Capítulo XX
Traición
Ese inolvidable sábado, Edward me fue a buscar, pero con una doble intención, claro está. Sonó el timbre de la casa y Reneé se asomó por la ventana.
–Es tu noviecito… –fue despectiva.
–Dile que pase por favor –dije con la voz titubeante.
–¡Ah! Pensé que ibas a salir con él –su ironía era muy desagradable.
Me adelante a mi madre y le abrí el portón a Edward. Él estaba más pálido de lo habitual y tremendamente ojeroso, creo que al igual que yo, no había pegado un ojo la noche anterior. Sólo resaltaba de su rostro, su inigualable cabello broncíneo y esos exquisitos labios cerezas, que ahora venían alineados, al igual que su mandíbula tensa. Entramos y lo hice sentarse en el living, mientras iba a buscar a Reneé quien siempre que podía, se hacía la tonta, para no saludar a Edward ¡No podía entender cómo lo podía odiar tanto si no lo conocía! ¡Qué rabia me daba!
Reneé estaba en su dormitorio.
–Mamá, Edward necesita conversar contigo –fui calmada.
–¿De qué? –su tono era de alarma.
–¿Puedes venir por favor? –le supliqué.
–¡Está bien! –aceptó de mala gana.
Llegó al living y Edward estaba ordenadamente sentado en una esquina del sofá grande. Cuando mi madre entró se puso de pie, estaba tan nervioso como yo, lo notaba en sus manos que jugaban constantemente una con la otra. Reneé lo saludó con un frío beso en la mejilla y se sentó en un sitial frente a él.
–Y ¿Qué necesitaban conversar conmigo? –parecía molesta y no le preocupaba disimularlo.
Edward me miró para coger fuerzas y calmadamente le habló.
–Miré la verdad es algo delicado… –fue sereno.
–¡Díganlo de una vez! –los celestes ojos de Reneé estaba como platos.
–Mamá ¡Estoy embarazada! –grité casi histérica.
Nos miró con odio a los dos y balbuceó con furia.
–¡Lo sabía! –reclamó con ira.
–Mamá yo no… –comencé a llorar.
–y ¿Qué le diré a Phil ahora? ¡Contéstame! –me decía histérica.
Edward estaba con los ojos como platos, anonadado con la reacción de Reneé.
–Mamá ¡Lo siento! ¡Te juro que lo siento! –le supliqué.
Ella se paró con rabia y me dio una tremenda bofetada que me dio vuelta la cara. Edward me arrastró con fuerza hacia él, respiraba agitado e intentaba controlarse.
–Disculpe, pero no creo que usted deba pegarle, menos si en la condición en que está Bella –dijo con rabia contenida.
–¿Cuántas veces te dije Bella? ¡Dime! ¿Cuántas? –alzaba la voz con furia.
Tan solo podía llorar y llorar. Edward me traspasaba su energía con su abrazo, pero no era suficiente, sentía que iba a vomitar, era todo tan extraño ¡Por Dios! Mi madre estaba histérica y mi amor intentaba conciliar la situación. Hasta que ella dictaminó.
–Te tendrás que ir con Charlie ¡Phil no permitirá un bebé en esta casa! Ya me lo advirtió.
Creo que Edward ya no se contuvo más.
–Nadie le está pidiendo nada a su marido señora –dijo con la mandíbula apretada.
–¡Ah no! ¿Acaso tú te harás cargo de ese niño? –fue despectiva.
–Claro que sí –contestó Edward abrumado.
–Seguro… –Reneé lo ridiculizó.
–Es verdad –insistió molesto.
–¿Qué sabes tú? Chiquillo estúpido. Eres mantenido por tus padres, jamás le has trabajado un peso a nadie –mi madre se estaba saliendo de sus casillas.
–Disculpe, pero no voy ha permitir insultos –la enfrentó Edward.
–Tú no estás en posición de decir nada ¿Te das cuenta el problemón que acabas de causar? ¿Lo entiendes?
–Yo me haré cargo ¡Yo amo a Bella!
–Perdón ¡Amar! Dijiste ¿Amar?
Edward asintió valiente.
–A tu edad no tienen idea de qué es el amor, son las hormonas que los confunden… –continuó furiosa Reneé.
–No es así, yo amo a su hija.
–Pero tu amor no sirve en este minuto ¡Lo siento! –mi madre, fue hiriente.
–Usted no me podrá separar de Bella –amenazó Edward herido.
–Eso está por verse –Reneé fue mala.
–Le doy mi palabra que no lo hará…
–¡Ándate de aquí! Desaparece de mi vista. Siempre supe que tú sólo acarrearías problemas en mi familia –ella le abrió la puerta para que saliera.
Edward estaba perplejo, abrumado ¡No creía lo que sucedía! Lo vi salir apesadumbrado, sus ojos me decían todo. Quise correr e irme con él, pero Reneé me detuvo, afirmando mi brazo fuertemente.
—¿Dónde crees que vas? —exclamó llena de ira.
—Me quiero ir con él —dije llorando sin tregua.
—Tú estás loca ¿Qué te crees? ¿Qué te mandas sola?
—Pero mamá ¡Yo lo amo! —insistí entre sollozos ahogados.
—A tu edad el amor no existe —fue seca.
Me tomó con fuerza y me arrastró hacia mi habitación con furia, con odio, a veces pensaba que ella no me quería nada, ni un poco. Me dejó encerrada, con llave por fuera, pero antes de salir sacó mi móvil.
—¡No mamá! —exclamé desesperada.
Ella no contestó y cerró la puerta sin piedad. Me largué a llorar sin parar, pensaba en Edward, en nosotros, en Reneé ¿Por qué estaba siendo tan cruel? ¿Tan mala persona era yo para que me tratara así? El domingo estuve en mi habitación, aislada todo el día, peor que una reclusa. Necesitaba conversar con Edward, él era mi amor y yo lo amaba demasiado y su ausencia me estaba matando. Miré televisión, pero no podía dejar de llorar. Sólo entró Reneé a llevarme una bandeja de comida que ni siquiera probé.
El lunes a primera hora me desperté e intenté salir, pero aún continuaba cerrado ¿Acaso ahora no iría al colegio? ¿Qué es todo esto? A las diez apareció Reneé.
—Dúchate y luego vístete, te llevaré al médico —fue fría.
Le hice caso y nos fuimos a una consulta que estaba en el centro de la ciudad. Una mujer nos abrió la puerta de esa mini clínica, y en menos de quince minutos salió el médico. Un hombre con cotona blanca, voz pausada, ojos castaños, y piel blanca. Pasé junto con mi madre y detrás de un biombo, me examinó en esas incómodas camillas de ginecólogo. Yo estaba muy confundida y extrañaba a Edward, más que a nada en esta vida.
—Debes tener casi tres meses —dijo con certeza.
Miré a mi madre y ella estaba con la cabeza gacha, no me miraba a los ojos.
—Bueno, mañana a las diez aquí mismo. Es ambulatorio —dijo él con voz plana.
—¿Qué cosa mañana? —pregunté inquieta a Reneé.
—Te hará un examen —contestó ella no muy convencida, pero no me miraba a los ojos.
—¿Para qué?
—Es necesario —aseguró él, sin escrúpulos.
Salimos de la clínica y un presentimiento agudo invadió mis entrañas ¡Esto era extraño! ¿Cómo Reneé se había resignado de un día para otro? Tuve ganas de llorar y un nudo en la garganta me aprisionaba. Llegamos a la casa, y estaba más fría que de costumbre.
—¿Puedo llamar a Edward? —pregunté esperanzada.
—¡No! —contestó ella sin más explicación.
Nuevamente cerró la puerta de mi pieza y entre sollozos me dormí, está pena me estaba consumiendo ¡Lo necesitaba! ¡Lo amaba tanto!
Al otro día llegó Reneé a la misma hora que el día anterior. Sin casi dirigirme palabras, subimos al auto y llegamos a la misma clínica. Abrió otra señorita y nos dijo.
—El doctor viene enseguida —me sonrió y no supe interpretar sus ojos de culpa.
Me sentía inquieta. Salió el doctor y me llevó a una sala contigua.
—¿De qué es el examen? —pregunté ilusa.
—Tranquila —me sonrió.
Hizo que me cambiara de ropa y la camilla incómoda, me esperaba nuevamente, pero esta vez, entró una enfermera, con jeringa y ahí me alarmé.
—¿Qué es esto? —exclamé desesperada.
—Parte del examen —sonrió la enfermera, con su dulce sonrisa para tranquilizarme.
Sin darme cuenta, ella ya había introducido ese la jeringa y ese líquido frío comenzó a correr por mis venas. Sentía mi cuerpo pesado ¡Ahí lo supe todo! Pero en menos de la cuenta de tres me dormí, por más que yo no lo hubiese querido.
Desperté media desorientada. Abrí los ojos y Reneé estaba a mi lado con los ojos llenos de lágrimas y acariciaba mi cabello.
—Hija me lo agradecerás algún día —insistía con la voz cortada.
Aún no podía reaccionar, pero una sensación de vacío inundó mi alma y quise pedir auxilio, sin embargo, era demasiado tarde. Aún con dificultad para levantarme, por efecto del sedante, mi madre me condujo al automóvil. Tenía ganas de llorar, pero las lágrimas estaban secas y tampoco podía hablar. Cuando pude articular palabra, ya llegando a casa, insistí.
—¿Qué pasó mamá? ¿Está bien mi guaguita? —dije somnolienta.
Ella no respondió. Quedé en mi cama y de nuevo dormí. Al cabo de unas seis horas, desperté. Algo me dolía dentro, era dolor físico y espiritual. Me paré al baño y ahí supe la horrible verdad ¡Mi mamá me había obligado a abortar!
