Cuentos de La Casa de La Luna
Por
Resmiranda
Capítulo Diez
"No hay nada como regresar a un lugar que permanece igual para encontrar las formas en que tú mismo lo has alterado" – Nelson Mandela
...o...
Dos meses más tarde, después de que sus exámenes finales hubieron sido pasados exitosamente, después de que la graduación hubo sido organizada, después de que ella hubo rechazado una propuesta de trabajo y fue aceptada para graduarse, Kagome despertó, caminó hacia el baño para lavarse la cara, y encontró a Kikyou mirándola fijamente desde la prisión del espejo.
Kagome chilló, el jabón resbalando fuera de su mano para pasar rozando a través del piso mientras ella levantaba sus brazos en defensa. Ella casi rompió el cristal antes de darse cuenta de que Kikyou vestía pijamas del siglo 20, que se veía asustada como ella se sentía, y tenía un serio caso de cabello esponjado.
"¿Nee-chan?"
Kagome regresó a ver a Souta observándola con atención por el borde de la puerta. "¿Qué pasa? ¿Te lastimaste?" el preguntó, su voz cargada de preocupación.
Evitando sus ojos del espejo e intentando calmar sus frenéticos jadeos, Kagome negó con la cabeza. "¡No! No, yo – yo solo, um... me asuste, eso es todo," ella le aseguró, corriendo una temblorosa mano por su cabello y dejando una franja jabonosa a su paso. No es lo que yo quería hacer, ella pensó con disgusto mientras un grueso mechón se pegaba a sus dedos. Ahora tengo que lavarlo.
Souta se veía poco convencido. "¿Qué pudo haberte asustado? ¿Viste una araña?"
Por medio segundo, Kagome casi se atascó en una excusa adecuada, pero al final ella decidió que sería mejor el dejar que todo el mundo sepa que ella estaba loca. Talvez ellos la encerrarían y ella no estaría tan estresada. "No. Yo, uh, miré en el espejo y pensé que alguien más estaba ahí," ella le dijo. Ella aún no miraba hacia el cristal que colgaba sobre el lavabo.
Souta frunció. "Como si, ¿vieras a alguien detrás de ti, o pensaste que tu reflejo era alguien más?"
Kagome suspiró mientras desenredaba sus dedos de su cabello. Estúpido jabón, ella se quejaba mentalmente. "Pensé que yo era alguien más por un momento."
Souta sonrió abiertamente. "Oooh, eso es escalofriante. Ojala eso me pasara a mi."
Ella le lanzó una mirada exasperada mientras sacudía las últimas hebras de su mano. "No fue divertido," ella le dijo. "Fue perturbador."
"Así que, ¿quién era?"
Ah, solo mi anterior encarnación. "Nadie, solo alguien diferente," ella dijo.
Souta se veía decepcionado. "Ah bueno. Que mal. Yo pensé que podrías haberte convertido en alguien bonita," él dijo de forma disimulada, claramente bajo la impresión de que estaba siendo astuto.
"¡FUERA!" Kagome gritó, lanzándole un paño mojado. Golpeó el borde de la puerta y él lo eludió, riéndose. Kagome cerró de golpe la puerta tras él. Aparentemente los hermanos menores nunca dejaban de molestar a sus hermanas mayores, inclusive los chicos inherentemente callados y tímidos como Souta.
Ella miró fijamente hacia la puerta por un momento, dejando que sus latidos de corazón regresen a la normalidad. Sus extremidades temblaban ligeramente, de la manera en que solían hacerlo después de una pelea o después de que alguien la hizo enfadar; la adrenalina en su sistema no tenía donde ir y estaba forzándola a un ataque nervioso, un estado que Kagome encontró extremadamente irritante.
Aunque no tan irritante como el despertar y darse cuanta de que te has convertido en alguien más. La idea la llenaba con un vago sentido de fascinado horror. Ella lentamente se volteó hacia el espejo de nuevo.
Ella no se veía tan parecida a Kikyou ahora, pero la semejanza era más fuerte de lo que ella jamás había visto. Extendiendo una mano, Kagome la corrió por el rostro de la joven en el espejo que se veía similar a Kikyou, pero no tan igual. Siempre había sido de esa manera, claro, pero la semejanza era mucho más impresionante ahora. Kagome entrecerró los ojos y su reflejo se tornó borroso un poco y de repente ella era Kagome de nuevo.
Ella dejó de entrecerrar los ojos, frunció, y se inclinó más cerca. La peculiaridad de su boca aún era la misma, y el cabello era aún más esponjoso y más rebelde, pero había algo más. Kagome llevó su otra mano hacia su rostro y corrió un ligero roce sobre sus ojos, sintiendo la calidad de papel de la piel bajo ellos y la levemente aceitosa textura de sus párpados. Ella pestañeó lentamente y se reenfocó. Ahí. Había un cambio en sus ojos – una pista de algo aislado y afligido – que hablaba más de la miko fallecida que de su homóloga viva. Algo triste en sus ojos, un eco de algo perdido que fue siempre más característico de Kikyou que de ella.
Yo siempre fui la más alegre.
Kagome se preguntaba si había sido gradual o repentino. Después de todo, ¿qué tan seguido una realmente se miraba al espejo? ¿Qué diría Inuyasha si me viera ahora?
Mirándose como lo hacía, Kagome trazó la curva de su nariz y el arco de sus cejas, tratando de decidir por qué se veía tan parecida a Kikyou ahora cuando nunca lo había hecho antes. No tenía sentido.
Profundamente confundida, Kagome se inclinó sobre el lavabo y salpicó agua fría sobre su rostro. Inconscientemente, ella fregaba un poco más fuerte que lo usual, como si pudiese borrar la semejanza. Mientras apagaba la luz cuando abandonaba el baño, un pensamiento destelló por su mente, y se preguntaba si había dejado una sombra de ella misma – de Kikyou – en el espejo incluso si salía de la habitación. Deteniéndose de repente, ella se mantuvo firme fuera de la puerta antes de extender la mano dentro y encender la luz otra vez. Era grosero dejar a alguien en la oscuridad, al fin y al cabo.
Kagome intentó olvidarse de sus sombrías nociones mientras iba hacia su ropero y desenterraba sus propias vestimentas tradicionales -un par de negros hakama y un grueso haori que ella no había usado desde el colegio – para empacar. Hoy era el día que ella había decidido; ella iba a aprobar el pozo de nuevo. Antes, ella no había tenido el lujo de decidir cuando regresar, pero todo eso cambió; ahora que ella era solo un libre personaje en un mito ella sintió que se le era permitido un cierto grado de libertad. Después de todo, fue el pozo el que había decidido escupirla fuera donde él quisiera, y podía perfectamente determinar donde ella necesitaba ir desde aquí.
Sin darse cuenta, ella se preguntaba cuantos años habían pasado desde su última visita. Las posibilidades de que Miroku y Sango aún viviesen se hacían remotas, pero la pequeña llama de esperanza que había albergado para esos años entre partir y regresar aun ardía. Ellos serían ancianos, pero eso no importaría, ¿cierto? Aún serían sus amigos, y los extrañaba terriblemente. Era muy tarde para Inuyasha, pero aún podría rescatar algo.
Ella estaba más segura de que Shippou aún estaba vivo, aunque su apariencia ahora podría ser diferente – ¿cuan rápido crecían los kitsune, de todas maneras? De todos modos, ella quería encontrarlos de nuevo. Si pudiese regresar, ella daría lo mejor de sí.
"¿Kagome?"
Regresando a ver, Kagome estaba ligeramente sorprendida al encontrar a su madre parada en la entrada. "¿Si, mama?" ella preguntó alegremente, colocando una pieza de ropa doblada en su mochila. Estaría arrugada cuando las saque, pero ella hizo un valiente esfuerzo en mantenerlas impecables de todas formas.
Kagome observó mientras su madre fruncía ligeramente antes de entrar a la habitación, silenciosamente cerrando la puerta tras ella. Había una expresión nublando sus rasgos que solo podía ser descrito como triste y un poco deseoso. Kagome inclinó su cabeza, confundida. "¿Mamá?"
"Vas a regresar hoy," su madre dijo mientras se inclinaba hacia atrás contra la puerta.
Kagome asintió.
"Desearía que no lo hicieras, Kagome."
Kagome estaba desconcertada. "¿Qu- qué?" ella tartamudeó. Su madre nunca había realmente expresado algún tipo de reserva sobre sus viajes en el tiempo. Ella se preguntaba que había cambiado su parecer.
Su madre solo le lanzó una mirada tan perspicaz que cortó la respiración de Kagome. Era como si su madre sabía algo que ella no, algo sobre la misma Kagome, algo que solo las madres saben. Si lo sabía, ella lo hacía mejor que la misma Kagome. ¿Que tal si me cuentas el secreto? Kagome pensó.
"Desearía que no fueras," su madre dijo de nuevo. "Es peligroso."
Kagome le lanzó una risa descreída. "Era más peligroso cuando estaba en el colegio," ella dijo "¡Estaré bien!"
Pero su madre negó con la cabeza. "No esa clase de peligro," ella dijo silenciosamente.
"¿A qué te refieres?"
Agitando la mano como si pudiese arrancar la respuesta del aire, su madre miró hacia otro lado. "Quiero decir... no puedes vivir tu vida allá."
Kagome suspiró aliviada. "Lo sé," ella respondió, sonriendo y comprimiendo otra pieza de ropa en su mochila. "Solo quiero ver a mis amigos de nuevo, y siento como si tuviera una obligación en hacer estas cosas. ¿Sabes? Como si, si yo no lo hago nadie más lo hará. Ya sabes," ella continuó en tono de conversación, tratando de ignorar la extraña mezcla de alivio y pánico que la inundaban mientras intentaba hacer espacio dentro de su mochila para el botiquín de primeros auxilios, "Ayumi-chan me dijo que si no haces algo que se suponía debías haber hecho en el pasado – bueno, con viajes en el tiempo, como si sabes que tienes que hacer algo y no lo haces – creas una grieta en el espacio-tiempo continuo y destruyes la verdadera estructura de la realidad. No estoy segura de que significa, pero –"
"Kagome."
Ella se detuvo enseguida.
Su madre sonrió suavemente. "Lo sé. Solo no quiero que tú estés tan aferrada a lo que quieras que suceda que lo que realmente suceda te tome por sorpresa. Se que quieres ver a tus amigos otra vez, pero si vives toda tu vida esperando tener solo un momento con ellos, ¿dónde te deja eso?"
Kagome sintió sus hombros caer, solo un poco, y miró hacia otro lado. "No lo sé, mama. Solo me siento..."
Su mente buscaba las palabras correctas, pero halló ninguna. ¿Cómo podría explicarle a su madre cuan extraño todo a su alrededor parecía? Cómo podría poner en palabras el saber que nadie en el mundo sabía que significaba el haber viajado en el tiempo. Nadie más entendía que era perder a alguien por el pasado de la manera en que ella lo perdió, y que toda su vida sería distinta, sin comparación, y sin acompañantes. Nadie nunca sabría realmente como ella se sentía, sin importar cuanto ella había amado y cuanto ellos la habían amado. La Pequeña Kagome, quien pensaba que el amor podía conquistarlo todo. Excepto no puede conquistar esto. Con cansancio, Kagome pasó una mano por su frente, como si tratase de borrar sus preciadas memorias.
"Me siento sola."
Suaves pisadas cayeron en la alfombra mientras su madre se movía por el piso para arrodillarse a su lado. "Lo sé, Kagome. Lo sé." Kagome se sentía pesada, dulzura asentándose del brazo de su madre alrededor de su hombro, y alto en su nariz ella sintió el escozor de lágrimas no derramadas.
Ella había llorado tanto estas últimas semanas, y algo en ella se rebeló, casi violentamente. En su regazo, ella apretó sus puños. Estoy cansada de llorar, ella pensó, así que no lo hizo. Ella solo apoyó su cabeza en el hombro de su madre y respiró su reconfortante perfume – un suave talco y un rastro de perfume de rosas – y dejó que la calmara, que tranquilice su alma, que resucite sus memorias de niñez. Ella deseaba que las respuestas fueran tan sencillas como lo eran en ese entonces. Incluso cuando ella lloraba por su primer amor, la respuesta pareció simple. Sé quien eres, sé feliz por el tiempo que tengas.
Pero ya no parecía tan simple, y talvez nunca lo fue.
Después de un momento, su madre se alejó y Kagome suspiró profundamente, alcanzando otro objeto para meter en su mochila. Kagome se preguntaba si en ese momento, atrapada en el círculo de los brazos de su madre, ella había perdido algo, pero no se sentía como tal. Su madre corrió una mano por su cabello antes de levantarse.
"Solo regresa sana a mí, ¿esta bien?"
Kagome sonrió. "Lo haré, Mama."
Cuando ella finalmente saltó hacia el pasado, solo una insuficiente media hora después, su madre estuvo ahí para verla marcharse. Desde el fuerte círculo de sus brazos, Kagome repentinamente quería irse, dejar este lugar donde era amada pero no comprendida, y ella ni siquiera regresó a ver mientras hacía el angustiante salto de fe dentro del pozo.
Cuando ella finalmente sintió la magia funcionar, Kagome respiró de nuevo. Suspendida en la azul luz del tiempo, ella finalmente se sintió en casa con nadie más a su alrededor.
...o...
Una gris mañana Sesshoumaru despertó en la Casa de La Luna, y encontró que, por primera vez en diez años, él no quería destruirla.
Era tan extraño para él el estar tan repentinamente desolado de una de sus más familiares emociones que casi volvió a dormirse, seguro de que él debía estar soñando. El incluso fue tan lejos para cerrar sus ojos en teoría de que cuando el se despertara, la furiosa compulsión regresaría, pero después de quince minutos de flotar en la superficie del sueño él los abrió nuevamente y miró fijamente hacia el techo que él no quería demoler, pedazo por pedazo.
Sesshoumaru parpadeó antes de llevar una mano a su rostro e inspeccionarla atentamente con ojos reducidos. Las rayas en sus muñecas eran las mismas. Las garras eran afiladas, la piel pálida y suave, y la sangre que corría bajo la piel olía a la suya propia. Cuidadosamente él exploró su rostro con la mano y encontró todo en su correcto lugar.
Así que, él pensó, un poco aturdido, no me he convertido en alguien más en la mitad de la noche. Excelente. Es bueno saberlo. Se permitió a si mismo la más leve de las sonrisas; una teoría ya probada y descartada y él ni siquiera se había levantado de su cama aún. Le estaba yendo bien hoy.
Lentamente él se sentó y apoyó sus codos en sus rodillas zigzagueando sus manos por su cabello. El dejó que las puntas de sus garras masajearan su cuero cabelludo mientras él lentamente pasaba su mano por la corona, tratando de calmar el dolor que no había ahí. Después de unos momentos de este fútil ejercicio, Sesshoumaru se puso de pie y caminó silenciosamente por el frío piso de madera hacia la pared. Extendiendo su mano él ligeramente corrió las puntas de sus dedos sobre la madera, dejando que las uniones atraparan su piel. Sus dedos no temblaron con el deseo reprimido de verter veneno y derretir la madera frente a él. El retiró su mano y observó su mano en confusión.
Alrededor suyo, las paredes del castillo se asentaban en el suelo en sus antiguas posiciones. Después de su victoria, él había ordenado que fueran colocadas de la manera en que estaban antes, contra la memoria de ésta chamuscada en la ladera, y cuando fue terminada él había paseado por las puertas principales esperando – ¿qué? No la ola de nostalgia que lo golpeó, seguramente, ni el repentino anhelo que solo su orgullo ocultaba bajo su estoico rostro. El había querido destruirla justo ahí, pero el costo era demasiado grande, y la labor de sus reclamados vasallos youkai había sido tan cariñosa para él para hacer tal cosa. Aún así no hubo un día desde que la Casa de La Luna fue reconstruida en el que él no hubiese querido quemarla. Las paredes habían sido testigos de nada de eso – los silenciosos, alegres murmullos de los sirvientes, la atención que grazneaba de Jaken, la resonante risa de Rin – pero la casa estaba llena de fantasmas igualmente.
El odiaba ese castillo, y él se arrastraba por los días, dejando que la ira que burbujeaba bajo la superficie lo alimentara. El aplastaba rebeliones con impunidad, destruía a cualquiera que se pusiera en su camino, negociaba cruelmente; él iba a la cama todas las noches, exhausto y resentido, y el siguiente día él lo haría de nuevo. Día tras día, las mismas cosas una y otra vez, y siempre la frialdad de la furia bajo su piel.
Excepto hoy. Hoy, su resentimiento contra la prisión de sus recuerdos se había disipado, dejando nada atrás.
Sesshoumaru dejó caer su mano a su lado donde colgaba inútilmente, incluso débil, como si sus huesos fueran bolsas de arena, incapaces de mantener una forma o proveer apoyo. Su mente se sentía vacía también, como si supuestamente él debía estar haciendo algo pero no lo estaba haciendo. Algo estaba mal, o necesitaba ser reparado, y él hubiese olvidado – o peor, nunca siquiera hubiese sabido – lo que era.
Lentamente Sesshoumaru se retiró de sus vestimentas de dormir y se vistió para el día, maravillándose con la novedad que era este sentimiento de falta de rumbo. Después de unos pocos momentos en los que él se mantuvo firme, medio-vestido, en la mitad de su habitación y lo hacia girar y girar dentro de su mente, Sesshoumaru llegó a la conclusión de que no era lo mismo como cuando vagaba en el Este en el exilio. Que había sido un interminable espiral hacia abajo hacia la oscuridad, y las sombras llenaban sus días. El había sido recargado con un exceso de pena; era como un sonido tan alto y estrepitoso que lo había dejado entumecido e insensible a cualquier sentimiento en absoluto, y él hubo permanecido así hasta que la miko – Kagome, su mente proporcionó – hubo tomado una lanza y lo abrió con sus palabras.
Este sentimiento, él determinó mientras encogía sus hombros para colocarse su haori, era diferente y aún el mismo. El aún podía sentir tristeza en torno a él, pero era un tipo abstracto de tristeza, sin color o forma. En vez de sentirse entumecido, que era un sentimiento dentro y por su cuenta, él solo sentía... nada. Había una ausencia de sentimientos – no porque él estuviese evitando emociones o consecuencias, no porque él fuera tan bombardeado que se había vuelto insensible a ello, pero porque él simplemente no tenía una reacción. No había nada ahí, excepto una picazón en la base de su espina que lo hacía retorcerse dentro de su cuerpo. Había una intranquila calidad en ella, insistiéndole a moverse.
Aún así, no había nada para ello excepto él continuar con su día y ver la fuerza que lo conducía regresaba. Sesshoumaru acomodó a Toukijin y Tenseiga en su cadera, hizo ajustes de último minuto en su armadura, y caminó fuera de su recámara. Volteándose él caminó por los corredores que no resonaban con recuerdos antes de convertirse en la habitación en donde él tenía su sesión informativa de la mañana.
Sesshoumaru se sentó a la baja mesa y estaba ni cómodo ni incómodo, ni en casa ni en desavenencias. El quería levantarse y caminar de un lado a otro; él quería irse y no regresar. Con dificultad, él se abstuvo de colocar una mano en su frente para determinar si tenía fiebre.
Solo había un consejero frente a él hoy, y Sesshoumaru no podía recordar su nombre. Siryuu, ¿era? Quizás era Sinyuu... Indiferente, el hecho de que solo había uno significaba que hoy sería un día lento, sin mucho que hacer, y frente a él Sesshoumaru podía sentir el tiempo desenrollarse, pálido y vacío. El escuchaba con media oreja mientras el consejero – ¿Sanzo?¿o Seinzo? – detallaba el estado de su dominio. Sin rebeliones, sin problemáticos youkai amenazando a las aldeas, sin disputas y sin aliados molestándolo con problemas en sus tierras. Era por completo un día común y corriente, y él no tenía nada que hacer. La picazón fantasma en la base de su espina crecía en intensidad; él quería saltar fuera de su propio cuerpo. Era invierno, cuando él quisiera nada más que estar instalado en su cálido castillo, pero algo cantaba en sus huesos, se extendía por su pecho y agarraba su fibra sensible, y halaba. El consejero continuaba, inconsciente.
Finalmente Sesshoumaru lo detuvo en media recitación. "¿Está Myouga aquí?" él preguntó abruptamente.
El consejero, cuyo nombre era de hecho, Shirin y quien odiaba ser interrumpido, se tambaleó en un precipicio mental por un momento antes de enderezarse.
"¿Dis – disculpe mi señor?" él preguntó.
Sesshoumaru suspiró impacientemente. "¿Está Myouga en el castillo hoy?" él exigió de nuevo. El no podía recordar la última vez que él había hablado con la pulga; todos sus recientes recuerdos parecían sangrar sobre otro, a diferencia del pasado en el cual eran exactos y claros.
Shirin se esforzó en darle fundamentos. "Así lo creo, mi señor, pero no veo por qué - "
"Envíamelo," Sesshoumaru ordenó antes de voltear su rostro hacia otro lado, indicando que la sesión informativa había terminado.
"Si, mi señor," Shirin dijo antes de hacer una reverencia y abandonar la habitación a paso apresurado.
Sesshoumaru miraba fijamente hacia la pared que no odiaba y esperaba a que Myouga apareciera.
Así fue como Myouga se encontró a sí mismo siendo despertado rudamente – mucho más temprano de lo que él usualmente se levantaba, él se dio cuenta malhumoradamente – y se apresuró por un laberinto de pasillos hacia la recámara de sesiones. Fuera de la puerta la pequeña pulga se estiró e intentó sacudir los malos sueños fuera de su cabeza antes de saltar dentro tan energéticamente como sus huesos pudieron permitirle. Brincando hacia la mesa, aterrizó frente a Sesshoumaru, aclaró su garganta, y anunció su presencia. "¡Sesshoumaru-sama!" él llamó, "¿Qué desea usted de mí?"
El Lord demonio se volteó de la pared y miró hacia su viejo sirviente. El redujo sus ojos y se inclinó más cerca, causando ligeras taquicardias a la vieja pulga.
"¿Qué diablos estás usando?" Sesshoumaru preguntó toque de incredulidad en su voz.
Myouga se retorció. "Estaba durmiendo, mi señor," él respondió, un poco recriminatoriamente, atando su kimono aún más fuerte y sintiéndose desnudo.
Sesshoumaru meramente arqueó una ceja.
Myouga cruzó sus brazos. "No sabía si la situación era urgente o no. ¡Esto es lo que obtiene cuando me despierta!"
"Ya veo." Sesshoumaru suponía que, si él se hubiese detenido a pensarlo, era perfectamente lógico para Myouga, ahora un sirviente altamente colocado, el tener unas pocas mudadas de diminutas vestimentas tamaño-pulga. Incluso la ropa para dormir, una actividad que por alguna razón él había asumido que la pulga nunca hacía.
Moviéndose incómodo bajo la mirada del Lord, Myouga se preguntaba si Sesshoumaru sabía cuanto se parecía a su padre. Finalmente él habló, solo para romper él silencio. "¿Quería... algo, mi señor?"
Por un momento Sesshoumaru pareció un poco perdido e indeciso, pero pasó tan rápido que Myouga se preguntaba si realmente había visto la expresión centellear por su rostro. "He decidido viajar," Sesshoumaru anunció.
"Ah," Myouga dijo, tratando de no actuar sorprendido. Cuando pareció no venir más información, él aclaró su garganta e intentó sonar sabio. "Viajar es siempre una buena idea cuando la carga de gobernar se vuelve demasiada," él declaró, esperando que sonara tan sabio en alto como lo hacia en su cabeza.
Sesshoumaru levantó su otra ceja, un gesto que Myouga estaba seguro de que lo usaba para el único propósito de hacer sentir incómodos a los sirvientes. "¿Acaso dices que soy un mal líder?" él preguntó con arrogancia.
Pánico. "¡No!" Myouga inmediatamente corrigió. "No, lo que quise decir es que, er, a veces es bueno irse."
"Si," Sesshoumaru estuvo de acuerdo.
"Su padre haría, ah, viajes prolongados también."
"¿A si?"
"Si. El siempre decía que aclaraba su mente."
Sesshoumaru pensó sobre esto por un momento. El realmente no necesitaba aclarar su mente – parecía tan vacía como estaba – pero podría ayudar a encontrar algún tipo de enfoque. Quizás él necesitaba tiempo para pensar.
"Ya veo." Sesshoumaru dijo de nuevo.
Hubo una pausa. "Y...¿Donde piensa irse?" Myouga preguntó después de un momento.
Por casi un minuto, Sesshoumaru parecía pensar en la pregunta. "Afuera," él finalmente respondió.
"Solo...¿afuera?"
"Si."
Myouga se dio por vencido. "¿Qué le gustaría que hiciera por usted entonces, mi señor?"
Muy débilmente, el Lord demonio sonrió. Fue solo un movimiento de su labio, pero se veía muy fuera de lugar en su usual fachada estoica. Myouga encontró que no le gustaba mucho. "Tú me acompañarás," él dijo ligeramente.
Myouga decidió que esto sonaba peligroso. "Pero... mi señor, ¡yo soy un terrible acompañante de viajes! ¡Soy casi, casi alérgico a ellos!" él le informó a su señor casi desesperadamente. Visiones de batallas y sangre pasaban por su mente y sudor salía de su frente.
Sesshoumaru resopló. "La única cosa a la que eres alérgico es a la valentía," él le informó a su viejo criado.
"No," Myouga lo corrigió. "Soy alérgico a morir, y, perdóneme, mi señor, parece muy probable que mientras viaje con usted una situación ocurrirá en la cual yo estaré en inminente peligro de morir."
"Me gustan esas situaciones," Sesshoumaru dijo.
"Lo sé," Myouga respondió con desaliento y se dejó caer un poco. Había pasado mucho tiempo desde que su Lord había decidido hacer algo como esto, pero había un destello en su ojo que decía que él no iba a ser disuadido. La vieja pulga era apegada a decir que él no podía ver el futuro, solo el pasado, pero como todo hubo ocurrido de todas maneras era tan bueno como la adivinación del futuro. En este momento él deseaba no saber lo que iba a suceder, pero no importaba. El futuro estaba tan claro como el cristal, brillante y bonito y probablemente lleno de incidentes en los que él, Myouga, sería puesto en gran peligro mientras su señor – como su padre antes de él – simplemente estiraba sus piernas y bostezaba.
"Bien," Sesshoumaru respondió. "Prepárate. Partimos antes del medio día."
"¿Tan pronto?"Myouga preguntó, aterrado. Sus pequeños dedos toqueteaban el lazo de su kimono. "Pero ¿quién cuidara de las cosas mientras usted este fuera?" él dijo, esperando que él fuese dejado atrás para atender los asuntos domésticos.
Sesshoumaru no lo decepcionó, solamente se encogió de hombros despreocupadamente mientras se levantaba y volteaba para abandonar la habitación. "Confío en que arregles eso. Y ponte algo de ropa encima."
Myouga suspiró. Iba a ser un largo día.
