Cuentos de la Casa de La Luna

Por

Resmiranda

Capítulo Dieciocho

"Porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea, a nuestro ver, el de la misericordia que el de la justicia." – Miguel de Cervantes

...o...

Un día cuando él aún era joven, cuando tenía la apariencia de un niño de diez años, cuando pisaba el agua entre esa extraña, turbia y recordada niñez y ese agonizante año en el que creció tan rápido que quedó lisiado dentro de su propia piel, Sesshoumaru se sentaba en los jardines bajo el árbol mimosa favorito de su madre y observaba a los hijos de los sirvientes jugar.

Tres niñas – parecían de siete años o algo así en los estándares humanos – y dos pequeños niños, menores, corrían por el patio, brincando ligeramente sobre las camas cubiertas de flores de su madre, escondiéndose el uno del otro detrás de rechazados árboles humedecidos con musgo y gruesos de follaje sin cortar, riendo y gritando. Sus exuberantes balbuceos se amontonaban en sus oídos, y lo encontraba calmante después del entrenamiento que su padre le había dado esa mañana.

Una bandada de pájaros, el llano estruendo de alas, unos cuantos instantes de blancas gargantas, y todas las plumas tan negras que atrapaban el sol en brillosos arco iris. A su lado su padre dio un grito – su señal para empezar – y en sus manos los músculos se movieron bruscamente en anticipación cuando se lanzó a sí mismo por los aires.

"¡Solo los blancos!" su padre le dijo desde abajo, sonando jovial. Sesshoumaru apretó sus dientes y flexionó sus garras, y entonces él estuvo en el medio de ella, vivos ojos y agudos picos, y cada garganta blanca que él encontraba la ensartaba en una garra, corriéndola directamente a través y fuera hacia el otro lado. Primero estuvo la pequeña resistencia, la burbuja antes de que la piel explotara, y luego estaba el rápido crujido de pequeños huesos – y él siempre pudo sentir las suaves plumas en sus dedos, las plumas alrededor de la herida que resbalaban tan gentilmente, tan traicioneramente por sus manos – y luego la sangre. Y siempre, siempre, los gritos; siempre el llamado de muerte arañando por el interior de su cráneo con un filo dentado.

El deseaba poder matar a todas y cada una de ellas, solo para hacerlas parar.

El derribó veintitrés, y el olor a sangre fue de una vez tentador y sin nada especial. Cuando de nuevo él tocó tierra su padre dio una vuelta, lord del mundo, e inspeccionó los cadáveres que ensuciaban el suelo.

"Nada mal, nada mal," él dijo finalmente. Sesshoumaru sintió una débil sonrisa amenazar con romper su normalmente solemne rostro, pero su padre no había terminado todavía. "Aunque, no bien, tampoco." Él continuó. "Habían treinta y cinco."

¡Treinta y cinco! El estaba tan seguro que había dominado este ejercicio. La decepción cayó sobre él, lo suficientemente pesada que lo hizo flaquear, y Sesshoumaru apretó sus puños tan fuerte en frustración que rompió su propia piel. Afortunadamente su padre ya le había enseñado los trucos de mantener su rostro libre de reacciones, nunca mostrando debilidad o dolor, así que él mantuvo sus garras incrustadas en su carne para impedir que su sangre chorreara; él sabía que su padre la olería.

Sesshoumaru ejecutó una seca reverencia y su padre lo dejó ir. Como siempre lo hacía después del entrenamiento, él caminaba, calmado y sereno, desde el dojo, o la extensión de pasto tras el. El pasó sobre el patio, por el pequeño puente – el que se arqueaba sobre el arroyo que corría por el terreno – y dentro del jardín en la parte trasera de la casa, donde se doblaba entre la sombra del árbol y cerraba sus ojos. Siempre respiraba profundamente, lamía para limpiar cualquier rastro de sangre en sus manos, y dejaba sus abusados oídos encontrar sonidos que no gritaran.

Era un fresco, mediodía de primavera, y el olor de verdes plantas que crecían, en la brisa se enrollaban sobre las heridas imaginarias dentro de su cabeza y levantaban la irritación. Colocando su rostro en una máscara sin expresión él lentamente dejó de apretar sus puños para permitir que los agujeros sangraran y se cerraran sin que nadie se diera cuenta. El observaba mientras se curaba, intentando considerar la sensación de escozor como solo una curiosidad, pero para su disgusto él descubrió que él aún no tenía el completo control. Su aliento siseó por sus dientes muy ligeramente, y silenciosamente él se maldijo a sí mismo de nuevo. Cualquier oponente lo suficientemente formidable para infringir una herida sería lo suficientemente poderoso para escuchar su sibilante reacción, y tendría los recursos para presionar su ventaja. Eso simplemente no funcionaría.

Sesshoumaru miró fijamente el pasto y se concentró en su respiración – lenta, constante, regular, ni dolor ni sorpresa, ni odio ni alegría – y entonces empujó sus garras dentro de sus palmas otra vez, de nuevo rompiendo la piel y sacando sangre. Esta vez, sin embargo, él mantuvo su rostro - no quieto, porque quieto implicaba control, y control significaba que se le estaba dando demasiado pensamiento a aquello – pero suave, llena de fingido aburrimiento. Aún dolía, pero esta vez él no tuvo una reacción física cuando desenrolló sus dedos de nuevo y se permitió a si mismo curarse.

Repitió este ejercicio dos veces más antes de estar satisfecho con que él se había, al menos por hoy, desecho de reacciones adversas. Apoyando su espalda contra la dura corteza del árbol, llevó su mano a su rostro y lentamente lamió la sangre de su mano derecha, y luego de la izquierda. Cuando estuvo satisfecho de que todas las huellas de su ignominiosa reacción de moderado fracaso fueron borradas de su piel, Sesshoumaru permitió que sus manos cayeran sobre su regazo mientras cerraba sus ojos e intentaba pensar en nada en absoluto.

En el jardín y en su cabeza, Sesshoumaru dejó a las hojas crujir, sintió el ligero movimiento sobre la tierra, y esperó escuchar el aleteo de mariposas contra el cielo.

El pudo haberse dormido, o alcanzado su objetivo de completo vacío, pero algo al borde de su conciencia gritaba. Una pequeña voz, aguda y mordaz, hizo sentir su existencia.

Sesshoumaru abrió sus ojos, y los dejó vagar donde fuera, buscando el disturbio de su paz. No tomó mucho el señalar la fuente de sus problemas.

Bajo en el patio había una pequeña conmoción entre los niños que él había estado echando un vistazo solo momentos antes, y Sesshoumaru levantó su cabeza para ver a los niños pelear por algo. El no pudo discernir, en el balbuceo de agudas voces, el porque de la discusión, pero no importaba realmente. Los niños riñeron rápidamente, e igual de rápido decidieron quien era el vencedor; en cinco minutos, de una forma u otra, la pelea sería resuelta y el jardín sería devuelto a su normal tranquilidad. El esfuerzo requerido para detener la pelea era más del que él deseaba gastar, así que se volvió a sentar contra el árbol y observó el pequeño drama desenvolverse.

Las niñas, mayores y más grandes, intentaban persuadir a los niños menores de hacer algo, aunque ellos no sacarían nada de ello. La discusión se hizo más y más escandalosa hasta que una de las niñas – la más alta, de cabello naranja claro trenzado por su espalda – dio un paso adelante. Sesshoumaru se movió, interesado en ver que planeaba hacer ella.

Cuando ella tomó impulso y golpeó al niño más pequeño en la boca Sesshoumaru frunció el ceño. Eso no parecía ser terriblemente justo, pero de todos modos las peleas raramente lo eran. Sin mencionar que parecía un poquito fuera de lugar el presenciar a una mujer enfrentándose a un hombre y golpearlo, sin importar que tan pequeño fuese a comparación de ella. Con rapidez él consideró en ponerle fin a la escaramuza, pero su padre le había enseñado una muy dolorosa lección cuando él era más joven acerca de la violencia contra las mujeres que no lo estaban atacando, y en cualquier caso el niño necesitaba vérselas por si mismo. No siempre habría árbitros entre las sombras para salvarlo de féminas locas con una pelea en sus ojos.

El niño cayó contra el pavimento, un grito de dolor escapando de su boca. La niña que lo había golpeado se veía horrorizada, pero entonces el acompañante del niño corrió hacia ella con todas sus fuerzas, golpeándola contra un árbol. Ella chirrió y lo empujó lejos de ella, lo cual fue una mal calculada acción de su parte ya que el niño tomó un gran puño de su cabello con él. Ella gritó de nuevo y arremetió con un pie, atrapando al niño por la pierna y haciéndolo caer al suelo mientras el primer niño se levantaba y se lanzaba contra otra de las niñas. Sesshoumaru olfateó sangre, y su mirada desaprobadora se derritió en una de enfado. La situación posiblemente se hubiese deteriorado al punto de una intervención, aunque él no estuviese de humor para detener una pelea en la cual el no tenía papel.

El aun estaba debatiendo si separar a los niños o no cuando alguien más tomó la decisión por él.

Los ojos de Sesshoumaru se ensancharon cuando una pantalla de shoji se abrió deslizándose revelando a su madre. Ella pausó, asimiló la escena ante ella, y luego dio zancadas bajando por las escaleras y dentro del jardín, un remolino de cabellos plateados y kimonos color índigo e igual de desenfrenada que siempre.

"¡Takara-sama!" La exclamación llamó su atención lejos de la mujer moviéndose de lado a lado dentro de la pelea hacia la fuente de la voz. Tras él, él vio un montón de damas de compañía y criadas agrupadas alrededor del borde de la pantalla y mirando como su ama saltaba dentro de la riña frente a ella, como lo hacía con todas las discusiones. El se volvió y vio a su madre en acción.

Con los experimentados dedos de una mujer quien había sido la mayor entre diez hijos, su madre entró en la escaramuza y separó a los combatientes, expertamente evitando arremolinados miembros y torcidos dedos con pequeñitas garras, levantando a cada uno de ellos con facilidad. El nivel de actividad murió casi inmediatamente con su interferencia; reconociéndola, los luchadores la miraron fijamente con ojos anchos y bocas abiertas, y en un caso, una muy sanguinolenta nariz.

Su madre ignoró el escrutinio de ellos de la forma en que ella ignoraba casi todo lo que ni la complacía ni la disgustaba, sin tomar en cuenta los embobados rostros mientras ella le echaba un vistazo a cada uno, evaluando los daños que se habían hecho. Cuando hubo terminado, ella se enderezó en su completa altura y le hizo un gesto a las criadas agrupadas en la puerta.

Sesshoumaru siempre admiró la forma en que su madre doblaba al mundo a su alrededor, como si fuese una actriz en un escenario. A pesar de su falta de belleza, ella aun proyectaba un glamour que hacía caso omiso de las pecas y la ancha boca y ojos pequeños, y atraía todo hacia ella misma. El fenómeno que él estaba presenciando ahora lo había visto muchas veces: como si las criadas se encontraran a sí mismas siendo actrices en vez de espectadoras, ellas físicamente se sacudían – esto siempre implicaba rápidos parpadeos por alguna razón – y entraban ajetreadas al escenario, repentinamente ansiosas de tomar parte en la magnifica obra en las que ellas de repente se encontraban. Ellas llevaron a los niños lejos cloqueando y regañando, y él vio a su madre esconder una sonrisa detrás de su larga manga, como si estuviese disfrutando de una broma privada.

En el minuto en que el jardín fue aclarado, y ella ascendió por las escaleras de nuevo. Sin embargo, en vez de regresar dentro su madre ahuyentó a todas las demás hacia la casa antes de deslizar la pantalla cerrándola de nuevo y volviéndose para mirar directamente a su hijo.

Sesshoumaru había pensado que ella ignoraba su presencia. El torció una ceja, en curiosidad, y no se movió mientras ella venía entre zancadas hacia él con una mirada determinada en su rostro, lo cual era muy diferente de su normal sonrisa abierta por lo cual él estaba muy confundido para reaccionar cuando ella se detuvo frente a él y lo golpeó elegantemente en la cara.

El no demostró ningún dolor, él solo la miró, perplejo. Ella hizo un frustrado sonido y lanzó sus manos en el aire. "Odio cuando haces eso," ella le informó.

El aun no entendía. "¿Hacer qué?" él quería saber.

Ella sacudió su cabeza. "Cuando no reaccionas." Sin ceremonia, ella se sentó con rapidez en el suelo en lo que probablemente era una caída controlada, pero que se veía como un repentino colapso. Ella se desplomó frente a él y miró hacia su derecha en esa forma peculiar que ella tenía cuando algo la molestaba.

"Pero para eso estoy entrenando," él dijo, aun más confundido, y ahora preocupado con que ella esté molesta con él.

Ella suspiró. "Lo sé," ella le dijo. "Es solo que hace que te veas tan mayor."

El inhaló. "Yo soy mayor," él le dijo a ella, luego pausó. "Y eso si dolió," él añadió con resentimiento. "¿Por qué fue eso?"

"¿Hmm?" ella miró hacia arriba, las vueltas y churos en su cabello bordeando su rostro y cayendo uno sobre otro en la ligera brisa. "Ah, eso fue por no intervenir en la pelea."

"No sabía que esa era mi responsabilidad."

Ella le dio una mirada aguda, como si ella sospechara que él estaba siendo poco honrado a propósito. Cuando ella aparentemente hubo discernido que su confusión era autentica ella sacudió su cabeza, labios estrechándose. "¿No escuchas nada de lo que tu padre te enseña?" ella exigió.

"¡Por supuesto que lo hago!" él dijo a la defensiva.

"Entonces ¿Cuál es la acción correcta de un lord cuando presencia injusticia entre sus súbditos?"

Sesshoumaru quería patearse a sí mismo. "Rectificarla," él respondió.

"Exactamente. ¿Me podrías decir por qué escogiste el permitir ese espectáculo de barbarie en mi jardín en lugar de intervenir y detenerlo?"

Sesshoumaru suspiró. "Porque un hombre nunca levanta una mano a una mujer si no es un enemigo," él le dijo. Por la parte trasera de su mente el rostro furioso de su padre flotó, y él recordó la sensación de garras enterrándose en sus mejillas mientras era levantado del piso y lanzado a un lado de la bodega, en castigo por abofetear a una prima como represalia por un juego que no podía recordar. Pero, él recordó la lección.

Frente a él sus ojos se suavizaron, y la línea de tensión en su cuello que él no había notado desde ahí desapareció. "Ya veo," ella dijo. "¿Pero qué en cuanto al chico? El era débil - ¿Por qué no lo ayudaste?"

Su ceja se arrugó mientras intentó recordar. "Porque un niño debe aprender a ser fuerte, y el dolor templa el alma," él dijo finalmente.

"Ya veo," ella dijo de nuevo. El observó como ella llevó sus manos cubiertas por su kimono a su rostro, como si escondiera una sonrisa de él. Ella parecía estar pensando.

"Sesshoumaru," ella dijo después de un momento, "¿Cuántos años tenía ese niño?"

El se encogió de hombros, inseguro de donde estaba llevando este tren de pensamiento. "El se veía joven – quizás la mitad de mi edad," él aventuró la respuesta. Las edades de los youkai eran muy difíciles de señalar – él mismo se veía como un humano a los diez años, pero él era mucho mayor que eso. El niño no era para nada tan fuerte o puro como él, así que él talvez tenía diez años, veinte años, inclusive cincuenta años, o él pudo haber sido de la edad que parecía – alrededor de cinco o algo así. De todas formas, él era claramente joven.

Su madre estaba asintiendo. "Así que ¿él era un niñito?" ella dijo.

Esa parecía una pregunta capciosa. "... ¿Si?" él se aventuró.

Ella se rió con su duda. "Y la niña, ¿era pequeña también?"

"Todos eran pequeños."

"Todos eran débiles," ella dijo.

Sesshoumaru abrió la boca para protestar que los débiles debían aprender a ser fuertes o perecer, pero ella levantó una mano. "¡Ah!" ella dijo. "Dime, hijo: cuando un niño es lastimado, ¿quien sufre más por aquello?"

El estuvo a punto de responder, "El niño," pero percibió una trampa y pensó mejor en ello. El intentó recordar los tiempos cuando él era mucho menor y podía aun llorar con heridas menores. El se caería, o golpearía algo muy fuerte, se rasparía la rodilla o su mano, y luego había la cortada y el llanto, y entonces su madre siempre estuvo ahí, secando sus lágrimas y sosteniéndolo cerca, con un olor ansioso y protector y cálido –

Su boca se torció. "Su madre sufre más," él respondió.

"¿Y una madre siempre es...?"

El vio el punto al que iba. "Una mujer."

"¡Bien!" ella le sonrió. "Una mujer. Así que por no proteger a sus niños, tú de hecho estas lastimando a...?"

Sesshoumaru suspiró. Este asunto de lord se estaba volviendo más complicado con el paso de los días. "Una mujer."

"Lo cual un hombre nunca debe hacer al menos que sea una enemiga," su madre llenaba las últimas partes por sí misma. "Así que es tu deber el proteger niños no solo porque sean débiles – aunque esa también es una perfectamente aceptable razón – pero porque el dolor que ellos sufren se extiende a aquellos que nunca debes lastimar, incluso si la herida es por no ocuparse de él."

"No puedo proteger a todos los niños," él protestó.

Ella bufó. "Bueno. Nadie espera eso. Tú haces la tarea frente a ti, no todas las tareas del mundo, porque incluso tú no puedes hacerlas, no importa cuan rápido o fuerte seas."

Algo debió haber cruzado por su rostro en ese momento, porque él frunció. "¿Qué pasa?"

Sesshoumaru pensó en su fracaso esa mañana. "No soy rápido de todos modos," él dijo.

"¿Es por tu entrenamiento esta mañana? ¿Con los pájaros?"

El asintió, preguntándose como sabía ella. El observó su rostro romperse en su gran sonrisa, sus colmillos apareciendo inquietantemente blancos en la sombra del árbol. "Tu padre me contó acerca de él. El dijo que tu progreso es maravilloso."

"Pero no perfecto," él respondió.

Su sonrisa abierta se desvaneció un poco, y ella pareció casi decepcionada antes de deslizar su mirada hacia otro lado y fuera por él jardín. "No," ella dijo, "No perfecto. Pero nada lo es."

"Bueno, puedo intentarlo," él dijo, tratando de borrar la tristeza que se había asentado en su rostro.

Pareció funcionar, cuando ella se volteó hacia él y sonrió abiertamente otra vez. "Si, puedes," ella respondió. "Y ahora vallamos adentro y almorcemos. Romper peleas me pone hambrienta."

Sesshoumaru sonrió una de sus raras sonrisas que él reservaba para ella, y entraron a la casa juntos.

...o...

Sesshoumaru parecía de dieciséis cuando su madre murió.

La enfermedad había sido larga, una que todos ellos podían oler pero ninguno podía curar, así que su familia se quedó en vano mientras ella se desgastaba, se deterioraba ante sus ojos, y se fue en un cambio de estación, desapareciendo dentro del ondeante pliegue entre el verano y el otoño. La quemaron hasta que nada de ella quedó atrás; no hubo algo conmemorativo para marcar su existencia, nada para decir, aquí, ella estuvo aquí. Como si ella hubiese caminado fuera de una ventana y dentro de una niebla ella se desvaneció fuera de vista; solo la ola de su salvaje cabello plateado y el suave oleaje de una manga color índigo se pudo ver mientras ella caía hacia el mundo, y entonces ellos, también, se habían ido, como si nunca hubieran sido.

Aunque este fuese el primer dolor que su corazón hubo jamás conocido, Sesshoumaru no lloró. El no habló tampoco; se sentía como si su muerte había caído sobre él, enviando una onda, una ola que bañó su mente y la limpió de un lado al otro de palabras. El no tenía nada que decir.

Nada, eso es, hasta que supo acerca de Izayoi.

Solo fueron rumores al principio, corriendo en solo dos semanas después de que su madre pasó lejos de la tierra de los vivos: el Inu no Taisho tenía una amante.

Al principio Sesshoumaru hizo estos rumores a un lado imitando a la indiferencia de su madre, pero se hicieron más insistentes, creciente en detalles: ella era joven, era una doncella, ella era humana. Tenía cabello negro y largo, una pequeña, dulce cara, recatada – todo lo que su madre no había sido.

Y entonces más. El Inu no Taisho la amaba. El la había llevado a la cama por primera vez cuando la Dama Takara cayó enferma.

Ella estaba embarazada.

Cuando él finalmente enfrentó a su padre, fue la última vez que lo vio vivo.

Su padre se preparaba para la batalla, colocándose su armadura, preparando su espada, atando su cabello en su acostumbrado estilo, y Sesshoumaru estaba de pie detrás de él, observándolo arreglarse.

"¿Es eso cierto?" él exigió, y él reflexionó en que su padre le había enseñado bien en una cosa al menos: su voz no indicaba ninguna emoción. El ni siquiera estaba seguro de si sentía algo en absoluto.

Ante él, las manos de su padre se inmovilizaron mientras apretaba las ataduras que mantenían su armadura en su lugar, como si estuviese pensando, y Sesshoumaru no tuvo que escuchar su silencioso si para saber la respuesta. Y resultó ser que él no era tan maduro como pensaba que era, porque su youki destelló y un gruñido dobló sus labios mientras se volteaba para irse.

"Hijo mío."

Sesshoumaru se detuvo, aunque no se volteó.

"Voy a pelear; hay un desafío contra mí," su padre dijo, y su alguna vez sonora voz cayó insípida al piso. El no tenía que decir por qué – los rumores eran ciertos, así que su debilidad era tan evidente como la luz del sol. Ella era vulnerable, prescindible, y su padre le era fiel a ella, esta cosa tan fugaz y frágil. Cualquiera que se permitiera a si mismo amar a un perfecto peón, una cosa tan fácilmente convertida en una herida, era débil, y los líderes débiles no eran líderes por mucho tiempo.

Sesshoumaru esperó mientras su padre tomó un profundo respiro y lo arruinó todo.

"Si yo no puedo regresar, tú tienes una obligación."

"No la tengo."

"¡La tienes!" su padre nunca alzaba la voz por furia, y en su piel, Sesshoumaru se estremeció.

"La tienes," su padre dijo nuevamente, silenciosamente. "Tu hermano. No puedes dejarlo morir."

Por un largo momento Sesshoumaru no dijo nada, no pudo encontrar las palabras, no pudo dragar su voz desde las profundidades de su pecho. ¿Qué palabras podrían decirle a su padre de la gravedad de su traición, de cómo pequeñas acciones traidoras merecían reconocimiento? ¿Qué palabras podrían transmitir el fin de su cariño?

Finalmente él abrió su boca.

"Si puedo."

Sesshoumaru se fue, y nunca prometió a su padre que él velaría por su nuevo hijo. Cuando su padre murió peleando contra Ryuukotsusei en el frío del próximo invierno, Sesshoumaru se preguntó que tan difícil había sido el escoger entre su hijo y la gente que dependía de su fuerza. Talvez él nunca escogió; quizás él pensó que sobreviviría.

Quizás él pensó que su hijo le concedería su último deseo.

Cuando él supo que su padre había muerto, Sesshoumaru abandonó la Casa de La Luna para encontrar a la dueña de su padre y asesinarla.

No fue difícil encontrarla – a cualquier especie le encanta chismosear, le encanta saber que esta sucediendo, y entonces él se encontró a sí mismo frente al castillo una oscura noche, escuchando los gritos de los centinelas mientras intentaban determinar quien era él. El no respondió sus preguntas, solamente saltó sobre las paredes y escuchó sus llamados tornarse en gritos de sorpresa y alarma. El youkai, ellos gritaban, y él sabía que ellos pensaban que él era el padre, el que había profanado a su princesa.

Pero ¿después de todo, a quién le importaba lo que los humanos pensaran? El aterrizó dentro de las puertas y dio un paseo por las escaleras hacia la casa, volteándose solo una vez para cortar flechas en el aire. Estas cayeron alrededor de sus pies y él dio la vuelta y continuó dentro de la gran mansión ante él.

Los pisos eran resbaladizos, y todo a su alrededor era el hedor de miedo y desesperación, el olor de humanos que temían morir, y él acechó de cuarto en cuarto, siguiendo el débil olor de una mujer embarazada, sin molestarse en matar a aquellos que intentaban bloquear su camino.

El la encontró en una oscura habitación, segregada lejos de todos. Ella no tenía ninguna criada con ella, y solo la luz de la luna desde la ventana iluminaba su forma.

Los rumores habían sido ciertos – ella no era nada igual a su madre, nada como el amor de la vida de su padre quien había sido tan fácilmente abandonada. Ella se arrastró por el piso, congelada por el miedo, sus manos envolviendo su hinchado vientre de manera protectora, como si pudiese calmar al bebé dentro de ella, como si ella pudiese salvarlo tan solo con su amor.

Ella estaba llorando, grandes, silenciosas lágrimas, y el brillante olor blanco de su terror cortaba afiladamente a través de su perfume maternal.

"Por favor," ella suplicó, enrollada alrededor del niño que la mataría si algo no se hacía pronto. "Por favor, perdónenos. ¡Perdónalo a él!"

El ansiaba matarla. Ella era una enemiga. Ella era una mancha. Ella había profanado la pureza de su casa, la tranquilidad de su familia.

El no podía dejar de mirar sus manos, sus dedos sin garras, gentiles y temblorosos mientras se movían sobre su hijo, escondido en su cuerpo, el hijo que sería enterrado pronto. El miró sus grandes, suplicantes ojos, brillosos por lágrimas, y el sintió una puñalada de un mordaz dolor azul enterrarse por su pecho.

Madres e hijos, él pensó distantemente, su mente torciéndose bajo él, cayendo sobre él, traicionándolo. Niños y mujeres. Se preguntaba si su madre lo dijo en serio cuando le enseñó esa responsabilidad.

Gruñendo, él se volteó y saltó por la ventana dentro de la nieve, dedos desnudos de la sangre que él intentó conseguir.

El realizó el viaje. Era el mismo tipo de viaje que todos los que engendraban hijos hanyou y deseaban que vivieran hacían: el largo camino, la pelea, y el trato.

Así que Sesshoumaru fue más y más al sur de nuevo, sobre las islas, dentro de sus cuevas. El peleó y derrotó al ciego gusano de fuego al final del camino, aterrizó en las costas del lago bajo tierra, tomó té con el youkai que cuidaba de las plantas de la profundidad y la oscuridad que salvarían a la hime y a su híbrido hijo.

"¿Acaso no es tu hijo?" el anciano, sabio youkai preguntó, acariciando su extraña, musgosa barba y fijando en Sesshoumaru una mirada sospechosa.

"Es de mi padre. El niño es mi medio-hermano."

"No pareces muy contento con eso."

"No lo estoy."

El youkai apretó sus enormes labios. "Podrías dejarlos morir," él dijo.

"Podría."

Sesshoumaru no vaciló bajo la pesada mirada. Finalmente el youkai asintió. "Ya veo. Muy bien."

"¿Cuál es el precio?"

Dando una aguda risa mientras se volteaba, el anciano youkai simplemente sacudió su cabeza y no respondería. Una hora después Sesshoumaru se encontró a sí mismo afuera en la luz del sol, un paquete de hierbas y hongos en sus manos y una miserable furia agriándose en su lengua. El casi lanzó el paquete al océano.

Aunque, no lo hizo. El regresó, una vez más saltando sobre las paredes en la muerte del invierno al compás de asustados guardias y moviéndose por la casa como una estrella siniestra, pálida y brillante, oscura y cruel.

Ella estaba muriendo, con dos criadas cuidando de ella. Sus siervas se encogieron en las esquinas cuando él entró en la habitación y miró fijo hacia su temblorosa forma. El escuchaba como su respiración dificultosa llenaba la habitación, y cuando ella se volteó para mirarlo, sus luminosos ojos oscuros eran solo tristes vacíos en su dolorido y delgado rostro. Su hijo la estaba matando, y ella lo estaba matando también. Morirían juntos.

Sesshoumaru lanzó el paquete a una de las criadas, quien gritó cuando este golpeó la parte trasera de sus manos que protegían su cara. Cayó al suelo, haciendo un húmedo sonido mientras rebotaba dos veces en el piso antes de detenerse.

"Hiervan eso," él ordenó. "Hagan que ella lo tome. Prepárense para el parto."

El se dio la vuelta hacia la ventana por la cual él se había ido cuando estuvo la última vez ahí, pero un ahogado sonido lo detuvo.

"S... sess..."

El miró sobre su hombro. Ella intentaba sentarse, y una de las criadas la sostenía hacia abajo. Cuando vio que él se había volteado, ella cesó sus esfuerzos, cayendo para atrás.

"Sesshoumaru," ella dijo. Ella sabía su nombre, y él tuvo que luchar para evitar que sus labios se torcieran en un gruñido de advertencia. Ella no se daba cuenta de su indignación.

"Gracias." Su voz estaba bordeada con un agradecido sollozo. "Gracias."

El se marchó, y nunca le dijo a ella que asesinaría a su hijo.

...o...

Kagome estaba sentada silenciosamente en la oscuridad e intentó pegar los pedazos de su cerebro de vuelta. Ella no lo estaba logrando. Completamente aparte de la repentina tristeza que despertó en su pecho con el nombre de Inuyasha, una gran cantidad de dificultad provenía de todas sus experiencias pasadas. Por casi dos minutos ella trató de asimilar este poco de nueva información e introducirla a la fuerza entre las otras cosas que ella sabía, pero solo no estaba encajando como debía. De hecho, no parecía haber lugar para ésta en ninguna parte en la lista de los atributos de Sesshoumaru. Ella tenía cruel, sanguinario, implacable, despiadado, sádico, extrañamente honorable, no completamente un mal conversador, decente compañía, debilidad por niñas pequeñas – lo cual, dando la perspectiva de uno, podría ser o completamente consistente con otros aspectos de su personalidad o solo una anomalía benigna – quiere asesinar al infante hijo de Akiyama, intentó matarme a mí, me salvó, peleó junto con nosotros y odiaba a su hermano y lo quería muerto. Al menos, él último estaba en directa oposición a su declaración de que él había salvado a Inuyasha y a su madre de una muerte segura, y ella no poseía la agilidad mental necesaria para las acrobacias requeridas para encajar ambos pedazos de información en su cabeza de una sola vez.

Sesshoumaru estaba en silencio. Ella se movió nerviosamente en la cálida oscuridad de la cueva.

"Um," ella dijo.

El no se movió. Kagome tomó esto como, si no esperanzador, entonces al menos una señal de que no era desesperanzador. Ella decidió hacerlo. "Er, teniendo en mente de que definitivamente no te estoy diciendo que eres un mentiroso," ella se aventuró, "No te creo."

Sesshoumaru se movió. "Eso es decirme que soy un mentiroso, y ¿por qué no?" él preguntó. Kagome se tensó al escuchar un borde de malicia en su voz, pero él solo sonaba cansado.

"Bueno, tú intentaste asesinar a Inuyasha muchas veces, para empezar," ella señaló.

"Eso no es contradictorio con mis actos."

"Si, lo es."

"¿De que manera?"

"Porque si lo querías muerto, tu solamente lo hubieras dejado a él y a su madre morir," ella señaló, tratando de ignorar la insistente sospecha de que ella estaba fracasando en alcanzar un básico y fundamental concepto. Quizás Sesshoumaru simplemente demostraba su cariño poniendo su mano entera dentro del estomago de uno. Talvez removiendo el hígado de uno era su forma de decir que bueno verte, que día tan bonito, ¿te gustaría algo de sake?, Oh, mi error. Tomemos té en vez de eso. Talvez Inuyasha sabía de esa clase de cosas, y Sesshoumaru solo estaba gentilmente consintiendo sus deseos, aunque pensar sobre eso solo traía toda clase de problemas que estarían probablemente mejor sin tocar. Kagome empujó esa idea fuera de su cerebro y esperó a que él respondiera.

Después de un momento, ella lo escuchó suspirar. "Yo no fui entrenado para matar mujeres y niños; cuando el momento llegó, no pude hacerlo," él dijo lacónicamente. "Eso es todo lo que necesitas saber."

Kagome frunció. "Intentaste matarme a mí," ella señaló amablemente. "Y Kouga dijo que tu querías asesinar a su nieto bebé, un acto el cual, puedo añadir, yo no apruebo en absoluto. Y tu ni siquiera tenías que matarlos – solo no tenías que haber hecho nada."

"Si intenté matarte," él estuvo de acuerdo, placando su primera afirmación, "pero en ese tiempo tú eras una enemiga."

"Así que, ¿puedes matar a mujeres si son enemigas?"

"Si, aunque he relajado mis estándares desde mi juventud."

Kagome no encontró a esto reconfortante. "Quieres decir, que ¿ahora tienes menos problemas al matar mujeres?"

Hubo un roce de ropa lo cual pudo haber sido un encogimiento de hombros. "Desde que perdonarlos a Inuyasha y a su madre trajo consigo un exceso de problemas sobre mi – un exceso que pudo al menos ser refrenado si lo hubiese asesinado, inclusive después – He decidido que la estricta adherencia a ese aspecto de mi entrenamiento puede, en ciertas circunstancias, ser pasado por alto. También he aprendido que un ataque directo no es necesario para aquel considerado un enemigo."

El hablaba de matar tan insípidamente, como si fuese algo en lo que él no tenía que pensar. Lo cual él no hacía. El era un demonio. Kagome se sintió fría, y se enterró mas profundo bajo su sábana. "Entonces si tuvieras que hacerlo de nuevo, ¿los hubieses dejado morir?" ella preguntó, su voz pequeña inclusive en los confines de la cueva.

El casi tomó un minuto entero para responder, y ella pensó que él iba a ignorar su pregunta hasta que él tosió muy ligeramente. "No tiene sentido el especular sobre aquello," él dijo cuidadosamente. "Aunque yo admito que la vida hubiese sido mucho menos interesante que si los hubiese dejado perecer."

¡Ja! Ella pensó. Eso esta bien para mí. Pero... "Aún no lo entiendo. Tu ni siquiera tenías que hacer algo – no hubieses sido directamente el responsable de sus muertes si no hubieras ido," ella insistió.

El bufó suavemente. "Eso es incorrecto. Fracasar al actuar honorablemente es igual de grave que actuar con deshonor."

Una pequeña parte de ella secretamente sospechaba que su explicación no era el todo de sus razones para actuar de la manera en que lo hizo. Ella pensó en su pequeña niña. "Aun no te gusta matar mujeres y niños, ¿verdad?" ella preguntó, aunque aquello era más como una pequeña revelación que solo necesitaba confirmación más que una respuesta.

El se la concedió. "No realmente," él dijo. "Intento evitarlo lo más posible."

"¿Entonces por qué quieres asesinar al bebé?"

Ella lo escuchó suspirar. "Porque Kouga me debe una vida."

"¿Por qué?"

"Eso en realidad no es de tu incumbencia."

Kagome se mordió el labio, regañada. "Lo siento. Solo que parece que... no lo sé, ¿hubieras realmente asesinado al bebé si Kouga no te hubiese forzado a realizar esta misión?"

"¿Crees tú que no lo haría?" él preguntó después de un momento, y él parecía genuinamente curioso.

Ella se preguntaba que era lo que él esperaba que ella dijera. Se preguntaba si una vida pendía de sus palabras. Se preguntaba por qué ella pensaba que a él le importaba su opinión acerca del asunto. Con turbación aclaró su garganta. "Yo creo que no lo harías," ella anunció. "No matarías a un bebé." Con una sacudida de sorpresa, ella encontró que estaba diciendo la verdad.

El parecía entretenido. "¿Y por qué piensas eso?"

Kagome respiró. "Por que eres honorable, a tu manera. Porque pienso que cuando el momento llegue de nuevo, encontrarás que esta muy por debajo de ti el matar a un infante."

"Talvez," él dijo, y ella pensó que había escuchado una nota de tristeza en su voz, aunque para qué cosa sonaría esa nota, asumiendo que estaba ahí en absoluto, era imposible de decir.

Tristeza. Algo jaló de su pecho. "¿Te gustan los niños?" ella se preguntó en voz alta.

"No me interesan demasiado."

Kagome cerró sus ojos y pensó en Inuyasha; menos de una década los separaba, pero él aún estaba en su corazón. Desvanecido ahora, arrastrándose hacia el fondo, pero siempre, siempre ahí.

El demonio a su lado tenía casi cincuenta años desde el lugar en donde él había sido desmontado. Aunque ella intentó escoger sus palabras cuidadosamente, cuando salieron se sintieron como equivocaciones, como si llenaran su boca con ángulos por los cuales eran difíciles de hablar, que atravesaban su lengua y hacían imposible hablarlo sin dolor.

"Aún - ¿aun la extrañas?"

El estuvo en silencio por un largo momento, y cuando habló, su voz sonó casi carente de práctica, como si las palabras que él usaba para hablar de ella se habían oxidado por abandono. "En los momentos menos esperados," él dijo, y él se escuchó al mismo tiempo muy lejos de ella, y tan cerca que pudo muy bien haber estado bajo la piel de ella.

Ella estuvo en silencio, y él pareció estar esperando. Luego, "¿Por qué lo preguntas?" él dijo suavemente.

Ella sacudió su cabeza, tragando el bulto en su garganta, preguntándose lo mismo, preguntándose por que tenía que mencionarlo. "Solo quería saber si eso se iba eventualmente." Su voz no se rompió.

Sesshoumaru recordó el dolor de ella cuando ellos hubieron hablado por primera vez solos, las lágrimas que él olfateó pero que fracasaron en caer. "Tu aún piensas en ellos," él dijo.

El aire dentro de la cueva de repente pareció denso con sus pensamientos, y Kagome tuvo problemas tomándolo dentro de sus pulmones para responder.

"Casi todos los días," ella respondió finalmente, su voz estrangulada.

Ella lo escuchó respirar lentamente mientras él le daba vueltas a esto en su cabeza. "Tu misma dijiste que se sentía como una eternidad," él le dijo finalmente. "Y nuestras penas son diferentes."

Ella soltó una risa aguada. "¿Yo dije eso?"

"¿No recuerdas?"

Ella sacudió su cabeza. "Quizás si lo hiciera no me sentiría tan triste," ella le dijo. "Parece que funcionó para ti."

"Tu no actúas triste," él dijo. Con un salto ella se dio cuenta de que no lo hacía, la mayoría del tiempo. El peso de un amor perdido – estaba ahí, pero no inclinaba sus hombros; vivía en su corazón, pero no lo anclaba. Sintiéndose extrañamente ligera, ella se preguntó cuando se había despojado de su luto.

El se movió en el silencio. "Dime, miko," él dijo, "si tu tuvieses que hacerlo de nuevo, ¿lo harías?"

Ella tragó saliva y cerró sus ojos. Ella pensó de la felicidad de fantasía que ella había tenido la oportunidad de darle a su amor y a su antiguo ser. Ella pensó de los amigos que había reunido a su alrededor, que solo eran fantasmas ahora agarrados a su corazón. Ella pensó de cosas perdidas y ganadas, irreparables, irrevocables, irremplazables.

"Creo que si," ella dijo finalmente. "¿Y tu?"

Sesshoumaru supo lo que ella preguntaba. Casi inconscientemente su mano se arrastró hacia la empuñadura de Tenseiga, y él recordó como se sentía el borrar el daño hecho.

"También creo si," él dijo, muy calladamente, y el recuerdo de cómo se veía él en la luz del fuego cuando recién se encontraron se arrastró por la mente de ella.

"Lo siento," ella dijo suavemente. "No era mi intención mencionar eso."

El se movió de nuevo, y la tensión pareció romperse; ella podía respirar de nuevo.

"No te preocupes," él murmuró. "Debes intentar dormir."

Ella asintió y se volteó. Miró fijamente dentro de la oscuridad, y en su pecho ella sintió un dolor que por un momento no pudo identificar, pero después de un segundo de confusión ella repentinamente supo que era.

Kagome se sintió impotente. Ella había removido su abatimiento, había nombrado a su desesperación, y ahora ella no tenía forma de reconfortarlo, para obscurecer esas cosas de nuevo. Lo había hecho una vez - o quizás ella la había removido solo lo suficiente que él había sido impulsado a actuar por el dolor – pero no estaba segura de si ella pudiese consolarlo con solo palabras, y las palabras equivocadas podrían arruinarlo todo. Sería mucho más fácil si ella pudiese tocarlo. El impulso de abrazarlo hizo que sus brazos se tensaran involuntariamente, pero ella rápidamente aplastó la inclinación, como en un destello ella se dio cuenta de que ella deseaba también que él la abrazara a ella y calmara el persistente dolor. Ella necesitaba que la abrazaran. Kagome intentó suprimir el rubor que se esparció por su rostro, aunque no estaba completamente segura de por qué ella estaba avergonzada.

Sigo con esperanzas de ser lo suficientemente fuerte, ella pensó. Sigo con esperanzas de no necesitar a alguien nuevamente.

Pero ella aún quería necesitar a alguien, y esa idea la dejaba llena de un vacío que ella sabía que talvez nunca sería borrado.

Kagome se enrolló alrededor de su adolorido corazón y cerró sus ojos.

Ella se estaba hundiendo en el sueño. Sesshoumaru la escuchó acomodarse más adentro y se preguntó por qué se habían deslizado de vuelta dentro de cosas tan oscuras que él había pensado esconder de todos, había pensado en encerrarlas a un lado por siempre.

El se preguntaba si es que ella estaba en lo correcto respecto al bebé, acerca de él, y casi fue doloroso el darse cuenta de que él esperaba que así fuera.

Sesshoumaru corrió una mano por su rostro, como si pudiese borrar sus pequeñas revelaciones. Ella lo estaba confundiendo otra vez, y esta vez no con sus extrañas palabras y constante parloteo, pero con sus escasas y simples palabras que convocaban cosas olvidadas, las volteaba, las dejaba asentarse de nuevo en un patrón diferente. ¿Los habría dejado morir, si tuviese que rehacer su vida de nuevo? ¿Habría dejado todo esto atrás por algo desconocido? ¿Lo haría de la misma forma otra vez?

El verdaderamente no lo sabía.

En su pecho el sintió un rizo de regocijo levantarse, como humo, y él pensó, muy calladamente, que si él hubiese escogido de otra manera él no hubiese conocido a Rin, no hubiese alcanzado su paz con la decisión de su padre, no habría comprendido cuan valiosa era su vida si no lo hubiese perdido todo y lo hubiese recuperado de nuevo. No sería fuerte. No estaría sentado en una cueva en una montaña desolada, escuchando a esta extraña, frustrante sacerdotisa hundirse en el sueño. No se encontraría, en este momento, a sí mismo extrañamente contento.

Por supuesto, mañana ellos se aventurarían de nuevo en el frío, y él recordaría por qué estaba de mal humor, pero ahora no parecía tan agobiante como él creía. Justo ahora, él estaba cálido, casi cómodo, y lo más importante, resuelto. El tenía cosas que hacer: pagar sus deudas, cumplir con sus obligaciones, regresar a casa, gobernar, liderar, reinar.

El se preguntaba si ella sabía de la enormidad que ella le había dado.

En la oscuridad, Sesshoumaru cerró sus ojos, escuchó el ritmo de la respiración de Kagome, y se hundió en la quietud.

...o...

Sesshoumaru tenía que admitir que cambiar de parecer acerca de cargarla tenía sus ventajas. Primero, iban mucho más rápido de lo que ellos nunca hubieran podido con ella a pie. Por otro lado, el escoger cargarla en su espalda era por igual menos cansado para él, y más digno para ella. Sin mencionar la divertidísima expresión en su rostro cuando él retiró su cabello a un lado y le ofreció su espalda.

"¿Estás seguro?" ella había preguntado, dudando, claramente esperando que lo este.

"¿Acaso disfrutas tanto de las montañas que deseas permanecer aquí más de lo necesario?" él había respondido.

"No."

"Muy bien. Esto permitirá la mayor cantidad de prisa. Marchémonos."

Sin molestarse en preguntarle de nuevo ella había apretado sus hombros y él había rodeado los brazos bajo sus rodillas, levantándola contra sus costados y evitando sus armas. Cuando él estuvo satisfecho de que ella estuviese segura, él había saltado, tomando una pequeña cantidad de satisfacción con la rápida inhalación de aire de ella por su velocidad.

Así que la decisión fue buena por un número de razones. Por otro lado, eso significaba que ella podía parlotear directamente en su oreja.

El sobrecogimiento y gratitud de ella, desafortunadamente, rápidamente decreciendo. "¿Ya llegamos?" ella preguntó por cincuentava vez, claramente creyendo que con preguntar se acelerarían sus pasos, cuando todo lo que hacía era provocarlo a volver a visitar en silencio sus anteriores amenazas de lanzarla dentro del vacío bajo ellos, aunque ahora que ella había decidido que él no era una criatura completamente sin honor esas amenazas tendrían con mucha probabilidad poco efecto. El suspiró mentalmente, pesando sus opciones.

El podría lanzarla de vuelta sobre su hombro. El podía romper una tira de su kimono y empujarlo dentro de su boca. El podía golpearse la cabeza repetidamente contra una roca hasta perder el sentido del oído.

O él siempre podía preguntarle a ella.

"¿Ya llegamos?" ella dijo. Por alguna razón él escuchó una sonrisa en su voz. El la ignoró.

"No. No me preguntes eso de nuevo."

Ella hizo un sonido en su garganta, enfadada, y el soplido de cálido aire que ella lanzó por su oreja causó que un escalofrío pasara por su espina, dando pequeños pasitos sobre su piel con pequeñas patas. Su apretadura sobre sus piernas se tensó reflexivamente, como para aquietarla a ella, lo cual solo hizo que se ganara un respiro entrecortado antes de tropezar con su siguiente pregunta. "Ah... – um, ¿por qué no?" ella exigió, un poco sin aliento.

El pensó que la respuesta era obvia. "Porque es molesto," él respondió.

Sobre sus hombros, sus manos se movieron nerviosamente. "Si, pero también es molesto no saber cuanto va a tomar el llegar allá. Como, ¿vamos a tener que pasar otra noche en una cueva? ¿O qué?"

El se encogió de hombros. "Es lo más probable."

Ella hizo un sonido frustrado. "¿Está realmente tan lejos?"

Kagome observó mientras él volteaba su cabeza para echarle un vistazo a ella sus labios torciéndose un poco. "No estoy seguro," él dijo finalmente antes de voltearse hacia su camino.

Ella gruñó en su interior. ¿Acaso la inhabilidad de preguntar por direcciones se mezclaba entre especies o algo así? Ella estaba lista para llegar allá, hacer cualquier juicio por fuego que tenían que hacer – aunque, ella sospechaba, eso sería mayormente trabajo de él para probar su valor – agarrar la medicina e ir a casa. "¿Por qué no lo sabes?" ella exigió.

Era su turno de hacerle un sonido frustrado a ella. "Porque las direcciones nunca son terriblemente detalladas," él respondió como un tijeretazo. "No te preguntaste por qué no habían más hanyou?"

Ella tenía que admitir que no lo había hecho. Kagome se sintió como si se hubiera olvidado de estudiar para un examen. "Er," ella se arriesgó. "¿Prejuicio cultural?"

Sesshoumaru no estaba completamente seguro de qué quería decir ella con eso, pero como no sonaba igual a, 'porque en realidad es condenadamente difícil salvar al niño y a la madre,' él sacudió su cabeza. "Porque es peligroso asegurar su supervivencia, y no son útiles, y tampoco son deseables."

Ella pareció digerir esto por un momento. "Quieres decir que," ella dijo, sonando horrorizada, "¿ellos solo dejan morir a sus hijos y a sus amantes?"

Ella de verdad era tan sentimental. "Por parte de la mayoría, si, aunque los animales más sociables – como los lobos – tienden al menos a intentar salvar a cualquier progenie no deseado. El no hacerlo va en contra de su naturaleza."

"Entonces ¿por qué no hay más lobos hanyou?" ella preguntó.

"Lo más probable es porque los lobos tienden a evitar meterse en dicho apuro," él respondió, "porque entonces ellos se sentirían obligados a caminar hacia las garras de una muerte casi segura por un niño que no hará nada por ellos o su especie."

Kagome sintió una gota de inquietud. "Espera, ¿qué?" ella exigió.

Sesshoumaru frunció. "¿Qué?" él respondió.

Afortunadamente ella aclaró. "¿Acaso dijiste muerte casi segura? Porque no recuerdo el haberme anotado para una muerte casi segura," ella le dijo. Inconscientemente apretó sus manos en él, como si pudiese cubrirse a sí misma de los desconocidos terrores delante escondiéndose tras él. Lo cual, él supuso, era esencialmente el plan.

"Estas olvidando quien soy yo," él le recordó. "Con seguridad yo no moriré, especialmente no por ese lobo bastardo y su descuidado hijo." Aún, aunque él necesariamente no quería admitirlo, sintió una pequeña púa de orgullo sabiendo que de todos los lobos ninguno de ellos era lo suficientemente fuerte para hacer este viaje, mientras que este era simplemente otra distracción para él.

El suspiró. A veces era tan difícil ser el mejor.

Kagome todavía no estaba convencida. "Bueno, podrías no morir, pero yo en realidad no soy muy buena no muriendo," ella le dijo. "Soy toda fangosa y pueden lastimarme fácilmente."

El bufó hacia esta evaluación. "A pesar de tus obvias desventajas, pareces habértelas arreglado bien hasta ahora," él manifestó insípidamente.

Kagome parpadeó con sus palabras. ¿Eso fue un cumplido? Ella se preguntó. Si lo fue, era extremadamente ambiguo, así que no dijo nada, insegura de que había querido decir él con su declaración. En vez de eso, ella descansó su barbilla en su hombro e intentó tragar la ansiedad que se había atascado en su garganta.

Por un momento ninguno de los dos habló y ella observó el inhóspito paisaje batiéndose por ellos mientras suprimía la urgencia de enterrar su rostro en los cabellos de él. Puramente, ella se insistía a sí misma, por prácticas razones. Mis mejillas se van a caer. Al menos Sesshoumaru estaba cálido – ella podía sentir el calor de su cuerpo a través de su grueso kimono – así que sus dedos no estaban tan mal como su rostro.

Todavía. "¿Cómo sabrás cuando lleguemos?" ella preguntó.

"Sospecho que lo averiguaremos rápido," él dijo.

A Kagome no le gustó el sonido de aquello. "¿Cuáles fueron las direcciones que ellos te dieron?"

El se encogió de hombros. "Dirigirse hacia el norte a la montaña más alta que pueda encontrar. Estoy asumiendo que en algún punto descubriremos el juicio que debemos superar."

"¿Cuál es el juicio?" ella preguntó, su voz flaqueando.

Sesshoumaru cerró los ojos velozmente con irritación. "Depende," él suspiró. "A veces es un misterio, pero usualmente es una pelea."

"¿Una pelea?" Contra sus hombros, él sintió sus manos temblar como en ansiedad. El frunció mientras miraba hacia sus propios pies, negociando un particularmente difícil espacio de equilibrio.

"Si. Por ejemplo, yo derroté un gusano de fuego cuando hice el viaje, aunque hay muchas criaturas diferentes que pueden ser, aunque los lobos no estaban seguros de que criatura vigilaba el camino a la mujer que les da la medicina."

"Ah-jah," ella dijo.

Su fruncido se profundizó. Ahora que lo había pensado, había habido demasiados rodeos sobre ese particular detalle. Sesshoumaru estrechó sus ojos y empezó a hacer una lista, tanto para él como para ella, de los centinelas que ellos podrían estar obligados a enfrentar.

"Gusano, gato de fuego, un elemental – usualmente tormenta o de fuego, pero ocasionalmente de viento o agua – araña, águila, cuervo, kitsune –"

"Dragón," ella dijo.

"Si, dragón, también, aunque probablemente no -"

"No," ella dijo con urgencia. "Dragón." Ella señaló.

El casi tropieza cuando miró hacia arriba, siguiendo su dirección. Ellos se movían con rapidez por laderas abruptamente inclinadas, en la dirección de la unión de dos cimas, por las cuales el podía ver la cumbre hacia la que ellos se habían estado dirigiendo. Pero eso no era lo que llamó su atención.

Lentamente desprendiéndose a sí mismo del pequeño valle entre las cimas estaba la enorme cabeza del dragón. El observó como este serpenteaba hacia el cielo, casi tan alto como las montañas que lo encerraban. Sesshoumaru jadeó de irritación.

"Si, dragón," él dijo con cansancio. Debe haberlo sentido a él acercarse. Bueno, no era como si no hubiese derrotado a muchos otros dragones en el transcurso de su vida; ellos tendían a ser una molestia, pero no algo que él no pudiese despachar con moderada conveniencia.

Resaltando un suspiro, Sesshoumaru saltó desde la ladera, en dirección al valle. Su pasajera emitió un pequeñito chillido, por miedo o sorpresa él no podría decir. No era importante de ninguna manera. En menos de un minuto él aterrizó detrás de un afloramiento de pedruscos cubiertos de nieve, torpemente preparándose contra la pendiente mientras dejaba a la miko bajar saltando de su espalda. Ella cayó en la nieve para variar, siseando del frío.

"Permanece aquí," él le ordenó. "Esto no tomará mucho tiempo."

Ella solo asintió, dientes tiritando.

Y entonces él brincó lejos de nuevo, sacando a Toukijin de su lugar de descanso en su cadera, y en la base de su espina sus músculos se enrollaban sobre sí mismos, deslizándose a sus lugares, bien entrenados, casi perfecto, y por toda su espalda él sintió el peso de su espada, durmiente en su mano, y en su pecho él sintió su corazón jalarlo hacia arriba a la batalla.

Sesshoumaru sonrió débilmente mientras tocó tierra directamente frente a su enemigo, sintió los espirales de su poder recogerse, abajo y debajo, y entonces –

El brincó.

El dragón volteó su cabeza y lo miró perezosamente fijo con un gran ojo azul, esperando a que él llegara cerca. Sesshoumaru escuchaba al frío silbido del viento pasar por su rostro, olfateó el preciso perfume de la nieve. Igual de lánguidamente, él llevó a Toukijin sobre él hombro opuesto para un veloz corte atravesado. Todo alrededor estaba en silencio mientras él planeaba por el aire, cada uno de ellos esperando al momento oportuno.

Su mente se estaba apagando, en el curioso vacío de batalla. Instintivamente él vacilaba, incluso mientras se acercaba más y más, y observaba, desprendido, como el dragón se avecinaba tan blanco que enceguecía contra el cielo gris. Se miraron fijamente entre los dos, oponentes en el temblor previo de una batalla apunto de explotar.

Luego el dragón arrojó una nube de humo blanco tan grande que se esparció contra los costados de las cumbres, desde abajo hacia arriba, floreciendo. Sesshoumaru observó como se espesaba, ocultando a su enemigo.

Sus ojos se estrecharon, el constante pulso de su corazón vacilando fraccionariamente antes de que él llevara a Toukijin hacia abajo en un preciso golpe – músculos, resbalando limpiamente, un buen corte – enviando su tajante presión dentro de la nube, aclarando un camino. Sin titubear él se movió rápidamente hacia delante y arriba, dentro de la enceguecedora niebla mientras en silencio ésta chocaba contra él.

Por un eterno momento, no hubo nada más que la blancura que lo limitaba, que lo desorientaba, y entonces él sintió a su piel empezar a quemar y burbujear, sus pulmones repentinamente llenos de astillas, garganta atravesada con garras venenosas tan viles que él hubiese podido gritar si hubiese podido tomar el aire para hacerlo. Inmediatamente él cambió de curso, disparándose muy por arriba de los aires, sobre la niebla venenosa y dentro del claro cielo. El tosió, probó sangre, apretó sus dientes mientras daba una voltereta hacia atrás en el aire, lejos, muy lejos.

Al borde de su mente, él pudo escuchar a la nieve sisear, y bajo la nieve la ladera chisporroteó y se derritió hacia abajo un veneno tan fuerte que lo lastimaba inclusive a él.

Maldición, él pensó furiosamente. Se disparó hacia delante de nuevo, esta vez cortando con rapidez, quitando la niebla frente a él solo lo suficiente para entrar a través de ella, pero dentro de segundos el aire mantuvo a flote la nube venenosa e interiormente, quemándolo de nuevo, forzándolo a ir arriba y lejos, de vuelta hacia el valle donde él había comenzado, observando con frustración como ésta hacia aún más olas como una avalancha tóxica.

El tendría que recibir el daño. No había otra forma. Con velocidad él se lanzó en el aire, tan alto como pudo, tan lejos que pudo ver como el dragón se enrollaba indolentemente en su nido, observándolo a él con poco interés. Esta vez, él estaría preparado, sería capaz de despejar el suficiente veneno para atacar; si el ataque era real, terminaría con esto.

El se disparó hacia abajo, solo para encontrarse con otra naciente niebla de veneno. El se esforzó, enceguecido, sofocado, adelante, más adelante, corte – su objetivo lo esquivó.

¡Bastardo! Él gruñó en silencio, una vez más retrocediendo fuera de peligro, su carne ardiendo donde se curaba en el aire helado, sus atuendos humeando por los bordes. El alcanzó un lugar seguro en un parpadeo, frunciendo, mente acelerada, salvajemente buscando una entrada. El se tensó por otro ataque, llevó una mano a su boca, y empezó a limpiar la sangre –

"¡Sesshoumaru!"

El mundo retrasó su curso.

Su corazón tartamudeó mientras se volteaba, como si se moviese a través de agua. Cuchillas de hielo atravesando su estómago, él buscó sus ropajes color carmesí en la blancura de la ladera, la encontró – ahí – al borde de la avalancha, se recogió, reveló sus dientes, cayó en picada – no – su mano extendida, luchando, cerca, más cerca, ahí, más cerca más cerca más cerca casi

Kagome gritó de nuevo cuando la nube formó una cresta, chocó, y la tragó entera.

...o...