Cuentos de la Casa de La Luna
Por
Resmiranda
Capítulo veinticuatro: Interludio
Cuentos de la Casa de la Luna:
La Madoushi y la Miko
"Kagome."
Cinco minutos más, pensó Kagome.
Ella estaba feliz donde estaba, pero aparentemente alguien no quería que fuese feliz. El hecho de que ya debería haber llegado a esta conclusión hace mucho daba igual; ella tenía sueño y no había nada más bonito que una almohada suave y como papel bajo su mejilla.
Espera. Hm.
Ella abrió un ojo solo para ver una página polvorienta bajo su cabeza. De repente dormir no parecía tan buena idea. Disparándose hacia arriba Kagome inspeccionó ansiosamente el texto raro que había estado examinando hace menos de diez minutos, y, hallándolo despejado a pesar del trato mezquino, estaba patéticamente agradecida que no hubiese babeado sobre él.
"¿Kagome?"
Parpadeando, tratando de recuperar su equilibrio mental, Kagome se encontró a sí misma sentada en la biblioteca, y Ayumi estaba de pie junto a ella, fijándola con una mirada pensativa. Con cansancio, Kagome pasó una mano por su rostro, como para sacarse de un barrido la fatiga que la amenazaba con mandarla a estrellarse de nuevo y descansar sobre una de las únicas copias existentes de los Cuentos Regionales del Japón. No se sorprendió de que el libro fuese raro; ella no tenía idea que era posible hacer los cuentos aburridos, y si embargo la prueba estaba frente a ella. Se veía tan inocente también. Kagome pinchó su cerebro y encontró que su último recuerdo fue el de desplomarse en su silla y mantener abiertos sus parpados con sus dedos. Obviamente no había funcionado.
"¿Qué sucede, Ayumi?" Kagome le preguntó cansadamente, mirando a su vieja amiga. Ahora que estaba haciendo trabajo de posgrado Ayumi era la única amiga de la secundaria con la que aún hablaba, y eso era probablemente solo porque ambas estaban compartiendo un departamento; Eri y Yuka estaban casadas y actualmente empezaban a formar familias ahora, pero Ayumi, como Kagome, habían escogido continuar con su educación. Le parecía que tenía sentido para ella – era tremendamente brillante, aunque un poco ingenua – pero para Kagome era una especie de anomalía.
Estaría casada ahora si no fuera por Inuyasha, pensó. La noción, mientras no interviniera con melancolía como alguna vez lo había hecho, aún la ponía un poco triste. Después de todo, no había sido culpa de él...
"Solo me preguntaba si ya casi terminabas," dijo Ayumi, su gentil voz cortando por el sueño flotante de Kagome. "La biblioteca va a cerrar en media hora."
Kagome echó un vistazo a la pila de notas frente a ella, y el montón de libros rodeándola. "Um," dijo ella. "Si. Seguro."
"Ok," Ayumi sonrió. "No olvides tu abrigo como la última vez – se está poniendo frío afuera."
"No hay problema," Kagome masculló mientras su amiga se alejaba vagando antes de mirar de vuelta al revoltijo de academia en el cual se había intentado enterrar. Se preguntó por qué había pensado alguna vez que estudiar calmaría sus crispados nervios y su adolorido corazón, porque solo le permitía pensar aún más en las cosas que debería estar olvidando.
Ella seguía buscándose a sí misma en las historias.
Era una ocupación estúpida, pero no podía evitarlo. No había un verdadero incentivo para regresar al pasado esta vez, no había un asunto pendiente real para encargarse de él, y sin embargo ella encontró que aún otro pedazo de su vida se había perdido cuando había regresado a casa al final del verano.
Kagome lo extrañaba mucho.
No se había permitido pensar en su nombre por un mes por miedo a lo que pudiese invocar, pero el hecho insistía en que había un grande, gordo agujero con la forma de un irritante inu-youkai en su vida, y nadie en absoluto era lo suficientemente grande para llenarlo excepto el mismo youkai. Kagome seguía pillándose a sí misma casi volteándose hacia él para ofrecerle un comentario malicioso sobre este o aquel disparate humano que hubiese apreciado, solo para encontrar que él no estaba ahí; ocasionalmente ella haría algo estúpido, y casi podía escucharlo reírse por lo bajo por su ineptitud, pero cuando ella buscaba lanzarle una mirada furiosa él no estaba por ningún lado, excepto como un producto de su imaginación. A veces incluso podía pensar sobre un insulto burlón que él pudiese utilizar en su contra; realmente era increíble cuan a fondo se las arreglaba para distraerla incluso cuando no estaba físicamente presente.
Sin mencionar que había esa extraña... cosa... que tal vez-probablemente se habían prometido el uno al otro en la casa del pozo, excepto que realmente nunca había habido un pacto explícito y Kagome se encontró a sí misma preguntándose si lo que él había dicho solo había sido su extraña forma de hacerla sentirse mejor por dejar todo atrás para bien, o incluso si había dicho esas cosas en absoluto.
Cuando regreses...
Nos vemos.
Sí.
Había sido una completa sorpresa. Pero entonces de nuevo, ella no había esperado que le devolviese el abrazo tampoco.
Eso había sido... no sabía que había sido, pero siempre que recordaba sus garras enredadas en su cabello o la sensación de su aliento derramándose por su garganta, sus mejillas se enrojecerían en un rubor incandescente de niña de secundaria lo cual era, aunque no una reacción completamente inesperada, no obstante una poco bienvenida. Un mes después del regreso, Kagome se había sentado en clase contando cuantas veces sus pensamientos se iban hacia él, y cuando se encontraba a sí misma pensando acerca de sus brazos alrededor de ella por la catorceava vez en el espacio de tres horas ella ya se daba por vencido al tratar de pretender que él no era, de hecho, algo atractivo. No obstante su naciente fetiche por lindo cabello, su reacción a su extrema proximidad – y el hecho de que él no la alejó a empujones como ella lo había esperado – era perfectamente natural, excepto por el hecho que la hacía sentirse increíblemente culpable cuando recordaba que ella estaba, esencialmente, pensando estos vagamente titilantes pensamientos por el hermano de Inuyasha. Ella amaba a Inuyasha y los dos hermanos se habían odiado el uno al otro por la mayor parte de sus vidas, y solo estaba mal. Fin de la historia.
Sin mencionar que también parecía algo extraordinariamente veleidoso acerca de pasar de amar a un hermano para ir directamente a... Bueno, algo. Kagome ni siquiera estaba segura de sus sentimientos porque ambos eran comparables, lo cual parecían ser ambos reconfortantes y bastante preocupantes, y de forma extraña hacían su culpa más profunda. Sin embargo, no importaba realmente, ya que claramente ella solo estaba siendo rara y hormonal y había pasado mucho tiempo desde que a ella le había interesado alguien lo suficiente como para considerar siquiera alguna clase de apego.
... bueno, era mejor dejarlo así.
Kagome suspiró; se estaba desviando, y mentalmente reiteró su hilo de pensamiento.
Así que. Vagas – y seguramente de las más ridículas – fijaciones en demonios completamente no disponibles a un lado, era posiblemente probable que hubiese habido una promesa inexplícita entre ella y dicho demonio, y ella nunca rompía sus promesas. Esa era la razón por la que seguía buscando cuentos de mikos con un génesis cerca del mismísimo final del Sengoku Jidai. Ella intentaba cumplir su promesa a él. Kagome solo esperaba que dicho demonio recordara dicho acuerdo no hablado si es que encontraba su camino de regreso.
Por el lado positivo, él era él, y no parecía cambiar o envejecer, así que no había razón para evitar la oportunidad de verlo de nuevo. La extraña cosa – que no era extraña en absoluto, y por tanto era extraña – era que ella de verdad lo extrañaba. Extrañaba la forma descomplicada en la que se devolvían las bromas, la forma descomplicada en la que se deslizaban al silencio, la forma descomplicada en la que saltaban sobre vallas juntos, la forma descomplicada en la que podían hablar de sus misterios en la oscuridad. Quizás debería estar nerviosa de sentir una conexión tan fuerte con un individuo tan moralmente ambiguo, pero ella solo no podía reunir la fuerza necesaria para que eso le importe.
Era – no, ella podría admitirlo – él era reconfortante, dentro de otras cosas. Antes, él simplemente había sido 'El Hermano Idiota de Inuyasha'; solo había sido un retrato de dos dimensiones en el pasillo de entrada a la cabeza de ella. Ahora, sin embargo, él había emergido de esa pintura con toda la arrogancia altiva del príncipe que era y había paseado casualmente por sus habitaciones más privadas, sin duda comentando fríamente sobre el bastante pedante decorado mientras avanzaba.
De alguna manera, ese concepto no pareció tan absurdo – o tan incómodo – como debería haber sido.
Y, por supuesto, éste seguía sin decir que ella moría por un argumento que la aliviara del estrés, lo cual era un extraño aspecto de su personalidad que hasta la fecha había sido inexplorado hasta que él pasó por ahí, y ya que él había "pasado por ahí" unos cuantos cientos de años en el pasado no había esperanza en encontrar esa persona perfecta a la cual lanzarle comentarios sarcásticos. Su distancia temporal no hacía nada para ayudarla a alcanzar sus metas. Kagome encontró a todo eso injusto, e iba a presentar una queja formal tan pronto como supiera a quien debía ser dirigida.
"Gnuh," dijo mientras se volteaba al sofocante texto frente a ella. Ella tal vez tenía quince minutos para intentar y encontrar el cuento que estaba buscando. Si es que, éste estaba en el libro, el cual aún seguía en el aire ya que el autor no había pensado en suministrar sea un índice o una tabla de contenidos a su desventurada audiencia.
Buscaba las versiones tempranas de varios cuentos reconocidos pero hasta ahora había fracasado ya que la forma más eficiente de buscar por el libro era ir página por página, ojeando por esto o por ésta o tal palabra que concernía a las otras versiones. La estaba frustrando interminablemente.
Kagome masticó su labio inferior mientras leía por encima en las páginas.
No... no... hime... no... no, no, no, no... cielo, no, dios, no... mar, rey, no, no, no... hechicera, no... miko, no –
Su cerebro se saltó un latido.
Kagome se detuvo en su estudio, casi con miedo de regresar la página que acaba de cambiar por temor a haber leído la palabra incorrectamente, y el repentino martilleo de su corazón, el trueno de sangre en sus orejas, serían por nada.
Ésta no soy yo, pensó, armándose de valor.
Lentamente ella levantó la página y la dejó ondearse hacia atrás.
... la historia de la miko y la madoushi se originó cerca del inicio del periodo Tokugawa en la prefectura de Tokio, aunque un cuento remarcablemente similar se narra en la región de Kioto, indicando migración, aunque es poco probable, una base de hecho...
Kagome sintió que su aliento dejaba su cuerpo. Tokio y Kioto. Edo y las tierras del oeste.
Sacudió a la fuerza su cabeza, como para sacar la agitada esperanza que se había quedado atrapada dentro. Probablemente no significaba nada. No podía significar cualquier cosa.
Sus ojos se cerraron rápidamente y tomó un respiro enorme, tratando de calmar el repentino temblequeo en su cuerpo, la sensación de nervios en alerta máxima. Tragando saliva, ella miró de vuelta a la página.
... los dos cuentos son muy similares y difieren solamente en un aspecto menor. Empiezan de igual manera: una joven miko aparece en Edo. Aunque increíblemente poderosa, casi no tiene entrenamiento por completo, y sus habilidades en combate son casi nulas a pesar de su talento innato. Alrededor del mismo tiempo una madoushi de intenciones malvadas también llega a Edo. A diferencia de la miko, la madoushi carece de su propio poder innato, pero ha compensado este defecto vendiendo su alma a un dios oscuro. Las versiones difieren acerca de la naturaleza del dios, pero a éste le place el sufrimiento de otros. Para infiltrarse en la creciente ciudad de Edo, ella se disfraza de miko, ya que eso le dará la máxima proximidad al sufrimiento para que su dios pueda alimentarse de él. Es interesante notar que durante ese tiempo la historia originó una tensión particularmente virulenta ya que probablemente era la gripe que barría por la ciudad, lo que pudo haber llevado a una creencia de que era una influencia malvada. A pesar de ello, la miko, enfrentando a la madoushi, es desafiada.
Kagome parpadeó. ¿Desafiada? Argh. ¡No sé si quiero que ésta sea yo o no! Frunció el cejo y se dobló hacia la página para seguir leyendo.
Ambas, la miko y la madoushi son heridas en la batalla, pero debido al pacto oscuro de la madoushi, tan pronto como el dios sea liberado ella se curará rápidamente, y no puede ser aniquilada. La miko huye.
Aquí las dos historias divergen momentáneamente. Las versiones difieren sobre si viaja al sur, como sostiene el cuento de Tokio, o hacia el oeste, como afirma el cuento de Kioto. Sin considerar la dirección ella busca consejo y entrenamiento en el arte de ser una sacerdotisa, y en el arte de la batalla, aunque el entrenamiento queda incompleto por necesidad. A través de su entrenamiento, la miko es concientizada intensamente de que el mal de la madoushi ya ha arruinado muchas vidas y eventualmente diezmará la ciudad a menos que la miko la derrote. Ella decide que será mejor para ella morir que dejar a la madoushi alimentarse del sufrimiento de otros por más tiempo del necesario. Después de someterse a un periodo de entrenamiento intenso, la miko es declarada adecuadamente preparada para derrotar a la madoushi en combate, y ella regresa a Edo para confrontar a la madoushi. En la batalla subsiguiente, la madoushi es herida fatalmente, pero de nuevo por el dios oscuro la madoushi es curada y es invencible a pesar de sus muchas lesiones. Casi al final de la batalla ambas quedan exhaustas y la miko es herida, pero la miko finalmente es capaz de sellar al dios oscuro y desterrar a la madoushi.
La historia termina ahí, y no se ha contado sobre el destino de la miko, solo que el dios oscuro esta contenido y sellado en un templo cercano para atar su terrible poder e intención cruel.
Aunque mucho antes de este cuento...
Kagome se sentó hacia atrás, sintiéndose enferma.
Esa no puede ser yo. ¿Cierto? No podría ser.
Pero ¿qué si lo es?
Si la historia fuera de ella, entonces ella tendría que pelear. De verdad pelear, no solo lanzar flechas. Ella tendría que aprender a sellar a un dios. Sería lastimada, y no podía saber si viviría. Por supuesto, si la historia era de ella y no iba por miedo, estaba todo el problema de cosas cuánticas que Ayumi le había explicado hace un poco más de seis meses, antes de que fuera al primer viaje. Podría arruinar la tela del tiempo-espacio, o crear otros universos o algo. Si la historia no era de ella e intentaba regresar, el pozo simplemente no la aceptaría.
Pero si era su historia, ella tendría que hacerlo hasta el final.
Esto no era lo que ella había esperado encontrar. No estaba realmente segura que había estado esperando, pero heridas severas no eran parte del plan. Por supuesto, los dedos con cicatrices eran una cosa – Kagome se frotó las manos distraídamente – pero llegar a ser lesionada gravemente era completamente otra cosa.
Esto requiere más consideración de la que había anticipado, pensó con pesar. Esto no era bueno. Había una sensación siniestra con la historia totalmente separada de su descripción pobre, y Kagome no sabía si ese sentimiento era o una premonición o solo su exagerada imaginación.
Si tan solo no me agradara tanto ese idiota, nunca hubiese estado buscando esta estúpida historia, pensó rezongando.
Alejando sus pensamientos sobre él a empujones, Kagome apretó los dientes. Si la miko era ella, su sentido del deber no le permitiría ignorarlo; no podría vivir consigo misma. Por alguna razón, Kagome no podía dejar de sentir que estaba siendo manipulada por el destino, igual que lo había sido todos esos años atrás cuando ella había sido tocada por el destino para borrar la Shikon no Tama de la faz de la tierra. No podía negarse a hacerlo, así que no hizo a pesar del costo personal. No sería ella misma si no tomaba cualquier responsabilidad que se le ponía enfrente.
Aún mordiéndose el labio, Kagome apuntó rápidamente lo que parecían ser las partes más importantes de la historia. Mientras lo hacía empezó a pensar más sobre la misma.
La parte que más le llamó la atención acerca de este cuento particular era la naturaleza ambigua del entrenamiento y el viaje, sin mencionar el destino incierto de la miko. Si sobrevivía, lo podía buscar a él. O quizás el viaje al oeste era para pedir su ayuda. Aunque no pudo dejar de notar que había una definitiva ausencia de inu-youkai en la historia, que no necesariamente significaba que él no estaba en ella; muchas de las personas a las que había encontrado – y muchos de los eventos que había soportado – no habían sido mencionados en absoluto en los cuentos, y algunos de los eventos mencionados no habían ocurrido de todas formas.
Kagome contemplaba la pequeña esperanza, de que si la miko era ella de verdad, toda la parte de la batalla fuese una exageración. Quizás la miko y la madoushi jugaban una amistosa partida de naipes, arreglando el conflicto como personas civilizadas en vez de picarse la una a la otra con cosas puntiagudas. De alguna forma, eso no parecía terriblemente probable, especialmente desde que eso significaría que tendría un descanso.
¡No puedo tenerlo! Pensó con menos de su usual buen humor mientras cerraba el libro y empezaba a meter sus papeles y sus libros dentro de la cartera gigante que llevaba. Aún extrañaba su fiel mochila amarilla, pero esta no estaba tan mal. Era verde oscura, y mucho menos destrozada y tenía la ventaja de no haber sido derretida en una ladera de montaña en la era feudal. De verdad, era una buena compensación.
Ella metía el último de sus afectos dentro del bolsillo principal cuando Ayumi regresó de donde sea que había estado.
"¿Lista?" le preguntó animadamente. "Tengo curri en el departamento. Será bueno después del frío, ¿no lo crees?"
Kagome le sonrió a su amiga con cansancio. "Suena genial. Salgamos de aquí"
Ella siguió a Ayumi afuera hacia la fría noche de Octubre tardío que hurgaba dentro de su abrigo, aunque ella sabía que el frío que sentía no era causado por el clima. Kagome se frotó los brazos, deseando poder librarse de la ansiedad que se cuajaba dentro de ella.
En el viaje en tren a casa, Kagome dejó caer su cabeza contra la ventana mientras se inquietaba, y, mirando fijo dentro de la oscuridad, se mordió el labio e intentó no pensar en él. Era inútil, por supuesto; no importaba cuanto luchara, no podía quitarse la ingenua, infantil sensación de que si lo pudiese ver de nuevo todo estaría bien. Era la misma urgencia que la había forzado a visitar a Sango – la esperanza desesperada de que había algo intangible y eterno que haría que todo lo malo, todo pensamiento malo se fuera. Fue el mismo impulso inmaduro que la hizo saltar por el pozo tantas veces – la convicción de que, incluso si él estaba viviendo su vida con Kikyou, solo ver a Inuyasha de nuevo borraría la tristeza y secaría las lágrimas. Ella sabía que en esa forma solo había decepción, y aún así no podía evitarlo.
Pero entonces otra vez, ¿Cuál era el daño en desear?
Calladamente, suavemente, Kagome cerró los ojos y deseó que él estuviese con ella.
