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Cuentos de la Casa de La Luna
Por
Resmiranda
Capítulo Doce
"Una de las lecciones de la historia es que 'nada' es a menudo algo bueno de hacer y siempre algo astuto de decir" – Will Durant
Atrapado en sus garras, su cabello se veía como sartas de luz de luna entrelazadas por las ramas de un árbol; brillante e incandescente cuando volteaba su mano hacia la luz, gris como el hambriento mar cuando dejaba que las sombras cayeran, y siempre deslizándose como seda sobre su piel – pesado, y difícil de sujetar. Distraído de su propósito original de sustraer unas cuantas hojas, Sesshoumaru miraba fijamente la red de plata, y pensó en su madre.
Era tan extraño el tenerla en su mente de repente – él no había pensado en ella por años. Efectivamente, él no pudo recordar la última vez que ella hubo caminado en puntillas dentro de su cabeza, de la misma forma que ella había caminado en puntillas dentro de su habitación por la noche cuando él era aún un pequeño, su astuta sonrisa media-escondida tras las largas mangas de su kimono color índigo, su plateado cabello en alborotados rizos y ondas. Ella siempre odió tenerlo recogido; su padre usaba una cola, raspando su cabellos hacia atrás lejos de su rostro, pero a ella siempre le gustaba estar libre de trabas, dejándolo caer donde debía, rizándose sobre sus delgados hombros y cayendo por su espalda, barriendo sobre su garganta, rozando los delicados huesos de sus mejillas.
El recordó que ella no era bonita. Su complexión y cabello eran sus mejores atributos, pero su rostro era tan brillante y abierto; ella nunca hubo sido recatada como todas las damas de corte. Ella tenía pecas y una nariz respingada. Su boca era muy amplia, sus ojos muy pequeños, y siempre tenía esa perversa sonrisa en su rostro así que él nunca supo decir si ella estaba planeando alguna broma tonta o no, aunque usualmente era mejor solo asumir que si. Cuando ella se deslizara dentro de su habitación y resbalara la puerta para cerrarla, ella siempre llenaba el lugar con su brillante aroma. Ella olía brillante, como una cálida, anaranjada puesta de sol.
"¿Papá?" él preguntaría. El era tan joven cuando ella vivía. Tan pequeño. Solo un cachorro, aunque a él le gustaba pensar que no lo era.
"Está durmiendo," ella susurraría. "Tuvo un día difícil."
"Ya veo," él diría, y ella siempre reiría y caería sobre él y lo levantaría de su cama y lo columpiaría en el aire antes de llevarlo cerca con sus fuertes brazos y frotar su respingada, torcida nariz contra la suya que era derecha. Sesshoumaru cerró sus dedos alrededor de las sedosas hebras de su cabello e intentó recordar su voz.
"¡Tan solemne, mi pequeño niño! Deberías sonreír más."
"Tú sonríes lo suficiente por los dos," él dijo. Su madre solo rió suavemente en la oscuridad mientras lo llevaba hacia la ventana, donde lo colocó en el piso.
"Ahora," ella dijo, sus manos en sus caderas, "dime que hizo mi pequeño hoy."
"Aprendí mis números," él le informó.
Sus ojos destellaron un poco mientras alisaba su kimono y se asentaba frente a la ventana. Dando palmaditas en su regazo, ella extendió una mano. En la débil luz de las estrellas, las puntas de sus garras brillaron suavemente. "¿Y...?"
El suspiró. Ella siempre lo trataba como a un bebé, pero él fue hacia ella de todas formas. Siempre impaciente, ella lo agarró y lo llevó hacia su regazo.
"¿Y por qué no los dices para mí?"
Tan cálida y delicada. El supuso que se podía relajar un poquito. Cautelosamente se reclinó sobre la curva de su cuerpo, y sus brazos se deslizaron alrededor de su pecho y lo llevaron más cerca.
"Aprendí como escribirlos también," el dijo.
"Ah ¿si?" ella rió. "Aquí." Frente a él, su mano derecha se abrió y floreció, piel blanca, como una flor en luna llena. "Dibújalos en mi palma."
Frunciendo con concentración, Sesshoumaru extendió un dedo y, cuidadosamente para no rasguñar su mano, empezó a dibujar.
"Ichi," el susurró, trazando una larga línea recta. "Ni –" una línea corta sobre una larga," –san" dos líneas cortas sobre una larga, "- shi, go, roku – " su forma favorita, "- sichi... ¿ku?"
"Ah-ah," su madre dijo. Su barbilla descansaba en la corona de su cabeza. "Ku es después de..."
Sesshoumaru se mordió el labio. El pudo sentir la piel deslizarse sobre su grueso, lacio cabello y reunirse en los bordes de su mandíbula, sonriendo.
"H... haaaaaaa..."
"¿Hachi?"
"¡Muy bien!" ella exclamó. " ¿y luego?"
"Ku... y jyu."
Retrayendo su mano, ella colocó su brazo por su pecho de nuevo. "Chico listo," ella dijo cariñosamente.
"Lo sé," el respondió.
"¡Ah! ¡También arrogante! ¿Cuándo aprenderás que solo tu madre es perfecta?"
"Hmph," él gruño.
"Tan pomposo," ella le dijo, dando un golpecito en su nariz. De repente ella juntó sus manos en una palmada. "¡Tengo una idea! Vamos a contar las estrellas."
Sesshoumaru levantó sus ojos y miró con receló hacia el cielo. "No creo que aprendí tantos números." Él dijo dudoso.
"¡No te preocupes!" ella susurró. Ella inclinó su cabeza, dejando que la pesada cortina de cabello cayera hacia el lado, y algo de él rozó su hombro, causándole que temblara un poco. Zigzagueado sus largos dedos entre los brillantes rizos, su madre sacó una sección de su cabello frente a ellos, cabellos cayendo sobre cabellos, resbalando bajo y alrededor de si mismo hasta que se veía como una red plateada, espantosamente fina y aparentemente frágil. "Atrapa las estrellas con esto. Después podremos tomarnos nuestro tiempo."
"Eso es imposible," el resopló.
El no pudo ver su rostro, pero estaba seguro de que ella arqueó una ceja. Eso siempre se vio tan pícaro en ella, pero siempre que él lo practicaba en un espejo, él se veía esnob. "¿Es ahora?"
Rápida como el relámpago, ella pasó una mano sobre la improvisada red, empujándola en la ventana, en contra del cielo. Cuando ella retiró su mano, Sesshoumaru sintió sus ojos engrandecer. Atrapadas en los hilos de su cabello, había pequeños cristales, brillando en la luz de la luna.
Corriendo una mano por su mejilla, ella besó la cumbre de su cabeza. "¿Ves? Magia."
Sesshoumaru dijo nada. Su madre suspiró y empezó a sacar las estrellas de su cabello y las lanzó de vuelta a la ventana. "Encontrarán su camino de vuelta," ella le dijo.
"Ah."
Ella recostó su barbilla en su hombro. "Ríe, mi querido, ríe. Es algo maravilloso. No seas tan solemne."
Una a una, las estrellas volaron fuera de su ventana y de regreso al cielo.
Fueron solo unas semanas después que él aprendió que las estrellas solo eran veneno cristalizado que ella creaba con sus garras, y él se había sentido tan decepcionado que casi fue un dolor físico. Ella siempre le estaba contando historias y jugándole bromas; ella adoraba los buenos chistes. Y cuando ella murió, ella nunca volvió a reír nuevamente.
Ella había estado muerta una semana cuando el caminó en puntillas dentro de su habitación, un hosco adolescente con una lengua tan hinchada por las lágrimas reprimidas que casi no podía respirar. Suavemente él había entrado y se había detenido ahí, mirando su cama y sus bajas mesas, su guardarropa lleno de gruesos kimonos, por lo que pareció una hora antes de que él finalmente caminara hacia la baja mesa a un lado de la habitación donde ella había pasado tantas horas sentada y leyendo o escribiendo.
Sus pasos sonaban fuertes en el silencio de la habitación, incluso cuando él intentaba ocultarlos. Cuando alcanzó la mesa, el dejó que sus ojos cayeran en la brillante superficie y trató de categorizar los objetos ahí, intentó impasiblemente de hacer resbalar los desechos de su existencia dentro de pequeñitos compartimentos, trató de cerrar la única cosa que los había encordado a todos ellos juntos.
Había un rollo de pergamino en ella, y una pequeña colección de conchas, y tinta endurecida y papel con casi incomprensibles garabatos en él. El no podía soportar verlos. Lentamente, él extendió una mano y ligeramente corrió las puntas de sus dedos sobre el rollo de pergamino y las conchas, sintiéndolos. El estaba rondando sobre el papel, solo sintiendo su textura pero no leyéndolo cuando por el rabo de su ojo él notó algo que había sido accidentalmente tumbado bajo la mesa. El movimiento innecesario era doloroso y fatigante, pero de todos modos él se arrodilló y lo recogió.
Era su cepillo de cabello plateado, pulido y brillante, y atrapados en las cerdas había largas hebras de su luminiscente cabello, rizadas y salvajes incluso cuando muertos. Cuidadosamente, él corrió un dedo por una ondulada, sedosa hebra mientras se desenredaba de las cerdas y bajaba casi hasta el piso.
Irracionalmente, él había querido hacer algo simbólico, como dejar pequeños cristales envenenados en su cepillo, o recoger todas las hebras juntas y guardarlas dentro de sus mangas o plegadas cerca de su corazón. Algo – cualquier cosa – para mantenerla a ella con él, y él envolvió el cabello alrededor de sus dedos y sofocó un estrangulado gruñido. El debería hacer un gesto, para demostrar que la amaba, para demostrar que la quería de vuelta. Su padre la necesitaba, él la necesitaba, y su olor aún estaba a su alrededor, y si solo pudiera hacer lo correcto, estaría bien –
Tan abruptamente como vino a él, él sentimiento pasó, dejándolo con un pesado vacío.
Es muy tarde, él pensó entonces. Muy tarde para eso.
Como moviéndose por agua, él dejó él cepillo en su lugar. Lo miró por un momento antes de voltear su talón y dejarlo atrás, para nunca regresar a esa habitación hasta años y años en el futuro, cuando ella estuviera más que olvidada.
Ahora, sentado lejos de la Casa de la Luna, Sesshoumaru deseó haber guardado su cabello. Era muy tarde para hundir sus garras en ella y mantenerla a su lado, pero él había aprendido que nunca era muy tarde para lamentarse.
Mientras su propio cabello, dócil y lacio y grueso, resbalaba por sus garras recogió los rayos del sol mañanero, y de repente él sostenía fuego en sus manos. Era un fuego que no quemaba, Extraño, eso.
Un respiro ruidoso lo alcanzó y él volteó su cabeza para mirar hacia el bulto de miko en su extraña cama que parecía un capullo. El respiró profundamente y encontró que ella olía menos enferma esta mañana, lo cual era bueno.
Sesshoumaru se levantó, y fue a despertarla.
...o...
Había un dedo de pie rítmicamente enterrándose en su espalda, y Kagome se estaba volviendo algo irritada con él. Su cabeza le dolía, sus senos nasales se sentían como si alguien hubiese metido una esponja de acero dentro de su rostro, y todo lo que ella quería eran solo cinco minutos más antes de tener que despertar y perseguir alguna ingenua, criticada hime por todo Japón.
En vano, ella aplastó el aire en la imprecisa dirección de su espalda. "Ya basta, Inuyasha. Es muy temprano," ella farfulló, metiéndose aún más dentro de su bolsa de dormir como una descontenta tortuga.
Su atormentador se detuvo y Kagome respiró un suspiro de alivio mientras sintió el sueño arrastrarse sobre ella. Era tan cálido y agradable en esta bolsa de dormir...
Pero.
Ahí estaba de nuevo, excepto que más fuerte esta vez – un muy insistente dedo de pie empujándola entre sus omóplatos. "¡Nnnn!" ella gimió en protesta, pero sus patéticos chillidos por piedad parecían no tener ningún efecto.
Golpe. Golpe.
Solo ignóralo, y se irá, Kagome pensó desesperadamente, incluso si ese particular curso de acción nunca antes había obligado a Inuyasha a marcharse. Ignorar, ignorar, ignorar...
Golpe.
Golpe, golpe.
Golpe golpe golpe golpe golpe –
Kagome apretó sus ojos, se sentó abruptamente en su bolsa de dormir, y gritó.
"¡ABAJO!"
Nada ocurrió. Cautelosamente, Kagome forzó un ojo a abrirse y vio ropas blancas y zapatos negros. Su mirada viajó por una pierna vestida de blanco, hacia el claro obi, sobre la pesada armadura, y finalmente se detuvo en el rostro de Sesshoumaru quien estaba mirando, si su expresión podía ser descrita en algo, molesto.
Cualquier otro momento ella hubiese estado asustada de ver al Señor demonio al despertar, pero algo estaba estropeando su fría, peligrosa apariencia.
Kagome inclinó su cabeza hacia un lado. "¿Sabías que tienes una hoja en tu cabello?" ella se preguntó en voz alta.
Como si nada, Sesshoumaru se veía aún más molesto mientras levantaba un rayado brazo y delicadamente retiraba el ofensivo follaje de sus inmaculados flequillos plateados. Lentamente, como para estar seguro de que ella estuviese mirando, él sostuvo la hoja entre sus dedos índice y medio, y ante sus ojos la hoja se desintegró en veneno. El bajó su mano.
"Y ahora no," él le informó.
Kagome se rió nerviosamente mientras movía en su bolsa de dormir. "Nop," ella estuvo de acuerdo. "Indudablemente te encargaste de ella." El no respondió, solo la miró fijamente, y ella encontró que en la lista de los paisajes más confortantes temprano en la mañana, el tener a un Señor demonio feudal viéndose como si se preguntara cómo la cabeza de uno se vería como un trofeo en su pared estaba definitivamente al final de la lista. Retorciéndose con incomodidad, ella miró hacia otro lado en busca de una distracción.
La primera cosa que capturó su ojo fue el fuego – extrañamente, estaba más alto de lo que ella lo había dejado la noche anterior. Frunciendo, Kagome exploró su mente. Sus recuerdos de anoche eran un revoltijo de confusión, y ella sacudió su cabeza ligeramente como para ponerlos en su lugar.
Ella recordó ser muy, muy incoherente. Con fiebre, ella había perdido su lugar de campamento de alguna manera, y su pierna estaba lastimada...
Kagome sacó su pie de su bolsa de dormir y lo inspeccionó cuidadosamente. No parecía haber alguna hinchazón mayor, y solo estaba un poco sensible cuando lo inspeccionó con sus dedos. Ella se encogió de hombros; no pudo haber sido algo tan severo o su pie estaría morado y tan hinchado como el tamaño de un Honda. ¿Qué más?
Un rubor se arrastró por su rostro. Ella recordó a alguien cargarla, y ella había estado cautivada por su cabello. Incapaz de mirar a Sesshoumaru, quien aún permanecía parqueado estoicamente al lado de su cama, Kagome empujó el recuerdo fuera de su mente. ¡Continuando! Ella pensó alegremente. ¿Qué más?
Ella había corrido, y hubo miedo. Algo la había perseguido, y había sido grande y peludo. Kagome se sintió enferma. Lentamente se volteó hacia Sesshoumaru y abrió la boca.
"¿Yo – yo maté un oso anoche?" ella le preguntó, sintiéndose culpable por matar a un animal.
Sesshoumaru había observado con interés mientras ella se inspeccionaba para estar segura de que todas sus extremidades estuvieran en sus lugares apropiados. Su pregunta le sonó algo extraña; él asumió que ella había estado con demasiada fiebre como para recordarlo. "Si," él le dijo. Y bastante impresionantemente, también, él añadió mentalmente Ella era bastante fuerte para ser una humana, pero no aguantaría mucho con un oponente real.
Kagome vio sus ojos brillar un poco, y ella pensó haber visto aprobación en su rostro. Ella pestañeó y se había ido. "Ah," ella comentó, asintiendo mientras otra idea la golpeó. Ella realmente no era una persona mañanera últimamente. "Y... ¿por qué sigues aquí?"
El demonio pareció ligeramente afrentado, e inmediatamente una ola de horrorizada vergüenza barrió sobre ella. Kagome palmeó una mano sobre su boca. Débilmente, ella se dio cuenta de que aún no estaba pensando claramente; su madre hubiera estado decepcionada. "Ay, dios, ¡lo siento!" ella exclamó. "¡Eso fue muy grosero! Lo que quise decir es que... bueno, quise decir, 'por qué sigues aquí,' pero lo que debí haber dicho es... um... ¿gracias?"
El demonio la miró su nariz hacia ella. "¿De qué?"
Kagome se retorció fuera de la bolsa de dormir y se levantó, manteniendo su peso fuera de su pie lastimado. Ella era aún una o dos cabezas más pequeña que él, pero por lo menos ella no se sentía tan pequeña ahora.
"Por cargarme de vuelta," ella le recordó. "Gracias."
El no respondió.
Es muy temprano para ser así de incómodo, Kagome pensó mientras el silencio se extendía.
"Así que... ¿por qué sigues aquí?" ella le preguntó de nuevo, notando su aliento rizarse en el aire frío. Era la única cosa en lo que ella pensaba romper la congelada quietud de la mañana de invierno.
Sesshoumaru solo la miró atentamente antes de encogerse de hombros elegantemente. El no estaba no completamente seguro tampoco, pero no había otro lugar en el que él necesitara estar en este momento. Aquí era tan bueno como en cualquier otro lugar.
Kagome esperó, pero pareció que él no iba a ofrecer más información. El realmente la estaba haciendo sentir incómoda; cuando él no estaba peleando él podría verse verdaderamente intenso, como un perro con un hueso. Rápidamente, Kagome consideró agarrar un palo y lanzarlo, solo para ver si lo perseguiría, pero esa idea fue precipitadamente abandonada ya que era probablemente difícil con peligro. Buscando impotentemente, sus ojos se fijaron en su mochila.
¡Ah-ja! Ella pensó triunfantemente. ¡Un tema seguro! Volteándose hacia Sesshoumaru, ella puso un rostro alegre.
"¿Te gustaría desayunar?" ella preguntó, tratando de ser tan alegre como fuera posible para sonar con una nariz congestionada.
"No," el respondió.
Ella sintió su frente arrugarse. "¿No tienes hambre?"
Pensar en comida hizo que su estomago se volteara un poco. "No."
"¿Así que no quieres desayuno?"
Su ceja tembló. "No."
Kagome sintió que se le acababan las opciones educadas. "Entonces, ¿té?" ella sugirió.
"No."
"¿Qué tal café? ¿O agua?" ella dijo desesperadamente.
El le dio una mirada llena de aburrida irritación. "No," el respondió.
La débil paciencia Kagome se rompió. Ella se estaba sintiendo enferma, su pie aun estaba lastimado, hacía frío. "¿Quisieras no ser tan complicado, entonces?" ella exigió.
Sesshoumaru pestañeó.
Por medio segundo, el corazón de Kagome se detuvo. Ella recordó que no había rosarios encantados ahora. ¿Por qué mi vida no destella ante mis ojos? Ella pensó. Eso se supone que debe pasar antes de morir, ¿cierto? Ella casi apretó sus ojos para cerrarlos, pero no se movió.
Finalmente, Sesshoumaru abrió su boca.
"¿No?" el respondió. Extraordinariamente, el sonaba confundido.
Kagome optó por no presionar más el asunto. "¡Bien!" ella dijo contenta. "Entonces yo tomaré té, si está bien contigo." Ella encontró que no necesariamente disfrutaba de su compañía, pero aún era agradable él tener a alguien alrededor para distraerse de sus solitarios pensamientos.
Otro irritante encogimiento de hombros elegante. Incongruentemente, Kagome decidió que sus hombros debían estar muy bien formados para poder tener la suficiente fuerza para encogerse de hombros con toda esa armadura sobre ellos. Sacudiendo su cabeza, ella se volteó hacia su mochila y sacó una botella de agua, una tetera, una ligeramente aplastada bolsa de té, y una taza de plástico grueso. Tan eficientemente como fuera posible, ella se movió con rapidez alrededor del inmóvil demonio y empezó a hacer las pequeñas cosas que mantenían su caótica vida en orden y su harapienta sensatez intacta.
Observándola, Sesshoumaru se preguntaba si aún ella se encontraba confundida. Ella se movía tan rápido como fuera posible cuanto su pie lastimado le permitiera, como si estuviese tratando de alejar su mente de algo. Interesante, él pensó.
Las familiares acciones la calmaron. Colocando la tetera sobre el aún animado fuego, Kagome se volteó hacia Sesshoumaru de nuevo. "¿Te gustaría sentarte, al menos?" ella le preguntó.
Sintió una aguda punzada de alivio cuando él elegantemente bajó su forma al nivel del suelo al lado de su bolsa de dormir. Kagome arrastró los pies en la corta distancia hacia él e hizo lo mismo. Ellos se sentaron en, si no en sociable silencio, entonces por lo menos en callada y vaga comodidad. Kagome se encontró a si misma relajarse solo un poco en el aire frío cuando Sesshoumaru se movió, muy suavemente, donde estaba sentado.
"¿Qué te trae por aquí, miko?" él dijo, de repente.
Kagome saltó. ¿Qué? Ella pensó, antes de darse cuenta que sería mejor si articulaba ese pensamiento antes que solo mirar a Sesshoumaru como un pez pasmado. "¿Qué?" ella dijo en voz alta.
Sesshoumaru volteó su cabeza para verla a los ojos. Era una pregunta simple. "Anoche dijiste que estabas en busca de una hime. ¿Es esto cierto?"
Ella bajó la mirada y miró fijamente sus manos; ella sintió un rubor subir por sus mejillas. "Si, lo estoy," ella confirmó.
"¿Por qué?" el exigió.
"Porque se supone que debo hacerlo," ella respondió.
Sesshoumaru reprimió la urgencia de virar los ojos. "No. ¿Por qué estás aquí esta vez?"
Sobresaltada, Kagome regresó a ver. "¿Sabes sobre eso?" ella preguntó. "¿Quién te lo dijo?"
"Myouga."
Estúpida pulga, ella pensó malhumoradamente. Sus viajes a través del tiempo supuestamente debían ser un secreto. "Ah," era todo lo que ella pudo pensar en decir a eso.
Sesshoumaru dijo nada más. El encontró que el silencio hacía que las personas quisieran llenarlo y eventualmente dirían algo útil. El truco estaba en parecer intensamente interesado a la vez que pensar por completo en algo más hasta que algo que él pudiese entender surgiera.
El no tuvo que esperar mucho. "Yo... yo leí una historia." Kagome estaba consiente de cuan tonto eso se oía, e intentó arreglarlo. "Quiero decir, leí una historia en la que yo estaba, y desde que yo no, um, lo he hecho aún, eso significaba que debía volver en el tiempo para ocuparme de ella."
Sesshoumaru asintió. Ah, un deber, él pensó. Eso era algo que él podía entender.
"Así que... es por eso que estoy aquí." Kagome hizo girar un mechón de cabellos distraídamente alrededor de su dedo y mordió su labio. El Señor demonio aún la estaba mirando, como si estuviese esperando algo, y Kagome odiaba decepcionar a las personas. El conocimiento de que lo que la hime y el príncipe demonio habían hecho en el bosque era una enorme, incómoda – sin mencionar vergonzosa – cosa en su mente, como un elefante al que ella no quería mirar o hablar de. Ella había regresado para encontrarlo, y aquí estaba, aunque adelantado al horario.
Ahora que él de hecho estaba frente a ella, Kagome solo se preguntaba que diablos le iba decir a él cuando ella lo encontrara. ¿Como exactamente podría uno abordar el tema de estadías de una sola noche con alguien, especialmente alguien que ella no conocía bien? Ellos lucharon contra un enemigo en común, claro, pero eso muy difícilmente los colocaba en algo más que términos de conocidos por saludo. Habían pasado años – años – desde la última vez que él había intentado matarla, pero aún lo había intentado; aunque incluso ahí no hubo sido nada... bueno, personal. ¡Al diablo con él! Solo no había una forma de saber en que términos estaban ellos dos, y aunque ella sabía que tenía que preguntar, Kagome se sintió de repente extremadamente incomoda. Ella encontró que ella preferiría estar en cualquier lugar antes que aquí, a punto de preguntarle a un peligroso demonio acerca de su vida sexual.
En su mente, Kagome probó varias transiciones. Disculpa, pero ¿Tuviste sexo con una hime humana hace nueve meses? ¿Si? ¡Sorpresa! ¡Vas a ser papá! Dios eso sonaba horrible. Así que... ¿accidentalmente tuviste sexo con una humana en el bosque últimamente? No, no. Eso era ridículo. ¿Con que siguiendo los pasos de tu padre, eh? Era aún peor. Ella se preguntaba cuanto viviría después de hacerle esa pregunta.
El aún estaba esperando que ella dijera algo. Ay, rayos.
"Vine para buscarte," ella espetó, entonces inmediatamente lo lamentó. Genial, ella pensó. Eso fue como mantequilla. Kagome quería patearse a sí misma.
Sesshoumaru había estado catalogando el número de hojas en el tronco justo detrás de Kagome, pero por su repentina declaración perdió la cuenta. Su plan de mantenerse callado hasta que ella dijera lo que él quería escuchar fue de repente olvidado, el inclinó su cabeza muy ligeramente. "¿A mí?" él dijo. Bueno, eso fue inesperado, él pensó. El no sabía que era lo que él había estado esperando que ella dijera, pero no era eso.
"¡Ajaja!" Kagome rió nerviosamente. "Um, si. Al menos, creo que te estaba buscando. Bueno, se suponía que debía buscarte después de que encontrara a la hime, pero si."
La confusión reinaba. "¿Por qué necesitarías encontrar a una hime humana antes que a mi persona?" Ella estaba ruborizada de nuevo, y él podía oler su sangre, caliente y rápida, circulando cerca de la piel.
"¡Ajaja!" ella dijo de nuevo. Sesshoumaru se preguntaba si esa caída que obtuvo por huir del oso había consternado algo en su cerebro. Talvez una conexión había sido zafada. ¿Funcionaba de esa manera? El notó que ella estaba torciendo las mangas de su haori, justo como cuando la había visto esa noche, antes que volviera a ser él de nuevo.
"¿Bien?" él incitó.
"¡Ah!" la miko chilló y cubrió su rostro con sus manos. No le estaba yendo muy bien. "Um... ah... ay, dios..."
"... ¿si?"
Ella se veía como si le estuviese dando un ataque. "¡Ay, no!" ella gimió, sacudiendo su cabeza de atrás para adelante.
Sesshoumaru se preguntaba que demonios le estaba pasando, y deseaba que Myouga estuviese por ahí para decirle si esto era un comportamiento normal o no, pero la maldita pulga se había ido a vagabundear en busca de comida.
Ella aún estaba gimiendo en sus manos cuando Sesshoumaru decidió que era suficiente. El la alcanzó, agarró sus muñecas, y retiró sus manos de su rostro, mirándola directamente a los ojos.
"¿Qué?" él exigió.
Kagome apretó sus ojos y encordó sus palabras juntas, sabiendo que si ella no las sacaba lo suficientemente rápido nunca lo diría. "¿¡Teacostasteconunahimehumana!?" ella chilló, su rostro ardiendo de la humillación. Sus manos se sentían como esposas. Ella haló, pero el la sostuvo rápido.
¡Estoy muerta! ¡Ay, dios, ay dios, ay dios, voy a ser solo un charco de humeante cosa pegajosa verde cuando termine conmigo! Kagome se rindió y se encorvó, esperando el golpe de muerte. Mama, Jii-chan, Souta, ¡Lo siento!
Hubo una larga pausa, en la que nada ocurrió. Después de un momento, Kagome abrió sus ojos. La vista que los recibió era tan increíble que ella tuvo que abrirlos por completo.
Ojos amplios y ligeramente boquiabierto, Sesshoumaru se veía pasmado. Ella solo lo había visto verse de esa manera una vez, cuando ella hubo accidentalmente sacado la Tetsusaiga del trono como una tonta, moderna Arthur, y encontró que le gustaba. Era tan agradable verlo desconcertado por ella para variar, más que al revés.
Lentamente él abrió sus dedos de sus muñecas y se sentó. Kagome se frotó los brazos donde ella aún podía sentir la marca de sus manos y lo miró cautelosamente. Ya que no la había matado al instante, era probablemente una buena apuesta a que no lo haría, pero a pesar de todo ella quería mantenerse lista sobre sus pies. No que mantenerse lista sobre sus pies ayudaría, ya que él era inhumanamente veloz. Finalmente, pestañeando un poco, él habló.
"Soy incapaz de comprender el estado mental requerido para contemplar siquiera pensar sobre esa pregunta," él le dijo.
Kagome sabía a lo que se refería. "¿Disculpa?" ella ofreció.
Sesshoumaru meramente elevó sus cejas.
Agitando una mano, Kagome intentó explicar. "Bueno... la historia – que encontré, en la que yo estoy, recuerdo que – mencionaba que la hime tuvo un hijo de... um... el inu-ouji. Solo asumí que eras tú."
Sesshoumaru pudo sentir su boca torcerse en desagrado. "Soy yo," él le informó. "Pero te aseguro que no he tocado a una hime humana." Entonces, solo en caso que ella no lo hubiera entendido a primera vez, él añadió. "Jamás."
"¡Te creo!" Kagome le aseguró, ya que sus ojos se estaban ajustando de nuevo y ella encontró que eso no le gustaba en absoluto. "Es solo que – ¿Supongo que la historia lo tomó mal?"
"Si," él dijo. "Lo hizo."
Kagome pausó. "¿Estás seguro?"
"¡Si!"
"¡Bien!" Kagome respondió de prisa. "Entonces, um, no te estaba buscando a ti, supongo." La irritación la inundó. Encontrarse con un actor principal de la historia antes hubiera hecho su trabajo mucho más fácil, pero pareció ser que ella estaba de vuelta al cuadro número uno.
Sesshoumaru le lanzó una mirada. "¿Estás molesta de que yo no sea carente de principios para así acostarme con una humana?"
Bien. Ella lo había ofendido. "Bueno, hubiera hecho mi vida más simple, pero está bien," ella dijo, su mano levantada en un gesto calmante, "Así que supongo que solo encontraré una aldea y buscaré a la hime y tú puedes irte a hacer..." sus palabras desaparecieron, y luego volvieron. "Bueno, lo que sea que hagas."
"Hmph," él dijo. "¿Es esta la razón por la que estuviste parloteando acerca de mi inexistente hijo anoche?"
Kagome se sonrojó. Se estaba volviendo buena en sonrojarse. "Si, lo lamento," ella dijo de nuevo.
Sesshoumaru asintió, como si eso lo explicara todo.
Volteándose, Kagome suspiró. De vuelta al principio otra vez. Ella se sintió pesada, y cansada. La tonificación que había sentido, pensando que ella habría terminado con su deber más temprano que lo anticipado se había evaporado por completo, y eso, junto con creer que ella estaba a punto de ser asesinada dos veces esta mañana, la dejó completamente agotada. Ella trató de concentrarse y recordar la última vez que ella hubo cruzado por un camino. ¿Hace un día? ¿Dos? Era tan difícil. Ella lloraría si no necesitara su fuerza.
Kagome se inclinó hacia delante, apoyó su cabeza en sus manos, y cerró sus ojos.
Sesshoumaru observó a la miko como la vida parecía escaparse de ella, y sintió una punzada de compasión. El podía ver que ella estaba inclinada bajo el peso de una carga; él había conocido ese mismo sentimiento de aplastante obligación tantas veces antes. Cualquier cosa podría aplastar a alguien, cuando era apropiadamente aplicada, igual que casi cualquier cosa podría matarlos si fueran usadas apropiadamente. Ella estaba medio-muerta bajo su obligación; él se preguntaba cuanto podría continuar ella si algo no se doblaba antes.
No por primera vez, le recordó a Rin. Rin, quien nunca hubo querido algo y quien nunca hubo sentido las cadenas de la obligación serpentear alrededor de sus extremidades y la hubieron arrastrado hacia abajo. Ella había vivido una vida feliz porque él la había mantenido bajo su cuidado, diciéndose a él mismo que porque su vida le pertenecía cuando realmente había sido al revés. El había sacrificado y perdido tanto por ella – no, no por ella – porque era su feliz obligación hacerlo. Y él la había perdido, pero esta miko, quien había regresado por historias, por cuentos del pasado, había conciliado su pérdida y deseo, y ahora él podía sentir las mismas olas negras de agotamiento – las mismas que él sintió hace menos de un mes – rodar por el cuerpo de ella.
Ella se veía tan joven y asustada, y muy, muy cansada.
Sesshoumaru tomó una decisión.
Kagome regresó a ver y fue sorprendida al encontrar al Señor demonio aún sentado ahí. Por alguna razón, ella pensó que él ya se habría ido, sin una palabra como lo había visto hacer frecuentemente. Ella le dio una tenue sonrisa. "Creo que esto es adiós," ella dijo, pensando que él podría haber estado esperando su despedida.
Sesshoumaru se encogió de hombros, y Kagome frunció. "¿Hay algo más que quieras saber?" ella le preguntó. Ella no podría por su vida pensar que más le gustaría preguntar, pero ella intentaría ayudarlo.
El no respondió. "Yo creo que me quedaré," él en cambio anunció.
La boca de Kagome cayó abierta.
"¿Eh?" ella dijo inteligentemente.
La mirada que él le dio la hizo sentir como una idiota. "Me quedaré."
Ella aún debe estar soñando. Eso tenía que ser. "¿Por qué?" ella exigió. "¿No odias a los humanos? ¿Por qué te quedarías conmigo?"
El se encogió de hombros. "Mis razones son mías," él dijo enigmáticamente.
La ira se dilató. "Espera, yo no dije que tu podías viajar conmigo. Eso es lo que estás planeando hacer, ¿no?"
El asintió.
"Bueno, no tienes que," ella le informó arrogantemente. Ay, Dios, alguien con quien hablar, alguien con quien distraer tu mente, alguien ahí... ella pensó incoherentemente. Ella empujó la susurrante voz a un lado. "No seré una carga para nadie."
Esta vez ella supo que no era su imaginación; una mirada de enojo centelleó por su rostro. "No insinúes que soy tan débil como para decir que tu serías una carga," él dijo, igual de arrogante.
"¡No es lo que quise decir!" ella bufó. "Quise decir, ¿No tienes mejores cosas que hacer, otras más que seguirme por ahí? ¿No tienes un reino o algo que cuidar?"
Sesshoumaru meditó. "Estoy en un – "¿cuál era la expresión que Myouga había usado? "- viaje prolongado."
Kagome arrugó la nariz. "¿De vacaciones?"
Aunque él nunca había escuchado la palabra antes, Sesshoumaru aprovechó. "Si."
"¿Quieres pasar tus vacaciones conmigo?"
Resoplando, se volteó hacia otro lado. "Yo no dije eso," él le recordó. "Dije que me quedaría."
"¡No necesito que te quedes!"
"Supongo que escaparás del siguiente oso con tu pie lastimado," él dijo despreocupadamente. "Y del siguiente. Y tú por supuesto te defenderás adecuadamente de grupos de bandidos con tu arco y -" él miró su carcaj, "- tres flechas."
"¡Ah!" ella bufó. "Puedo cuidarme sola."
"Eso es justamente lo que dije," el replicó.
"Bueno, entonces no tienes que venir conmigo," ella respondió.
"Pero lo haré."
Si ella hubiese estado de pie ella hubiera dado patadas en el suelo. "¿Por qué?" ella exigió nuevamente, queriendo rendirse, necesitando compañía, extrañando a Myouga, extrañando a sus amigos, extrañándolo a él sentado frente a ella.
Me siento sola, le había dicho a su madre. Ella quiso lanzar algo.
Sesshoumaru no veía que era lo difícil de la situación, así que dijo la única cosa que supo que ella entendería, la única razón que él podría dar. "Tómalo como pago de una deuda," él respondió.
Todo el aire salió de ella, Y Kagome se desinfló. Abruptamente se levantó en sus pies y se volteó hacia otro lado, no queriendo que él viera su rostro.
Ella sentía como si le hubiesen golpeado en la barriga. Inclusive sabiendo lo que ella le había ayudado a hacer, ella nunca pensó que él sentiría que estaba en deuda con ella. Era solo algo que ella debía hacer, como encontrar la perla, como amar a sus amigos, como entregar su felicidad por el futuro del mundo. Siempre había sido una responsabilidad que ella había llenado; ella nunca había pensado que alguien le estaría agradecido por lo que ella hizo.
Desde ese primer día, ella había hecho lo que tenía que hacer. Y de repente alguien lo había notado.
Kagome se volteó hacia él otra vez, y lo vio en el nuevo amanecer.
Parada en la luz de la mañana, la miko parecía casi insustancial, como si la brisa la soplaría y la borraría. Sesshoumaru se entretuvo con el pensamiento de empujarla ligeramente por el pecho y verla caer mientras él esperaba una respuesta.
Al menos pareció recapitular. "Está bien. Pero no puedes matar a nadie," Ella anunció.
Sesshoumaru frunció. "Pero -" él empezó.
"¡Esas son las condiciones!" ella lo interrumpió. "A menos que seamos atacados, ¡No puedes matar a nadie! ¡O pelear! Tengo que ir a muchas aldeas, no puedo hacer que la gente me tenga miedo. O, creo, más miedo del que tendrían de todas maneras." La idea, de que el rumor de una miko con un youkai viajaría más rápido que solo una miko errante, le hizo cosquillas a su mente, y a Kagome le gustó.
Ella miró como Sesshoumaru lentamente inclinaba su cabeza. "Hecho," él dijo.
"Y no vas a matarme," ella le dijo.
"Si fuera a hacerlo, ¿no crees que lo hubiera hecho ya?" él preguntó razonablemente.
Kagome puso las manos sobre sus caderas. "Bueno pensé que lo ibas a hacer al menos dos veces hoy," ella le informó.
"Eso es simplemente un respeto saludable," él respondió. "Pero no. Yo tengo mi honor."
Kagome se rindió. "Y hablo demasiado," ella dijo.
El levantó una ceja.
"Solo para advertirte," ella añadió.
El resopló. "No necesito una advertencia. Ya lo sabía."
Esta vez ella si pateó sobre el suelo. "¡Óyeme tú -!" ella empezó pero fue interrumpida abruptamente.
"¡Kagome-sama! ¡Por favor mire donde camina!"
Mirando hacia abajo, ella miró como Myouga saltaba por los pliegues de su ropa y llego a descansar sobre su hombro. "Volví de mi desayuno. ¿Me perdí de algo?" él preguntó.
Kagome gruñó, y en el aire de la mañana la cantina de té empezó a silbar.
