo de estar furiosa. Y tras su mente, una pequeña parte de determinación se solidificó, y ella no le permitió ser optimista; ella dejó que se enrollara a su alrededor, y la hizo su voluntad. La esperanza no tenía que ver en eso.

Ella regresaría.

...o...

Hatore había intentado escapar, pero resultó ser que los aliados eran buenos para algo porque lo habían capturado y traído de vuelta hacia el nuevo complejo – Sesshoumaru se negaba a tomarlo como una fortaleza o un castillo – y lo colocó, encadenado, en la mitad del patio. El estaba arrodillado pero mantenía su cabeza en alto, como si tuviese algo de que estar orgulloso.

"Sesshoumaru," el dijo cuando Sesshoumaru camino hacia el patio.

Sesshoumaru dijo nada, pero pensó en todas las veces que él había soñado con esto y se preguntaba por qué él no sentía alguna satisfacción con la victoria. Su tierra era suya nuevamente, y él aún sentía solo rabia, aunque era una pequeña, fría rabia ahora, una que hacía que su cabeza le doliera ligeramente.

El había encontrado a Toukijin y Tenseiga, colocadas una junta a otra dentro de un polvoriento cuarto en desuso. Parecía como si nadie las había tocado por años, y ese era el caso probablemente – Toukijin era demasiado maligna, llena de odio y traición, y Tenseiga era demasiado inútil. Claramente ninguno de ellos había sido capaz de usarla, y ninguno de los traidores que las habían tomado había sido capaz de empuñar las espadas adecuadamente. Misteriosamente le complacía saber eso. Ambas estaban en el lugar correcto ahora.

Su espada prestada también estaba en su cadera, haciéndolo sentirse como si fuese algún tipo de vendedor de espadas viajero. El no necesitaba tres espadas, pero el no podía permitir que cualquier otro manejara las armas que eran suyas, ni las armas que le habían servido en batalla. No estaría bien.

Y ahora su odiado enemigo, cuya muerte él había deseado, estaba arrodillado en cadenas, como las cadenas con las que el mismo Sesshoumaru había sido atado, excepto que Sesshoumaru no había sido asesinado. Ya sea por alguna retorcida compasión, u horror bizarro, o tonta arrogancia; Sesshoumaru aún estaba vivo. Pero el príncipe, de vuelta en su propio reino, no cometería ese error. Ellos habían pensado que él era débil, pero su error no sería el de él.

"Haré esto rápido," Sesshoumaru le dijo finalmente.

Hubo una sonrisa persistiendo en los labios de Hatore. El youkai que había tratado de tomar su lugar tenía cabello y piel oscura, pero mayor que él mismo. Había vetas grises en sus sienes, y una línea o dos en su frente y alrededor de su boca. El no había cambiando mucho desde la última vez que Sesshoumaru lo había visto, viéndose arrepentido e inclusive un poco culpable, pero él también recordó que Hatore tenía lástima brillando en sus ojos cuando Sesshoumaru fue arrojado por el despeñadero y comenzó su largo descenso hacia el mar. Pensarlo lo ponía mal.

"Igual que tu padre," Hatore dijo de repente.

Sesshoumaru solo arqueó una ceja, ligeramente confundido pero manteniendo la máscara en su lugar.

Hatore rió suavemente, casi como si él hubiese visto la broma que nadie más vio. "Honorable," él le informó, otra sonrisa inclinando las esquinas de su boca. "Tu padre era honorable, incluso cuando se debilitaba."

Sesshoumaru fue ofendido. "¿Débil?" él dijo con frialdad. El olor de sangre seca se movía en su nariz.

Bufando, Hatore le dio una mirada de soslayo. "Bueno, no ahora," él corrigió, diversión coloreando su voz.

"No," Sesshoumaru respondió. "No ahora."

Hubo silencio antes de que Hatore hablase nuevamente. "Será un honor morir en las manos de tan respetable oponente."

Sesshoumaru sacó su espada – su espada prestada, porque aunque tenía a Toukijin, él no era el conquistador aún – y empezó a caminar hacia la arrodillada figura. "Si. Lo será."

De repente él se sintió muy cansado; no por la batalla, sino fatigado, como si su médula había sido drenada y reemplazada por agua. Hubo un tiempo en el que él podría haber saboreado la victoria, la hubiese hecho rodar en su lengua como fino sake, pero ahora solo le parecía repugnante, un necesario deber.

El caminó hacia el lado de Hatore, y el youkai inclinó su cabeza, su cabello cayendo hacia un lado. Sesshoumaru lentamente colocó la hoja de la espada contra la parte trasera del cuello expuesto para que los músculos se tensaran y el corte fuese limpio.

"Sabes," Hatore dijo de repente, en tono de conversación, "Creo que realmente te hicimos un favor."

Sesshoumaru esperó, el frío metal aún en la tibia piel.

"Habernos desecho de esa niña realmente te ha hecho más fuerte," Hatore dijo finalmente, sus palabras amortiguadas por su pecho.

Dicen que te hace más fuerte el perder a alguien, vino la voz de la miko, Kagome.

"Si," Sesshoumaru respondió.

Hatore rió hacia el suelo. "Ella ciertamente era una debilidad."

Sesshoumaru rió su corta, astuta risa.

"No," él dijo, y dejó caer la espada, rápida y brusca.

Y entonces se terminó.

Sus aliados se reunían en la casa, donde la cena estaba aún colocada y había suficiente sake para circular, pero Sesshoumaru se quedó donde estaba y dejó su mirada caer en la carnicería a su alrededor. El lugar apestaba y él tendría que hacerlo limpiar para mañana antes del mediodía. Eso no sería un problema – aún habían algunos sirvientes vivos, que no habían peleado; Sesshoumaru los haría reunirse mañana al amanecer y los haría deshacerse de lo muertos. Y después... él vería.

Lentamente, él caminó un poco hacia arriba de la ladera, pisando cadáveres mientras lo hacía, hasta que alcanzó los carbonizados restos de La Casa de La Luna. El se preguntaba por qué Hatore nunca los hizo remover completamente. Talvez era para mostrar que Hatore había sido el conquistador, y para recordarles a los youkai y humanos alrededor del área lo que se había hecho. Una advertencia, de alguna clase, aunque la única advertencia real que necesitaba un traidor era que no se podía confiar en él.

El pudo ver los pisos y habitaciones aún, trazados como mapa en carbonizadas maderas y piedra, y él sintió como si estuviese caminando sobre fantasmas.

Sesshoumaru se sintió molesto. El aún estaba enfadado, aún lleno de indescriptible melancolía e ira, pero ya no había alguien para pagar la muerte de Rin. Nadie en su camino; él era libre para reclamar su vieja vida. Libre para hacer todo como era, pero él sabía que eso nunca podría pasar.

Rin fue vengada. Su espíritu podía descansar en paz, pero el espíritu de Sesshoumaru aún estaba inquieto, aún yendo de un lado a otro en su cuerpo. Su tierra había sido tomada y tomada de vuelta, pero él era solo un extraño regresando a una casa que no reconocía, en un país que ya no era completamente suyo. Sus enemigos estaban muertos, su padre y madre y hermano estaban muertos, y él era todo lo que quedaba.

El había estado solo antes, pero siempre por elección, siempre buscándolo. Ahora había una diferente cualidad en ello, una dimensión extra que él realmente nunca había visto antes, y era como un peso de plomo, colgado por su centro, y el sentimiento fantasma de rotos compañeros lo rodeaban.

El debería estar celebrando, pero en cambio todo lo que él quería hacer era hundirse en las ruinas, recostarse en el césped cubierto de rocío, y jamás levantarse de nuevo.

Sesshoumaru elevó sus ojos hacia la luna. Aún estaba elevada en el cielo, ni siquiera en su cenit, y por primera vez él no encontró consuelo ahí. Cambiaba constantemente, creciendo, saliendo, encogiéndose, cayendo, y repentinamente el se sintió atrapado, suspendido de nuevo en el vacío en donde él había estado colgando por años, de repente amo de todo y nada.

Todo había cambiado, y él seguía igual.