Las consecuencias de las palabras
Ciel se había propuesto encontrar a ese desgraciado que lo había estado atormentando desde que desapareció hacía ya más de dos años. Usaría toda su riqueza si fuese necesario, pero lo hallaría.
El muchacho había contratado al mejor investigador de Inglaterra e incluso había mandado a buscar a uno proveniente de España del que había recibido muy buenas recomendaciones.
Aquel día Elizabeth contemplaba ensimismada el rostro cansado de su prometido, no había descansado nada desde que se había propuesto encontrar a Sebastian y estaba día y noche analizando y confirmando las pruebas que le llegaban.
La joven no sabía muy bien por qué, pero aquel orgulloso conde siempre le había causado un incontrolable deseo de protección, sentía la necesidad de acogerlo y darle su cariño desesperadamente, veía en él a un pequeño niño encerrado en una burbuja, desesperado por llorar sin poder hacerlo.
-¿Qué te lo impide mi am…?-. Al ver que Ciel abría sus ojos Elizabeth acalló sus palabras, y en silencio deseaba que el conde no las hubiera oído.
-Elizabeth, ya es muy tarde, qué haces todavía aquí?
-Estaba cuidándote mientras dormías, me tienes preocupada, ya casi no duermes y te la pasas de un pésimo humor todo el día.
-Cuatas veces debo decirte que no necesito que nadie me cuide, estoy acostumbrado a estar solo, ya llevo muchos años así, entiéndelo Elizabeth tú no eres mi madre. A veces eres desesperante.
Los ojos de la muchacha se abrieron en una mueca de sorpresa, jamás hubiese esperado que esas palabras salieran de la boca de Ciel. Ella sabía que muchas veces había sido molestosa con él, pero él siempre había tenido el cuidado de no herirla y de cumplirle todos sus deseos.
Elizabeth se paró con rapidez y se marchó corriendo. No podía creer que Ciel hubiera cambiado tanto, y todo era por culpa de la desaparición de ese extraño mayordomo.
Ciel se quedó sentado en la butaca en la que estaba pensando en las palabras que le había dicho a la joven, quizás había sido muy duro con ella, pero estaba cansado de que ésta se intrometiera en su vida. El muchacho miró la hora en el reloj de su muñeca y se sorprendió al ver que eran las cuatro de la madrugada. ¿Si Elizabeth había salido corriendo a dónde habría ido? Su corazón dio un vuelco y con toda la velocidad que le fue posible bajó las escaleras en busca de la muchacha, pero el empleado de turno le dijo que ésta se había marchado sin hacer caso a sus advertencias, que le había ofrecido un carruaje especial, pero al oír que debía esperar media hora para que éste llegara, la señorita en una negativa se fue en un caballo sola, justo en ese momento iba en camino a contárselo.
-¿Cómo has podido ser tan imbécil, cómo has dejado que una mujer salga sola a estas horas de la noche? El sirviente creía que esas palabras eran para él, pero aquello no era otra cosa que un reproche que el conde se estaba haciendo a si mismo.
Sin pensarlo dos veces Ciel pidió al hombre que le preparara un caballo, iría a buscar a Elizabeth y la traería de vuelta consigo.
Mientras tanto Elizabeth cabalgaba con una impetuosidad que nunca había tenido, quería alejarse de Ciel, quería estar lo más lejos posible de él.
La noche era oscura y cuando el caballo doblaba una esquina de la calle de adoquines una de sus patas se doblo y trastabilló hasta caer. La muchacha salió despedida por el aire y estrelló contra el suelo en un golpe seco. A pesar de que fue una caída grabe sólo sentía su brazo y tobillo estaban torcidos, y unas cuantas magulladuras en su trasero y caderas. Debía reconocer que había tenido mucha suerte, pero no había ocurrido lo mismo con el caballo que lanzaba alaridos de dolor. Su pata mostraba una herida abierta. La desesperación y la culpa empezaron a hacerse presa de ella, si no hubiera salido sola a esas horas nada de eso estaría pasando ahora ¿qué haría a esas horas de la noche, a quién pediría ayuda?
Atraídos por los relinches del caballo, una pareja de hombres llegó a la calle donde Elizabeth se encontraba. La muchacha dio un suspiro de alivio al ver que se acercaban aparentemente para socorrerla. Pero al ver sus rostros contraídos por el alcohol y sus miradas de lujuria su pecho palpito con fuerza impulsándola a huir de allí.
-Oh jo jo, mira lo que las noche nos trajo, una linda señorita en apuros.
-Muy bonita, muy bonita, pero también algo torpe. ¿Qué no te ha enseñado tu familia que a estas horas debes estar acostadita durmiendo? El sujeto se iba acercando más a Elizabeth mientra hablaba.
Como pudo la muchacha se puso de pie tratando de contener el dolor de su tobillo.
-Por favor déjenme en paz, yo sólo, sólo quiero irme. Los ojos de Elizabeth demostraban el terror que en esos momentos esta experimentando.
-¡Por favor!, repetía el otro sujeto mientras daba una patada al caballo tumbado en el suelo. Lo único que saben las mujeres de tu clase es hablar con educación, pero son todas unas perras que apenas pueden se escapan de sus casas para irse con su amante. ¿O me equivoco, pequeña princesita?
-¡No!, ¡no!, ¡no!, eso no es así yo sólo, yo sólo, las lágrimas comenzaban a rodas por el rostro de la joven, que se las limpió con el dorso de su manga y emprendió el escape como pudo.
-¡Maldición, la perra se nos escapa! Los dos sujetos corrieron en su búsqueda. Pero Elizabeth era muy ágil, a pesar de su herida, y además tenía a su favor el que los hombres que la perseguían estaban bajo la influencia del alcohol y se les dificultaba seguirla ya que se tambaleaban.
-No hullas pequeña te vamos a hacer pasar un muy grato momento.
El dolor se extendía por toda su pierna, pero la muchacha intentaba no darle importancia, comenzó a gritar por ayuda, pero a esas horas las calles estaban vacías, ya que ese era un lugar sólo de tiendas que abrían de día.
Al correr por una calle recta y larga se dio cuenta de que esta no tenía salida, pero ya era muy tarde para devolverse, porque os dos sujetos estaban a pocos metros de ella cerrando el camino.
Al mismo tiempo Ciel se encontró con el caballo herido y moribundo en el suelo y lo reconoció de inmediato, aquel animal formaba parte de su establo, además ningún noble se atrevería a dejar abandonado a su suerte a un caballo pura sangre de su tipo. Sin duda a Elizabeth le había pasado algo malo. Debía darse prisa.
Los hombres se reían entre si al contemplar a la oven.
-Mira como nos facilitas las cosas, si eres un amor.
-Ehy Tom, ¿todas las mujeres de clase alta serán tan complacientes?
-No lo sé amigo, no he tenido experiencias con muchas de ellas, pero me han contado que sí, que son unas fieras en la cama.
-Pero parece que nuestra señorita no tiene mucha experiencia.
-¡Ja!, es sólo apariencia debajo de esas faldas debe haber una ramera deseosa por salir. Y si no supiera mucho, se lo enseñamos nosotros, después de todo podemos ser muy buenos maestros.
Elizabeth no podía mas aquellas palabras eran más de lo que estuviese dispuesta a escuchar, y sin pensarlo demasiado se dio la vuelta y los enfrentó.
-¿Cómo se atreven a tratar asía una dama? No son más que unos asquerosos borrachos abusadores, así nunca podrán conocer el verdadero amor.
-¿Verdadero amor?, ¡Ja!, verdadero amor nos dice, y quién quiere conocer aquello, ¿por qué crees que estamos así?, porque no existe el verdadero amor, porque ustedes las mujeres se encargan de destruirlo y d botarnos cuando ya no les somos de utilidad, son todas unas sueltas.
El segundo hombre y más corpulento se agarra de los pelos a la joven impidiendo que esta corriera en ninguna dirección. Elizabeth comenzó a batirse con fuerza para escapar del agarre del hombre que le tiraba el cabello, pero el segundo sujeto la agarro de las piernas evitando que lanzara más patadas. Con desesperación la muchacha empezó a rasguñar el rostro de sus captores y a pegarles manotazos en la nariz hasta que brotó la sangre.
-¡Maldita perra! Dijo el hombre al que le había roto la nariz, y que le lanzó un manotón en el rostro que la dejó aturdida.
El hombre rasgó el vestido de la muchacha dejando al descubierto su ropa interior blanca, y el segundo le levantaba la falda con una mano torpe e imprudente.
Unas pisadas de caballo se asomaron por la callejuela y los dos hombres se apresuraron en ocultar como pudieron a la joven.
Quien montaba el caballo era Ciel, y su suspicacia le permitió percatarse del bulto que los hombres intentaban ocultar.
-¿Qué es lo que ocultan tras su espalda caballeros?
-Sólo son unos bultos de ropa respetable conde. Dijo uno de los dos hombres tratando de ocultar su inquietud de verse descubierto.
Ciel sospechaba algo de aquellos hombres de mal aspecto.
-Estoy buscando a una joven de cabello rubio llamada Elizabeth, la habrán visto por casualidad, su caballo calló herido y no encuentro su paradero.
-No, no la hemos visto, pero si sabemos algo de ella se lo haremos saber.
El otro sujeto se sentía acorralado y se sintió aún peor cuando la muchacha comenzó a recobrar la conciencia y comenzó a moverse. Como pudo, el hombre la sujetó con fuerza, pero la tela que cubría su cabello se resbaló y dejó ver sus largos cabellos dorados que refulgían con la luz de la luna.
Al ver esto, Ciel explotó en cólera. –Ustedes malditos bárbaros.
Debido a que los dos hombres se sabían descubiertos se lanzaron contra el conde sintiéndose seguros por su mayoría y porque éste, era apenas un muchacho escuálido.
El joven conde no se bajó siquiera del caballo, sabía que al hacerlo estaría en desventaja. Así, hizo que el caballo pateara a los hombres. A uno lo lanzó contra el muro dejándolo en mal estado y al otro lo alcanzó mientras huía lanzándole su espada que se le clavó en el pecho.
Con rapidez volvió hasta donde se encontraba la joven viéndola ya sentada sobre el suelo y con la mirada perdida.
Ciel se bajó del caballo y la abrazó con fuerzas, al despegarse pudo observar su cuerpo magullado, su rostro hinchado y su vestido destrozado. El muchacho se sacó el abrigo y la cubrió con él.
La subió al caballo y emprendieron el camino hacia la mansión. Alo largo del camino la muchacha no dijo palabra alguna, y la mente de Ciel divagaba entre pensamientos de preocupación y de culpa. Desesperado rogaba que los delincuentes no le hubiesen hecho nada a su dignidad.
