Digimon no me pertenece, yo solo escribo por diversión y sin ánimo de lucro


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~ Amistades de todo tipo ~

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III. Daisuke y Mimi

"El verdadero amigo es aquél que está a tu lado cuando preferiría estar en otra parte"

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Me paraba a pensar y todavía no sabía cómo había llegado a esa situación. Mientras notaba la presión en mi cabeza, el dolor en mis pies y el apretón contra mi torso, me lamentaba por mi mala suerte. Sin embargo, mi desdicha parecía no importar a Mimi, que daba vueltas a mi alrededor sonriendo.

–A ver, repíteme por qué estoy aquí –pedí mientras respiraba hondo.

–Porque dentro de dos días es el cumpleaños de Yolei –respondió ella riendo, como si se burlase de mí.

Resoplé con frustración mientras intentaba quitar la incómoda sensación que tenía por todas partes, pero no conseguí aflojar ninguna de las molestias de mi cuerpo. Me crucé de brazos enfurruñado por su respuesta y la miré a la espera de que continuase la explicación.

–Eso ya lo sé, pero solo explica que tú estés aquí –repliqué molesto.

–Kari tenía un curso de fotografía y Sora iba a acompañarme pero su madre se la ha llevado a visitar a su abuela en el último momento. Así que he llamado a Izzy pero tiene no se qué convención de informática, y Joe está estudiando, como siempre... ¡Oh! ¿Has visto esos zapatos? Me irían genial con el vestido rosa que me compré hace una semana, la verdad es que también me pegarían con un bolso que me regalaron en Navidad...

–¡Mimi!

–¿Qué? –preguntó, recordando de pronto que estaba hablaba conmigo–. Ah, sí. Luego he llamado a Tai pero tenía partido de fútbol y Matt ensayo con su banda, en realidad no creo que hubiera conseguido arrastrarle de tiendas. Cody iba a venir con nosotros pero resulta que tiene entrenamiento de... ¿Qué deporte practicaba? ¿Karate?

Negué con la cabeza con gesto exasperado, pero después me di cuenta de que yo tampoco sabía lo que practicaba. ¿Yudo? ¿Jiu-jitsu? Ni idea. ¿Cómo podía ser tan despistado? Le había oído muchas veces decir que no podía quedar porque tenía clase de algo con su abuelo. Intenté recrear en mi cabeza las palabras de mi amigo, incluyendo su tono de voz, y entonces me acordé.

–¡Kendo! –exclamé con entusiasmo.

También levanté un brazo y se escuchó un feo sonido de rasgar. Mimi se asustó y me instó a que estuviera quieto. Yo sonreí avergonzado e hice caso a lo que me decía. Entonces recordé lo que estábamos hablando y volví a insistir.

–Bueno, ¿y Ken?

–Él es su novio, le hará un regalo por su cuenta –me dijo ella como si fuera obvio–. Y me ha dicho que le hubiera gustado venir pero tenía un compromiso con sus padres.

–Entonces, ¿por qué no lo has dejado para mañana?

–¡Porque yo no puedo! –me gritó repentinamente indignada–. Y sin mí seguro que los regalos son mucho más feos y le gustan menos. No es que no me fíe del gusto de las chicas, pero nadie puede discutir que yo sé más de moda...

Empezó a desvariar acerca de no se cuántas revistas que leía a la semana y desconecté al instante. Comencé a recrear mentalmente algunas jugadas de fútbol que había estado comentando con Ken esa mañana, pensando en ponerlas en practica en el entrenamiento del día siguiente. Entonces la voz chillona de Mimi, que normalmente era más modulada pero destrozaba los tímpanos cuando quería, me ordenó que me girase. Le hice caso al instante, esperando que no volviera a gritar, y entonces me vi en el espejo.

¡De verdad que era un despistado! ¡Había olvidado la primordial razón por la que estaba tan enfadado!

–Oye, entiendo todo lo de que los demás tenían compromisos y por qué estoy aquí... –comencé a decir en la voz más tranquila que pude–. Pero, ¡¿por qué tengo que llevar ropa de chica?!

La imagen de mi reflejo hizo que me horrorizara. Una camiseta morada de tirantes y con un escote bastante pronunciado me cubría a duras penas el pecho. Una falda larga de color azul me apretaba la cadera, aunque por suerte tenía el pantalón debajo. Y, para coronar aquello, un sombrero blanco claramente femenino cubría mi cabeza.

–Mira que eres quejica –dijo mi "amiga" (porque en ese momento no estaba seguro de que lo fuera) mientras se tapaba un oído–. Es que Yolei es mucho más alta que yo y tenéis una talla parecida así que era la mejor. Además de que tu cabeza es tan grande como la de ella.

Lo dijo de forma tan natural que casi lo encontré lógico. Y digo casi porque justo en ese momento unas chicas salieron del probador de al lado y soltaron bastantes risitas al ver las pintas que llevaba. Comencé a lamentarme por mi mala suerte, en especial porque una de ellas era muy guapa, mientras volvía a mirar a Mimi.

–¿Ya es suficiente?

–¡Sí! –contestó entusiasmada, qué cambios de humor más repentinos tenía–. Creo que comparemos las tres cosas. Entra a cambiarte y voy pagando.

Suspiré aliviado y le tiré la ropa por encima de la cortina cuando me la quité. Escuché una queja, así que supuse que le había dado. No pude evitar sonreír por eso. Ese día me estaba sacando de quicio, me merecía una compensación. Salí del probador usando la mano para taparme la cara, no quería que me reconociera nadie en la sección de chicas. Pero, claro, ya he dicho que tengo muy mala suerte.

Unas palmadas en mi espalda me hicieron darme la vuelta y descubrí que mi rival y capitán del equipo de fútbol que más nos costaba vencer, el idiota de Taiga Konoe, era el que llamaba mi atención. Me miró con petulancia al ver que andaba solo por la parte femenina de la tienda y cogió de la cintura a su nuevo ligue para arrimarla a su cuerpo.

–¿Qué haces por aquí, Motomiya? ¿Intentando secuestrar a alguna chica?

Lo fulminé con la mirada. Menuda humillación, estaba seguro que sería el tema de conversación del próximo partido en el que nos enfrentáramos. Como si necesitase más razones para que Taiga me sacase de quicio. Intenté buscar una respuesta cortante, aunque no se me ocurrió gran cosa.

–Métete en tus asuntos.

–¡Qué maleducado! –se quejó fingiendo que lo había ofendido.

Abrí la boca para contestarle lo que yo pensaba de él, lo cual a las claras me hubiera metido en un problema, cuando unos brazos me rodearon de pronto. Miré hacia abajó y descubría la cabeza de Mimi apoyada en mi pecho.

–Perdona por haberte hecho esperar, cariño –se disculpó con una sonrisa–. Gracias por acompañarme y regalarme esta ropa tan bonita.

Al ver a mi amiga, la boca de Taiga se abrió tanto que creí que se le desencajaría la mandíbula y soltó a su ligue como si de pronto hubiera descubierto que estaba con una ogresa. La chica lo miró mal, aunque creo que fue por lo que había dicho Mimi de que yo le había comprado cosas. Sonreí con ganas y me despedí con la cabeza de mi rival mientras rodeaba a mi amiga con el brazo.

Salimos de la tienda riéndonos por lo bajo por las caras de esos dos y esperamos a estar un poco lejos para desahogarnos a gusto. La solté cuando dimos la vuelta a una esquina del Centro Comercial y sonreí.

–Gracias, la verdad es que me has hecho un favor enorme.

–No ha sido nada, para eso están las amigas –le quitó importancia con un gesto y después vi sus ojos brillar de emoción–. Tengo sed, vamos a tomar algo a esa cafetería que Sora me ha dicho que hay unos batidos buenísimos.

Nos sentamos en una mesa y pedimos después de revisar la carta. No tardaron en traernos los batidos y removí el mío mientras pensaba en lo que había pasado con Taiga. Ese chico siempre tenía algún ligue y yo estaba más solo que la una.

–... además de que el naranja no le favorece nada, por su pelo debería llevar tonos distintos –escuché cómo Mimi terminaba de hablar sobre algo que yo no había escuchado–. Oye, ¿pasa algo?

Me sorprendí de que fuera tan observadora, negué con la cabeza pero no llegué a poder mentir cuando me miró con sus grandes ojos. Tuve que reírme al ver la cara de inocente curiosidad que ponía. Era increíble el talento que tenía para conseguir lo que quería.

–Es que no he tenido más que una novia hace ya un tiempo, no ligo nada y quizás es que hago algo mal...

–No digas tonterías, todos tenemos nuestra alma gemela en alguna parte, y llega a nosotros cuando menos lo esperamos –me interrumpió ella–. Además, eres un gran chico. Algún día alguien apreciará eso.

Sonreí. En realidad no me sorprendía que ella pensara así. Cuando la conocí me impresionó su inocencia, cómo confiaba en el lado bueno de todo el mundo pero también sabía luchar cuando era necesario. En ese momento me di cuenta de que me gustaría contagiarme un poco de su forma de ver el mundo, que me gustaría ser como ella y creer que la chica indicada para mí podía aparecer detrás de cualquier esquina.

–Gracias –ya era la segunda vez en el mismo día que le agradecía algo.

Se limitó a sonreírme vagamente a modo de respuesta porque vi que su atención se dirigía a una chica que pasaba a nuestro lado, creo que la chaqueta que llevaba le gustó. Comenzó a parlotear sobre eso y yo intenté no desconectar, de verdad que sí, pero es inevitable. Cuando yo me acabé el batido Mimi apenas había probado el suyo y eso que la que había dicho que tenía sed era ella. Pero era algo lógico, hablando tanto apenas daba un sorbo entre monólogo y monólogo.

Un rato después nos levantamos, pagamos, y fuimos a una tienda de informática a por un regalo para Yolei que había propuesto Izzy. No tengo todavía hoy día ni idea de lo que compramos, mi amiga tampoco parecía saberlo, se limitó a dar el nombre a un dependiente y él se lo buscó a una velocidad increíble. Empecé a entender ese día que ella sea caprichosa, al fin y al cabo parece que el mundo entero está dispuesto a hacer lo que le pida. Salimos de allí y Mimi se quedó parada reflexionando sobre qué más podíamos comprar.

–Ya es bastante, ¿no? –pregunté extrañado.

–¡Claro que no! –se indignó ella–. Somos diez personas poniendo dinero, podemos regalarle alguna cosa más.

Me cogió del brazo y me arrastró por los escaparates de las tiendas buscando inspirarse. Entramos a algunas y me sentí abochornado cuando propuso comprarle ropa interior.

–Ni de broma, y no creo que ninguno de los chicos quiera regalarle eso –dije colorado hasta las orejas–. Que le compre Ken esas cosas.

–Qué aburridos sois –se quejó enfurruñada.

Pero, mientras me preparaba para rebatir lo que pudiera alegar antes de que me convenciera, otro cambio de humor repentino me tomó desprevenido cuando vio un cachorro que llevaba en brazos una señora. Corrió hacia allí y se inclinó a la altura del perro. Le escuché decir varias veces lo "mono" que era. La verdad es que hasta yo me acerqué a tocarlo. Entonces me di cuenta de que la dueña nos miraba exasperada, tal vez tenía prisa. Cogí a Mimi del brazo para que dejásemos tranquila a la mujer, aunque tengo que reconocer que me daba algo de miedo. Mi amiga se zafó del agarre para acariciar de nuevo al cachorro y después dirigió una sonrisa deslumbrante a la dueña.

–Es encantador, seguro que hará mucha compañía a quien se lo vaya a regalar.

Me fijé en que llevaba un lazo alrededor del cuello en ese momento. Desde luego, la chica era más observadora de lo que yo había creído en un principio.

–¿Crees que le gustará a mi hermana? –preguntó repentinamente ilusionada la mujer aunque con la inseguridad destilando en su voz.

–Le encantará y siempre le estará muy agradecida –respondió Mimi con entusiasmo.

Algo en su forma de decirlo me hizo saber que tenía razón. Creo que la clave está en que ella misma lo creía con firmeza. Era increíble cómo había transformado a esa mujer huraña en alguien tan agradable solo por haber encontrado las palabras que quería escuchar. Se despidió de nosotros calurosamente y nos metimos en una tienda para comprar un perfume o colonia (sigo sin saber la diferencia). Mientras veía cómo mi amiga probaba varias fragancias me quedé pensando en su forma de actuar. Tal vez no se había acercado a tocar al perro simplemente porque le pareciera bonito, quizás había visto el gesto de la dueña y quiso alegrarle el día. Y me di cuenta de que la chica tenía mucho más que ese lado caprichoso o infantil que podíamos ver. Sabía contagiar su inocencia y entusiasmo a todo el mundo.

Salimos del Centro Comercial, ella por fin estaba satisfecha con los regalos, y vimos a Ken viniendo hacia nosotros corriendo. Se llevó las manos a las rodillas mientras repuperaba el aliento y nos explicó que había podido terminar pronto su compromiso antes para ver si necesitábamos ayuda. Mimi le enseñó todo lo que habíamos comprado y él pareció de acuerdo en que le iba a gustar a Yolei. Entonces se acordó de que tenía que comprar papel de regalo y entramos a por él. Dejamos que nuestra amiga lo eligiese y Ken se me acercó para hablarme en voz baja.

–¿Has estado muy incómodo? Sé que no sois muy cercanos...

–Pues la verdad es que me he divertido mucho –reconocí riendo.

Me di cuenta de que el día había sido productivo. No solo habíamos cumplido lo que queríamos para el cumpleaños de Yolei, también había aprendido muchas cosas acerca de Mimi. A partir de ese día la vería con otros ojos, querría parecerme un poco más a ella, que se me contagiara algo de su alegría y su forma de ver el lado bueno de las cosas.

–Ya que hemos terminado, ¿por qué no vamos a la tienda de ropa de antes y me miro esos zapatos tan bonitos que...? –comenzó a preguntar mientras ponía cara de no haber roto nunca un plato.

–Ni hablar, he visto suficientes tiendas para una larga temporada –la interrumpí mientras le revolvía el pelo.

Ella infló ligeramente las mejillas en gesto de indignación y yo me reí. En realidad había sacado algo aún más provechoso de esa extraña tarde. Ella me había ayudado, la había visto quejarse, ponerme ropa de mujer y alegrar el día a una desconocida. Quería aprender de esa chica y, al mismo tiempo, me prometí no dejar que me volviera a arrastrar a un Centro Comercial.

Ahora podía decir abiertamente que Mimi era mi amiga. Porque sabía que podía contar con ella, porque sabía que ella volvería a obligarme a ir de tiendas y porque sabía que nos quejaríamos el uno del otro. ¿Qué mayor prueba de amistad que esa?

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Se me ocurrió esta situación y he tratado de hacerla lo más cómica posible, aunque el humor no es precisamente mi fuerte. Nunca pensé que escribiría algo de estos dos, la de vueltas que da la vida...

Siguiente amistad: Hikari y Koushiro

Muchas gracias a todos los que leéis este fic y comentáis :)