Cuentos de la Casa de La Luna

Por

Resmiranda

Capítulo veintiuno

"La vida de todo hombre es un diario en el cual él quiere escribir una historia, y escribe otra." – James Matthew Barrie

...o...

Sesshoumaru estaba portándose como un amargado de nuevo.

Kagome recostó su barbilla en su hombro izquierdo para así tener una mejor vista de su rostro e inmediatamente lo lamentó. No que su cara fuera fea a la vista – bastante, bastante lo opuesto a eso, ella reconoció, un poco avergonzada – pero halló la leve expresión que él usaba ligeramente perturbadora dadas sus acciones. El se veía vagamente iluminado – incluso contento – mientras se apresuraban lejos del campamento de lobos y viajaban aún más lejos hacia el sur y el este, y él mantenía sus ojos a la distancia media, como si su mente estuviera un millón de millas lejos. Lo cual, dado a cuan pobremente conectado a la realidad él usualmente parecía, era probablemente cierto. Kagome suspiró.

"Sabes," ella dijo en tono acusador desde su percha en su espalda, "una vez estuvo bien, la segunda pude entenderlo, pero no tienes que seguir aplastándolo. Eso no puede ser bueno para su salud."

Sesshoumaru le dio una superior, evaluadora mirada desde la esquina de su ojo antes de regresar su atención al camino frente a él, y ella vio una débil sonrisa en sus labios. "Tu observación ha sido notada debidamente," le dijo, "y le daré la consideración que merece." Sin prisa, él levantó su mano derecha, en la cual, enganchado entre pulgar e índice con elegantes garras, Myouga se resistía poderosamente mientras se recuperaba del último pellizco rompe huesos que Sesshoumaru le había proporcionado.

"¡Sesshoumaru-sama, por favor, no podía soportar el frío del norte! ¡Usted lo sabe!" la pulga gimió. "Yo solo intenté preservar este cuerpo desgastado para así poder... para poder..." él agitaba sus pequeñas extremidades en un esfuerzo para comunicar su gran angustia. O su gran lealtad. Era difícil decir. "Para poder..." él intentó de nuevo.

El lord demonio no pareció impresionado, y Kagome hizo una mueca de dolor cuando Myouga se quedó sin saber que decir. La lástima la forzó a actuar y ella interfirió en lo que probablemente era un equivocado intento de salvarlo. "¡Para poder vivir y continuar sirviéndote!" ella dijo rápidamente.

Sus ojos dorados le dieron otra mirada, pero ella estaba acostumbrada a eso. "Hn," dijo él.

Después apretó a Myouga de nuevo.

Kagome decidió que ya había tenido suficiente. "¡Deja de hacer eso!" ella dijo bruscamente, extendiendo la mano y golpeando la de él, ganándose solo un gesto entretenido de sus labios por sus esfuerzos mientras Sesshoumaru movía su mano derecha lejos del alcance de ella. Ella entrecerró los ojos, reconociendo el viejo juego de mantener-lejos. Así que él iba a portarse así, ¿cierto? Bueno, ella no había crecido unos quince años de su vida como la hermana de un hermano menor por nada.

"Bien, sigue así" dijo malhumoradamente, recogiendo su mano y asentándose un poco más abajo en las caderas de él, con la esperanza de haberle dado la impresión que él había ganado. "Mira si me importa." Kagome lanzó su cabello sobre su hombro y fijó su mirada lejos de él, aparentemente encontrando un arrogante interés en el paisaje que pasaba con rapidez.

"Está bien," él dijo, claramente entretenido con la petulancia de ella. Kagome miró con odio la parte trasera de su cabeza y escuchó los gritos lastimeros de Myouga mientras Sesshoumaru explicaba a su criado – en un perfectamente razonable tono de voz –que él no había asignado que se quedara en el campamento de los lobos, y por lo tanto necesitaba que se le recordaran los procedimientos adecuados.

"¡Sesshoumaru-sama!"

"Vamos," Sesshoumaru respondió mientras Kagome lentamente se movía y se abría paso bajo la sábana del cabello de él hacia el otro lado de su cuerpo, "uno pensaría que de momento tú sabrías como pedir autorización – después de todo, ¿cuántos años tienes? – pero viendo cuan ignorante eres aún, requieres educación."

"Sesshoumaru-sama..."

El lord demonio sacudió su cabeza. "Implorar es inútil – " empezó.

Abruptamente Kagome lo interrumpió metiendo su mano derecha bajo el frente de su armadura en la más inapropiada de las formas. Entonces ella los meneó en una manera inclusive más inapropiada.

La boca de él se cerró bruscamente. Silenciado por la sorpresa, Sesshoumaru quitó sus ojos de la pulga y miró fijamente al ofensivo apéndice. Débilmente, él trató de ordenar a su mano izquierda que lo remueva de su íntimo lugar en su persona, pero desafortunadamente el mensaje parecía quedarse a mitad del camino desde su cerebro hasta su brazo, así que él continuaba mirando fijamente en incredulidad y preguntándose por qué su estómago había empezado a sentirse extraño. El estaba casi tan estupefacto, de hecho, para prestar atención al resto de Kagome, el cual estaba enderezándose sobre su hombro opuesto, apoyándose, alcanzando –

"¡Uh!"Él exclamó con bastante menos dignidad de lo que él estaba acostumbrado, moviendo bruscamente a la pulga lejos de su alcance. Ella cayó contra su hombro y él frunció el ceño.

"¡No soy distraído tan fácilmente, miko!" él declaró, a pesar de las evidencias de lo contrario.

"¡Maldición!" él la escuchó decir mientras su pequeña mano emergía de su ilícita guarida y ella se hundió regresando a su lado izquierdo. "¡Casi lo logré!" ella dijo hoscamente, golpeando su pequeño puño contra su pecho infantilmente.

Sesshoumaru exhaló con desdén, extendiendo a la pulga directamente frente a ellos para que ella no estuviese tentada a rescatarlo de nuevo. "No, no fue así," él mintió. "Nunca, en ningún momento, perdí el control de la situación."

"¡Ja!" ella espetó. "No lo creo por un momento."

"Estoy profundamente herido con tu falta de fe en mí," él dijo, con voz seca.

"Si claro, lo apostaría," ella gruñó, dejando su barbilla caer sobre su lugar en su hombro antes de soltar un suspiro que sonaba más como un suspiro de madre, exasperada con su hijo desobediente.

"Mira, por favor deja abusar de Myouga," ella dijo, una nota de súplica moviéndose con sigilo por sus palabras. "No es...agradable!"

Sesshoumaru se torció para mirarla y alzó una ceja tan alto que casi desapareció en su cabello. "En verdad," él dijo. Claramente ella no estaba acostumbrada al tradicionalmente rudo sistema de la jerarquía de los youkai – Myouga había soportado cosas mucho peores y había salido no peor que esto. Por otro lado...

Kagome inclinó su cabeza para así poder inmovilizarlo con sus grandes, compasivos ojos, queriendo hacerle pensar en un cachorrito hambriento que quería un trozo de carne extra para cenar y que pensaba que parecer lastimado y patético recogería toda la lástima necesaria.

Desafortunadamente, estaba funcionando. Sesshoumaru insultó silenciosamente cuando el rostro de ella se desplomó en una expresión de corazón partido casi autentico. "¿Por favor?" ella suplicó, su cuerpo colgando ligeramente más cerca de él como si pudiese expresar su anhelo por presión.

El estaba maldito – no, todo su linaje estaba maldito – no, todos los varones en todos lados estaban malditos. No había otra explicación. ¿Qué era lo que sucedía con las mujeres que suplicaban dulcemente que los derretía a todos? El verdaderamente nunca había sido capaz de resistir, y realmente, realmente, ella pedía tan poco que no podría doler-

"Ah, está bien," él exclamó, exasperado con ambos ella y él mismo. "Si eso te complacerá, puedes tomar al inservible bastardo." Con aires de conceder un gran favor él llevó a la pulga había la mano ahuecada de ella, gruñéndoles a ambos en advertencia.

Ella no le prestó atención. "Gracias," dijo, su mano apretando su hombro en gratitud. El suspiró con resignada aceptación de su victoria mientras ella preguntaba a Myouga si estaba bien.

Sesshoumaru frunció el ceño. Aplastar a la pulga no era tan divertido de todas formas. En verdad.

Kagome miró a la pulga en su mano con preocupación. Myouga estaba frotando su cabeza calva y haciendo muecas de dolor, un pequeño quejido escapó de él. "Lo siento," Kagome le dijo fervientemente, "Intenté hacer que se detuviera antes –"

"Ah, Kagome-sama," dijo la pulga, "no es su culpa. Me lo merecía."

"¡Claro que no!" ella gritó con indignación. "Esa es la cosa más tonta que he escuchado. Solo fue un detalle técnico de todas formas; dudo que Sesshoumaru hubiese insistido que murieses de frío por él."

"Suficientes detalles técnicos harán crecer una calamidad," Sesshoumaru anunció para nadie en particular.

Kagome abrió su boca para responder, pero Myouga agitaba sus manos como para apaciguarlos a ambos. "Eso es cierto, Kagome-sama," él dijo, "pero por supuesto que estoy dispuesto a morir por Sesshoumaru-sama. ¡Soy su sirviente!"

El amo del sirviente resopló con incredulidad, y Kagome se halló aliándose con el lord demonio; ella nunca había visto a la pulga dispuesta a morir por nada, excepto quizás, por comida. Myouga ignoró la risa incrédula de su lord y la mirada dudosa de Kagome, en cambio saltó hacia el hombro de Kagome y se deslizó dentro de su haori. "A pesar de que," ella lo escuchó gorjear "sea lo suficientemente castigado. ¡La próxima vez no seré tan descuidado!"

Aunque Kagome no pudo ver su cara, ella tenía la clara impresión de que Sesshoumaru había volteado los ojos, pero Myouga continuó haciendo caso omiso. "Ahora," la pulga ordenó, "¡Hacia adelante! ¡Debemos apresurarnos!"

Bajo sus manos ella pudo sentir los hombros del demonio levantarse y caer en un largo suspiro de sufrimiento.

"¡Myouga-jii-chan!" Kagome amonestó con poco entusiasmo, pero ya podía sentirlo enrollarse contra su clavícula, aún con demasiado frío como para mantenerse despierto por mucho. Su boca se torció en una irónica, resignada sonrisa y puso su barbilla sobre el hombro de Sesshoumaru de nuevo, parpadeando con el frío viento que resbalaba, batiendo sus cabellos en una negra y plateada bandera, hinchando sus ropas en rojas y blancas cortinas. Sesshoumaru volaba a ritmo constante hacia el sur.

Habían pasado cuatro días y medio desde que había despertado con su cabeza sobre el hombro de él dentro de su acogedor refugio en la ladera de la montaña, y ella pensaba que estaban haciendo buen tiempo. Por una parte, ellos bajaban constantemente por la montaña en vez de subir por una pendiente, así que tomaba mucho menos esfuerzo propulsarse. Por otra parte, Sesshoumaru parecía haberse hartado del viaje, ahora deseando que se acabara lo más pronto posible, así que la cargaba en su espalda. Ella tenía que admitir que era mejor que ambos caminando, y todo lo que tomaba era un pequeño sacrificio de dignidad. Sesshoumaru parecía tenerla en exceso de todas formas, pensó, así que perder un poquito no haría daño.

De hecho había sido un viaje increíblemente placentero, incluso si ella durmió mal todas las noches, apoyada contra un árbol como su acompañante y cubierta con una pesada piel, y su única queja era el aparente deleite de Sesshoumaru en castigar a Myouga múltiples veces por un crimen. El había sido particularmente despiadado hoy. Kagome sospechaba que estaba aburrido, y muriendo de ganas de una pelea en donde su oponente pudiese soportar sus golpes. Peleas verbales solo por el momento.

Ociosamente, Kagome miró el paisaje ir más rápido y se preguntó cuánto les tomaría llegar a Machiko. Aunque ella estaba furiosa con Kouga – sin mencionar a su estúpido hijo – se halló increíblemente ansiosa de encontrarlos y reunirlos con las nuevas adiciones a su familia. Después de patear a Kouga en las no mencionables, por supuesto. Aun, lo más importante era entregar el paquete y luego, tal vez entonces, podría preguntar a Kouga donde se habían ido Miroku y Sango y Shippou. Luego podría ir a casa, y dormir en una cama, y estar caliente de nuevo.

Suspiró con un poco de nostalgia. Era verano en casa, y había estado aquí por un poco más de un mes. Su mama estaría preocupada.

En su pecho, algo se tambaleó, arrastrando un apagado filo por su centro.

Kagome parpadeó, sorprendida con cómo ese pensamiento parecía perturbarla. Nunca antes tuvo pensamientos sobre su familia de ser una cosa discordante en el Sengoku Jidai; ellos siempre habían sido un refugio cuando empezaba a extrañar las comodidades de la era moderna, incluso si las comodidades del hogar ya no la calmaban como alguna vez lo habían hecho. Aunque después de la preocupación de su madre la última vez que la había visto – preocupación deplorablemente bien puesta, Kagome pensó con arrepentimiento, sin darse cuenta flexionando sus dedos con cicatrices – de repente pareció como si su vida real era un sueño, nubloso y seguro, y su familia parecía más lejana que incluso el tiempo podía llevárselos. Pensamientos sobre ellos eran difíciles de sostener, escurridizos, y había una incómoda característica hacia ellos también, como si su paso por su mente fuese fuera de lugar en vez de natural.

Atribulada, Kagome dejó que su mejilla descansara contra su acompañante y suspiró. Tuvo tiempo suficiente para psicoanalizarse cuando fue a casa, supuso, pero ahora tenía una tarea que atender, un deber que completar antes de que pudiese consentirse en pensamientos de su suave cama y de la comida de mama. Pero claro entonces ella extrañaría el aire puro y a sus acompañantes del pasado.

Sintió su ceño arrastrarse y fruncirse con la idea. Quizás estaría por siempre descontenta sin importar donde estuviese o en qué tiempo estuviese, porque aquellos que eran importantes para ella ya no eran los mismos. O quizás el problema era suyo; quizás eran sus propias fallas que hacían que se sintiera de esta forma. Kagome suspiró y se apegó más a Sesshoumaru y dejó que sus ojos perdieran foco, tratando de encontrar algo de paz en su propia mente.

Fue sacada por un susto de su ensueño cuando las tibias manos que sostenían ligeramente sus piernas se apretaron, y las garras de Sesshoumaru la picaron, muy levemente, por la gruesa tela de su hakama.

"Oye," dijo distraídamente, levantando su cabeza para mirarlo. En su ropa, ella escuchó los ronquidos de Myouga tropezar cuando despertaba, pero ignoró a la pulga mientras ésta trepaba aturdidamente a la superficie, escogiendo en cambio estudiar la vista más intrigante que era la expresión de Sesshoumaru. Podía adivinar por la mirada en el rostro de él que algo estaba a punto de pasar, y como probablemente era más emocionante que viajar ella halló el prospecto no enteramente mal venido, a pesar del aire pensativo que había asumido el demonio.

Las cejas de Sesshoumaru estaban juntas en el ceño fruncido que usaba para intimidar a aquellos que consideraba inferiores – es decir todos – y sus labios se habían aplanado en una fina línea. Ella observó como olía el aire experimentalmente.

"Hmm," dijo él.

Kagome esperó pacientemente que su tren de ideas dejase la estación. "¿Si?" ella incitó cuando sintió que una apropiada cantidad de tiempo había pasado.

El pestañeó y se volteó hacia ella. "Parece ser que Kouga y su caprichoso hijo nos han ahorrado un poco de tiempo," le dijo de forma críptica. Kagome no valoró esto.

"¿Si...?" ella dijo de nuevo. Sesshoumaru le lanzó una mirada irritada.

"Machiko está cerca," él detalló. "probablemente en la aldea más cercana, y Kouga y Akiyama parecen haberla encontrado primero." Estaba volando alto sobre las copas de los arboles, necesitando solamente tocar una rama ocasional, y él podía ver el humo que se elevaba y la tierra despejada de una aldea posada justo en el borde del horizonte.

"Ah, bien," Kagome dijo. "Eso hace nuestro trabajo más fácil."

"Esto es posible," Sesshoumaru reconoció, culpablemente consciente de que el olor de Machiko le decía que estaba sufriendo mucho, física y mentalmente. La última vez que había percibido eso en una mujer era cuando había entrado en la alcoba de Izayoi por segunda vez, cuando había estado desvaneciéndose en la oscuridad y llevándose a su hijo con ella. El decidió que esta información debería probablemente ser ocultada de Kagome tanto como fuese posible, ya que solo la alteraría si se enterase. Esperaba que ella no se abalanzase sobre su cuidadosa formulación y lo descubriese ella sola.

No lo hizo. En cambio, Kagome dijo pensativamente, "Eso es extraño." Por la esquina de su ojo él pudo distinguir un leve fruncido de ceño empañar su cara bonita.

No queriendo parecer perdido, Sesshoumaru esperó a que ella lo iluminase con que era lo que ella encontraba extraño acerca de la situación. A ella le gustaba el sonido de su propia voz, después de todo, así que no tenía duda que aprovecharía esta fabulosa oportunidad para escucharse a sí misma hablar. Esperó expectativamente.

Ella no desilusionó. "¿Por qué estaría Akiyama aquí? Pensé que quería evitar su responsabilidad, no correr hacia ella."

Sesshoumaru se encogió de hombros. "Quizás Kouga lo convenció de hacer lo contrario." Él sugirió.

"Taaaaalvez," dijo Kagome, su tono de voz haciendo abundantemente claro lo que pensaba sobre el talento de persuasión de Kouga. "Pero entonces ¿por qué buscarían a Machiko si no tenían las hierbas que necesitaban?"

"¿Para llevarnos a ella?" Myouga dijo en un pitido desde su cuello. Profundo en sus pensamientos Kagome negó con la cabeza.

"Pero entonces si él encontró a Akiyama, ¿por qué no lo envió hacia nosotros para quitarnos este pequeño peso de nuestras manos?"

Buena pregunta, Sesshoumaru pensó, frunciendo el ceño. Distraídamente él los ladeó hacia la dirección de la aldea donde detectó a la veleidosa hime y a sus caprichosos aliados, e intentó desentrañar el rompecabezas ante él. Distantemente, el meditaba que Kagome debía estarse pegándosele, ya que él estaba más acostumbrado a simplemente cortar los nudos que a tomarse el tiempo de deshacerlos, pero al menos era algo con lo que podía mantener su mente ocupada. Se dejó hundir con cautela en la contemplación.

Sesshoumaru estaba tan envuelto en esta nueva sensación que el grito enfadado que se elevaba para encontrarse con él hubiese escapado de su percepción si Kagome no se hubiese tensado bajo sus dedos. Salió abruptamente de su meditación justo a tiempo para esquivar la curva descendente de una katana. Desconcertado, Sesshoumaru se disparó hacia atrás, manteniéndose entre Kagome y su atacante, quien cayó en picada hacia los árboles antes de velozmente voltearse y mirarlos con furiosos ojos verdes, la fuente de todos sus problemas.

El sentimiento de consideración se entregó a la sensación más familiar de irritación.

Akiyama hacía caso omiso. "¡No te dejaré acercarte a esa aldea, bastardo!" vociferó mientras aterrizaba en la rama de un árbol y se disparaba hacia arriba nuevamente.

En silencio Sesshoumaru maldecía su carencia de miembros disponibles, y luego maldecía su carencia de armas viables; incluso si tenía un brazo libre él no estaba seguro de si podría sacar a Toukijin de su fajín sin rebanar en cintas la pierna de Kagome. Aunque, mayormente, maldecía a estúpidos lobos que no sabían lo que les convenía. El flexionó su mano derecha y soltó la pierna de Kagome – la sintió tensarse a su alrededor en respuesta a la pérdida de soporte – mientras el preparaba sus garras venenosas y limpiaba su mente de distracciones superfluas.

Desafortunadamente, pronto se tornó aparente que alguien más deseaba intercambiar palabras con ellos también. Sesshoumaru estaba tan enfocado en mantenerse entre Akiyama y Kagome que casi no registró al segundo atacante sino hasta que estuvo diez pies lejos y acercándose con rapidez. Intensamente molesto, Sesshoumaru se arremolinó en el aire cuando Kouga vino hacia ellos para saludarlos antes de plantar sus pies de lleno sobre el pecho del lobo y usar a su desventurado aliado como un trampolín.

Sesshoumaru y Kagome se proyectaron más lejos en el aire. Estómago bañado en pánico helado, Kagome miraba detenidamente sobre el hombro de Sesshoumaru con creciente consternación mientras Kouga se daba la vuelta, recuperaba su impulso ascendente, y se acercaba al lado de su hijo que aun avanzaba hacia ellos. Ella no sabía que sucedía; no comprendía por qué ellos estarían atacando a los mismos aliados que habían asumido tan peligrosa misión por su causa – ¡no tenía sentido! Incluso peor, ella sintió la traición arrastrar sus andrajosas garras por su estómago mientras ella observaba entumecida a sus alguna-vez-aliados avanzando hacia ellos en ataque. Cuando el príncipe lobo puso una mano de apoyo paternal sobre el hombro de su hijo, Kagome soltó un grito ahogado.

Entonces Kouga se volteó y lanzó un puñetazo a la mandíbula de Akiyama.

Kagome parpadeó. No comprendiendo, ella vio al lobo más joven caído boca abajo mientras Kouga continuaba hacia ellos, una astuta, satisfecha sonrisa en su cara.

Ella decidió que este momento requería acción.

"¿Qué demonios?" Kagome dijo. Con respecto a acciones, no era mucho, pero era mejor que dejar su boca abierta colgando y arriesgar exponer al mundo a los dientes que ella no había cepillado en casi una semana.

Sesshoumaru hizo un sonido en su garganta que probablemente era en acuerdo, pero su inflexión se perdió en el viento y ella no pudo discernir si se trataba de una versión suave de la risa 'Yo Sé Algo Que Tú No Sabes', o una astuta versión del suspiro 'Sin Duda Este Sesshoumaru No Merece Este Agravamiento'. Era difícil decir con él, a veces.

"¡Oy!" Kouga les gritó. "¡Dame a Kagome!"

Hubo un pequeño gruñido de nuevo – ese fue definitivamente el suspiro, Kagome decidió – y Sesshoumaru enderezó su postura defensiva.

"Por qué," el dijo impacientemente, "debería?"Casualmente se alejó del príncipe lobo, lanzándose hacia abajo y hacia atrás en un movimiento que hizo que el corazón de Kagome volviese a trasladarse a su boca.

"Iip," dijo ella. Ninguno de los demonios prestó atención.

Kouga se veía aun más molesto que antes. "Porque mi hijo no está convencido de que tú no masacrarás a su familia," Kouga lanzó, siguiendo. "Ha decidido que les agrada ahora."

"Hn," respondió Sesshoumaru insípidamente. "Qué fe colocan mis aliados en mí."

Estaban casi cerca de la aldea ahora. Kouga gruñó, suscitando nivel. "No quiero que Kagome salga lastimada. Solo dámela mientras pateas el trasero de él, quieres?"

Sesshoumaru estuvo momentáneamente indeciso. Por una parte, con Kagome él no podía blandir un arma, y ella desequilibraba su balance, lo cual era un terrible estorbo en un combate uno-contra-uno. Por otra parte, él no confiaba en que el lobo la protegería, lo cual sería malo ya que ese era el trabajo asignado por él mismo. Decisiones, decisiones...

"Por favor," Kagome susurró en su oído, tomando la decisión por él, "No quiero estorbarte. Por favor."

De mala gana, Sesshoumaru se volteó en el aire cuando Kouga voló cerca, y él sintió su peso familiar dejarlo mientras el lobo la recogía en sus brazos y se dirigía hacia tierra sólida. Suspirando, él giró de vuelta a la tarea pendiente y sacó a Toukijin del lugar donde descansaba, resignándose a una pelea que prometía muy poco en entusiasmo, y solo un insignificante ejercicio para el brazo.

Kagome miraba con ojos entrecerrados al lord youkai desde su lugar en los brazos de Kouga, siguiendo sus movimientos agraciados cuando él se disparaba por el cielo, mangas quedándose detrás de él en el viento, cabello brillando en el sol del temprano atardecer. El era tan agradable de observar que ella casi ni cayó en cuenta cuando metal y metal se encontraron y él envió al joven lobo a estrellarse abajo dentro de las ramas.

"No saldrá herido, ¿verdad?" ella preguntó ansiosamente.

"¿Sesshoumaru?" Kouga dijo incrédulamente. "Ese imbécil se enloquece y arranca bosques enteros cuando le hacen un rasguño a su preciosa armadura. Estará bien."

Con un fogonazo de culpa, Kagome recordó la vez que ella de hecho lo golpeó con una flecha y rompió dicha armadura antes de hacerlo a un lado. "No," ella dijo con exasperación. "Me refería a Akiyama. Se acaba de caer en ese árbol de arce por ahí."

"Ah-ja," dijo Kouga. "Si realmente sale lastimado, le servirá para bien."

Kagome movió sus ojos de la figura de Sesshoumaru y miró arriba hacia su actual cargador mientras llegaban al suelo y él se echaba a correr. "No eres muy indulgente con tu hijo, sabes," dijo, dejando solo una pista de desaprobación filtrarse en su voz.

El lobo solo se encogió de hombros. "Bueno, él es más o menos una mierda," Kouga dijo indiferentemente. "Francamente, estoy sorprendido de que haya decidido tomar alguna responsabilidad, incluso si era la clase de responsabilidad equivocada por el momento."

"A qué te refieres con, equivocada – ¡oh, claro!" ella exclamó. "Olvide que no hablaré contigo... eres un... ¡un idiota!" Kagome cruzó los brazos y giró bruscamente su cabeza para no mirarlo con tanta dignidad con la que pudiese reunir mientras era cargada y sacudida.

"¿Qué? ¡Pero si lo estabas haciendo!" Kouga dijo, confundido. "¿Por qué no me hablarás ahora?"

Kagome, ocupada teniendo flashbacks de pegotes de dragón y desfiguración, se rehusó a responder.

Kouga miró a la miko en sus brazos y suspiró por dentro. Hubo un tiempo cuando esta hubiese sido la oportunidad perfecta para intentar robar un beso de su encantadora boca, pero, desafortunadamente, con la madurez vino una perturbadora tendencia hacia sentimientos más paternales con respecto a lindas jovencitas. Era deprimente que ahora, después de todos estos años de su memoria pasando nostálgicos dedos sobre él, ella estuviese en sus brazos, reprendiéndolo y bellamente petulante, y su primera inclinación no fuesen besos ilícitos sino la irresistible urgencia de castigarla y mandarla a la cama sin su ración de conejo. Una de las pequeñas ironías de la vida, él supuso. Como cambiaban los tiempos.

Menos de un minuto después ellos derraparon para detenerse en las afueras de la aldea donde Kouga y Akiyama obviamente habían acampado. Kagome intentó no arrugar su nariz a los restos de varias carcasas de roedores medio enterrados en el polvo, recordando su propio roce con los hábitos lupinos de comer, y saltó fuera del abrazo de Kouga tan pronto se detuvieron. Arreglando su cabello despeinado por el viento, Kagome se volteó y se alejó de él enojada para pararse a las afueras del claro y mirar furiosamente con justificada indignación.

"Kagome," ella lo escuchó decir, en tono conciliatorio. "Lamento haberte enviando a esa terrible misión, pero no tenía otra opción. Lo sabes. Tú nunca dejarías a una mujer y su bebé sufrir, ¿verdad?"

¡Maldito él y su estúpido llamado a la razón! "Por supuesto que no," ella se sorbió la nariz, mirando a una ramita particularmente interesante, "¡pero tampoco esperaba obtener cicatrices permanentes del calvario!" No, ella pensó con un cosquilleo de culpa, queriendo decir que mis dedos son más importantes que dos vidas, pero son mis dedos. Me gustaba tal como eran. Kagome estaba consciente de que estaba siendo inmadura, pero estaba cansada de viajar y perder el tiempo en problemas de otras personas y generalmente de que se aprovecharan de ella. Todos querían algo de ella. ¡Por favor mate al youkai, miko-sama! ¿Qué hierbas debo utilizar para esta dolencia, miko sama? Recoge esta medicina, Kagome, tienes esos maravillosos bocadillos, Kagome, encuentra esos fragmentos – De hecho, la única persona que no parecía querer algo de ella era Sesshoumaru, y él era... era... bueno, era él.

Ella estaba siendo mala y mezquina, y sabía que eso solo lo empeoraba. Kagome suspiró, castigándose a sí misma por su egoísmo. Por otro lado, un amigo por lo menos le hubiese advertido en lo que se estaba metiendo. Kagome volteó el rostro y le lanzó una mirada especulativa a Kouga.

Kouga, por su parte, dio un paso atrás, no gustándole la inquisidora luz en sus ojos ni un poco. Dio otro paso hacia atrás cuando ella giró sobre sus talones y avanzó con pasos alargados hacia él con algo similar a determinación agraciando su caminar.

Cuando lo alcanzó, Kagome se detuvo, lo miró fijo a los ojos, y lanzó sus brazos a su alrededor.

"¿Qué -?" Kouga dijo, ligeramente con incoherencia. Kagome estaba empezando a preocuparle – este era su segundo cambio de humor en pocos minutos, y la forma en que ella estaba balanceándose entre afecto y rabia era extremadamente desconcertante. No obstante, ella aun era una chica bonita, y él no era alguien que le negaría un abrazo. El puso sus brazos a su alrededor.

"Kouga..." ella murmuró, enviando un cálido aliento de aire por su oreja, y de repente el ya no se sentía puramente paternal hacia ella, y mientras ella se movía, rozando sus caderas contra las de él, él se estrelló en territorio peligrosamente lascivo.

"Uh..." le costaba pensar, pero ella hablaba de nuevo.

"Kouga," ella susurró, su pecho presionando contra el de él, "Lo siento,"

El estaba sintiéndose extremadamente atontado. Con esfuerzo, él impulsó a su lengua a actuar. "Um... lo sientes por qu-" él empezó.

Kagome movió bruscamente su rodilla bien ubicada.

Hubo una pausa, y luego Kouga borboteó y se deslizó hacia el suelo mientras ella se alejaba.

Eso fue casi mejor que un rosario, pensó Kagome, su venganza satisfecha. "Te lo merecías," ella le informó. "Ahora estamos a mano y te perdono."

Kouga hizo un ovillo boca abajo en posición fetal, solo asintió con la cabeza y resolló. Kagome se rascó sus dedos marcados y se alejó en busca de un lugar apropiado para sentarse.

Realmente lo merecía. Él lo sabía. Eso no hacía que doliese menos, claro, pero al menos ya no se sentía culpable. Quien hubiera pensado que su pequeña inocente Kagome se rebajaría a tales poco limpias tácticas para lograr su venganza!. Perplejo, se concentró en controlar su respiración y esperó a que el dolor pasara.

Después de un minuto, zapatos negros y hakama blanca aparecieron al borde de su visión. Ni se molestó en ver la cara de su aliado, quien sin duda estaba altamente entretenido por la situación.

"Veo que Kagome te ha informado su opinión con respecto a nuestro viaje," dijo Sesshoumaru amenizado. En realidad no había esperado que la pequeña miko cumpliese con su amenaza de visitar el dolor sobre el príncipe lobo, pero él no estaba exactamente sorprendido tampoco. Ella era una mujer muy... honesta, y él halló su justicia rápida y apropiada – una maldición para el linaje de Kouga, como fuese. Claro, el también estaba terriblemente complacido de ver al lobo reducido y quejándose en la suciedad por una joven humana; era apropiadamente humillante.

"¿Dónde está Akiyama?" Kagome preguntó desde su percha en uno de los árboles caídos.

"Recuperándose," dejo Sesshoumaru, mirándola. Después de todo no había lastimado mucho al irascible joven; él se les uniría en cualquier minuto, y luego ellos podrían terminar con esta molesta búsqueda. "Sugiero que dejemos nuestra entrega aquí y partamos."

Para su vaga consternación, Kagome frunció el ceño. "Aun debo hablar con Kouga sobre algo," ella le dijo. "¿Estaría bien si nos quedamos un poco más?"

En su interior el suspiró con renuencia, pero no había una razón para que no pudiesen esperar cinco minutos. Tras él, algo vino estrellándose por los arboles.

Kagome sonrió cuando vio al joven lobo derrapar y detenerse, su cabello lanzando latigazos por su rostro por la velocidad de su correr – él se parecía tanto a su padre en ese momento – y mirar a su alrededor frenéticamente. Ella vio sus ojos encenderse sobre la figura encorvada de su padre.

"¡Tú!" él aulló, arremetiendo contra Sesshoumaru. Ella pensó escuchar al demonio suspirar mientras saltaba alto en el aire.

"Silencio, mequetrefe," él dijo desde su posición sobre sus cabezas, "fue la miko, no yo."

Akiyama detuvo su ataque y miró a Kagome con desconfianza. "¿Tú?" él dijo, claramente dudando de las habilidades de guerrero de Kagome. Ella se sintió un poco molesta por ello.

"Si, yo," ella le contestó bruscamente.

La expresión de duda en su cara se profundizó cuando Sesshoumaru tocó tierra al lado de ella. "¿Cómo?" él quería saber.

Kagome se sorbió la nariz. "Lo abracé. Luego lo golpeé donde duele."

Akiyama hizo una mueca de dolor. "¿Por qué?"

Su paciencia se estaba acabando. "Porque sí," ella dijo con exasperación, "él nos metió en una misión extremadamente difícil, y fue horrible. Solo quise hacerle saber que eso no fue apreciado." Ella sorbió su nariz remilgadamente e hizo un show arreglando su hakama.

"Ah," dijo el joven lobo. Ella observó como él caminaba hacia su padre y lo pinchaba con el dedo del pie. "¿Estás bien?" él pregunto.

Kouga gruñó y se sentó. "Me siento mejor," le dijo a su hijo, y su tono de voz sonaba tan abatido que Kagome casi se sintió mal por su truco. Casi.

Un momento después Kouga sacudió su cabello oscuro fuera de su vista y jadeó. "Bien," dijo, claramente queriendo dejar de lado el tema de su ignominiosa derrota, "¿la tienes?"

Kagome asintió con la cabeza y se levantó. Dándoles la espalda ella pescó el paquete dentro de su haori. "Kouga," ella dijo mientras ejecutaba las ligeras acrobacias necesarias para mantener su vestimenta en al menos un estado modesto, "¿por qué no viniste a nosotros a retirarlo cuando encontraste a Akiyama?" Vagamente triunfante ella sacó el paquete y empezó a enderezar su blusa de nuevo.

El escuchó al lobo suspirar. "Hubieron... complicaciones," él dijo cautelosamente.

Complicaciones, Kagome pensó, volteándose, el paquete apretado en sus manos. Ah, genial. Esto suena como la clase de complicaciones que surgen en vacaciones familiares cuando estas a treinta mil pies de altura en el aire y el piloto anuncia que hay complicaciones justo antes de golpear el lado de una montaña y tienes que comerte a tu suegra. Amo las complicaciones.

"¿Complicaciones?" Sesshoumaru dio voz a la pregunta por ella, aunque su voz estaba empinada con disgusto en vez de preocupación.

Kagome observó a Kouga correr una mano por su cabello, sus dedos agitados desarreglándolo más que si no lo hubiese tocado. "La hime está experimentando problemas con el embarazo. Ella y su sirvienta fueron forzadas a detenerse aquí, pero la aldea no ha sido... receptiva... hacia una joven que lleva a un niño hanyou. La pusieron en una pequeña choza abandonada, y Akiyama me dijo que llegó justo a tiempo para golpear a unos vándalos que la estaban molestando. El originalmente vino en caso de que ustedes aparecieran primero -" aquí él lanzó una mirada reprobadora a su estoico aliado "- pero ella estaba en demasiado peligro así que nos quedamos para asegurarnos de que estaría protegida."

Mientras Kouga hablaba, Kagome observaba el rostro de Akiyama decaer, y la expresión arrastrándose por sus facciones era horrible – una mezcla de terror, ansiedad, y la recientemente naciente comprensión de los problemas que les había causado al bebé y a su madre. En su pecho, el corazón de Kagome dio un giro a medias y ella empezó a darse cuenta, por primera vez, la verdadera gravedad de la situación. Que alguien molestara a una claramente asustada y embarazada joven - ! Le daba nauseas, cerró su garganta en una arcada medio consciente, hizo sus entrañas resbalar y deslizarse sobre ellas mismas en disgusto visceral.

"¿Dónde está ella?"

Kagome no sabía que había hablado hasta que Akiyama dio un paso hacia ella. En su cuello, vio los músculos trabajar en un duro, seco trago. "Justo por esos árboles," él señaló. "Te llevaré hacia ella, si quieres."

Ella asintió con la cabeza. El caminó, hombros inclinados, y Kagome lo siguió, aun apretando el precioso paquete en sus frías manos.

Sesshoumaru se mantuvo de pie sobre el claro con Kouga y la observó partir.

Ambos estuvieron en silencio por un momento. "Hn," Sesshoumaru dijo finalmente, aparentemente dirigiéndose al aire. "Ya veo que ella te tiene bien entrenado."

Escuchó al lobo resoplar. "Yo no hablaría si fuera tú," él respondió.

Sesshoumaru volteó bruscamente su cabeza hacia el lobo. "Yo no hablaría de cosas de las que no sé nada si fuera , lo cual, menos mal, no soy," él contestó fríamente.

Kouga rió de nuevo, pero declinó comentar. Cuando fue aparente que su intercambio había terminado Sesshoumaru caminó hacia el árbol más cercano y se sentó, apoyándose contra su tronco, para esperar el regreso de Kagome.

...o...

Machiko estaba muriendo. Kagome fue golpeada con el espeso, apretado olor de la habitación de la enferma el segundo en que entró en la choza y sus ojos se posaron en el rostro pálido de la hime, cubierto en brillo de sudor. Estaba recostada bajo un kimono pesado, e incluso Kagome podía oír su respiración dificultosa cuando esta raspaba por sus pulmones, arrastrándose sobre sus dientes. Su delgada, nerviosa sirvienta estaba arrodillada a su lado, retirando los húmedos mechones de cabello fuera de la frente de la hime y murmurando suaves, calmantes inconsecuencias, aunque se detuvo y los miró cuando ellos entraron. Débilmente, Kagome se preguntó que había pasado con el carruaje y el cochero en el que habían estado viajando, pero eso probablemente no importaba.

Akiyama se paró justo al lado de la puerta, la cabeza gacha y el cabello oscureciendo sus ojos de los de ella, pero ella podía ver sus puños apretados temblando a sus costados, y podía escuchar sus dientes chirriar de impotente frustración. Kagome se sintió culpable de todos los pensamientos poco caritativos que se había permitido pensar sobre él; a pesar de lo que dijo su padre, le importaba profundamente, y lo estaba matando ver a su amante de una sola vez en agonía.

Una cosa era abundantemente clara. La muchacha necesitaba la medicina ahora.

Sintiéndose tan fuera de su profundidad de campo que hubiese podido estar en el medio de océano, Kagome elevó sus hombros. "Myouga," dijo, su voz más fuerte de lo que sus rodillas repentinamente temblorosas hubiesen sugerido.

Bajo su ropa ella sintió a la pulga susurrar. "¿Kagome-sama?"respondió.

"¿Cómo se prepara esto?" Ella hizo un gesto hacia el paquete en su mano.

Lo escuchó tragar fuerte. "Kagome-sama, la medicina va a inducir lab –"

"Eso lo sé," ella le dijo antes de volverse hacia la sirvienta. "¿Sabes cómo asistir un parto?" preguntó.

La sirvienta miró nerviosamente de un lado a otro, lamiéndose los labios. "He... Asistido en partos antes," dijo cautelosamente. "Yo pensé que usted estaba entrenada...?"

"No lo estoy," le dijo Kagome, solamente con un poco de arrepentimiento. "Vas a tener que hacer esto. ¿Crees que puedes?" Por favor, por favor di que puedes. Todo lo que sé sobre partos lo aprendí de las películas. Involucra respiración. Y pujar. Creo.

Por un momento, Kagome pensó que todo estaba perdido y que estaría forzada a asistir el parto ciegamente, pero entonces la sirvienta asintió firmemente con la cabeza. "Si," respondió. "Sí, creo que sé que hacer."

Lanzándole una sonrisa aliviada y agradecida, Kagome se volvió hacia Myouga, quien se aclaró la garganta. "Prepáralo en un té," él dijo. "Sigan dándoselo hasta que el proceso comience, y si hay complicaciones, háganle beber otra taza."

"Yo iré por agua," dijo Akiyama de repente, sorprendiéndola. Ella observó como arrebataba una de las ollas polvorientas apiladas cerca del fuego y se apresuraba fuera de la cabaña, cada línea de su cuerpo hablando de su tensión y preocupación.

"Yo, uh, iré con él," Myouga tosió. Kagome frunció el ceño pero lo dejó ir. Era un cobarde en el mejor de los tiempos, pero esto – esto era algo completamente diferente. En el mapa de experiencia de vida, las aguas inexploradas del embarazo eran empujadas a un lado y etiquetadas ´aquí dragones'. Era extraño que aunque ella fuese una mujer moderna supiera nada de eso. Es solo que no era... mencionado, realmente. Se familiarizaba con las mecánicas del sexo – intelectualmente, por lo menos – pero las consecuencias del mismo eran un misterio.

Kagome se mordió el labio mientras caminaba suavemente hacia la hime antes de hundir sus rodillas a su lado.

Con gran esfuerzo, como si estuviese inhalando agua, Machiko tomó un respiro y abrió sus vidriosos ojos. "Miko-sama..." dijo débilmente.

Kagome le puso un dedo sobre los labios. "Vas a estar bien," le aseguró, aunque en verdad no tenía idea si estaría bien en absoluto. ¿Qué si moría?

Los párpados de Machiko cayeron cerrándose nuevamente y Kagome masticaba su labio inferior con seriedad.

"Va a necesitar ayudarme."

Sorprendida, Kagome miró hacia la sirvienta, quien había hablado. "¿Qué?" dijo. "No, no puedo ayudarte, ¡no sé nada sobre esto!"

La sirvienta encogió los hombros. "Usted es mujer," dijo con simpleza, como si ser mujer viniese con un manual de instrucciones.

El pánico inundó su mente, pero ¿qué más podía hacer ella?

Nada, se dio cuenta con creciente terror. No podía solo irse. Traiga este bebé al mundo, miko-sama...

Su creciente miedo fue interrumpido por Akiyama, lanzando la puerta colgante a un lado y tambaleándose hacia adelante ansiosamente para colocar la olla ahora llena de agua sobre el fuego de cocina. Kagome se sintió como si estuviese en una nube, y observó con un extraño, agitado desapego como la sirvienta avanzó a zancadas con determinación hacia ella, tomando el paquete que contenía las preciosas hierbas de las manos de Kagome antes de ahuyentar al lobo fuera de la cabaña.

Estuvieron en silencio mientras esperaban que el agua hirviera, y solo la respiración laboriosa de Machiko y el crujido del fuego rompía el silencio, aunque cada sonido bailaba en sus nervios, manifestándose como casi un peso físico moviéndose sobre su piel. Kagome se retorció, tratando de aclarar su mente y los latidos aún fuertes de su corazón. La tensión era casi demasiado para soportarla.

"Miko-sama," la sirvienta dijo después de un momento. Ella no levantó su mirada de la olla cuando esperaba que el agua empezara su danza de burbujas.

Kagome saltó con el sonido. "¿Eh?" respondió. No era la más nítida de las respuestas, pero dadas las circunstancias pensó que lo estaba haciendo condenadamente bien.

"¿Cuál era su nombre de nuevo?" dijo la sirvienta.

"¿Mi nombre?" Oh – Kagome. Um. ¿Y el tuyo?"

"Yukiko."

Hubo una pausa, y en la misma ella pudo oír al agua empezar a enturbiarse en su prisión de hierro.

"¿Está lista, Kagome-sama?"

Kagome quiso decir algo fuerte, o frívolo, o astuto – cualquier cosa para compensar lo que realmente sentía, lo cual era enferma. Sin ser capaz de abrir su boca, solo asintió. Pudo sentir sus piernas, frías y vacías, temblando bajo ella mientras se sentaba en el suelo de tierra dura y miraba a Yukiko abrir el paquete – ese condenado paquete por el que ella y Sesshoumaru habían pasado por tanto problema para obtener – y luego tirarlo sin ceremonias dentro del agua hirviente.

Solo tomó unos pocos minutos, y luego Yukiko estaba sirviendo el brebaje en un cazo y pasándoselo a Kagome. Volteándose hacia la hime, Kagome abrió paso con sus dedos debajo de su cuello e intentó levantarle la cabeza para que pudiese beber el té.

Machiko estaba demasiado débil. Podía sentir el cráneo de la joven – extraño cuan pesado y cuan frágil parecía – colgando sobre sus propias manos frágiles, el grueso cabello formando rejas sobre sí mismo, haciendo su sostén resbaloso.

Ansiosamente Kagome dejó la taza y se movió hacia la cabeza de la precaria pila de sábanas. Peinó la pesada cortina de cabello a un lado antes de deslizar torpemente su mano bajo el cuello de la joven y rodarla a algo parecido a una posición medio reclinada.

"Machiko-sama, debe beber," Kagome le dijo con urgencia mientras sostenía la barbilla de la joven y conseguía abrirla. Machiko dio un gruñido de dolor, pero abrió su boca y bebió mientras Kagome vertía el té por su garganta. Una vez que hubo terminado Kagome devolvía la taza a Yukiko, quien la llenaba de nuevo.

Después de la cuarta taza, Kagome empezaba a entrar en pánico, y su espalda y muslos empezaban a doler por apoyar a la pesada hime contra su propio cuerpo.

¿Por qué no está funcionando?" ella preguntó ansiosamente. Inconscientemente rozaba sus pulgares por las cicatrices en sus dedos índice mientras apretaba sus dientes. Gracioso, pero ella parecía no tener suficiente aire, tampoco.

Yukiko sacudió su cabeza, su ceja se arrugó en una preocupación que semejaba la de Kagome. "No lo sé," dijo, su voz elevándose un poco más en pánico mientras llenaba la taza una quinta vez. "Necesitaré más agua pronto si no empieza." Cuando devolvió la taza, su mano estaba temblando, regando un poco del agua hirviente sobre los dedos de Kagome. Ella siseó y llevó la taza a su lado, soplando sobre la superficie del té para enfriarlo antes de verterlo otra vez en la boca de Machiko.

A mitad del camino, la hime se sacudió en sus brazos, y Kagome gritó cuando la taza fue golpeada fuera de sus manos para empaparla a través del kimono y salpicar contra el suelo, pero su grito fue ahogado por el agudo gemido de Machiko. Distantemente, Kagome podía oír el ruido de la taza en la olla, y Yukiko tropezó en su línea de visión.

"¿Qué ha pasado?" ella chilló, sus manos como las de un pájaro revoloteaban hacia su ama.

"No lo sé, no lo sé," Kagome balbuceó cuando la hime gimió de nuevo y su espalda se arqueó bajo lo que parecía ser alguna clase de presión.

Rápidamente la sirvienta llegó bajo el kimono desplegado y subió las piernas de la joven en una posición doblada antes de lanzar las ropas de vuelta entre las piernas abiertas de la muchacha. Ruborizándose furiosamente Kagome se movió como si fuese a recostar a la joven.

"¡No! ¡Quédese ahí!" Yukiko espetó. Asustada, Kagome obedeció, deslizando un brazo por el pecho de la joven para mantenerla en su lugar y evitar sus ojos.

Esta es la cosa más humillante que nunca haya visto, pensó aturdida. Sus sueños infantiles de una feliz maternidad estaban siendo manchados con el olor de hierbas marchitas y acres y los quejidos de una joven en sus brazos. Ella intentaba calmar su respiración mientras la hime gemía lastimeramente otra vez.

"Muy pronto, muy pronto," le escuchó a Yukiko hablar entre dientes frenéticamente mientras se arrodillaba entre las piernas de la muchacha. "¡Kagome!"

La cabeza de Kagome se sacudió hacia arriba, y miró fijamente con los ojos amplios a la mujer frente a ella.

"Masajee su vientre."

"¿Qué? ¿Cómo - ?"

"Con cuidado, intente que se relaje, y no permita que se mueva mucho. Regreso pronto."

"¿Qué?" casi dijo Kagome, pero fue muy lenta. La palabra solo estaba a mitad del camino hacia su boca cuando Yukiko alcanzó la puerta y salió, otra olla atrapada en sus delgados dedos, y Kagome fue abandonada con la joven.

Oh Dios, pensó, oh Dios oh Dios, esto están increíblemente malo que no hay palabra para describirlo. Voy a tener que inventar una nueva solo para esta experiencia.

Perdida, Kagome levantó a la joven un poco más y se estiró a su alrededor para colocar sus manos sobre su vientre. Cuando empezaba a mover sus manos sobre la extraña, estirada piel debajo de la pesada ropa, Machiko se inclinó hacia atrás, su cabeza golpeando la clavícula de Kagome con terrible fuerza.

Entonces estaban presionadas mejilla con mejilla, y Kagome sintió las lágrimas hirvientes de la hime rodar por su rostro.

...o...

El sol se había ocultado hace hora y media, y aún la joven chillaba en su prisión de madera. Sesshoumaru apretó sus dientes e intentó bloquear los gritos fuera de su cráneo, pero era inútil; estos chirriaban por dentro de su cerebro como uñas.

Los dos demonios lobo en el claro estaban con los nervios de punta; Kouga estaba desmembrando metódicamente lo que Sesshoumaru solo podría asumir que era un árbol particularmente ofensivo, y Akiyama estaba caminando con pasos tan violentos que ya había desgastado una superficial zanja en la tierra. Ambos se detendrían periódicamente para rastrillar una mano por sus cabellos en exactamente la misma manera antes de volver a sus ocupaciones. Su agitación era entretenida y también completamente comprensible.

Lo que Sesshoumaru no entendía era su propia reacción a la situación.

Se inquietó, una ansiedad impaciente clavando un camino por su cuerpo, y él no sabía por qué.

No, eso no era cierto; él sabía por qué, pero no sabía por qué.

La peor parte era el olor. El podía oler la sangre, los fluidos de nacimiento, el brebaje acre, y el sudor emanando de la pequeña cabaña, pero esos olores no eran las causas de su agitación. No, el olor que hacía que sus garras se movieran involuntariamente – preludios de una acción que no podía nombrar – era el olor de la angustia femenina: de la hime, de la sirvienta... y la de Kagome.

Kagome estaba exhausta y asustada.

A él no le gustaba eso en absoluto. Lo hacía querer atravesar su propia piel para liberar la frustración dentro de él. Lo hacía querer arrastrarse fuera de sus propios huesos.

Sesshoumaru sintió un gruñido rallar su camino por su garganta.

Era porque había pasado tanto tiempo en su compañía, él decidió. Estaba acostumbrado a su detestable aroma de la forma en que usualmente era: calmado, determinado, vivo – ocasionalmente exasperado, pensó con más que un pequeño orgullo alegre – y seguro. Ahora que había cambiado lo estaba poniendo extremadamente incómodo el oler esas nuevas capas sobre el. El contraste era demasiado discordante de su aroma normal, como si de repente fuese oscurecido y cambiado, alterado en formas completamente desagradables para él.

El no debió nunca dejarla ir con ese lobo estúpido.

"Ah, deja de suspirar, perrucho."

La cabeza de Sesshoumaru se disparó hacia arriba y niveló una de sus miradas hostiles más impresionantes hacia Kouga, quien había hablado. El lobo estaba de pie a diez pies de distancia, manos en sus caderas, su cola sacudiéndose rabiosamente. Sesshoumaru arqueó una ceja y se negó a dignificar la obvia carnada.

Kouga cruzó sus brazos. "Los bebés no solo se deslizan al mundo, sabes," continuó. "toma tiempo, así que deja de ser tan idiota por eso."

Con gran esfuerzo, Sesshoumaru evitó que su otra ceja se disparase arriba hacia la línea de su cabello por sorpresa; si Kouga estaba confundiendo su alteración por impaciencia, él ciertamente no lo iba a corregir.

"Tu progenie," dijo tan fríamente como pudo, "ya no debería ser nuestra preocupación."

"¿Nuestra preocupación?"Kouga se abalanzó sobre la palabra. "Ah, así que ¿ustedes dos son un equipo ahora?"

Sesshoumaru sintió su labio curvarse en un gruñido apenas reprimido, pero era inútil. El lobo vio el ligero destello de blancos dientes afilados en la tenue penumbra, y sonrió ampliamente.

"No creo que sea yo el que ha sido entrenado," dijo, y ya estaba saltando hacia atrás, la espada en su cadera fuera y desviando el penetrante golpe de costado de Toukijin, y Sesshoumaru gruñó cuando el lobo saltó hacia los árboles, riéndose. "¡Ven aquí, chico!" llamó Kouga, disparándose lejos.

Sesshoumaru lo siguió, sangre hirviente cantando, dándole la bienvenida a la claramente deliberada distracción del olor de la angustia de Kagome mientras él y Kouga navegaron arriba en el cielo nocturno a luchar.

Dentro de la cabaña, el mundo se había vuelto pequeñito y agudo. Los brazos de Kagome dolían. Sus hombros dolían. Su espalda dolía. Sus muslos dolían. Su abdomen dolía. Su cabeza dolía.

Su corazón dolía más que todos.

Ella nunca pensó que una persona podía llorar tanto, pero la manga de su haori estaba empapada, y el rostro de la hermosa hime estaba hinchado y enrojecido, resbaloso de mocos. Mecánicamente Kagome corrió sus manos en pesados masajes sobre el vientre de la joven, aunque todos los huesos de sus brazos gritaban para que se detuviera, calmando los músculos tensos y relajando el cuerpo de Machiko a la fuerza. Una y otra vez ella tenía que detener sus movimientos de masaje cuando la joven convulsionaba de dolor, y Kagome desesperadamente se cubría la mano bajo la gruesa tela de su manga y la ponía en los labios de la joven, haciendo muecas de dolor mientras Machiko mordía tan fuerte que dejaba marcas.

"Respira, respira, relájate, respira, puja cuando lo necesites, respira," ella le cantaba a la joven una y otra vez. "Ya acabarás pronto, va a estar bien, ya casi terminas." Pequeñas promesas que ella misma no creía por completo caían de su boca y parecían golpetear en el suelo, ignoradas. Aunque ocasionalmente, ella sentía la cabeza de la joven asentir contra su hombro y la hime se calmaría por unos pocos momentos antes de que estuviese arruinada de nuevo por el dolor. Arrodillada a sus pies, Yukiko lentamente masajeaba la espalda baja de la joven, deteniéndose en ocasiones para limpiar el excremento o fluido amniótico que chorreaba, limpiándola con agua fresca, hablándole a su ama en tonos tranquilizadores todo el tiempo.

Kagome hace tiempo ya se había rendido de quejarse en su cabeza. No parecía haber un objetivo en ello, realmente, y saltaba a la vista que era ridículo sentir lástima por ella misma en la cara de tanto dolor.

Círculo círculo, masaje masaje, ella pensó, círculo círculo, masaje masaje, círculo, mordida... círculo, masaje masaje, círculo círculo, masaje masaje, círculo círculo, masaje masaje –

"¡Ah!"

Con cansancio Kagome levantó su cabeza para ver el rostro de Yukiko iluminarse mientras lo bajaba. "¡El bebé!" la sirvienta dio un grito ahogado, las cansadas líneas alrededor de sus ojos y boca suavizándose en deleite. "Hime-sama, solo un poco más, solo un poco más – "

Machiko echó su cabeza para atrás y gritó, y Kagome se colgó de ella mientras los dedos de Machiko escarbaban contra su brazo, agarrando su mano ya magullada y apretujándola tan poderosamente que Kagome apenas mordió su propio grito de dolor.

"Respira conmigo, Machiko," dijo, aunque estaba tan cansada que salió más como un gruñido. "Dentro, dentro, fuera... ¿puedes hacerlo?" Sintió a la joven asentir, sus sollozos temblando a través de las dos.

"Eres tan valiente," Kagome le dijo, la obviedad pareciendo estúpida, absurda en su ineptitud, pero Machiko no parecía darse cuenta. En cambio ella luchaba por respirar de la forma que Kagome había siseado, y Kagome dejó a la joven aplastar su mano con su empuñadura mientras respiraban juntas.

"¡Casi, casi, casi - !" Yukiko cantó al filo del oído de Kagome, y luego Machiko dio un último grito y Yukiko gritó de alegría.

"¡Ah! ¡Está aquí! ¡Es hermoso!" Kagome ni siquiera levantó la vista para ver a Yukiko hacer... lo que sea que se hace con los recién nacidos.

"Solo puje un poco más, y podrá descansar," dijo la sirvienta. Entonces Machiko pujo dos veces, y el bebé se deslizó dentro del mundo, mojado y gritando y vivo.

Dentro de momentos estuvo limpio, y Yukiko ató el cordón, pasándolo a los brazos temblorosos de su madre.

Era enorme, y tenía orejas de lobo. Kagome pensó ver que su mojada cola dio un meneo cansado, y luego había terminado.

Machiko aún lloraba, y el propio gemido del bebé creció conjuntamente con el de ella. Yukiko apareció al lado de Kagome, tomando a la hime gentilmente de sus brazos adoloridos y recostándola sobre su espalda para que descansara en su precaria cama.

Kagome se arrastró lejos, demasiado agotada para estar agradecida, solo sintiendo un vago peso levantarse de sus hombros cuando se levantaba de forma cansada sobre sus pies.

"No se vaya todavía," Yukiko le dijo. "Aún no hemos terminado."

"¿Qué - ?"

La sirvienta se agachó de vuelta a su lugar entre las piernas de la joven. "Solo un minuto," dijo.

Kagome decidió que ya que esperar no involucraba moverse en ninguna manera, probablemente podía manejarlo. Esperó, tratando de no apoyarse sobre sus maltratadas manos.

Después de unos minutos ella escuchó a Yukiko tomar un brusco respiro y luego " ¡-ah-!"

Un minuto después Kagome estaba de pie afuera en el frio, dando arcadas y dejando que los restos del nacimiento se desplomaran en el suelo.

Escupiendo bilis, Kagome decidió que iba a tener que matar a alguien. Quizás a ella misma. O quien sea que había decidido que era una miko reencarnada, porque definitivamente no tenía madera para esto.

De ninguna maldita manera, ella pensó medio-coherentemente mientras se doblaba y picaba en el suelo con la rudimentaria pala que había desenterrado de los saqueados almacenes de la cabaña. Sus gastados brazos temblaban con el esfuerzo, pero la adrenalina en su sistema no se echó a perder. En diez minutos había hecho un hueco decente en la dura tierra, y Kagome cayó sobre sus rodillas y empujó la placenta dentro antes de lanzar la tierra de vuelta al agujero con sus manos, demasiado agotada para ponerse de pie a menos que fuera absolutamente necesario.

Cuando hubo terminado miró a la pequeña cantidad de tierra por cinco largos minutos, pensando en nada en particular, antes de que fuese capaz de impulsarse sobre sus pies y volver adentro de la cabaña.

Sus piernas estaban tan cansadas que pensó que se caería cuando se agachó al lado del balde y mojó una tira de tela en el, escurriéndolo antes de restregar los repugnantes desechos de sus manos.

No, mamá, pensó, no quiero darte nietos. Voy a adoptar. Claro que sí.

Sip.

Ella dejó la húmeda, sucia tela caer donde sea en la esquina antes de caminar con dificultad de vuelta al frío para informar a Akiyama que su hijo ya había nacido.

Sus pies le fascinaban. Ella los miraba mientras se movían sorprendentemente firmes, uno frente a otro, hacia el claro donde había dejado a los hombres.

Izquierda, derecha, izquierda, derecha, pensó. Izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda, sonido metálico, izquierda, der –

Espera, no. Algo anda mal.

Hubo otro sonido de metal contra metal, y mientras Kagome entraba en el claro ella miró hacia arriba para encontrar a Sesshoumaru y Kouga saltando por los árboles y tajando despiadadamente el uno hacia el otro como un par de monos drogados con PCP.

Kagome miró fijo, lentamente descubriendo que ella no estaba tan cansada para enfurecerse.

Esto es bueno, pensó Sesshoumaru, el viento latigueando por su cabello, ésta es definitivamente la distracción que necesitaba. Kouga no era el más hábil de los compañeros de lucha, pero era veloz, y eso compensaba parcialmente su terrible técnica. Aunque, solo parcialmente. Sesshoumaru se encontró reteniéndose como para no lastimarlo, pero afortunadamente el esfuerzo físico requería perseguir al lobo por los árboles estériles lo cual era suficiente para deshacerse de las ondas ansiosas fuera de sus músculos.

Sin aviso, Kouga brincó alto en el aire, y Sesshoumaru vio una abertura. El tocó y saltó, espada lista en una mano, la otra en un puño, listo para dejar inconsciente al lobo. En cámara lenta, el vio los ojos de Kouga ampliarse cuando se dio cuenta de su error, y el lobo se torció, como en un lazo, pero no había forma de corregirlo mientras Sesshoumaru se acercaba, levantando a Toukijin para bloquear –

Kouga-kun!"

-y el lobo fue distraído, su espada torciéndose, y Sesshoumaru tuvo que esquivarse para corregir su bloqueo, el impacto mandándolos a ambos en direcciones opuestas, la concentración – y el balance subsecuente – se rompió. Al último momento Sesshoumaru se las arregló para girar y aterrizar a salvo sobre una rama medio camino arriba de uno de los árboles desnudos, pero Kouga no fue tan afortunado. Sesshoumaru observó mientras el lobo chocaba con una de las ramas más sólidas de arce y caía a tierra, sus antebrazos protegiendo su rostro mientras aterrizaba agachado, lacerado y magullado. Transfiriendo su mirada a la fuente de la voz también halló la fuente de su ansiedad, aún cansada pero ya no asustada, y bastante, bastante exasperada.

Ah, él pensó, mucho mejor.

Kagome se sintió ligeramente culpable cuando Kouga bajó sus brazos y se estiró, pero solo ligeramente. ¡Tan típico de los hombres! Ella estaba destrozándose el trasero trabajando para traer una vida nueva al mundo, y ellos estaban ocupados ondeando sus espadas el uno al otro en lo que sin duda era alguna clase de competencia repleta de mensajes entre líneas. ¡Sin mencionar al padre que no se aparecía!

Sin saber que más hacer, Kagome estampó su pie sobre el suelo cuando Kouga le frunció el ceño.

"¿Por qué me estás gritando?" él exigió.

"Porque están peleándose como niños, y estoy crispada," Kagome espetó.

"No," el lobo se corrigió a sí mismo, "¿por qué me estás gritando a mi? ¡Tu perrucho estaba peleando conmigo!"

Kagome ignoró el pequeño ruido que escuchó de Sesshoumaru por las palabras 'tu perrucho' – de todas formas, ¿qué le pasaba a la gente que asumía que le pertenecía a ella? – y ella cruzó sus brazos. "Porque," dijo ella, ligeramente más calmada, "la persona que empezó la pelea probablemente fuiste tú. Anda y dime que me equivoco y me disculparé."

En la tenue luz de la creciente luna, Kagome podía jurar que Kouga se había sonrojado un poco. El abrió su boca después de un momento, pero Kagome agitó su mano como si lo estuviese descartando.

"De todas maneras, "dijo ella, transfiriendo su mirada de uno al otro con intención, "Les vine a anunciar que el niño nació, y él y su madre están sanos. Dónde, por cierto, ¿está el padre?"

Ella vio la cara Kouga derretirse en una filosa y amplia sonrisa con las noticias. "¿Akiyama? Ah, no pudo soportar la tensión así que se fue a correr."

Cerrando los ojos, Kagome pellizcó el puente de su nariz, sintiéndose extremadamente ofendida. ¿El no podía soportar la tensión? ¿No podía soportar la tensión?

"Er," lo escuchó decir a Kouga, "Yo solo iré a buscarlo, bien?" Sin esperar respuesta, escuchó sus pies resbalar por la tierra, y se había ido.

Ella y Sesshoumaru se quedaron en silencio por un largo momento antes de que Kagome finalmente abriera los ojos y lo mirara. Solo estuvo un poco sorprendida al encontrarlo devolviéndole la mirada.

Era tan extraño recordar que él era un demonio, a veces. Olvidaba ese hecho tan fácilmente, pero debajo de la luz de la luna era imposible evitarlo. Bajo el cielo nocturno sus cabellos brillaban, plateados y blancos, los tonos de fondo de azul desvaneciéndose en las sombras, sus blancas prístinas ropas y la pálida piel parecía casi luminosa. El era hermoso, y ella sintió algo en su pecho apretarse con la visión.

El parpadeó y ella se dio cuenta que lo había estado mirando fijo. Kagome condenó a su sobrecargado cerebro y se volteó, de repente demasiado exhausta para permanecer de pie. Torpemente se hundió sobre sus rodillas e intentó hallar una posición cómoda que no involucrase colocar sus magulladas palmas contra el suelo, finalmente optando por cruzar sus piernas y descansar su frente contra sus muñecas.

Ungh, pensó. No era terriblemente elocuente, pero pensó que resumía su estado de existencia bastante sucintamente. Se escuchó a sí misma respirar, yéndose –

"Kagome," lo escuchó decir, dejando caer su voz en la noche entre ellos como una canica dentro de un estanque. Ella sintió las ondas de él bañarla.

Estaba tan cansada...

Un sonido la sacudió de su estado y se sentó derecha, pestañeando para aclarar la ligera niebla en sus ojos. "¿Qué?" dijo, pero no debió molestarse. El camino de polvo frío volando en directamente en dirección a la cabaña de Machiko era suficiente para decirle que había sido arrancada hacia la consciencia por el paso de dos lobos emocionados. Pestañeó un poco más, intentando aclarar la bruma en su cabeza.

Sesshoumaru la observó pestañear justo cuando se escapaba fuera del alcance del sueño, y sintió una ligera punzada de irritación de que la hubiesen interrumpido de forma tan grosera. El saltó de su percha y caminó hacia ella mientras ella escalaba pesadamente sobre sus pies y se volteaba hacia él, abriendo su boca.

"¿Te gustaría ver al bebé?" le preguntó.

Distraídamente rozándose las manos frías, Kagome esperó mientras su compañero parecía considerarlo antes de encogerse de hombros, como si quisiera decir que a él no le importaba. Ella solo asintió con la cabeza y se movió en dirección a la cabaña antes de que un pensamiento la golpeara.

Frunció el ceño. "No vas a ir de asesinato de bebés, ¿verdad?" le preguntó, retomando su camino por el camino crecido mientras él la seguía detrás. Lo escuchó bufar.

"No," le dijo.

"Bien," ella respondió.

Estuvieron en silencio por el resto del corto viaje, y le pareció a Kagome que no había tiempo en absoluto entre el camino y la cabaña, donde Akiyama estaba de pie en la entrada sosteniendo a su hijo.

Kagome sintió que su corazón se derretía un poco al verlos.

Entonces Akiyama le entregó el cachorro a Kouga, quien tomó a su nieto en sus brazos lo que rompió el corazón de Kagome un poco más.

Ella observó, de repente sintiéndose alienada y fuera de lugar, una extraña de nuevo en la vida de esta persona. Sabía que él había cambiado, era más maduro, tenía un hijo, ya no estaba perdidamente enamorado de ella, pero solo tomó verlo con el pequeño bebé que era parte de su familia, de hecho descendiente de él, para que ella se diese cuenta, con una fuerza tan pesada que sintió su aliento dejar su cuerpo, que él había continuado.

El probablemente no había pensado en ella por años. Ella ya no era importante. Solo era un personaje secundario en su vida, una joven extraña que no había envejecido, que no había crecido, y él había seguido adelante mientras ella se quedó anclada en su lugar.

Kagome flaqueó, sus pies picándole para llevarla a un lugar donde ella no podía ir.

Podía sentir a Sesshoumaru detrás de ella, sabía que su cabello se sacudía en el viento, sabía que sus ojos dorados la miraban, pero ella no tenía el valor de voltearse y enfrentarlo.

En cambio ella se mantuvo donde estaba, incapaz de moverse entre el pasado y el futuro, cada uno indistinguible entre el otro.

...o...