Cuentos de La Casa de La Luna

Por

Resmiranda

Capítulo Once

"Muy pocas cosas ocurren en el momento correcto, y las demás no suceden nunca. El historiador concienzudo corregirá estos defectos." – Herodotus

...o...

Extrañamente, ahora que estaba atrapada en su propia locura, Kagome se preguntaba por qué no lo había visto. El mito se aglomeraba en su mente, expulsando fuera el hecho de que ella sentía como si se estuviese muriendo.

... Ella era hermosa y ligera, como una gacela, pero su miedo la cegó del peligro, y Machiko encontró sus tobillos atrapados entre raíces de árboles y ella cayó en la tierra, llorando patéticamente...

... Resulto ser que el príncipe de los perros estaba caminando por el bosque y la oyó llorar. Conmovido por sus tristes lágrimas el corrió rápidamente para socorrerla, pero cuando la alcanzó el quedó sorprendido por su belleza, y la levantó y secó sus ojos. El la besó en la oscuridad del bosque y la hizo suya, y ella estaba tan agradecida de que él había venido hacia ella y tan alucinada por su presencia que ella con gusto se entregó a él...

Ella había adorado los cuentos de hada cuando era más joven. Los cuentos de encantamientos y belleza, tan llenos de amor y pasión siempre la habían emocionado. Kagome siempre quiso vivir en uno, en donde ella era rescatada por un príncipe y era convertida en una princesa, y donde la belleza y bondad iban de la mano.

Si ella hubiese sabido que los cuentos de hadas eran grandes, enormes mentiras, ella nunca hubiera saltado dentro del pozo una segunda vez.

Estúpidos, estúpidos cuentos de hadas, ella pensó.

Kagome estaba sentada con la mano en su pie en medio de un frío bosque. Su nariz goteaba y sus dientes tiritaban, y Sesshoumaru estaba de pie, inmóvil, al borde del claro, mirándola fijamente con esos penetrantes ojos dorados. Ella desesperadamente quería saber que era lo que él estaba pensando.

Aquí estoy yo, Kagome pensó atolondradamente. Esta soy yo, sentada en el suelo en el pasado. Esta soy yo, en el bosque, con un tobillo del tamaño de una pelota de sófbol. Esta soy yo, calcetín en mano, con ramas en el cabello, un apestoso cadáver de oso a diez pies de distancia, y resfriada. Un gran, sofocante resfriado y dios, este tobillo duele.

Y ahí esta él. La idea destelló por su cerebro como si tratase de no darle más importancia que a una simple observación, no enteramente diferente a, "el cielo es azul," o "parece ser que mis pantalones están ardiendo," o "voy a perder mi virginidad con un demonio perro cuatrocientos años en el pasado."

El estúpido mito lo había tomado todo mal. Ella era una miko, ella no tenía familia, y ella no era bonita o algo así. De hecho, se estaba sintiendo extraordinariamente malhumorada para ser alguien que estaba apunto de tener sexo. Kagome nunca había tenido sexo, pero en este preciso momento con el peso de la historia aplastándola, todo en lo que ella podía pensar era en el cabello de él, cayendo a su alrededor como aguas plateadas. Y sexo. Ella se preguntaba que tal se sentiría ambos, y se preguntaba cuantos moretones ella obtendría de las raíces en las que estaba sentada. La fiebre realmente me debe estar afectando, pensó.

Había sido casi un minuto desde que él apareció y Sesshoumaru aún estaba parado ahí – solo estar de pie y mirar fijamente parecía ser su pasatiempo favorito, ella se quejó mentalmente – y Kagome decidió, justo ahí y en ese momento, que si alguna vez regresaba a casa ella iba a incendiar la biblioteca de la universidad.

Ella se lamentaba por muchas otras cosas también. ¿Por qué no pudo acostarse con un muchacho simpático que estudiaba para ser doctor? ¿Por qué no pudo tan solo quedarse en casa donde las cosas no eran tan extrañas ni peligrosas? ¿Por qué su primera experiencia sexual tendría que ser en el sucio suelo cuatrocientos años lejos de donde ella pertenecía con un demonio asesino y caliente aliento en su oreja y el doloroso deslice de lenguas en la piel y cabellos como sedosa agua formando un charco –

Kagome se dio cuenta de que ella se estaba desviando del tema y apretó sus dientes. Estúpido, estúpido Sesshoumaru y su estúpido, estúpido lindo cabello, ella pensó furiosamente. Todo esto es su estúpida culpa.

Con rapidez, Kagome se preguntó como había llegado a este punto. Claro, ahora todo parecía tan lógico. Por supuesto que ella iba a ser derribada en el bosque por su ambiguo enemigo, tan solo porque eso era la peor cosa posible que podía suceder. Las cosas malas siempre le ocurrían a ella.Han estado pasando desde que ella llegó, menos de una semana, en el pasado.

El templo ahora estaba construido, y como tal hubo un momento inicial de pánico cuando Kagome se dio cuenta de que había aterrizado en el interior de un edificio y pensó que el pozo no la dejaría entrar. Ella fue rápidamente corregida de esa noción cuando una joven mujer – más joven que ella, incluso, y cubierta con una vestimenta de miko – entró abruptamente en la casa del pozo e intentó dispararle, llena de flechas, mientras Kagome trepaba fuera del pozo y aterrizaba dentro del nuevo templo. Fue bueno que haya sido una malísima tiradora o Kagome se hubiese encontrado así misma mejor ventilada de lo que alguna vez hubiera querido estar.

"¡Detente! ¡Soy Kagome!" ella había gritado, diciendo la primera cosa que le pasó por la mente.

"¡Bueno, maldita sea!" la miko había exclamado. "¡Odio el tiro con arco!"

Kagome, agachada en el suelo, no supo que decir a eso. "¿Mejorarás?" ella dijo finalmente. Luego la miko se había echado a llorar.

Aún en el más desfavorable comienzo para un viaje, Kagome cargó a una sollozante muchacha de vuelta a su cabaña. Si ella hubiese sabido que el inicio había sido un indicativo de cómo le iría el resto de su búsqueda ella hubiese volteado y regresado a casa en ese momento. Sin el don de ver el futuro, ella se quedó.

Sinayo estaba muerta. No había sido una sorpresa, pero Kagome se sintió triste de todas maneras. Ella sintió como si hubiese rozado un fantasma al pasar por su camino para hacer algo más importante; fue como si Sinayo solo hubiera girado en su vida para cumplir un propósito, y ahora que el propósito fue consumado ella se había ido. Después de la inicial emoción de presentarse ante todos de nuevo ella se había enrollado bajo su delgada sábana – ella no sabía que sería invierno y estaba lamentando no haber guardado su ropa más cálida – y sintió una punzada de culpa. Sinayo había entrado y salido de su vida y ahora nunca la volvería a ver.

Era difícil clasificar el sentimiento. No fue lo mismo como cuando pensaba en Inuyasha, pero era similar, aunque más teñido con culpa. Kagome sintió como si hubiese quitado una vida entera sin conocerla, y ahora era solo una sombra circulante en su memoria que pasaba a través de su piel y se iba de nuevo.

Cuando despertó al siguiente día, Kagome había contraído un resfriado y la nueva miko, cuyo nombre resultó ser, lo suficientemente extraño, Kagura, estaba cocinando algo sobre el fuego.

"¡Come!" ella había dicho mientras servía con cucharón la espesa sopa en un pocillo. "Soy una mala cocinera, pero mi estofado no es tan malo y tienes una búsqueda que hacer!"

Kagome había fruncido mientras aceptaba el tazón. "¿Cómo sabes eso?" ella le preguntó a la miko. Ella no podía imaginarse a esta pequeña muchacha como Kagura; Kagura había muerto antes de que ella hubiera vivido, hace mucho.

La miko se había encogido de hombros y había dicho. "¡Solo adiviné!" ella había dicho alegremente. "Por otro lado, cuando usted viene a nuestro tiempo, usted siempre tiene que hacer una búsqueda. Sinayo me lo dijo."

"Ya veo," Kagome había dicho mientras tomaba un sorbo de estofado, el cual sabía horroroso. Ella lo tragó – el calor se sentía bien en su garganta y el punzante sabor abría sus cavidades. Kagome intentó distraerse de la horrible mezcolanza escuchando mientras la miko parloteaba.

"Le daré provisiones y cosas si las necesita," ella decía. "Tenemos pescado deshidratado y arroz y cosas como esa. Ah, y un arco que puede tomar prestado – podría tomar el mío, odio el tiro con arco – y talvez una mudada extra de ropa..."

"¿Cuánto a pasado desde la última vez que estuve aquí?" Kagome interrumpió después de un minuto de esto. La miko dejó de hablar y miró al techo, contando con sus dedos.

"Hmm," ella había dicho especulando. "Veamos... Sinayo murió el año pasado, y dos años antes fue la plaga, y hubo ese brote el año antes de ese... o ¿eso fue el mismo año...? Espera, ¡déjame pensar! ¡Lo tendré en algún momento!"

Kagome se había preguntado, poco amablemente, si la miko era defectuosa. Ella parecía carecer del filtro fundamental en su cerebro que prevenía a la gente normal decir cualquier cosa que se le cruzara por la mente. Después de casi un minuto del parloteo de la miko Kagome quería dispararle, pero fue capaz de determinar que solo estaba diez años delante desde su última visita.

Había sido un alivio cuando se fue, emprendiendo camino en la imprecisa dirección en la que ella pensaba era el noroeste. La miko había querido acompañarla, pero Kagome se había rehusado incluso cuando parecía que nadie más quería ser su guía. A Kagome no le importó mucho; ella podría estar vagamente perdida, pero al menos ya no estaba enterrada bajo una montaña de palabras.

Excepto que estaba frío y ventoso y el bosque estaba oscuro y el hacer una fogata era difícil y Kagome anhelaba compañía. Su cabeza le dolía casi todo el tiempo y su nariz era como un grifo que no podía cerrar. Ella encontró que, en los caminos fríos que a veces solo desaparecían bajo tierra, sus memorias se agrupaban, y ella se encontraría perdida en pensamientos melancólicos. Ella estaba sola.

Y ahí había osos. Kagome sintió que había sido un poco incomodadora en el departamento de osos ya que ella pensaba que los osos hibernaban todo el invierno, pero esto no fue el caso aparentemente. Quizás la comida había sido escasa en el verano, o talvez ella solo estaba excesivamente mal informada acerca de los osos, pero el hecho era que ella había sido forzada a dispararle a no solo uno sino a dos osos en los últimos cinco días de viaje hacia el noroeste. El primero había sido deprimentemente fácil de matar y había caído rápido con sus flechas. El segundo, por otro lado, fue un verdadero bastardo.

Casi dos segundos fue todo lo que el oso tomo para cruzar el claro hacia su lugar de campamento, y la flecha que ella le había llegado al hombro no lo atrasó mucho. Tomo menos tiempo que el espacio de un pensamiento para ella el girar sus talones y correr dentro de la oscuridad del bosque, el instinto de huir más fuerte que ella para resistir.

Un poco de abarrotados minutos después – ramas tirando de su cabello y ropa, el aire frío quemando en su garganta, y siempre el pesado sonido de persecución tras ella – y un claro dolor pasando por su pierna. Kagome se agachó, estrellas en sus ojos, y una flecha en su mano. Ella se había volteado, sin aliento, y disparado tras ella.

Cuando su visión se aclaró, había un jadeante, moribundo oso a solo tres metros de distancia, una flecha directa a través de su ojo. No tomo mucho para que muriera.

Y ahí ella estaba sola en el medio del oscuro bosque, con solo la más vaga de las nociones de cómo regresar a su campamento, un frío, pie torcido, y la temperatura bajando rápidamente.

Kagome dejo ir un torrente de insultos tan alto e infame que Inuyasha hubiese estado orgulloso. U horrorizado. Ni por primera o última vez, ella deseaba que él estuviese ahí.

Cautelosamente, ella había sacado su pie de grieta en donde había calzado y retiró la media que lo cubría. Su tobillo ya se estaba hinchando, pero una rápida inspección reveló que solo se lo había torcido, lo cual era un resquicio de esperanza incluso si no se estaba sintiendo terriblemente dispuesta a apreciarlo. Farfullando, Kagome había empezado a estirar la media para poder usarla como una venda improvisada.

Así fue como se encontró a sí misma en esta horrible posición; ella aún estaba insultando y siseando de dolor y extrañando a Inuyasha y Sango y Miruko tanto que pensaba que ella moriría cuando captó el youki en el aire. Y luego había volteado para ver a Sesshoumaru parado ahí, con una mirada de aburrimiento extremo o interés intenso en su rostro. Todo en lo que ella podía pensar era como ella fue de repente atravesada por el corazón por una historia, hecha para cumplir su cruel capricho. Ella no quería hacer esto, aquí, en el frío bajo un árbol en un tiempo al cual ella no pertenecía. Era como una de esas escenas románticas de mala calidad de los libros que su amiga Eri-chan sabía leer detrás de su libro de historia en clase. Nervios, adrenalina, y miedo hacían guerra entre ellos, y Kagome mordió su labio.

En los momentos silenciosos que se extendían entre ellos en la oscura luz de invierno, Kagome pensó haber oído al universo riéndose.

Entonces ella estornudó.

Fue el estornudo que hizo que Sesshoumaru saliera de su pequeño ensueño. El se había estado preguntando por qué no le parecía extraño el encontrarse con ella de nuevo; en su sueño él había escuchado su persistentemente familiar voz en el silencio de la noche pronunciando los más creativos insultos que él había presenciado aparte del vocabulario de su hermano, y cuando finalmente él hubo abierto sus ojos y capturado su perfume en el aire solo pareció natural que él viniera a investigar.

Viéndola, desarreglada y asustada en la base de un árbol con el cadáver de un oso solo unos pies de distancia, le dieron una pausa, sin embargo. Ella parecía estar lastimada. El la miró fijamente, y ella a él; ella se veía tan joven en esos momentos, y en su pecho hubo un extraño tirón, tan parecido al que le hizo abandonar La Casa de La Luna en la muerte del invierno.

El había estado vagando por menos de un ciclo de luna, pero no había encontrado lo que sea que estaba buscando. El se preguntaba si esta miko – Kagome, él recordó – sabría que era lo que buscaba.

Ella se veía como un tapiz; como una pintura en una pantalla, en sombra y luz, en azul y negro. El la recordaba bien, ya que él estaba seguro de que solo unos pocos en este mundo la recordaban, y él sabía que ella lo recordaba. Había un extraño consuelo en ese hecho; humana aunque fuera, su memoria aún lo contenía después de todos esos años.

Cuando ella estornudó, él capturó el ligero olor de enfermedad. Así que, ella estaba enferma también. Un poco conocido sentimiento de consternación arrasó sobre él mientras recordaba todas las veces que Rin había caído enferma. Simplemente ¿qué diablos estaba ella haciendo sola en medio de la nada, enferma y herida? El cruzó el claro para detenerse frente a ella.

"Kagome -" Ella saltó un poco con el sonido de su nombre, "–- ¿qué estás haciendo aquí?"

Grandes ojos lo miraron fijamente, y su rostro estaba limpio y pálido por la luz de la luna alta sobre ellos. Ella abrió su boca para hablar, pero estaba muy seca. Cerrándola, ella tragó, lamió sus labios, e intento de nuevo.

"No lo sé," ella respondió. "Soy una miko, no una hime."

Sesshoumaru hizo dar vueltas a esta respuesta en su mente por un rápido momento, profundamente confundido. Desafortunadamente, él no tuvo mucho tiempo para analizar su críptica declaración, porque, para su horror, ella se echó a llorar.

No era un llanto silencioso, delicado tampoco. Ella sollozaba en enormes bocanadas y enterrando su rostro en sus manos como si eso escondiera el hecho de que estaba gimiendo como una vaca lesionada. Sesshoumaru sintió un vagamente asustado gesto fruncido levantar su ceja. ¿Qué rayos sucede aquí? Él se preguntaba. El estaba perdido. El siempre estaba perdido cuando las mujeres lloraban.

"¡Kagome-sama!"

Poco expectante, Sesshoumaru volteó su cabeza y vio que Myouga finalmente se había despertado de la calidez de su peto y se había recolocado en su hombro. El estaba claramente disgustado de que la miko este disgustada – la pequeña pulga se veía como si tuviese un tipo de ataque por la forma en que estaba saltando arriba y abajo y agitando sus brazos. Sesshoumaru observó al viejo criado saltar de su hombro y aterrizar en la rodilla de Kagome.

"¡Kagome-sama!" él gritó. "¡Por favor no llore! ¡Nosotros la ayudaremos!"

¿Nosotros? Sesshoumaru se preguntaba. Los eventos se estaban dando un poco rápido para su gusto, y se preguntaba si Myouga iba a consultarle antes de tomar alguna otra decisión.

Por su parte, Kagome estaba experimentando un momento de disonancia cognitiva severa. Si ella tuviese que escoger la cosa menos sexy del mundo para salvarla de los pensamientos de una posible insignificante pasión, Myouga, saltando de arriba abajo en su rodilla, estaría en el principio de la lista. Con dificultad, Kagome fregó las lágrimas de sus ojos y se enfocó en su regordete cuerpo y arrugado rostro.

La parte posterior de su mente la golpeó, fuerte, y Kagome pudo sentir una cierta lógica formarse, y la calmó de alguna forma. De hecho, ella se sentía tan segura de sí misma que pudo saborear alivio en su boca, y repentinamente era ella misma; ella no era la hime. Ella aún era la miko, y Sesshoumaru era... bueno, era él aún, pero las piezas del rompecabezas fueron de repente congeniando, no en su lugar, pero en algún aparente orden. Ella sabía esto con certeza.

Porque nadie en su sano juicio tendría sexo con Myouga mirando; él era mucho mejor que tomar una ducha de agua fría.

Kagome quería besarlo, pero se abstuvo. Ella se estaba sintiendo un poco mareada, y todo había tomado ese extraño sentido de lo surrealista, de la forma en que lo hacía cuando ella estaba en la universidad y se quedaba hasta muy tarde estudiando para una clase. Parpadeando muy lentamente, ella pasó una mano por sus ojos, secando sus lágrimas. "Lo siento, Myouga-jii-chan. Solo estoy, um... un poco molesta ahora."

Myouga le lanzó una mirada llena de compasión. Saltando hacia su tobillo, él hizo una gran visualización examinándolo. "¡Ah!" finalmente dijo. "¡No se preocupe! ¡Podrá caminar tan pronto como mañana!"

Kagome suavemente lo sondeó con sus dedos de nuevo – ya parecía menos hinchado, pero aún dolía, y ella siseó entre sus dientes. Ignorando el hecho de que ella necesitaba caminar ahora, antes que mañana, cuidadosamente levantó su pie y lo colocó en su rodilla. Ella estaba algo sorprendida de encontrar la blanda media que ella había estado estirando aún en su mano – como si ella hubiese esperado que desapareciese, ella estaba obviamente en más problemas de lo que pensaba – y se puso a envolverlo lo mejor que pudo alrededor de su tobillo. "Gracias," ella dijo lo más cariñosamente posible. "¿Pero cómo me encontraron?"

Ella se lo había preguntado a Myouga, pero fue Sesshoumaru quien respondió. "Hiciste un escándalo," él le informó, aburrimiento quitándole color a su voz.

Kagome sintió una punzada de molestia, y hubiera regresado a verlo si no hubiese estado tan ocupada con la maldita media. Probablemente era culpa de él que ella no tuviese ganas de hacerlo ahora. El y su estúpido lindo cabello. "Si, bueno," ella respondió, apretándolo aún más, "no todos nosotros podemos ser perfectos. Algunos lloramos cuando nos lastimamos."

Sesshoumaru arqueó una ceja. "Bastante alto," él dijo.

Regresando a ver, Kagome frunció. "Bueno, excúsame," ella respondió enojada antes de regresar a su media. Ella estaba experimentando dificultades intentando atarla ya que simplemente no era muy larga. Su cabeza le dolía, su nariz y garganta estaban llenas y ásperas, y ella sentía como si iba a caer dormida o a llorar de nuevo. Kagome sospechaba que ella podría estar un poco sobresaltada.

El Lord demonio sintió cosquillas en su nariz con el olor de lágrimas no derramadas y su boca se torció con irritación. El no podía soportarlo cuando la gente lloraba. Tal vez si ella se distraía se abstendría de ese horrible rebuzno.

"Aún no has respondido mi pregunta," él dijo rápidamente, esperando hacerla pensar en algo que no sea en lo que sea que la estaba haciendo llorar. Después de pensarlo un momento él corrigió su afirmación con, "...satisfactoriamente."

Kagome regresó a ver de nuevo y surcó su ceja. "¿Qué?" ella preguntó, confundida.

"¿Por qué estás aquí?"

Myouga, aún en su pierna, se volteó hacia ella también. "Esa es una excelente pregunta, mi señor. Kagome-sama, ¿qué la trae por aquí nuevamente? ¿Leyó usted otra historia?"

"Um..." Kagome toqueteaba la media. Su cabeza se sentía llena de algodón.

"¿Historia?" Sesshoumaru preguntó, reduciendo sus ojos. Si no deja de estirar esa media, la fundiré, él pensó. Su paciencia se estaba haciendo pequeña esta noche y se preguntaba si podría alguna vez regresar a dormir.

Kagome evitaba su mirada fija y en cambio se dirigió a Myouga. "Algo así," ella dijo. "Pero no se si pueda hablar de ello." Ella entrelazaba la tela por sus dedos.

Apretando sus dientes, Sesshoumaru extendió su brazo y le arrancó la media de sus manos.

"¡Oye! ¡Necesito eso para vendar mi pie!" Kagome exclamó y sin pensarlo intentó quitársela. La punta de sus dedos la rozaron antes de que Sesshoumaru la moviese rápidamente fuera de alcance. Ella inmediatamente le lanzó una mirada furiosa.

"¿Por qué estás aquí?" él exigió una tercera vez.

"Devuélveme mi media y te diré," ella replicó.

Sesshoumaru dijo nada, meramente arqueó su ceja de nuevo. Kagome rápidamente fantaseó con depilársela mientras él duerma antes de darse cuenta de que probablemente no estaba en posición de negociar. No pensó que él la mataría, pero ella se había equivocado antes. Ella apretó sus labios y se sentó, cruzando los brazos.

"Yo... estoy buscando una hime," ella dijo.

Sesshoumaru dijo nada, solamente esperó que ella llenara el silencio.

Suspirando, Kagome dejó caer su mirada. "Tengo un asunto pendiente con ella."

Myouga saltó a su rodilla. "¿Qué clase de asunto pendiente, Kagome-sama? ¿Cuál es su nombre?" él preguntó.

Kagome se encogió de hombros. "No estoy muy segura, pero solo tengo que encontrarla. Su nombre es... Machiko."

A través de pestañas bajas, Kagome intentó observar la reacción Sesshoumaru hacia el nombre, pero como siempre él mantenía su máscara en su lugar. ¿Talvez Machiko nunca hubo mencionado su nombre? No parecía posible, pero cosas más extrañas han sucedido.

"¿Pero por qué esta aquí?" Myouga preguntó. Kagome se estaba cansando de esa pregunta.

"Solo tengo que estar en el noroeste. Ella me encontrará," Kagome le informó, pero ahora que lo pensaba Machiko probablemente no sería capaz de hallarla si ella no se daba a conocer por las aldeas. Frustrada, ella suspiró otra vez. Ella se había enfocado tanto en cumplir con la responsabilidad que había olvidado de hecho hacerla. Molesta consigo misma, Kagome se desplomó. "De todos modos, podría tener mi media, ¿ahora?"

Sesshoumaru le lanzó una mirada hiriente, y antes de que Kagome pudiese decir algo, desmenuzó la media en una larga tira.

"¡Oye! ¡No tengo muchas de esas!" ella gritó, arrebatándosela de sus dedos con garras. "Da suficientemente frío sin medias, ¡no creo que sobreviviría sin ellas!"

Sesshoumaru se encogió de hombros. "No sobrevivirás mucho de ninguna manera si no encuentras una forma de calentarte," él le informó.

"Ah, gracias por señalarlo," ella resopló. "Honestamente pensé que solo podría sentarme aquí toda la noche y estar genial por la mañana, pero me da gusto que estés aquí para decirme que es de otra manera." Ella tosió violentamente, lo que causó que la cabeza le doliera aún más.

Sesshoumaru no podía decidir si preguntar de su uso de la palabra 'genial' o enfadarla aún más diciéndole que no había por que agradecer, así que no dijo palabra y meramente observó mientras envolvía la arruinada media alrededor de su tobillo, haciendo pequeños sonidos de dolor mientras lo hacía. Se veía tan abatida, y enferma.

Hubo un poco conocido sentimiento revolviéndose en él, esparciéndose por su pecho y arriba en su garganta. Sesshoumaru pensó en los años que él había desperdiciado en el Este, en los interminables días en los que él hacía nada y era nada. El pensó en la pequeña niña con la que esta miko se había hecho amiga por tan poco tiempo, y de la joven mujer que ella había ayudado a vengar. El pensó en la Casa de La Luna, de pie nuevamente, por ella. Y aquí estaba ella, con frío y enferma y lastimada.

El se sintió culpable.

Myouga estaba hablando. "Kagome-sama, si encuentro una rama para usted ¿piensa que podría caminar de vuelta hacia su campamento? ¡Podría apoyarse en ella!"

"No lo sé," él la escuchó murmurar. Ella parecía estar en peligro de quedarse dormida.

Myouga lo había pensado, también, aparentemente. El saltó a su hombro, su voz de repente tensa y urgente. "¡No se duerma, Kagome-sama! ¡Es peligroso en el frío!"

"...Estoy bien..." ella farfulló. Sesshoumaru la observó mientras ella apoyaba su cabeza en su mano y trataba de enfocarse en la venda. Con titubeantes dedos, ella la ató y descruzó las piernas, preparándose para ponerse de pie.

Sesshoumaru alcanzó una decisión.

Por un breve momento, Kagome pensó que había sido confundida con todo esto del sexo, porque, sin previo aviso, hubo fuertes manos alrededor de su cintura, y después ella estaba siendo levantada en el aire. ¡Wiii! Ella pensó atolondradamente. Después de todo, había peores formas de perder la virginidad comparado a hacerlo con alguien que tenía tan lindo cabello.

Y después pudo examinar ese cabello mucho más íntimamente de lo que ella pensaba fuera posible cuando su estómago hizo doloroso contacto con algo fuerte. "Uuf," ella expulsó cuando aterrizó en el hombro de Sesshoumaru.

"¡Tenga cuidado conmigo, Sesshoumaru-sama!" Myouga gritó saltando hacia el otro hombro de Sesshoumaru. El demonio los ignoró a ambos mientras serpenteó un brazo alrededor de las piernas de ella y comenzó a caminar hacia la dirección de donde ella había venido.

"Oye, es educado preguntar si puedes hacer eso," ella le informó, a pesar de que su voz estaba algo amortiguada.

El demonio no dijo nada.

"Bueno, está bien," ella dijo. "Supongo que no te voy a hablar tampoco."

Considerando que ella se las había arreglado para confundirlo aproximadamente cincuenta por ciento del tiempo en que ella habló esta noche, Sesshoumaru no se opuso.

Por casi un minuto entero Kagome estuvo en silencio. Sus ojos se sentían pesados y todo le dolía y todo lo que ella quería hacer era servir el té caliente que había empezado a hacer e ir a la cama a lado de un cálido fuego, pero a penas tenía la energía para mantenerse despierta. Desafortunadamente, también se estaba sintiendo mareada al mismo tiempo, y el cabello frente a ella – largo, plateado, y estúpidamente lindo – se balanceaba suavemente mientras él caminaba. Ella lo encontró hipnotizante.

"Sabes," ella eventualmente dijo en tono de conversación, tratando de no pensar cuan cerca estaba la cara de él de su trasero cubierto de suciedad y hojas, "nadie me ha llevado en su hombro por años. La última vez que alguien hizo eso, me llevó de vuelta a su cueva e intentó hacerme su mujer." ¿Hace cuánto que no pienso en Kouga? Ella se preguntaba, y se sintió triste.

"No me digas," Sesshoumaru respondió. No parecía tener mucho que decir a eso. El olió el aire y giró. Entre los árboles él pudo ver la luz de su campamento que se desvanecía.

"No tienes que hacer esto," Kagome intento de nuevo. "Odio incomodarte."

Sesshoumaru no dijo nada. Se preguntaba que haría ella si él la botaba en el piso y la dejaba ahí.

Kagome se sentía mareada. "Esta bien, de verdad, te recompensaré de alguna manera. Quiero decir, te ayudaré a encontrar a esa joven y cosas así, y después serás feliz, ¿verdad? ¿Con tu hijo?"

El dejó de caminar. "¿Qué?" él exigió. El intentó voltearse hacia ella, pero en cambio recibió un vistazo de su trasero. El cual no estaba mal, en cuanto a traseros, pero inevitablemente se sintió tonto al lanzarle una hiriente mirada furiosa.

Kagome se rió tontamente. "Ah, si, eso es. No importa, es un secreto," dijo. Ella se rió de nuevo. Su cabello era tan lindo. Ella lo tocaría, pero algún instinto de auto-preservación le recordó que él tenía una tendencia a ser malhumorado con ese tipo de cosas.

Sesshoumaru dijo nada mientras caminaba dentro de su campamento, ya que ella estaba obviamente con fiebre y era incapaz de sostener una conversación inteligente. La colocó cerca del fuego lo más cuidadosamente posible aún sin ser ceremonioso, y ella se hundió hacia delante cuando golpeó el piso.

"Ve a dormir," él dijo, esperando que ella esté propensa a seguir órdenes en su estado febril.

"No hay problema," ella murmuró. Estaba tan cansada. Su bolsa de dormir solo estaba a un pie de distancia, así que gateó dentro de ella sin siquiera molestarse en sacudir las hojas que salpicaban su hakama.

El solo la observó mientras su respiración disminuía de velocidad hasta que una pequeña voz rompió la quietud.

"Sesshoumaru-sama," Myouga dijo desde su hombro, sonando ligeramente impresionado, "¿por qué hizo eso?"

Sesshoumaru solo se encogió de hombros. "No necesito darte explicación de mis acciones," él respondió. Que bueno, también, pensó. La verdad era que él raramente había hecho cosas por culpa antes, así que la sensación era casi nueva para él. Mientras colocaba más leña en el fuego, delineando el campamento en cálidos tonos de naranja y amarillo, él hizo una nota de no volverlo un hábito; no había duda de que él tenía muchas cosas por las que sentirse culpable.

En su bolsa de dormir, Kagome estornudó de nuevo mientras se desviaba hacia los sueños. Sesshoumaru se apoyó contra un árbol, y esperó que la noche terminase.