Cuentos de la Casa de La Luna
Por
Resmiranda
Capítulo veinticinco
"Dunbar estaba recostado sobre su espalda sin moverse de nuevo con sus ojos mirando fijamente al techo como los de una muñeca. Se estaba esforzando mucho para extender su periodo de vida. Lo hacía cultivando el aburrimiento. Dunbar se esforzaba tanto en extender su periodo de vida que Yossarian pensó que estaba muerto."
Joseph Heller, Catch-22
...o...
Kagome estaba reconsiderándolo.
Estos pensamientos no eran agradables, tampoco. Eran reconsideraciones atemorizantes, pensamientos como, ¿qué si me matan? y estoy caminando hacia dolor seguro y no, en serio, ¿qué si me matan? y soy una chica muy mala y, por supuesto, ¡argh! Ninguno de estos pensamientos era reconfortante en absoluto, que era lo que ella necesitaba.
Elefantes rosados, elefantes rosados, pensó desesperadamente con la esperanza de desviar lejos los malos pensamientos. Solo funcionaba marginalmente.
Kagome apretó los dientes y dio un suspiro frustrado, expulsando aire por su nariz en un intento de calmar su tensión, pero todo lo que obtuvo por la molestia fue una nariz mocosa y una sensación de hundimiento. Hora de reexaminar la situación una vez más, pensó con pesar. Recogió sus hombros.
Ubicación actual: escaleras del santuario. Actividad actual: arruinando la valentía. Condición actual: con pánico.
...ok, genial. ¿Qué sigue?
Frunciendo el ceño, se movió sobre su incómodo pedestal justo bajo el nivel del patio, la cálida piedra bajo sus manos raspando ligeramente por sus palmas. Kagome estaba extremadamente consciente de que había causado cierta impresión – ya se había ganado varias miradas extrañas por el traje de miko y la mochila gruñendo por la presión de llevar todo y lapila de la cocina– y ponerse en cuclillas sobre las escaleras del santuario como si estuviese en una clase de película de espías mal hecha no estaba ayudando. También estaba bastante segura de que su trasero estaba en el aire de una forma particularmente impropia para una dama, pero no había nada que hacer con eso. Nerviosamente Kagome lamió sus labios con su lengua seca y se levantó lentamente.
Iba a regresar. Si el pozo no la dejaba pasar, sería una pérdida el empaque y ella caminaría felizmente – bastante felizmente – lejos- Pero si la aceptaba, estaría preparada para aceptar ese destino y hacer lo que tenía que hacerse – lo que sea que sea eso – pero sabiendo que ella estaba, en efecto, mintiéndole a todos la hacía tener nauseas.
Estaba haciendo algo muy malo. Kagome lo sabía. Claro, eso no podía cambiar el hecho de que no podía quitarse la sensación que si al menos no intentaba hacer esta cosa tan mala, peores cosas podrían pasar. Esto no podía haber sido malo en sí, pero estaba el pequeñito problema de explicárselo a su madre, quien había sido la que la recibió la última vez que había escalado por el pozo dentro de la era moderna. Debió verse como la muerte porque la ceja de su madre se había arrugado, y luego lloró, solo un poco, cuando encontró las cicatrices en los dedos de Kagome.
"Por favor," su madre había suplicado, su voz plana en la entrada de la casa, la luz dorada del sol poniente rociándolas a ambas desde la puerta corrediza, "No quiero que salgas más lastimada. Por favor no trates de volver."
Kagome había mordido su labio y había dejado caer su mirada antes de asentir con la cabeza, ganándose un suspiro de alivio y un abrazo intenso. Ahora ella deseó no haber hecho esa promesa, puesto que estaba siendo forzada a quebrarla.
Bueno, no – esa no era realmente toda la verdad. Nadie la estaba obligando a hacer eso excepto ella misma y su propio sentido estúpido del honor. Distraídamente Kagome dejó sus dedos raspar por la piedra de las escaleras mientras seguía su camino hacia arriba y deseaba – no por primera vez – que no fuese una chica tan obediente, que no fuese tan honorable, ya que la ponía en la peor de las posiciones y le causaba a ella y a su familia más dolor que otra cosa, con excepción de amor.
Esto la molestaba a un nivel fundamental, tanto que había fastidiado a los profesores del departamento de filosofía todo el último semestre sobre ello. ¿Por qué todos los impulsos nobles del hombre eran dañinos? Ella quería saber. No debería ser de esa manera. Entonces de nuevo quizás eso era lo que hacía a los impulsos nobles, nobles – sin recompensa o felicidad anticipadas porque la acción era realizada por la simple razón de que era la opción correcta. Ella casi había muerto docenas de veces por la Shikon No Tama que ella ni sabía que llevaba; había curado a la mujer que la odiaba porque era lo correcto; y había hecho lo correcto al final de ese largo camino.
Incluso ahora que se preparaba para abalanzarse hacia el futuro, la memoria del deseo que ella había hecho aún causaba un tirón en su pecho, bajo y oscuro; ella lo sentía como un anzuelo de hierro se hundía dentro de su corazón, el pasado tirando del sedal, tratando de llevarla hacia adentro de nuevo.
Kagome sacudió su cabeza. No tiene sentido, se reprendió a sí misma. Tenemos cosas más importantes que hacer, como concentrarse. ¡Salta a él!
Mordiendo su labio, Kagome se escabulló hacia la derecha para presionar su cuerpo contra la pared, un esfuerzo que rápidamente probó ser bastante tonto, ya que su mochila estaba tan repleta que la alejaba como dos pies enteros de su meta. Debí ver eso venir, pensó. Kagome se permitió torcer la boca de irritación mientras se arrastraba un poco bajando las escaleras y en cambio presionó su costado hacia la pared. No era tan bueno como estar tan plano como fuese posible, pero tendría que servir.
Especialmente ella no quería ser vista porque había ido a grandes límites para asegurar que nadie averiguaría que se había ido. Ayume estaría en Europa por seis semanas, y si ella podía entrar a hurtadillas al pozo sin ser vista por alguien de su familia ninguno podría ser el más sabio. Claro que su madre probablemente llamaría después de una semana o dos o tres, preocupada por ella, pero con suerte ella estaría de regreso a tiempo para asegurarle a su madre que no estaba muerta.
Asumiendo que yo no muera, claro, pensó. El puño que había apretado su arrugado estómago entre sus ácidos dedos desde Octubre solo se apretó un poco más fuerte que antes.
Ah, sí, ahora recuerdo. ¿Qué le pasó a la miko? Pensó amargamente, pausando en su agonizante ascenso por las escaleras del templo. Kagome había pensado un poco sobre esto y había llegado a la conclusión de que el destino de la miko estaba por ahí en el aire porque vivió. Si hubiese muerto por sus heridas, eso seguramente hubiese sido mencionado. ¿Verdad? En cambio, parecía que solo había desaparecido, y que la frase 'dentro del pozo de nuevo' se había paseado tranquilamente por sus pensamientos y se rehusaba a ser desalojado.
La idea de que pudiese morir había estado persiguiendo su mente por casi nueve meses ahora, robando su apetito y dejando insomnio tras de sí; estaba más delgada de lo que había estado el verano pasado, y habían oscuros y exhaustos moretones bajo sus ojos por noches interminables de agitación y vueltas en la cama. Su concentración estaba abaleada, y cuando pensaba en la tarea que tendría que hacer sentía una lanza de hielo atravesar por sus entrañas. Probablemente el menos agradable de los efectos secundarios de todo este desgaste era el hábito simplemente encantador que su estómago había adquirido de rechazar su desayuno al menos dos veces por mes de forma tan entusiasta.
Aún así. Al menos le había importado. Ahora nadie tendría buenos pensamiento por ella, o esperando su regreso. Nadie sabría.
Kagome se tensó con anticipación llena de miedo. Su aliento venía un poco rápido, y conscientemente trataba de apaciguar su respiración. No servía; su corazón estaba dando fuertes latidos por la ansiedad. No podía recordar estar tan nerviosa sobre un viaje al pasado en su vida, pero entonces nuevamente, ella nunca había tenido evidencia tan sólida de que caminaba intencionalmente hacia dolor certero. Seguro, siempre había habido la amenaza de ser lastimada, pero la historia en la que ella posiblemente podría tener un rol protagónico había prácticamente garantizado que toda la cosa terminaría en un bua-bua antes de la hora de dormir.
Aunque aquí estaba ella, lista para jugarse el todo por el todo de nuevo. Se había cambiado a su uniforme de miko en el apartamento que había compartido con Ayumi ya que sería un poco raro tener que cambiarse al otro lado del pozo, y ciertamente no podía cambiarse en el templo ya que eso podía incrementar las oportunidades de ser atrapada. Lo podía ver ahora, una pierna sobre el borde del pozo y su madre mirándola desde la cima de las escaleras de la casa del pozo con ojos dolidos. Ay no, mamá, ¡No voy a volver al Sengoku Jidai! Diría. ¡Solo estoy haciendo mis ejercicios de calistenia al lado del pozo. ¿Ves? ¡Estirándome! ¿Qué? Ah, el uniforme. Em. ¿Cosplay? No, no, espera, haciendo honor a mi descendencia. Eso es, eso es lo que estoy haciendo. Em. Sip. ¿El abuelo no estaría orgulloso?
Así que se había enrollado en el uniforme tradicional de una dama de templo, se había despedido de su apartamento – esperando que no fuese la última vez – y cuarenta y cinco minutos después estaba en la base de las escaleras hacia el templo y el obstáculo final se encontraba ante ella: llegar a entrar a la casa del pozo sin ser vista. Se podía preocupar de encontrar a la madoushi y el desafío que se venía al otro lado del pozo, pero por ahora ella solo trataba de preocuparse solo con lograr cruzar el patio.
Entrecerrando los ojos se arrastró subiendo por las escaleras muy lentamente hasta que su línea de visión llegó al descansillo y pudo ver hacia el patio. Ansiosamente, Kagome lanzó sus ojos de un lado a otro buscando a su madre o Souta, o la figura de su abuelo barriendo las piedras con cuidado como lo había hecho toda su vida. Para su intenso alivio el patio estaba vacío, y había un camino claro hacia la casa del pozo.
Solo había una pregunta real ahora. ¿Correr o no correr? Pensó. Tendré que correr mucho si voy al otro lado del pozo, pero quizás no llegue al menos que corra. Así que será correr.
Odio correr.
Pero tenía que hacerse.
Kagome mordió su labio inferior y tensó sus músculos para el salto sobre la última escalera –
-y estuvo corriendo por el patio, mochila sacudiéndose de forma incómoda para sus hombros, cada paso frenético agitando sus huesos mientras retumbaba pasando por Goshinboku, aguzando sus oídos para escuchar el grito que estaba segura que vendría –
-y se desplazó dentro de la cabaña a la que había estado apuntando, jadeando por aire mientras corría la puerta para cerrarla tan rápido y silenciosamente posible, la madera envejecida bajo sus manos mordiendo sus dedos. Kagome dejó caer su frente contra la puerta mientras recuperaba el aliento y dejó sus ojos ajustarse a la oscuridad de la pequeña cabaña antes de voltearse e inspeccionar el revoltijo de desechos dejados atrás por el paso de los siglos.
Cuando ella hubo diferenciado las vagas formas, se inclinó una pulgada hacia adelante, manos delante para prevenirse de toparse con algo que pudiera romper o pudiera hacerla tropezar. Entrecerrando los ojos para ver, Kagome dejó a sus dedos correr por la forma de los extraños artefactos que su abuelo guardaba, buscando uno que ella sabía que estaba ahí. Habían pasado años desde que lo había visto, pero era una reliquia familiar muy valorada, dejada en herencia de Higurashi Saotome antes de la revolución y la restauración Meiji, y su abuelo nunca se desharía de algo tan valioso y tan rico de historia.
Kagome apretaba sus dientes mientras seguía avanzando lentamente, sintiendo viejas jarras, cortes de tela, papel enrollado, pequeñas chucherías, hasta que finalmente rozó algo de metal y tela y madera intrincadamente tallada.
Suspirando con alivio y satisfacción, Kagome soltó la vieja wakazashi de debajo de una pila de baratijas y le sacó el polvo con la manga de su haori – sin duda dándole a la tela blanca una adorable sombra de gris – antes de empujarla por su obi. Se sentía un poco extraña, descansado sobre su cadera, pero ella no era estúpida; Kagome se rehusaba a ir al pasado donde alguien quiere matarla sin alguna clase de protección. No había como decir si sería capaz de usar un arco contra la madoushi o no, y aunque ella no sabía cómo usar la wakazashi muy bien aún era mejor que nada. No solo que era una espada viva, pero probablemente podía hacer mucho daño usado como un objeto sin filo, y realmente, no podía ser malo tenerla con ella.
Estoy tan jodida, pensó. Si la historia no le hubiese dicho que la miko triunfaría, ella probablemente no estaría haciendo esto. Probablemente. Se sentía vagamente suertuda de que no tenía que tomar una decisión como esa.
Kagome se detuvo por unos minutos y practicó envainar y desenvainar la cuchilla antes de sentir que lo tenía – era más difícil apuntar a esa pequeña entrada de lo que ella hubiese pensado, y curiosamente se resistía a ser removida de su vaina. Con precaución ella corrió un dedo por la cuchilla, cuidadosamente para no cortarse, inspeccionándola por si tenía signos de óxido o deterioro. Sin encontrar nada la volvió a resbalar dentro de la funda e intentó dar unos pocos pasos para acostumbrarse a tener el peso poco familiar sobre su cadera antes de salir disparada finalmente hacia la casa del pozo.
Bueno, era tan bueno como podía ponerse. Aunque su destino era incierto, Kagome no era nada sino una chica que siempre se preparaba para lo peor, y había tomado tantas clases sobre armas como había podido desde el inicio de Noviembre. No era muy buena ni con la wakazashi o la katana, pero al menos podía hacer un mínimo de daño con ambas. Si su oponente era particularmente lento. Ahora que lo pensaba, Kagome estaba empezando a lamentar no haber tomado aún más clases, pero había estado ocupada con sus otras obligaciones; se sintió como si hubiera estado en secundaria de nuevo, balanceando las obligaciones de una vida contra la otra.
En teoría, ella suponía que podía quedarse hasta que fuese una maestra con la espada – quizás en veinte años o algo así – pero estaba la pesada noción de que si no hacía este viaje pronto la tensión del suspenso literalmente la mataría. Sin mencionar que estaba cansada de tratar de mantener dentro su desayuno y de tropezar por sus días como un zombi, ya que parecía que la muerte incierta y la posible muerte inminente aguaban el placer de la vida de uno.
Suspirando, Kagome se movió nuevamente hacia la puerta y la deslizó para abrirla antes de mirar a hurtadillas hacia el patio. Estaba insoportablemente aliviada de encontrarlo vacío – se estaba poniendo cálido dentro de la cabaña de almacenamiento, y el pesado uniforme que llevaba puesto solo exasperaba su incomodidad. Tenía que salir de la cabaña, cerrar la puerta, y correr hacia la casa del pozo.
Puedo hacer esto.
Apretó sus manos sobre las puertas.
Uno... dos... ¡tres!
Kagome abrió las puertas de un tirón – casi arrancándose una uña del dedo – antes de voltearse para cerrarlas de golpe y dispararse por la pequeña distancia hacia la casa del pozo. Despejó la escalera de madera con dificultad – esa mochila estaba realmente pesada – y frenéticamente deslizó la puerta abriéndola mientras derrapaba dentro y las cerraba de golpe, presionando su frente contra la madera más por ansiedad que porque se hubiese quedado sin aire.
Podía sentir el pozo tras ella, invadiendo en la oscuridad, su boca abierta, rogándole que se deslizara hacia adentro para encontrarse con su destino cuando la escupiera donde éste eligiese. Ella podía sentir que la esperaba, podía sentirlo halarla hacia él, y, incapaz de escapar su gravedad, Kagome caería.
Empezó a voltearse para encontrárselo, pero se detuvo.
Esta puede ser la última vez que vea mi hogar. Probablemente no lo sea, pero podría serlo.
Lentamente corrió las puertas una fracción y miró fijamente hacia el patio. Sus ojos cayeron sobre Goshinboku, donde todo empezó y terminó, donde todo se hacía un círculo y se completaba. Se preguntaba si éste la recordaba del pasado. ¿Cuán lejos llegaron sus ecos?
Dispuesta a moverse, ella cerró las puertas una última vez, el sonido de éstas claqueteando juntas fuertemente en el silencio de la casa del pozo. Si ella no hubiese sabido más, lo hubiese llamado pacífico.
Lentamente se volteó y enfrentó las escaleras. Inhalando aire hasta llenar sus pulmones, Kagome descendió hasta que llegó a descansar contra el pozo.
Tarde o temprano, ella tendría encontrar su destino. Ella medio-rezaba que no fuese ella; ella medio-esperaba que lo fuera.
Deliberadamente, Kagome colocó una mano sobre el labio astillado y saltó sobre el lado, dejando que el pozo la engullera toda.
...o...
Sesshoumaru, Príncipe de las Tierras del Oeste, Rey del País Iluminado por la Luna, y Lord de la Casa de la Luna, estaba sentado bajo el árbol de mimosa en su jardín y, por deseo de algo mejor que hacer, estudiaba el brillante mechón de su cabello que había atrapado en sus garras. Esto mantenía su atención por casi tres segundos antes de estar aburrido de nuevo, y el aburrimiento, Sesshoumaru había decidido, no le quedaba.
Era extraño. Aunque él había vivido por largo tiempo, Sesshoumaru nunca había estado realmente aburrido. En verdad, ahora que lo pensaba, esta aparente inmunidad era probablemente un atributo de supervivencia producido en youkai poderosos que se pasaban milenios observando el ciclo de la historia una y otra vez. Después de todo, si uno era capaz de vivir por la eternidad, no serviría volverse demente de tedio; eso solo sería una pérdida de tiempo. Así ellos siempre habían encontrado maneras de entretenerse, sea mediante la intriga de alianzas, el enfrentamiento en guerras y conquistas, indulgencias carnales, destrucción sin sentido, estudio o viaje; muy pocos parecían dedicarse a los dos últimos, pero los primeros cuatro siempre fueron un caldo de cultivo de actividad. De hecho ahora le ocurría que casi todo lo que hacían era solo matar el interminable tiempo entre cuando ellos nacieron y cuando ellos morirían. O hasta el final del mundo. Cualquiera que viniese primero, realmente.
Aun así Sesshoumaru estaba teniendo un momento terriblemente difícil para encontrar cosas en las que ocuparse. La intriga no envolvía su interés, y los insignificantes enfrentamientos de guerra parecían no tener sentido ya que él solo ganaría de todas maneras. Destrucción sin sentido no era su estilo, él había estudiado lo suficiente por varias vidas, y viajar solo lo alejaría, lo cual quería evitar. Myouga había sugerido otra constitucional extendida, pero Sesshoumaru se había negado, declarando que no debía abandonar su estado de nuevo después de solo un año y medio.
"Pero la última pareció animarlo, milord," la pulga había señalado, no sin razón. "Quizá solo necesita un toque de relajación. Si está preocupado, siempre podría dejarme el manejo de las tierras a mí; estoy más que calificado."
Molesto, Sesshoumaru había mostrado sus dientes en un gruñido silencioso al viejo criado, quien apuradamente dio sus excusas y se fue. Era cierto, por supuesto – su última constitucional había sido un muy necesitado cambio de ritmo – pero estaba reacio a comprometerse de nuevo en tal distracción. Él sabía que no iba a ser lo mismo.
En cuanto a la última opción de embarcarse en una o tres escapadas sexuales, él se encontró a sí mismo extrañamente reticente a la idea. Esta era una reacción inusual cuanto menos; no es que él no sentía el deseo, pero más bien que no parecía haber féminas aceptables por ningún lado. Cada una de ellas, a falta de una mejor palabra, lo aburrían. Era todo era tan frustrante, en más sentidos que en uno.
Ahora, sentado en los jardines – plantado una vez por su madre, una vez por Rin, y una vez más bajo su propio mando – Sesshoumaru miró fijo la mecha de cabello que tenía enrollada por sus garras y, por tercera vez como en muchos minutos, seriamente consideró trenzarlo.
No, el aburrimiento no le hacía para nada bien.
Aún peor era el hecho de que sabía qué lo aliviaría del tedio de sus días, y aun así estaba fuera de su alcance, sin importar a que distancias él fuera a fin de conseguirlo. Lo que él necesitaba era tan simple que era casi patético que tuviese que fracasar para cumplir un deseo tan modesto, y aun así ahí estaba él.
Sesshoumaru necesitaba alguien con quien hablar, sin embargo nadie le daría el gusto.
Bueno, eso no era completamente cierto; hablarían en cumplidos o pesadas indirectas, pero una conversación real faltaba por la simple razón de que nadie nunca se atrevía a estar en desacuerdo con él, y cualquier insulto casual que él resultaba lanzar siempre se encontraba con contestaciones serviles y nunca una réplica ingeniosa.
No lo negaba: había un pequeño hoyo con forma de una triste, silenciosa miko en su vida.
No que él la extrañase. Él no la extrañaba, per se, pero más bien Sesshoumaru encontró que sentía su ausencia en casi todas las cosas que hacía. Ella nunca había ocupado un cuarto en La Casa de la Luna, y aun así a veces no podía evitar voltearse hacia donde él pensaba que ella debería estar y abrir su boca para impartir algo de ingenio, solo para encontrar que ella no estaba ahí. A veces incluso se despertaba unos pocos minutos antes de su hora normal a fin de espolearla a la tierra de los vivos, solo para encontrar que solo había desperdiciado su preciado sueño por una miko quien supuestamente ahora estaba a cuatrocientos años en el futuro.
No la extrañaba, pero si encontraba casi perturbador que ella se las había arreglado para incrustarse tan profundamente en su cerebro, y no ayudaba que no pudiese encontrar a alguien que ocupara su lugar.
Naturalmente había intentado encontrar otro acompañante igual de estimulante como lo había sido ella, pero por alguna razón las féminas se volvían quisquillosas – u homicidas – cuando él intentaba provocarlas de manera burlona, y los varones eran, simplemente, ni bonitos ni cautivadores.
De hecho, la escasez de compañeros de conversación adecuados le estaba causando una pequeñísima cantidad de desconfianza en sí mismo. Ya que parecía imposible que absolutamente todos fueran inaceptables, Sesshoumaru estaba empezando a sospechar que sus habilidades interpersonales podían ser de alguna manera insuficientes y de esta forma la culpa era de él. El pensamiento no le causaba ni una pequeña molestia, pero él era capaz de ignorarlo sorprendentemente bien, desde que, claramente, incluso si él fuese menos que exquisitamente fascinante, el mundo debía inclinarse ante él y no al revés.
También estaba el tema de su disperso intercambio antes de que ella se fuese; nada había sido declarado de forma directa, pero una pista de promesa estaba ahí y Sesshoumaru no tenía la costumbre de hacer promesas, mucho menos a humanos.
Aún peor, él estaba inquieto por aquello casi tanto como por el recuerdo de su abrazo, el cual lo había empezado a visitar con una frecuencia aún más alarmante y en los momentos menos convenientes. Solo hace dos días él había estado sentado en su estudio escuchando a dos de sus vasallos discutir sobre algún desacuerdo insignificante cuando de repente recordó el olor de ella y como se sentía en sus brazos. El pensamiento tuvo que haber tenido algún efecto visible en él para que los youkai inferiores se hayan callado lentamente y le hayan preguntado si se encontraba bien, sacándolo del recuerdo. Molesto, les había ordenado a llevarle la tonta discusión a Myouga y no hacerle perder el tiempo en tales temas triviales. Ellos habían realizado una reverencia y huido, dejándolo solo con el recuerdo que nadie podía atenuar por él.
Él sabía por qué sentía su ausencia; no tenía el hábito de mentirse a sí mismo, o de evitar la verdad de una situación. En las privadas, empolvadas esquinas de su mente, Sesshoumaru admitía silenciosamente que nadie más sabía sus secretos como ella, así que era como si el mundo se hubiese disipado entre el lord youkai y la miko, sin embargo se mantenía en todo lado. Había habido una barrera intangible bloqueándolo a él de todos los demás, pero ella había escalado el muro – o quizás había sido él el que había saltado – que los separaba el uno del otro. Él no le temía a nada pero si es que, si es que él debía temerle a algo, él le temería a esa repentina desnudez; él le temería a esta cosa que lo hacía sentirse como si estuviese al borde de un abismo, pies contra la escarpada pared y el cielo frente a él, esta cosa que le hacía sentirse como si el mar estuviese rugiendo a sus espaldas, aullando que él no podía desafiar el llamado de la tierra. Sin embargo, él se mantenía de pie, rostro a las nubes y Kagome deslizándose por su mente.
Intentaba no pensar tanto en eso.
En resumen, ella era una complicación, y el hecho de que él le diese vueltas a ella tanto era incluso más que una complicación – una que no necesitaba – así que era un misterio el por qué continuaba haciéndolo. Lo estaba encontrando endemoniadamente difícil el detenerse.
Desafortunadamente ni un reemplazo adecuado había aparecido para hacerlo dejar de pensar en ella, y si lo que había dicho era cierto, entonces, a menos que encontrara una forma de volver a este tiempo de nuevo, él tendría que esperar cuatrocientos años para verla. ¡Cómo iba a pasar el tiempo entre ahora y entonces! La idea le hacía retroceder a su mente en vago horror e incluso le daba pie a considerar – muy brevemente – ir en alguna que otra misión, solo en caso de que él supuestamente debiera y ella se presentara a mitad de camino.
Frunció el ceño; no había utilidad en afligirse por eso cuando era tan terriblemente deprimente, así que Sesshoumaru de forma forzada volvió sus pensamientos hacia un camino diferente y se preguntó si ella volvería. Si no, ¿aún la recordaría en cuatro siglos? Si no iba a volver, ¿él la encontraría de todas maneras? Ella no había mencionado que lo hubiese visto en su tiempo, así que eso lo llevó a pensar que no. A menos que su ser futuro se estuviese manteniendo lejos hasta que ella hubiese terminado sus deberes en el pasado, en dicho caso se encontró a sí mismo ser extremadamente inteligente. Mentalmente, le dio a su yo futuro una preventiva palmada en la espalda por tan maravillosa agilidad temporal.
Como siempre cuando iba por este camino, él ignoraba la pequeña, irritante pregunta de si él aún estaría vivo en su tiempo.
Era impensable que debiese morir. Después de todo, él era Sesshoumaru.
Habiendo restablecido su identidad, Sesshoumaru llegó a la conclusión de que ésta obsesión interminable no iba a ningún lado y que debía abandonarla por algo más productivo. Sesshoumaru suspiró dramáticamente, ya que hoy se estaba permitiendo a sí mismo la pequeñísima indulgencia de deprimirse. Pero solo porque no había nadie más alrededor para presenciarlo.
Entonces. Aquí estaba, sentado en su jardín, preguntándose qué demonios debía hacer consigo mismo. Si nada se presentaba pronto él iba a ser obligado a trenzar su cabello o demandar la compañía de uno de sus súbditos. Todos eran aburridos, por supuesto, pero algunos eran menos aburridos que otros así que él se estaba sintiendo particularmente bien dispuesto hacia esta opción. Cualquier cosa era mejor que el Lord de las Tierras del Este probándose nuevos estilos de peinado en el jardín – podría estar forzado a rechazarse a sí mismo de la pura vergüenza de eso – y él daría la bienvenida a cualquier cosa si disminuía su incapacitante hastío. Él sabía que todos lo aburrirían con lo que ellos pensaban pasaba por conversación, pero siempre había algo que lo animaba y eso era darle una paliza a algún desventurado oponente de arriba abajo por la línea costera del Este.
Necesitaba un compañero de pelea.
Sesshoumaru frunció el ceño, pensando. Encontrar un oponente apto significa invitar a un oponente apto lo que significa ordenar un sirviente a invitar al oponente apto lo cual significa que necesito un sirviente, pensó vagamente. Apretó sus labios muy ligeramente en concentración antes de levantarse sobre sus pies y caminó dentro de la casa, sus pasos llenos de propósito y de la esperanza de encontrar un desafortunado subordinado y hacer la vida de él o ella miserable por las siguientes horas.
Para su buena suerte, encontró a su secretario – cuyo nombre nunca podía recordar – reorganizando nerviosamente una pila de papeles en su estudio. Sesshoumaru no se había molestado en aprenderse el nombre del hombre ya que sin duda dejaría de serle útil dentro de otro año y Sesshoumaru se vería forzado a encontrar a otro secretario.
Este espécimen particular, quien había sido tan confiable cuando Sesshoumaru en un principio había ocupado sus servicios, últimamente había desarrollado varios tics nerviosos en su rostro, y parecía ser mucho más agitado que el individuo relativamente calmado y seguro solo un escaso año antes. Esto parecía pasar seguido con sus secretarios y Sesshoumaru se hallaba obligado a encontrar uno nuevo cada dos años ya que inevitablemente desarrollaban problemas de corazón y él no los quería arrodillados y haciendo un escándalo.
Sesshoumaru dio un suspiro interno por las inconveniencias a las que estaba forzado a soportar como resultado de una ayuda inferior. Nadie podía ser tan perfecto como él, pero a veces parecía que ellos ni siquiera lo intentaban.
Se aclaró la garganta.
Su secretario gritó y saltó con un pie al aire antes de ejecutar un impresionante giro a medias para aterrizar en el piso con una reverencia. "¡Sesshoumaru-sama!" forzó hacia afuera con voz temblorosa. "¿cómo puedo servirlo?"
Sesshoumaru pensó por un momento, tratando de poner en palabras su requerimiento cuidadosamente de forma que no haya malentendido. "Me encuentro deseoso de una distracción," dijo finalmente.
Su secretario muy lentamente se movió a una posición sentada. "Qué – eh – ¿qué tipo de distracción es la que desea mi señor?"
"Quiero a alguien contra quien luchar."
Hubo una pausa.
"Er... quiere decir un oponente de combate?"
El lord youkai levantó una ceja como si preguntase a qué otra cosa podía haberse referido.
"Entonces... ¿no una guerra?"
Sesshoumaru mostró sus dientes, esperando enviar el mensaje. Parecía funcionar.
Su secretario golpeó su frente contra el suelo en su apuro de inclinarse con la deferencia apropiada. "¡Perdóneme, mi señor!" chilló. "¡Encontraré un invitado adecuado entre sus vasallos tan pronto como sea posible!"
Sesshoumaru no pudo resistirse. "'Tan pronto como sea posible' es tu ingenioso eufemismo para 'ahora', ¿supongo?"
"¡Sí! ¡Sí lo es!"
"Bien," dijo. Con eso se volteó con gracia y se paseó por el recibidor en busca de otro sirviente al que pudiese intimidar para prepararle un baño dejando a su desdichado secretario atender su vida social.
Realmente no la extrañaba.
Mucho.
...o...
Había una vez, cuando el padre de Kagome había muerto – no hace mucho – ella había sentido al mundo cambiar. Sin esfuerzo, se había derretido en el mundo brillantemente alumbrado de su niñez a un lugar lleno de sombras y cosas esperando atraparlo con dedos de araña y arrastrarla lejos de las cosas que amaba. Empezó a temerle a cosas que nunca pensó que temería, empezó a preocuparse por cosas que nunca pensó que consideraría y lloró más lágrimas de las que pensó que serían posibles, dejándolas caer hacia el vacío lugar en su pecho donde él había vivido y era como si ella hubiese pasado a través de un borde dentro de otro país, y no había vuelta atrás.
Era como si el mundo hubiese sido una gota de agua que repentinamente golpeó el suelo, esparciéndose en pedazos a su alrededor; aunque no lo sabía, ella siempre había viajado de esa manera, hacia ese momento.
Eso, Kagome sabía, era el destino.
Y ahora, en lo profundo del pozo...
Malevolencia. Crueldad. Desesperación. Empapaba el aire, se filtraba por su piel, perforaba la luz con oscuridad.
No podía respirar. La magia la había soltado dentro de una delgada horca de hierro, y la sensación del helado acero fundido empapando su corazón bloqueaba todo menos el horror. Luchando para vivir, Kagome se sentó al fondo del pozo, sus poderes resplandeciendo débilmente contra el horrible peso de maldad que ella podía sentir en el aire.
Todas las cosas buenas de la vida se habían quemado, dejando solo este pesado manto de retorcidas cenizas detrás; quemaba por su garganta mientras trataba de tomar aire.
Kagome sintió el mundo cambiar entre el mundo de sombras de su juventud a uno de oscuridad siniestra que ninguna luz podía penetrar.
Algo maldito estaba afuera. Estaba sola y algo la odiaba.
La madoushi, pensó incoherentemente.
Y esto, Kagome pensó, era el destino también.
Su mente estaba inquieta, huyendo de ella, amenazando con salir como una flecha dentro de otros espacios y dejándola con solo sus instintos y sus instintos solo causarían que ella hiciera cosas estúpidas. ¿Luchar o huir? ¿Qué tan bien haría ambas cosas en el apretón del miedo sin razón? No, ella tenía que controlar esto. Ella había conquistado el mal antes y podía hacerlo de nuevo.
Su mandíbula encajó con propósito. Kagome fruncía el ceño mientras calmaba su respiración para no hiperventilarse del pánico que esta maldad inspiraba y tragando saliva, intentó pensar racionalmente sobre la situación.
¿Qué haría Inuyasha? Clavarse a la cabeza primero. Entonces. No el mejor ejemplo. Miroku entonces. ¿Qué haría él?
Los músculos tensos en sus hombros se desenredaron una fracción mientras miraba vacíamente a la tierra frente a ella y contemplaba al monje quien siempre había sido la persona más sensata que había conocido; halló que le reconfortaba pensar en él. Kagome escuchó a su corazón empezar a aquietarse muy ligeramente mientras se forzaba a calmarse.
Miroku. El sería cauteloso. Intentaría huir de algo como esto si no pudiese luchar contra él. Entonces él haría una broma sobre ello y olvidarse y luego intentaría buscar a alguna chica que pudiese tener un hijo suyo. Probablemente no haría eso último, pero el resto suena bastante bien.
Muy bien. Este era su destino y eso era lo que ella haría. Por otro lado, era un poco inquietante. ¿Por qué nunca me tocan los buenos destinos? Pensó malhumoradamente. Como el destino de los ´ricos y famosos? O el destino del 'verdadero amor'? Estoy tan harta de este 'heroína' y este 'salva al mundo' de porquería.
Kagome sintió sus manos enrollarse en la tierra bajo sus dedos, empujando ligeramente lodo húmedo bajo sus uñas, lo que significaba que, además de la corrupción espeluznante que ella sentía incluso en el templo, estaba solo cinco minutos en esta aventura y ya estaba sucia. Era probablemente una especie de record.
Fabuloso.
Una ligera hinchazón de la presencia malévola la llevó de vuelta al mundo real, y Kagome determinó que no iba allegar a ningún lado sentada en el fondo del pozo y ciertamente no estaba incrementando sus oportunidades de sobrevivir sentada siendo un pato sentado para la horrible cosa que le había causado esta sensación. Apostaba cualquier cosa que podía sentir sus poderes chispear bajo su piel; podía sentir la pureza en ella luchando por salir para defenderse. Desafortunadamente no había manera en que ella pudiese purificar toda esta aura vil y probablemente la agotaría intentarlo, así que se mantenía controlada lo mejor que podía aunque constantemente amenazaba con resbalar de sus manos.
Tengo que salir de aquí, pensó, lenta y deliberadamente. La historia decía Sur o Este.
Tengo que salir de aquí e irme al Este. Como si hubiese habido alguna pregunta de dónde iba a ir.
Su boca adelgazándose en una fina línea blanca, Kagome se estiró y encajó sus hombros, temblorosamente absorbiendo aire antes de iniciar la larga escalada hacia arriba dentro del mundo que ignoraba, con una fiera determinación, el miedo que mordisqueaba sus tobillos.
Cuando llegó al labio del pozo estuvo casi sorprendida de ver que estaba iluminado afuera, aunque tenía sentido – después de todo, la oscuridad solo era metafórica, y el sol brillante no tenía nada que ver en ello – y la luz eta buena; significaba que tenía mejores oportunidades de ver qué venía. Cautelosamente Kagome se apoyó sobre el borde y puso sus pies en el suelo tan silenciosamente como le fue posible, tratando de no llamar la atención hacia su presencia.
Casi pudo sentir las ondas que causó en el flujo de esa horrible aura. Estremeciéndose, se arrastró por las escaleras. Ella hacía una mueca de dolor en cada chirrido mientras mantenía sus ojos preparados en el cuadrado de luz sobre ella. Apresuradamente ella intentó decidir si debía correr o caminar lejos de ahí – una parte de ella aún tenía la esperanza, aunque obviamente estaba atrapada en el cuento, que podría escapar de Edo ilesa – y decidió que correr atraería mucha atención. Quizás si actuaba como si perteneciese a ese lugar nadie la tomaría en cuenta, a pesar de la grande mochila verde. Podía funcionar, ¿cierto?
La madera del muro alcanzaba el frente de su haori mientras ella presionaba contra el, justo fuera de la línea de visión del jardín pequeño fuera, y un fino hilo de sudor rodó desde su axila por su costado, aunque sus manos se sentían como hielo.
Mira eso. Hiciste eso tan solo hace cinco minutos.
No era la mejor de las conversaciones de motivación, pero se las arreglaba para obligarse a acercarse lentamente hacia la puerta hasta que pudiese dar un vistazo hacia Goshinboku.
El patio era casi ominoso de lo vacío y ella no podía ver a nadie alrededor, aunque podía sentir el vago reflujo y flujo de maldad alrededor de ella. Donde sea que estuviese la hechicera y su secuaz, estaban siendo un buen trabajo. Era tan fuerte...
Su corazón estaba latiendo con fuerza de nuevo, causando un curioso cosquilleo en su pecho y una pesada apertura en su garganta donde podía sentir su pulso martillear al borde de su mandíbula. Kagome cerró sus ojos y apretando las tiras de su mochila tan fuerte que pensó que se rompería los dedos, lentamente caminó hacia el patio.
Aun así nadie apareció. Kagome tomó esto como un signo alentador y continuó hacia la salida, obligando a sus pies a mantenerse parejos y seguros en su pasos, aunque los músculos en sus piernas estaban tirando puntillosamente con el deseo de correr.
Más cerca, más cerca, pensaba. Casi ahí. La salida, luego los escalones, y entonces ella estaría en la ciudad, donde sería más fácil mezclarse. Podría incluso evitar a la madoushi del tod-
No había ruido, pero ella sabía. El conocimiento cayó directo a su cerebro como una gelatina helada, causando que la oscura, primitiva parte de ella que vivía en lo pequeño de su espalda removerse del terror.
Estaba detrás de ella.
En la base de su cráneo, la parte que nunca había dejado de temerlo a las sombres más allá de la fogata, que había escuchado los aullidos de los depredadores en el tiempo antes de la historia, hundió sus dientes por su espina.
Corre, susurró. Corre, corre, corre, corre, correcorrecorrecorrecorrecor recorreCORRECORRE –
Se detuvo repentinamente en la cima de las escaleras.
Kagome se volteó a enfrentar su destino.
La madoushi era impresionantemente poco impresionante. Tenía un rostro simple – ni feo ni bonito – y estaba vestida con el atuendo tradicional de una sacerdotisa, su largo cabello negro recogido hacia atrás en un peinado bajo. Ella miraba a Kagome con lo que parecía ser una estupefacta confusión, o quizás miedo sorprendido, pero era imposible decir; sus rasgos solo estaban ligeramente torcidos dentro de su expresión indescifrable. En sus manos estaba un báculo, y estaba de pie con una clase de insolencia fácil encontrada solamente en aquellos que se creen invencibles, aunque si la historia hubiese dicho la verdad entonces ese era el caso de verdad, incluso si nada sobre ella sugería que estaba informada de tales cosas. De hecho, parecía completamente ordinaria, excepto por el oscuro poder que rodaba en grandes, enceguecedoras olas de algún lugar detrás de ella.
El dios estaba en algún lugar del templo. ¿Dónde estaba la miko real? ¿Por qué no había ningún monje o sacerdotisa u hombres sagrados aquí, atraídos por su presencia malévola, para echarla? ¿No lo podían sentir? ¿Qué había salido mal?
Aún se miraban la una a la otra; ninguna parecía realizar el primer movimiento. Quizás, Kagome pensó, si solo me voy silenciosamente, no saldré lastimada.
Su zapato raspó ligeramente contra el piso mientras ella levantaba su peso, preparándose para girar, cuando la hechicera habló.
"¿Cómo atravesaste mi barrera?" ella exigía, su voz baja y tranquila. "Nadie ha sido capaz aún de quebrantarla."
Kagome no sabía cómo responder, así que no dijo nada, solo se meció cuidadosamente hacia atrás, casi, pero no así, dando un paso atrás. Los músculos en su cuello se ajustaban en un trago áspero, forzando dolorosamente al afilado objeto que parecía haberse atascado a bajar por su garganta para descansar pesadamente en su estómago. Eso explica por qué nadie la ha expulsado aún, Kagome pensó frívolamente. La madoushi se había protegido bien.
El rostro de su rival se había empezado a derretir en un ceño fruncido. "Dime cómo lo hiciste," exigió. "Puedo percibir que eres una mujer sagrada. No debería haber sido posible." Luego sus ojos se entrecerraron más.
"¿Quién eres?"
Kagome se congeló. Los preciosos segundos se iban acabando. ¿Debía decir su nombre o pensar en otro? ¿Una mentira o la verdad? Kagome o – Ay dios –
"Kagome," ella soltó abruptamente, incapaz de decidir, sabiendo que cada momento en el que dudaba hacía las cosas peores.
Entonces deseó que hubiese dudado más, que hubiese dicho cualquier cosa antes que su nombre real, ya que los ojos de la madoushi se ampliaron y torció una ceja. "Kagome, ¿eh? No la Kagome?"
Kagome sintió sus manos sacudirse, sus uñas escarbando dentro de la suave piel de su mano por ansiedad. Vagamente, ella se preguntó si la madoushi o el dios podían sentir sus emociones – eso sería desastroso.
Una visión de Sesshoumaru, siempre estoico y calmado frente al peligro, el aburrimiento exudando por cada poro, destelló por su mente y ella luchó para entrenar sus rasgos en una máscara de apatía como intimidación. Él siempre parecía tan imperturbable; ella recordaba, antes de que fuesen amigos, que su indiferencia era intimidante cuando peleaban. Siéntete aburrida, su mente le gritaba. ¡Nunca les hagas saber!
Entonces la hechicera se movía, su postura estirándose en alerta en vez de insolencia. Kagome vio la mano en el báculo apretarse, y se dio cuenta que su nombre de hecho acarreaba un peso, lo cual sería bueno para la disuasión, pero malo cuando debía demostrarlo.
La madoushi hablaba de nuevo, y esta vez su voz era más apretada, una línea amarilla de tensión corriendo por ella. "Entonces, Kagome-san," dijo en voz baja y Kagome pudo escuchar el menosprecio en el honorífico, en la falta de –sama, "¿has venido a detenerme?"
"Tal vez," le dijo Kagome. Se sentía mareada.
"Hm." La madoushi dijo pensativamente. "Ya veo."
La wakazashi en su cintura pesaba mucho y Kagome no sabía qué haría si la hechicera empezaba a agitar ese báculo, pero podría asestar un golpe con la cuchilla. Si tenía suerte.
Pero eso no pasó. En cambio, Kagome miró como su contraparte maliciosa resbalaba una mano dentro de su manga.
Cuando retiró su mano, había un cuchillo brilloso atrapado en sus dedos. Brillaba en la luz del sol.
Kagome observaba como, en cámara lenta, la hechicera empezaba a elevar su mano. Su cerebro le gritaba que corriera, pero ella se mantuvo en su lugar como si hubiese crecido ahí.
Los diminutos momentos entre la sujeción y la liberación se arrastraban, agonizantemente lento. Quizás esto era cuando su vida pasaba por sus ojos, pero todo en lo que pudo pensar era en la inevitabilidad del corte de la cuchilla.
Va a lanzar ese cuchillo. Va a ir directo por mi cerebro. O mi corazón.
Voy a morir.
La hechicera estaba casi en posición. Sus ojos se endurecieron, su boca se reprimió en una línea nefasta, y de algún lugar del templo detrás de ella una ola de poder malicioso se desenvolvió, tragó la figura de la hechicera completa. Kagome casi podía verlo hundirse en sus miembros, infundiéndole fuerza y propósito mortal.
Voy a morir.
¡MUEVETE! Se chilló a sí misma.
Voy a morir.
Entonces el cerebro de Kagome, harto de hablar con una pared, le hizo puente a sus piernas y mientras el brazo de la madoushi empezaba a pasar verticalmente, Kagome sintió, desde una distancia, sus pies derrapar contra la piedra, los músculos en sus muslos deslizarse uno sobre otro, los tendones vibrar detrás de sus rodillas y ella estuvo en el aire, saltando hacia abajo, echándose hacia atrás y golpeó un escalón a medio camino hacia abajo.
Por algún milagro no se cayó – no caigas no caigas no caigas NO CAIGAS – aunque sintió un agudo dolor dispararse por su tobillo. Pero no había tiempo de pensar en ello. Ella saltón de nuevo, alimentada por el terror y adrenalina, y Kagome golpeó el suelocorriendo, sus pies tan ligeros y rápidos que apenas tocaban el suelo.
¡Ponte detrás de algo! Ella miró alrededor salvajemente, trastornada, buscando algo – cualquier cosa – que la refugiara, y ella imaginaba que podía escuchar el sonido de los pies de la madoushi mientras salía disparada al borde de las escaleras, intentando mantener a su contendiente en su línea de visión.
¡Ahí! Kagome se esquivó detrás de una cabaña, la carga de su mochila golpeándola entre sus hombros, su tobillo envuelto en cuchillas. ¡Ahí! De nuevo ella cambio de curso y se disparó detrás de otra y mientras se escurría detrás de una tercera cabaña, ella sintió atravesar algo. Entonces la maldad desapareció, y ella estuvo corriendo hacia el centro de la ciudad, hacia el Este.
Había atravesado la barrera. Kagome corría pasando por cabañas y caminos, volando por la ciudad incipiente que no reconocía. Su sangre martilleaba en sus oídos, y no podía escuchar nada excepto el bajo, sordo rugido de su miedo, pero incluso tan entorpecida, ella podía percibir que había algo malo en Edo. ¿La epidemia? Se preguntó, sus pensamientos corriendo en frenético caos.
Había tan poca gente alrededor y por las que ella pasaba solo le lanzaban la mirada más superficial antes de voltearse y volver a cualquier tarea que estuviesen realizando, pero ella podía ver que cada uno de ellos parecía demacrado y exhausto. Había una delgadez en ellos. Incluso mientras corría, Kagome tenía que asegurarse de que la luz del sol no estaba pasando a través de ellos. Había una nube sobre todo; ella casi podía ver una niebla lúgubre oscureciendo el mundo de ella.
Cada mirada frenética detrás de ella le decía que nadie la había seguido, que no había persecución y Kagome deseaba reducir la velocidad. Sus pulmones quemaban, y la base de su garganta dolía por el esfuerzo de respirar tan rápidamente por tanto tiempo. Los chirriantes músculos de sus piernas le gritaban para que se detuviera, y estaba sintiendo un pinchazo en su costado, pero ella solo tenía que pensar en la espantosa maldad, solo tenía que ver lo que le había pasado al Tokio infante, y sus pies de nuevo estaban volando. La adrenalina era alta y ella pasaba por el centro de la ciudad, moviéndose hacia las afueras – dios, ¿cuánto había estado corriendo? Parecía tan breve y tan infinito al mismo tiempo – corriendo hacia la seguridad de naturaleza.
Entonces el olor la golpeó.
Ay dios...
Podrido, nauseabundo.
Kagome dio una arcada, dio un traspié.
El olor de heces y sangre y carne podrida la golpeaba de lleno en el rostro y ella casi cae en sus rodillas de la fuerza de este. La pestilencia rancia se enroscaba en la base de su garganta, rogándole que vomitara cualquier cosa que llevaba, y desesperadamente ella empujó la gruesa manga de su haori contra su nariz y boca en un intento de bloqueo mientras jadeaba por aire.
Reduciendo la velocidad hasta detenerse, Kagome se mantuvo de pie en el centro del camino, muy cerca al bosque más allá de Edo, pero segura de que si se empujaba a si misma, o hacía algún movimiento brusco ella caería sobre sus manos y rodillas y expulsaría su estómago de su cuerpo. Dentro, fuera, dentro, fuera. Pensó que podría ser capaz de saborearlo en su lengua –
"¿Miko-sama?"
Kagome abrió sus ojos y miró a la mujer que estaba de pie junto a ella, un trozo de tela por su rostro, mirándola con ojos cansados y preocupados.
"¿Se encuentra bien?" preguntó.
"Um..." Kagome respondió.
La mujer se veía avergonzada. "Solo..." Kagome observó como la mujer alcanzaba detrás de ella, hacia su mochila. Ya inquieta, Kagome casi se hizo para atrás, pero entonces sintió una ligera presión y un pequeño movimiento, y la mujer estaba sosteniendo la daga de la madoushi en su mano.
Kagome miró fijamente, su cerebro revolviéndose para recogerse a sí mismo en algún aspecto de orden, antes de darse cuenta que la mujer se lo estaba entregando, como si fuese de ella.
Con dificultad, Kagome hizo arrancar a su brazo para que reaccionara, aunque miraba a su mano tomar la daga y resbalarla por su obi, tuvo la impresión que incluso su cuerpo se había resbalado de su control y la cosa llamada Kagome era solo una espectadora dentro de su cabeza de este extraño instrumento, mirándose a sí misma ser impulsada de acción a acción sin intervención de ella misma.
La mujer aún la miraba fijamente. Kagome se sintió fruncir el ceño ligeramente.
"¿Miko-sama? Dijo de nuevo. "¿Acaso Shina-sama la envió para ayudarnos?"
¿Shina - ? Su repentina confusión parecía escurrir su espalda tras los controles de sí misma y sacudió la cabeza.
"¿Shina-sama?" Kagome preguntó aturdida. Se sentía agotada y atontada por la huida y su cerebro no la dejaría en paz. Aún no estoy a salvo, su mente le susurraba. No es seguro, vete vete vete ve-
"En el templo?" La mujer aclaró y le tomó un momento a Kagome darse cuenta que hablaba de la hechicera disfrazada. Por un momento consideró tomar a la mujer por los hombros y sacudirla hasta que sus dientes repiquetearan, consideró gritarle. ¿Acaso no puede sentirlo? ¡Ella es malvada! ¡CORRA!
Sin embargo, no lo hizo. Rápido a los talones de ese impulso vino el recuerdo del cuento, de la epidemia de influenza que había golpeado la pequeña ciudad de Edo en el tardío siglo dieciséis. ¿Era eso éste olor? ¿Qué demonios estaba pasando?
"Sí, ella lo hizo," Kagome soltó rápidamente, sus palabras contenidas detrás de su manga. "Solo necesito... observar... por un momento..." su voz se desvaneció, sin estar segura de que más decir.
Afortunadamente el rostro de la mujer se derritió un poco con alivio. "Me alegra tanto," dijo, tomando a Kagome de su muñeca desocupada y halándola hacia una de las cabañas. "Están tan adoloridos y estos son solo algunos de ellos."
El estómago de Kagome se las arregló para hundirse al mismo tiempo que se agitaba. No era una experiencia agradable. "¿Algunos de ellos?"
"Estos son los que están peor. Están aquí ya que pensábamos que la enfermedad se esparciría. Otros solo están un poco enfermos. Algunos..." la voz de la mujer se desvaneció mientras se acercaban a la cabaña y Kagome vio que era una cosa destartalada, arruinada. Su guía no terminó su pensamiento, solo sacudió su cabeza y barrió hacia un lado la solapa que cubría la entrada.
El olor la golpeó con fuerza máxima de nuevo, llenando su boca de bilis. Kagome la escupió dentro de la tela de su manga mientras se agachaba dentro, temerosa de lo que pudiese ver, obligada a descubrir la respuesta a este acertijo y lo que encontró la congeló del horror.
Gente estaba muriendo a su alrededor. Gemían suavemente y Kagome podía percibir el olor a sangre, pus y excremento cada hedor rebozando uno sobre otro. Había otra mujer en la cabaña, tratando de atenderlos a todos pero ella luchaba valientemente una batalla perdida; había tantos apiñados aquí y todos sudaban y apestaban y rechinaban los dientes. Casi podía escuchar el chirrido de molares sobre molares.
Kagome no podía mirar hacia otro lado. Niños lloriqueando, sudor frío, infantes demasiado enfermos para llorar, rostros pálidos todos resbaladizos por la transpiración, el rancio olor de orina y vómito y algo más que no podía nombrar realmente, pero hacía su piel temblar y escurrirse.
Y sobre cada uno se colgaba un poco de la oscuridad que había sentido en el templo invadiendo sus pechos, pulsando con regocijo.
Se alimentaba de ellos.
La sangre se drenaba de su rostro, de sus manos, dejándola fría. "¿Cómo pasó esto?" Kagome susurró para ella misma, pero su guía la escuchó.
Ella se aproximó a su costado. "No sabemos," la mujer murmuró, cerca de la oreja de Kagome para que los inválidos no escuchasen. "Shina-sama les ha dado a todos medicina y cuidados, pero no se recuperan y ella ya no sabe qué más hacer."
Apuesto a que sí, pensó Kagome. La oscuridad sobre las supinas figuras se removía un poco, como si se alterasen con su presencia y una furtiva, horrible sospecha empezaba a arrastrarse sobre ella.
Todo esto era obra de la hechicera.
Tan pronto como lo pensó, ella supo que era cierto. La hechicera había hecho esto, había venido a Edo y había tomado el templo y de alguna manera había traído esta enfermedad sobre todos. Kagome no sabía cómo lo había hecho, pero ella no estaba disfrazada como una miko para estar cerca de los que sufren – estaba disfrazada para poder causar ese sufrimiento sin ser sospechosa y el oscuro parásito que le dio poder se alimentaba del dolor que ella causaba.
Una ola de mareo la golpeó.
Kagome podía sentir un cosquilleo de enojo y compasión enrollarse bajo su busto, pero cubriendo esos sentimientos había una horrible repulsión culposa, un asco visceral contra el hedor de enfermedad y decaimiento que se colgaba pesadamente en el aire. Ella se moría por ayudar, pero no podía moverse.
Sabe que estoy aquí.
Se dio la vuelta y huyó de la cabaña, manteniendo su cabeza baja contra su manga mientras caminaba apresuradamente hacia el bosque. El sonido de pies que corrían detrás de ella casi la revitalizaban a actuar de nuevo, pero ella escuchó la voz de la mujer que la había interceptado. "¡Miko-sama!" ella gritó y Kagome pudo escuchar el tono lastimero de su voz. Miko-sama, haga que esto mejore.
Kagome se volteó y empezó a caminar hacia atrás. No había manera en que ella pudiese hacerlo de la manera en la que estaba ahora. "Yo –" ella trataba de encontrar algo de inspiración, "– Yo sé qué es esto y cómo arreglarlo." Eso era cierto, al menos. "Pero necesito un tiempo para... realizar las preparaciones necesarias para sanarlos."
Internamente hizo una mueca de dolor, pero tendría que ser así.
"¿Quiere decir encontrar los tipos correctos de hierbas y cosas?" la mujer preguntó, siguiéndola, sus ojos preocupados mirando por sobre la tela que ataba su boca y nariz.
Aliviada, Kagome empezó a asentir con la cabeza. "Sí, yo –"
Entonces ella lo vio, casi se cayó hacia atrás antes de detenerse de un tropiezo.
A su izquierda, tristes cadáveres, esperando entierro o cremación, ella no sabía cuál, fueron recostados contra el borde del bosque; piel gris y ojos muertos y miembros flojos. Hombres, mujeres. Niños pequeños. Bebés.
La mujer siguió su mirada. "Ah sí," ella dijo calladamente. "Es difícil encontrar a alguien lo suficientemente fuerte para enterrarlos a todos. El progreso es lento, pero nos las arreglamos. ¿Podría usted... quizás... decir una plegaria...?"
No, ella pensó.
Esto no está pasando. No puedo arreglar esto.
Kagome cayó en cuenta que estaba sacudiendo su cabeza, no lo podía creer, quería volver al pozo y saltar dentro pero incluso si pudiese regresar, ¿cómo podría responder a todas estas personas en el más allá si lo hacía?
Retirada.
"¡Debo irme!" ella jadeó.
La mujer dio un paso hacia adelante, con su mano estirada, pero Kagome se tambaleó dónde estaba de pie y se impulsó a través del bosque, corriendo a toda velocidad por el camino en dirección al Este, hacia el único lugar donde ella sabía que estaría segura.
...o...
Hotomichi estaba preocupado por su señor. Como secretario y subalterno inmediato del Príncipe de las Tierras del Este, era su trabajo – aunque verdaderamente no sabía que tanto se mantendría en esta posición – y el comportamiento de Sesshoumaru-sama había ido volviendo paulatinamente distraído e impaciente desde el año anterior, cuando Hotomichi había sido contratado. Consultas discretas entre sus compañeros sirvientes revelaron que el lord no había sido realmente el mismo desde que regresó a casa hace un año y medio, oliendo a la naturaleza y el norte, de su viaje. Era difícil, por supuesto, entender exactamente cómo su amo había cambiado desde que por naturaleza ya era un hombre reservado, pero definitivamente era más propenso a mirar fijamente al espacio – si eso era posible – y era más rápido en lanzar un insulto a cualquiera que lo molestase e incluso a algunos que no habían hecho nada ofensivo en absoluto. Hacía la vida en el castillo incluso más impredecible de lo usual, y algunos de los viejos sirvientes quienes aún recordaban el reino de su padre se estaban preocupando de que el hijo estuviese capturado por el espíritu viajero de su padre y todos sabemos dónde lo llevo aquello, ¿no es así?
Pero quizás Sesshoumaru-sama solo necesitaba un buen ejercicio. Era difícil para él encontrar compañeros que valieran la pena para enfrentamientos simples y matar cosas probablemente había perdido su encanto hace mucho tiempo. Después de todo, ¿cuál era la función de derrotar a un enemigo si no vivía después para saber que había sido derrotado? Y en ello yacía la dificultad – encontrar a alguien para Sesshoumaru contra quien luchara el cual no hiciera algo tan ordinario como morir. La tarea lo había llevado a distraerse.
Hotomichi viajó por toda la provincia por dos días, buscando un youkai lo suficientemente fuerte para por lo menos dar una buena pelea, cuando había recordado escuchar de alguien que había escuchado del primo del mejor amigo de la madre de alguien que servía de lacayo para algún agostado youkai al norte, que dicho youkai en verdad, existía. Un youkai oso bastante joven llamado Keiichi, descendiente de buena sangre – y supuestamente un guerrero brillante – había hecho renombre recientemente expandiendo su territorio. Varias quejas acerca de ello incluso habían llegado al escritorio de Sesshoumaru-sama, pero su amo estaba demasiado preocupado con lo que sea que pensaba todo el día para siquiera molestarse en hojear por los papeles que había recibido ocho meses antes, mucho menos algo más reciente. Sesshoumaru-sama parecía operar en la suposición que cualquier cosa que no se podía explicar en veinticinco palabras o menos no era lo suficientemente urgente para garantizar su atención, una práctica que le dolía al alma meticulosa y ordenada de Hotomichi. Aún más desalentador era que este método parecía funcionar. Las cosas urgentes solían ser comunicadas rápida y precisamente, como ¡Las entradas están siendo atacadas! O ¡Fuego! O ¡por dios, está desnuda! Mientras que cosas tediosas siempre parecían tomar cincuenta páginas, como disputas por tierras.
Sin embargo, habiendo hallado a Keiichi-sama, Hotomichi estaba teniendo cuadragésimo-segundos pensamientos. El joven hombre había saltado a la oportunidad de pelear contra el daiyoukai en todo el Japón, pero su actitud era algo preocupante.
"¡Ja! ¿Sesshoumaru? ¡Débil! ¡Muy viejo! ¡Patearé su trasero todo el camino hasta Okinawa!" Había sido su discurso de aceptación.
"Usted – er – no ha conocido nunca a Sesshoumaru-sama, ¿no es así?" Hotomichi atrevido.
"¡Claro que no!" Keiichi-sama había espetado. "Pero he oído... historias."
Hotomichi tragó saliva fuertemente. "Quizás sería prudente que no mencionara esas historias," él se arriesgó.
"Claro, como sea. ¿Cuándo lucharé contra él?"
Ahora, arrastrando los pies por los pasillos, guiando al arrogante joven de vuelta a la casa, Hotomichi solo rezaba para que el joven hombre no hiciera algo para ser asesinado antes que tuviese la oportunidad de presumir su habilidad ciertamente impresionante.
Su amo estaba sentado con la espalda hacia ellos, en el jardín bajo el árbol de mimosa por el que había desarrollado un cierto cariño. Hotomichi le hizo un gesto a Keiichi-sama para que se mantuviese dónde estaba antes de toser alto para no sobresaltar a Sesshoumaru y provocar una decapitación accidental.
Sesshoumaru frunció el ceño internamente. Solo, ¿qué tan débil pensaba su secretario que él era de todas maneras? Había percibido al moderadamente poderoso youkai llegar a la entrada un cuarto de hora antes y él había esperado pacientemente para partirlo. No porque la presencia del youkai lo hubiese sacado de contemplaciones difusas y distractoras de lo que una cierta miko pudiera decir acerca de su aparente fetiche con los jardines – eso sería tonto – pero porque él estaba nuevamente molesto consigo mismo por permitirle a ella pavonearse por su mente y patear todo por fuera de la puerta. El acercamiento del youkai había llamado su atención a esta tendencia perturbadora, y esto solamente no debía ser.
Sesshoumaru necesitaba desahogarse.
"Sé que estás ahí," le informó a su secretario, quien lanzó un gimoteo. "Expón tu asunto."
"¡Er!" dijo su secretario y Sesshoumaru ni siquiera tenía que escuchar el rebote de su voz para saber que el hombre estaba haciendo reverencias profusamente. "¡El oponente que ha pedido ha llegado!"
¿Había pedido un oponente? Ah sí... para aliviar la tensión...
Sesshoumaru lanzó una mirada por su hombro, un ojo dorado examinando minuciosamente al joven youkai parado ahí, viéndose ligeramente sobrecogido y desafiante al mismo tiempo. Hotomichi ofreció plegarias a cualquiera de los dioses que estaban escuchando porque su amo encontrase este sacrificio aceptable.
Hotomichi observó como el lord y el presumido se observaron fijamente por un largo momento. Entonces Sesshoumaru se volteó y de forma lenta se desdobló a si mismo de donde estaba sentado antes de correr una distraída mano por su cabello, alisándolo.
Entonces él caminó alejándose.
A Hotomichi le tomó un momento darse cuenta de que Sesshoumaru se estaba dirigiendo hacia el dojo al otro lado del pequeño riachuelo. Apresuradamente se volteó e hizo una reverencia a Keiichi-sama, haciendo un ademán para que el joven youkai lo siguiera y sintió un poco de su ansiedad calmarse mientras los tres se movían hacia el edificio raramente usado.
Hotomichi se apresuró hacia adelante y abrió las puertas, permitiendo que su amo y el nuevo oponente de su amo pasaran.
Sesshoumaru se quitó los zapatos antes de caminar a paso suave por el piso hasta la pared, donde una impresionante variedad de espadas se exhibía, brillando débilmente en la luz indirecta. Hotomichi observó mientras, con cuidado deliberado, Sesshoumaru se encogió de hombros quitándose su haori y lo dobló introduciéndolo bajo su obi, antes de estirar sus brazos desnudos hacia la pared y seleccionar un arma.
Keiichi caminó hacia adelante, presuntamente para escoger su propia espada, pero Sesshoumaru se volteó y lanzó una mirada con furia. Hotomichi estaba complacido al ver al joven detenerse, confundido y un poco desconcertado.
Sesshoumaru le arrojó la espada.
Keiichi apenas la agarró. La sopesó en sus manos antes de mirar a Sesshoumaru quien tomó unos cuantos pasos por el suelo, sin arma y con comodidad casual e imponente antes de que se detuviera y fijara al hombre más joven con otra mirada amenazadora.
"Pelea conmigo," dijo.
Hotomichi sonrió abiertamente y deslizó la puerta hasta cerrarla.
...o...
"Solo dime cómo llegar a la Casa de la Luna, y no saldrás lastimado."
La lagartija youkai frente a ella temblaba. Kagome estaba consciente de que se veía menos que presentable, pero ésta no tenía que mirar fijo.
"¿Qué estás mirando?" ella exigió de modo estridente. Ella podía ver la punta de su flecha vacilar solo un poquito de la tensión de su fatiga, pero brillaba incandescente con sus poderes puros. Ambos sabían que el flechazo no tenía que ser uno perfecto para inmolarlo donde se encontraba de pie.
La lagartija se estremeció con el tono de su voz. "¡N – nada!" él gritó, su esforzándose por sugerir que, a pesar de que hacía cosas de lagartija, que él no era una lagartija-youkai mala, que no lastimaría a nadie a menos que lo mereciera, que era un miembro productivo de la sociedad de lagartijas, que siempre donaba a la caridad de las lagartijas, que tenía una esposa lagartija y unos hijos lagartijas, y que su seguro de vida de lagartija había caducado, ¿no pensaría ella en los niños por favor?
Kagome no estaba de humor.
"Dime donde está," ella lanzó.
Habían pasado cinco días terribles. Muy, muy malos cinco días. No solo que había atravesado el país en ese tiempo, no solo que había sido forzada a robar un arco y flechas, no solo había sido obligada a ahuyentar no solo uno, sino dos atacantes, no solo que sus pies estaban hinchados y lastimados y que había sangre en su haori y su cabello era un desastre y estaba sucia y enojada y necesitaba un lugar donde estar segura, pero también podía sentir los ojos de la oscuridad siguiéndola.
La estaba observando de alguna manera.
Su poder se había ido desvaneciendo constantemente mientras el tiempo y distancia entre ellos se incrementaba y ahora casi se había ido, pero la sensación la había espoleado a continuar por el miedo de lo que eso pudiese hacer si ella se detenía.
Había descansado un poco, en mayor parte en la parte trasera de vagones que iban al este durante el día – había mucho más tráfico de lo que solía haber y ella se sentía vieja pensando eso – y tropezando por la noche. Probablemente había viajado más de doscientas millas. Era un ritmo demencial y ella estaba lista para colapsar, pero aún no podía, no cuando estaba tan cerca de la seguridad, no cuando estaba tan cerca de un lugar donde pudiese descansar antes de continuar.
Soñaba con cabellos plateados cuando dormía.
Él probablemente se reiría si supiera por lo que ella había pasado – ¿cómo pudo ser tan estúpida como para viajar sola de nuevo cuando era tan indubitablemente incapaz de manejar tales cosas? Él diría y ella diría porque no tengo un suministro interminable de daiyoukai para molestarme – pero en este momento solo quería verlo. Estaba tan, tan sola en este tiempo, tan alienada del que vino y del que había conocido cuando era una adolescente y solo verlo ayudaría, incluso él se daba la vuelta y solo la echaba de vuelta afuera de nuevo.
Kagome empezaba a cuestionar su cordura, solo un poquito.
¿Realmente soy del Tokio moderno o solo soy una lunática delirante? Pensó, una y otra vez y no había nadie que le dijera lo contrario. Probablemente era – probablemente – solo la fatiga hablando, pero solo – solo ver un rostro familiar la convencería de solo estaba casi muerta y no chiflada. No se había dado cuenta lo importante que era tener a alguien que supiera de dónde venía con ella; Inuyasha siempre había llenado ese rol cuando era más joven, Sinayo la recordaba y Sesshoumaru había estado con ella la última vez que había estado aquí e incluso los primeros cinco días sin él, ella había estado pensando solo en Miroku y Sango y Shippou.
Incluso ahora, se preguntaba si alguna vez vería a Shippou de nuevo, pero, extrañamente, necesitaba más ver a Sesshoumaru.
¡Y los peligros del camino! Ella había sido acorralada dos veces por pretendientes sobre-apasionados que no les importaba el atuendo que llevaba y solo estaban buscando pasar un buen rato con una chica linda y desprotegida. El primero había sido un hombre de aldea que la había atraído con un alegre, ¡comparte mi cena conmigo, miko-sama! Por supuesto, solo después pidió un poco de pago ya que su madre nunca le había enseñado el significado de la palabra 'compartir'. Asustada a ciegas, le había intentado lanzar un golpe en la cara, pero su puntería estaba completamente equivocada y cuando sintió su puño silbar por la barbilla de él, ella desesperó.
Afortunadamente, había apuntado perfectamente a su garganta. El cayó como un globo de plomo y ella había huido, estómago lleno y honor virginal intacto.
La segunda vez igualmente tuvo suerte. Un soldado que había perdido su ojo en combate y camino a casa había ingerido una cantidad un tanto excesiva de alcohol, la había acorralado contra una pared antes de poder arreglárselas para escapar en el oscuro camino pasando la aldea.
"Vamos, dulshura," él había articulado, fijando su muñeca derecha contra la pared sobre ella, aliento cálido y alcohólico bañando su cuello y ella casi dio una arcada, su completo ser sublevándose contra él. Él se estaba inclinando hacia ella y casi le dio un ataque de pánico –
- antes de recordar la wakazashi. No podía alcanzarla con su mano derecha, pero él se había olvidado de capturar su izquierda...
"Oye," ella murmuró, y él se había hecho hacia atrás con el sonido de su voz susurrante.
Luego ella lo golpeó en la cara con la vaina.
Su nariz sangrante fue cómo ella había adquirido un haori manchado de sangre e incluso se sentía ligeramente culpable acerca de ello cuando estaba a una distancia segura hasta que recordó cuan nauseabunda él la había hecho sentir y cuan horrorizada estuvo cuando él puso su mano en su cintura –
Había resuelto no pensar en ninguno de esos incidentes hasta que estuviese segura en una cama y se hubiese sumergido.
Ahora sus pies eran una masa de ampollas y sus piernas estaban tan hinchadas que estaban entumecidas, pero casi estaba ahí. Solo necesitaba encontrar a alguien que le dijera donde rayos vivía el amo de las tierras y como siempre, cuando ella realmente quería encontrar un youkai todos se habían ido de viaje a Jakarta a visitar a sus abuelitas enfermas. Bastardos.
Entonces este youkai-lagartija – no un gran demonio, pero no uno inferior tampoco – se le ocurrió cruzarse por su camino. Demasiado cansada para controlarse ella sintió sus poderes encenderse en respuesta a su youki y percibiéndola, él había intentado huir.
Ella lo había perseguido.
Así era como ella se encontraba a sí misma, flecha ardiendo apuntando a su corazón, exigiéndole saber la ubicación de la Casa de la Luna. Las primeras palabras del youkai en respuesta habían sido, "¿Que quieres ir a dónde?"
Kagome fue casi tentada a dispararle solo por hacerla correr en pies descalzos y casi lo hizo por ese comentario.
"¡La Casa de la Luna!" ella ladró. "¡Dime dónde está!"
La lagartija no podía contenerse. "¿Qué clase de asunto tendría una miko con el señor del este?"
"Cállate," ella espetó. Su normalmente alegre disposición parecía haber desaparecido, pero estaba demasiado molesta para extrañarla.
"A menos que quiera luchar contra él, él no se asocia con humanos," la lagartija le dijo antes de añadir, de forma bastante suicida, "Ya no, de todos modos."
Ahí fue cuando ella le había gritado.
Él se veía algo intimidado, como si finalmente lo hubiese presionado por la gravedad de su deseo de llegar a la casa del lord, sin importar lo poco que él se pudiese asociar con los humanos.
"¡Direcciones!" ella gritó. "¡Antes de que pierda la paciencia!"
La lagartija hizo una mueca de dolor. "¡Dos leguas! ¡Directo por ese camino!" él chilló, apuntando al sureste. "Cerca del mar. La notarás."
¡Dos leguas! ¡Eso era seis millas! Kagome se desesperó. ¿Cómo iba a llegar allá si ya estaba tan cansada? Miró al rostro ligeramente asustado del youkai. "Lárgate de aquí," le dijo. "¡Y no me sigas!" gritó como un pensamiento secundario, pero él ya estaba huyendo.
Suspirando, Kagome dejó caer su arco a su costado, la flecha sujetada en dedos flojos. No podía ni invocar la energía para volverla a colocar en su aljaba mientras se daba la vuelta hacia el sureste y empezaba a caminar.
...o...
Finalmente era momento de admitir que la extrañaba profundamente.
Era un reconocimiento muy duro y Sesshoumaru sintió que le había costado demasiado, así que había cortado el pecho de Keiichi con sus garras – deleitándose con la sensación de piel separándose bajo su tacto – antes de dar un salto hacia atrás y lejos.
Por su parte, Keiichi apretó su pecho desnudo e intentó tragar esta nueva lección de humildad, pero encontró que sabía igual de mal que todas las otras porciones de tarta de humildad que Sesshoumaru-sama le había forzado a comer por los pasados tres días. Había sido lastimado no menos que unas treinta y cinco veces desde su primera pelea y aunque él siempre sanaba al caer la noche aún ardía como una locura. Su orgullo ardía como una locura también – él aún tenía que ponerle un dedo encima al lord youkai y Sesshoumaru aún tenía que sacar alguna de las espadas que había atado a su cadera. Keiichi deseó retractarse de todos los estúpidos pensamientos arrogantes que había tenido solo para que su ego se sintiese tan destrozado como su cuerpo.
"Ow," Keiichi dijo con resentimiento, alcanzando y limpiando la sangre de su piel antes de que goteara más abajo y le hiciese cosquillas a su estómago. La embarró en su hakama con enojo antes de mirar de vuelta a su anfitrión.
Y eso era lo otro. El lord parecía llenarse de placer con la comunicación no verbal, pero eso no significaba que él no lanzara los peores insultos a su compañero de pelea; la mirada que le lanzaba a Keiichi ahora obviamente decía algo muy despectivo acerca de la supuesta virilidad del oso.
"Hn," dijo Sesshoumaru, claramente tan poco impresionado con Keiichi que de hecho podía estar impresionado de cual poco impresionante era él. Keiichi apretó los dientes y observó como Sesshoumaru corría una mano por su perfecto cabello y suspiraba. "¿Te has recuperado?" preguntó insípidamente. "No tenemos todo el día."
"Sí, lo tenemos," dijo Keiichi. Él quería espetar, pero realmente no tenía el coraje. "Esto es lo único que hemos hecho por los últimos tres días. ¿Te he ofendido de alguna manera?"
Sesshoumaru levanto una ceja. "Solo en que tu habilidad me insulta," él replicó arrogantemente y si hubiese habido cualquier otro diciendo eso Keiichi hubiese luchado contra ellos, pero varias lecciones dolorosas le habían enseñado que atacar a Sesshoumaru nunca era algo sensato de hacer. También, lo que había dicho probablemente era cierto.
Por otro lado, humillación aparte, esto al menos era un buen entrenamiento para él, aunque probablemente no para el lord. Su oponente apenas había transpirado pero él estaba empapado como si hubiese sido lanzado a un lago. Quizás estaba formando carácter.
Muy bien, Keiichi. Mira el lado positivo, pensó con aire sombrío.
"Claro," él dijo entre dientes. "Como sea."
"Si estás listo?" Sesshoumaru le preguntó al chico, aunque era más una afirmación que una pregunta. Él sintió la necesidad de desgarrar más. El chico suspiró y se movió a una postura pasable y Sesshoumaru atacó. Esta vez solo apuntó a la espada en vez del hombre detrás de la misma, pero se aburrió con eso en diez segundos antes de decidir que una herida profunda no había sido suficiente.
Me pregunto cómo se vería con una cortada en su rostro, pensó Sesshoumaru, ociosamente malicioso. Tal vez lo haría verse mayor de doce años.
Se lanzó.
Keiichi gritó y se cayó de espaldas justo en el momento en que las puertas del dojo se abrieron de golpe y su secretario tropezó dentro, inmediatamente agachándose en el suelo en la más halagadora de las reverencias que hasta ese momento Sesshoumaru había visto de él. Él aterrizó ligeramente en el piso del dojo.
"¿Qué sucede?" preguntó.
"¡Perdóneme, mi señor!" su secretario balbuceó. "¡Hay un disturbio en la entrada delantera y se requiere su presencia!"
Sesshoumaru frunció el ceño. Él no había percibido ningún youki poderoso moverse hacia su dirección y pensándolo, él tampoco sentía uno ahora. "¿Quién está atacando?" él exigió.
Su secretario se sacudió e intentó meterse dentro del piso. "¡N – nadie, pero... se requiere su presencia!"
Suspirando, Sesshoumaru removió de un movimiento la sangre de sus garras y miró su manualidad. Había evitado los ojos, pero Keiichi estaba sangrando profusamente de una herida torcida desde su frente, sobre el puente de su nariz, hasta su barbilla. El chico ya estaba desmantelando resignadamente su tercer haori como en tantos días para amarrar la herida y evitar que más sangre cayera al piso. "¿Desearía asistencia, milord?" el oso preguntó sumisamente, aunque él ni siquiera intentaba esconder el agotado resentimiento de su voz. A Sesshoumaru le gustaba eso.
Sin embargo, antes de que pudiese responder la pregunta del oso su secretario se movió. "Er – "
Hubo un silencio.
Él perdió su paciencia "¿Qué?" exigió.
Su secretario, percibiendo que había cometido un error táctico, intentó cubrirlo. "¡Er!" dijo de nuevo. "Um – ¡argh! ¡Ella lo requiere a usted específicamente!"
"¿Ella?" Sesshoumaru exigió. Pensó hacia atrás, tratando de pensar qué mujer se atrevería a molestarlo en su propia casa con sus insignificantes preguntas y proposiciones.
"Está amenazando a sus guardas," el secretario dijo significativamente.
Sintió su ceño derretirse en su rostro. "¿De verdad?" dijo. Su secretario asintió con la cabeza.
Probablemente solo había una mujer que él conocía que sería tan audaz e intentó ignorar el pequeño salto de esperanza que sintió muy bajo en su estómago.
Lanzó una mirada furiosa a su invitado. "Quédate aquí," ordenó. Sesshoumaru ignoró la mirada triste pero resignada del rostro del oso mientras él se desplazaba rápidamente delante de su secretario, haciéndole un ademán al nervioso sirviente para que lo siguiera y cruzara el jardín. Al borde de su audición, él podía detectar un disturbio y él entró en la casa, escuchando cuidadosamente.
No estaba preparado para la ola de alivio que lo bañó cuando escuchó su voz familiar y agradable y el hecho de que la había levantado a fin de reprender a un desafortunado bastardo que no era él solo hacia el sonido mucho más dulce. La fuerza de su reacción fue desconcertante, pero se halló a sí mismo casi demasiado ansioso para que le importase y a cualquier costo, la consternación era rápida a los talones de su alivio.
Una miko humana, en la puerta de entrada de un lord youkai. Los vecinos nunca lo dejarían de comentar.
Con solo el mayor control, Sesshoumaru mantuvo el ritmo de sus pasos en vez de apresurarlo.
Parecía tomar una eternidad, pero cuando finalmente caminó hacia el jardín frontal su extraño alivio le ganó a sus recelos y extrañamente, se sintió peligrosamente cerca de apenas esbozar una sonrisa. Era bastante difícil explicar a sus guardias el porqué de la presencia de una miko humana, pero él estaba razonablemente seguro que una solución se presentaría en su debido momento. Si no lo hacía, tendría que recortar su personal con extremo prejuicio y él realmente no quería hacerlo; era tan difícil encontrar buena ayuda. También tendría que ordenar a su invitado que se fuera con toda la debida pertinencia, pero se había estado aburriendo con el cachorro así que probablemente era lo mejor.
Y realmente, no parecía importar de todas maneras. La había extrañado y ahora estaba aquí frente a él.
Su espalda daba hacia él, su cabello estaba despeinado y claramente estaba exhausta pero estaba aquí. Muy definitivamente aquí y tan graciosa como siempre; se encontró a sí mismo bastante arrepentido de no haber estado ahí para atestiguar cómo ella se las había arreglado para pasar la entrada y entrar al jardín en primera instancia, pero él estaba seguro de que estaría entretenido con la historia varias veces antes del final del día. Por ahora el observaba, extrañamente contento cómo ella apuntaba su brillante flecha de izquierda a derecha, tratando de mantener a sus guardias a distancia y aunque su espalda estaba encorvada bajo el peso de su mochila y su fatiga, ella aún rebozaba con su justo enojo.
"No me importa cuales sean sus estúpidas órdenes," ella estaba diciendo, "¡Necesito ver a Sesshoumaru o Myouga y necesito verlos ahora!"
Los guardias no parecían saber qué hacer y durante su duda ella pareció perder la paciencia. Él deseaba poder ver su rostro.
"¡Ahora!" ella gritó. Todos veían sus manos temblar en el arco y algunos pocos de los guardias más cobardes se agacharon bajo la fuerza de su innegable poder y su aparente pérdida de control latente.
Entonces el capitán de los guardias lo notó de pie ahí y le lanzó una mirada suplicante en muda solicitud.
Rápidamente, Sesshoumaru consideró permitir a esta pequeña actuación continuar como debiese, pero ¿para qué molestarse? Ya que primero, él no podía dejarla desahogarse, no sea que dé la impresión equivocada y por otro lado, retrasar su reunión no la haría más agradable de lo que ya era. Sin mencionar que unos momentos más en el que podría perder uno o dos guardias no hacía mucha diferencia. Ansioso de una excusa para confraternizar con ella una vez más, exasperado ante los problemas que él veía florecer contra el horizonte, Sesshoumaru decidió compadecerse de sus desventurados guardias. Así que, demasiado aliviado de que ella estuviese aquí para hacer su vida interesante otra vez y demasiado frustrado con las complicaciones que esto causaría, Sesshoumaru dijo la única cosa que le vino a la mente.
"Kagome," dijo, "¿qué estás haciendo aquí?"
En el silencio subsiguiente, él casi pudo escuchar la presión sanguínea de ella dispararse y en la privacidad de su cabeza, Sesshoumaru sonrió ampliamente.
