Esperado reencuentro

El sujeto oculto entre las sobras se acercó hasta el muchacho, sólo se podía distinguir con nitidez el fulgor de sus ojos oscuros y la blancura de su dentadura perfecta, que sonreía con aparente satisfacción.

La delgadez de su cuerpo, y su altura particular eran inconfundibles para el conde, que, sin moverse un milímetro de su posición, espero a que el individuo llegara hasta él.

Con elegantes y felinos movimientos el sujeto se posicionó justo en frente del muchacho que lo miraba fríamente.

Al quedar frente a frente, Ciel levantó su mano y le dio una fuerte bofetada en el rostro, que resonó en toda la habitación.

El sujeto no se inmutó, y se limitó a conservar su posición con la misma firmeza y talante que siempre.

-¿Por qué no has venido cuando te he llamado? Inquirió ahora un Ciel algo encolerizado.

-No sabía que aún debía obedecer a tus órdenes. Contestó el demonio, finalizando la oración con una suave sonrisa.

-¡Ja!, tú y yo teníamos un pacto, y tú no lo has cumplido, ¿cuál es tu excusa?. El joven iba subiendo cada vez más el volumen de su voz, perdiendo la serenidad que se había propuesto conservar en aquella situación.

*Cómo puedes mirarme a la cara con esa sonrisa estúpida sin darme explicaciones de tu desaparición después de todo este tiempo, y más aún tras tu extraño comportamiento la otra noche…* pensaba el chico mientras se daba cuenta de que sus manos comenzaban a tiritar por los nervios, aunque intento controlarlas no pudo evitar el movimiento, así que las ocultó en sus bolsillos. Había esperado tanto tiempo a que aquel hombre apareciera, que ahora que por fin lo tenía frente a si, no sabía cómo actuar.

-Yo no he faltado a mi palabra, jamás lo he hecho, he cumplido con mi parte del trato ayudándote en tu venganza…

-Sí, pero y mi alma, por qué no te la has llevado, ¿crees que me gusta sentir que te debo algo?.

-Claro que sé que no le gusta sentir aquello bo-chan, pero… yo ya he tomado posesión de su alma. Y debido a que su alma es mía, yo decido qué hacer con ella. Si la devoro de apoco o no, es mi decisión.

-¡Nunca dijiste que harías tal cosa! El temblor de las manos del muchacho se hacía cada vez más incontenible y fuerte.

-No creí que fuera necesario hacerlo, después de todo, usted es lo suficientemente inteligente como para sospechar acerca de cómo actúa un demonio. Tras decir esas palabras el mayordomo de larga cabellera negra se acercó más hasta el muchacho, aproximando sus manos hasta los pantalones de éste, y sacando de sus bolsillos las manos del chico, estrechándolas con fuerza entre las suyas.

-Este tipo de cosas son las que más me gustan de usted my lord.

Aquello tomó a Ciel por sorpresa. Sin querer, un estremecimiento recorrió cada extremidad de su cuerpo, y el frío se apoderó de él.

*¿Por qué Sebastián estaba actuando de esa menara?, y ¿por qué no podía controlar su propio cuerpo?* Los ojos del muchacho esquivaron la mirada ahora siniestra, que el demonio le dirigía, y con un movimiento brusco soltó sus manos de las de él.

-No creas que podrás intimidarme. Soy Ciel Phantomhive, el conde más poderoso de este país e incluso de Europa entero.

-Permítame corregirlo, mi todavía queridísimo bo-chan. Usted fue aquel conde que ahora se jacta de ser, y lo fue gracias a mi ayuda. Pero ya no tiene tal poder sobre natural de su lado, y tampoco la protección de la reina. Ahora es sólo un simple muchacho más, sin un camino claro que seguir.

Las palabras de Sebastian cavaron hondo en el ser del joven, pues éste sabía que tenían razón, y eso, era lo que más le dolía.

El frío le estaba poniendo la piel de gallina, y sus manos no paraban de estremecerse con violencia, así que decidió entrar a la habitación, esperaba que así, su cuerpo pudiera relajarse.

-Una simple explicación hubieran bastado para hacer que acabara esta incertidumbre. ¿Pero cómo podría pedir tal gesto de consideración de un demonio?. ¡Qué ingenuo he sido!

-Bastante… Afirmó el hombre que entraba sigiloso tras él, cerrando tras de sí las ventanas para evitar que el aire siguiera entrando al dormitorio.

Ciel se dio vuelta con brusquedad y lo miró con unos ojos cargados de odio.

La luz de la habitación era tenue, y provenía sólo de una vela que Ciel había encendido para desvestirse. El escaso calor que ahí albergaba se había ido con el viento helado que había entrado por la ventana.

-Te odio; te odio como odié una vez, a quienes mataron a mi familia. No permitiré que te burles de mí tan fácilmente.

-¿De qué está hablando pequeño bo-chan?

-¡No me llames así! Espetó furiosos el chico que ahora se lanzaba iracundo contra el demonio cargado únicamente de la espada que había cogido con rapidez del pie de la cama.

El golpe que intentó darle al demonio en el pecho falló, por lo que de inmediato intento un segundo golpe, esta vez en su garganta. Pero los movimientos del demonio eran demasiado rápidos como para que le diera si quiera un solo rasguño.

-¡Te lo ordeno, Sebastian!. Gritó el muchacho.

Tras esto el mayordomo cogió del brazo al chico y lo lanzó contra el piso, dejándolo tirado boca arriba, sobre la gran alfombra persa de color rojo.

Sus cabellos revueltos y su camisa a medio desabotonar, le daban una impresión poco usual al conde, que siempre iba vestido de manera elegante y apropiada.

La respiración entrecortada del muchacho hacía que su pecho se moviera con fuerza y que sus jadeos se oyeran por la habitación.

Ciel no se rendiría, se pondría de pie y volvería a batir contra el demonio, obligándolo así a disculparse y tomar su alma de una vez, como había prometido.

-My lord, perdón (se corrigió) mi ex señor, ¿qué no se da cuenta de que sus órdenes ya no tiene efecto sobre mí? Ahora es usted el que tiene que obedecerme. Ya sé que le costará, su orgullo de Phantomhive se lo impide, o más bien su petulancia de joven Ciel.

Ciel se sentía totalmente indignado, había buscado por dos años a aquel sujeto que ahora se atrevía a faltarle el respeto como jamás nadie había hecho. Decidido, se apresuró coger su espada que había caído a unos centímetros de él.

-Si tú no quieres acabar con esta pesadilla entonces lo haré yo, te facilitaré las cosas y no te deberé nada. Ciel apuntaba resuelto a su garganta con la espada, y se disponía a clavársela.

Justo cuando el filo del arma tocó la delicada y blanca piel del muchacho, Sebastian se arrojó contra él quitándosela de las manos, quedando totalmente sobre él, con las piernas abiertas, atrapando su delgado cuerpo. Sebastian estaba prácticamente sentado sobre él, y con sus dos manos dobló la espada sin ninguna dificultad y la arrojó lejos, para evitar que el joven volviera a realizar la misma gesta.

-No vuelvas a intentar algo como eso. Dijo el demonio, con su voz cargada de una oscuridad desconocida por el chico, que ahora, pugnaba por librarse de su atacante golpeándolo con las manos y dando patadas en el aire. Pero nada de lo que Ciel hacía tenía resultados, el mayordomo negro era demasiado fuerte, y no podía moverlo ni un centímetro de donde estaba.

-No permitiré que juegues conmigo. Dijo el joven sin dejar de batirse contra el hombre. Sus ojos azules estaban cargados de decisión, no flaquearía en un momento así, nadie haría que Ciel Pantomhive se rindiera.

El hombre soltó una pequeña ricita y sujetó las manos del muchacho, poniéndolas juntas contra el piso, sobre su cabeza. Para ello se inclino más sobre el chico, intentado así intimidarlo, pero no logró su cometido, el conde no le esquivó la mirada, sino al contrario, lo desafió con ella.

-Eso es lo que me gusta de ti. Sigues tan arrogante como siempre, ¿qué nunca bajarás la cabeza?

-No preguntes idioteces…

-Bien, yo te enseñare algunas cosas que te volverán más sumiso… El demonio aproximó su rostro al del muchacho y besó su cuello. El aliento tibio del hombre en su garganta hizo que se le erizaran los bellos del cuerpo.

*¡¿Qué te propones, maldito?!* Pensó el muchacho, esta vez volteando su cabeza, para evitar tener que ver a los ojos a su verdugo, y moviéndose con más violencia para intentar escapar del agarre del hombre, pero a pesar de sus esfuerzos no conseguía nada, sino al contrario, sus muñecas le dolían por la fuerza que el demonio utilizaba para agarrarlas, aquella fuerza se acrecentaba con cada vez que el muchacho intentaba librarse.

Sebastian mordisqueó suavemente la garganta del chico, en búsqueda de un respuesta por parte de éste, pero no tuvo los resultados deseados. Entonces, sujetando ambas manos del muchacho con una sola de las suyas, y teniendo ahora la otra libre, comenzó a acariciar aquel delicado y juvenil cuerpo, desde su cintura hacia arriba.

Ciel apretó los dientes, ciertos espasmos deseaban salir con aquellas caricias, pero él las contenía con todas sus fuerzas. Era como si su cuerpo reconociera a aquellas manos que tantas veces lo acicalaron, y desease que éste siguiera con lo que hacía, consintiéndolo. Al darse cuenta de esto, sintió repudio hacia sí mismo, y nuevamente lanzó manotazos y patadas al hombre que se limitaba a sonreír complacido por la escena.

-Es muy gracioso verte así. Pareces un pez fuera del agua. Dijo el demonio, esta vez, acariciando el pecho del joven, metiendo sigilosamente sus finos dedos por entre su camisa semiabierta.

-¡Cállate maldito! Espeto enfurecido, sin entender muy bien si aquel hormigueo que sentía su cuerpo era producto de las cosquillas o del placer.

Sebastian acercó su rostro esta vez a su oído, y soltó un pequeño soplido en él, provocando que el muchacho se estremeciera sin poder contenerse. Había encontrado su punto débil, y sabía que seguramente habría otros que lo harían gemir de placer.

-¡Basta!, ¿qué no tienes dignidad?, ¡pelea como un hombre! Dijo un Ciel con las mejillas abochornadas por la humillación y totalmente enfurecido.

Las cosas se habían salido de control y no sabía cómo librarse de su opresor.

-Pero pequeño bo-chan, yo no soy un hombre, cómo podría pelear como tal, además, si te dijera lo que haría un hombre con un joven como tú bajo su cuerpo seguramente te pondrías del color de la alfombra. Se mofó el hombre.

-¡Cállate, cobarde!

-¿Por qué no gritas por ayuda? Dijo el mayordomo al tiempo que introducía su lengua en el orificio de su oreja y con la mano libre rozaba los pezones del muchacho.

Tales cosas, hicieron que el muchacho se contorneaba en el suelo y se mordiera la lengua para no gimotear. – ¿Es demasiado bajo como para un conde de tu calaña pedir ayuda?

Ciel comenzaba a sudar frío, estaba asustado, nunca pesnó que la situación tomaría tal destino. Jamás hubiese esperado tales vejámenes, del Sebastian que lo había acompañado fielmente por tantos años.

-¿Por qué haces esto? Inquirió el joven ya exhausto por batirse contra el hombre.

-Porque me provocas, porque es parte de mi instinto demoniaco…- Tras estas palabras apretó aún más las manos del conde y se acercó a sus labios, primero rozándolos y luego sacando su lengua para hacerse paso dentro de la boca que se cerraba ante él, como una bóveda inquebrantable.

El desafío, lo ponía aún más en clímax, era agradable para él disfrutar de aquel fruto que por fin estaba madurando, y por el que había esperado largo tiempo con paciencia de santo.

Cuando su lengua se disponía a arremeter contra aquella inexplorada boca, Sebastian sintió unos pasos presurosos en el pasillo y que se dirigían hacia la habitación del joven.

-Salvado por la campana pequeño bo-chan. Dijo el demonio, al tiempo que se levantaba de un salto y se marchaba por las ventanas que había abierto de par en par.

El viento entro agresivo a la habitación, y una fuerte corriente de aire se hizo, cuando la puerta se abrió y entró Elizabeth lloriqueando.

Al ver a su prometido tirado en el suelo con el rostro surcado por una extraña expresión de vacío y tristeza se aproximó hasta él corriendo.

-¿Ciel, qué ha pasado?, ¿por qué estas así? La muchacha intentó ayudarlo a poner en pié, pero al tenderle la mano, él joven la esquivó de un golpe.

Elizabeth miró sorprendida al conde, mientras sujetaba la mano que había sido golpeada por este y pensaba acerca de qué le había podido suceder para que reaccionara así.

-Elizabeth, por favor déjame solo. Fue lo único que el conde dijo, y luego se dirigió hasta el baño de la habitación.

Al prender la luz, Ciel se miró al espejo en busca de su reflejo habitual, en busca de algo que le indicara que nada de todo aquello, había sucedido, que había sido sólo un sueño, o más bien una espantosa pesadilla.

Pero para su desagradable sorpresa en su cuello había pequeñas marcas que indicaban que la piel había sido succionada y mordisqueada. Al verlas recordó la sensación que experimentó y sintió asco y una inmensa vergüenza hacia las reacciones de su propio cuerpo.

Embargado por un gran sentimiento de impotencia golpeó el espejo con su puño cerrado rompiéndolo en el acto.

Al verse la mano, Ciel pudo percatarse de que ésta estaba cubierta de sangre, producto seguramente de la herida que se había hecho recién con el espejo, pero no sintió dolor alguno, y no le presto importancia; pero sí lo hizo a las marcas que tenía en ambas muñecas y que rememoraron los recuerdos y emociones que sólo recién había vivido y que deseaba olidar.

Al otro lado de la puerta, Elizabeth oía lo que pasaba dentro del baño. Su semblante era de preocupación y abatimiento. Se dejó caer, sentándose tras la puerta y rodeando sus piernas, inevitablemente, las lágrimas comenzaron a fluir.

*Ciel, ¿qué pasa contigo? Por favor… permíteme ayudarte, no me distantes de ti*

Continuará…