Cuentos de la Casa de La Luna
Por
Resmiranda
Capítulo veintitrés
"Reunirse es una dulce pena
Porque algún día tendremos que separarnos –
Calma, no hagas ni un solo ruido,
Me vas a defraudar."
-Ben Harper. "Cenizas (Ashes)"
...o...
Se estaba poniendo frío de nuevo. Kagome podía sentir la calidez de los días previos enlazarse con la ola de nieve y hielo; el frío viajaba sobre las nubes que brotaban en lo alto, bloqueando al sol que se ocultaba y a la luna que se elevaba, y el olor de los fuegos de cocina se envolvía en su nariz mientras el humo acre se levantaba y aplastaba contra el cielo gris hasta que se perdía. Sin duda había una demostración de fuegos artificiales celestiales sobre las nubes, pero aquí en la tierra solo había la creciente penumbra y el frío, oscuro susurro del bosque detrás de sus espaldas.
Sesshoumaru casi no hizo ruido mientras aterrizaba ligeramente en el césped roto y muerto, sus zapatos hundiendo los tallos color café con solo un murmuro, y Kagome notó este hecho vertiginosamente. Ella se rehusaba a pensar en otra cosa que no fuera lo que estaba pasando en ese momento, en la armadura áspera topar su piel, en las manos de él soltando sus piernas, en la forma en que su cabello se deslizaba por sus dedos desnudos y contra su ropa. Se rehusó a mirar hacia arriba, para ver la casa frente ella, para observar el lugar por el que había viajado tanto para encontrar.
Si levantase los ojos y encontrase a Sango ahí, Kagome sabía que no tendría otra opción que correr, pero correr para apresurarse en reunirse con ella o para huir de ella, no podía decir.
Podía sentir su corazón dar fuertes latidos contra su pecho, rogando ser liberado, como si ya hubiese soportado suficiente y no pudiese resistir nada más, pero ella lo ignoró mientras se deslizaba lentamente de la espalda de Sesshoumaru para tocar el prado muerto.
Las hierbas se movieron bajo sus pies, crujiendo sus cuerpos unas sobre otras. Irreflexivamente, sin tratar en absoluto de distraerse de lo que estaba pasando, ella se preguntaba por qué estaba haciendo tanto ruido y Sesshoumaru no. No tenía sentido que él fuese menos ruidoso que ella cuando claramente él pesaba mucho más.
¿Estará feliz de verme, como lo estuvo Kouga?
El pensamiento destelló por su mente como la luz del sol sobre una espada, e igual de filoso. Si se movía muy rápido, ella se cortaría.
Su sangre aún latía fuertemente por sus venas, y aún tenía que levantar sus ojos del césped muerto bajo sus zapatos hacia la casa de la taiji-ya, la hermana que había dejado atrás hace tanto tiempo sin siquiera decirle adiós.
¿Estará enojada?
La fascinaba, el entrecruzado de cada hoja aplastado por el peso de ella, el olor del invierno emanando de la fría tierra debajo, como si el mundo creara las estaciones con la calidez y frialdad de su corazón; era todo tan complejo, tan familiar, y aún así ella estaba en un lugar desconocido. Era una extraña que reconocía el mundo a su alrededor, aunque no lo hubiese visto antes.
Hace mucho tiempo, habían recorrido campos muertos juntas, evitando serpientes y lagartijas, estornudando por el polvo levantado por sus pies, riendo juntas por las cosas tontas, quejándose igual sobre las serias. Ella y Sango, las más queridas amigas, apegadas como hermanas, aunque probablemente no hubiesen sido amigas si se hubiesen conocido bajo otras circunstancias, en otros tiempos; el aire sombrío de Sango chocaba con su propia efervescencia, la tristeza tan pesada de la taiji-ya en equilibrio con la inocencia de la miko. Tan distintas, se llegaban la una a la otra por el velo de lágrimas que rodeaba la shikon no tama, en vez de algún campo compartido, y ahora estaban tan apartadas en la vida y en el tiempo que Kagome pensó poder sentir el mundo separarse, bostezando ampliamente entre ellas.
¿Me recordará?
Kagome cerró los ojos.
Sesshoumaru esperó, pero ella aún no se había movido de atrás de su espalda, y podía oler el miedo. Se volteó para mirar a la joven mujer con quien había viajado tanto tiempo, y casi se alejó de ella. Con el aliento dificultándosele por la sorpresa, recorrió su mirada sobre ella, asimilando su cabeza gacha, sus manos apretadas, sus piernas temblorosas, y parecía tan absurdo. Ella había enfrentado a un dragón, y ahora, ahora estaba temblando de terror.
El frunció el ceño, los ojos estrechándosele mientras cavilaba. Ella había estado ansiosa, sí, pero ahora él podía escuchar su corazón retumbar y sus pulmones superficiales luchar para mantenerla en pie, conservándola firme en su pánico, como si estuviese esperando ser ejecutada. Estremeciéndose bajo la tensión de impulsos conflictivos, Kagome estaba al borde, tambaleándose entre la confrontación y la cobardía.
Balanceándose con ella, Sesshoumaru pensó sobre el mundo después de la decisión. ¿Huiría o se quedaría? Si hacía lo último, ¿encontraría paz? Y si hacía lo primero, ¿la culparía?
Ella se estremeció de nuevo, algo primitivo tensándose por su cuerpo antes de levantar su cabeza para mirarlo a él, ambos ojos abiertos aterrorizados y ansiosos, ambos odiando y necesitando, su espera casi tan grande como su pánico.
Estaban aquí. Su meta se asentaba a cien pies de distancia, y ella tiritaba de miedo.
"¿Estás lista?"
Cuando sus labios se movieron con la pregunta, Kagome saltó. Ella no había estado mirándolo realmente, pero había estado parado frente a ella, bloqueando la vista de la casa, así que ella había dirigido sus ojos al rostro de él aunque no lo miraba realmente. De todas formas, a veces estaba tan quieto que se desvanecía contra el telón de fondo de su mente, y eso probablemente era lo que él quería; ahora que la había sacudido fuera de su propia cabeza y le había recordado que existía ella encontró difícil responderle con la verdad, pero hubiera sido incluso más difícil mentir.
"No," susurró.
El no se movió, no la reconoció por un largo momento. Ella lo vio parpadear, como si estuviese pensando, y lo esperó emitir juicio.
"Entonces," él dijo finalmente, "quizás el único momento es ¿ahora?"
El sonido que escapó de ella fue más como un resuello que otra cosa parecida a su risa entre dientes normal o su risa a todo pulmón, pero era amargo, y dio en el clavo.
¿Cómo es que, ella pensó, eres el único que lo sabe?
Kagome tragó saliva. "Eso creo," le dijo, asintiendo con su cabeza en cortas, marcadas sacudidas, y él se volteó elegantemente para afrontar el descenso y elevación de la dormida pradera que se extendía ante la casa de Sango, la última de las cazadoras de la shikon no tama.
"Entonces procedamos," respondió, su voz baja y fuerte, mirando directamente al frente.
Ella estaba encontrando que era difícil obtener suficiente aire. "Sí," ella liberó, sintiéndose casi avergonzada. Había sido valiente tantas veces antes, pero esta era una de las cosas más duras que jamás había tenido que enfrentar.
Ella sabía que peor que el odiado enemigo era el amigo abandonado, y ese conocimiento pasaba sobre ella con alas ennegrecidas.
Sesshoumaru dio un paso adelante y ella lo siguió, dando pequeñas zancadas para adelantársele – esto era de ella, después de todo – pero a mitad de camino por la pequeña inclinación de la pradera el movimiento se volvió innecesario.
Hubo el sonido bronce claro de algo tintineante, algo familiar –
-no, no, él está muerto, pensé que ya no estaba, no –
-antes de que la pantalla shoji se deslizara, y que sobre el porche saliera una anciana mujer – encorvada aunque de paso fuerte – y en una mano marchita sostenía el shakujou de Miroku. Su largo cabello gris, atado bajo pero aún libre, se agitaba con el viento del frío que venía, y su rostro estaba delineado, no con su risa, como el rostro de Kouga había estado, pero con sus pensamientos sombríos, con la melancólica severidad que siempre había vivido detrás de sus ojos resplandecientes. Kagome pudo ver, bajo la capa de los años, la muchacha que siempre había tenido los ojos de una mujer mayor, incluso cuando era joven; ella pudo ver la muchacha que había muerto tantas veces.
Ella pensó que quizás no la reconocería, pero incluso sin el báculo sagrado de su esposo, Kagome habría reconocido a Sango en cualquier lugar.
No hubo ruido, nada entre ellas. Kagome solo estuvo débilmente consciente de la presencia intensa de Sesshoumaru un simple paso detrás de ella; todo parecía haberse desvanecido. Su mandíbula se movió y sus labios se separaron, pero su lengua era de arena, enterrando sus palabras, y ella no sabía lo que debía decir de todas formas. Segura de que se veía tan ridícula como un pez moribundo, Kagome tragó saliva, forzó sus pulmones a seguir trabajando, y esperó el rostro de Sango iluminarse al reconocerla, retirarse de enojo, o colapsar en lágrimas.
Era interminable.
Entonces Sango abrió la boca.
"Puedo sentirte ahí afuera," dijo, voz grave en su garganta, pero aún poderosa y clara, mientras hablaba a través de la pradera hacia ellos.
¿Qué?
Kagome vaciló, confundida.
"¿Qué?" dijo, o habría dicho si hubiese encontrado su voz. Sus parpados batían bajo la repentina y casquivana perplejidad.
El rostro de Sango se tensionó. "Sé que estás ahí," dijo. "No puedes esconderte de mí. He pasado toda mi vida cazándolos."
El mundo se inundó sobre Kagome y se barrió bajo ella.
Entonces Sango colocó el báculo de Miroku frente a ella, lo golpeó contra el porche antes de moverse hacia adelante con solo ligeros pasos entrecortados, y Kagome se dio cuenta de que su amiga no podía verla, solo podía sentir la presencia del lord youkai de pie a solo un paso de ella.
En algún lugar en los secretos años entre entonces y ahora, fuera por veneno de youkai o edad avanzada, por enfermedad o algo más, Sango había perdido la vista.
Kagome sintió su aliento dejar su cuerpo; estaba escurrida hasta dejarla seca. Pensó que el viento podría barrer a través de ella y llevarla lejos si su corazón no hubiese sido tan pesado.
Sango, ajena, alcanzó el borde del porche y aclaró su garganta. "Puedo percibir que eres poderoso, así que serás capaz de entenderme. Acabo de cenar, y no quiero tener que pelear contigo con el estómago lleno. Mi familia puede reunirse contigo en batalla, pero aún están disfrutando de su comida así que no quiero molestarlos." Ella recogió sus hombros, y la imagen hizo tanto eco a la Sango de entonces que Kagome se estremeció bajo la ola de recuerdos.
"Así que deja ésta aldea en paz, y te irás con vida," Sango terminó.
En el viento que se elevaba y la luz que se debilitaba, los anillos del shakujou se lanzaban unos contra otros, sus estruendosas voces tropezando por la pradera como advirtiendo al mundo durmiente de las cosas por venir.
Miroku, pensó Kagome.
Ella estaba sentada al lado del pozo. Ni siquiera lo escuchó hasta que estuvo unos pocos pies lejos de ella y los anillos de su báculo la sorprendieron de vuelta al mundo otra vez. Mirándolo con calientes y secos ojos, Kagome se sintió agradecida de que no haya estado llorando, porque no quería esconderse de nuevo.
El la miró antes de acomodarse al borde del pozo, su báculo sosteniéndose contra su hombro.
"Kagome-sama," dijo, la máscara tonta cayéndose para revelar al sabio hombre bajo ella, "se irá pronto." Sus ojos, maravillosos y opacos, le decían al mundo nada acerca de sus pensamientos, y cuando él volvía esos ojos sobre los suyos ella se sentía segura pero fría; cuidada, pero lejana. Él siempre sabía, como si, pudiese ver siempre la verdad debajo. Esa era la única cosa que nunca cambiaba.
Incapaz de hablar, ella solo asintió con la cabeza. Por años Miroku había despertado cada mañana y mirado a la muerte directo a la cara; no había nada que ella pudiese decir que se comparase con eso. Kagome casi se sintió avergonzada por la extraña agonía que la plagaba – solo tenía un corazón roto, y nadie moría de eso – pero ella le prestó su atención, esperando que el monje le pudiese decir como continuar, como superarlo, como vivir después de sentir como si hubiese muerto.
Miroku apartó la mirada de ella y miró a través del campo, hacia Goshinboku, y su báculo repiqueteó y cantó de nuevo con sus movimientos y la brisa ligera. Por un largo momento él no dijo nada, y ella estuvo a punto de levantarse y regresar a la aldea con enojo cuando él se movió y abrió su boca.
"Kagome."
Ella se congeló, pero no respondió. Dolía demasiado.
Luego el monje se movió de nuevo y ella lo observó, a sus ojos brillantes que habían contemplado fijo tantas veces hacia el vacío, y aunque estaba mirando hacia el vacío por sí misma. Ella pensó verlo mirarla de vuelta.
No había una sonrisa en sus labios, pero no importaba porque Miroku suspiró de nuevo.
"Las cosas vienen y van," dijo suavemente, "pero usted está aquí hoy. Es importante saber cuándo está, Kagome-sama. No lo olvide."
Ella parpadeó, confundida, mientras él se levantaba, se estiraba, y luego caminaba por la hierba, como si hubiese completado una gran tarea, impartido una sabiduría infinita; si tan solo pudiese abrir a la fuerza sus palabras, ella sería iluminada y no sentiría dolor nunca más.
El ya se había ido cuando empezó a llorar. "¿Eso es todo?" ella exigió al hombre que ya no estaba ahí. "¿Eso es todo lo que tienes que decir?"
No lo volvió a ver. Temprano a la mañana siguiente ella saltó por el pozo, para nunca más regresar a ellos.
Si hubiese sabido – realmente sabido – que esas serían las últimas palabras que él le diría, ella hubiese corrido hacia él y le hubiese besado su mano curada con gratitud.
Y ahora ella recordaba que la última cosa que Sango le dijo fue, "Duerme un poco, Kagome-chan. Se pondrá mejor."
Se pondrá mejor.
Kagome deseó no haber venido, no haber borrado su último recuerdo dulce de Sango con este nuevo, con ésta mujer, anciana y ciega, con ésta nueva voz fría, dominante y segura.
Deseó poder volver y hacerlo todo de nuevo.
Sesshoumaru observó mientras la anciana mujer levantaba el báculo y lo apuntaba directamente hacia él, sus ciegos ojos mirándolo con una ferocidad que recordó de hace tanto tiempo atrás.
"No te lo diré de nuevo, youkai," dijo. "Vete de ésta aldea."
Solo a un paso de distancia, él escuchó el grito ahogado de Kagome, podía oler el arrepentimiento y la desesperación que la asfixiaba, lo sintió un poco por sí mismo.
Entonces ella lanzó un sollozo silencioso, y Sesshoumaru pensó que podía escucharla gritar.
Abandonada, sin sentido. Había perdido todo sentimiento en sus manos, en sus piernas, en sus labios, no podía discernir si estaba respirando o no, y un gran destello de plateado pánico, bordeado de amarga desesperación, se disparó por su cerebro.
Kagome giró y huyó, rompiendo por el bosque y buscando la oscuridad que le ofrecía.
Solo dejó el olor de su profunda pena detrás. Sesshoumaru pausó por unos pocos momentos más, hasta que la anciana taiji-ya empezó a golpear con fuerza el extremo del shakujou contra el porche de madera.
"¡Youkai!" ella gritó, la voz quebrándose bajo el peso de los años, un claro llamado a su clan. "¡Youkai!"
Desde el interior de la casa el lord youkai pudo escuchar una ráfaga de actividad, el choque de metal contra metal acompañado por el resbaladizo sonido de armas siendo retiradas de sus perchas, y reflexionó que probablemente era hora de irse. No necesitaba pelear, y no deseaba la muerte de la única acompañante de Kagome que quedaba.
Sin molestarse en mirar hacia atrás, Sesshoumaru saltó hacia los aires y brincó ligeramente sobre los árboles, siguiendo a la joven mientras corría bajo él, su tristeza filtrándose por la moche a su alrededor. No tropezaba, solo corría, buscando el lugar donde pudiese rebobinar los lazos del tiempo, borrar su insensatez, dejar sus arrepentimientos atrás. El se preguntaba que tanto tendría ella que correr para encontrar ese lugar. Y si lo encontraba, él se preguntó si lo dejaría seguirla.
...o...
Kagome sabía que él estaba esperando, que no bajaría de los árboles hasta que ella se detuviese, así que cuando al fin alcanzó un claro amplio, se colapsó, exhausta y sofocada, sobre el suelo y trató de recuperarse antes que él descendiera del cielo. En su huída había perdido las pieles que los lobos le habían regalado, pero su arco y aljaba se quedaron y ella se los quitó, jadeando, y los recostó a su lado en el suelo.
Menos mal recobró el aliento rápidamente y, sin querer ya enfrentar al mundo a su alrededor, levantó sus rodillas hacia su pecho, reposó sus brazos cruzados contra ellas, y dejó su cabeza caer hacia adelante para dejar fuera las cosas que odiaba, lo cual era casi todo en este momento. Kagome cerró los ojos.
Dentro de un minuto ella escuchó los suaves talones de él sobre el suelo, y quería gritar, aunque no sabía si quería gritar de rabia consigo misma por ser tan infantil, gritar de dolor, o gritar solo para aliviar la tensión. Sin embargo, ella sospechaba que Sesshoumaru no lo apreciaría, así que a cambio se conformó con hablar.
"Quiero estar sola," le dijo a nadie en particular, la voz solo ligeramente apagada.
Hubo una pausa. "Está bien," él respondió.
Ella escuchó los pies de él moverse, pero en vez de retirarse él continuó hasta que estuvo a su lado.
Kagome aclaró su garganta. "Eso significa que quiero que te vayas," ella aclaró.
"Lo sé."
Hubo un susurro de ropa mientras se sentaba a su lado, y la seda murmuraba sobre seda mientras cruzaba los brazos y apoyaba su espalda.
Si él estaba aquí, ella no podía llorar, y necesitaba llorar aunque estaba harta de hacerlo. Ella había derramado lágrimas tan seguido este mes pasado, y estaba exhausta porque nunca se acababa. Siempre había más lágrimas para llorar.
"Por favor," ella le dijo, la voz temblando con emoción reprimida, "por favor vete."
Él ni siquiera le respondió, solo se sentó perfectamente quieto. Si ella estaba en silencio, pensó que podía escucharlo respirar.
Había pasado tanto tiempo desde que alguien la seguía cuando huía que se había olvidado la frustrante dulzura que era necesitar tener ambas presencia y ausencia, desear tanto la compañía como la soledad.
El estaba tan callado. Sus largas mangas ondeaban suavemente en el viento que se elevaba.
Kagome daba tirones de movimientos reprimidos. Quería lanzarse a los brazos de él y sollozar. Quería que él la reconfortara. Quería que él corriera sus dedos con garras por su cabello, quería que él no dijera nada, quería que la sostuviera en el círculo seguro de sus brazos hasta que el mundo y todas sus descuidadas crueldades se retiraran. Ella quería, tanto, ser protegida de nuevo. No, no ser protegida, sentirse protegida.
Quería tantas cosas. Ella sabía que nunca tendría la mayoría de ellas.
Si él fuese más como su padre o su hermano, si ella fuese más valiente, quizás hubiese encontrado consuelo. Pero él no era como ellos, y estaba demasiado asustada para intentarlo. En esta cosa en particular, ella siempre tuvo miedo de intentar, y quizás era por eso que estaba sola.
Se sintió estúpida. Su pecho le dolía.
Sesshoumaru aún estaba sentado a su lado, arruinando su aislamiento, y él parecía no ir a ningún lado.
Bueno, Kagome decidió, si iba a quedarse, él iba a tener que hacer algo útil. Irracionalmente, quería ser castigada por su idiotez, y si aún estaba aquí él muy condenadamente bien podía reprenderla por ser tan estúpida, por las insoportables debilidades que la socavaban una y otra vez.
"Crees que soy tonta, ¿verdad?" ella lo desafió, sin molestarse en levantar su cabeza. Yo sé que lo soy. Escuchemos lo que realmente sientes.
No hubo respuesta al principio; él estuvo callado, de vuelta a su antiguo estoico ser, inescrutable y silencioso, y Kagome especuló que si él fuera misericordioso, no diría nada por el resto del tiempo en que estuviesen juntos. Probablemente eso era demasiado de esperar.
Finalmente hubo el sonido del respiro antes de las palabras.
"No," dijo, en voz muy baja.
Momentáneamente atónita, ella resopló húmedamente como respuesta. "Mentiroso," sorbió la nariz. Por alguna razón, lo imaginó sonriendo.
"Bueno, quizás eres insensata a veces," él arregló, "pero no, creo, por eso."
En su pecho el vacío se removió, y Kagome encontró que no podía pensar en nada más que decir. Aunque, eso estaba bien. Incluso si ella tenía las palabras, sería incapaz de hablar.
Estaba tan pesada, tan... parecía hundirse dentro del mundo, y el mundo parecía rodar hacia ella. El pensó que podría resbalar y caer dentro del cráter con ella. Alejando su mente a la fuerza, Sesshoumaru observó como la luna brevemente resbalaba por detrás de una nube para bañar el claro en luz plateada, y se preguntó por qué él se sentía tan triste. Kagome, por supuesto, removía algo suave y melancólico en él, pero había algo más, un abatimiento completamente aparte de la tristeza de ella. Era tan extraño, porque él no podía pensar en una razón para ello, excepto, quizás, ahora que sus deberes habían sido completados él pronto tendría que dejarla y regresar a la casa que él ya no menospreciaba. Pronto tendría que encontrar algo que no sea la rabia o el odio para propulsarlo por sus interminables días. No se había ido por mucho, pero cuando pensaba en su hogar, él sabía que regresaría como un extraño; aunque solo se había ido por dos meses, parecía que había salido de casa hace años. Y quizás esa era la verdad.
Tan extraño. Parecía haber tan poco para hacer, tan poco para valorar, así que, quizás, él se sentía triste porque no había razón para sentir algo en absoluto.
A su lado, Kagome se movió, una desesperación sin rumbo rodando de ella en olas, y él recordó lo que se sintió el estar de pie bajo la luna esa noche que tomó de vuelta las cosas que había perdido pero que no necesitaba. Recordó que se sintió al encontrarse vacío cuando él había esperado que estuviese lleno.
Kagome tragó saliva. Iba a llorar si no hablaba, así que dijo la primera cosa que se le vino a la cabeza. El pensamiento que había estado rodando por su mente por semanas ahora, pequeño y diminuto y tan, tan fuerte.
"No puedo ir a casa de nuevo, ¿cierto?" ella preguntó, y el temblor en su labio inferior parecía haberse movido hacia dentro de su pecho. Solo después de que habló sí que cayó en cuenta que la pregunta estaba poco clara, pero, pensó, si alguien sabía de lo que hablaba, era él.
Sesshoumaru estuvo en silencio por un largo momento antes de moverse a su lado. "Eso," dijo, "requeriría saber dónde estaba el hogar para empezar."
Ella se ahogó en la aguada risa que hizo hipo en su pecho. "Y ¿cómo averiguaría eso?" ella quería saber, su voz temblando, resonando con su tembloroso corazón.
Por los extraños espacios del tiempo, Kagome se sintió flotar, a la deriva, ya que el hogar nunca estaba donde ella miraba, y si alguna vez lo encontró en absoluto entonces nunca estaba en el mismo lugar dos veces.
El no respondió. Ella sabía que él había aprendido su lección; pensó haberla aprendido también, pero no había sabido verdaderamente lo que significaba hasta esta noche. Ella siempre había tenido la esperanza de ser lo suficientemente buena, lo suficientemente dulce, lo suficientemente especial para ser eximida de esto; ella siempre había esperado ser la excepción de la regla, y era amargo confirmar lo que había sospechado desde el principio – ella no era inmune. Sin importar que tan alegre y dulce y buena y amable fuese, sin importar lo mucho que luchase, no podía escapar nunca.
Para todos, incluyéndola, los lazos de amor apretaban lo suficiente para hacer sangrar.
El silencio de él continuó y finalmente Kagome levantó su cabeza de la cuna de sus brazos para verlo mientras él miraba arriba en el cielo. Lo encontró bañado en luz de luna, resplandeciendo tan brillantemente que casi tuvo que cubrirse los ojos de la luz que derramaba.
Luminoso, incandescente, su rostro resplandecía tan radiante...
Gracioso cómo ella solo encontraba sombras ahí.
La luna pasó detrás de otra nube y estuvieron juntos en la fría oscuridad de nuevo.
El la miró, aunque ella ya no podía verlo en la penumbra, y encontró su rostro angustiado y triste, solo podía ver una adorable y joven fantasma suicida, por un instante pensó que quizás ella no era real. El intentó alcanzar.
Kagome esperó que dijera algo, pero en cambio sintió los dedos de él sobre los suyos, y para su sorpresa él detuvo el titubeo de sus dedos contra sus nuevas cicatrices. Ella parpadeó, frunciendo el ceño; ni siquiera había estado consciente de los inquietos movimientos.
"¿Qué es tan fascinante?" le preguntó en voz baja, halando sus manos hacia él y corriendo una garra sobre la parte trasera de sus dedos como si pudiese leer la respuesta en la textura de su piel.
Casi lanzando un chillido por su audacia, Kagome se retorció, fuera de equilibrio, e intentó evitar caerse contra él. Se sentía extraña, un poco sin aliento bajo su escrutinio, y ella podía oír la áspera e hilada tela de su hakama rozar sobre la fina seda que él vestía.
Sonrojándose por su proximidad tiraba inútilmente del apretón de él mientras trataba de recuperar sus manos. "Nada," le dijo, preocupada. "Nada es fascinante sobre ellos."
"Mm," respondió Sesshoumaru. Sus manos eran pequeñas en las suyas; se sentía tan frágil debajo de sus orgullosas cicatrices de batalla. "¿Por qué intentas ocultarlas?"
Sus movimientos se detuvieron, y se sintió ligeramente mareada, perdida en la oscuridad con solo la voz de él para decirle lo que estaba pensando, con solo sus matices para hablarle acerca de lo que realmente quería decir. Kagome tragó saliva. "¿Eso hago?" preguntó. "No lo sabía."
"Mm," él dijo de nuevo. "No deberías."
Kagome haló contra su presión una vez más y él la soltó, observando cómo caía alejada de él al césped, sosteniéndose torpemente. La escuchó tomar un aliento estremecido mientras reajustaba su posición, y él pensó que le preguntaría por qué.
No lo hizo.
"Ok," murmuró a cambio. "No lo haré."
El no pudo pensar en algo para decir.
Estuvieron en silencio por un largo momento, la brisa helada fluyendo entre los dos. Después de casi un cuarto de hora él solo estaba especulando que se habría quedado dormida donde estaba sentada cuando ella levantó su cabeza otra vez.
"¿Sesshoumaru?"
"... ¿sí?"
Los árboles susurraban en el viento, sus ramas desnudas chocándose entre ellas.
"¿Vale la pena?"
El silencio se extendió, se desenrolló tan gentilmente que ella casi no lo sintió pasar; pudo sentir la mirada de él descansar sobre ella, aunque no pudiese verlo.
Lo escuchó reír apaciblemente.
"... a veces."
Kagome le sonrió en la oscuridad.
...o...
"Esperas que crea," dijo Sesshoumaru, claramente incapaz de comprender lo que ella le decía, "que ¿solo renuncian a su poder después de una determinada cantidad de tiempo?"
Kagome suspiró. Explicar el sistema democrático y parlamentario del siglo veinte a un lord youkai de la era feudal era más complicado de lo que pensaba que sería. "Si, lo hacen. Esa es la clave para un gobierno representativo, después de todo – la necesidad de representación sigue cambiando, así que los líderes tienen que cambiar, o debe dársele oportunidad al pueblo para cambiar de líderes. Hay cierto control para que nadie pueda tener todo el poder."
Él sesgó una mirada de sospecha hacia ella por la esquina de su ojo, y estuvo agradecida de estar en su espalda en vez de estar frente a él donde podría voltear la fuerza entera de esa mirada fulminante sobre ella. "¿Qué clase de control?" le preguntó.
"Como..." Kagome intentó recordar sus clases de antropología. "Como el hecho de que nadie más permitiría que una sola persona obtenga demasiado poder, porque entonces eso significaría menos poder para ser repartido."
Sesshoumaru frunció el ceño.
"Así que," dijo finalmente, "¿esperas que crea que solo renuncian a su poder después de una determinada cantidad de tiempo?"
Kagome empezó a golpear su cabeza contra el hombro de él.
El sol ya casi se había ocultado, y se aproximaban a Edo; mientras más se acercaban, más nerviosa se ponía. Kagome había estado sorprendida de hallar que estarían en el pozo come-huesos al anochecer, pero ya habían estado viajando por largo rato. Cuando lo formó en su cabeza, descubrió que habían dado una amplia vuelta alrededor de la porción superior del Japón, terminando en la aldea de Sango, la cual estaba un poco hacia el sur-este de Edo.
Ella había despertado esa mañana bajo un árbol al que no recordaba haberse arrastrado la noche anterior; pensó que se había quedado dormida sentada sobre una ladera.
Ejercitando su cuello por el calambre, lentamente fue cayendo en cuenta que estaba al borde del claro cuando la noche anterior había estado en el centro. Sus ojos se entrecerraron mientras lanzaba una mirada a Sesshoumaru, quien se encontraba de pie un poco alejado y mirando fijo a la nada. No se volteó para mirarla de vuelta, aunque ella pensó que tenía un distintivo aire entretenido, sin duda causado por la confusión de ella.
"¿Me moviste?" fue lo primero que salió de su boca.
Él le lanzó una mirada desde su hombro. "No," dijo, como si fuese obvio. "Eventualmente decidiste trasladarte por tu cuenta, aunque hay que reconocer que solo lo lograste después de un poco de estímulo."
"Ah, gracias." Creo.
Ella observó como una pequeña sonrisa condescendiente agració sus labios. "Miko," dijo él especulativamente, "me sorprende que hayas sobrevivido hasta ahora sin ayuda sustancial. Si te vas a quedar dormida en el campo, al menos haz un intento por dormitar. Después de todo," dijo, de forma ligeramente teatral, "no hay manera de decir qué podría suceder si estuvieses tan profundamente dormida que no te despiertes cuando coloco una mano sobre ti."
Su elección de palabras la golpeó fuerte. "Espera, ¿qué? Cuando coloques ¿una mano sobre mi?" ella exigió mientras él se volteaba y tomaba unos cuantos pasos hacia ella, los brazos doblados dentro de sus mangas y pareciendo insufriblemente satisfecho consigo mismo. "Eso no suena a despertarme lo suficiente para moverme. ¡Eso suena muy sospechoso!"
Sesshoumaru le lanzó una mirada, e incluso si los músculos de su rostro no se habían movido más de una fracción de pulgada, ella fue dejada con la distintiva impresión de que estaba exasperado con ella.
Kagome no estaba entretenida. Este mundo no debería hacerme esto cuando una taza de café está a varios siglos de distancia. "¿Qué me hiciste?"
"Nada," respondió.
Él sonrió mientras ella se relajaba. "Pero si lo hubiera hecho, no lo hubieras sabido."
Kagome soltó un chillido.
"Pero no lo hice."
Escenas retrospectivas de fiestas cuando estaba en la universidad le llevaron a su mente un número de cosas que uno podría hacerle a una persona dormida, y Kagome deseó tener un espejo para poder tachar 'escribir poemas obscenos involucrando calamares en la frente" – o algo por el estilo – de la lista.
Ella lo miró fijamente por un momento antes de alcanzar una solución.
"Voy a pretender que no tuvimos esa conversación," ella anunció mientras trepaba a sus pies y los empezaba a estirar. "¿Por qué estás de humor tan retozón esta mañana?" ella exigió saber mientras extendía sus brazos sobre su cabeza, halando los músculos en su espalda desenredando los nudos que se habían asentado.
"¿Retozón?" él sonó ofendido.
"Sí, retozón," ella le disparó de vuelta, doblándose para estirar sus ligamentos. "No que me importe. Usualmente eres tan solemne, como si alguien hubiese atropellado a tu perro."
Después de un momento en el que no hubo respuesta, lo regresó a ver para notar si había mordido la carnada, pero se veía extrañamente lejano, como si estuviese mirando algún lugar que solo él podía distinguir.
Sesshoumaru rodó la voz de ella sobre su cabeza, dejándola hacer eco contra sus recuerdos, y encontró que resonaba.
"No seas tan solemne."
¿Quién lo había dicho? Casi no podía recordar.
Kagome frunció el cejo. No era costumbre de él ignorar sus pinchazos, mientras ella se dejaba ampliamente abierta a un comentario cortante. Puso un pie sobre el árbol junto a ella y empezó a estirar sus piernas mientras aclaraba su garganta – un poco ruidosamente – y recapturó su atención. "Tú," le dijo ella, haciendo sonar su voz tan clara como fuese posible, "no has sido tan insufrible como ahora desde que regresábamos de las montañas."
Eso lo agarró. "¿Insufrible?"
"Un poco, solo un poco," ella le dijo con aire de suficiencia. "Usualmente solo eres irritante."
"¿Irritante?"
"Ah, ya deja de hacer eso," dijo Kagome.
Sesshoumaru dio un respiro lleno de orgullo herido. "No borres mis afectuosos recuerdos sobre ti actuando infantilmente en tu último día aquí."
¿Qué? Ella pensó antes de que el impacto del resto de su afirmación la golpeara, hundiéndose en su estómago como una tonelada de ladrillos helados. "¿Último día?"
La sutil caída de las cejas de él fijó su rostro en una expresión ilegible, aunque Kagome pensó que pudo haberse visto vagamente melancólico. Pero solo vagamente. "Llegaremos a nuestro destino final al ocultarse el sol," él le informó antes de voltearse de nuevo, mirando por el soleado césped.
Kagome no estaba segura de qué decir respecto a eso. Solo aguaba las cosas. "Ah."
Sorprendida por su consternación, ella frunció el ceño, pensativa. Ella había querido terminar con esto, ¿no es así? Para cortar las cuerdas de las cosas que la aplastaban?
Claro que eso quería.
Aún, si lo que él decía era cierto, este sería su último día juntos, y el pensamiento pellizcaba su corazón.
"¿Estás lista?" le preguntó, sacándola de sus pensamientos melancólicos.
No realmente, pensó, pero externamente ella asintió con la cabeza. "Supongo."
"Entonces vámonos."
Así que ella hubo colgado su arco y aljaba de flechas – ambos bastante bien conservados – sobre sus hombros antes de trepar por la espalda de él y saltaron hacia los árboles.
Ella se había preocupado de que por su encuentro con Sango estaría demasiado triste para apreciar su último día, o por lo menos pensó que las cosas se pondrían raras entre ellos dos por el repentino corto tiempo que tenían y la extraña conversación que habían compartido la noche anterior. En vez de eso Sesshoumaru había desviado esas cavilaciones melancólicas atajándolas con preguntas acerca de su hogar.
Él había tratado de esconder su curiosidad detrás de un tono aburrido pero solo lo logró marginalmente; cualquiera que hacía tantas preguntas tan irritantemente complejas no solo tenía un interés pasajero. En un principio había estado satisfecha y feliz de contarle acerca de su tiempo, pero para el final de la tarde estaba tan harta de hablar de la era moderna que estaba considerando seriamente lanzarlo a él por el pozo y quedarse en el pasado a cambio.
Kagome continuó dejando su cabeza levantarse y caer sobre su hombro, como para sacar el fastidio a golpes. Inuyasha nunca había sido tanta molestia, ella reflexionó, aunque, si tuviese que ser sincera, eso era probablemente porque Inuyasha no había sido tan... astuto como su hermano. Ella no podía explicar si esto era algo bueno o malo.
Sesshoumaru esperó que dejara de abusar de él y disfrutó de una sonrisa privada. No solo que éstas lecciones eran interesantes, eran entretenidas también. Por una mano, él no había querido irritarla, pero por la otra, él encontraba su divertida exasperación una bonificación inesperada y bienvenida.
Después de un momento ella levantó su cabeza y se subió un poco más sobre su hombro. "¿Por qué el repentino interés?" ella exigió. "No mostraste curiosidad por mi todo el tiempo que me seguiste a todas partes, entonces ¿por qué me preguntas ahora?"
Sesshoumaru levantó una ceja malhumorada con la frase 'me seguiste a todas partes,' pero decidió, por amor a una vida tranquila, ignorarla. "No lo había pensado sino hasta ahora," él le respondió sinceramente. Vestida como estaba en la cálida, tradicional ropa de una miko en vez de esa bastante ridícula cosa color verde y blanca que él recordaba de hace décadas, era sorprendentemente fácil recordar sus orígenes extraños.
"Ah," dijo. "¿Por qué no?"
El se encogió de hombros. "Ya no pareces tan terriblemente extraña," él le dijo.
Kagome se preguntaba si debía tomar eso como un cumplido o no. "Gracias," le dijo dudando.
El aún sonreía, solo un momento después, Edo apareció a la vista.
Con la sonrisa desvaneciéndose, él asintió con la cabeza hacia la aldea. "Ahí," dijo.
Kagome siguió su movimiento. "Ah," respondió, y estuvo orgullosa de ser capaz de mantener la decepción alejada de su voz.
Sesshoumaru no comentó, solo saltaba desde los árboles y planeaba sobre las cabañas de aldea de acuerdo a las direcciones que ella le mascullaba – ignorando el interés vocal que los habitantes parecían tener en ellos dos – hasta que llegaron al templo recién construido y él tocó ligeramente el patio. Los comentarios que habían causado aún eran audibles.
Kagome se deslizó por la espalda de él – una última vez, pensó – y arregló su cabello.
"Solo un minuto," dijo ella. "Debo ir a devolverle el arco a Kagura."
Él levantó una ceja.
"Er," dijo Kagome, "la miko residente. No la otra."
Sesshoumaru no dijo palabra mientras ella se volteaba y trotaba a la cabaña en la que se había quedado la primera noche. Cuando alcanzó la puerta ella golpeó fuertemente en el marco.
"¿Hola?" llamó. "¿Estás en casa?"
Cuando se hizo aparente que no recibiría respuesta; ella frunció el cejo y metió su cabeza dentro de la cabaña.
Kagura no estaba ahí.
Suspirando y sintiéndose un poco arrepentida de no poder ver a la desventurada joven, Kagome se mordió el labio y descolgó el arco y la aljaba de su espalda, colocándolos cuidadosamente en el piso cerca de la entrada. Ella se estiró antes de mirar fijo a las armas prestadas que le habían salvado la vida más de una vez, y pensó que las extrañaría, también.
Ella lanzó un último vistazo a la acogedora cabaña. "Espero mejores en arquería," le dijo en voz baja a la miko que no estaba ahí antes de mirar por última vez a su arco y salir de la cabaña. El batido que dio la puerta tras ella sonaba como el susurro de páginas.
Sesshoumaru aún esperaba donde lo había dejado, mirando fijo a la luz que se desvanecía del sol en el oeste. Se preguntaba si él tenía muchas ganas de volver a casa.
Él se volteó para mirarla mientras se acercaba y aclaraba su garganta.
"El pozo está por aquí," dijo ella. Su voz salió áspera y temblorosa; sus mejillas encendidas por vergüenza mientras caminaban hacia la casa del pozo.
Cuando alcanzó las puertas, Kagome las deslizó para abrirlas y dio un paso dentro. Era casi familiar para ella, pero no tanto, como casi todo con lo que se encontraba ahora que ya se había acostumbrado. Lentamente, descendió por las escaleras, y después de un momento ella lo escuchó seguirla.
Kagome se detuvo y cuando alcanzó el borde, mirando hacia abajo dentro de la oscura profundidad que ella conocía tan íntimamente antes de voltearse y encontrar los ojos dorados de Sesshoumaru. Parecían brillar en la penumbra aunque ella sabía que solo reflejaban la luz del sol poniente sobre ellos.
Este es el adiós para nosotros, ella pensó, y solo estuvo medio-sorprendida cuando se movió nerviosamente con el impulso de abrazarlo en despedida.
Ha habido tanto... hemos... soy... él es...
El extraño deseo de decirle adiós como le diría adiós a cualquier - ¿Qué es él? – querido acompañante la golpeó de nuevo, pero a él no le gustaría eso.
Pero ésta quizás sea la última vez que lo vea, pensó. La última vez. ¿Qué será lo que desearé haber hecho si no puedo estar más con él?
Sesshoumaru la miraba y la observaba pensar, preguntándose qué diría ella. Él no tenía el hábito de despedirse – él iba y venía cuando quería – pero, solo ésta vez, encontró que le agradaba quedarse.
"Um."
Ella estaba jugueteando con sus mangas otra vez, deshilachando los puños con diminutos y nerviosos movimientos; parecía estar al borde de hablar.
Sesshoumaru esperó.
Ésta es la cosa más humillante que he tenido que hacer desde que tuve que preguntarle sobre su vida sexual, y no tengo idea por qué, pensó Kagome. Podía sentir su rostro quemar de timidez mientras la observaba, y ella sintió la tensión enroscarse, enroscarse con fuerza –
"¿Puedo abrazarte?" ella soltó de repente. El fuego en sus mejillas se encendió intensificándose un poco. No se atrevió a mirarlo por un momento, pero su silencio creció rápidamente para ser demasiado. Se forzó a encontrar sus ojos.
Él se veía atónito.
"¿Por qué?" él le dijo, perplejo.
Kagome frunció el cejo, el fastidio reemplazando la timidez.
De verdad. Él podía ser tan denso.
"Ah, ya cállate," ella espetó antes de abalanzarse hacia él y atraparlo en sus brazos.
Y algo curioso sucedió entonces; él no la empujó para alejarla. Ni siquiera se mantuvo de pie estoicamente para soportar su débil, impulso humano con su mala gracia usual.
En cambio, para su completo shock, los brazos de él cayeron rodeándola, una mano deslizándose alrededor de su cintura para sostenerla firmemente, y la otra tejiéndose entre sus cabellos.
Sintió el cuerpo de él encorvarse mientras se doblaba hacia ella, hasta que su boca estaba tan cerca de su garganta que parecía que un fuerte latido de su corazón sería suficiente para llevar sus labios a su piel.
Distantemente, Kagome reflexionó que quizás debió cometer un error táctico, pero entonces ella sintió sus dedos esparcirse sobre ella, alisarse contra sus costillas, y una incierta, dolorosa calidez despertaba donde tocaban.
Repentinamente, le fue difícil respirar.
Mierda, Kagome decidió distantemente, amordazada. Temblando muy ligeramente, ella lo sostuvo cerca e intentó no pensar.
Luego, Sesshoumaru recordaría el interminable momento antes de que ella cayera sobre él en un abrazo intenso. Le pareció a él que ella se movía lentamente, como si estuviesen bajo la superficie del mar; en cualquier punto el pudo haber detenido su avance, pudo haber prevenido sus manos de alcanzarlo. Cualquier punto en absoluto.
Él no había tocado a nadie con ninguna clase de afecto desde que Rin murió.
Entonces ella estaba rodeando sus brazos por su cuello, y Sesshoumaru fue golpeado por una alarmante ola de vértigo. No dispuesto a alejarla de un empujón, él sintió sus brazos rodearla, como si fuere perfectamente natural, como si la hubiese abrazado todos los días desde que se conocieron.
Esto no era algo que él debió permitir; él se resistía contra tales gestos, había soltado las trampas del afecto hace mucho tiempo.
Sesshoumaru no le temía a nada, pero si, si hubiese que temerle a algo, eran las memorias que removerían tal acción, los recuerdos de la única criatura mortal que nunca se encogió de terror ante él.
Él había esperado enteramente morir sin conocer esto de nuevo. Habría estado contento de nunca atraer otra hacia él.
Cuando ella se había disparado hacia él había esperado que algo oscuro y desesperado se despertara, y aún así aquí estaba él – brazo envolviendo su cintura, dedos en su cabello, el rostro en su garganta – esperando aún que la profunda pena lo ahogara y robar la calidez que ella había traído.
Falló en suceder.
Ella estaba temblando incluso si estaba cálida en su abrazo, y algo en él, se removió, despertó, anheló.
Sus labios estaban a un cabello de su piel. Ella olía hermoso.
Cerró los ojos.
Entonces ella aflojaba su presión, deslizándose hacia abajo mientras lo soltaba y daba un paso atrás. Por solo un momento más él permitió sus garras resbalar por su cabello, y entonces él, también, se retiraba, preguntándose que acababa de hacer, y cuando se arrepentiría.
Ella le sonreía nerviosamente, sus mejillas ligeramente encendidas.
Aturdido, con su mente en desorden, él le devolvió la mirada.
"Nunca me dijiste a qué olía mi aroma normal," le dijo de repente, aunque no pareció romper el extraño, frágil silencio entre los dos.
Sesshoumaru buscó su voz, la encontró. "¿En verdad?" le respondió. Él pudo escuchar los bordes borrosos de sus palabras.
Ella asintió con la cabeza. "La última vez me dijiste que olía como un lobo que necesitaba un baño."
Él sintió una muy pequeña, pero muy real sonrisa halar de las esquinas de su boca.
"Cuando regreses," le dijo suavemente, y él no supo por qué había elegido estas palabras, "entonces te lo diré."
Cuando regrese...
Kagome asintió con la cabeza de nuevo, sintió como si su aliento estaba atrapado entre sus dientes. "Está bien," dijo, su voz luchando alrededor de los apretados latidos de su corazón. Ella sostuvo su mirada por otro largo momento y lo esperó irse, porque sabía que él nunca decía adiós.
El se volteó y caminó hacía las escaleras.
Sesshoumaru solo estuvo un poco sorprendido cuando sintió un tirón en su kimono, y, volteándose hacia atrás, vio que ella había atrapado la tela de su manga en su delicada mano. Ella miró fijo a la tela que había agarrado, como si no tuviera idea de cómo había llegado a reposar entre sus dedos, antes de mirarlo.
Ella miró su rostro fijamente con intensión. Ojos azules buscaron los suyos, como si pudiese encontrar lo que necesitaba en él, como si él no fuese tan carente como ella, como si no fuese tan incompleto como ella. Tal vez ella pensó que había algo que él podía darle, o que ella podía darle a él, para que no tuviesen que gastar el resto de la eternidad tan horriblemente inacabados, tan rotos, tan pobremente remendados.
La seda de su kimono se resbaló de su mano mientras se hacía hacia atrás, solo un poco.
"Quédate hasta que me haya ido," dijo. "Estoy cansada de ver a la gente alejarse."
Él estuvo en silencio, quieto como una estatua. No quitó su mirada mientras ella retrocedía hacia el margen del pozo, y ella mantuvo sus ojos en los de él mientras descendía por la antigua madera. Él no retiró su mirada mientras ella se estiraba y paraba, su espalda hacia el vacío tras ella.
El sostuvo sus ojos mientras se balanceaba en el borde del pozo.
Era como si ambos aguardaran algo, y aún así ninguno de ellos tenía idea de que era lo que esperaban tan pacientemente.
Cuando él se movió, inesperadamente, ella pensó que se voltearía para dejarla de todas formas, pero en cambio Kagome observó mientras él tomaba un paso adelante, y luego otro más, hasta que estuvo solo unos pocos pies lejos. La miró, con expresión indescifrable.
No estoy lista, pero el único momento es ahora.
"Nos vemos," ella le dijo.
"Sí," él respondió.
Kagome saltó.
Sesshoumaru la observó caer.
