Cuentos de la Casa de La Luna
Por
Resmiranda
Capítulo dieciséis
"Lo importante de cuando vas a hacer algo valiente es tener a alguien a la mano que lo presencie."—
Michael Howard
...o...
Mientras se movían rápidamente por el cubil de la tribu Kagome consideró los méritos de saltar de un barranco ella sola, lo cual sería ciertamente mejor que lo que le esperaba al final de este viaje. Ella no le había dicho al hijo de Kouga que su padre había intentado alguna vez convencerla de instalarla en una pequeña cueva con él y criar pequeños medios-lobeznos, optando en vez de eso por reír nerviosamente y mencionar que solo se habían conocido antes. Lo cual era la descripción más insuficiente del siglo. El le había dado una mirada extremadamente dudosa por un largo momento antes de que Sesshoumaru interviniera y anunciara que su asunto era con el cabecilla de la tribu. Kagome estaba avergonzada y se dirigió hacia cierto trastorno emocional, y, con todo, solo podría ser mejor si le preguntaba a Sesshoumaru que la dejara caer y terminar con todo esto. De hecho, ella decidió con la curiosa objetividad de los verdaderamente aterrorizados, yo creo que no me importaría andar por ahí en un valle por miles de años como un inquieto fantasma. Apuesto que es bonito aquí en primavera, y si me aburriera siempre podría espiar a los atractivos jóvenes-lobo tomando baños en los riachuelos. Eso no suena tan mal.
Sesshoumaru la había arrojado sobre su hombro mirando al frente esta vez, quizás por respeto a su constantemente herida dignidad. El había curvado su brazo hacia fuera y arriba para que su caja torácica se apoyara sobre la curva, su brazo derecho se enrollaba alrededor de su cuello para descansar su mano sobre el hombro derecho de él, y su otra mano adherida a su tríceps tan fuerte que pensó que dejaría moretones. Aún así, era más cómodo descansar sobre sus costillas en vez de su estómago, y ella estaba casi recostada sobre el cuerpo angular de él, así que la gravedad parecía presionar menos de lo que normalmente lo hacía. Como resultado de este feliz cambio de circunstancias ella estaba en la posición ideal para capturar una muy buena vista de las bien proporcionadas piernas del lobo youkai frente a ella, el paisaje que probablemente la estaba conduciendo hacia tan impuros pensamientos.
No, pasar el resto de la eternidad mirándolos correr por ahí y sudar y posiblemente desnudarse no parecía malo en absoluto. Excepto, conociendo su suerte, que todos ellos se mudaran a alguna otra estúpida montaña y ella no los viera otra vez, y ¿no se lamentaría entonces? Y ¿los lobo youkai siquiera tomaban baños? Ella nunca había notado a Ko – ellos oler particularmente frescos, pero no eran apestosos tampoco. Su ceja se arrugó en concentración, inquietando esa pequeña minucia como un gatito con un fragmento de cuerda. Era ciertamente mejor que pensar sobre el encuentro por venir.
Excepto que el encuentro por venir no dejaría de darle golpecitos insistentemente. Ella miró de reojo a Sesshoumaru en un intento de percibir lo que él pensaba de esta situación, pero él se veía aburrido y distante como siempre, así que ella miró hacia otro lado.
Realmente no había nada que hacer. Ella iba a tener que ver a Kouga de nuevo.
Y ella quería verlo. Verdaderamente, sinceramente quería hacerlo, pero no estaba segura de si él la querría ver a ella. Sabía que cuando lo viese, mayor, no el joven hombre que recordaba, no sabría decir que haría ella. Sesshoumaru parecía no envejecer, pero ella no tenía idea de los otros youkai. Kouga podría ser un muy anciano hombre ahora, inclinado y marchito, cabello alguna vez negro, blanco como nieve, como el cabello que siempre le gustó y no cambiaría por cierto afecto. Ella se preguntaba si estaría enojado porque ella se había ido, que ella había, al final, escogido dejarlo atrás inclusive cuando Inuyasha no era más suyo; o quizá no enojado, pero feliz, porque obviamente tenía un buen hijo y rango y todas las cosas que él no hubiese tenido si él la hubiese hecho "su mujer", como a él siempre le gustaba decir.
Horriblemente, la felicidad de él sería peor que su enojo o su tristeza. Kagome se preguntaba cuando se había vuelto tan egoísta que preferiría ver el malestar de alguien más para reponer sus propios sentimientos. No era que a ella no le hubiesen roto el corazón o humillado antes, después de todo; ella había tenido mucha practica. Ella era una estudiante de las buenas artes de la miseria, mucha de esta auto-infligida. Cuan enteramente descorazonador.
Si tan solo ella pudiese correr, excepto que ahí Sesshoumaru probablemente la perseguiría y eso podría probar ser aun más vergonzoso.
"¿Sesshoumaru?"
Sin realmente hacerlo, él le dio la clara impresión de que viró los ojos. "¿Qué quieres ahora?" él preguntó, sin molestarse en voltear su cabeza para mirarla. En su voz había un trasfondo de irritación, y algo más agudo y no identificable, diferente del usual embotado aburrimiento o el sarcasmo a orillas.
Kagome estaba demasiado preocupada como para oponerse a su tono de voz. "¿Conoces a Kouga?" ella preguntó. De repente pareció muy importante saber la respuesta tan rápido como fuera posible y pelear solo la retrasaría en esa búsqueda.
Ella observó con fascinación como un músculo saltó en su mandíbula. "Si," él dijo bruscamente. El aún no la miraría, y bajo la piel de su cuello gruesos tendones saltaron, agudamente definidos en la descolorida luz del atardecer. Kagome pestañeó. El había estado enojado antes, pero ella pensó que jamás lo había visto tan tenso; incluso ella no inspiraba esta reacción en él. Pronto ella empezó a caer en cuenta de que él estaba haciendo rechinar sus dientes con extremo prejuicio, y la acción parecía tan fuera de lugar que era extrañamente hipnotizante, como si lo hubiese sorprendido a él haciéndose trenzas francesas en el cabello, o posiblemente haciendo piruetas en los prados de temprana mañana como alguna clase de Baryshnikov blindado.
La imagen mental causó una efervescente risita que ella no pudo reprimir a tiempo. El demonio le disparó una penetrante mirada. "¿Es esta situación divertida para ti?" él preguntó ácidamente. "Porque no pareces estar en ninguna clase de posición para estarte riendo."
Ella se congeló. "¿Por qué dices eso?" ella exigió, salió de su pequeño y fascinante mundo y regresó a la realidad. "¿Qué te hace pensar eso?"
Sesshoumaru esnifó con desdén. "Tengo mis formas de saberlo," él dijo enigmáticamente.
Kagome no se lo creía.
"¿Cuáles formas?" ella quería saber. El pánico que había estado tratando de evitar con pensamientos de jóvenes-lobo desnudos se estaba hinchando bajo su busto ahora. No parecía tan grande por el momento, pero Kagome sabía que no era así. Seguro, que empezó con solo una marejada en el océano, pero mil millas después habían "docenas heridas" y "daño de propiedades" y alguna clase de premio periodístico para cualquier fotógrafo que fue lo suficientemente suertudo para capturar la ola sísmica del siglo, y ella definitivamente iba a comenzar a entrar en pánico a menos que obtenga respuestas. ¿Solo cuánto sabía Sesshoumaru, de todas maneras? El conocía a Kouga, así que él puede que conozca la conexión entre ellos, y por alguna razón ese pensamiento era agudamente incómodo. Este se sentó en su cerebro, un pequeño punzante erizo de extrema desconfianza en sí misma.
"¿Qué formas?" ella sonsacó.
Sesshoumaru se negó a responder. El se veía, por falta de una mejor palabra, resueltamente molesto. Sus labios se habían adelgazado muy levemente, sus cejas recogidas hacia abajo en consternación, y él miraba hacia el frente, como si anticipara un futuro lleno de necesaria y tediosa excitación. Era un tanto desconcertante. Kagome sintió el miedo revolverse de nuevo.
Ella aclaró su garganta en lo que era sin duda un profundo desacertado intento para recordarle a él de su existencia. El aún no decía nada.
"Um," ella dijo.
Sesshoumaru miró directo adelante.
"Digo," Kagome resaltó ligeramente, "¿Qué formas?"
Sesshoumaru la ignoró.
Cerca de menearse fuera de su agarre y desnudarse para llamar su atención, ella se había quedado sin ideas. Bueno, excepto por una idea que parecía suicida, pero, tomando en cuenta que él probablemente no la mataría frente a tres lobos, ella decidió ejecutarla.
Deliberadamente, Kagome extendió una mano y lo golpeó en la cien. "Sabes es grosero el ignorar una pregunta," ella le informó petulantemente.
Por primera vez desde que ellos habían empezado a seguir a los lobos, Sesshoumaru se volteó hacia ella. El pestañeó, viéndose ligeramente aturdido.
"¿Qué?" dijo él.
"¿Vas a responder mi pregunta o no?" ella exigió.
El no parecía estar escuchándola, pero estaba en vez de eso estudiando el rostro de ella con lo que probablemente pasó como asombro. "¿Acabas de golpearme en la cabeza?" él preguntó, su voz bordada con incredulidad, como si alguien jamás lo hubiese golpeado en la cabeza en su vida. De hecho, eso era probablemente cierto. Kagome vagamente se sintió orgullosa de ser la primera – un ambiguo honor para ser exacto, pero uno que sin duda era raramente otorgado. El miedo debe estar nublando su juicio.
"Lo hice. ¿Qué vas a hacer al respecto?" ella preguntó.
El abrió su boca para responder.
"Teniendo en mente," ella le recordó vivamente, "que prometiste no matarme."
El cerró su boca para torcerla en gran disgusto. "¿Prometí no lastimarte?" él preguntó después de un momento.
Kagome repasó rápidamente las condiciones de su trato y fue desagradablemente sorprendida por encontrar de repente un algo largo y aterrorizador resquicio. ¿Talvez él no recuerde realmente las condiciones de su acuerdo? Uno siempre puede esperar, ¿cierto? "Er, si," ella mintió con rapidez. "Si, lo hiciste."
Ojos dorados se estrecharon, y Kagome sintió su corazón reducir su velocidad en un horrorizado alto.
"Sabes, yo prefiero pensar que no lo hice," él dijo. El apretó su empuñadura alrededor de ella.
Con helado horror, Kagome observó como él levantaba su otro brazo. Su larga manga cayó hacia atrás en cámara lenta, revelando su muñeca con franjas y sus dedos con garras, y él la alcanzó, rostro satisfecho, actitud relajada, como si se fuera a tomar su tiempo desmantelándola, y él lo disfrutaría –
La mano de Sesshoumaru rozó su mejilla, y su aliento abandonó sus pulmones.
Entonces él le dio un capirotazo en la oreja.
Por más de un segundo, ella estuvo demasiado impresionada como para hacer algo más que mirar como él regresaba su atención de vuelta al camino por delante, su expresión de extrema auto satisfacción proyectando un deleite que pudo haber sido sentido a través de una pared de ladrillos. Entonces el dolor la golpeó.
"Au," dijo ella con tono acusador. "¡Eso dolió, idiota!"
"Entonces mi objetivo ha sido alcanzado," él respondió.
"¡No, eso realmente me dolió!" Su propia mano voló hacia su oreja, y estuvo aliviada cuando sus dedos fallaron en encontrar una humedad ahí. Sin embargo.
"No creo que esto sea realmente justo," ella se quejó.
"¿Se puede saber por qué no? ¿Acaso no heriste seriamente a mi persona? ¿No se me está permitido responder como pago?"
Su pequeño puño enrollado golpeó su peto en frustración, y por un latido y medio sus pies parecieron vacilar sobre la resbalosa gravilla que volaba bajo ellos, pero ella estaba demasiado molesta para que le importara. "Primero," ella dijo "la única cosa que herí fue tu preciosa dignidad, y segundo, tú tienes garras. ¡Yo no tengo garras! Tú tienes una injusta ventaja."
Sesshoumaru pareció contemplar esta declaración por un momento antes de asentir de forma brusca. "Si," él estuvo de acuerdo. "Parece que si la tengo." El no parecía estar muy avergonzado con la idea.
Estúpidos, estúpidos demonios con sus estúpidas, estúpidas garras y sus estúpidas, estúpidas sucias tácticas, Kagome refunfuñó mentalmente. Ella se volteó hacia otro lado y levantó su nariz en el aire tan bien como pudo cuando la natural posición de su cabeza hubiese estado en su axila. "Y no has respondido mi pregunta aún," ella le anunció al mundo.
En el viento, el sonido de risas alcanzó sus orejas.
Genial, ella pensó. Ahora los lobos se ríen de mí. Este es el día más humillante jamás, incluyendo esa vez en el jardín de infantes cuando mis calzones cayeron alrededor de mis tobillos en la mitad de la clase, y se va poner PEOR—
Ella escuchó a Sesshoumaru lanzar un suspiro exasperado, y luego su mano estaba en la mandíbula de ella, insistentemente volteándola hacia él. No era violento ni doloroso pero ella bien podría haber estado luchando contra acero. Con su brazo él la enrolló ligeramente hacia adentro, de modo que ella tuvo que apretarse contra su pecho blindado mientras él la maniobraba pacientemente de modo que su cabeza era arrastrada frente a él, su oreja al nivel de sus labios.
Kagome sintió que él estaba tomando por completo demasiadas libertades con su persona, pero no pudo encontrar su voz para decirlo.
Lo cual, al final, era probablemente bueno, mientas que Sesshoumaru abrió su boca y habló bajo, para que solo ella pudiese oír.
"Conozco a Kouga," él empezó, aliento cálido en el frío aire, "pero no nos agradamos el uno al otro. Si no fuese por el beneficioso trato mutuo que tenemos, probablemente lo asesinaría."
Kagome tomó una bocanada de aire, pero él continuó como si ella hubiese estado en silencio. "Por como sé, tú podrías estar en una posición mucho más incómoda de lo que nosotros habíamos anticipado originalmente, cualquier imbécil podría ver que estás preocupada. No conozco tu relación con el lobo, pero te aconsejo que te calmes, para que no delates aquello que no deseas."
Ella movió su mandíbula en su mano, buscando su voz, encontrándola. "¿Como qué?" ella le preguntó, casi temerosa. ¿Qué más podría ella revelar con solo una mirada, o un nervioso gesto?
"Estoy seguro de que no lo sé," él esnifó, su voz elevándose a su nivel normal. Abruptamente el libero su mentón y la reposicionó en su brazo, claramente terminando con lo que sea que tenía que decir. Ella apretó más su hombro, repentinamente fuera de balance y aturdida en silencio.
Delante de ella, vio al hijo de Kouga voltearse, y se dio cuenta de que él había estado observando su intercambio. Kagome se preguntó si había escuchado de todas maneras, a pesar de las precauciones. Estaba consternada de encontrarse a sí misma cruzando los dedos y contra toda esperanza de que Kouga no la reconocería.
Ella permaneció en silencio por el resto del viaje. A su alrededor las sombras se hacían más y más profundas, hasta que la noche puso sus largos dedos sobre ellos, escudándolos de la luz; el aire se hacía agudamente más frío, filtrándose dentro de su ropa, cortándola por las mejillas, y sacando pequeñas lágrimas de sus ojos para perderse en el viento, en su cabello, para nunca más ser encontradas.
Kagome se sintió muy sola. Ella flexionó sus dedos contra la línea de músculo en el hombro de Sesshoumaru, solo para asegurarse de que aún estaba ahí, aún sólido, que no había desaparecido. Contra su espalda ella sintió un correspondido movimiento ligero de sus dedos, y entonces ellos estuvieron elevándose sobre un valle iluminado con campamentos, descendiendo dentro del campo de los lobos.
...o...
Myouga dejó sus desgastados huesos descongelarse en la calidez del fuego y trató de ignorar la crepitante tensión en el aire a su alrededor. En su experiencia, la cual era larga y algo más expansiva de lo que a él le hubiese gustado, la tensión era o eventualmente rota o relajada, y no había sentido en trabajar en algo que desaparecería si le daban el tiempo suficiente, especialmente cuando ésta no tenía nada que ver con él. Suspiró y extendió sus cuatro manos hacia las llamas mientras detrás de él Kagome miraba fijamente hacia la mugre y Sesshoumaru esperaba impacientemente a Kouga a que apareciera.
Al otro lado de su pequeño séquito, el hijo de Kouga, cuyo nombre, terminó siendo Akiyama, los miraba con una expresión que rebasaba los bordes entre la sospecha y la curiosidad. El no había dicho más de tres palabras desde que habían llegado. Inclusive Myouga, a quien le gustaba pensar que él era notoriamente magnánimo, pensó que esto era en cierto punto grosero, y esperaba que su amo se estuviese distrayendo lo suficiente para abstenerse de corregir el comportamiento de su anfitrión en una forma posiblemente sangrienta.
En algunas maneras, la pulga reflexionó malhumoradamente, era una desafortunada cosa el haberse encontrado con el clan de Kouga. Ciertamente la hime y su hijo serían salvados, pero él encontró esa idea ser un frío consuelo cuando su propia vida parecía estar en mucho mas peligro que cuando él había estado durmiendo. Palabras acaloradas serían probablemente intercambiadas en algún punto, y también estaba la posibilidad de una pelea, y peligro, y, considerando todas las cosas, él deseó que el fuego no lo hubiese calentado lo suficiente para despertarlo. Al menos él hubiese estado bien descansado en sus últimas horas si se le hubiese permitido continuar roncando. Desgraciadamente, no parecía poder ser. Muy pocas cosas que no involucraran peleas parecían no estar predestinadas. ¿Por qué no pudo nunca ser predestinada una buena comida o una pacífica jubilación? Él pensó. Myouga especulaba melancólicamente sobre cual pecado él habrá cometido para invocar esta clase de retribución de karma. Sea lo que hubiese sido, él estaba definitivamente arrepentido.
El miró sobre su hombro a su amo y a Kagome y lanzó un suspiro de resignación. Sesshoumaru había retirado su acostumbrada fachada de combate fuera de su armario mental, le había quitado el polvo, y se la había puesto como si fuera una armadura encantada. Inclusive si estaba sentado, sus hombros levemente encorvados, y aunque sus manos estaban dobladas dentro de sus mangas, una estaba resignada con la incómoda idea de que definitivamente ellas no debían quedarse ahí. Su expresión era oscura; no lo suficiente para ser insultante, pero decisivamente lo suficiente para indicar que sin duda se volvería atronadora con la más mínima provocación.
En cuanto a Kagome, estaba mirando fijamente al suelo, sus manos descansando sobre sus rodillas; a su lado, su mochila, su carcaj, y arco estaban recostados con cuidado. Ella hubiese sido un perfecto retrato de la humildad y la modestia si no se viera tan miserable. Todo su cuerpo se doblaba hacia dentro, como si quisiera hundirse en su ropa y desaparecer.
Ellos eran, considerándolo todo, un extraño par, como si los niveles naturales de sus emociones hubiesen sido noqueados fuera de balance, y ahora Kagome llevaba todas sus preocupaciones y Sesshoumaru estaba erizado con sus furias combinadas. El efecto era ese de los irritables oponentes quienes no obstante siempre estaban al borde de sentimentaloides lágrimas. Era inquietante.
Myouga se volvió al fuego y rozó sus manos juntas, tratando de calentarlas, y deseó que él y su amo nunca hubiesen dejado La Casa de la Luna. Al menos tendría una cálida, suave cama...
Casi no hubo advertencia. Solo hubo el roce de muchos cuerpos levantándose en una posición erguida – tras él escuchó a Kagome levantarse de un salto – y de repente Kouga se avecinó a través de la oscuridad, escabulléndose de las sombras para venir a descansar contra la luz. Detrás de él, Kagome hizo un sonido estrangulado en su garganta.
Un mareo amenazó en tomarla, y ella se sintió de repente muy, muy cansada. Sus párpados palpitaban como si insistieran en dormir. En sus huesos, ella sintió oscuras cosas pesar demasiado por su cuerpo, cosas que ella pensaba que ya había arreglado. Irracionalmente, una chispa de ira se encendió.
Ella había imaginado a Sango y a Miroku como una vieja pareja. Ella había intentado envolver su mente alrededor de Shippou como un adulto. Había previsto cualquier cantidad de posibilidades para Kouga, pero toda su preparación empalideció con la repentina conmoción de verlo frente a ella.
El ni siquiera tenía la decencia de verse impactante. El solo se veía bien. Mayor, pero no demacrado. Había líneas en su rostro, pero eran líneas de risa, no de preocupación, y su largo cabello negro, aún recogido en su acostumbrada cola - tenía rayos grises. Había extraviado la cinta para la cabeza, lo cual, considerándolo todo, era bueno, y parecía haber adquirido más músculos de alguna parte, pero más que eso él era él: de mediana edad y saludable y enviando ecos de nostalgia a través del repentinamente silenciosos confines de su cabeza.
Entonces, mientras ella se daba cuenta de que él realmente estaba en la parpadeante luz de la llama, la reacción de ella hacia él fue tan violenta que sintió sus rodillas temblar y amanerando con combarse bajo ella. A sus costados sus dedos picaban por tocarlo, por abrazarlo, para asegurarse a sí misma de que él – quizás ningún otro, más que él – estaba vivo y feliz y completo, que no había caminado por ese largo camino hacia la oscuridad donde no lo podía alcanzar, de que no se había ido hacia donde ella no podía seguirlo. El estaba aquí.
Su corazón se enredó alrededor de sí mismo dolorosamente. Oh, cuanto lo había extrañado.
Tontamente, ella se dio cuenta del pesado silencio, de mucha gente que había dejado de respirar al mismo tiempo. Todos los demás parecían estar mirándolos fijamente a los dos con clamorosa, contenida respiración, como si solo fuesen personajes de una obra de teatro.
Ella observó en cámara lenta como su rostro se derritió fácilmente en un ceño.
Fabuloso, ella pensó. Por no tener nada mejor que hacer, ella le dio su mejor aguada, sonrisa de disculpa, como si eso fuera a compensarlo todo.
Su boca se torció. Entonces él levanto su brazo para apuntarla de forma acusadora.
"Tú," él dijo, voz medio estrangulada, tensión en cada línea de su cuerpo. Ella había visto esa postura tantas veces, pero solo cuando enfrentaba a un enemigo. El nunca antes, la había usado contra ella, y por un segundo Kagome sintió su estomago caer fuera de su cuerpo. A su lado Sesshoumaru tuvo un tic, precursor a un movimiento que podría o no haber sido mortal. Ella nunca supo.
"Tú," Kouga dijo de nuevo, sacudiendo su sentencioso dedo, repentinamente pareciendo, bizarramente, como un padre exasperado. "tienes una explicación que darme. Después." Entonces él cruzó sus brazos y se volteó para dirigirse a Sesshoumaru.
"Declara tu asunto," él ladró- Y eso era todo.
Kagome se sintió un poquito engañada. Ella abrió su boca para decir algo, pero Sesshoumaru había dado un ligero paso frente a ella, como si bloqueando su vista también pudiese bloquear sus pensamientos también, y ella la cerró de nuevo mientras él hablaba suavemente en el silencio.
"Tu cría," él anunció, y Kagome pensó que él podría estar demasiado complacido haciendo esto, "accidentalmente ha procreado un hijo hanyou."
La sutilmente alumbrada oscuridad más allá del fuego central erupcionó en actividad. A su alrededor, Kagome escuchó pies arrastrarse y frenéticos susurros, y frente a ella el rostro de Akiyama se escurrió de todo color. Por un momento, ella sintió pena por él. En algún lugar fuera del círculo de luz, hubo una erupción de risas; ella solo podía imaginar como sonaba para el joven que parecía estar en peligro de desmayarse sobre el fuego. Ella vio cabezas voltear y cuerpos saltar en pie e irse, probablemente a esparcir las notcias.
De hecho, los únicos demonios que no estaban actuando de forma escandalizada eran Sesshoumaru y el mismo Kouga. El lord demonio se veía tan insípido como siempre, aunque probablemente solo, Kagome sospechaba, por fuerza de voluntad. Kouga simplemente lo miraba furiosamente, y solo un tic de músculo en su cuello ocultaba su sorpresa e irritación.
Después de unas cuantas erupciones de crueles risas más y una gran cantidad de risitas disimuladas y susurros silenciados la tribu que los rodeaba empezó a tranquilizarse, ansiosa de disfrutar el resto del espectáculo. Kouga esperó pacientemente, probablemente recolectando sus pensamientos tras su tormentosa cara. Cuando todo estuvo en silencio de nuevo, él habló. El ni siquiera miró a su hijo, en cambio mantuvo sus ojos en el rostro inexpresivo de Sesshoumaru.
"Akiyama," él dijo imperiosamente, "¿es esto cierto?"
La sangre que había tan recientemente abandonado su rostro regresó con una venganza. Kagome observo con asombro como él de repente se ruborizo tanto, que se preocupó de que podría explotársele un vaso sanguíneo. El abrió su boca, pero no vino ningún sonido, así que la cerró de nuevo. Bajo la piel de su garganta su manzana de Adam subió y bajó mientras intentaba recuperar su voz.
Kouga no parecía tener ganas de esperar. "¿Y bien?" él dijo bruscamente.
Akiyama se sacudió como si lo hubiesen abofeteado. "¡Talvez!" él se las arregló para chillar.
Un pequeño torbellino de risitas se esparció por el círculo de luz, y el los labios del joven lobo se adelgazaron de furia.
Kouga había cerrado sus ojos. Muy lentamente, él levanto una larga, endurecida mano hacia su frente y empezó a masajear sus sienes con su dedo medio y su pulgar, como si estuviese intentando calmar la situación fuera de su cerebro.
"¿Y Sesshoumaru? ¿Qué haces tú aquí, contándome esto?" Kouga preguntó, sin abrir sus ojos.
Sesshoumaru ejecutó un elegante encogimiento de hombros, y volteó para ver sobre su hombro a Kagome. No pudo ver la expresión de la cara de él, pero ella no dudo en que él quería que se ocupara desde ahí.
Ella abrió su boca para hablar, y se sorprendió de que su voz haya salido calmada y clara. "La hime que lleva a su hijo nos dio su descripción," ella dijo. "Hay poca duda."
Kouga no la miró, y ella sintió en su corazón una punzada, solo un poco. "Y ahora que nos has traído estas noticias, ¿Qué esperas que hagamos nosotros?" él preguntó.
Kagome le lanzó una mirada nerviosa a su acompañante, pero pareció que él había apagado su cerebro en esa irritante forma suya y estaba mirando fijamente al medio de la distancia sobre el hombro de Kouga. Ella arrastro su mirada de vuelta al rostro de Kouga, obscurecida por la mano que estaba aún masajeando lentamente sus sienes. "Ella necesita la medicina requerida para la labor de parto, o ella y su hijo morirán."
Una sonrisa parecía halar sus labios. "Dime, Kagome -" ella se sintió desmayar "- ¿cómo sabes que es un hijo si aún no ha nacido?"
¡Pregunta difícil! Kagome pensó. Hubo un destello de algo nostálgico en su pecho, y ella se preguntó exactamente cuando Kouga se había vuelto tan perceptivo. El descarado e inconsciente príncipe lobo que ella había conocido parecía haber huido, huido hacia otro lugar de donde nunca podría regresar, y dejo a este firme, deliberado hombre en su lugar.
Kouga aún estaba esperando. "Hay formas de saberlo," ella inventó rápidamente, robándole una pagina de evasión del libro de Sesshoumaru.
"¿Qué tipo de formas?" Kouga quería saber.
"Eso queda entre ella y yo," Kagome dijo, procurando insinuar que era un asunto de mujeres, no para ser discutido entre compañía mixta. Mientras menos gente supiera de las historias, mejor.
"Hmm," él respondió pensativamente.
Kagome recordó justo a tiempo no morderse el labio de preocupación, no fuera que diera alguna señal.
Kouga estuvo inmóvil como una piedra por un largo momento. Luego, como si hubiese llegado a una decisión, se volteó hacia su hijo y cruzó sus brazos sobre su pecho. Kagome intentó no mirar sus músculos tensarse bajo su bronceada piel y se preguntó en consternación cuando se había convertido ella en semejante colegiala calentorra.
"Hijo mío," Kouga declaró en voz alta, "partirás mañana a recoger las hierbas necesarias."
Akiyama se puso de pie en un salto, inclinándose hacia delante, sus palmas volteadas hacia arriba en súplica. "Pero -"
"Pero qué" Kouga preguntó peligrosamente.
El muchacho pareció recuperar su cabeza y se enderezó. "Esto no es culpa mía, padre," él dijo tan alto como pudo.
En la parpadeante luz del fuego, la sardónica distorsión de la boca de Kouga parecía amenazante. "¿Si?" él dijo, sacando la palabra.
Kagome sintió como si su cerebro se hubiese dañado. Si Kouga hubiera sido una mujer, él hubiera sido la exacta imagen de su madre cuando estaba muy descomplacida con algo que alguno de sus hijos había hecho. Era casi gracioso. Casi.
El rostro de Akiyama cayó y cruzó sus brazos mientras farfullaba algo que solo su padre pudo oír.
Kouga resopló. "Eso es de ninguna trascendencia. Esta aún es tu responsabilidad." El se veía intensamente entretenido.
Akiyama, por otro lado, no estaba feliz. Con furia se volteó en sus talones y se fue airado entre la gente, quienes abrieron camino para él.
"¡Mañana en la mañana!" su padre gritó tras él. "Cuando el sol salga."
Lo que sonó como un refunfuñante asentimiento regresó, y luego toda la tribu estaba dando risotadas a su alrededor. Kagome falló en ver el humor en la situación, pero aparentemente los lobos encontraron toda la cosa increíblemente divertidísima.
Cuando finalmente se hubieron calmado Kouga se volteó y miró a sus visitantes de nuevo, como si los estuviese juzgando. Kagome intentó no moverse nerviosamente bajo su mirada; a Sesshoumaru pareció no importarle.
Después de un momento Kouga pareció tomar una decisión. Les dio la espalda y colocó sus manos alrededor de su boca.
"¡Escuchen, perros sarnosos!" él gritó. "Estos dos son nuestros invitados, ¡así que compórtense! Para variar."
En la oscuridad más allá de la oscuridad, los lobos aullaron y silbaron, y Kagome se sintió muy, muy expuesta. Inconscientemente ella dio un paso hacia Sesshoumaru.
Kouga bajó su mano y la ondeó hacia alguien en el gentío, quien se acerco frente a la luz. Kagome había estado esperando que fuese Ginta o Hakkaku, pero el rostro iluminado era de alguien no familiar. Ella intentó contener su decepción de burbujear hacia la superficie.
"Instálalos," ella lo escuchó ordenar. "Fondo de la cueva más alta. Consigue unas pieles para la joven, también." Entonces él caminó hacia la oscuridad, dejándola con punzadas de remordimiento y triste.
El lobo que no era familiar los miró y destelló una sonrisa torcida mientras caminaba sin prisa hacia ellos. El agito su mano hacia las pertenencias de Kagome. "Toma eso si los quieres mantener," él dijo perezosamente. Kagome se apresuró en colocar su mochila y su aljaba sobre su hombro. Ella mantuvo su arco en su mano; ella se sintió de repente horriblemente incómoda, en la mitad de esta tribu que no parecía conocerla. El lobo ya se había retirado, y Sesshoumaru caminando, con mesura y firme tras él, su brillante cabello siendo la única cosa que ella podía seguir. Tropezando con sus propios pies ella se apresuro hacia ellos.
Un segundo después ella sintió pequeñitos pies en su clavícula, y Myoga colocó una mano contra su cuello.
"¿Kagome-sama?" él dijo, sonando preocupado.
Kagome no respondió, solamente agachó su cabeza y apretó los dientes, obligándose a si misma a no llorar mientras se movía por la oscuridad. A su alrededor ella pudo sentir el cálido aliento de los lobos, y ella mantuvo sus ojos en los pies de Sesshoumaru para así no mirar hacia arriba y verlos mirarla lascivamente.
Todo repentinamente pareció tan inútil – su esperanza, su esfuerzo, su amor. Ella estaba en compañía de extraños. Ella estaba donde ella quería estar, pero alguien le había apagado las luces, y el mundo a su alrededor se hizo de repente siniestro, cruel, recogidos en peligrosos ángulos que la cortarían si se acercaba demasiado.
Ella había encontrado a un lobo llamado Kouga, pero el joven que ella había conocido ya no vivía dentro de su piel, y ella había sido tonta en pensar que podría haber sido de otra manera.
…o...
Alguien sacudía su hombro. Kagome abrió sus legañosos ojos para encontrar a un lobo mirándola y mostrando su colmillo con una amplia sonrisa. Ella chilló alarmada, pero él solo rió entre dientes.
"Kouga dice que quiere verla," él le dijo en bajos tonos.
Su corazón saltó en su pecho. "¿Cuánto tiempo llevo dormida?" ella preguntó, desorientada, confundida.
Dentro de su haori ella escuchó un irritado suspiro, y miró con culpa mientras Myouga saltaba hacia abajo dentro de las pieles, finalmente hastiado de ella. Ella abrió la boca para disculparse cuando a su derecha, cerca de la boca de la cueva alumbrada por la luna, escuchó un resoplido. Ella volteó su cabeza para ver a Sesshoumaru sentado contra la pared, con los ojos cerrados. "No mucho," él dijo, sin molestarse en mirarla. "Estaba disfrutando de la tranquilidad."
Kagome jamás había deseado tan fervientemente un rosario para dominar como en ese momento cuando oyó al lobo que la había despertado dar una entretenida risilla. Ella apretó sus dientes en frustración mientras se volteaba hacia él. "Muy bien," ella dijo. "¿Dónde esta él?"
Sin una palabra el lobo se levantó y dio zancadas hacia la boca de la cueva, y ella gateó para ponerse de pie y seguirlo. Ella debe haberse dejado llevar tan pronto como se hubo cubierto con las pieles. Algo raro. Ella había estado segura de que se hubiese quedado despierta lo suficiente para llorar hasta dormirse. A la altura de la boca se adelantaron a Sesshoumaru, quien hizo ningún movimiento, y luego estuvieron fuera en la fresca noche de nuevo, la luz de la luna tiñendo las montañas en plata. El lobo giró en el pequeño camino y empezó trepar. Con turbación ella lo siguió. Ella miró hacia atrás una vez sobre su hombro, pero Sesshoumaru estaba tan inmóvil como un muerto. Ni siquiera abrió sus ojos para mirarla irse. Constriñendo los labios, ella movió su atención hacia el camino adelante.
No era una difícil subida, y tomó alrededor de veinte minutos, pero para su ya exhausto cuerpo parecía ser lo mismo que recostarse sobre el ferrocarril y esperar a que llegase la línea cuatro-quince, y luego la cuatro-treinta solo por si acaso. Con cansancio Kagome veía el suelo pasar bajo sus pies y se dio lastima, ya que nadie más parecía que iba a hacerlo. Para cuando hubieron alcanzado la boca de la otra cueva, calidamente alumbrada con luz de fogata, ella estaba tan demasiado cansada como para ser aprensiva, y demasiado miserable como para hablar. Ella siguió a su guía dentro, ojos buscando la falsa, familiar forma de Kouga.
Parecía haber una completa ausencia de cualquier cosa con forma de Kouga en la cueva, y Kagome sintió un cosquilleo de ansiedad mientras se colocaba frente a su sonriente acompañante. "¿Dónde -?" ella empezó.
El hizo un rapido movimiento con su cabeza hacia la parte trasera, envuelto en sombras. "Por ahí," él dijo.
"¿No vas a mostrarme hacia donde?" ella preguntó.
El lobo se encogió de hombros, cruzando los brazos y apoyándose contra la pared. "El quiere verla a solas," él dijo suavemente, pero ella aún pudo oír la insensible insinuación en su voz. "No está tan lejos."
Kagome estaba alcanzando su límite. Ella ni se molestó en responder, simplemente bordeó la fogata y lentamente hizo su camino hacia la oscuridad mientras bajo sus pies la montaña de roca cuidadosamente se inclinaba hacia arriba.
Espero, ella pensó de corazón, no quedarme dormida antes de llegar. Ella tropezó un poco y extendió su mano, cayendo sobre la roca. Tomando un profundo, calmante respiro ella continuo subiendo por el sinuoso pasillo, agradecida de tener la pared para guiarla mientras caminaba dentro de la oscuridad.
El túnel giraba y volteaba, pareciendo un espiral, y ella casi se detuvo dos vez para hundirse hacia el piso a esperar que alguien la encontrase, pero ella continuó. Parecía más fácil que detenerse.
Y entonces hubo luz azul delante de ella. Kagome se obligó a su misma a caminar más rápido. Ella volteó una esquina más, y estuvo caminado hacia el cielo de la noche.
El estaba parado al borde del acantilado, las manos en sus caderas, mirando fijamente su territorio. El no se volteó cuando ella emergió, así que ella se detuvo cerca de dos metros tras él, sin saber que hacer después. Ella podía ver, tan solo por el borde, las humeantes fogatas debajo muriendo mientras sus compañeros se alistaban para la noche. Una ligera brisa levantó la larga cascada de cabellos sobre su espalda, delicadamente, antes de dejarla caer de nuevo, contra la piel desnuda de sus hombros y enredándose solo un poco en su armadura. Kagome quería arreglarlo, pero sus manos no se movían. El espacio y el silencio se alargaron entre ellos, y el tiempo la dejó atrás.
No podría alcanzarlo si intentara, ella pensó entumecida.
Como si él hubiese escuchado sus pensamientos, ella oyó un resoplido. "Bien, ¿Kagome?" Kouga exigió, volteando su cabeza para mirarla fijamente sobre el hombro. En la luz de la luna, sus azules ojos centellearon. "¿Finalmente decidiste regresar y ser mi mujer, eh?"
Entonces él sonrió.
El mundo tembló, y Kagome cayó sobre sus rodillas, su rostro enterrado entre sus manos, las apretadas líneas de pérdida repentinamente recortadas con una sonrisa. Ella se sintió quebrarse.
Luego sus cálidas, ásperas manos estuvieron en sus muñecas, pero ella no pudo verlo por el torrente de lágrimas. Se sentían exactamente de la forma en que lo hacían hace tantos años atrás, cuando hubo arrebatado sus manos en las suyas y declarado su devoción, y entonces ella lanzó sus manos alrededor de su cuello, frente presionada contra la gruesa línea de músculo de su garganta, y sollozó.
Ella había llorado así solo una vez antes, y dolía igual ahora como cuando entonces. Sus pulmones se movían espasmódica y dolorosamente dentro de su cuerpo mientras sus lágrimas recorrían calientes, luego frías, sobre sus mejillas, y ella lloró tan fuerte que no era como un lloriqueo o sollozos en absoluto, pero algo casi fundamental, casi tangible, friccionando los desiguales bordes contra su garganta, arañando a través de su pecho con garras tan afiladas que su carne se cosía de vuelta en el momento en que había sido cortada. Había un agudo, penetrante sonido en sus oídos, y le tomó un momento darse cuenta de que era su propia voz.
A Kouga no parecía importarle. A través de la gruesa tela de su haori, ella sintió sus cálidas, rudas manos formar tranquilizadores círculos en su espalda, como si estuviese calmando a un niño. El gesto solo la hizo llorar más fuerte, hasta que él se rindió y solo colocó sus brazos a su alrededor y esperó a que ella se serenara.
Después de casi cinco minutos Kagome finalmente lo soltó, restregándose el rostro con su manga, quemando de vergüenza. "Perdón -" ella murmuró. "Perdón -"
"Ya," él interrumpió. "Deja eso." El agarró sus muñecas de nuevo y forzó sus manos hacia el regazo de ella antes de llevar sus dedos hacia su rostro y gentilmente atrapar sus lágrimas, levantándolas de su piel como si tuviese que removerlas con cuidado, no fuera que la fueran a manchar. "Ya está," él dijo cuando hubo terminado. "Mucho mejor."
Aunque nada estaba mucho mejor, ella solo asintió con la cabeza.
El sonrió de nuevo. "Supongo que me extrañaste," él comentó sardónicamente, y porque ella no quería llorar más, se forzó a sí misma a reír.
"Si," ella dijo, resollando, hablando alrededor de la sonrisa de corazón roto en su rostro. "Te extrañé"
El asintió con la cabeza, como si hubiese entendido, y quizás lo hizo. "Yo te extrañe, también," él dijo. El se puso de pie y extendió sus manos. Cuando ella las tomó, él la ayudo a levantarse antes de colocar una gentil mano sobre su espalda y llevándola más cerca de él. "Ven aquí. Hay una excelente vista."
A un pie lejos del borde ellos se detuvieron y él le hizo un ademán para que se sentara, lo cuál ella hizo con cansancio. Kouga retiro sus manos, y evitó tocarla en una forma que ella no hubiese esperado, pero de nuevo, la madurez hizo eso.
El descendió su cuerpo a su lado mientras ella miraba fijamente al valle plateado lleno de sombras azules, y dejó que el silencio creciera entre ellos, como algo que vive, como una herida curándose. Ella fantaseaba con que si ella no lo quebraba, el silencio los sellaría ahí, y no tendría que pensar sobre nada más que la noche, o sentir nada más que una agridulce comodidad.
Después de un momento, Kouga aclaró su garganta. "No puedo evitar notar que -"él empezó.
Ella no tuvo que escuchar el resto de la oración para saber lo que él quería decir. "¿Aún soy joven?" ella la terminó por él, retirando su mirada de la esquina de su ojo. El se volteó hacia ella, sonrió abiertamente y asintió con la cabeza.
Kagome suspiró. "Recuerdas... ¿recuerdas nuestra última conversación? ¿Frente al pozo?"
El sol justo estaba volviendo al cielo gris entre los árboles, y en su nariz el lechoso olor de cosas creciendo se rizaban dulcemente, pero ella no estaba en condiciones para apreciarlo.
"Me voy a casa," dijo ella, y la lucha de mantener sus lágrimas escondidas era demasiada como para soportar.
El no pareció creérselo, y eso lo hizo peor, porque una pequeña parte de ella quería que no lo hiciera. "Deberías quedarte conmigo," él dijo.
"Yo no puedo. No puedo. No es el tiempo correcto. Yo no pertenezco aquí."
"¿A que te refieres? Tu perteneces aquí conmigo."
Ella miró hacia otro lado, dentro de las profundidades del pozo, antes de volverse a él. "Por favor. Solo vete." Ella suplicó. "es lo suficientemente duro irme sin que estés mirándome."
Sus azules ojos se estrecharon. "No le dijiste a nadie que te ibas ¿cierto?" él acusó.
"¡Por favor!¡No puedo despedirme!"
"¿Por qué no?"
Ella solo sacudió la cabeza, incapaz de llevar todos sus pensamientos a su boca y decirlos en voz alta.
El la estudió por otro momento antes de dar un paso hacia atrás. "Esta bien," él dijo "Si esto es lo que deseas."
Ella rió, tan amargamente que no era una risa sino más un lamento, un grito de pena, y entonces ella se volteó así no lo podría ver marcharse. Ella escuchó sus pies moverse sobre el tierno césped, y ella deseó, traicioneramente, que él la agarrase y corriese. Luego él se había ido en un ráfaga de viento, y ella estuvo sola de nuevo.
"Por supuesto que la recuerdo," él dijo. "Esa fue la última vez que te vi. Bueno, hasta ahora," él corrigió.
Ella tomo un tembloroso respiro. "Bueno, mi hogar esta al otro lado de ese pozo.
Kouga la miró inexpresivamente.
A ella no le importó. "Soy de... bueno, ahora creo que son 400 años en el futuro... quizás más."
"Eso no explica -" él empezó.
Kagome sacudió su cabeza. "Lo sé. Pero solo seis han pasado para mi," ella dijo. "No se por qué el pozo me dejo regresar aquí ahora, pero supongo que el destino no ha terminado conmigo aún." En su garganta, ella sintió su tristeza zumbar y salió como una amarga risita.
Kouga se volteó y observo la luna sobre su valle. "Muy bien," él dijo finalmente. "Creo que entiendo."
"Entonces me llevas ventaja," Kagome dijo entre dientes.
Kouga solo se encogió de hombros. "Bueno, he visto muchas cosas extrañas," él dijo magnánimamente. "No más que encontrarte viajando con el hermano de ese híbrido." El dejó la pregunta colgada en aire.
Kagome resopló. "No estoy segura de cómo sucedió eso tampoco. Un día estaba enferma y cansada y probablemente en peligro de morir, y al siguiente él había decidido que yo no era capaz de cuidarme sola."
Una confundida expresión trepó por su rostro. "Pero si estabas en peligro de morir, entonces probablemente no puedes -" él empezó. Kagome lanzó una mirada furiosa hacia él."
"No necesitas restregármelo," ella dijo.
Kouga toció y cambió de táctica. "El no es... no es exactamente conocido por ser gene -" él comenzó a decir.
"Bueno," Kagome dijo, cortándole la palabra, "Yo... hice un servicio para él en un punto."
"¿Un servicio?"
Ella alzó su nariz en el aire. "Un servicio de mucho valor que no puedo discutir contigo. Y antes de que preguntes, no, no fue nada pervertido, así que quita esa sonrisita de tu cara."
"¿Qué sonrisita?" Kouga dijo con culpa, hizo puré sus traicioneros músculos en una confundida expresión a travez de una valiente demostración de fuerza de voluntad. "Yo no estoy sonriendo."
"Hmph," ella dijo, "Estoy segura de que no."
Kouga, detectando un peligroso territorio, decidió dejarlo ahí.
Después de unos momentos Kagome aclaró su garganta, volteándose finalmente para confrontar las enormes, cosas sin decir entre ellos. "Tienes... un buen hijo," ella dijo con la voz entrecortada.
Kouga bufó, y ella vio su boca retorcerse sardónicamente. "Gracias. Eso es más amable de lo que merece."
"Bueno, no lo sé," ella respondió diplomáticamente, "la hime es algo bonita."
Kouga solamente levantó una ceja.
Cuando era obvio que él no iba a decir nada más, ella tomó un profundo respiro. "Donde... donde esta..." su lengua tartamudeó y se detuvo. Por qué será, ella pensó, ¿que cuando lo necesito más, mi diarrea verbal se torna un estreñimiento verbal? ¡No es justo!
A Kouga se compadeció de ella. "¿Su madre?" él dijo amablemente.
Kagome asintió, ruborizándose.
El sonrió. "Ella murió hace pocos años."
Kagome sintió su corazón tornarse entumecido y frío. "¡Ah!" ella jadeó, volteándose hacia él, manos en su boca, pateándose a si misma dentro de su cabeza. "Lo siento mucho. No quise..." ella se quedó sin palabras antes de tragar saliva. "Lo siento," ella dijo de nuevo.
"Mm," Kouga dijo pensativamente. "No te preocupes. Era una buena mujer, y murió bien."
Kagome volteó hacia el valle de nuevo. "Desearía haberla conocido," ella dijo suavemente. "A Kayoko le hubieses agradado," él respondió. "Y en otras circunstancias, estoy seguro de que a Akiyama también."
Kagome sonrió. "Yo como que arruiné sus planes, ¿cierto?" ella dijo con tristeza. "Lo lamento."
"No te preocupes," él dijo de nuevo. "Para serte sincero estaba preocupado de que no produjera ningún nieto. El nunca mostró mucho, eh, interés."
Ella rió tontamente. "Bueno," ella le aseguró, "tendrás un buen nieto pronto."
Kouga sonrió abiertamente, y en la oscuridad, sus dientes eran blancos como estrellas.
"Me alegra que tu viaje te haya traído hasta mi," él dijo, y solo con eso a ella le dio vértigo.
Parada sobre el borde, Kagome se esforzó en observar mareada dentro del valle entre ellos, donde miles de calladas palabras fluía, el río de pensamientos que se congelaba en remordimiento. Talvez y quizás y podría haber y debería haber y si tan solo si tan solo si tan solo si-
En el momento entre el latido y el respiro Kagome pensó, muy calladamente, que ella pudo haberlo amado. Quizás, dado el tiempo indicado. Ella pudo haberlo amado después de haber remendado su deshecho corazón. Talvez. En otra vida, ella lo pudo haber querido, y ella se preguntaba si él lo sabía, y si debía decirle.
Entonces él la estaba abrazando. El olía a musgo y a cosas salvajes, y el momento pasó. "Es bueno hablar contigo, Kagome." Él dijo. "Gracias por venir aquí arriba para verme."
Su barbilla estaba sobre el hombro de él, la picosa suavidad del pelaje que él vestía rozaba bajo la parte de debajo de su mandíbula. "No sabía que tenía otra opción." Ella comentó, aguada y entretenida.
El rió entre dientes, y ella sintió el ruido sordo sobre su propia piel. "Deberías volver a la cama," él le dijo gentilmente. "Estás exhausta."
Kagome resolló de nuevo y se alejó. "Muy bien," ella dijo. "¿Entonces te veré en la mañana?"
La sonrisa en su rostro era antigua y familiar y hermosa. "¿Alguna vez pierdo la oportunidad de verte?" él preguntó.
Ella dio un súbito, espontáneo, y desordenado resoplido. Limpiándose la nariz, Kagome sacudió la cabeza.
"Exacto," Kouga declaró. "¡Ahora ve a descansar, mujer!"
Ella asintió con la cabeza, no confiando en su voz. Se levantó y caminó con cansancio de vuelta a la entrada de la cueva, volteándose solo a la entrada para sonreírle. "Buenas noches, Kouga-kun," ella dijo.
"Buenas noches, Kagome."
Kagome giró y empezó su viaje de vuelta hacia la cama.
Kouga espero unos pocos momentos, solo para estar seguro de que ella se había ido, y luego él se levantó y cruzó sus brazos.
"Ya puedes salir ahora," él dijo bruscamente.
"No necesito que tú me digas cuando puedo o no hacer algo," Sesshoumaru dijo desde atrás suyo. Hubo un sonido de seda y el líder demonio lo rozó al pasar, hacia la cueva.
"No confías en mi, ¿eh?"
"No."
Kouga sonrió con satisfacción. "¿Y qué se supone que estás haciendo con mi Kagome?" él preguntó.
Sesshoumaru se detuvo. El pareció considerar esa pregunta, entonces el se volteó y regreso al borde del precipicio, donde miró fijo hacia el valle debajo.
El príncipe lobo viró los ojos con exasperación. Así que iba a ser una de esas conversaciones. Muy bien, él sabía como jugar el juego...
El alcanzó a su poco convincente aliado y miró hacia el abismo también. "¿Vas a responderme?"
"No te concierne," Sesshoumaru dijo con frialdad.
"Seguro que si. Kagome es una amiga mía."
"Claramente."
Kouga frunció el ceño. "Mira, no sé que es lo que haces con ella, pero si llega a lastimarse, te juro que te mataré. Y es mejor que te guardes esas sucias manos de perro, a menos que prefieras vivir menos un grupo de bolas."
"Primero," Sesshoumaru habló rudamente, molesto, "mientras ella esté conmigo y yo tenga un interés en mantenerla viva, ella no resultará herida. Segundo, yo pondré mis manos donde yo deseé."
"Lo harás, ¿cierto?"
"Lo haré."
"No te culpo, por supuesto. Ella si que tiene hermosas -"
"No ahí."
"Lo apuesto."
Sesshoumaru hizo sonar sus nudillos. Kouga sonrió con satisfacción.
"Aún te debo una muerte," El le dijo con indiferencia, como si estuviese hablando del clima.
"Lo sé."
"No creas que no será tu nieto."
El lobo rió. "Kagome no te lo permitiría."
Sesshoumaru miró furiosamente hacia el valle y no dijo nada.
"Lo sabes, también," Kouga dijo. "Y no lo harías porque eso la lastimaría, y no quieres verla sufrir, ¿cierto?"
Sesshoumaru resopló. "Ella realizó un gran servicio para mí," él dijo con arrogancia. "Sería inculto pagarle con tormento."
"Como sea," Kouga dijo. "Solo... no seas tan idiota, ¿esta bien? Incluso Kagome puede soportar tanto."
Sesshoumaru no dijo nada. Después de un momento el lobo se estiró y bostezó, en forma teatral marcando el final de la conversación. "Bueno," él anunció, "Me voy a dormir. Puedes quedarte aquí en el frío, pero sugeriría que regreses antes de que ella se de cuenta de que te has ido."Con eso, Kouga se volteó y caminó por la cueva, abandonando a Sesshoumaru en el borde del precipicio.
El miró fijamente hacia el valle por otro minuto antes de bufar suavemente. "Guardarme las manos," él dijo entre dientes antes de saltar.
El llegó justo a tiempo, su vestimenta apenas tuvo tiempo de asentarse antes de que Kagome girara por la esquina y caminara exhaustamente por el resto del camino.
Ella pasó sobre sus piernas en su camino a la cama. "Vago," ella dio entre dientes mientras lo pasaba. El escuchó como ella gateaba bajo las pieles y se acomodaba, y dentro de momentos ella se durmió.
Sesshoumaru se permitió si mismo relajarse. El realmente estaba cansado; estaba agradecido por la oportunidad de descansar. Tras sus ojos cerrados, el se deslizó en sueño."
El estuvo aun más agradecido por el sueño cuando se despertó dispuesto y temprano a la siguiente mañana por el alboroto y gritos de muchos lobos armando un escándaloy encontró la recriminadora cara de su reacio anfitrión sobre él.
"Arriba, arriba," Kouga anunció. "Tenemos problemas."
"¿Son mis problemas?" Sesshoumaru preguntó, fingiendo aburrimiento.
"Lo serán."
A Sesshoumaru no le agradó el sonido de eso. "¿Qué?"
El lobo soltó un exasperado suspiro. "Mejor despiertas a Kagome mi inconstante hijo ha decidido que no le gusta ser un hombre."
Era demasiado temprano en la mañana para esto. "¿Qué?" él dijo de nuevo.
Muy lentamente Kouga rozó una mano por su cara. "El desapareció. Alguien más va a tener que ir por las medicinas."
La premonición enganchó sus frías manos por su garganta. "¿Quién?" Sesshoumaru exigió.
En la luz del sol naciente, Kouga lanzó una sonrisa depredadora.
