Inquietante tranquilidad
Al llegar a la mansión, Elizabeth fue atendida de inmediato por los empleados, quienes se encargaron de curarle las heridas que por suerte no eran muy visibles, y de cambiarle la ropa y de acostarla en la cama de la habitación de invitados.
Ciel caminaba de un lado a otro por el pasillo, no sabía por qué tardaban tanto. La preocupación no le daba tregua y no dejaba de pensar atrocidades con cada minuto que pasaba. Por último se calmó y agradeció que la muchacha estuviera a salvo en la mansión.
Pensamiento de Ciel* Si tan sólo no hubiese dicho esas palabras…
Interrumpiendo sus pensamientos sale una de las doncellas cargando un tiesto con agua. La mujer le indica que a su amo que ya puede entrar. Este no espera un segundo y lo hace, algo atarantado por la prisa.
Al entrar en la habitación se encuentra con una Elizabeth encogida en la cama, algo más limpia en comparación con como había llegado, pero sin su típica y dulce sonrisa característica.
No, no tú… tú debes sonreír, por favor sonríe para mí. Pensaba Ciel mientras se acercaba a ella sentándose en la silla junto a la cabecera de la cama y tomándole la mano.
-Elizabeth, por favor, perdóname. Yo, yo… siento tanto lo que ha pasado.
La joven se dio la vuelta y miró a los ojos al conde. Sus ojos se nublaron por las lágrimas y en una incontenible explosión brotaron incansables mientras Ciel la miraba atormentado con un fuerte dolor en el pecho sin saber qué hacer.
-Lo, lo que más temía era que me odiaras. Dijo la joven con su voz entrecortada por las lágrimas. Su cabello se había venido hacia delante y le cubría el rostro.
Aquellas palabras sólo hicieron que el dolor de Ciel aumentara. En un rápido impulso se acercó más a la joven y la abrazó. La abrazó como quizás nunca había hecho, tratando así de transmitirle sus sentimientos de arrepentimiento.
La muchacha no sabía qué hacer de la sorpresa, no estaba acostumbrada a tales actos por parte del conde. Y sin más sus lágrimas y sollozos se dejaron oír por toda la habitación. Era como si por fin pudiese relajarse y demostrar como se sentía.
-Si te hubiese pasado algo peor, yo no me nunca. Por favor olvida mis palabras y vuelve a ser la Elizabeth de siempre.
Esa noche Elizabeth durmió acompañada por un joven de ojos azúles, sentado en una silla mientras sostenía su mano.
Desde esa noche Elizabeth se había rehusado a marchar a su casa, y aunque el doctor había curado sus heridas y le había recomendado guardar reposo en su hogar, junto a su familia, la joven no se marchaba, insistiendo que su única familia era Ciel.
Así, todas las noches Ciel se veía obligado a dormir a su lado sobre la cama, aunque separados por distintas tapas de mantas. En parte debido a que se sentía responsable de lo que le había pasado a la joven y deseaba ayudarla a sentirse segura de nuevo, y en parte porque no deseaba que ésta volviera a irse de ese modo.
De este modo transcurrieron dos semanas completas.
La apacible tranquilidad que rondaba la mansión era alterada sólo por el constante ir y venir de los investigadores, que el conde había contratado para encontrar a Sebastian.
Ciel había notado que cada vez que Elizabeth lo veía hablando con los investigadores sobre Sebastian, se alteraba y marchaba enfadada a otra habitación.
Aquella noche, Elizabeth nuevamente le pidió que la acompañara a dormir. Pero Ciel planeaba irse a su habitación cuando ésta se quedara dormida. Le incomodaba tener que compartir la cama con alguien y mucho más con una mujer. No era algo que correspondiera a su edad. Ya no era un niño.
Al entrar a su cuatro se sorprendió por el aroma que poseía, era una roma que le rememoraba aquellos momentos que había pasado con el demonio y que ya se le hacían tan lejanos.
Comenzó desabotonarse la ropa, ya estaba cansado de dormir vestido, se sentía como una sardina enlatada. Pero algo en la ventana que daba al balcón llamó su atención. Era el fulgor de unos ojos oscuros que lo miraban entre la oscuridad.
Con rapidez corrió hasta la ventana y la abrió de par en par. El gélido viento le calo los huesos. Pero su corazón bombeaba sangre con rapidez preso de la excitación al haber visto aquello que, con tanto deseo, estaba esperando.
-Hasta cuándo estarás oculto, Sebastian.
